miércoles, 30 de septiembre de 2026
Antártida Argentina: Los cosechadores (1/2)
Los cosechadores
Parte 1
En 1969, la política antártica argentina se debatía entre la rutina y el abandono logístico. Para el Estado Mayor en Buenos Aires, el Sector Antártico era una abstracción que se atendía únicamente durante la Campaña de Verano.
Cada diciembre, el rompehielos General San Martín zarpaba para relevar a las dotaciones, dejar víveres y combustible, y regresar antes de que los hielos volvieran a cerrar el mar de Weddell en abril.
Durante los ocho meses restantes, el continente blanco quedaba en un aislamiento absoluto. Si un científico sufría una apendicitis en julio o si una base se incendiaba en agosto, la respuesta oficial era aguantar o morir. El invierno no admitía rescates.
Las potencias extranjeras operaban con otra mentalidad.
Desde el fin de la Segunda Guerra, tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética y Gran Bretaña entendían que la soberanía en la Antártida ya no se defendía con banderas clavadas en el hielo, sino con la capacidad de proyectar poder aéreo durante todo el año.
La introducción de pistas de aterrizaje permanentes era la nueva frontera geopolítica. Quien lograra romper el aislamiento invernal y poner un avión con ruedas convencionales dominaría el acceso estratégico al continente.
En ese escenario de parálisis institucional la figura de Olezza, comenzó a incomodar a los burócratas de los escritorios de la Capital.
A mediados de ese año, veintiún integrantes de la Fuerza Aérea se concentraron en la Base Teniente Matienzo, ubicada en el Nunatak Larsen.
Allí, el invierno los recibió con un temporal que sepultaba las instalaciones obligando a los hombres a convivir encerrados.

El búnker de chapa
Base Teniente Matienzo, Fuerza Aérea Argentina — 64°58′S 60°04′O — 29 de agosto de 1969, 18:00 hs.
El invierno no daba tregua en el Nunatak. Afuera de la Base el viento blanco soplaba a noventa nudos, limando las paredes de chapa acanalada con un chirrido constante.
Adentro, el bloque principal estaba sumido en una penumbra, apenas rota por el resplandor de la estufa de campaña que tosía un humo denso y aceitoso cada vez que las ráfagas del exterior taponaban la chimenea.
Olezza, con las mangas de la camisa de abrigo enrolladas y los ojos enrojecidos por el encierro, mantenía los puños clavados sobre una carta náutica del Mar de Weddell.
Frente a él, el Teniente Oscar José Pose Ortiz de Rozas, jefe de la base —un oficial curtido en el terreno, de pocas palabras y autoridad natural—, fumaba en silencio. Observaba el punto exacto donde el dedo de su jefe insistía en golpear: una pequeña silueta alargada llamada Isla Seymour.
—Mirá esto, Pose —dijo Olezza, quebrando el silencio—. La burocracia de Buenos Aires padece de ceguera invernal. Para ellos, mantener bases acá es dejar a unos tipos encerrados contando los días para volver. Pero mirá esta posición.
El Vicecomodoro Mario Luis Olezza un piloto de una pieza que combinaba la audacia del aviador militar con una visión geopolítica a largo plazo, no se resignaba a la doctrina de la soberanía estática. Pasaba horas revisando el archivo histórico de la Fuerza Aérea, buscando informes que la desidia administrativa había sepultado en muebles de metal gris.
Pose se acomodó los puños del suéter de lana y se inclinó sobre el mapa.
—Conozco el informe que el Vicecomodoro Marambio dejó asentado, Señor. Él fue muy claro: la meseta de la Seymour está orientada en la dirección de los vientos predominantes. El mismo temporal que a nosotros nos entierra acá, a la Seymour la limpia. El viento hace el trabajo de una escoba. No junta nieve, deja la costra de barro al descubierto. Pero una cosa es verla desde un Avro Lincoln y otra muy distinta es pararse arriba.
Olezza sacó una carpeta ajada, atada con hilos gastados, que llevaba la firma del Vicecomodoro Gustavo Argentino Marambio.
Eran las anotaciones de la Operación Enlace de 1952 y los informes técnicos posteriores. Marambio, antes de perder la vida trágicamente, había dejado un testamento aeronáutico clarividente tras estudiar con obsesión aquella isla.
