viernes, 14 de agosto de 2026
Guerra de Vietnam: Escena de combate el 3 de enero de 1968
Escena de un combate aéreo

Vietnam del Norte, 3 de enero de 1968 – 15:00 horas, provincia de Phú Thọ
Escenario: Intercepción aérea durante la Operación Rolling Thunder
Con el cielo sobre Hanoi densamente cruzado por las trayectorias de los cazabombarderos estadounidenses, una oleada de F-105 Thunderchief escoltados por cazas F-4 Phantom II avanza hacia el estratégico patio ferroviario de Kinh No. En respuesta inmediata, el mando aéreo norvietnamita autoriza el despegue del único MiG-21PFM operativo en la base de Noi Bai: el aparato identificado como “Rojo 5030”, pilotado por el teniente Ha Van Chuc.
Tras alcanzar altitud operativa sobre la región de Yen Chau, el radar de Chuc le revela una formación densa y bien estructurada del 388th Tactical Fighter Wing. Tres bloques separados, cada uno con 36 aeronaves, se desplazan en una compleja formación de ataque con escolta aérea en múltiples capas. Chuc solicita autorización para entablar combate y recibe luz verde.
Detectando que una patrulla MiGCAP de cuatro F-4 maniobra agresivamente para interceptarlo de frente, Chuc ejecuta un viraje amplio a estribor, con la intención de sorprender al primer grupo de F-105 por el flanco. Sin embargo, la velocidad superior de su MiG y la rápida tasa de cierre impiden que pueda establecer una solución de tiro efectiva con sus misiles aire-aire. En un instante, ha cruzado por encima de la segunda y tercera agrupación de Thunderchiefs.
Tal como entrenado, y ante la amenaza de un caza enemigo, la formación líder de F-105 interrumpe su misión de bombardeo, libera su carga sobre área abierta y vira para perseguir al MiG. Los F-4 también entran en persecución, iniciando un complejo escenario de combate aire-aire en múltiples vectores.
Chuc responde con maniobras evasivas de alta carga G, logrando reposicionarse detrás de los F-105, ahora más lentos por su configuración de ataque. Aprovechando la ventana táctica, alinea a su objetivo: un F-105D que vuela aún con depósitos y misiles bajo las alas. A una distancia de poco menos de un kilómetro, su sistema de guiado infrarrojo R-3S traba la firma térmica del escape del jet enemigo. Sin dudarlo, lanza un misil.
El impacto es inmediato y devastador: el Thunderchief, matrícula 58-1157 y pilotado por el coronel J. E. Bean, se consume en llamas antes de desintegrarse en el aire. Los restantes F-105 rompen formación en un intento por evadir un segundo ataque, pero Chuc ya ha acelerado al máximo con postquemadores, dirigiéndose hacia el este a baja altitud, mientras las formaciones estadounidenses son alcanzadas por una nueva amenaza desde tierra: una andanada de misiles tierra-aire SA-2 Guideline lanzados desde posiciones camufladas en la región de Bac Giang.
Resultado:
Un derribo confirmado por parte de la Fuerza Aérea Popular de Vietnam en un entorno de superioridad aérea estadounidense. La acción de Ha Van Chuc se convierte en un ejemplo táctico de cómo un único interceptor, correctamente empleado, puede desorganizar una formación entera y forzar la interrupción de una misión ofensiva.
jueves, 13 de agosto de 2026
Invasiones inglesas: El verdadero nacimiento de la Nación Argentina

A 220 años de la Reconquista de Buenos Aires: los encarnizados combates en la ciudad y el plan para provocar la huida de Beresford
Se cumple la fecha de cuando Santiago de Liniers se consagró como el ídolo de la reconquista, al recuperar la ciudad que durante 49 días estuvo en poder británico. Cómo se peleó calle por calle para acorralar a los ingleses dentro del fuerte
Adrián Pignatelli || Infobae + Addendum
Cuando todo terminó. Beresford se rinde ante Liniers frente al Cabildo (Cuadro de Charles Forqueray, 1910)
Ya en septiembre de 1806 era habitual ver a soldados ingleses caminar con libertad en la ciudad e ir a comer a la fonda de los Tres Reyes, en la esquina del fuerte. Pero como se temía una nueva invasión, el Cabildo propuso llevar a los oficiales y a la tropa al interior y hacerlos juramentar no volver a tomar las armas contra España en sus dominios.
