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domingo, 2 de agosto de 2026

Argentina y Chile: la disputa por la Patagonia, 1843–1881

Argentina y Chile: la disputa por la Patagonia, 1843–1881

Richard O. Perry

The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363





La estatua del Cristo de los Andes conmemora la finalización de una controversia limítrofe de sesenta años que, en varias ocasiones, llevó a la Argentina y a Chile al borde de la guerra.¹ El conflicto, resuelto amistosamente por el rey Eduardo VII de Inglaterra en 1902, se originó en el Tratado de 1881, por el cual ambas naciones acordaron por primera vez los límites en la Patagonia, en el Estrecho de Magallanes y en Tierra del Fuego, tal como hoy los damos por sentados. La disputa previa al Tratado de 1881 fue larga y amarga. Si bien la Patagonia y las áreas adyacentes eran, sin dudas, posesiones de la Corona española, la desatención oficial durante todo el período colonial impidió que cualquiera de los Estados sucesores contara con un título claro sobre ellas con base en el uti possidetis

El Tratado de 1881, que reconoció la soberanía argentina sobre prácticamente toda la Patagonia, es objeto de recriminaciones por parte de historiadores chilenos nacionalistas del siglo XX, con Francisco Encina a la cabeza.³ Ellos sostienen que Chile tenía derecho legal sobre la Patagonia y que, además, contaba con el poder para hacer valer ese reclamo. Al contrastar el Chile del siglo XX —limitado en recursos, cercado por la cordillera y opacado por el enorme potencial de su vecino del este— con la primacía que habría disfrutado en el siglo XIX, argumentan que fue el Tratado de 1881 el que alteró el equilibrio de poder en Sudamérica. En consecuencia, caracterizan ese tratado como una rendición, con la connotación de que allí se habría traicionado el “derecho de nacimiento” de Chile.

Examinar la validez de los reclamos históricos respectivos, basados en el uti possidetis, excede el alcance de este trabajo. Baste decir que ninguno de los dos países tenía un título tan claro como para estar dispuesto a arriesgar un arbitraje. El propósito aquí es, más bien, analizar si Chile realmente quería toda la Patagonia y si tomarla estaba dentro de sus capacidades. El tema fue sugerido inicialmente por un estudio que mostró que, para los líderes argentinos del siglo XIX, la “Conquista del Desierto” de 1878 y 1879 de Julio A. Roca —que puso fin a la lucha secular con los pueblos indígenas por la posesión de la pampa— tenía una significación estratégica como culminación de un concurso imperial con Chile, cuyo premio era la Patagonia.

La Constitución chilena de 1833 estableció como límites nacionales el Cabo de Hornos al sur y la cordillera de los Andes al este. Hacia el sur, Chile en la práctica ocupaba solo hasta el río Bío-Bío, en Concepción, y algunos puntos fuertes como Valdivia más allá. Los araucanos (mapuches) permanecían virtualmente soberanos al sur del Bío-Bío, bloqueando la expansión como lo habían hecho sus antepasados durante tres siglos. El gobierno tenía pocos incentivos para desplazarlos, y el sentimiento popular —alimentado por la epopeya de Ercilla— reforzaba esa reticencia. Hacia el este, la pampa y la Patagonia, pobladas por indígenas considerados feroces, eran poco conocidas y se tenían por poco valiosas. La atención chilena, como desde los primeros días de la colonia, se dirigía hacia el norte: Panamá, todavía un foco importante del comercio internacional, y Perú, al que Chile buscaba disputar la hegemonía comercial de la costa pacífica sudamericana.

La atención chilena se desplazó hacia el sur, al Estrecho, y hacia el este, a la Patagonia, con la llegada de la navegación a vapor. Los dos primeros vapores de la Pacific Steamship Navigation Company, el Chile y el Peru, navegaron desde Inglaterra a Valparaíso en 1840. En vez de seguir la ruta de vela por el Cabo de Hornos, pasaron por el Estrecho de Magallanes, transformándolo de manera dramática en una vía acuática internacional importante por primera vez. Pronto el vapor desviaría hacia Valparaíso gran parte del tráfico que entonces pasaba por Panamá, ofreciendo a Chile la supremacía comercial a la que aspiraba. El control del Estrecho se volvió de repente vital, económica y estratégicamente, para Chile. Su importancia también fue advertida por otros: en las décadas de 1820 y 1830 expediciones inglesas y francesas estudiaron la zona y, dado que ni Argentina ni Chile ocupaban el Estrecho —ni Patagonia ni Tierra del Fuego— se consideraba inminente una ocupación europea.

Por eso, Chile fundó el Fuerte Bulnes en la península de Brunswick en 1843 para afirmar su reclamo sobre el Estrecho y territorios adyacentes en la Patagonia. El gobierno del presidente Manuel Bulnes no dudaba de su derecho a ejercer soberanía en las inmediaciones del fuerte o de Punta Arenas, a cuyo entorno trasladó la colonia en 1849. Pero específicamente negaba tener derecho a ejercer soberanía sobre la porción oriental del Estrecho. Su acción precipitada buscaba impedir una intervención europea, no provocar una disputa con Argentina.