Exhaló el humo de su cigarrillo hacia las vigas del techo. —En Buenos Aires cajonearon estos papeles porque consideran que operar aviones con ruedas en el permafrost es un delirio de pilotos obsesivos.
—Los ingenieros argumentan que para construir una pista allí se requiere una flota de buques de gran calado para transportar maquinaria pesada, además de grúas capaces de subir ese equipamiento por las escarpadas barrancas de la isla, que caen a pique doscientos metros hacia el mar congelado. Como la Fuerza Aérea no dispone de esos medios ni del presupuesto para alquilarlos, el veredicto es lapidario: el sueño de Marambio es impracticable.
—¿Y cómo piensa que movamos miles de toneladas de piedra para nivelar novecientos metros de pista sin una sola topadora, Señor? —preguntó Pose, cruzando los brazos.
—A lomo, Pose. A puro lomo y brazo —afirmó Olezza, mirándolo fijo—.
Para eso formamos este grupo, para que no dependa de la tecnología que no tenemos. Veintiún hombres. Tipos elegidos uno por uno. Si esperamos el papelerío oficial, los británicos o los chilenos van a poner una rueda en esa meseta antes que nosotros. La geopolítica no espera. Quien domine la Seymour tendrá la llave de entrada permanente a la Antártida durante todo el año.
Olezza había presentado el proyecto a sus superiores con el título de Operación Marambio.
La respuesta inicial fue el rechazo sistemático por "falta de factibilidad técnica y presupuestaria". Pero Olezza no era un hombre que aceptara un "no" por respuesta.
Decidió eludir los carriles normales y plantear una estrategia de hecho consumado. Si no había maquinaria, la pista se haría con lo único que la Fuerza Aérea tenía de sobra: hombres con el cuero duro y la mística de los pioneros. Consiguió el aval político mínimo para realizar una misión de exploración y se dispuso a armar, en el más absoluto secreto operativo, la dotación que pasaría a la historia como la Patrulla Soberanía.
El reclutamiento no se hizo por boletín oficial ni convocatorias abiertas. Olezza viajó personalmente por distintas unidades del país, buscando perfiles específicos en los talleres y hangares.
No buscaba héroes de desfile, sino suboficiales mecánicos, radiotelegrafistas y operarios que entendieran el lenguaje del metal bajo el frío extremo y que tuvieran la templanza psicológica para soportar el aislamiento total. Hombres acostumbrados a resolver problemas con alambre y astucia cuando los repuestos oficiales no llegaban.
El diseño del grupo de tierra recayó en el propio Teniente Pose Ortiz de Rozas y en el Teniente Mario Víctor Licciardello, quien asumiría el rol operativo directo sobre el terreno. Entre los suboficiales, el alma técnica era el Suboficial Mayor Mario Rogelio Ranieri, un veterano de campañas anteriores que conocía los secretos de los motores radiales como nadie.
El listado de los veintiún hombres se completó con dieciséis suboficiales y una pieza civil que resultaría crítica: el meteorólogo Alberto Omar Amistadi, con capacidad para leer las sutiles oscilaciones de los barómetros de mercurio y adivinar las breves ventanas de buen tiempo antes de que la tormenta cerrara la trampa.
La puerta del bloque se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire helado y al Suboficial Ranieri, cuyas manos cargaban con las cicatrices de viejas quemaduras por congelamiento sufridas al ajustar tuercas a la intemperie. Detrás de él entró el meteorólogo, frotándose los brazos para entrar en calor.
—El barómetro está subiendo, Señor —anunció Amistadi, barriendo la nieve de su campera—. Si la presión se mantiene, mañana tendremos una ventana de visibilidad sobre el estrecho. Corta, pero limpia.
Olezza asintió y miró a Pose. —Ahí tenés tu oportunidad. Licciardello, Luján y Velázquez ya tienen los trineos listos. Ranieri, ¿cómo están los motores?
—El combustible de los calentadores Primus está racionado al gramo, Señor —respondió Ranieri con la seriedad de un veterano—. Y las herramientas ya están embaladas. Picos de punta, palas anchas y barretas de hierro dulce. Si el permafrost es tan duro como granito, vamos a gastar más cabos de madera que dinamita, pero los muchachos no se van a doblar.
Pose miró a sus hombres. Eran operarios rústicos que no se iban a quebrar cuando la lona de una carpa Alberta fuera lo único que los separara de una tormenta de treinta grados bajo cero.
