viernes, 10 de abril de 2026

Guerra contra el Brasil: La batalla de Ituzaingó (2da Parte)

Argentina: La guerra del Paraná

Guerra del Paraná

Revisionistas





Patricios de Vuelta de Obligado en El Tonelero


Luego del combate de la Vuelta de Obligado, las fuerzas aliadas que allí desembarcaron con el designio de internarse, habían sido arrolladas en los meses de diciembre y de enero por las del coronel Thorne, que comandaba la línea de observación sobre la costa. El 2 de febrero de 1846 los aliados desembarcaron 300 soldados protegidos por la artillería de sus buques fondeados en la costa. Thorne desplegó contra ellos una fuerte guerrilla, y después de un fuerte tiroteo se les fue encima con dos compañías de artillería y 50 lanceros, obligándolos a reembarcarse.(1) El mismo día enfrentó a Obligado un convoy de más de 50 barcos mercantes, armados y cargados por los interventores y por el gobierno y negociantes de Montevideo, y para seguir aguas arriba con el auxilio de los buques de guerra.

El general Mansilla colocó convenientemente su artillería volante en la costa de San Nicolás del Rosario, San Lorenzo y Tonelero, y se vino a dirigir personalmente la resistencia al pasaje del convoy de los que especulaban con la guerra y al favor de los avances de la intervención. El 9 de enero llegaron los barcos del convoy a la altura del puerto de Acevedo. Mansilla enfiló contra ellos sus cañones. Cuatro buques británicos y franceses fondearon a su frente respondiéndole con su artillería de grueso calibre. Así protegieron el paso del convoy, el cual se alejó de la costa y hacia una isla interpuesta frente a la posición de Mansilla. En la imposibilidad de hostilizarlo al través de las islas que se levantaban entre ambas costas a esa altura del Paraná, Mansilla fue siguiendo por tierra el convoy para verificarlo donde se pusiese a tiro.

En los barrancos de la costa comprendida entre el convento de San Lorenzo y la punta del Quebracho, Mansilla había colocado ocho cañones ocultos bajo montones de maleza, 250 carabineros y 100 infantes en los barrancos de la costa comprendida entre el convento de San Lorenzo y la punta del Quebracho.

A mediodía del 16 de enero aparecieron el vapor Gorgon, la corbeta Expeditive, los bergantines Dolphin, King y dos goletas armadas en la Colonia, los cuales montaban 37 cañones de grueso calibre y acompañaban 52 barcos mercantes. Al enfrentar a San Lorenzo, la Expeditive y el Gorgon hicieron tres disparos a bala y metralla sobre la costa para descubrir la fuerza de Mansilla. Los soldados argentinos permanecieron ocultos en su puesto, según la orden recibida. Cuando todo el convoy se encontraba en la angostura del río que se pronuncia en San Lorenzo arriba, Mansilla mandó romper el fuego de sus baterías dirigidas por los capitanes José Serezo, Santiago Maurice y Alvaro de Alzogaray. El ataque fue certero; los buques mercantes rumbeaban desmantelados hacia dos arroyos próximos, aumentando con el choque de los unos con los otros las averías que les hacían los cañones de tierra.

A las cuatro de la tarde el combate continuaba recio todavía, y el convoy no compensaba lo andado con sus grandes averías. Favorecido por el viento de popa y tras los buques que vomitaban sin cesar un fuego mortífero, se aproximó al Quebracho. Aquí reconcentró sus fuerzas Mansilla y batalló hasta la caída de la tarde, cuando desmontados sus cañones y neutralizados sus fuegos de fusil por el cañón enemigo, el convoy pudo salvar la punta del Quebracho, con grandes averías en los buques de guerra, pérdidas de consideración en las manufacturas y 50 hombres fuera de combate. El contralmirante Inglefield, en su parte oficial al almirantazgo británico dice que “los vapores ingleses y franceses sostuvieron el fuego por más de tres horas y media; y apenas un solo buque del convoy salió sin recibir un balazo”.