Buenos Aires protestó tardíamente en 1847. Siguió un debate intermitente que culminó en 1853 con la publicación de Miguel Luis Amunátegui, Títulos de la República de Chile a la soberanía y dominio del extremo sur del continente americano, que, apartándose de la posición tradicional chilena y de la Constitución de 1833, sostuvo que Chile tenía un reclamo válido —basado en documentos de la Corona— no solo sobre el Estrecho cerca de su colonia, sino también sobre toda la Patagonia. Sobre esa base, el territorio de Magallanes —con capital en Punta Arenas— se amplió para incluir el río Santa Cruz sobre el Atlántico. Los reclamos chilenos se extendieron al norte hasta el río Negro en el Atlántico y el río Diamante, a la latitud de Buenos Aires, en la cordillera. La evidencia histórica y los argumentos de Amunátegui se convirtieron en la base de la controversia posterior.

Sea cual fuere la validez legal de esos reclamos, la Constitución de 1833, al fijar la cordillera como límite, y el gobierno chileno, al renunciar en 1843 a la mitad oriental del Estrecho, los habían abandonado. Por eso, Chile utilizó el Tratado de 1856 —básicamente un acuerdo comercial entre Argentina y Chile— para intentar reactivar derechos. En su artículo 39, ambos países acordaron reconocer como fronteras las que cada uno poseía al separarse de España en 1810; resolver pacíficamente los litigios; y, si no lograban acuerdo, someterlos al arbitraje de una potencia amiga. Pero no se definió cuáles eran esos límites en 1810 ni qué reclamaba cada uno en 1856. Chile, así, obtenía un nuevo punto de partida para su estrategia de expansión. Las negociaciones se postergaron hasta la década de 1870, cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez impulsó conversaciones con el ministro argentino en Santiago, Félix Frías. Ambos atribuían gran importancia a la Patagonia, y a medida que avanzaba la década las discusiones se volvieron más amargas, llevando a ambos países al borde de la guerra en 1878.

Sin embargo, pese a reclamos ambiciosos, Chile mostró sorprendentemente poco interés por la Patagonia. Punta Arenas —su instrumento de ocupación efectiva del Estrecho— tenía apenas 202 habitantes en 1861. Además, era una colonia penal: una base frágil para un proyecto “imperial”. Recién en la década de 1870 se estabilizó con la introducción de ovinos desde las islas Malvinas. Aun así, sufrió tanto abandono que su guarnición se sublevó en noviembre de 1877 al grito de “¡Viva los argentinos!”. Chile no ocupó el río Santa Cruz, pese a reclamarlo como límite norte de Magallanes sobre el Atlántico, aunque la desatención argentina pudo haberlo permitido. Tampoco ocupó el extremo atlántico del Estrecho, que consideraba vital para su seguridad y desarrollo y que se volvió un punto central en las disputas de los años setenta.

En contraste con la precaria colonia del Estrecho, para la década de 1870 los chilenos habían ocupado claramente las laderas orientales de los Andes. La cordillera a la latitud de Buenos Aires, aislada físicamente por la aridez pampeana y por los indígenas hostiles del lado argentino, era geográfica y económicamente parte de Chile, y lo siguió siendo hasta fines del siglo XIX. Del mismo modo que los asentamientos del piedemonte oriental de Cuyo habían sido poblados desde Chile en tiempos coloniales, continuaron las migraciones cuando el lado oriental pasó a manos del Virreinato del Río de la Plata y luego de la República Argentina. El flujo anual oscilaba entre 800 y 1.000 personas incluso hacia 1879, y para ese año la población total sería de unos 30.000. Inicialmente concentrados a la latitud de Buenos Aires, se desplazaron progresivamente hacia el sur y finalmente ingresaron en el valle del Neuquén, frente al corazón araucano de Chile. Allí establecieron estancias de ganado vacuno y ovino conocidas como “Chilecitos”. Funcionarios chilenos residían entre ellos, y tanto los chilenos como los indígenas cordilleranos reconocían su autoridad.

Al sur del valle del Neuquén se encuentra el otro gran afluente del río Negro, el Limay, y el lago Nahuel Huapi, de donde nace. El lago está en el extremo norte de un gran corredor natural —la Depresión Preandina— que corre al pie de los Andes hasta el Estrecho. Descrito por primera vez por George Musters (que lo recorrió en 1869–70), era la única ruta terrestre hacia el Estrecho desde Chile o desde Buenos Aires. Es la parte más hospitalaria de la Patagonia; allí y en los valles fértiles que se abren hacia el desierto vivía la mayor parte de la población indígena. La Depresión Preandina, y no la costa atlántica, era la gran vía norte-sur y la clave para el control de la Patagonia por cualquiera de los dos Estados. Pero el flujo espontáneo de colonos desde Chile hacia ese corredor —que habría permitido a Chile controlar la Patagonia— fue bloqueado por las tribus araucanas al sur del Bío-Bío. Las comunicaciones chilenas con los Andes orientales no se extendían más allá del alto valle del Neuquén.