Una vez depositados en la cumbre de la Seymour, estarían completamente solos. Si el "fading" magnético dejaba muda la radio HF, nadie en el continente sabría si seguían vivos. La única forma de salir de esa isla sería terminando la pista con sus propias manos.
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Durante dos meses, Pose sometió al grupo a un entrenamiento de resistencia brutal. Practicaban el armado de las carpas de campaña tipo Alberta bajo vientos huracanados, racionaban el combustible y aprendían a transportar cargas pesadas sobre la nieve polvo usando trineos improvisados. Sabían que, si un operario se lesionaba con una herramienta, no habría evacuación médica posible.
El listado histórico de los 21 hombres es el siguiente:
Mandos superiores y personal que coordinaba y ejecutaba las operaciones:
1. Vicecomodoro Mario Luis Olezza (Ideólogo, promotor y jefe de la Operación Marambio).
2. Teniente Oscar José Pose Ortiz de Rozas (Jefe de la Base de Ejército/Fuerza Aérea Matienzo, comandante de la Patrulla en el terreno y piloto del histórico primer aterrizaje en la meseta).
3. Teniente Mario Víctor Licciardello (Encargado operativo en la meseta y jefe del Campamento Beta).
4. Suboficial Mayor Mario Rogelio Ranieri (Encargado técnico de la patrulla).
5. Cabo Primero Juan Carlos Luján (Integrante operativo).
6. Cabo Primero Ramón Alberto Velázquez (Integrante operativo).
7. Alberto Omar Amistadi (Meteorólogo civil de la Fuerza Aérea).
Suboficiales y cabos que completan la dotación total de los 21 pioneros: 8. Suboficial Principal Juvencio Daniel Iturra 9. Suboficial Ayudante César Jaime Carrizo 10. Suboficial Auxiliar Agustín Edison Beltrán 11. Suboficial Auxiliar Silvano Andrés Barrera 12. Cabo Principal Jacinto Pérez 13. Cabo Principal Omar Juan Aimaretti 14. Cabo Primero Luis Fioramonti 15. Cabo Primero Hugo Adolfo Cortella 16. Cabo Primero Castor Eustaquio Ayala 17. Cabo Primero Francisco Ignacio Alfonso 18. Cabo Primero José Oscar Medina 19. Cabo Primero Archimedes Segundo Sancochia 20. Cabo Primero José Luis Cortese 21. Cabo Segundo Gabriel Arturo Escalante
Pioneros que, a puro lomo y brazo con picos y palas, rompieron el aislamiento invernal del continente blanco.
Alejandro G. Mazzuchi Aviador militar retirado – Escritor de relatos históricos
martes, 29 de septiembre de 2026
Estrategia de disuasión: La paradoja del bombardero
La paradoja del bombardero: el B-21, la disuasión nuclear y el riesgo de las suposiciones heredadas en materia de defensa
Hannah Jude-Smith, Shane Praiswater y Brian Leitzke | Institute of Modern War
Por primera vez en su historia, Estados Unidos debe planificar la disuasión y, potencialmente, el combate simultáneo contra dos adversarios nucleares de igual nivel. La persistente modernización nuclear de Rusia y el creciente despliegue estratégico de China crean un entorno complejo y tenso que las políticas actuales no han contemplado. En este contexto, el bombardero B-21 Raider y su familia de sistemas asociados se presentan como plataformas con capacidades convencionales y nucleares potencialmente revolucionarias, que ofrecen a los planificadores nuevas herramientas para la escalada horizontal, ataques de precisión en territorios en disputa y el tipo de dominio convencional flexible y con capacidad de supervivencia que las generaciones anteriores de bombarderos no podían proporcionar de forma fiable. Sin embargo, la lógica institucional que rige el uso de la fuerza de bombarderos de Estados Unidos podría impedir que el B-21 alcance su máximo potencial. El requisito de reserva nuclear, una premisa arraigada que exige que una parte significativa de la fuerza de bombarderos se mantenga reservada para contingencias nucleares durante un conflicto entre potencias similares, amenaza con debilitar uno de los instrumentos convencionales más capaces del arsenal estadounidense. Sin embargo, una lectura atenta de la teoría de la escalada, principalmente las ideas propuestas por Thomas Schelling y Robert Powell, sugiere que el despliegue total del B-21 en el combate convencional no tiene por qué reducir la disuasión. De hecho, podría reforzarla.