William Beresford, el general británico de 37 años, gobernador de Buenos Aires durante 49 días, después de protestar un poco, accedió a dar su palabra y no servir contra España hasta tanto no se resolviese su situación.
En la tarde del 11 de octubre, los llevaron fuera de la ciudad y, con pesar por las comodidades con las que contaba, Beresford debió dejar la casa donde se alojaba, la de Félix de Casamayor, a quien le obsequió su catalejo de campaña. A las siete de la mañana del día siguiente llegaron a Luján, donde se movieron libremente como si estuvieran en su casa durante unos cuatro meses.
Desde la Banda Oriental, Santiago de Liniers reunió una fuerza para enfrentar, en Buenos Aires, al invasor
El que fue un asiduo visitante de Beresford era Saturnino Rodríguez Peña, integrante de un grupo que perseguía la intención de lograr la independencia de esas tierras bajo el paraguas de un protectorado británico. Ambos hombres compartían la afinidad de ser masones. Para ello, debía fugarse, cosa que se armó la noche del 10 de febrero de 1807. Después de innumerables peripecias y pasos de comedia, Beresford embarcó hacia Montevideo, donde una fuerza británica se había apoderado de la ciudad.
Así había logrado eludir el confinamiento al que había sido sometido junto a sus oficiales luego de la derrota del 12 de agosto del año anterior, día conocido como el de la Reconquista de Buenos Aires.
Mucho había ocurrido desde que ese lunes 4 de agosto Santiago de Liniers, que había partido de Colonia al frente de media docena de sumacas y cañoneras, más una decena de transportes y algunas embarcaciones particulares, desembarcaba en el pago de Las Conchas, actualmente Tigre, luego de capear un temporal de aquellos. Una densa niebla fue su aliada para pasar desapercibido cerca de los barcos ingleses. Liniers se encomendó a la Virgen del Rosario. 176 años después los argentinos volverían a invocarla cuando en medio de un mar embravecido, se dirigían a recuperar las Malvinas.
William Carr Beresford comandó las tropas invasoras y por casi dos meses fue gobernador de Buenos Aires
Había armado, en Montevideo, una fuerza de unos 600 hombres, entre soldados y voluntarios y se reunió con otros centenares que lo esperaban en las inmediaciones. Había comenzado el operativo de reconquista de Buenos Aires.
Ese temporal había destruido seis cañoneras inglesas: dos se hundieron, tres terminaron destrozadas contra las toscas y catorce hombres murieron ahogados. La única defensa fue una goleta, al mando del teniente Herrick.
Muchas cuestiones escapaban a los ingleses de su control. No confiaban tanto de la cordialidad y hospitalidad de muchas familias porteñas, que albergaban a los oficiales. Sabían que había reuniones nocturnas donde se conspiraba y la gente practicaba el uso de armas; era habitual la desaparición de centinelas ingleses y había casos de soldados apuñalados para quitarles sus armas. Hasta se descubrió un túnel ideado por el catalán Felipe de Santenach para hacer volar el cuartel de la Ranchería que ocupaba el Regimiento 71 de Highlanders.
La conspiración se olía en el ambiente, y los invasores estaban convencidos de que no eran hechos aislados, sino que todo obedecía a un plan elaborado por las propias autoridades españolas. Los ingleses reforzaron las guardias en las pulperías y almacenes, donde concurría mucha gente.
Plano de Buenos Aires de los tiempos de las invasiones. Solo un puñado de manzanas pobladas
Tampoco se dejaban engañar por el papel que cumplía el obispo, que exageraba por demás su respeto a Beresford. Los curas se las pasaban cautivando con promesas a soldados británicos, tratando de ganarlos a la causa.
La noche del 31 de julio, Beresford estaba pasando el tiempo en el Teatro de la Comedia cuando le informaron que una fuerza de españoles se encontraba a unos veinte kilómetros al noroeste de la ciudad. Ordenó al coronel Denis Pack alistar al Regimiento 71, para salirles al encuentro.
El 1 de agosto chocaron en la chacra de Perdriel, en tierras de lo que hoy es Villa Ballester. Un grupo de hombres liderados por Juan Martín de Pueyrredón, mal armados, se enfrentó durante una hora con una columna al mando del propio Beresford, quien estuvo todo el combate lidiando por desenvainar su espada, trabada por la humedad.
Hubo una carga furiosa de un par de jinetes que tuvieron como blanco al propio general. El capitán Arbuthnot paró a uno, y el fuego nutrido de granaderos derribó al otro jinete.