En la vasta región entre la cordillera y el Atlántico, hacia el sur hasta Punta Arenas, Chile procuró sostener su “ocupación efectiva” obteniendo reconocimiento de soberanía por parte de los indígenas. A los caciques se les otorgaban rangos militares, sueldos y regalos a cambio. Pero Argentina competía por esa lealtad, y los pueblos indígenas, defendiendo sus intereses, jugaban a uno contra otro.

Argentina tampoco evidenció mayor interés por la Patagonia que Chile. Hubo una colonia argentina en el río Negro en la década de 1840. Pero más al sur, la costa atlántica inhóspita había sido descuidada por el gobierno de Buenos Aires incluso en tiempos del Imperio español. Observadores del primer tercio del siglo XIX describían a la Argentina como delimitada por el Río de la Plata, la cordillera y el río Negro. El Estrecho parecía quedar fuera de su horizonte en los años 1840. Incluso Domingo Faustino Sarmiento —futuro presidente argentino, entonces exiliado en Santiago— había aconsejado al gobierno chileno fundar la colonia en el Estrecho y negado en 1847 que su país tuviera fundamentos para impugnarla. Sin embargo, las ambiciones argentinas hacia el sur se reflejan en un estudio de Pedro de Angelis (1852) que expone la pretensión argentina sobre la Patagonia, el Estrecho y Tierra del Fuego. El trabajo de Amunátegui al año siguiente fue la respuesta chilena.

El foco de la atención argentina hasta los años 1870 estuvo en el escenario internacional del Río de la Plata. Aun así, Argentina empezó a hacer valer sus reclamos patagónicos desde la década de 1860: se fundó una colonia en el río Chubut (costa central) y se instaló un puesto en el río Santa Cruz para comerciar con los indígenas. En los años 1870 se exploró sistemáticamente desde el río Negro al Santa Cruz y desde el Atlántico a la cordillera. Las expediciones más extensas y famosas fueron las de Francisco Moreno, cuyos informes publicados en Buenos Aires en 1878 —en plena tensión por la disputa limítrofe— reforzaron la decisión argentina de poseer la Patagonia.

En la práctica, sin embargo, Argentina no ocupó efectivamente ni siquiera hasta el río Negro hasta que se completó la Conquista del Desierto en 1879. La frontera pampeana se expandía y contraía según la fortuna de la guerra indígena. Hasta los años 1870 nunca se extendió más de cien millas desde el Río de la Plata; más al oeste, el límite sur estaba aproximadamente en la latitud de Buenos Aires. La pampa más allá de la frontera estaba dominada por indígenas a caballo que mantenían guerra constante contra sus vecinos argentinos y un comercio ganadero lucrativo con sus vecinos chilenos.

Estos indígenas eran araucanos cuyos antepasados —o ellos mismos— habían sido atraídos hacia el este desde la cordillera y desde Chile por los enormes rodeos de la pampa oriental. Esos rodeos eran el centro de su vida. El caballo era tan vital en la pampa como en las Grandes Llanuras de Estados Unidos. El ganado vacuno, en cambio, tenía importancia comercial: desde mediados del siglo XVIII se vendía en Chile a curtidores y a los saladeros que producían carne salada y charqui para los puertos del Pacífico. En los años 1870 el volumen anual del comercio se estimaba en 40.000 cabezas. Algunos observadores sostenían que era tan grande que perjudicaba el comercio legítimo entre provincias argentinas y Chile, y parece fuera de duda que afectaba el precio de la carne en el sur chileno.

El ganado ofrecido por los indígenas pampeanos se obtenía asaltando estancias de la frontera argentina. Durante el siglo previo a la Conquista del Desierto, la frontera fue escenario de un conflicto sangriento continuo: los indígenas buscaban participar de la riqueza animal de las llanuras orientales. Columnas guerreras provenientes de las tierras araucanas de Chile, que miraban hacia el este como una oportunidad de enriquecimiento, reforzaban a sus aliados de la pampa; los malones se parecían a una guerra sin cuartel. Atacaban sin aviso desde el desierto para arrear vacunos, caballos e incluso ovejas. Capturaban mujeres y niños cuando podían y luego se desvanecían hacia el desierto con el botín, dejando destrucción, muerte y terror. Las fuerzas militares argentinas parecían impotentes: las columnas montadas que perseguían en la pampa volvían a pie, derrotadas no por los indígenas —que solían eludirlas— sino por un adversario igualmente formidable: el desierto desconocido.

Los indígenas conducían el ganado hacia el oeste por una red de rastrilladas bien establecidas, marcadas por incontables cascos durante largos períodos. Las conocían como Caminos de los Chilenos; enlazaban las fronteras de las provincias argentinas con los pasos cordilleranos hacia Chile, ofreciendo pasturas, leña y agua en el trayecto. La mayoría cruzaba el río Neuquén e ingresaba en la actual provincia argentina del Neuquén. Hacia el oeste, la cordillera que hoy es frontera con Chile es relativamente baja, con varios pasos abiertos todo el año. Del otro lado estaban las tierras de los araucanos no sometidos y las provincias chilenas, principales mercados del ganado robado. Ese comercio de ganado sustraído, realizado con comerciantes chilenos, fue la causa más importante de la guerra que devastó la frontera argentina. Orientó vastas áreas hacia el Pacífico, en lugar de hacia el Río de la Plata, pese a las barreras de la pampa árida y los Andes. Y, a juicio de autoridades argentinas, le daba a Chile control e influencia sobre la pampa y un eventual medio militar para hacer valer su reclamo sobre la Patagonia.

