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viernes, 6 de noviembre de 2026

Antártida Argentina: Los cosechadores (2/3)

Los cosechadores

Parte 2



El Primer Asalto

Base Teniente Matienzo, Fuerza Aérea Argentina 64°58′S 60°04′O — 30 de agosto de 1969, 11:30 hs.
—Velázquez, verifique la presión del sistema hidráulico. —ordenó Pose, con la voz amortiguada por el protector de los auriculares de cuero.
—Presión nominal en ochocientas cincuenta libras, Teniente. El sistema responde correctamente —respondió el suboficial, manteniendo la vista fija en el instrumental de la consola central.
—Señor, estamos listos para iniciar el rodaje —anunció Pose, girando la cabeza hacia atrás sobre el hombro.
—Proceda, Pose —respondió Olezza, con una calma que contrastaba con la callada tensión que envolvía el habitáculo—.
Para comprender la exacta dimensión del estruendo que provocó aquel motor radial al despertar sobre la submeseta de la Isla Seymour, es imperativo retroceder a los últimos compases del invierno de 1969.
Por aquellos días, la burocracia instalada en Buenos Aires continuaba convencida de que el Sector Antártico debía gobernarse mediante una soberanía estacional, limitada a las campañas veraniegas del rompehielos. Sin embargo, en el Nunatak Larsen, el Vicecomodoro Mario Luis Olezza ejecutaba en un absoluto y desafiante silencio un ajedrez que rompería la inercia de toda una época.
Su mirada febril no estaba puesta en la comodidad de los cuarteles, sino en una anomalía topográfica libre de hielos eternos, cuya trascendencia ya había sido vislumbrada por el inspirado Vicecomodoro Marambio.
El plan original pergeñado por Olezza no contemplaba el uso inmediato de ruedas convencionales sobre la piedra de la isla, pues la tecnología aeronáutica disponible y la total carencia de infraestructura volvían impracticable semejante osadía.
El asalto técnico y humano comenzó formalmente ese 30 de agosto de 1969, una fecha que quedaría grabada en las efemérides del esfuerzo polar.
En aquella jornada helada, el monomotor de Havilland DHC-2 Beaver, luciendo en su deriva la matrícula P-03, despegó desde la Base Teniente Matienzo configurado con sus patines para nieve. Al comando de la robusta aeronave iba el Teniente Oscar José Pose Ortiz de Rozas, un piloto de temple de acero y fina sensibilidad en los mandos, secundado por la mirada atenta del Suboficial Principal Ramón Alberto Velázquez.
En el reducido espacio de la cabina de carga se apiñaban el Teniente Mario Víctor Licciardello y los primeros suboficiales de la Patrulla Soberanía, apretados entre herramientas de mano y vituallas esenciales para la supervivencia.
Pose no dirigió la proa del Beaver hacia el permafrost superior de la isla en aquella primera aproximación, sino que descendió con precisión hacia el nivel mismo del mar de Weddell.
Con una maniobra perfecta que desafió las traicioneras corrientes de aire, metió el P-03 en un impecable anevizaje sobre el manto de hielo marino congelado que cubría la Bahía López Bertodano. Allí mismo, al pie de las barrancas que caían a pique desde más de doscientos metros de altura, quedó formalmente establecido el Campamento Alfa.
La jefatura operativa de este precario enclave fue encomendada al Teniente Francisco Florencio Mensi, cuya titánica responsabilidad consistiría en coordinar la recepción de los suministros aéreos y asegurar el repliegue logístico del grupo ante cualquier eventualidad meteorológica.
A partir de aquel instante, la epopeya abandonó la comodidad de la tracción mecánica para transformarse en un esfuerzo puramente humano, empujado por la fuerza del brazo y el corazón de los pioneros.