El B-21 y la paradoja del bombardero
El B-21 Raider, junto con el F-47 y otras fuerzas conjuntas y de coalición actuales y futuras , está especialmente diseñado para contrarrestar a adversarios que cuentan con capacidades de negación de acceso y de área . Mientras que los competidores invierten fuertemente en sistemas de defensa aérea multicapa diseñados para impedir la libertad de acción de las fuerzas estadounidenses, la familia B-21 ofrece un dominio letal y persistente del espectro en la búsqueda de la superioridad aérea, lo que permite a las fuerzas conjuntas impedir que los adversarios ganen territorio y mantener la iniciativa. La capacidad de atacar en zonas geográficas en disputa convierte a la familia B-21 en un instrumento nuevo y potencialmente fundamental para la gestión de la escalada.
El Comando Estratégico de Estados Unidos conserva el control último de la fuerza de bombarderos con capacidad nuclear, y la historia sugiere que este control va acompañado de una persistente reticencia a desplegar plenamente los bombarderos en el combate convencional. Durante la Guerra de Corea, el comandante del Comando Aéreo Estratégico, el general Curtis LeMay, se resistió a desplegar los B-29 en el teatro de operaciones, argumentando que hacerlo mermaría la fuerza de disuasión nuclear. Este patrón se repitió en Vietnam, donde el Comando Aéreo Estratégico mantuvo el control operativo de todos los B-52 y solo subordinaba a regañadientes una parte de ellos a los comandantes de teatro de operaciones. Estos impulsos institucionales persisten hoy en día, y en caso de un conflicto entre potencias similares, corren el riesgo de producir el efecto contrario al de su propósito disuasorio previsto. Igualmente importante, el efecto institucional de planificar la retención del B-21 tiene múltiples implicaciones para la credibilidad de la disuasión extendida, incluso en situaciones de emergencia que no llegan a un conflicto a gran escala, pero que siguen siendo mucho más probables que una guerra convencional entre potencias nucleares similares.
Pero el B-21 no es un bombardero cualquiera; está diseñado para liderar las fuerzas aéreas combinadas en los entornos más conflictivos imaginables. Retener al B-21 de ese papel en nombre de la reserva nuclear no solo reduce la capacidad de ataque convencional, sino que también conlleva el riesgo de una escalada indeseada en un conflicto a gran escala. La paradoja del bombardero reside en que retener el B-21 para prevenir una escalada nuclear puede producir precisamente el resultado que se pretendía evitar. La plataforma más adecuada para gestionar la escalada y mantener un conflicto a gran escala por debajo del umbral nuclear puede ser parcialmente apartada del combate convencional en nombre de la disuasión nuclear. Si el combate convencional fracasa porque se retuvo la herramienta más capaz, las condiciones para una escalada nuclear se vuelven considerablemente más probables, no menos.
La supuesta necesidad de reservas nucleares
La decisión de mantener los bombarderos en reserva nuclear rara vez se debate, ya que es un principio fundamental de la planificación de fuerzas. Sin embargo, esto representa una interpretación errónea de lo que constituye la disuasión, agravada por la falta de consideración de las consecuencias que tendría para el resultado de un conflicto convencional a gran escala el despliegue completo de la familia de sistemas B-21. El propósito y la motivación del Comando Estratégico de EE. UU. no son erróneos en principio: presentar la fuerza de combate nuclear más letal y creíble es fundamental para la disuasión, y la rama de bombarderos sigue siendo una parte esencial de dicha presentación. Pero el argumento de que los B-21 deben mantenerse en reserva nuclear para cumplir con ese requisito no resiste un análisis riguroso. Si bien el B-21 es una parte crucial de la futura tríada, su importante capacidad nuclear es solo una parte de la rama de bombarderos y solo un subconjunto de la vasta capacidad del B-21. Dado que el B-21 puede transitar rápidamente de misiones convencionales a nucleares, su preparación demostrada es un componente clave de su credibilidad. Debido a su doble función, nuclear y convencional, una flota de B-21 utilizada de forma plena y eficaz resulta mucho más disuasoria en combate que si estuviera estacionada en una plataforma.