La pérdida de los argentinos fue esta vez insignificante, y Mansilla pudo decir con propiedad que habíale tocado el honor de defender el pabellón de su patria en el mismo paraje de San Lorenzo que regó con su sangre San Martín al conducir la primera carga de sus después famosos Granaderos a Caballo.(2)

Como se ve, los aliados no continuaban impunemente su conquista en las aguas interiores argentinas. Verdad es que Mansilla, cumpliendo órdenes terminantes del gobierno, recorría incesantemente la extensa costa que defendía, haciendo tronar sus pocos cañones allí donde aquéllos a tiro se presentaban. Así fue como los burló en sus tentativas de desembarque después de Obligado y San Lorenzo. El 10 de febrero, en seguida de fracasar en una de esas tentativas, los buques de guerra ingleses Alecto y Gordon bombardearon durante tres horas el campo del Tonelero con balas a la Paixhans 64. La artillería e infantería de los argentinos mandados por el mayor Manuel Virto les respondió con denuedo, y no consiguieron más que matar algunos milicianos, incendiar dos armones y destrozar los ranchos y árboles que había. (3) Pocos días después renovaron las hostilidades sin mayor éxito. El 2 de abril llegó el Philomel frente al Quebracho. El teniente coronel Thorne les asestó sus cañones, mas como el Philomel huyese aguas abajo, ató tres piezas de a 8 a la cincha de sus caballos y corrió por la costa a darle alcance; lo que no pudo verificar porque el buque francés iba a toda vela y corriente. El día 6 la misma batería de Thorne sostuvo otro combate con el buque de guerra inglés Alecto, que pasó por el Quebracho remolcando tres goletas. Los ingleses tuvieron algunos muertos y su buque salió bastante descalabrado.

El 19, después de otro combate, Mansilla consiguió represar el pailebot Federal, tomado por los aliados en Obligado. Al dar cuenta al gobierno de este suceso, remitiendo la bandera inglesa conquistada, y bajo la relación, todo el equipaje de cámara del ex comandante del preciado pailebot Carlos G. Fegen, Mansilla agregaba en su nota: “Los anglofranceses verán la diferencia que existe entre el saqueo de los equipajes de los valientes de Obligado que hicieron los hombres que se llaman civilizadores, y la conducta de los federales que defienden su patria y respetan hasta los despojos de sus enemigos”. El día 21 le cupo todavía a Thorne sostener otro combate de dos horas con el buque inglés Lizard, el cual acribilló a balazos, volteándole el pabellón que flameaba al tope mayor y dejándole casi inservible para nuevas operaciones. “El enemigo, dice el teniente Tylden, que mandaba el Lizard, en su parte al capitán Hotham, volteó nuestra pieza del castillo de proa; y su terrible fuego de metralla y fusilería, cribando al buque de proa a popa me obligó a ordenar a oficiales y tripulación que bajasen…. El Lizard recibió treinta y cinco balas de cañón y metralla, La lista de los muertos y heridos van al margen….”(4)

Simultáneamente con estos combates en la costa norte, los barcos bloqueadores de la costa sur forzaron el puerto de la Ensenada en la madrugada del 21 de abril y organizaron una columna de desembarco, la cual fue rechazada por las baterías de esa costa al mando del general Prudencio de Rozas. Entonces los aliados penetraron en la bahía a sangre y fuego; se apoderaron de lo mejor que encontraron a bordo de los buques neutrales allí surtos, e incendiaron varios de estos buques con la carga que contenían. Cuatro días después un guardiamarina inglés encargado de practicar un reconocimiento, penetró en el puerto cercano de la Atalaya en un bote con un cañón chico a proa y 15 hombres armados, y sostuvo un tiroteo con la partida que guarnecía el punto. Como varase al querer retirarse, levantó bandera de parlamento y fue recibido en tierra por el jefe argentino, quien mandó un bote con ocho hombres a traer la tripulación inglesa. Esta hizo fuego que le fue contestado, y en la confusión quedó muerto el oficial.(5)

En presencia del incendio y violencias que perpetraron los aliados en la Ensenada, el gobierno argentino expidió un decreto de represalias, en el que “constituyéndose en el deber de poner a salvo esta sociedad, no menos que las propiedades neutrales y argentinas de tales incendios y depredaciones” proscriptas por la civilización; y sin perjuicio de adoptar para lo futuro otras medidas en caso de que se repitan iguales escandalosas agresiones por las fuerzas navales de Inglaterra y Francia, establecía que los comandantes, oficiales o individuos de las tripulaciones de los buques o embarcaciones de guerra de dichas dos potencias, que fueron aprehendidos en cualesquiera de los puertos y ríos de la Provincia, bien para sacar violentamente los buques nacionales o extranjeros, bien para incendiarlos o saquearlos, serían castigados como incendiarios con la pena prescripta para éstos en las leyes generales.(6)