Bajo las órdenes directas de Licciardello, los hombres de la patrulla iniciaron el ascenso a pie por las laderas resbaladizas de la Seymour. Cada pico, cada pala, cada tambor de kerosén de doscientos litros y cada caja de raciones de combate fue subida a puro lomo, paso a paso, desafiando el abismo y la fatiga que agarrotaba los músculos.
Arriba, expuestos al azote del viento, los veintiún elegidos fundaron el Campamento Beta. Su única y frágil protección contra el frío extremo, que perforaba la barrera de los treinta grados bajo cero, eran las lonas de las carpas de campaña tipo Alberta, precariamente aseguradas por una pirca construida con los mismos tambores de combustible vacíos que iban acumulando.
Durante veinticinco días interminables y agónicos, la meseta de la Isla Seymour se transformó en una suerte de cantera prehistórica donde el tiempo parecía haberse detenido. La fisonomía geológica de la isla, providencialmente despejada de nieve, revelaba una costra de barro fósil, lajas sueltas y arcilla congelada que poseía la dureza del granito más puro.
Sin la ayuda de modernas topadoras, sin camiones volcadores ni grúas de gran calado, las únicas herramientas de la soberanía argentina en aquella latitud se redujeron a picos, palas y la inquebrantable fortaleza física de una dotación elegida por su temple y su probada capacidad en los hangares del continente.
El Suboficial Mayor Mario Rogelio Ranieri, fue el encargado de organizar las extenuantes cuadrillas de trabajo que se relevaban sin descanso de sol a sol. El esfuerzo físico requerido era destructivo para el cuerpo. Al primer golpe seco del pico contra el permafrost, las violentas vibraciones se transmitían por los brazos, desgarrando los tendones y agrietando los cabos de madera antes de lograr arrancar una miserable lasca de piedra. De hecho, los cabos de las herramientas se rompían con mayor velocidad que el propio suelo; el frío extremo volvía el metal quebradizo y la madera propensa a astillarse.
Hombres de la talla del Cabo Primero Juan Carlos Luján, el Cabo Primero Ramón Alberto Velázquez y el Cabo Primero José Luis Cortese trabajaban en turnos continuos que desafiaban los límites biológicos, deteniéndose únicamente cuando los barómetros predecían temporales de viento que hacían imposible mantenerse en pie a la intemperie.
El objetivo que Olezza había fijado era modesto en sus dimensiones pero colosal en su ejecución: despejar y nivelar una franja mínima de trescientos metros de longitud por veinticinco de ancho en la piedra de la meseta.
Había que remover manualmente las lajas más prominentes que sobresalían como cuchillas, rellenar los pozos con arcilla apisonada y retirar cada fragmento de roca fósil que pudiera perforar un neumático o destrozar el delicado tren de aterrizaje de un avión convencional. Cada metro ganado al suelo era celebrado en silencio como una victoria contra el aislamiento de la patria.
La mañana del 25 de septiembre de 1969 trajo finalmente una tregua meteorológica precaria pero suficiente.
En la Base Matienzo, tras verificar los mapas sinópticos y los reportes de radio, se dio la aprobación definitiva. El espeso aceite del motor Pratt & Whitney R-985 Wasp Junior de nueve cilindros en estrella, refrigerado por aire y capaz de entregar cuatrocientos cincuenta caballos de fuerza, había sido precalentado pacientemente durante horas con los ruidosos calentadores Primus a kerosén, evitando así que la densidad del lubricante bloqueara los conductos del cárter en el momento crítico del arranque.