En términos de redundancia futura de la tríada, los bombarderos heredados seguirán en servicio hasta bien entrada la era del B-21 y portarán la nueva arma de largo alcance . Los F-35 certificados para transportar la bomba de gravedad B61-12 proporcionan una opción nuclear de teatro de operaciones creíble frente a adversarios regionales, y la fuerza submarina ya lleva la W76-2, una ojiva de baja potencia desplegada , en el Trident D5. La Armada también está desarrollando un misil de crucero lanzado desde el mar con ojiva nuclear, una opción de baja potencia para los submarinos de la clase Virginia con una capacidad operativa inicial prevista para 2034. El Sistema de Disuasión Estratégica Terrestre , una vez desplegado, modernizará por completo el componente de misiles balísticos intercontinentales de la tríada. En conjunto, la inminente tríada futura constituye una disuasión nuclear flexible y adaptada que proporciona opciones, aumenta la credibilidad y reduce el riesgo de escalada al uso nuclear . El B-21 no necesita permanecer en servicio para que dicha disuasión sea creíble. Si comienza un conflicto convencional, debe estar involucrado en la lucha.
La propia estructura de la tríada implica que el uso convencional del B-21 no debilita la disuasión nuclear; al contrario, potencia y refuerza las opciones flexibles que han sido la base de la política de disuasión estadounidense desde 1973. Dada la capacidad convencional potencialmente revolucionaria del B-21, es necesario un análisis más profundo de la teoría de la escalada para determinar si su plena utilización en el combate convencional podría constituir una disuasión más eficaz que mantenerlo en reserva.
Marco teórico: Thomas Schelling y Robert Powell
Cabe mencionar la selección de teóricos en cuya obra se basa este análisis. El trabajo de Albert Wohlstetter se centró en la capacidad de supervivencia y la estabilidad ante un segundo ataque, y el de Bernard Brodie en la utilidad política de las armas nucleares. La elaborada escala de escalada de Herman Kahn , si bien influyente en los círculos de planificación de la defensa, sugiere una especificidad teórica para un proceso de escalada complejo y altamente recíproco que, por su naturaleza, no puede depender completamente de la previsibilidad ni siquiera de la racionalidad: se trata, en cambio, de una herramienta para explorar los extremos que los adversarios podrían considerar y qué capacidades podrían disuadir dichas consideraciones. Por otro lado, el marco de Robert Powell busca aplicar el modelado secuencial de una manera directamente aplicable al acoplamiento de la toma de decisiones convencionales y nucleares, y por lo tanto, directamente aplicable al argumento específico aquí presentado. Thomas Schelling fue uno de los primeros en incorporar el pensamiento de la teoría de juegos a la negociación nuclear y en proporcionar el vocabulario conceptual que los profesionales de la disuasión utilizan habitualmente. Powell amplió esa base con modelos secuenciales formales, lo que permitió examinar las intuiciones de Schelling con mayor rigor. Para este argumento, ningún otro emparejamiento aborda el problema del acoplamiento convencional-nuclear de forma tan directa.
Dicho esto, la idea fundamental de Kahn merece reconocimiento, incluso cuando su taxonomía se resiste a la aplicación directa. Kahn sostenía que la disuasión creíble requiere no solo la posesión de armas nucleares, sino también la capacidad y la voluntad percibidas de llevar una guerra nuclear hasta su brutal conclusión y ganarla, o al menos de garantizar que el bando contrario no pudiera. Esta es la mentalidad que subyace en la forma en que muchos altos cargos de planificación y formulación de políticas aún conciben el requisito de la reserva nuclear: si no se puede amenazar de forma creíble con librar y ganar una guerra nuclear, la disuasión pierde su eficacia. El argumento que sigue no contradice esto. En cambio, argumenta que los B-21 que operan agresivamente en el ámbito convencional demuestran esa voluntad de manera más efectiva que cuando están en tierra. Schelling y Powell ayudan a explicar por qué.
Fundación Schelling
Schelling, en su obra de 1966, Armas e influencia , trata la escalada como un proceso de negociación legible y manipulable. Su concepto central es la «competencia en la asunción de riesgos». Los líderes no necesitan garantizar el uso de armas nucleares; necesitan hacerlo suficientemente plausible como para ejercer presión. La política de riesgo extremo es una herramienta, no un accidente. Los actores racionales se acercan deliberadamente a un umbral para ejercer presión, y la idea de que la situación pueda volverse incontrolable hace que la amenaza sea más real. La amenaza que deja algo al azar puede, paradójicamente, ser más efectiva que una garantizada.
