miércoles, 17 de junio de 2026
Entebbe al revés: Asalto aerotransportado egipcio a Lárnaca (Chipre)
Ataque egipcio en el Aeropuerto Internacional de Lárnaca

19 de febrero de 1978. Fuerzas egipcias asaltaron el Aeropuerto Internacional de Lárnaca para intervenir en un secuestro sin autorización de las autoridades chipriotas. La Guardia Nacional y la Policía abatieron a 15 comandos egipcios y destruyeron su C-130H Hércules SU-BAA/1270.
El 19 de febrero de 1978, fuerzas especiales egipcias asaltaron el Aeropuerto Internacional de Larnaca, cerca de Larnaca, Chipre, en un intento de intervenir en un secuestro. Anteriormente, dos asesinos habían matado al destacado editor de un periódico egipcio, Yusuf Sibai, y luego habían capturado como rehenes a varios árabes que asistían a una convención en Nicosia. Mientras las fuerzas chipriotas intentaban negociar con los secuestradores en el aeropuerto, las tropas egipcias comenzaron su propio asalto sin autorización de los chipriotas. La incursión no autorizada resultó en un intercambio de disparos entre egipcios y chipriotas, matando o hiriendo a más de 20 de los comandos egipcios. Como resultado, Egipto y Chipre rompieron lazos políticos durante varios años después del incidente.
| Ataque egipcio en el Aeropuerto Internacional de Lárnaca | |||||||
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| Beligerantes | |||||||
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| Comandantes y líderes | |||||||
| General de brigada Sogri | Teniente coronel Andreas Iosifides | ||||||
| Fortaleza | |||||||
| 60–75 comandos | 65 personas: un pelotón de infantería del 395 Batallón (35 personas con dos Brownings 0.50 M2 y dos rifles sin retroceso M40 ) y un pelotón de comando (30 personas) | ||||||
| Bajas y pérdidas | |||||||
| 15 comandos muertos 3 miembros de la tripulación del C-130 muertos 18 comandos heridos 1 avión C-130 destruido 1 vehículo todoterreno Jeep destruido |
Se reportaron 8 heridos | ||||||
Secuestro
Durante las últimas horas del 18 de febrero de 1978, Yusuf Sibai, editor de un destacado periódico egipcio, Al-Ahram, y amigo del presidente egipcio, Anwar Sadat , fue asesinado por dos hombres armados en una convención que se celebraba en el Nicosia Hilton. Los dos asesinos capturaron a 16 delegados árabes de la convención como rehenes (entre ellos, dos representantes de la OLP y un ciudadano egipcio) y exigieron transporte al Aeropuerto Internacional de Larnaca. También exigieron y se les proporcionó un avión Douglas DC-8 de Cyprus Airways . Después de negociaciones con las autoridades chipriotas, se permitió a los secuestradores volar el avión fuera de Chipre con 11 rehenes y cuatro miembros de la tripulación. Sin embargo, al avión se le negó el permiso para aterrizar en Yibuti, Siria y Arabia Saudita y se vio obligado a regresar y aterrizar en Chipre unas horas más tarde. Entre los rehenes estaba un asistente del líder de la OLP, Yasser Arafat , quien telefoneó al presidente chipriota Spyros Kyprianou y ofreció los servicios de un escuadrón de doce hombres armados de la Fuerza 17 . Kyprianou aceptó y envió un avión a Beirut para recogerlos. El escuadrón se mantuvo oculto dentro de la terminal por si la situación con los secuestradores empeoraba. Posteriormente, se informó que los hombres de Arafat participaron en el tiroteo contra los comandos egipcios, pero las autoridades chipriotas insistieron en que el escuadrón de la OLP nunca disparó. 
Los rehenes, entre ellos el Ministro del Interior, Chr. Benjamin, fueron trasladados desde el Hilton a Larnaca.