La intervención bélica no resolvía, pues, la situación a favor de los aliados, por mucho que la Gran Bretaña y la Francia confiasen en sus poderosos elementos militares, en los recursos de su diplomacia y en la propaganda y los esfuerzos de los emigrados unitarios y el gobierno de Montevideo. El gobierno argentino permanecía firme defendiendo el suelo y los derechos de la Confederación; y la intervención ya no tenía medida de rigor que emplear contra él para reducirlo. No quedaba más que duplicar o triplicar las fuerzas navales de ambas potencias, y bombardear y ocupar Buenos Aires. Esto último había sido materia de consulta a Londres y París; y si los almirantes Lainé e Inglefield no lo habían llevado a cabo era porque no se resignaban a presentar en seguida la prueba de una impotencia muy parecida a la derrota, cuando en su orgullo inconmensurable no cabía la magnitud de sus hazañas en Malta, en Acre, en Mojador, en San Juan de Ulloa. Ya no se engañaban acerca de esto; y la misma opinión se había generalizado entre los oficiales ingleses y franceses, a tal punto que varios de éstos no ocultaban sus temores de que sufriese un desastre la expedición mercantil que debía bajar el Paraná protegida por las escuadras de las potencias interventoras. “Rosas está levantando baterías a lo largo de las barrancas entre nosotros y Obligado”, escribía el teniente Robins, de la fragata Firebrand surta en la bajada de Santa Fe; “si no hay una poderosa división abajo con fuerzas de tierra para sacar los hombres de la barranca, ellos echarán a pique algunos de los buques del convoy y probablemente harán gran daño a los de guerra. Nos hemos internado muy pronto río arriba. Hemos tomado una posición que no podemos sostener sin muchas posiciones fortificadas. Si la Provincia de Buenos Aires es atacada, el ataque debe ser hecho en Obligado. El país es abierto y propio para reorganizar tropas…” “El San Martín -escribía el teniente Marelly- surto en la bajada de Santa Fe a la espera del convoy que debía salir de Corrientes, después de esta campaña no podrá hacer mayores servicios sin muy costosas reparaciones. Nosotros nos preocupamos mucho de las baterías que Rosas levanta contra nosotros en San Lorenzo…”. (7)

La exactitud de estas observaciones se reveló muy luego. Los buques que habían pasado para Corrientes cargaron juntamente con otros, por cuenta de comerciantes de allí y de Montevideo y aun del gobierno de esta plaza y de los ministros interventores, y se dieron a la vela para bajar el Paraná protegidos por las escuadras combinadas. El 9 de mayo fondearon en una ensenada como a dos leguas de las posiciones que tomó Mansilla en el Quebracho. El 28, Mansilla se corrió por la costa con dos obuses, y les asestó algunas balas obligándolos a retirarse aguas arriba, en medio de la confusión consiguiente a esta operación, cuyo objeto principal era templar los bríos de los soldados noveles que la ejecutaron. El 4 de junio, favorecido por el viento norte, enfrentó la posición del Quebracho todo el convoy de los aliados, compuesto de 95 barcos mercantes y de 12 de guerra a saber: vapores Firebrand, Gorgon, Alecto, Lizard, Harpy, Gazendi y Fulton; bergantines goletas Dolphin y Procida; bergantines San Martín y Fanny, y corbeta Coquette, los cuales montaban 85 cañones de calibre 24 hasta 80, con más una batería de tres cohetines a la Congreve que habían colocado la noche anterior en un islote hacia la izquierda de aquella posición.