Juan Martín de Pueyrredón fue un actor importante en la lucha contra los británicos
Aun cuando todo estaba perdido, una carga temeraria del propio Pueyrredón alcanzó para arrebatarle al enemigo un carro con municiones. Debió ser auxiliado porque en la refriega le habían matado el caballo.
Los ingleses tomaron a un prisionero, un desertor alemán llamado Shennon, que no quería abandonar el cañón que operaba. Terminó fusilado en Buenos Aires. El invasor se convenció que si quería seguir dueño de la ciudad, debían recibir refuerzos.
Al día siguiente de su desembarco, Liniers marchó hacia San Isidro, donde tenían provisiones frescas y abrigo. Porque entre el 4 y el 8 no paró de llover.
En la mañana del 8, cuando el tiempo mejoró, se puso en marcha y a la tarde del día siguiente llegaron a la Chacarita de los Colegiales. El domingo 10 el capellán Larrañaga celebró una misa al aire libre y continuaron la marcha hacia los Corrales de Miserere. Desde allí Liniers, con fuerzas que se le fueron sumando, envió un mensajero con una intimación de rendición a Beresford. El mensajero esperó quince minutos la respuesta que no llegó y se retiró. Liniers volvió a enviar a otro, recibiendo el mensaje del inglés que resistiría “hasta el caso que la prudencia lo indicara”.
El irlandés Denis Pack, de 34 años, era el jefe del Regimiento 71 Highlanders
A las cinco de la tarde inició la marcha hacia el Retiro. Antes, se habían adelantado el cuerpo de Catalanes con dos obuses. No fue sencilla la marcha, porque los caminos eran malísimos, con pozos y pantanos.
Fueron los Migueletes y la compañía de infantería de Buenos Aires los que llegaron a la carrera a la plaza del Retiro y batieron, a bayoneta calada, a los 200 ingleses que la defendían y que comenzaron a replegarse hacia el fuerte. En el camino, en la calle del Correo (hoy Florida), se encontraron con Beresford, que comandaba a unos 500 efectivos.
Alentados por Liniers, los voluntarios de Montevideo irrumpieron en la plaza mayor, con artillería comandada por Agustini. Su avance fue letal: dispararon un obús cargado con metralla, logrando la dispersión de las fuerzas que las enfrentaban.
Anochecía y las tropas necesitaban descanso. Liniers con su gente acampó en Retiro e hizo custodiar las bocacalles para evitar un ataque sorpresa. Esa noche la tropa no comió.
Fue tal entusiasmo del encuentro de la tarde anterior, que llegaron al campamento muchos hombres dispuestos a engrosar las filas de ese ejército.
Martín Miguel de Güemes era un joven de 21 años cuando al frente de un grupo de jinetes se apoderó de un buque inglés que había quedado varado en el río
El 11 se ocuparon en montar los 18 cañones que trajo la goleta Dolores y otros que encontraron en el cuartel del Parque. Algunos los apuntaron hacia el río por si la escuadra enemiga abría fuego. Liniers mismo los probó: apuntó a una lancha cañonera y a una fragata. Le abrió un boquete a la primera y cortó la pena de la mesana de la segunda y una bandera británica cayó al agua, lo que fue tomado como un buen augurio.
Por las dudas, mandó a Gutiérrez de la Concha a San Isidro y se embarcase en buques para desbaratar un presunto plan inglés de huir del Río de la Plata con los caudales públicos y con el producto de los saqueos a la ciudad.
La noche del 11 los ingleses se inquietaron por el continuo ladrido de perros que venía de la zona del Retiro. Algo se preparaba.
La mañana del martes 12 los británicos comprendieron lo que estaba sucediendo. En las iglesias y otros puntos de la ciudad estaban llenos de gente. Esperaban la llegada de Liniers para lanzarse con todo contra ellos.
Al amanecer, Liniers mandó tocar generala. Se atacaría la plaza, para lo que dividió su ejército en tres columnas. La de izquierda, con él mismo al frente, entraría por la calle de La Merced; la segunda, por la calle de la Catedral y la de la derecha por la del Correo. La artillería del teniente coronel Francisco Agustini iría adelante a despejar el camino.