El Teniente Pose se acomodó en el asiento izquierdo de la cabina, ajustándose las correas del arnés sobre su campera de abrigo de dotación antártica. A su derecha, el Suboficial Velázquez repasaba la lista de control, asumiendo con absoluta naturalidad el rol dual de mecánico de vuelo y copiloto en una misión donde no existía el más mínimo margen para la distracción o el error de cálculo. En la parte posterior del angosto fuselaje, desprovisto de asientos para aliviar el peso, se ubicó el Vicecomodoro Olezza. Su presencia en aquel vuelo no obedecía a un simple acto protocolar; Olezza era plenamente consciente de que la doctrina militar y los altos mandos consideraban una verdadera locura la idea de operar aviones con neumáticos sobre la meseta. Si el Beaver capotaba o rompía sus piernas en la Seymour, la ruina militar y profesional recaería exclusivamente sobre sus propios hombros.
A las 11:15 horas, el Beaver P-03 carreteó sobre la pista de Matienzo utilizando sus esquíes, despegó tras una breve carrera y trepó buscando la altitud sobre el congelado estrecho de la Tierra de San Martín.
El vuelo hacia el nordeste se desarrolló sobre un desierto que crujía bajo los rigores del invierno tardío. A medida que la aeronave se aproximaba a las coordenadas de la Isla Seymour, un espeso frente de nubes plomizas comenzó a descender desde el este, amenazando con clausurar la estrecha ventana de visibilidad que el meteorólogo Amistadi había pronosticado desde tierra.
Al avistar por fin la fisonomía alargada de la Seymour, el Teniente Pose inició las maniobras de descenso. El panorama que se presentaba desde el parabrisas era intimidante. La submeseta elegida para la precaria pista corría en dirección sudoeste a nordeste, manteniéndose paralela a los vientos predominantes de la zona. Sin embargo, al cruzar la vertical del acantilado sur, las violentas corrientes de aire ascendían con una fuerza inusitada, generando peligrosas turbulencias de rotor que sacudieron la estructura del Beaver, hundiéndole el plano izquierdo de forma alarmante.
—¡Atento con la racha de babor, Pose! —advirtió Olezza desde atrás, sosteniéndose de la estructura de la cabina—. ¡Nos está tirando el plano izquierdo abajo!
—La tengo, Señor. Meto compensador y corrijo con pedal —respondió Pose con calma de cirujano, aplicando una presión firme sobre los pedales para mantener el morro alineado con el eje imaginario de las pequeñas banderolas rojas y las chapas de aluminio que delimitaban el inicio de la faja de tierra.
—Velázquez, revoluciones al máximo, paso corto para la hélice —indicó el piloto. El zumbido característico del motor se transformó en un rugido ensordecedor que se propagó por los cañadones de la isla.
—Paso corto seleccionado, mezcla rica —confirmó el Suboficial Velázquez, con la mano izquierda apoyada sobre la palanca de gases, listo para asistir al piloto en caso de una interrupción del empuje.
En el Campamento Beta, la dotación de tierra había abandonado por completo las herramientas y se agrupaba expectante a los costados de la franja de trescientos metros.
El Teniente Licciardello mantenía los binoculares clavados en el tren de aterrizaje del Beaver, conteniendo el aliento al observar las dos cubiertas que asomaban por debajo de los patines.
El destino entero de la Operación Marambio pendía en ese preciso segundo de la resistencia estructural de esos neumáticos contra las lajas afiladas que alfombraban la meseta antártica.
El Beaver cruzó el umbral de la pista volando a escasos diez nudos por encima de su velocidad de pérdida, aprovechando al máximo las capacidades de la aeronave para reducir la carrera de parada.
A las 11:45 horas en punto de aquel histórico 25 de septiembre de 1969, las ruedas hicieron finalmente contacto directo con el suelo fósil de la Isla Seymour.
Aquel primer contacto estuvo desprovisto de la suavidad de cualquier aeródromo continental; fue un impacto seco, violento, un golpe brutal que puso a prueba la elasticidad de los amortiguadores y las piernas de fuerza del tren principal.