La línea de Mansilla se apoyaba en 17 cañones, 600 soldados de infantería y 150 carabineros, así colocados: a la derecha una batería y piquetes del batallón de San Nicolás y Patricios de Buenos Aires al mando del mayor Virto; en el centro dos baterías y dos compañías de infantería al mando del coronel Thorne; a la izquierda otra batería y el resto del regimiento Santa Coloma, al mando de este jefe; en la reserva 200 infantes, dos escuadrones de lanceros de Santa Fe y la escolta del general. En tales circunstancias, Mansilla les recordó a sus soldados el deber de defender los derechos de la patria, ya cumplido en Obligado, Acevedo y San Lorenzo. Y tomando la bandera nacional y al grito de “¡Viva la soberana independencia argentina!” mandó que por sus cañones tronase la voz de la patria, cuando ya las escuadras aliadas habían enfilado contra él su poderosa artillería para que por retaguardia pasasen los barcos del convoy. El fuego sostenido de los argentinos hizo vacilar a los aliados y llevó el estrago a los barcos mercantes, algunos de los cuales vararon por ponerse a salvo, o se despedazaron al chocar entre sí en las angosturas del río por huir pronto. A la 1 p.m., después de dos horas de combate, el convoy no podía todavía salvar los fuegos de las baterías de Thorne.

El Firebrand, Gazendi, Gorgon, Harpy y Alecto retrocedieron para cubrir la línea de barcos más comprometidos. Pero, viendo, después de una hora más de encarnizado combate, que ello era infructuoso y que todos corrían gran riesgo, incendiaron allí los que pudieron y bajaron el río precipitadamente con los restantes. Este combate fue una derrota de trascendencia para los aliados; pues no sólo sufrieron pérdidas más considerables que en Obligado, sin inferirlas de su parte a los argentinos, sino que se convencieron de que no podían navegar impunemente por la fuerza las aguas interiores de la Confederación. Contaron cerca de 60 hombres fuera de combate y perdieron una barca, tres goletas y un pailebot cargados con mercaderías valor de cien mil duros, parte de las cuales salvó Mansilla consiguiendo apagar el fuego del pailebot. De los argentinos sólo cayeron Thorne, herido en la espalda por un casco de metralla y algunos soldados. “El fuego fue sostenido con gran determinación, –dice el teniente Proctor en su parte al capitán Hotham- fuimos perseguidos por artillería volante y por considerable número de tropas que cubrían las márgenes haciéndonos un vivo fuego de fusilería. El Harpy está bastante destruido; tiene muchos balazos en el casco, chimeneas y cofas” El mismo capitán Hotham, en su parte al almirante Inglefield datado a 30 de mayo de a bordo del Gorgon, acompañando la lista de muertos y heridos ingleses y franceses en el Quebracho, declara que “los buques han sufrido muchos”. (8)

El convoy de los aliados era esperado con vivísimo interés por los negociantes de Montevideo, quienes se prometían pingües ganancias dada la escasez que se sentía en esa plaza de muchos de los productos de Corrientes y de Paraguay. Las pérdidas y averías sufridas en el Quebracho aumentaron visiblemente el descontento de los principales comerciantes en cuyas manos estaba hasta cierto punto la suerte del gobierno de Montevideo, y quienes, como accionistas de la compañía compradora de los derechos de aduana bajo la garantía de los ministros Ouseley y Deffaudis, habían ya protestado del nuevo contrato hecho por el ministro Vásquez hasta el año 1848. (9) A fin de cubrir en lo posible esas pérdidas impusieron una fuerte suba en los precios; y el gobierno les ofreció prontas ganancias que facilitaría Rivera, como se va a ver.

Rivera se había puesto en campaña y sus primeras operaciones habían sido tan felices como rápidas. Con poco más de 400 hombres, entre los que se encontraban buenos oficiales como el coronel Mundelle, el cual le fue recomendado por el ministro Ouseley y, auxiliado por una flotilla anglofrancesa al mando de Garibaldi, Rivera se plantó en la Colonia, pasó al Carmelo y lo fortificó después de batir fuerzas del comandante Caballero. Sobre la marcha entró en las Víboras a sangre y fuego, apoderándose de todo cuanto encontró. A pesar de las disposiciones del coronel Montoro, se dirigió a Mercedes, se apoderó de esta ciudad el 14 de junio y derrotó a Montoro tomándole 400 prisioneros, 2.000 caballos y mucho armamento.

Estas operaciones fueron acompañadas de depredaciones, en las cuales estaban interesados los comerciantes de Montevideo y principalmente los ministros interventores de Gran Bretaña y Francia, quienes entraban en los negocios de cueros, ganados y frutos del país, que Rivera les enviaba, y daban en cambio recursos y dineros para proseguir una guerra devastadora.