Según un informe de la revista Time , Sadat se sintió agraviado por el asesinato de su amigo personal y, poco después de la llamada de Arafat, le rogó a Kyprianou que rescatara a los rehenes y extraditara a los terroristas a El Cairo. Kyprianou respondió prometiendo supervisar personalmente la operación de rescate y cualquier negociación, y viajó al aeropuerto él mismo. Sin embargo, según el mismo informe, Sadat envió a Chipre la Fuerza de Tarea 777, una unidad de comando de élite, a bordo de un avión de transporte C-130 Hércules . El Cairo se limitó a informar a Kyprianou que "hay gente en camino para ayudar a rescatar a los rehenes", pero no reveló quiénes estaban a bordo ni cuáles eran sus intenciones. Al aterrizar en Chipre, las fuerzas egipcias iniciaron inmediatamente un asalto, enviando un solo vehículo todoterreno Jeep con tres hombres para que se adelantaran a un estimado de 58 soldados (otro informe sitúa la cifra en 74) que se dirigían a pie hacia el avión secuestrado.
Incursión egipcia
Mientras las tropas egipcias avanzaban rápidamente hacia el avión DC-8 secuestrado y las fuerzas especiales chipriotas (LOK) que lo rodeaban, la LOK, según se informa, emitió una única advertencia verbal para detenerse y someterse, aunque en otros informes, los chipriotas emitieron dos advertencias verbales, la segunda exigiendo a los egipcios que regresaran a su avión. Mientras esto ocurría, los ocupantes del Jeep y los operadores chipriotas intercambiaron disparos, y el Jeep egipcio fue alcanzado por una granada propulsada por cohete (RPG), así como por disparos, matando a los tres ocupantes. Cuando el vehículo se detuvo, los chipriotas y la principal fuerza egipcia se enfrentaron a una distancia de menos de 300 metros (330 yardas), y se informó de diversas maneras que los egipcios, que carecían de cualquier tipo de cobertura, se lanzaron a la pista en posiciones de tiro boca abajo . En ese momento, las dos fuerzas se enfrentaron con intensos disparos y los chipriotas abrieron fuego contra el avión egipcio C-130H con un cañón antitanque sin retroceso M40 de 106 mm, impactándolo en la nariz y matando a los tres tripulantes a bordo. 
El secuestro de febrero de 1978 siguió al asesinato del diplomático egipcio Youssef El Sebay, que terminó en una sangrienta batalla entre la Guardia Nacional chipriota y comandos egipcios que intentaron atacar el avión sin permiso.
Con sus aviones destruidos, las fuerzas egipcias y las fuerzas especiales chipriotas intercambiaron disparos durante casi una hora en combates esporádicos en la pista abierta . Algunas tropas egipcias se refugiaron en un avión vacío de Air France cercano.
Kyprianou, que observaba los acontecimientos desde la torre de control del aeropuerto, se vio obligado a retirarse de las ventanas y ponerse a cubierto mientras los comandos egipcios disparaban contra la torre con armas automáticas.
El resultado de la batalla fue 17 muertos y 16 heridos en el lado egipcio y 8 heridos en el lado chipriota.
Secuelas
De la fuerza de comando egipcia, 15 hombres murieron, además de tres tripulantes del C-130H Hércules. Se estima que otros 15 comandos egipcios fueron trasladados heridos al Hospital General de Larnaca con heridas de bala.
Tras el asalto, se supo que la entrega de los dos secuestradores ya había sido asegurada en el momento del fallido ataque egipcio, y los dos hombres fueron hechos prisioneros por los chipriotas y posteriormente extraditados a Egipto, donde recibieron condenas a muerte, posteriormente conmutadas por cadena perpetua.
El 20 de febrero, Egipto retiró su misión diplomática y solicitó al gobierno chipriota que hiciera lo mismo en El Cairo. Chipre solicitó la retirada del agregado militar egipcio. Egipto y Chipre rompieron relaciones políticas durante varios años tras el incidente, hasta el asesinato de Sadat en 1981.
Kyprianou ofreció reconciliación y disculpas, pero sostuvo que Chipre no podía haber permitido que los egipcios actuaran. Otros países árabes como Siria y Libia denunciaron la acción de Egipto.