Todo esto se sustenta en la distinción fundamental de Schelling entre la fuerza bruta y la capacidad de infligir daño. La fuerza bruta vence militarmente a un adversario; la capacidad de infligir daño genera presión coercitiva. Esta es, en general, la lógica sobre la que se basan las justificaciones tradicionales de la tríada: la supervivencia, la redundancia y la garantía de un segundo ataque son imperativos que se derivan directamente de la lógica de Schelling. La tríada, según esta perspectiva, constituye una garantía estructural de que la capacidad de infligir daño nunca se anula por completo. Por lo tanto, cualquier sugerencia de que los líderes reconsideren la asignación de recursos de la tríada, como hace este artículo, debe tener en cuenta si dicho ajuste mantendría los elementos coercitivos de Schelling.
Presentando a Powell
En sus obras, *Teoría de la disuasión nuclear* (1990) y *A la sombra del poder* (1999) , Powell aborda la escalada desde una perspectiva formal de teoría de juegos, aceptando el supuesto del actor racional pero preguntándose qué hacen realmente los actores racionales en condiciones de crisis nuclear. Su modelo básico es engañosamente simple: dos estados en disputa se enfrentan a una secuencia de nodos de decisión. En cada etapa, el estado al que le toca el turno puede retroceder, sin necesariamente ceder en la disputa, o intensificar el conflicto. La intensificación conlleva una probabilidad exógena de guerra nuclear: una posibilidad volátil de que la confrontación desemboque en una catástrofe independientemente de las intenciones de ambas partes. Esta probabilidad aumenta con cada paso sucesivo de la escalada. Los actores racionales de ambos bandos lo saben y sopesan la utilidad esperada de seguir adelante frente al creciente riesgo de cruzar el umbral nuclear, que tiene un límite superior de riesgo de destrucción mutua. El resultado es una competencia no solo en capacidad militar, sino también en tolerancia al riesgo, en la que qué bando considera más tolerable el siguiente incremento de peligro que el coste de retroceder.
Los principales beneficios de Powell
La aplicación del marco de Powell al problema de los bombarderos arroja dos conclusiones que contradicen la sabiduría convencional que justifica la supuesta necesidad de reservar bombarderos. La primera se refiere a la naturaleza misma de la escalada nuclear. El modelo de Powell explicita lo que algunas mentalidades de disuasión arraigadas ocultan: un adversario racional no recurre automáticamente al cálculo nuclear simplemente porque el conflicto convencional se haya intensificado. Existe un punto de decisión discreto y consciente, que Powell denomina umbral de inicio de la crisis, en el que un Estado debe optar activamente por comenzar a sopesar la utilidad esperada de las opciones nucleares. Esta decisión no viene impuesta por la lógica de la escalada convencional. Debe tomarse deliberadamente, con plena conciencia de los objetivos y los costos involucrados, por un liderazgo que haya concluido que la situación lo justifica. La escalada al uso nuclear es una elección, no un gradiente correlacionado con la escalada convencional, incluso si las emociones de un conflicto convencional estresante influyen inevitablemente en la toma de decisiones. La confluencia de la racionalidad y las complejidades humanas subraya por qué, quizás, el factor más significativo a la hora de determinar una escalada no sea solo la capacidad de causar daño —aunque eso es fundamental— sino la señalización adecuada de los objetivos para preservar la disuasión estratégica a pesar de la escalada convencional que, si bien es esperada, no es del todo predecible.
Esto nos lleva a la segunda conclusión, aún más trascendental para este argumento. El marco de Powell deja claro que lo que rige la decisión de un adversario en cada etapa no es la magnitud de la violencia convencional en sí misma, sino el objetivo percibido que la sustenta. Una campaña convencional claramente dirigida a objetivos militares limitados, incluso una llevada a cabo con una eficacia devastadora por bombarderos B-21 que operan libremente, no desencadena automáticamente un cálculo nuclear si el adversario no percibe, por ejemplo, al régimen como amenazado. Por el contrario, una campaña llevada a cabo con timidez, que retrasa y prolonga un conflicto porque se retuvieron sus mejores herramientas convencionales, puede generar precisamente la percepción de desesperación que empuja a un adversario hacia el umbral nuclear. Los planificadores que se autodisuaden y mantienen bombarderos B-21 en reserva ante una contingencia nuclear asumen que es prudente cuando la realidad es la opuesta. Están pagando un precio convencional concreto para protegerse contra un riesgo que, en términos de Powell, está menos determinado por la intensidad de las operaciones convencionales que por lo que se percibe que dichas operaciones intentan lograr.