Es necesario verlo así escrito por los mismos hombres del gobierno de Montevideo para que no quede duda del rol que desempeñaba en su impotencia la intervención anglofrancesa en el Plata. El 5 de junio de 1846 le escribía el ministro Magariños a Rivera: “..he hablado con los ministros (interventores) sobre el armamento que se harán cargo de pagarlo, tomando para su reembolso ganado del que usted tiene y les servirá a las estaciones marítimas. También nos darán estos días 20 quintales de pólvora, y ya pusieron en batería dos de los cañones tomados en Obligado; los otros fueron fueron a Londres como trofeos” “Sale don Agustín Almeida -le escribe el mismo Magariños a Rivera el 24 de junio- para que asociado con la persona que usted elija en ésa, se haga cargo de conducir lo que quieran mandar a ésta de lo tomado al enemigo, y según los contratos que fuese conveniente hacer, porque eso ha parecido más arreglado y expeditivo para ir en armonía…”.

El medio de que los interesados vayan en armonía lo da el ministro de Hacienda Bejar, escribiéndole a Rivera en esa misma fecha: “Anteriormente he dicho a usted que la compra del armamento estaba arreglada con los ministros interventores, los cuales me habían dicho del modo de arreglar ese negocio….. Ultimamente han dicho que tomarán ganado para cobrarse su importe….. Para el mejor desempeño en la remisión de cueros, ganado y demás frutos tomados en el territorio que ocupaba el enemigo, el gobierno ha nombrado un comisionado, que lo es don Agustín Almeida, quien procederá en unión de otro que usted nombre. De este modo nos ha parecido que será más conveniente, y que más pronto vendrán a disposición del gobierno esos recursos”. Ratificándole las seguridades de Bejar, le escribe todavía Magariños a Rivera en 5 de julio: “Ayer se acordó avisar a usted que para cubrir el contrato de armamento, se debe entregar su valor en cueros y ganado a orden de los ministros y almirantes”. Con fecha 11 de junio el ministro Bejar le acusa recibo a Rivera de una remesa de cueros, pero le encarece nuevas remesas, “porque usted sabe bien nuestro estado y la necesidad de evitar inconvenientes que puedan presentarse en este asunto”.

Es claro que esto último se refería a las exigencias de los ministros interventores, como que las remesas de cueros y frutos no debían de ser muy abundantes. Es que aunque Rivera hiciese enormes acopios, todo era poco para entretener su sistema de dilapidaciones. Asediado por los que iban al olor de sus larguezas; explotado por los que medraban al favor del desbarajuste que lo caracterizaba, siempre estaba urgido de dinero, que nada reservaba para sí. A fines de agosto ya le pedía más dinero al ministro de Hacienda, y éste al remitírselo no podía menos que pedirle el informe sobre cueros “con los documentos que puedan ilustrar el particular”. Así entretenían la intervención y la guerra los ministros interventores de Gran Bretaña y Francia, cuando el repentino arribo del comisario británico Thomas S. Hood comenzó a imprimirle nuevo giro a la cuestión del Río de la Plata.


Referencias

(1) Véase El Comercio del Plata del 10 de febrero.

(2) Véase este parte del almirante Inglefield que transcribió La Gaceta Mercantil del 8 de enero de 1847, del Morning Herald del 12 de setiembre de 1846. Parte del general Mansilla y carta del capitán Alzogaray en La Gaceta Mercantil del 9 de febrero de 1846. El Nacional y El Comercio del Plata de Montevideo, al referirse al combate de San Lorenzo, silenciaban las averías y pérdidas que sufrió el convoy; pero es lo cierto que muchos de los barcos mercantes quedaron inútiles, y que el Dolphin y Expeditive no pudieron después continuar sus servicios sino a costa de serias refacciones.

(3) Parte del teniente Austen del Alecto al capitán Hotham, transcripto en La Gaceta Mercantil; idem de Virto a Mansilla.

(4) Este parte se publicó en el Morning Herald de Londres del 12 de setiembre de 1846. Véase los partes de Mansilla, Thorne y Santa Coloma, relativos a estos cuatro combates, en la Gaceta Mercantil del 14 de mayo de 1846. Véase también las cartas de los marinos ingleses y franceses, tomadas con la correspondencia de pailebot Federal, y en las que éstos sienten la necesidad de aumentar sus fuerzas marítimas contra la Confederación, y descubren todos los descalabros y pérdidas que sufrió en San Lorenzo la expedición mercantil de los aliados.