En 1774 el jesuita inglés Thomas Falkner había llamado la atención sobre la desatención española de la Patagonia y sobre la factibilidad de conquistar Chile desde el Atlántico avanzando por el río Negro y cruzando la cordillera con tropas indígenas auxiliares. Un siglo después, autoridades argentinas creían que la desatención pampeana volvía a la Argentina vulnerable a un ataque similar desde Chile. Desde 1849, expediciones chilenas habían reconocido esa ruta “al revés”, desde Valdivia a las nacientes del Limay, afluente sur del río Negro. En 1862, el chileno Guillermo Cox, probando específicamente la hipótesis de Falkner sobre el río Negro como vía de comunicación entre Valdivia y el Atlántico, debió regresar por presión indígena en el Limay. Los indígenas pampeanos constituían una fuerza auxiliar potencial, como la que Falkner había imaginado; y había refuerzos disponibles en la cordillera y en Chile.

Autoridades argentinas sostenían que una guerra con Chile por la Patagonia no se libraría en la Patagonia ni en sus aguas, sino a lo largo del borde norte y este de la pampa. Indígenas reforzados por pocos regulares llevarían la guerra a la frontera argentina, mientras el ejército chileno cruzaría la baja cordillera neuquina y tomaría el río Negro y toda la Patagonia hacia el sur. Los indígenas servirían de “colchón” para asegurar la nueva frontera chilena en el río Negro frente a ataques argentinos por tierra, mientras la marina chilena garantizaría la seguridad patagónica por mar. Los argentinos creían factible esa estrategia: se decía que indígenas cordilleranos habían ofrecido asistencia militar a Chile cuando la crisis alcanzó el umbral de guerra en 1878.

El peligro se agravaba por las relaciones argentinas con sus vecinos platenses. Argentina estuvo en la Guerra del Paraguay (1865–1869), durante la cual los indígenas devastaron la frontera. Al terminar la guerra y poder volver la atención al oeste y al sur, pareció inminente un conflicto con Brasil por el Chaco paraguayo. Incluso cuando ese riesgo cedió, Argentina debió ponderar la actitud brasileña ante cualquier decisión que pudiera llevarla a un conflicto con Chile. Una alianza chileno-brasileña, o un ataque chileno coincidente con una crisis en el Plata, incrementaría la vulnerabilidad de la frontera pampeana a un asalto con auxiliares indígenas.

Las actividades argentinas para fortalecer su reclamo patagónico en las décadas de 1860 y 1870 fueron acompañadas por acciones para arrebatar el control de la pampa a sus dueños indígenas. La estrategia básica era interponer un cordón militar entre indígenas y estancias para negarles el acceso a los rodeos del este y, así, privarlos no solo del ganado sino de los caballos de los que dependía su existencia. La estrategia se volvió más eficaz con el correr de la década. Las campañas de Roca en 1878 y 1879 buscaban establecer la frontera militar sobre los ríos Negro y Neuquén, creando una barrera natural, defendible, que terminara de manera permanente con el comercio ganadero y trajera paz a la pampa. Pero, desde la mirada argentina, Chile no podía permitirlo. Los incidentes jurisdiccionales en el lejano sur, cada vez más frecuentes, se interpretaron como parte de una maniobra chilena para desviar la atención nacional de la frontera pampeana y, sobre todo, forzar la postergación de la campaña de Roca, para que los indígenas conservaran su predominio y su potencial como auxiliares en una futura guerra por la Patagonia.

Dos semanas después de que Chile declarara la guerra a Bolivia y Perú (Guerra del Pacífico) en abril de 1879, Roca inició la campaña final de la Conquista del Desierto. La frontera argentina se estableció sobre los ríos Negro y Neuquén. Por primera vez, la autoridad nacional se ejerció sobre toda la pampa. La cordillera y sus habitantes chilenos también quedaron bajo control argentino. Además, la nación obtuvo bases avanzadas para proyectar su poder hacia el sur por la Depresión Preandina, por diplomacia o por la fuerza. Pero para Roca lo decisivo fue que la Conquista del Desierto terminó con el comercio ganadero y, con él, la influencia chilena en la pampa, negándole a Chile el medio militar para hacer valer su reclamo patagónico. Desde entonces, las autoridades argentinas consideraron que un tratado fronterizo satisfactorio era cuestión de tiempo.