Como consecuencia del desastre, el gobierno egipcio formó una unidad antiterrorista especializada dentro de las Fuerzas El-Sa'ka, que recibió el nombre de la fuerza especial egipcia. Siete años después, serían enviados a una misión similar a Malta para asaltar un avión egipcio secuestrado , otra operación fallida que resultó en la muerte de decenas de pasajeros.
martes, 16 de junio de 2026
Argentina: El bombardeo de Buenos Aires del 16 de junio de 1955

16 de junio de 1955: bombardeo y masacre
“El pueblo debe estar tranquilo”:
las imágenes de un bombardeo
Matías Izaguirre y Mauro Vázquez
Es difícil, incluso (o sobre todo) hoy en día, imaginarse un bombardeo sobre la Plaza de Mayo. De ahí que revisar las imágenes de los bombardeos implique, en cierta medida, explorar una realidad inverosímil, que poco pareciera tener que ver con nuestra historia: una ciudad en guerra, asediada por un enemigo externo. Sin embargo, es esa Plaza de Mayo que tan bien conocemos, es ese territorio común, atravesado por múltiples sentidos e historias, el que está dañado en las fotografías que vemos de ese trágico día; es ahí donde cayeron las víctimas de una de las peores masacres perpetradas en suelo argentino. La extrañeza y la ajenidad inicial ceden al estremecimiento: realmente sucedió, aunque la masacre no la causó ningún enemigo externo, sino una facción de la Marina y de la Aeronáutica apoyada por civiles.1 Quizá los largos años de silencio, el retaceo de imágenes, la falta de cifras concluyentes y de nombres,2 hayan colaborado en esa falta de imaginación. Quizá en esa relación entre las palabras “imaginación” e “imagen” pueda encontrarse pistas para rastrear la carencia y, a partir de ahí, la poca visibilización que hubo durante tanto tiempo sobre lo que algunos consideran un “atentado terrorista a escala gigantesca”.3 Los bombardeos a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 nos meten de lleno en la historia de las mediaciones que velaron las imágenes de la masacre, de las muertes de cientos de civiles indefensos carbonizados y/o ametrallados, pero también –y sobre todo– la de los asesinos. Esa historia de ocultamientos no se limitó, por supuesto, a los días que siguieron a la fallida “intentona militar”. Siguió, por el contrario, durante los últimos meses del gobierno peronista (derrocado finalmente en septiembre de 1955), en la maquinaria cultural de la revolución libertadora, en la resistencia peronista4 y en las efemérides periódicas de los cincuenta años siguientes.5 Por razones diferentes; con objetivos ideológicos dispares, antagónicos. Pero persistió, como la evasiva sombra de un fantasma.
Este artículo pretende desentrañar la génesis de esa falta, sus primeras imágenes. Para ello analizamos diferentes fotografías aparecidas en los diarios y las revistas de la ciudad de Buenos Aires los días posteriores al bombardeo y su colocación en el universo discursivo que los periódicos conforman. Con esa intención, tomamos como corpus los diarios a partir del 17 de junio, aunque centrándonos en Clarín y La Nación (teniendo en cuenta un problema de fuentes, que no deja de ser un dato),6 para, a partir de allí, intentar dar cuenta de las claves interpretativas que las distintas series de imágenes acerca de los bombardeos ponen en movimiento y elucidar qué hilos –si es que los hay– han estructurado su representación fotográfica, privilegiando ciertos “repertorios visuales”.7
Un especial fotográfico del periódico El Líder, aparecido durante esos días, en la bajada titulaba “Documentos de la barbarie” y señalaba que “ahora que todo ha pasado quedan estos documentos irrefutables de la barbarie ensañada. Pasará el tiempo pero no podrá borrarse tanta infamia”.8 Sin embargo, muchos de esos documentos se borraron; otros, ni siquiera aparecieron. Trabajar sobre estas fotografías implica un doble desafío: por un lado, establecer cómo operan, dialécticamente, las ausencias y presencias, y por el otro, reconstruir los conflictos que se articulan alrededor de la producción de imágenes tan pregnantes, y de cómo esas imágenes no son a su vez cualquier registro icónico, sino los modos diferentes, contradictorios y en tensión de poner en escena disputas en torno a un lugar simbólicamente tan denso para la vida política argentina como lo es la Plaza de Mayo.