Luego de la reconquista, la calma en Buenos Aires no duró ni un año. En julio de 1807 se produjo una nueva invasión (Litografía de Madrid Martínez, 1807)
El ataque sería a las 12, pero debió adelantarlo: amparados por la niebla, un grupo de miñones y marineros llegaron a las nueve a dos cuadras de la plaza y, refugiándose en edificios, comenzaron a disparar a los ingleses quienes respondieron con contundencia. Los atacantes pidieron refuerzos y municiones porque no querían dejar la posición. Liniers mandó la caballería de milicias y los dragones de Buenos Aires con artillería volante por la calle de Santo Cristo y él fue por la calle de la Merced. El combate se generalizó.
Liniers ordenó a un joven salteño que junto a un grupo de gauchos neutralizara al buque inglés Justina que, anclado en donde se levanta la Torre de los Ingleses, bombardeaba la ciudad. Aprovechando una bajante del río, el joven Martín Miguel de Güemes capturó la embarcación.
Los pobladores salían de sus casas y ayudaban a arrastrar los cañones y todo era ímpetu y fervor, y así llegaron a la plaza mayor.
Los británicos tenían prohibido disparar contra las iglesias, pero como parte del fuego provenía de esos lugares, respondían. A los sacerdotes se los veía muy activos en manejar armas y ordenar a la gente.
Los británicos hacían fuego desde el Cabildo, la azotea de la Recova y la Catedral, a las columnas que cada vez eran más numerosas.
El regimiento 71 se mantenía formado en la plaza del mercado, con cañones a cada flanco y uno en el centro. Los marineros estaban en el fuerte ocupándose de los cañones y efectivos del cuerpo de Santa Helena controlaban los accesos de las calles de Santo Domingo y Tres Reyes.
Los primeros en rendirse fueron los de la Catedral; los que estaban en el Cabildo fueron a la Recova, desde cuyo arco el propio Beresford comandaba. A su lado había caído muerto su asistente el capitán Kennet y el alférez de navío Fantin.
A lo largo del puente levadizo del fuerte se veía cómo ingresaban soldados ingleses llevando a compañeros heridos.
Estaban rodeados y les disparaban de todos lados. Entonces Beresford, cruzando su sable sobre su brazo izquierdo, dio la señal de retirada. Se refugiaron en el Fuerte y él fue el último en entrar. Se izó la bandera de parlamento justo cuando un grupo de marineros con escaleras pretendía escalar una de las murallas.
El comandante Mordeille, que apenas podía contener a sus marineros enardecidos, habló con Beresford en francés. Este quiso saber si su vida corría peligro, y le respondió que no, siempre que se rindiese. El general inglés revoleó su sable al pie de la muralla pero Mordeille se lo devolvió por medio de pañuelos atados.
Asustó a los ingleses los gritos de la multitud, que llenó la plaza, mezclados con las tropas que habían llegado del Retiro. Colocaron cañones a solo cincuenta pasos del portón de entrada al fuerte.
Gillespie intentó asomarse por el muro para ver qué ocurría, y alcanzó a bajar la cabeza ante el fuego nutrido de mosquetes. El capitán Quintana, ayudante de Liniers, estaba dentro del fuerte acordando los términos de rendición. Al escuchar los disparos, subió al muro, abrió su chaqueta y con los brazos extendidos se mostró a la multitud. Entonces los ánimos se calmaron.
Cuando vieron que se izaba la bandera española, que alcanzó un marinero, la gente estalló de júbilo.
El francés Raymond, junto al teniente de navío Córdoba y Mordeille arreglaron con el general inglés los términos de la rendición. Los vencidos aceptaron una entrega a discreción.
“¡Pena de vida al que insulte al general inglés!” gritó Córdoba cuando Beresford salió del fuerte y lo condujeron a la presencia de Liniers, que lo esperaba en uno de los arcos del Cabildo junto a algunos oficiales. Se adelantó a recibirlo, le devolvió su espada y lo abrazó. Dispuso que fuera alojado en la casa de uno de sus ayudantes y se arregló la seguridad de las tropas inglesas y sus bienes, y su embarque a Europa, por cuenta de los españoles.
Los ingleses tuvieron 412 entre muertos y heridos, incluidos cinco oficiales, mientras que hubo 180 caídos y heridos entre los criollos y españoles. Liniers lamentó la muerte del vecino Diego de Baragaña y del alférez francés Fantin, que moriría víctima del tétanos.