De inmediato, un tableteo ensordecedor estalló en la panza de aluminio del fuselaje cuando las piedras sueltas y los duros cascotes de arcilla congelada salieron de las cubiertas despedidos con violencia por el flujo de aire de la hélice, impactando como metralla contra la chapa.
El Beaver dio dos saltos alarmantes sobre las irregularidades que los picos de la patrulla no habían alcanzado a nivelar por completo, obligando al Teniente Pose a pelear con todas sus fuerzas aferrado al comando para evitar que el avión capotara hacia adelante debido al freno que ejercía el barro duro.
—¡Frenos, Pose! ¡Suave pero continuo, que la franja se termina! —bramó Velázquez, viendo cómo la última banderola roja se aproximaba con velocidad alarmante a través de las ventanillas laterales.
—¡Frenando!—respondió Pose, hundiendo los talones en los pedales mientras el tren de aterrizaje chillaba al arrastrar las cubiertas sobre el pedregal.
El avión experimentó una desaceleración brutal. La cola osciló violentamente hacia la derecha debido a una ráfaga imprevista del viento del oeste, amenazando con desatar un efecto que habría destruido el tren de aterrizaje, pero el uso oportuno del timón de dirección por parte del piloto logró corregir la deriva en el último suspiro de la carrera. Con un crujido seco y un quejido de las pastillas de freno, el de Havilland se detuvo sobre la piedra de la meseta.
Al mirar a través del parabrisas cubierto por una fina capa de polvo, el Teniente Pose pudo constatar la dramática realidad de la maniobra: el morro del avión había quedado detenido a escasos veinticinco metros del final del terreno, justo donde se iniciaba la pronunciada pendiente descendente que conducía directamente al vacío del acantilado marino.
El piloto redujo la palanca de gases a su posición mínima y el motor quedó regulando, emitiendo un ronroneo rítmico que rompió el milenario silencio de la meseta de la Seymour.
Por primera vez en los anales de la aviación mundial, una aeronave propulsada por un tren de aterrizaje convencional había logrado posarse con éxito en el permafrost del continente antártico en pleno invierno polar, validando de un plumazo la audaz hipótesis de Olezza.
Antes de que la cortina de polvo levantada por la frenada se asentara, las puertas del Beaver se abrieron. El Vicecomodoro Olezza fue el primero en descender de la cabina, clavando la suela de sus botas en el barro congelado de la Seymour.
Su rostro curtido, surcado por las profundas marcas de la tensión acumulada durante semanas de incertidumbre, se iluminó con una sonrisa franca al ver correr hacia el avión a los hombres de la Patrulla Soberanía, quienes vitoreaban con entusiasmo contenido.
El Teniente Licciardello llegó al trote liderando el grupo, luciendo su ropa de abrigo completamente sucia por el polvo grisáceo de la laja apisonada. Se cuadró militarmente frente a su superior con rigor reglamentario, aunque la emoción del momento le quebraba la voz al pronunciar el parte de novedades:
—¡Señor! El Campamento Beta reporta la pista de trescientos metros formalmente inaugurada y sin registrar novedades operativas en el personal o el material —exclamó Licciardello, con los ojos visiblemente húmedos.
Olezza ordenó romper filas, dejando de lado por un instante la rigidez del protocolo militar para fundirse en un abrazo hondo y fraternal con el joven oficial que había liderado el esfuerzo en la meseta. Con voz ronca pero cargada de una profunda convicción, el Vicecomodoro miró a los ojos a los hombres de la dotación:
—Lo que hicieron ustedes acá no tiene nombre en los manuales de la milicia, muchachos. La burocracia dictaminaba que se requerían barcos de gran calado, meses de logística y pesadas topadoras para poner una sola rueda en la Isla. Sin embargo, acá tienen la rueda, y la pusieron veintiún pares de brazos argentinos.
Mientras tanto, Pose y Velázquez habían descendido para realizar una inspección ocular del estado del tren de aterrizaje. Para gran alivio y sorpresa, los neumáticos no evidenciaban cortes profundos ni deformaciones, lo que constituía una prueba irrefutable de que la titánica labor ejecutada por las cuadrillas de tierra había alcanzado niveles de excelencia técnica admirables.
—Están intactas, Teniente —anunció Velázquez, palmeando con fuerza la banda de rodadura de la cubierta izquierda—.
Olezza se acercó a los aviadores para felicitarlos, estrechando fuertemente sus manos enguantadas:
—Buen trabajo, Pose. Ese viento estuvo a punto de jugarnos una mala pasada en el último segundo de la aproximación.
El piloto, contemplando con justa modestia la precaria y exigua cinta de tierra despejada que se extendía a sus espaldas, se acomodó el pasamontañas antes de responder:
—El Beaver se portó como un grande, Señor. Pero trescientos metros de longitud representan apenas un suspiro si el objetivo consiste en trasladar el pesado Douglas C-47 desde los hangares de Matienzo.
El Vicecomodoro Olezza asintió, dándole plenamente la razón al piloto mientras se volvía hacia el resto de los suboficiales de la patrulla que se agolpaban con los rostros agrietados por el frío alrededor del fuselaje del P-03. Su voz recuperó la firmeza de la orden irrevocable:
—Escuchen bien, muchachos. Hoy se quebró definitivamente el mito del aislamiento invernal antártico, pero la geopolítica no aguarda los festejos de los pioneros. Para el final de la semana requiero cuatrocientos metros limpios de pista y para el mes de octubre la extensión total debe alcanzar indefectiblemente los mil doscientos metros de longitud. El Douglas TA-05 aguarda en Matienzo y requiere esa distancia para frenar antes de que den inicio los violentos temporales de la primavera. ¡Afilen los picos que la verdadera tarea comienza a partir de mañana!
El estruendo del motor Pratt & Whitney al despegar de regreso hacia Matienzo apenas una hora más tarde marcó el inicio formal de la segunda y más exigente fase de la Operación Marambio.
Los hombres de la Patrulla Soberanía regresaron en silencio hacia las lonas de sus carpas con los desgastados picos apoyados sobre los hombros curtidos. Sabían perfectamente que la soledad continuaba siendo absoluta en los confines del mar de Weddell y que el implacable invierno antártico aún no había retirado del todo sus garras heladas, pero también marchaban con la íntima e inquebrantable certeza de que la historia de la Antártida Argentina se había enderezado para siempre bajo la marca indeleble de aquellas primeras ruedas grabadas a fuego en la dura piedra de la meseta.
(Continuará)….
Alejandro G. Mazzuchi
Aviador militar retirado – Escritor de relatos históricos