Una visión más matizada sobre la disuasión y la guerra
Al analizar la capacidad de infligir daño según Schelling y el modelo de escalada secuencial de Powell, el argumento para no utilizar los B-21 en el combate convencional en nombre de la disuasión se desmorona. El requisito fundamental de Schelling, que la capacidad de infligir daño siga siendo creíble y viable, se ve reforzado por la capacidad y la preparación demostradas de los B-21 empleados en un conflicto convencional. El marco de Powell sugiere que un adversario racional seguirá enfrentándose al mismo cálculo de utilidad esperada en cada etapa de la toma de decisiones, independientemente de si los B-21 están en alerta nuclear o participan en la campaña convencional, siempre que esta última no se perciba como una amenaza para la supervivencia del régimen.
Esto nos lleva a la afirmación central del artículo: los B-21 que dominan el combate convencional constituyen un elemento disuasorio más poderoso que los B-21 que se encuentran estacionados en una plataforma.
Un adversario que observa a los B-21 operar libremente en un teatro de operaciones en disputa, atacando objetivos con precisión e impunidad, está presenciando una demostración de la capacidad que se utilizaría con fines nucleares si se cruzara el umbral. El dominio convencional de la plataforma es, de facto, una señal nuclear. Comunica, de forma más contundente que cualquier declaración política, que Estados Unidos posee y está dispuesto a utilizar instrumentos de letalidad abrumadora. Esa es la exigencia de Kahn en cuanto a la voluntad, la capacidad de Schelling para causar daño y la gestión de la percepción de Powell, satisfechas simultáneamente con una sola decisión operativa: desplegar el B-21.
Los B-21, reprimidos por la inercia institucional, no son más que una fachada de disuasión. La misma plataforma que domina el combate convencional permanece simultáneamente en estado de alerta nuclear, lo que prácticamente garantiza que no será necesario recurrir a una capacidad nuclear si las circunstancias lo exigen. Esta realidad incluso añade una opción de señalización: el acto mismo de recurrir a esta capacidad constituiría una poderosa señal coercitiva, precisamente del tipo que describen Schelling y Powell: un movimiento deliberado y visible hacia el umbral nuclear que comunica determinación de una forma que un adversario no podría ignorar.
Recomendaciones
La pregunta más urgente que plantea este artículo no es declarativa, sino doctrinal. El Comando Estratégico de EE. UU. debería analizar si el requisito de reserva nuclear para los B-21 refleja una necesidad real de disuasión o una premisa de planificación heredada que no se ha adaptado a la evolución de la estructura de las fuerzas armadas. Los argumentos para mantener los B-21 fuera del campo de batalla convencional son considerablemente más débiles de lo que sugiere la costumbre institucional.
Podría parecer que la solución más limpia a la paradoja de los bombarderos sería una flota de B-21 lo suficientemente grande como para abrumar cualquier objetivo convencional, manteniendo al mismo tiempo un número significativo de aviones en alerta nuclear. Dicha flota sería costosa, y los debates sobre su adquisición determinarán si es factible. Pero lo fundamental es que la adquisición por sí sola no resuelve el problema. Incluso una flota de B-21 más grande, si se rige por los mismos supuestos de planificación que actualmente restringen el empleo de bombarderos, reproducirá la paradoja a mayor escala. Primero debe responderse la cuestión doctrinal. Y esta cuestión se vuelve más urgente en un entorno nuclear real de dos pares. Estados Unidos se enfrenta a la necesidad simultánea de disuasión convencional y nuclear contra Rusia y China, con una flota de bombarderos que es una fracción del tamaño de la que operaba en Vietnam. En ese contexto, la costumbre institucional de tratar la plataforma convencional más capaz como una reserva nuclear no es una opción conservadora, sino una desventaja estratégica.
lunes, 28 de septiembre de 2026
Infografía: Escape de motores de aviones
Opciones de escape de motores de aviones

1️⃣Boquilla convergente: Común en turborreactores/turbofans subsónicos; acelera el flujo de escape.