Eran las tres de la tarde cuando menos de un millar de ingleses marcharon hacia el frente del Cabildo, con sus banderas entre dos filas. Debían dejar en la puerta del Cabildo su armamento, algunos estrellaban sus fusiles contra el piso, y eran registrados. Los soldados fueron distribuidos por el Cabildo en distintos cuarteles, mientras que los oficiales fueron alojados en casas de familia. Esa tarde muchos se refugiaron en el fuerte para evitar la ira de los pobladores.
12 de agosto de 1806: Tal día como hoy, los hispanos del Rio de la Plata, liderados por Santiago de Liniers y Martín de Alzaga, expulsaban a los ingleses de Buenos Aires tras la invasión comandada por William Beresford en junio de ese año.
El 14 el Cabildo nombró a Liniers caballero de la orden de San Juan y gobernador interino, hubo un Te Deum en la Catedral. Esa noche y las dos siguientes la ciudad permaneció iluminada en señal de fiesta.
La misma noche de la reconquista, Liniers y Beresford se reunieron para acordar los términos de la rendición. Al día siguiente se encontraron en la casa del primero y luego otra vez en el Fuerte. Se arregló un intercambio de prisioneros y se allanó el camino a los vencidos a retirarse.
La historia no terminaría allí, solo habría un paréntesis hasta julio del año siguiente cuando se haría frente a una fuerza inglesa, ya que insistían en que Buenos Aires debía ser británica.
Addedum
12 de Agosto de 1806: La Reconquista de Buenos Aires a los británicos gracias al héroe Santiago de Liniers
El 25 de junio de 1806 una escuadra británica al mando del comodoro Home Popham desembarcó en Quilmes a más de 1.500 soldados dirigidos por el general William Carr Beresford. Dos días después, Buenos Aires quedó ocupada. Las autoridades virreinales apenas contaban con medios para defenderla y la bandera británica se izó sobre el Fuerte, sede del poder español en el Río de la Plata.
El capitán de fragata Santiago de Liniers se encontraba en Montevideo cuando llegó la noticia. Con el apoyo de Martín de Alzaga en la ciudad y de Juan Martín de Pueyrredón en los alrededores, empezó a reunir milicias entre la población civil, ya que apenas había tropas regulares disponibles. El 1 de agosto, un primer intento de hostigar a los ingleses fue derrotado en la chacra de Perdriel por la infantería británica, mejor entrenada. Pese al revés, siguieron sumándose voluntarios: comerciantes, artesanos, esclavos liberados para la ocasión, y también ancianos, mujeres y niños que colaboraron acercando armas, municiones y alimentos.
El 10 de agosto, desde los corrales de Miserere, Liniers intimó la rendición a Beresford, que la rechazó confiado en la disciplina de sus tropas regulares. Al amanecer del 12 de agosto, Liniers entró en la ciudad al frente de sus columnas, avanzando hacia la Plaza Mayor por varias calles a la vez. El trazado estrecho del casco antiguo dificultó las maniobras de la infantería inglesa, acostumbrada a combatir en campo abierto, y los combates se libraron calle por calle durante varias horas.
Cercado en el Fuerte y sin posibilidad de recibir auxilio, Beresford solicitó parlamentar. Él y Liniers se reunieron primero en el Fuerte y después en la casa del propio Liniers para acordar los términos de la capitulación, que incluyeron un intercambio de prisioneros. Beresford entregó la plaza y sus tropas depusieron las armas; los vencedores se hicieron con 26 cañones y con las banderas del Regimiento 71 británico. La ocupación había durado 49 días.
Liniers fue aclamado como héroe y, meses después, nombrado virrey del Río de la Plata. Pero el mismo hombre que salvó Buenos Aires del ejército inglés acabaría fusilado por sus propios compatriotas. Tras la Revolución de Mayo de 1810, Liniers se negó a acatar a la Primera Junta y encabezó desde Córdoba un intento de resistencia realista, fiel a su juramento a la Corona española. El levantamiento fue sofocado y Liniers, junto a otros cabecillas, fue apresado cuando intentaba dirigirse al Alto Perú.
La Junta, temiendo que su enorme popularidad en Buenos Aires pudiera revertir la situación si lo llevaban a la capital, ordenó su fusilamiento inmediato en el lugar donde fuera hallado. Juan José Castelli, al frente de un destacamento de húsares, alcanzó a los prisioneros en un paraje cordobés llamado Cabeza de Tigre. Allí, el 26 de agosto de 1810, sin juicio formal y por orden directa de la Junta, Liniers fue fusilado junto al gobernador Juan Gutiérrez de la Concha, el coronel Santiago de Allende, el asesor Victorino Rodríguez y el ministro de Real Hacienda Joaquín Moreno. Se negó a que le vendaran los ojos.