Para los revisionistas del siglo XX, Chile “perdió su cita con el destino” al no presionar su reclamo patagónico cuando habría podido hacerlo con éxito. Sin embargo, cabe preguntarse si los líderes chilenos del siglo XIX alguna vez tuvieron la ambición de toda la Patagonia. La navegación a vapor, que volcó a Chile hacia el Estrecho, coincidió con el descubrimiento del valor comercial del guano como fertilizante, que reforzó simultáneamente su preocupación por el norte. Chile competía con Perú por la hegemonía pacífica y disputaba con Bolivia los derechos minerales en Antofagasta, lo que culminó en la Guerra del Pacífico. Además, muchos líderes chilenos no estaban convencidos por los argumentos de Amunátegui. Y existía una creencia extendida —basada en parte en Darwin— de que la Patagonia era inútil. Era evidente que Argentina pelearía por retenerla, y había consenso en Chile en que, si bien el Estrecho era vital para su futuro, el resto de la Patagonia no valía una guerra.

En 1865 Chile envió a Buenos Aires su primera misión diplomática desde el inicio del conflicto limítrofe, con el objetivo de resolverlo. La prensa porteña, que sostuvo con combatividad la posición argentina, acusó a Chile de querer la guerra para tomar la Patagonia. Pero el enviado chileno José Lastarria era escéptico tanto sobre el valor de la Patagonia como sobre el reclamo chileno. Ignorando instrucciones de sostener los reclamos sobre Patagonia además del Estrecho, insistió en que la Patagonia era posesión argentina y no estaba en discusión. Propuso un arreglo por el cual Chile recibiría toda Tierra del Fuego, la mayor parte del Estrecho y territorio al norte suficiente para seguridad y desarrollo. En Patagonia sugirió una frontera por las bases orientales de la cordillera aproximadamente hasta la latitud del Nahuel Huapi.

Los intereses de Lastarria se limitaban claramente al Estrecho: buscaba asegurar su porción occidental y garantizar comunicación terrestre entre Punta Arenas y Chile vía Nahuel Huapi y la Depresión Andina. Mientras negociaba, el ejército chileno avanzaba contra los araucanos, lo que podía volver accesible esa ruta. Pero su propuesta abandonaba a Argentina la cordillera oriental al norte del lago, precisamente el único sector de “Patagonia” que Chile ocupaba efectivamente. Se ha especulado que incluso al sur del lago Lastarria habría aceptado la cresta andina como frontera, dejando toda la cordillera oriental a Argentina, si con ello lograba sus objetivos en el Estrecho. En definitiva, su posición se parecía a la del gobierno de Bulnes en 1843: no aseguraba siquiera el Estrecho completo, mucho menos la Patagonia. El gobierno chileno desaprobó su propuesta, pero no la desautorizó. Argentina, concentrada en la Guerra del Paraguay, no insistió y el tema quedó estancado el resto de los años sesenta.

La disputa se reactivó en serio cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez la retomó en 1872. Ibáñez estaba convencido de los derechos chilenos sobre la Patagonia y era de los pocos en Chile que consideraba el área importante. Previendo la futura grandeza argentina, creía que solo la Patagonia permitiría a Chile mantener el equilibrio. La incomodidad argentina de comienzos de los años 1870, con riesgo de guerra con Brasil por las secuelas de la Guerra del Paraguay, pareció ofrecer una oportunidad. Pero la pugna por Patagonia se desarrolló bajo la sombra de rivalidades más antiguas en el Pacífico y también en el Plata.

Ibáñez buscó aprovechar la situación; Perú y Bolivia firmaron un pacto secreto contra Chile e invitaron a Argentina a sumarse. Sarmiento llevó el tema al Congreso. Sin embargo, el peligro para los intereses chilenos en los yacimientos salitreros de Antofagasta limitó las ambiciones de Ibáñez en Patagonia. En la retórica de la disputa, podía afirmar que toda la Patagonia pertenecía a Chile, pero en la práctica buscaba el Estrecho y una porción de la costa atlántica, y retener los valles de la cordillera oriental ocupados por ganaderos chilenos, considerados indispensables como complemento de la limitada agricultura del Chile central. A medida que avanzaban negociaciones, moderó su posición y ofreció dividir la Patagonia a lo largo del paralelo 45, aproximadamente por la mitad. Estaba dispuesto a ceder pasturas de las laderas orientales e incluso la comunicación terrestre con Punta Arenas a cambio del Estrecho y una frontera sobre el Atlántico. La Patagonia tenía un valor meramente potencial; las campañas chilenas contra los araucanos se habían cancelado en 1870 y los accesos terrestres al sur seguían cerrados. El Estrecho, en cambio, era la principal ruta del comercio europeo al Pacífico y su posesión era vital. Ibáñez se lo explicó al ministro argentino Félix Frías: la posesión del Estrecho en toda su extensión era tan importante para Chile que de ella dependían no solo su progreso, sino su existencia como nación independiente.

