jueves, 24 de julio de 2014

Revolución Libertadora: Huye cobardemente "el tirano"

LA CAÍDA


Perón aborda el PBY Catalina de la Fuerza Aérea Paraguaya  rumbo a su exilio. A su lado el flamante canciller Mario Amadeo

Eran las 05.00 de la madrugada del 20 de septiembre de 1955 cuando el mayor Alfredo Renner se presentó sumamente agitado en la residencia presidencial, para comunicarle a Perón que la Junta Militar había dispuesto su arresto. Perón, que dormía vestido en su habitación, se incorporó confundido y después de escuchar al mensajero, decidió buscar asilo. Poniéndose de pie, llamó rápidamente al encargado de la residencia, suboficial Atilio Renzi y le ordenó preparar una valija con sus pertenencias al tiempo que le entregaba de $2.000.000 en efectivo y $70.000 en dólares, producto de la venta de una propiedad (ex embajada de Chile en Montevideo), que le había obsequiado el magnate uruguayo Alberto Dodero.
Según Ruiz Moreno, Perón actuó con serenidad, sin demostrar nerviosismo ni alteración.
Con la huida en plena marcha, quien hasta ese momento había sido el líder indiscutido de las masas proletarias de la Argentina despertó a su amante, la bella jovencita de diecisiete años, Nelly Haydée Rivas y le dijo que debía preparar sus cosas porque regresaba a la casa de sus padres, en la localidad de Vicente López (la muchacha hacía un año y medio que vivía con él). Perón se despidió de ella cariñosamente y le entregó un paquete cerrado que debería abrir al llegar a su domicilio (se trataba de $ 309.000 en efectivo).
Inmediatamente después, mandó por un auto y envió a la jovencita junto a sus progenitores y cuando el vehículo partió, regresó inmediatamente a su habitación donde lo esperaban su sobrino, Ignacio Cialcetta y el mayor Renner, con quienes ultimó los detalles de la fuga. La idea era dirigirse directamente al Aeroparque pero las condiciones meteorológicas imperantes (llovía torrencialmente) impedían el despegue de cualquier avión. Entonces decidió solicitar asilo en la embajada del Paraguay, país sobre el que había ejercido notable influencia y en ese sentido, mandó establecer contacto con la representación.
Gobernaba el país guaraní el general Alfredo Stroessner, a quien Perón había apoyado política y económicamente[1].



Cañonera "Paraguay"

Por esa razón, sin perder más tiempo, abordó el automóvil presidencial y en compañía de Renner, Cialcetta, el oficial Rugero Zambrano, jefe de su custodia y su chofer, partieron bajo la lluvia por las desiertas calles de Barrio Norte (07.30) en dirección a la representación diplomática del vecino país, ubicada en la calle Viamonte, entre Riobamba y Av. Callao. En la legación los esperaban su encargado administrativo, que fue quien telefoneó al embajador, Dr. Juan R. Chaves, que en esos momentos se encontraba en su domicilio para informarle que el líder justicialista había llegado. Chaves partió inmediatamente y al llegar a la sede diplomática se encontró a Perón rodeado por varios funcionarios, entre ellos su secretario (el de Chaves) Dr. Rubén Stanley.


Perón aborda la cañonera "Paraguay". A su lado el embajador Juan R. Chaves

Perón solicitó asilo político y en vista del Tratado de Montevideo de 1939 y 1949, el mismo le fue concedido. Según lo que el embajador Chaves relató a Isidoro Ruiz Moreno años después, afuera, a solo cuatro cuadras de la embajada, en la intersección de las avenidas Santa Fe y Callao, comenzaban a concentrarse manifestantes antiperonistas que vivaban a la libertad y lanzaban “mueras” al mandatario depuesto. Eso despertó los temores del embajador que temiendo acciones violentas por parte de aquellos, le dijo a Perón que no era prudente que permaneciera en el lugar y que lo más conveniente era trasladarse a su residencia particular, en el barrio de Belgrano, donde estaría más seguro. El depuesto mandatario aceptó y sin decir más, abordó el mismo auto en el que Chaves había llegado y partieron inmediatamente en dirección a su residencia.