El hombre que cuatro años antes había sido llevado en volandas por el pueblo de Buenos Aires como salvador de la ciudad frente a los ingleses, moría así frente a un pelotón de fusilamiento por mantenerse fiel a su rey.
Fuentes:
- Buenos Aires y el interior. Observaciones reunidas durante una larga residencia, 1806-1807, de Alejandro Gillespie;
- Memorias Curiosas, de Juan Manuel Beruti;
- Santiago de Liniers, de Paul Groussac;
- Beresford. Gobernador de Buenos Aires, de Bernardo Lozier Almazan
miércoles, 12 de agosto de 2026
EA: Equipo Militar de Esquí del Ejército Argentino gana competencia
El Ejército Argentino arrasó en la competencia internacional de tropas de montaña y se quedó con el primer puesto
El equipo nacional terminó con 122 puntos, más del doble que Chile y Estados Unidos, y se consagró campeón de la 43ª Competencia Internacional de Tropas de Montaña. La prueba se disputó en el cerro Otto, en Bariloche, y reunió a representantes militares de los tres países.
Shelknamsur
El Equipo Militar de Esquí del Ejército Argentino se quedó con el primer puesto de la competencia internacional que reunió a tropas especializadas de Argentina, Chile y Estados Unidos.
Durante las distintas jornadas, los participantes compitieron en Esquí de Fondo, Biathlon Sprint y Biathlon Partida en Masa, disciplinas que combinaron resistencia física, técnica y adaptación a las condiciones propias de la montaña.
Argentina dominó ampliamente la clasificación general y finalizó con 122 puntos. Chile quedó segundo con 60, mientras que Estados Unidos ocupó el tercer lugar con 58. El equipo norteamericano volvió a participar de la competencia después de 29 años: su última presencia había sido en 1997.
El desempeño argentino también se trasladó a la primera fecha de la Copa Sudamericana de Biathlon, disputada en paralelo. Allí, la soldado deportista Sofía Kydasiouk y el soldado deportista Franco Dal Farra consiguieron el primer puesto en sus respectivas categorías.
La Competencia Internacional de Tropas de Montaña se realiza desde 1971 y busca combinar el adiestramiento especializado con el intercambio entre las fuerzas militares de los países participantes.
Racionalidad de fuego en las guerras napoleónicas
Por qué la columna guardó silencio: La racionalidad bajo fuego

Las normas prescribían el despliegue en línea antes de la batalla decisiva. En realidad, la columna a menudo llegaba al enemigo sin desplegarse. Esto no se debía a imprudencia, sino al juicio sereno del comandante bajo fuego enemigo.
Las normas de 1791 eran claras: antes del enfrentamiento decisivo, la columna se desplegaba en línea y la infantería recibía al enemigo con fuego. Así razonaban los comandantes franceses letrados, y así se veía en el campo de desfiles. Pero en las batallas reales, ocurría una y otra vez algo diferente: la columna llegaba hasta el enemigo, pero nunca formaba una línea. De ahí surgió el mito del «ariete ciego». El ejército que había conquistado media Europa conocía sus normas. Así pues, el problema no era la ignorancia, sino otra cosa. Es esta «otra cosa» la que hay que desentrañar.
Un minuto transcurrió en voleas
La decisión de desplegarse o no la toma un solo hombre en un minuto, no todo el ejército. Para transformar una columna en una línea, hay que detener el movimiento, girar las compañías, reorganizar las filas, restablecer los intervalos y solo entonces avanzar de nuevo en un amplio frente. Para un batallón bien entrenado, todo esto llevaba uno o dos minutos. Para un batallón formado apresuradamente, llevaba mucho más tiempo, y a veces ni siquiera se llegaba a completar.El problema es que estos minutos no se cuentan con el reloj, sino con las descargas enemigas. A una distancia donde el fuego de mosquete puede alcanzar un objetivo (unos cien metros, y la metralla puede llegar hasta tres veces más lejos), cada segundo de inmovilidad es valioso. Un comandante que levanta la mano para dar la orden de desplegarse lo paga con hombres. Y entonces todo se le viene encima de golpe: el miedo por la línea, la cuenta atrás, los nervios de los nuevos reclutas.