2️⃣Boquilla convergente-divergente (C-D): Utilizada donde se necesita un rendimiento de escape supersónico, especialmente en motores militares.
3️⃣Boquilla de área fija: Diseño simple y ligero con un área de escape fija.
4️⃣Boquilla de área variable: Cambia el área de escape dependiendo de las condiciones de operación del motor; común en motores con postcombustión.
5️⃣Boquilla de flujo separado: El aire de derivación y el escape del núcleo salen a través de corrientes separadas.
6️⃣Boquilla de flujo mixto: Los flujos del núcleo y de derivación se mezclan antes de salir a través de una boquilla común.
7️⃣Boquilla cheurón: Bordes de boquilla dentados diseñados principalmente para reducir el ruido del chorro.
8️⃣Boquilla vectorial: Puede redirigir el empuje, permitiendo una maniobrabilidad mejorada o capacidad STOVL.
Argentina: El gaucho y la carne
El gaucho y la carne
Argentina del siglo XIX: El escritor británico William Henry Hudson visita la Pampa y se encuentra con los gauchos. Documenta su dieta con una fascinación horrorizada.
"El gaucho no come más que carne de res. Carne mañana, tarde y noche. Nunca pan, nunca verduras, casi nunca sal."
Hudson prevé desnutrición y enfermedades. Encuentra "hombres de extraordinaria resistencia y fuerza, capaces de cabalgar de 12 a 14 horas sin descanso y luego bailar toda la noche".
La dieta: carne de res, mate, ocasionalmente grasa de riñón a la parrilla (un manjar). Nada más.
Darwin visitó la región entre 1832 y 1833 y observó la vida de los gauchos: «Me sorprendió la dificultad de convencerlos de que comieran algo que no fuera carne de res. Les llevé galletas y las tiraron. Preferían pasar hambre antes que comer pan si al día siguiente había carne de res».
Comidas típicas: Mañana: carne asada al fuego, cortes más grasos. Tarde: costillas a la parrilla. Noche: carne de nuevo, cortes más duros cocinados a fuego lento.
Cero verduras. Cero cereales. Cero variedad. Solo carne de res y té.
Hudson documenta los resultados:
«Los gauchos no padecen ninguna de las dolencias comunes al hombre civilizado. No presentaban problemas digestivos, ni obesidad, ni caries, que yo pudiera observar. Sus dientes eran uniformemente excelentes a pesar de no limpiárselos nunca y de consumir únicamente carne. Su resistencia física era tal que podían cabalgar durante días con un descanso mínimo, luchar cuando era necesario y reanudar la cabalgata sin aparente fatiga».
El médico francés Dr. Jules Crevaux, entre 1850 y 1870, escribió: "Estos hombres se alimentan exclusivamente de carne animal y parecen más sanos que nuestros campesinos europeos, que consumen una dieta variada de cereales y verduras".
Cuando se les pregunta por qué no comen pan ni verduras, la respuesta común es: "Eso es comida para caballos y vacas. Nosotros comemos vacas".
Entendían la jerarquía. El ganado come hierba y la convierte en carne. Los humanos comen carne. Comer lo que come el ganado te hace comportarte como tal.
Hasta principios del siglo XX, los gauchos tradicionales mantenían una dieta exclusivamente a base de carne de res. Luego, la inmigración europea trajo consigo el cultivo de trigo.
Transformación de la salud documentada por médicos argentinos. Gauchos tradicionales: saludables hasta la vejez. Exgauchos urbanizados con dietas europeas: diabetes, obesidad, enfermedades cardiovasculares, caries dental.
Argentina moderna: 28% de obesidad, enfermedades cardiovasculares como principal causa de muerte, diabetes en casi el 10%.
Los gauchos, que solo comían carne de res, no tenían ninguno de estos problemas. Montaban a caballo 12 horas diarias hasta los 60 años, conservaban sus dientes sin necesidad de atención dental y morían por accidentes o vejez, no por enfermedades crónicas.
La misma carne. Contexto diferente. Cuando comes carne con cereales, aceites vegetales y azúcar: enfermedad moderna. Carne sola: tienes la salud de un gaucho del siglo XIX.