 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Antártida Argentina: Los cosechadores (1/2)

Los cosechadores

Parte 1


En 1969, la política antártica argentina se debatía entre la rutina y el abandono logístico. Para el Estado Mayor en Buenos Aires, el Sector Antártico era una abstracción que se atendía únicamente durante la Campaña de Verano. 
Cada diciembre, el rompehielos General San Martín zarpaba para relevar a las dotaciones, dejar víveres y combustible, y regresar antes de que los hielos volvieran a cerrar el mar de Weddell en abril. 
Durante los ocho meses restantes, el continente blanco quedaba en un aislamiento absoluto. Si un científico sufría una apendicitis en julio o si una base se incendiaba en agosto, la respuesta oficial era aguantar o morir. El invierno no admitía rescates. 
Las potencias extranjeras operaban con otra mentalidad. 
Desde el fin de la Segunda Guerra, tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética y Gran Bretaña entendían que la soberanía en la Antártida ya no se defendía con banderas clavadas en el hielo, sino con la capacidad de proyectar poder aéreo durante todo el año. 
La introducción de pistas de aterrizaje permanentes era la nueva frontera geopolítica. Quien lograra romper el aislamiento invernal y poner un avión con ruedas convencionales dominaría el acceso estratégico al continente. 
En ese escenario de parálisis institucional la figura de Olezza, comenzó a incomodar a los burócratas de los escritorios de la Capital. 
A mediados de ese año, veintiún integrantes de la Fuerza Aérea se concentraron en la Base Teniente Matienzo, ubicada en el Nunatak Larsen. 
Allí, el invierno los recibió con un temporal que sepultaba las instalaciones obligando a los hombres a convivir encerrados. 