Otra imagen de Perón a bordo de la cañonera paraguaya (Gentileza: Fundación Villa Manuelita)

En la casa del embajador, Perón encontró a otros asilados políticos, entre ellos la esposa del ex ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Idelfonso Cavagna Martínez, Sra. Estela Lagos de Cavagna y la Sra. Josefa Luisa Martínez de Noguera Isler, cuyo marido, el capitán de navío Enrique Noguera Isler, se había desempeñado como adscripto en la Casa de Gobierno. Fue entonces que supieron de nuevos disturbios acaecidos en cercanías y por esa razón, resolvió alojar a Perón en la cañonera “Paraguay” que en esos momentos se hallaba amarrada en Puerto Nuevo. La situación era delicada y podían tener lugar hechos de extrema violencia.
El capitán Noguera Isler estuvo de acuerdo y así se lo hizo ver a Perón, explicándole los peligros a los que se hallaba expuesto en caso de permanecer en Buenos Aires.
La secretaria de la Embajada, Pilar Mallén, ha ofrecido testimonio de lo que ocurrió ese día en la sede diplomática del vecino país. “Desde el mismo momento de producirse el asilo del general Perón empezó el tire y afloje entre nuestra embajada y el gobierno provisional argentino. Las mismas autoridades argentinas no sabían lo que querían. Cuando las gestiones que realizábamos parecían bien encaminadas, eran de vuelta obstaculizadas por algún personero de la revolución y las diligencias entraban nuevamente en punto muerto. Parecían increíbles las contradicciones en la postura de la cancillería argentina. Algunas veces los problemas surgían por la mala fe de algunas autoridades, pero otras por el desentendimiento entre los mismos jefes de la revolución.


Otra vista de la cañonera "Paraguay"

“En un momento la cancillería decía que se otorgaba el salvoconducto para la salida de Perón, primero que viajaría por barco, después por avión, cambiando de plan con una rapidez increíble. Y todo esto tuvimos que soportar en defensa del derecho de asilo”. Más adelante, la funcionaria diplomática agrega: “Mientras se realizaban las gestiones con el gobierno argentino, teníamos múltiples problemas paralelos con los asilados en la sede diplomática, en la residencia del embajador y en un departamento habilitado para albergar tantos refugiados. Contábamos con pocos medios y debíamos atender a toda esa gente. Las oficinas de la embajada se convirtieron de un día para otro en un verdadero hotel”[2].
Respecto al general Perón, Pilar Mallén dijo: “Fue una sorpresa cuando llegó a la embajada para pedir asilo. Me impresionó su gesto caballeresco, su corrección, su serenidad, pese a la tremenda situación que atravesaba. Era amable y se reía cuando escuchaba que hablábamos en guaraní. Perón tenía un encanto especial y hasta sus adversarios políticos cuando hablaban con él salían admirados”[3]. Realmente, la fascinación que Perón ejercía sobre la gente era increíble.
La amenazas y el riesgo que corrió la legación guaraní quedan reflejados en las siguientes palabras: “Simpatizantes o personeros de la revolución que derrocó al general Perón se concentraban frente a la embajada - sigue relatando Pilar Mallén - Algunos grupos más fanatizados nos amenazaban de muerte. Reclamaban la presencia de Perón, querían matarlo. Intentaban incluso penetrar en el local y no teníamos como defendernos. El gobierno provisional argentino no otorgaba la debida garantía…Estábamos controladísimos, no podíamos dar un paso sin tener al lado a un ‘observador’. Nos espiaban desde los departamentos vecinos. Notábamos que se apostaban en las ventanas y las terrazas de los edificios linderos a la embajada. Seguían nuestros movimientos y tomaban fotografías con teleobjetivos. En una ocasión estábamos acomodando unos muebles, sujetos con unas sogas. Este escena apareció en la prensa de Buenos Aires, como si estuviéramos ocultando al mismísimo Perón. Las autoridades argentinas, basándose en el periodismo sensacionalista de entonces enviaron a supuestos agentes – en realidad siempre eran de cierta jerarquía del gobierno – para revisar esos cajones ‘sospechosos’…Inclusive nos reclamaban a través de la línea telefónica – siempre controlada por el gobierno – para que no hablásemos con nuestros superiores en Asunción en guaraní. Reaccionaron totalmente fuera de lugar. Recuerdo que en una oportunidad estaba pasando un informe a nuestro canciller doctor Hipólito Sánchez Quell cuando escuché del otro lado de la línea una voz prepotente que nos dijo: ‘Hablen en castellano’, y seguimos hablando en guaraní para que no captaran el informe”[4].
Los funcionarios de la embajada llegaron a sufrir agresiones, como la que soportó la misma Pilar Mallén al abandonar la sede a bordo de un automóvil: “Recuerdo en una ocasión, cuando salía para mi departamento, fui reconocida por un grupo de manifestantes antiperonistas que montaban guardia en las inmediaciones de la sede. Rodearon mi vehículo y todos juntos llegaron a levantarlo…Salí algo asustada de esa situación, pero no fui agredida físicamente”[5].
En esos días, la embajada paraguaya fue asilo de otros funcionarios del gobierno justicialista, entre ellos, Cialcetta y Zambrano, el ex ministro de Relaciones Exteriores Dr. Idelfonso F. Cavagna Martínez y su esposa, el mencionado capitán de navío Enrique Noguera Isler con su señora, la señorita María Antonia Méndez y los hijos de ambos matrimonios, Enrique Luis Noguera, Mariano Augusto Cavagna Martínez y Amalia Catalina Noguera.