El complejo lugar de la memoria requiere de esta indagación sobre los roles que tuvieron las imágenes a la hora de instaurar una determinada visualidad, que priorizó ciertos itinerarios respecto de los bombardeos entre otros posibles y que eventualmente abonaron determinados imaginarios sociales. Como sostienen Claudia Feld y Jessica Stites Mor:
Las imágenes son consideradas como construcciones: involucran actores y agente, reglas y lógicas propias, contextos sociales, culturales precisos, soportes concretos, elecciones y estrategias […] En sus complejidades, paradojas, dilemas éticos y ambigüedades, las imágenes se revelan como poderosos instrumentos no sólo para conocer el pasado y estudiar representaciones que generan nuevas memorias, sino también para hacer inteligibles los complicados mecanismos de la memoria social.9
Trabajar las imágenes que se generaron en el momento de los bombardeos nos va a permitir analizar los puntos de partida que posibilitaron las complejas sendas de las políticas de (in)visibilización respecto de los bombardeos de junio de 1955.10
Medios gráficos y peronismo: cuadro de situación
Crónica visual de los primeros días

1. La Nación, 17 de junio de 1955, primera plana.

2. Clarín, 17 de junio de 1955, p. 10.

3. Noticias Gráficas, 17 de junio de 1955, p. 9.

4. El Líder, 17 de junio de 1955, p. 2.
A partir del 18 de junio esas bombas entran a formar parte de otras cadenas de sentido. Ese día, El Líder, que durante varias jornadas en su última página realiza especiales fotográficos, muestra una imagen, entre tantas, de una bomba que no había estallado y es revisada por un grupo de uniformados. El título del especial es “Panorama gráfico de la destrucción ocasionada por las bombas”, y aparece en la parte superior izquierda de la página esa fotografía y debajo, en un pequeño texto que parece dar cuenta de todo el conjunto de imágenes, señala que “personal técnico de la Aeronáutica comenzó entonces a localizar las bombas caídas en distintos lugares, que no habían estallado, procediendo a inutilizar su mecanismo a fin de neutralizar definitivamente la posibilidad de su estallido, o haciéndolas estallar ex profeso”.30 Esas bombas que el día anterior aparecían como resto abandonado o como significante que condensaba la muerte, la destrucción y el fuego, vencidas, empiezan a ser objetos de una acción estatal: la reparación. La Razón, en el mismo día, coloca la misma fotografía, agregándole otra donde los mismos uniformados que la observan están intentando llevársela. Crítica es, en última instancia, más contundente en esta transformación significante de un objeto fotografiado: “Ha perdido peligrosidad”,31 titula la fotografía de varios militares llevándose a los hombros una bomba. La relación indiciaria de este objeto ha cambiado: ya no refiere más al bombardeo sino a la pericia técnica de los militares para neutralizar bombas. La causa por la cual las bombas llegaron allí comienza poco a poco a desdibujarse, a perderse tras numerosos velos de sentido, todo parece volver a la “normalidad”. El relato visual se va desarrollando de tal manera que sea posible pasar a la otra etapa, el regreso de la tranquilidad, que será también un denominador común en la prensa.
Cadáveres
Un grupo de hombres se reúne en torno a dos cuerpos de los que sólo se ven con claridad las piernas, los pies descalzos y una de las manos de una de las víctimas. El resto de los cuerpos –ya debidamente tapados presumiblemente con unos sacos o mantas– no son más que dos inquietantes bultos oscuros. Y si bien aquí los muertos son, evidentemente, el centro de atención, el fotógrafo cuidó bien que el encuadre le reserve un lugar a aquellos que, movidos vaya a saber por qué motivación (o necesidad), se acercaron a examinar con detenimiento la situación. Así, entre los hombres que aquí se congregan están quienes se arriman respetuosamente hasta el lugar, mirando, brazos en jarra, la escena y los que tal vez sorprendidos por la presencia del fotógrafo miran a cámara con gesto grave (imagen 5).