(5) Véase la Gaceta Mercantil del 2 de mayo de 1846. La muerte del guardiamarina Wardlaw dio tema a El Comercio del Plata para un romance heroico, en el que los soldados argentinos aparecían como asesinando a ese oficial poco menos que a mansalva.

(6) Decreto de 1º de mayo de 1846.

(7) Correspondencia tomada a los aliados juntamente con el pailebot Federal. Véase la Gaceta Mercantil del 2 de mayo de 1846.

(8) Estos partes los transcribió La Gazeta Mercantil del 8 de enero de 1847, del Morning Herald de Londres de 12 de setiembre de 1846. Parte oficial de Mansilla en la Gaceta Mercantil del 12 de junio de 1846. Véase El Comercio del Plata del 3 y 4 de junio de 1846 y lo que al respecto dice Bustamante (equivocando el combate de San Lorenzo con el de Quebracho) en su libro los Errores de la Intervención, página 114.

(9) Esta protesta se insertó en El Nacional de Montevideo de 17 de enero de 1846.




Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Portal www.revisionistas.com.ar

Saldías, Adolfo – Rozas y el Brasil – Ed. Americana – Buenos Aires (1945)

Turone, Oscar A. – Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

jueves, 9 de abril de 2026

Marcha militar: Alte Kameraden version Argentina

Armas Argentinas: Proyecto MUGA (Munición Guiada Argentina de Precisión)

MUGAP (Munición Guiada Argentina de Precisión) 






Es un kit de guiado desarrollado por CITEDEF para convertir cohetes de artillería de 122 mm y 127 mm en proyectiles de precisión. Utiliza un sistema de navegación GPS/INS y aletas de control para corregir la trayectoria en vuelo.



Esto permite alcanzar blancos específicos a distancias de hasta 70 km, duplicando el alcance de los cohetes convencionales. Su diseño se basa en una arquitectura de bajo costo mediante componentes electrónicos comerciales (COTS), buscando independencia tecnológica para el EA




Aunque ha superado etapas de túnel de viento y simulaciones computacionales, el proyecto requiere de financiamiento sostenido para completar los ensayos de vuelo real y pasar a la fase de producción en serie en Fabricaciones Militares. El Proyecto se encuentra hoy PARALIZADO




miércoles, 8 de abril de 2026

Tiro de precisión: FN P90 en el campo de tiro

Teoría de la guerra: Auge de la doctrina de guerra de drones

El auge de la doctrina de los drones en la guerra moderna





La guerra con drones ya tiene su propia doctrina. Nadie la anunció.

No surgió de un centro de estudios ni de un informe del Ministerio de Defensa. Surgió tras años de gastar armamento, enterrar operadores y descubrir bajo fuego qué funciona realmente. El frente ucraniano se ha convertido en el laboratorio de guerra más dinámico de la historia, y lo que se está probando no es solo tecnología. Es una forma completamente nueva de organizar el campo de batalla.

La guerra con drones ya no es experimental. Lo que ocurre en el frente ucraniano no es solo que los ejércitos adopten un nuevo armamento, sino la formación inicial y compleja de una doctrina real. Los drones se están convirtiendo en una parte estructurada del funcionamiento del campo de batalla, con todo lo que ello implica: funciones, jerarquías, logística y duras lecciones sobre lo que no funciona.

La señal más clara de esto es la especialización. Tras un año de guerra a gran escala, ya existían distintos tipos de drones realizando funciones específicas: drones de reconocimiento, drones de ataque FPV, municiones merodeadoras, interceptores y sistemas de alcance medio. Esta variedad no surgió de un documento de planificación, sino del ensayo y error en combate. El paralelismo con la aviación es evidente, pero tiene sus límites. La aviación acabó desarrollando aeronaves polivalentes capaces de realizar varias tareas con bastante eficacia. Los drones aún no han llegado a ese punto. Por ahora, hacer bien una cosa es mejor que hacer mal varias.