Salida hacia el hidroavión. Perón entre el embajador Chaves y Mario Amadeo acompañados por oficiales y marineros de la Armada Argentina (Fotografía obtenida por el subteniente Edgar Usher)

Cuando los relojes dieron las 10.30, los allí presentes procedieron a sacar a Perón.
El mayor Cialcetta llamó a Aeroparque para ordenar el alistamiento del avión presidencial DC-4 matrícula T-42, a los efectos de “engañar” al enemigo y desviar su atención de la comitiva que debía trasladar al ex presidente hasta la embarcación paraguaya. Recién a las 11.000 salieron al exterior y una vez a bordo del automóvil de la representación, partieron hacia Puerto Nuevo, el general paraguayo Demetrio Cardozo (agregado militar) al volante, el oficial Zambrano a su derecha y Perón detrás, con el embajador Chaves y el mayor Cialcetta a cada uno de sus lados.
Durante el trayecto, el vehículo sufrió un desperfecto que lo obligó a detener la marcha. Cardozo y Zambrano debieron bajar y una vez solucionado el inconveniente, reanudaron la marcha por las calles lluviosas, bajo el cielo encapotado de esa mañana gris.
Una vez en el puerto, Perón bajó del auto y seguido por Chaves, se apresuró a cubrir el trayecto que lo separaba de la escalerilla de acceso a la embarcación. Los recibió su comandante, el teniente de navío César Cortese, que estaba al corriente de toda la operación desde hacía varias horas. Y así, desde ese momento, el dictador argentino quedó alojado en territorio extranjero, fuera del alcance de sus vencedores.
A esa misma hora, el brigadier Francisco Fabri daba en el Aeroparque la orden de despegue al DC4 presidencial, mientras el general Audelino Bergallo y el mayor Renner, simulaban despedir a Perón.
El avión decoló y tras una hora de vuelo, aterrizó en El Palomar donde su tripulación, integrada por el comodoro Luis A. Lapuente y el capitán Ignacio Weiss, fue desarmada y detenida[6].