FORMACIONES TÁCTICAS DE LA INFANTERÍA FRANCESA. REGLAMENTO DE 1791
Izquierda
«FORMACIÓN EN LÍNEA»
«BATALLÓN DESPLEGADO EN UNA LÍNEA DE DOS FILAS»
Flechas que indican la orientación del frente
«LÍNEA»
Derecha
«FORMACIÓN EN COLUMNA»
«BATALLÓN EN COLUMNA POR COMPAÑÍAS»
Flechas que indican la dirección del movimiento
«COLUMNA»
El esqueleto del sistema que está siendo desmantelado
Las normas describían una geometría casi perfecta: las compañías giraban, se cerraban, se alineaban y ante nosotros se extendía una sólida muralla de mosquetes. En el campo de instrucción, con soldados experimentados y suboficiales competentes, esto funcionaba. Pero tras las primeras campañas, el ejército real de Napoleón se parecía cada vez menos a un regimiento modelo. Pérdidas enormes, reclutamiento constante, una perpetua falta de tiempo: los batallones se formaban con reclutas novatos y se enviaban casi de inmediato a la batalla o a una marcha.La pérdida de suboficiales y cabos experimentados era especialmente dolorosa. Son la columna vertebral de la formación: mantienen la alineación, recogen las órdenes de los oficiales y las transmiten hacia abajo, impidiendo que las filas se dispersen. Cuando esta capa se ve afectada o está mal entrenada, cualquier formación compleja se convierte en una lotería. Las compañías se amontonan, los intervalos se rompen y, en lugar de una línea, se forma una multitud.
El despliegue bajo fuego es una de las formaciones más difíciles: exige calma y coordinación en un lugar donde las balas de cañón caen sobre la gente. Para una unidad experimentada en combate, esto es rutinario, pero para un batallón de reclutas, es una prueba en la que la formación puede desmoronarse fácilmente. De ahí el primer cálculo del comandante: los hombres mantienen la columna casi instintivamente, pero una línea bajo fuego sigue requiriendo habilidad.

El precio de detenerse y el precio del miedo
Mientras un batallón permanece en formación, se convierte en un blanco ideal. La densa masa apenas se mueve, mientras la metralla y el fuego de mosquete caen metódicamente sobre ella. Las bajas aumentan, el ímpetu ofensivo se desvanece y cuanto más se prolonga la reorganización, peor se vuelve la situación. Esto da lugar a una idea perfectamente razonable: es mejor alcanzar rápidamente la altura de las bayonetas en columna que permanecer bajo fuego enemigo mientras se reorganiza. Si el enemigo está cerca, un ataque decisivo en los últimos metros puede ser más barato que una línea ordenada. Así, resulta que una columna inmóvil es más cara que una rápida.
La presión del fuego se ve agravada por la presión del miedo, y esta es la más subestimada de todas. Un soldado experimenta una columna y una línea de manera diferente. Una columna da una sensación de masa: las espaldas de los camaradas al frente, los amigos detrás y a los lados, un hombre se mueve como parte de un cuerpo grande y denso. Una línea es algo completamente distinto. Es larga y delgada. No hay densidad. Detrás de la retaguardia, casi no hay nada. Y de repente te das cuenta de que estás a la vista de todos.
Intentemos adoptar esta formación. Eres un recluta en una de las primeras filas de la columna. Delante hay una cresta, y detrás, como sabes, está la línea y la batería enemigas. Las balas de cañón ya están impactando la columna, varios hombres caen cerca, y el aire silba con la metralla. Y en ese momento suena la orden: no "adelante", sino "alto, desplázate en línea". Tienes que detenerte bajo fuego, dar un paso al costado, sujetar a tu compañero con el codo, escuchar a través del rugido del suboficial cómo la muerte se lleva a los hombres de la línea. Para un soldado inexperto, esto es casi insoportable. Es mucho más claro simplemente avanzar con todos los demás.
He aquí otra razón para mantenerse en la columna. Cuando una unidad nerviosa se despliega bajo fuego, el riesgo de pánico aumenta drásticamente: el miedo de uno se transmite instantáneamente a sus vecinos, y la línea se desmorona. En una columna densa, el mismo soldado asustado queda atrapado por la masa y continúa moviéndose casi automáticamente. Mantener la columna en este punto resulta ser una forma de preservar la frágil moral de las tropas inexpertas, y no una señal de ceguera táctica.