Para los chilenos, “todo el Estrecho” implicaba una frontera sobre el Atlántico. Argentina concedía la porción occidental del Estrecho y la mitad de Tierra del Fuego, pero no aceptaba un enemigo potencial en su flanco sur y buscaba impedir que Chile ocupara cualquier porción de la costa atlántica, ya fuera en Patagonia o en Tierra del Fuego. Ese punto —y no la posesión de toda la Patagonia— fue el núcleo del conflicto durante el resto de la década. En el Tratado de 1881, cuando Argentina cedió a Chile el Estrecho entero, trazó la frontera de modo de excluir a Chile del Atlántico y obtuvo el compromiso de que el Estrecho no sería fortificado.

El debate Ibáñez–Frías continuó tres años. Sin acuerdo, la acción pasó a Buenos Aires: el canciller argentino Carlos Tejedor y el ministro chileno Guillermo Blest Gana acordaron en 1874 someter el tema a arbitraje, el primero de tres intentos infructuosos. Ninguno quiso arriesgar un fallo. Avellaneda anuló el acuerdo en 1875. En 1876 Chile reabrió negociaciones y envió a Diego Barros Arana como ministro, con instrucciones conciliadoras. Chile ya no pedía el paralelo 45, sino el río Santa Cruz o, como mínimo, el río Gallegos: en los hechos, pretendía el Estrecho y el límite natural más cercano al norte, lo que igual le daba presencia atlántica.

Hacia 1876, los problemas argentinos con Brasil y Paraguay se encaminaban a cerrarse y la actitud argentina se endureció. En el área disputada entre el Santa Cruz y el Estrecho, ambos Estados comenzaron a ejercer soberanía otorgando licencias para cargar guano y sal, expulsando buques autorizados por el otro. En 1876, Chile capturó el buque francés Jeanne Amelie que cargaba guano con licencia argentina: la prensa argentina clamó por guerra. Barros Arana firmó luego nuevos acuerdos de arbitraje con Irigoyen (mayo de 1877) y Elizalde (enero de 1878). En ambos, Chile aceptó las cumbres más altas de los Andes como frontera, reconociendo así que la Patagonia pertenecía a Argentina. Lo que quedaba por arbitrar era dónde trazar la línea en el Estrecho. Mientras tanto, se acordó jurisdicción interina: Argentina en todo el Atlántico hasta la boca del Estrecho; Chile en todo el Estrecho. Los negociadores sabían que esa delimitación interina influiría en el árbitro y que, en los hechos, estaban dibujando la frontera futura.

Chile volvía a su posición tradicional de la cordillera como límite oriental. La única herencia de Amunátegui y del Tratado de 1856 era su ambición por la porción oriental del Estrecho. Con modificaciones menores, esos acuerdos serían el Tratado de 1881 y el mapa actual. Pero en 1878 ninguno estaba listo: Chile quería un límite natural en el Atlántico (al menos el Gallegos) y Barros Arana había ido más allá de sus instrucciones; fue llamado en mayo de 1878.

Entretanto, la relación se deterioró. Argentina exigía cooperación chilena para terminar con el comercio ganadero entre indígenas y comerciantes chilenos; la negación y la falta de ayuda aumentaron el resentimiento. A la vez, incidentes entre Santa Cruz y el Estrecho elevaron la tensión: Chile capturó la Jeanne Amelie (1876), Argentina expulsó a la estadounidense Thomas Hunt (1877), y el buque argentino Fulminante explotó misteriosamente en Buenos Aires ese mismo año, desatando acusaciones y gritos de guerra. En Chile, donde la opinión pública había sido relativamente indiferente a los incidentes patagónicos, estallaron manifestaciones contra Argentina en Santiago en 1878. En ese clima, Chile apresó otra nave licenciada por Argentina, la Devonshire (registro estadounidense), y una escuadra argentina zarpó al sur mientras ambos se preparaban para la guerra.

Para Chile, la Guerra del Pacífico estaba a meses; para Argentina, al umbral del crecimiento extraordinario de los años 1880, la prioridad era la paz y el desarrollo. En Argentina se sentía que en una década el país sería lo bastante poderoso para tomar el territorio en disputa sin las incertidumbres de una guerra. El peligro de un conflicto que ninguno deseaba llevó a un nuevo acuerdo de arbitraje: el tercero, firmado en Santiago en diciembre de 1878 por el canciller chileno Alejandro Fierro y el cónsul argentino Mariano de Sarratea. Como antes, jurisdicción interina: Argentina en el Atlántico, Chile en el Estrecho. Aunque se estipuló que no influiría en el árbitro, implicaba que Chile abandonaba su posición atlántica; hubo oposición en su prensa. Pero la inminente guerra con Perú y Bolivia hacía deseable la paz con Argentina y Chile ratificó en enero de 1879. Argentina, ya aliviada por el estallido del conflicto en el Pacífico, rechazó oficialmente el pacto en julio de 1879 y, tras la partida del ministro chileno José Balmaceda, las relaciones quedaron casi cortadas.