Perón fue saludado en el puente de mando por el teniente de navío César Cortese, comandante de la cañonera, e inmediatamente después pasó a su recámara. “A partir de ese momento correspondía así al comandante y tripulación del buque, la gran responsabilidad de hacer observar el estricto cumplimiento de tal derecho, respetando siempre el derecho de los demás.
“Casi al mediodía desembarcaron el embajador del Paraguay y el Agregado Militar, a los efectos de realizar por Cancillería la comunicación oficial de dicho acontecimiento y solicitar se conceda al salvoconducto correspondiente para el asilado”, recordaría el marino, años después, agregando posteriormente: “Ante la gran responsabilidad asumida por el comandante y la tripulación del buque, la decisión era firme y determinante: garantizar la seguridad de las personas asiladas, haciendo respetar el Derecho de Asilo, tal como había dispuesto el señor Presidente de la República.
“A partir del mediodía del 20 de septiembre, el muelle de la Dársena D y sus alrededores había perdido su calma habitual, ya que comenzaba a ser frecuentado por varias personas armadas, en jeeps militares y en coches, que no sacaban sus ojos del buque.
“Así mismo, desde las primeras horas de la tarde, la Policía Marítima aumentó considerablemente su vigilancia sobre el buque, teniendo sus hombres armas automáticas. Posteriormente fueron reforzados por hombres de Infantería de Marina, con sus modernos equipos y armamentos, siendo su personal y armamento el doble que los anteriores.
“Tampoco fue ajeno el hecho de que varios civiles armados, quienes presumiblemente eran de la Policía Federal, revisaban cédulas de identidad y salvoconductos y no dejaban pasar a ninguna persona que no estuviera suficientemente autorizada, entre quienes figuraba el personal de a bordo y los de la embajada paraguaya”[7].
Después de tomar conocimiento de que Perón había solicitado asilo político, el gobierno provisional, encabezado por el general Lonardi, ordenó a la cañonera retirarse del muelle y fondear en el Río de la Plata (siempre en aguas jurisdiccionales argentinas), razón por la cual, se adoptaron las medidas para zarpar de manera inmediata.


Perón aborda el hidroavión paraguayo

El buque paraguayo abandonó la dársena a las 17.00 del 20 de septiembre, internándose lentamente en las turbias aguas del estuario, tal como se le había indicado. Después de soltar amarras, se separó lentamente del muelle y comenzó a deslizarse a media máquina por el canal de navegación hasta el kilómetro 10, pasando entre varios buques de la Armada Argentina, a la vista de la multitud que se había aglomerado en el puerto para seguir las alternativas de la huida.
La embarcación saludó a sus pares argentinas, quienes le respondieron del mismo modo, mientras sus tripulaciones se agolpaban en las cubiertas para observar su paso. De ese modo, y hasta la finalización del conflicto, la cañonera fue vigilada de cerca por los buques “Murature” y “King” y por lanchas patrulleras que navegaban en torno a ella, a distancia prudencial.
El grueso de la flota argentina, en tanto, se mantenía a distancia, impidiendo cualquier intento de fuga hacia Montevideo. Dos de sus unidades, los destructores “Buenos Aires” (comandante Eladio Vázquez) y “Entre Ríos” (comandante Aldo Abelardo Pantin), patrullaban las aguas desde las desembocaduras de los ríos Paraná y Uruguay hasta Buenos Aires y La Plata, e incluso remontando el Paraná Guazú hasta la localidad de San Pedro.
Con el paso de las horas, el embajador Chaves comenzó a experimentar cierta inquietud. Temía que el gobierno argentino organizase un operativo de tipo comando para apoderarse de la cañonera y por esa razón deseaba sacar a Perón lo antes posible. Para colmo, además de las unidades de mar, aviones PBY Catalina con asiento en la base Comandante Espora comenzaban a realizar amenazadoras pasadas a baja altura sobre la nave, llevando inquietud no solo a su capitán sino también, al resto de la tripulación.
Quien se mantenía imperturbable era el propio Perón, que hasta tuvo tiempo de escribirle dos cartas a Nelly Rivas, su amante adolescente y de congraciarse con los marineros. El comandante Cortese recordaría años después que el ex mandatario se adaptó perfectamente a la vida de a bordo y que supo congeniar con la mentalidad y el estilo de vida de la dotación. Su trato con la oficialidad y la marinería siempre fue correcto, y en todo momento se mostró sereno e incluso jovial. En lo que a las normas de a bordo se refiere, dio estricto cumplimiento a las disposiciones de asilo y jamás provocó el más mínimo contratiempo.
La tripulación paraguaya comenzó a sentir admiración y respeto por su persona. Comía, dormía, leía y escribía en un horario que él mismo se había impuesto y congenió muy bien con los jóvenes tripulantes, a quienes de tanto en tanto, solicitaba chistes que festejaba risueñamente (especialmente los del marinero José Oliste), lo mismo con las canciones que ejecutaban para él los hermanos González.
Perón sabía moverse; era un verdadero maestro en el arte de captar simpatías y así fue como a poco de abordar la nave, comenzó a ser admirado y reverenciado.
Donde no había ni chistes ni guitarreadas era las unidades de superficie que rodeaban a la nave paraguaya. Por esa razón, temiendo la ya mencionada incursión de comandos por parte de fuerzas especiales, el embajador Chaves comenzó a acelerar las gestiones para sacar al ex presidente del territorio argentino y en ese sentido, su gobierno despachó hacia Buenos Aires a la cañonera “Humaitá”, gemela de la “Paraguay”, al mando del capitán de corbeta Benito Pereira Saguier.