El búnker de chapa 

Base Teniente Matienzo, Fuerza Aérea Argentina — 64°58′S 60°04′O — 29 de agosto de 1969, 18:00 hs. 
El invierno no daba tregua en el Nunatak. Afuera de la Base el viento blanco soplaba a noventa nudos, limando las paredes de chapa acanalada con un chirrido constante. 
Adentro, el bloque principal estaba sumido en una penumbra, apenas rota por el resplandor de la estufa de campaña que tosía un humo denso y aceitoso cada vez que las ráfagas del exterior taponaban la chimenea. 
Olezza, con las mangas de la camisa de abrigo enrolladas y los ojos enrojecidos por el encierro, mantenía los puños clavados sobre una carta náutica del Mar de Weddell. 
Frente a él, el Teniente Oscar José Pose Ortiz de Rozas, jefe de la base —un oficial curtido en el terreno, de pocas palabras y autoridad natural—, fumaba en silencio. Observaba el punto exacto donde el dedo de su jefe insistía en golpear: una pequeña silueta alargada llamada Isla Seymour. 
—Mirá esto, Pose —dijo Olezza, quebrando el silencio—. La burocracia de Buenos Aires padece de ceguera invernal. Para ellos, mantener bases acá es dejar a unos tipos encerrados contando los días para volver. Pero mirá esta posición. 
El Vicecomodoro Mario Luis Olezza un piloto de una pieza que combinaba la audacia del aviador militar con una visión geopolítica a largo plazo, no se resignaba a la doctrina de la soberanía estática. Pasaba horas revisando el archivo histórico de la Fuerza Aérea, buscando informes que la desidia administrativa había sepultado en muebles de metal gris. 
Pose se acomodó los puños del suéter de lana y se inclinó sobre el mapa. 
—Conozco el informe que el Vicecomodoro Marambio dejó asentado, Señor. Él fue muy claro: la meseta de la Seymour está orientada en la dirección de los vientos predominantes. El mismo temporal que a nosotros nos entierra acá, a la Seymour la limpia. El viento hace el trabajo de una escoba. No junta nieve, deja la costra de barro al descubierto. Pero una cosa es verla desde un Avro Lincoln y otra muy distinta es pararse arriba. 
Olezza sacó una carpeta ajada, atada con hilos gastados, que llevaba la firma del Vicecomodoro Gustavo Argentino Marambio. 
Eran las anotaciones de la Operación Enlace de 1952 y los informes técnicos posteriores. Marambio, antes de perder la vida trágicamente, había dejado un testamento aeronáutico clarividente tras estudiar con obsesión aquella isla. 
Exhaló el humo de su cigarrillo hacia las vigas del techo. —En Buenos Aires cajonearon estos papeles porque consideran que operar aviones con ruedas en el permafrost es un delirio de pilotos obsesivos. 
—Los ingenieros argumentan que para construir una pista allí se requiere una flota de buques de gran calado para transportar maquinaria pesada, además de grúas capaces de subir ese equipamiento por las escarpadas barrancas de la isla, que caen a pique doscientos metros hacia el mar congelado. Como la Fuerza Aérea no dispone de esos medios ni del presupuesto para alquilarlos, el veredicto es lapidario: el sueño de Marambio es impracticable. 
—¿Y cómo piensa que movamos miles de toneladas de piedra para nivelar novecientos metros de pista sin una sola topadora, Señor? —preguntó Pose, cruzando los brazos. 
—A lomo, Pose. A puro lomo y brazo —afirmó Olezza, mirándolo fijo—.
Para eso formamos este grupo, para que no dependa de la tecnología que no tenemos. Veintiún hombres. Tipos elegidos uno por uno. Si esperamos el papelerío oficial, los británicos o los chilenos van a poner una rueda en esa meseta antes que nosotros. La geopolítica no espera. Quien domine la Seymour tendrá la llave de entrada permanente a la Antártida durante todo el año. 
Olezza había presentado el proyecto a sus superiores con el título de Operación Marambio. 
La respuesta inicial fue el rechazo sistemático por "falta de factibilidad técnica y presupuestaria". Pero Olezza no era un hombre que aceptara un "no" por respuesta. 
Decidió eludir los carriles normales y plantear una estrategia de hecho consumado. Si no había maquinaria, la pista se haría con lo único que la Fuerza Aérea tenía de sobra: hombres con el cuero duro y la mística de los pioneros. Consiguió el aval político mínimo para realizar una misión de exploración y se dispuso a armar, en el más absoluto secreto operativo, la dotación que pasaría a la historia como la Patrulla Soberanía. 
El reclutamiento no se hizo por boletín oficial ni convocatorias abiertas. Olezza viajó personalmente por distintas unidades del país, buscando perfiles específicos en los talleres y hangares. 