5. Clarín, 17 de junio de 1955, p. 9.
Este tipo de fotografías, además, presenta la particularidad de haber sido tomadas cuando los cuerpos ya habían sido acomodados a un costado, a la espera de que las ambulancias –que pese a haber hecho “centenares de viajes […] se vieron superadas por la gran cantidad de víctimas”–32 los sacaran del lugar de los hechos, de la “escena del crimen”. Ese ordenamiento que es, en un principio y sobre todo, el que pueden aportar los voluntarios, descubre, a su vez –quizá por la baja calidad con que se imprimía en aquel tiempo–, una confusión de cuerpos donde a veces cuesta precisar dónde empieza uno y termina el otro. “El caos de las matanzas […] reserva también un lugar en el fondo para los testigos silenciosos del suceso.”33 Es interesante subrayar que en los bombardeos o no hay muertos (en La Nación) o bien son “seres sin rostro” (en Clarín), y quien no tiene rostro no puede tener identidad, no puede tener historia.
Hay cadáveres en las fotografías, como vemos, pero no están mutilados sino generalmente cubiertos por algún tipo de ropa. En los dos primeros días, en las páginas centrales, Clarín saca especiales fotográficos sobre los bombardeos, y en el primer día sí aparecen cadáveres. Encontramos allí una suerte de criterio que puede resumirse en una afirmación del estilo: “Hubo muertos, esto realmente sucedió, acá están las pruebas”. Es por ello que, al menos el primer día, esa doble página central a la que recién hacíamos referencia contiene al menos cinco fotografías (sobre nueve) en la que podemos ver a los muertos. “Víctimas inocentes” las llama (“Cayeron víctimas inocentes durante los bombardeos”, es el título del especial fotográfico del 17 de junio de 1955). Tienen los rostros cubiertos esos cadáveres y Clarín lo destaca: en una foto de un cadáver que aparece entre dos automóviles señala que “manos piadosas, mientras aún proseguían los tiroteos, le han cubierto el rostro con un diario”. Los muertos son anónimos y preservar ese anonimato es un acto de piedad. Hay algo que se veda: el rostro. El anonimato, frente a esa fuerte pulsión referencial en estas fotografías, se cuida escamoteando los rostros de los cadáveres, la posible identificación.
7. El Laborista, 17 de junio de 1955, p. 3.
Luego, como decíamos, estos cuerpos sin vida dejan de aparecer, porque comienza a intervenir una serie de operaciones que desplazan el sentido y conforman un régimen de visibilidad. Así, la idea de víctima nuevamente se transforma. En este caso, se pasa de las personas muertas, de los heridos, a la ciudad como escenario de una tragedia, como un paisaje completamente destrozado por los bombardeos. Con el correr de los días este tipo de imágenes, de daños materiales, se multiplican y obtienen cada vez un mayor espacio en la prensa, y por consiguiente también en el terreno simbólico. El círculo comienza a cerrarse. De hecho, se puede establecer la idea de la ciudad como un cuerpo herido, doliente, lastimado. El título del segundo especial fotográfico de Clarín, aparecido el 18 de junio de 1955, señala: “Las heridas tras cuatro horas de bombardeo”. En este especial, otra vez en las páginas centrales del cuerpo del diario, no aparecen cadáveres sino edificios y automóviles destrozados, la plaza y el Ministerio de Marina también destruidos, así como una imagen con personas heridas y un mapa de la Casa Rosada en el que se dibuja dónde impactaron las bombas, con su correspondiente fotografía. Las heridas entonces son, con este giro, principalmente de la ciudad. Y si la ciudad es patrimonio de todos, las heridas son, en alguna medida, diluidas entre todos los porteños, o entre todos los argentinos. Ese juego de espejos refleja a todos pero no enfoca a nadie y es ahí donde una vez más los nombres de los muertos, los heridos y los mutilados se pierden en la niebla. Y ni hablar de la criminalidad de la masacre y sus autores.
8. El Laborista, 17 de junio de 1955.
Ésa es la línea, diríamos, hegemónica del reportaje gráfico a partir del 18 de junio.
