Rusia estaría intentando atentar con drones contra aviones ucranianos en Alemania
Por Ignacio Motes de Oca

Desactivaron otro dron con unos 50 gramos de hexógeno (RDX), un explosivo de uso militar, cerca del aeropuerto de Leipzig. Es el tercero en lo que va de agosto.
El primero fue descubierto la noche del 4 al 5 cerca de unos Antonov ucranianos que llevan ayuda militar en ese mismo aeropuerto. El dron estaba cargado con explosivo plástico (medios alemanes hablan de Semtex y PETN), pero el detonador falló.
Casi al mismo tiempo, un avión de carga de DHL que tuvo que abortar el aterrizaje por el cierre de pista chocó en el aire con otro objeto no identificado —probablemente el segundo dron—, sufrió daños leves en el morro y terminó aterrizando sin problemas en Hannover.
Diez días después, el 14 de agosto, apareció un tercer dron en una zona al oeste del aeropuerto, junto con unos 50 gramos de una sustancia que los investigadores sospechan que es también hexógeno.
Ninguno de esos drones llegó volando desde Rusia. Eran aparatos chicos, modificados para pasar desapercibidos y ampliar su autonomía y su alcance de control (con batería adicional y conectividad móvil), operados desde cerca: los investigadores hallaron una antena instalada junto al aeropuerto, aparentemente para reforzar la señal, y rastrearon una zona abandonada en Kursdorf.
También se recuperaron restos de ADN que, según medios alemanes, coinciden con la base de datos europea y apuntan a Lituania, en línea con redes de intermediarios ya identificadas allí y en Polonia. Todo indica que se trata de una operación ejecutada con reclutas locales, aunque dirigida desde afuera.
Y esto se parece demasiado a otros sabotajes recientes que refuerzan el mismo patrón. En julio de 2024 ya habían mandado paquetes incendiarios por DHL al centro logístico de ese mismo aeropuerto de Leipzig, y otros similares llegaron a un almacén en Birmingham (Reino Unido) y a Polonia.
Una investigación paneuropea identificó luego a unos 22 sospechosos reclutados en Lituania y Polonia, contactados por mensajería cifrada y pagados en criptomonedas, casi todos sin saber para quién trabajaban en realidad. La agencia judicial de la UE, Eurojust, señaló al servicio de inteligencia militar ruso (GRU) como responsable de aquella campaña.
El caso específico de Leipzig ya está siendo juzgado: cinco hombres enfrentan en Vilnius cargos por integrar y operar una organización terrorista, acusados de haber enviado cuatro paquetes con artefactos incendiarios ocultos en masajeadores de cuello —uno de ellos, el que se prendió fuego en el centro de DHL en Leipzig el 20 de julio de 2024—. Según un testigo de DHL, si el vuelo no se hubiera demorado trece minutos, el paquete habría explotado en el aire. Los cinco acusados niegan los cargos y el juicio sigue abierto.
Este mismo agosto de 2026, en la noche del 14 al 15, se incendió en Tallin un edificio de Milrem Robotics, la empresa estonia que fabrica vehículos terrestres no tripulados para Ucrania; la primera ministra Kristen Michal dijo que se investiga la posible implicación rusa y que ya hay sospechosos identificados. Casi en paralelo, el 10 de agosto, un almacén de la empresa búlgara EMKO —que también provee municiones al frente ucraniano— voló por los aires cerca de Belitsa.
El ministro del Interior búlgaro dijo que lo más probable es que fuera un accidente. Pero EMKO es propiedad de Emilian Gebrev, blanco de un intento de envenenamiento en 2015 que Sofía atribuyó a agentes rusos, y una planta suya ya había sufrido una explosión sospechosa en 2023. No es prueba de sabotaje, pero sí un antecedente que pesa a la hora de descartar la casualidad.
Durante todo 2025 llovieron avistamientos de drones sobre aeropuertos e instalaciones militares de Europa. Un informe del International Institute for Strategic Studies (IISS) contabilizó 144 incidentes sospechosos entre 2024 y 2026 en países de la OTAN —Alemania (más de 1.000 avistamientos solo en 2025), Francia, Bélgica, Países Bajos, Reino Unido y Dinamarca.
Varios de ellos fueron detectados sobre bases que alojan o podrían alojar armamento nuclear estadounidense o francés: Kleine Brogel (Bélgica), Volkel (Países Bajos), Ramstein (Alemania), RAF Lakenheath (Reino Unido) e Île Longue, la base de submarinos nucleares franceses. Copenhague tuvo que cerrar varias horas en septiembre de 2025, y Múnich también cerró en octubre de ese año. El propio IISS y varios gobiernos vincularon algunos de esos vuelos con buques de la flota fantasma rusa —como el petrolero Boracay, detenido por Francia, o el Vezhen, incautado por Suecia— que habrían servido como plataformas de lanzamiento o de apoyo.
En septiembre de 2025 casi 20 drones rusos (19, según el recuento oficial) entraron en Polonia, obligaron a cerrar varios aeropuertos —entre ellos el Chopin de Varsovia— y llevaron a Polonia a activar el artículo 4 de la OTAN para consultar con sus aliados.
Al mismo tiempo, en el Báltico se vienen registrando cables submarinos e interconexiones eléctricas dañados —el caso más citado es el del petrolero Eagle S, que cortó el cable Estlink 2 y varias líneas de datos entre Finlandia y Estonia en diciembre de 2024— con anclas de barcos vinculados a la flota fantasma rusa o a navieras chinas. Aunque no todos esos episodios están confirmados como sabotaje deliberado, en más de un caso las investigaciones oficiales terminaron apuntando a negligencia o impericia de tripulaciones en barcos en mal estado, no a una orden de Moscú. Esa ambigüedad, de hecho, es parte de lo que hace atractiva a este tipo de operación: la negación plausible.
La consecuencia que se ve venir es bastante clara: esto es una guerra híbrida hecha con el propósito de causar daños sin llegar al punto de que la OTAN tenga argumentos concretos para responder de forma categórica. Es, literalmente, la lectura que ya hacen públicamente algunos jefes de Estado bálticos: que la guerra híbrida contra Europa "no es algo que vaya a empezar en el futuro", sino que "está ocurriendo ahora mismo".
Si siguen subiendo la apuesta, como ya están haciendo al pasar de solo volar drones a meterles explosivos de verdad y usando intermediarios europeos, vamos a ver más cierres de aeropuertos, más demoras en la ayuda a Ucrania y más recursos gastados en sistemas anti-drones: de hecho, la Unión Europea ya discute construir un "muro de drones" (drone wall) en su flanco oriental, y la OTAN reforzó su presencia con la llamada operación Eastern Sentry tras el episodio polaco.
El otro efecto posible es instalar la idea del perjuicio de apoyar a Ucrania, para alimentar a los sectores que se oponen a esa ayuda o los que prefieren la neutralidad. En cualquier caso, la sucesión de incidentes fuerza a los gobiernos a coordinarse más duro, vigilar más los barcos y activar consultas formales de la OTAN.
El riesgo mayor es que un día uno de estos dispositivos funcione de verdad, mate a alguien o destroce un avión relevante, y ahí se termine el "estamos por debajo del umbral". En ese momento la tensión puede escalar rápido y complicar todavía más todo el tablero europeo.















