No buscaba héroes de desfile, sino suboficiales mecánicos, radiotelegrafistas y operarios que entendieran el lenguaje del metal bajo el frío extremo y que tuvieran la templanza psicológica para soportar el aislamiento total. Hombres acostumbrados a resolver problemas con alambre y astucia cuando los repuestos oficiales no llegaban. 
El diseño del grupo de tierra recayó en el propio Teniente Pose Ortiz de Rozas y en el Teniente Mario Víctor Licciardello, quien asumiría el rol operativo directo sobre el terreno. Entre los suboficiales, el alma técnica era el Suboficial Mayor Mario Rogelio Ranieri, un veterano de campañas anteriores que conocía los secretos de los motores radiales como nadie. 
El listado de los veintiún hombres se completó con dieciséis suboficiales y una pieza civil que resultaría crítica: el meteorólogo Alberto Omar Amistadi, con capacidad para leer las sutiles oscilaciones de los barómetros de mercurio y adivinar las breves ventanas de buen tiempo antes de que la tormenta cerrara la trampa. 
La puerta del bloque se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire helado y al Suboficial Ranieri, cuyas manos cargaban con las cicatrices de viejas quemaduras por congelamiento sufridas al ajustar tuercas a la intemperie. Detrás de él entró el meteorólogo, frotándose los brazos para entrar en calor.
—El barómetro está subiendo, Señor —anunció Amistadi, barriendo la nieve de su campera—. Si la presión se mantiene, mañana tendremos una ventana de visibilidad sobre el estrecho. Corta, pero limpia.
Olezza asintió y miró a Pose. —Ahí tenés tu oportunidad. Licciardello, Luján y Velázquez ya tienen los trineos listos. Ranieri, ¿cómo están los motores? 
—El combustible de los calentadores Primus está racionado al gramo, Señor —respondió Ranieri con la seriedad de un veterano—. Y las herramientas ya están embaladas. Picos de punta, palas anchas y barretas de hierro dulce. Si el permafrost es tan duro como granito, vamos a gastar más cabos de madera que dinamita, pero los muchachos no se van a doblar. 
Pose miró a sus hombres. Eran operarios rústicos que no se iban a quebrar cuando la lona de una carpa Alberta fuera lo único que los separara de una tormenta de treinta grados bajo cero. 
Una vez depositados en la cumbre de la Seymour, estarían completamente solos. Si el "fading" magnético dejaba muda la radio HF, nadie en el continente sabría si seguían vivos. La única forma de salir de esa isla sería terminando la pista con sus propias manos. 
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Durante dos meses, Pose sometió al grupo a un entrenamiento de resistencia brutal. Practicaban el armado de las carpas de campaña tipo Alberta bajo vientos huracanados, racionaban el combustible y aprendían a transportar cargas pesadas sobre la nieve polvo usando trineos improvisados. Sabían que,  si un operario se lesionaba con una herramienta, no habría evacuación médica posible. 
El listado histórico de los 21 hombres es el siguiente:
Mandos superiores y personal que coordinaba y ejecutaba las operaciones:
1. Vicecomodoro Mario Luis Olezza (Ideólogo, promotor y jefe de la Operación Marambio).
2. Teniente Oscar José Pose Ortiz de Rozas (Jefe de la Base de Ejército/Fuerza Aérea Matienzo, comandante de la Patrulla en el terreno y piloto del histórico primer aterrizaje en la meseta).
3. Teniente Mario Víctor Licciardello (Encargado operativo en la meseta y jefe del Campamento Beta).
4. Suboficial Mayor Mario Rogelio Ranieri (Encargado técnico de la patrulla).
5. Cabo Primero Juan Carlos Luján (Integrante operativo).
6. Cabo Primero Ramón Alberto Velázquez (Integrante operativo).
7. Alberto Omar Amistadi (Meteorólogo civil de la Fuerza Aérea).
Suboficiales y cabos que completan la dotación total de los 21 pioneros: 8. Suboficial Principal Juvencio Daniel Iturra 9. Suboficial Ayudante César Jaime Carrizo 10. Suboficial Auxiliar Agustín Edison Beltrán 11. Suboficial Auxiliar Silvano Andrés Barrera 12. Cabo Principal Jacinto Pérez 13. Cabo Principal Omar Juan Aimaretti 14. Cabo Primero Luis Fioramonti 15. Cabo Primero Hugo Adolfo Cortella 16. Cabo Primero Castor Eustaquio Ayala 17. Cabo Primero Francisco Ignacio Alfonso 18. Cabo Primero José Oscar Medina 19. Cabo Primero Archimedes Segundo Sancochia 20. Cabo Primero José Luis Cortese 21. Cabo Segundo Gabriel Arturo Escalante
Pioneros que, a puro lomo y brazo con picos y palas, rompieron el aislamiento invernal del continente blanco.
Alejandro G. Mazzuchi Aviador militar retirado – Escritor de relatos históricos