Pueblo
Noticias Gráficas retoca ese esquema al jugar con la densidad significante de la Plaza de Mayo. La fotografía de los camiones llevando pueblo es acompañada con un titular que particulariza a ese pueblo: “Dispuestos a defender a la Patria y a su Líder, los trabajadores invadieron la Plaza de Mayo”.37 La plaza todavía está en disputa y los ecos del 17 de octubre de 1945, presentes. Federico Neiburg señala que el 17 de octubre de 1945 la gran movilización que llegó a la Plaza de Mayo pidiendo la libertad de Perón había logrado hacer algo novedoso: ocupar un espacio prohibido. “Al invadir aquel espacio y al realizar lo que nadie había osado realizar hasta entonces, la multitud proclamó una nueva soberanía sobre la ciudad”,38 convirtiendo la plaza “en un verdadero centro de la vida política del país”. Diez años después, la plaza era el centro de esas batallas y los trabajadores todavía, en plena disputa, la invadían. La historia, descripta, parecía repetirse: “De todos los ángulos de la ciudad y sus alrededores, nutridos grupos de civiles, obreros en su mayor parte, avanzaron inmediatamente sobre la Plaza de Mayo apenas oído el llamamiento radiotelefónico de la Confederación General del Trabajo”, decía el epígrafe. Volvía a estar, retomando a Neiburg, “la ciudad como escenario y objeto de lucha”,39 la invasión y el avance sobre el centro. Centro que, al parecer, todavía permanecía en disputa.
Crítica dedica una página entera, plagada de imágenes, a la llegada de los trabajadores a la Plaza de Mayo. Se trata de seis grandes fotografías, tres sobre grupos de personas con pancartas y gritando, y tres sobre camiones repletos de personas, llegando a la plaza. Dos de los títulos que acompañan esas imágenes son citas de los cantos y los gritos en la plaza: “¡A defenderlo!”, “Perón… Perón”. “Entusiasmo popular”, dice el título de una fotografía de un camión repleto circulando por una avenida. Y agrega:
Portando insignias de su sindicato, con auténtico entusiasmo y heroísmo, estos obreros marchan hacia el lugar en donde caen las bombas y silban las balas, con compacto desprecio por sus vidas y decididos a librar batalla, si fuera necesario, contra las fuerzas que se han levantado contra las instituciones y el gobierno del pueblo.40
El epígrafe marca un tiempo y un lugar, un presente y un espacio concreto: el mediodía del 16 de junio y la Plaza de Mayo. Las bombas están cayendo mientras el camión avanza hacia “ese lugar”. Y son trabajadores, como los de la imagen de un grupo con una pancarta de la UOM, al costado de la Catedral de Buenos Aires, que parecen disputar la Plaza de Mayo a ese ícono de la argentina católica. “Los obreros de la construcción ostentan con orgullo su galón sindical y avanzan a la altura de la Catedral, en la Plaza de Mayo”, dice el epígrafe. El pueblo, en este caso los obreros, es un grupo de personas que avanza sobre la plaza, y sobre una plaza que está siendo bombardeada. No por nada aparece el cielo en esta fotografía, casi como apertura visual del campo de batalla, como si la presencia de un avión fuera pura potencia, posibilidad. “Ya han caído en el lugar dos bombas, ya se alzan los primeros heridos, ya se cuentan las primeras víctimas. Ellos prosiguen su marcha y, como todo el pueblo trabajador, demuestran valor”, cierra. Clarín y La Nación parecen desconocer ese avance hacia la plaza y esas luchas por el espacio. En ellos, o todo se reduce al gobierno, en el caso de La Nación, o lo que hay son víctimas pasivas, muertos o heridos, como en Clarín.
Ciudad herida

9. Clarín, 1 de junio de 1955, pp. 8-9.
En La Nación esta última característica es recurrente. Desde sus páginas enfatiza que “ha renacido la tranquilidad en todo el país”,44 que “la intentona subversiva que se produjo ayer ha sido dominada”,45 en definitiva, que el gobierno se ocupa. El 18 de junio publican dos fotografías en las que sólo hay m...


