
Hercules mata a Hercules
En aquel tiempo de guerra, en aquel 1982 que ya parece una fábula, la Argentina —una patria que soñaba con islas como quien sueña con espejos— ejecutó una de sus acciones más osadas y singulares en el conflicto del Atlántico Sur. Fue el hundimiento, no inmediato pero sí inexorable, del coloso marino "Hércules", un superpetrolero liberiano al servicio clandestino de la Royal Navy, por obra de un avión de transporte argentino —el “Hércules” TC-68— y un venerable bombardero inglés devenido criollo, el Canberra B-105.
Lo peculiar, y quizás borgeano, es que el hecho de armas fue negado, ocultado y más tarde confirmado en los tribunales de una potencia extranjera. No fue el humo de la pólvora ni el estruendo del impacto lo que determinó su veracidad, sino las palabras secas de un fallo judicial estadounidense que, veinte años después, otorgó a la Argentina la razón jurídica, moral y acaso metafísica: el blanco era válido, el ataque justo, y la historia —esa señora que a veces miente— debía contar esta verdad.
La operación nació del ingenio argentino y de su necesidad desesperada de asfixiar la logística enemiga. Los británicos, envalentonados por su armada, dependían de líneas de abastecimiento cada vez más frágiles. Tras el golpe sufrido el 25 de mayo —el hundimiento del Atlantic Conveyor—, la moral británica sufrió un mella invisible. Los planificadores argentinos lo comprendieron, y decidieron lanzar un ataque fuera de la zona de exclusión, esa línea ficticia que Londres había trazado en el mar, como quien dibuja con tiza en la arena del tiempo.
Mediante vuelos de exploración ejecutados por dos Boeing 707, se localizó un objetivo camuflado de neutralidad: el superpetrolero Hércules, que ya había completado su entrega de combustible y regresaba vacío, aunque mortalmente comprometido por su función previa. Fue entonces, el 8 de junio, que el bombardero Canberra B-105 y el “Hércules” TC-68 se alzaron desde Mar del Plata y El Palomar, y ejecutaron la operación. Las bombas impactaron con precisión, algunas explotaron, otras no. Una, en particular, de 227 kg, se alojó como un huésped siniestro en la bodega 2 del petrolero, amenazando con detonar en cualquier instante.
El Hércules, herido pero no vencido, huyó hacia Brasil. Allí encontró otro tipo de rechazo: el puerto de Río de Janeiro le negó entrada por temor a la explosión. Fondeado en altamar, entre el temor y la burocracia, fue condenado a un destino ineludible: el 20 de julio fue remolcado a aguas profundas y hundido deliberadamente para evitar un desastre ecológico. Así, no fue el mar quien lo tragó, sino el hombre, sellando un acto que había comenzado como una misión secreta y terminó como una página insoslayable de la historia argentina.
Este hundimiento —único certificado judicialmente en el conflicto— fue también el más colosal de todos: un navío de 220.000 toneladas, mayor aún que muchos acorazados de la Segunda Guerra. Y fue ejecutado por un C-130 transformado en bombardero y un Canberra exiliado de su cuna inglesa. Hay un cruce de símbolos —dos “Hércules” enfrentados, una nación pequeña golpeando desde el margen del mundo, la verdad revelada por el veredicto de jueces extranjeros— una ironía casi literaria.
El “Hércules” TC-68, que inauguró su servicio en la recuperación de las islas el 2 de abril, había sido preparado en secreto para esta misión. Su tripulación, nombres ya legendarios como Beltramone, Cano y Valle, transformaron el carguero en arma, adaptándolo con afustes portabombas y miras heredadas de otros aviones. Después de la guerra, sin gloria ni recursos, fue dejado en tierra por la incuria presupuestaria. Abandonado, despojado de motores, estuvo a merced del óxido y el olvido, hasta que fue resguardado como reliquia, acaso preludio de su resurrección o su momificación definitiva en un museo.
El B-105, por su parte, vino de Gran Bretaña como tantos personajes trágicos: fue primero un B.Mk-2 de la RAF, luego modificado para exportación, y finalmente asignado al Grupo 2 de Bombardeo argentino. Durante el conflicto, participó en múltiples misiones: desde incursiones sobre Monte Kent y la base Eagle, hasta bombardeos estratégicos y reconocimientos fotográficos. Pero su momento culminante, su página en el eterno Aleph de la guerra, fue el 8 de junio, cuando lanzó una bomba que no explotó, pero selló el destino del petrolero.
El juicio que siguió fue tan parte de la guerra como las bombas. En los tribunales del Distrito Sur de Nueva York, el armador y la empresa Amerada Hess —responsables civiles del Hércules— exigieron reparaciones por la pérdida de la nave. Pero los jueces, en el lenguaje terso del derecho internacional, dictaminaron que Argentina había actuado conforme al marco legal de la guerra. El superpetrolero, aunque fuera de la zona de exclusión y sin carga, había sido parte de una acción bélica y, por lo tanto, se convirtió en blanco lícito.
Así, la historia se cerró con una resolución inesperada: la justicia anglosajona confirmando la legitimidad de una acción argentina contra los intereses británicos. No hubo reparaciones, pero sí reparación simbólica. Fue, por tanto, una victoria no sólo aérea ni militar, sino también jurídica y moral.
En el epílogo, tanto el TC-68 como el B-105 fueron retirados. El primero, a la espera de su resurrección o su embalsamamiento en la memoria; el segundo, conservado como monumento en la BAM Mar del Plata, donde una vez alzó vuelo hacia la inmortalidad. Lo que queda no es solo el acto de guerra, sino la idea de que una nación, aún en desventaja, puede inclinar la balanza del destino con coraje, inteligencia y un poco de azar.
Y así, Argentina no solo hundió un buque; grabó una página en la historia con letras selladas por fuego, por burocracia y por una épica que Borges —ese amante de lo real y lo fantástico— tal vez habría reconocido como suya.


















