En Argentina, el sentimiento anti-chileno era tan intenso que hubo apoyo para aliarse con Perú. Pero no convenía entrar. Se esperaba que incluso un Chile victorioso quedara debilitado, permitiendo a Argentina imponer un arreglo. Sin embargo, cuando Chile, tras victorias sorprendentes, anunció que retendría permanentemente Antofagasta y Tarapacá, Argentina temió que el arreglo pudiera ser dictado por Chile y reconoció la ventaja de negociar mientras Chile seguía en guerra. Al mismo tiempo, las ambiciones territoriales de Chile generaron una ofensiva diplomática en su contra por parte de no beligerantes opuestos a la expansión por guerra. Argentina, sin sumarse al conflicto, adoptó una actitud benevolente hacia los aliados y jugó un papel importante en maniobras diplomáticas para contener a Chile. Chile empezó a advertir que un acuerdo patagónico satisfactorio podía inducir a Argentina a darle “mano libre” para cerrar la Guerra del Pacífico.

La expectativa de que incidentes como el de la Devonshire se repitieran llevó al secretario de Estado James G. Blaine a alentar a los representantes estadounidenses en ambos países a facilitar una solución. Con relaciones casi cortadas desde mediados de 1879, los ministros de Estados Unidos en Chile (Thomas A. Osborn) y en Argentina (Thomas O. Osborn) mediaron aprovechando el cambio de actitudes. El Tratado de 1881, firmado en julio y ratificado en octubre, reprodujo los acuerdos que Barros Arana había alcanzado con Irigoyen (1877) y Elizalde (1878). Estableció los límites actuales en Patagonia y Tierra del Fuego: Chile recibió el Estrecho de Magallanes íntegro; Argentina recibió la Patagonia y logró impedir que un enemigo potencial se asentara en su flanco sur; Chile quedó excluido de la costa atlántica y, aunque avanzó hasta la entrada al Atlántico, aceptó que el Estrecho no fuese fortificado.

El Tratado de 1881 contenía los gérmenes de una controversia posterior. La cláusula que fijaba la frontera en “las cumbres más elevadas que dividen las aguas” asumía que la cresta más alta coincide con la divisoria de aguas; en realidad, no siempre. Al sur del paralelo 41, la cresta más alta estaba de un lado y la divisoria del otro. Con Argentina reclamando la primera y Chile la segunda, y sin concesiones, la disputa volvió al borde de la guerra hasta resolverse por arbitraje en 1902.

Pero así como el tratado ignoró realidades geográficas, las recriminaciones de historiadores nacionalistas chilenos también suelen ignorar la realidad de las relaciones internacionales del siglo XIX. Para Chile eran vitales la riqueza mineral del Atacama al norte y el Estrecho al sur. Pese a la visión de Amunátegui de una “Patagonia chilena” y a la importancia estratégica que líderes argentinos atribuían a la Conquista del Desierto, Chile mostró consistentemente disposición a conformarse con el Estrecho y solo la porción de Patagonia necesaria para asegurarlo. Incluso Ibáñez estaba dispuesto a canjear los valles andinos por el Estrecho. La cuestión real era si debía existir una presencia chilena en el Atlántico. No hay evidencia de que Chile realmente quisiera toda la Patagonia, pese a sus reclamos, ni parece que tomarla estuviera dentro de sus capacidades. Chile no podía obtener Patagonia sin guerra con Argentina, porque Argentina no aceptaría a Chile como vecino meridional. Pero un conflicto así habría empujado a Argentina a la alianza ofrecida por Perú y Bolivia, poniendo en riesgo intereses chilenos vitales en el norte y en el sur. Que la riqueza del Atacama resultara efímera y que el potencial agropecuario de la Patagonia se volviera un complemento necesario para las tierras restringidas de la vertiente pacífica son hechos del siglo XX. En la perspectiva del siglo XIX, entre la certeza mineral del norte y las posibilidades vagas de una tierra desconocida, poblada por “salvajes” hostiles, solo podía haber una elección.

Argentina and Chile: The Struggle for Patagonia 1843-1881

Source: The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363
Published by: Academy of American Franciscan History
Stable URL: http://www.jstor.org/stable/981291.
Accessed: 21/11/2014 18:17



sábado, 9 de mayo de 2026

Conquista del desierto: Victoria en Aluminé contra fuerzas araucanas y chilenas

Combate de la Laguna Aluminé





El 17 de febrero de 1883, en las cercanías de la laguna Aluminé, en lo que entonces era el Territorio Nacional de Río Negro (actual provincia de Neuquén, Argentina), ocurrió un incidente armado conocido como el Combate de Laguna Aluminé, durante el contexto de la Conquista del Desierto argentina y la Ocupación de la Araucanía chilena. Una patrulla de exploración del Ejército Argentino, compuesta por tres oficiales y 33 soldados al mando del sargento mayor Juan Gabriel Díaz, se vio reducida a 19 hombres efectivos tras enviar dos grupos en reconocimiento. Esta fuerza fue rodeada por un grupo de aproximadamente 100 a 150 indígenas (principalmente araucanos, autodenominados mapuches), quienes amenazaban con atacar.