lunes, 22 de diciembre de 2025

Antártida Argentina: Aniversario de la Base Antártica Conjunta Esperanza

Aniversario fundación de Base Conjunta Antártica Esperanza





La dotación de la Base Conjunta Antártica Esperanza celebró un nuevo aniversario de su fundación.



En uno de los puntos más australes del país, nuestras Fuerzas Armadas sostienen de manera permanente la presencia argentina en la Antártida, con compromiso, vocación y trabajo conjunto.


domingo, 16 de noviembre de 2025

Malvinas: La toma y destrucción de la base Corbeta Uruguay en las Sandwich del Sur


La toma y destrucción de la base científica Corbeta Uruguay




14 de diciembre de 1955: la conquista argentina de una isla remota en el confín del Atlántico Sur


En una de las operaciones más singulares de la historia naval argentina, el 14 de diciembre de 1955 marcó un hito silencioso pero decisivo en la proyección del país sobre los territorios australes. A bordo del imponente rompehielos ARA General San Martín, una reducida pero decidida dotación fue desembarcada por primera vez en una de las inhóspitas y remotas islas del archipiélago Sándwich del Sur.

El objetivo: plantar presencia nacional en la isla Thule, una masa de roca y hielo golpeada por los vientos antárticos y las corrientes implacables del océano Atlántico sur. La misión, sin embargo, iba más allá de lo territorial. Se trataba también de una gesta técnica y comunicacional.



El jefe del refugio, Guardiamarina Don Ricardo A. R. Hermelo, lideraba este puñado de pioneros. Lo acompañaban dos apasionados de la radioafición, verdaderos exploradores del éter: Manuel Ahumada y Miguel Villafañe, este último tercer oficial radiotelegrafista de la Marina Mercante. Ambos eran miembros del Radio Club Argentino y se habían ofrecido voluntariamente para participar de esta aventura científica y patriótica. Su misión: establecer, por primera vez en la historia, comunicaciones radioeléctricas desde un punto que hasta entonces no figuraba en los mapas del espectro.



Los comandos corren hacia la base..la foto se saca desde el Sea King

Fotos de la toma.
Primeras construcciones en las Islas Sandwich


Maqueta de las nuevas y modernas instalaciones científicas.



Lo lograron. Desde aquel rincón perdido del planeta, emitieron señales de Dx –comunicaciones de larga distancia– que recorrieron miles de kilómetros. La ubicación era tan inédita, que el sitio recibió una nueva identificación distintiva dentro del mundo de la radio: LU 2, 3 y 4 Zelandia Yucatán.

Vista de la base argentina Corbeta Uruguay

Personal argentino durante el verano recavando información científica

Caseta en las islas.
Llegan los británicos y montan un show para atacar una isla donde había solo 10 argentinos... ni pinguinos había porque era 20 de Junio pleno invierno con temperaturas de decenas de grados bajo cero.

Los británicos toman la base.

La bandera es levantada o los marinos apuntan sus armas "para la foto" porque solo podrían ser atacados por una foca o pinguinos.


La base se destruye.

Explosiones en la base.

Así, entre el viento polar y la soledad oceánica, Argentina escribió otra página en su compromiso con los territorios australes. Y mientras el continente seguía su rutina, en la lejanía de Thule, tres hombres hacían historia entre el hielo, el acero del ARA *San Martín* y las ondas invisibles del aire.



Tiempo después solo esto queda de la estación científica.

El buque logístico RFA Olmeda dando apoyo a la toma de la base argentina Corbeta Uruguay.

Los A-171 Endurance y F-101 Yarmouth ..... impresionante despliegue al igual que en Georgias hicieron los británicos.


El Sea King 55 que llevara los comandos a las Islas


Comandos van para las islas donde había 12 argentinos en la Base....obvio que hicieron una mega producción de fotos.