Tácticamente, los drones se comportan menos como aeronaves y más como infantería. Viven cerca del frente, integrados en las unidades de combate, porque la clave es la velocidad: cuanto más rápido se pueda pasar de detectar un objetivo a alcanzarlo, mayor será la efectividad. Esta reducción del ciclo sensor-disparo es realmente novedosa y está cambiando la forma de pensar de los comandantes terrestres. Al mismo tiempo, los drones han invadido el ámbito tradicional de la artillería: reconocimiento, corrección de tiro y ataques directos. La artillería no ha sido reemplazada —sigue ofreciendo una potencia de fuego que los drones no pueden igualar—, pero la relación entre ambas ha cambiado considerablemente.

Existe la idea persistente de que los operadores de drones pueden alejarse del frente, y en parte es cierto. Los sistemas de retransmisión y las mejores comunicaciones han desplazado parte de esa distancia hacia la retaguardia. Pero los operadores de FPV, en particular, aún necesitan estar cerca. Las interferencias, la degradación de la señal y la latencia no son abstracciones: determinan si se alcanza el objetivo o se estrella el dron. El sueño de controlarlo todo desde un búnker a cincuenta kilómetros de distancia sigue siendo, en gran medida, una quimera.
El debate entre cantidad y calidad recibe mucha atención, pero probablemente sea un enfoque erróneo. Ambos aspectos importan, por diferentes razones. Los drones baratos y producidos en masa generan una presión difícil de ignorar: obligan al enemigo a reaccionar, a dispersarse y a gastar recursos defendiéndose de constantes amenazas menores. Los sistemas más capaces se encargan de las tareas que requieren precisión o alcance. Los ejércitos que han comprendido esto los utilizan en paralelo en lugar de elegir entre ellos. El resultado es una zona de cobertura estratificada: drones de reconocimiento en primera línea que proporcionan información, drones FPV que convierten esa información en ataques inmediatos, interceptores que intentan neutralizar al enemigo que hace lo mismo, y sistemas de alcance medio que llegan a la retaguardia para atacar lo que alimenta toda la operación.

Este aspecto de la retaguardia es más importante de lo que se suele reconocer. Las operaciones con drones requieren una logística extraordinariamente compleja. Baterías, repuestos, cargas útiles, tripulaciones entrenadas: el ritmo de consumo es implacable. Una operación que parece exitosa sobre el papel se desmorona en el momento en que se interrumpe el reabastecimiento. Y precisamente para interrumpir el reabastecimiento son eficaces los drones de alcance medio. Atacar un depósito o un cruce de carreteras a treinta kilómetros de distancia no genera titulares como un dramático ataque con drones FPV, pero a menudo es lo que determina el desarrollo de la semana siguiente.

Como fuerza de combate, las unidades de drones son realmente difíciles de destruir por completo. Están dispersas, se mueven constantemente y la pérdida de algunas posiciones no colapsa la red. Cuando un sector sufre un fuerte ataque, los equipos se repliegan; suelen ser los primeros en retirarse. Esa resistencia es real, pero se exagera. La guerra electrónica puede cegarlos. Un fallo logístico prolongado los inmovilizará con la misma seguridad que el fuego enemigo. Son resistentes, pero no invencibles.

Organizativamente, lo que mejor ha funcionado se parece mucho a cómo siempre se ha gestionado la artillería. El frente se divide en zonas, las zonas en sectores, cada unidad es propietaria de su pieza y responsable de lo que sucede en ella. La superposición entre sectores adyacentes es esencial: es lo que permite a las unidades absorber un aumento repentino de tropas sin dejar huecos. El error común es añadir más unidades sin pensar en cómo interactúan. Si se concentran demasiados equipos en un área confinada, se producen interferencias en la señal, ataques duplicados y fallos de coordinación que pueden costar vidas. Más no siempre es mejor.

Lo que está tomando forma, lentamente y bajo una enorme presión, es un sistema de combate basado en drones, en lugar de uno que simplemente los incluya. Cobertura por capas, estrecha integración con la artillería, dependencia de una logística integral y decisiones constantes entre escala y capacidad. Nada está terminado. La doctrina la están redactando quienes también están combatiendo, lo que significa que está llena de contradicciones y lagunas. Pero la dirección es bastante clara, y quien resuelva esas contradicciones más rápido tendrá una ventaja considerable.