«COLUMNA DE MARCHA»
Infantería francesa (en marcha)
Camino
Movimiento
COLUMNA DE MARCHA: ESTRECHA, LARGA, PARA EL DESPLAZAMIENTO
(Formación de marcha, organizada por escuadras o pelotones)
COLUMNA DE ATAQUE
(ATTACK COLUMN – COLONNE D’ATTAQUE)
Infantería francesa (ataque)
Enemigo (formado en línea)
COLUMNA DE ATAQUE: ANCHA, COMPACTA, DE COMBATE
(Organizada por batallones y desplegada en dirección al enemigo)
Fuego e impacto: una lógica diferente
Hasta ahora, nos hemos centrado en por qué el despliegue era peligroso o difícil. Pero existe otro argumento que explica por qué a veces no se consideraba necesario. El historiador Paddy Griffith, en particular, señala lo siguiente: la práctica francesa dividió cada vez más las funciones entre los elementos de la formación de batalla. En este caso, abandonar la línea dejó de ser una concesión a las circunstancias y se convirtió en una acción deliberada.
En términos sencillos, la división del trabajo se veía así:
- Los fusileros ( tirailleurs ), en formación dispersa, entablan un tiroteo, neutralizan a oficiales y artilleros, y sondean la posición.
- La artillería dispara contra la línea enemiga, intentando desorganizar y diezmar sus filas y minar la moral de los soldados.
- La columna entra en último lugar y asesta el golpe decisivo al enemigo, ya debilitado.
En un sistema así, la columna se convierte en un instrumento de ataque, y no tiene sentido mantenerla enfrascada en un tiroteo prolongado. Desplegarla en línea para un combate significa agotarla, robarle impulso y exponerla al fuego de respuesta. Los tiroteos tienen sus especialistas: líneas y baterías. La columna debe mantener su capacidad de ataque el mayor tiempo posible, arremetiendo contra el enemigo con una bayoneta o una breve descarga a quemarropa justo antes de la carga.
Es tentador establecer un paralelismo con la actual división entre armas de fuego y de ataque, pero no conviene forzarlo demasiado. El principio general es el mismo: algunas unidades están diseñadas para infligir fuego, otras para atacar y consolidar el éxito. Para los franceses, los fusileros y la artillería eran la capa de fuego, mientras que la columna era la capa de choque. Entendida de esta manera, el lento despliegue de la columna ya no es un error, sino parte del diseño. Al menos en teoría.

ESQUEMA TÁCTICO: REGIMIENTO FRANCÉS AL ATAQUE
(Época napoleónica)
Aproximación en columna
Despliegue en línea
Posición hipotética del enemigo
Combate de fuego
Cima de la colina: 124 m
La sigla FR indica a las fuerzas francesas.
Dónde se justificaba el cálculo y dónde se desmoronaba.
Abandonar la línea, entonces, fue una decisión arriesgada pero sensata. Como toda decisión en la guerra, tuvo diferentes consecuencias.
- Todo
salió bien cuando los fusileros y la artillería lograron neutralizar al
enemigo, los atacantes contaban con superioridad moral o numérica, y el
terreno permitió que la columna superara rápidamente el último tramo
peligroso. Ya debilitado, el enemigo a menudo no podía soportar la
visión de una densa masa de bayonetas y se retiraba antes del combate
cuerpo a cuerpo.
- Pero
todo se desmoronó donde no hubo preparación, ni apoyo, y donde había un
enemigo enfrente que era un buen tirador y se mantuvo firme.
Fue en este último caso donde surgió el mito. Una densa columna avanza hacia el campo de tiro contra una línea rígida, solo para descubrir que casi todos sus mosquetes permanecen en silencio, mientras el enemigo dispara metódicamente contra la cabeza y los flancos de la formación. El instrumento de ataque, privado de entrenamiento y apoyo, se convierte en un blanco fijo.
Desde aquí, un camino directo a la Península Ibérica. Fue en España donde los franceses se enfrentaron con especial frecuencia a un enemigo que era un excelente tirador y luchaba hasta la muerte: la infantería británica, con su fuego denso y disciplinado desde una doble fila, a menudo oculta tras la cima de una colina. Allí, las deficiencias de la lógica de ataque quedaron claramente demostradas. Y allí también, los fracasos de las columnas francesas —y fueron muchos— fueron finalmente elevados por la historiografía británica a casi una regla universal. Hasta qué punto el conocido modelo de "columna gruesa contra línea delgada" se corresponde con lo que se desarrolló en estas batallas se examinará en el próximo artículo de la serie.
- Makar Istomin || Top War