Última imagen de Perón antes del exilio. Se distingue su figura a punto de abordar el hidroavión paraguayo  (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno: La Revolución del 55, Tomo II)

Todo estaba listo para que Juan Domingo Perón, figura emblemática y trascendentes de de la reciente historia americana, partiera rumbo al exilio. Se alejaba de un país al que había dirigido por espacio de una década, dejándolo en pleno estado de ebullición y guerra civil. Su actitud no estuvo a la altura de un líder de su magnitud. Perón no fue fiel a sus palabras y lejos estuvo de actuar de acuerdo a la envergadura de su persona. Por esa razón, muchos de sus seguidores experimentaron un sabor amargo al verlo partir de ese modo. “¡Apenas iniciada la lucha, Perón huía cobardemente, dejando abandonados a su suerte a tantos hombres que confiaron en él, a quienes por sus ideas, sus sentimientos, sus intereses o por simple cálculo, estaban dispuestos a luchar para apoyarlo y para defenderlo; y atento sólo a su seguridad personal, a la preocupación de eludir toda responsabilidad, buscaba el amparo de la embajada paraguaya y se refugiaba, dispuesto a exiliarse, en una cañonera de ese país!
   “La frustración de quienes confiaron en él debe haber sido tremenda. Entre nosotros su fuga vergonzosa no dio lugar a manifestaciones de alegría. Sentimos desprecio por su cobarde actitud y una sensación de amargura inexplicable. ¡Ese hombre había sido el Presidente de los argentinos, había gobernado por años nuestro país! En su caída, deshonrosa, Perón nos avergonzaba a todos los argentinos por igual” dice el contralmirante Jorge E. Perren su libro[8], reflejando los sentimientos que su actitud despertó entre sus enemigos.

Notas

  1. Perón había devuelto a aquel país los trofeos de guerra capturados por el ejército argentino durante la guerra de la Triple Alianza y era desde 1954 ciudadano honorario y general del ejército paraguayo.
  2. Augusto Ocampos Caballero, La Cañonera. Símbolo del Derecho de Asilo, Editora Ricor Grafic S.A., Asunción, Paraguay, 1995, pp. 77-78.
  3. Ídem, p. 82.
  4. Ídem, pp. 79-80.
  5. Ídem, p. 81.
  6. Se la obligó a permanecer a bordo y se la trasladó a la base de Villa Reynolds, asiento de la V Brigada Aérea de Caza y Ataque, a bordo del mismo aparato en el que habían llegado.
  7. Augusto Ocampos Caballero, op. cit, pp. 103-106.
  8. Jorge E. Perren, op. Cit, p. 271.

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