En ese momento, un infante chileno se acercó al flanco izquierdo argentino portando una bandera de parlamento. Al detectar que detrás de él avanzaba una compañía de infantería ocultándose, Díaz ordenó abrir fuego. Los atacantes cargaron a bayoneta, pero fueron repelidos por los argentinos. Según el parte oficial argentino, resultaron siete chilenos muertos en el campo, mientras que los heridos fueron evacuados por los indígenas. Se capturaron seis fusiles Martini-Henry, que eran de dotación estándar en el Ejército de Chile durante ese período (ver), habiendo sido adoptados alrededor de la Guerra del Pacífico (1879-1884).



Las fuentes argentinas describen el episodio como un enfrentamiento con tropas chilenas, enfatizando el heroísmo de la patrulla local. Sin embargo, versiones chilenas o neutrales aclaran que los involucrados chilenos podrían no haber sido soldados regulares del Ejército de Chile, sino posiblemente desertores, colonos o individuos aliados con los mapuches en un contexto de fronteras difusas y tensiones territoriales. El incidente, uno de varios roces menores en la Patagonia, no escaló a un conflicto mayor y se resolvió mediante vías diplomáticas entre Argentina y Chile.



viernes, 17 de abril de 2026

Estrecho de Magallanes: Polémicas por el paso bi-nacional que une a dos océanos

Polémica en Chile por contralmirante argentino que aseguró que parte del Estrecho de Magallanes les pertenece

“La boca de Magallanes es argentina”, sostuvo el jefe del Servicio de Hidrografía Naval, Hernán Montero, y las reacciones no se hicieron esperar
Mauricio Palazzo || Infobae

Desde Santiago de Chile





Dos hombres en videollamada. A la izquierda, un hombre barbudo con auriculares y micrófono. A la derecha, un hombre mayor con cabello blanco y uniforme militar

“La boca que une Cabo Vírgenes con Punta Dúngenes y de ahí hacia el Este, es argentina”, sostuvo el contralmirante Montero.

Una álgida controversia provocaron en Chile las declaraciones del jefe del Servicio de Hidrografía Naval de Argentina, contraalmirante Hernán Montero, quien en un podcast de Youtube llamado ‘OID MORTALES’ aseguró que la boca del Estrecho de Magallanes le pertenece a la Argentina.

Según sus dichos, el Estrecho de Magallanes “es un canal internacional, está dentro de espacios marítimos chilenos (…), tienen que mantenerlo expedito y no se puede interrumpir la navegación, pero es chileno, excepto la boca (...). La boca de Magallanes es argentina. La boca que une Cabo Vírgenes con Punta Dúngenes y de ahí hacia el Este, es argentina”, manifestó.

“El Estrecho de Magallanes no se puede interrumpir su navegación (…) Puedes cobrar si brindas un servicio. Sí, Chile tiene servicio de practicaje“, agregó el uniformado.

Sus afirmaciones, realizadas en enero pasado, se viralizaron recién este martes, razón por la cual diputados de diversos colores políticos criticaron la exposición del contraalmirante Montero y anunciaron un oficio a la Cancillería para que tome cartas en el asunto.
Dos mapas lado a lado muestran las fronteras marítimas del Estrecho de Magallanes entre Chile y Argentina, con diferencias claras en la sección este, cerca del Atlántico


Una comparación cartográfica ilustra las diferentes interpretaciones de Chile y Argentina sobre los límites marítimos en el Estrecho de Magallanes, destacando la zona en disputa.


“Declaraciones improcedentes”

Los primeros en reaccionar fueron los diputados miembros de la Comisión de Relaciones Exteriores (RREE), Juan Carlos Beltrán y Daniel Valenzuela (ambos RN), quienes aseguraron que la soberanía del estrecho “no está en discusión” y “no admiten reinterpretaciones antojadizas“.

“Las declaraciones de autoridades argentinas sobre la boca oriental del Estrecho de Magallanes son improcedentes y desconocen tratados internacionales plenamente vigentes, que establecen con claridad la soberanía chilena sobre este territorio”, sostuvo Beltrán, según reza una nota de BioBíoChile.

“Chile siempre ha respetado el derecho internacional, y esperamos lo mismo de nuestros vecinos. No hay espacio para interpretaciones: el Estrecho de Magallanes es chileno y su soberanía no está en discusión“, indicó.

Sus palabras fueron refrendadas por Valenzuela, quien manifestó como un hecho “preocupante que se emitan este tipo de afirmaciones que no contribuyen al buen entendimiento entre países vecinos. Los límites entre Chile y Argentina están claramente definidos y no admiten reinterpretaciones antojadizas“.

“Como país, debemos ser firmes en la defensa de nuestra soberanía. El Estrecho de Magallanes es parte integral del territorio chileno, y cualquier duda al respecto debe ser descartada con claridad y responsabilidad”, afirmó.

En la misma línea, la diputada de oposición Ericka Ñanco (FA) declaró que “las declaraciones del contralmirante Montero, jefe del Servicio de Hidrografía Naval de Argentina, ponen en duda algo que para Chile es claro: la integridad del Estrecho de Magallanes como territorio es de soberanía chilena“.

“Eso no solo es grave, también desconoce lo pactado en el Tratado de Límites de 1881, particularmente en sus artículos 2 y 3, y lo reiterado en el Tratado de Paz y Amistad de 1984, que además establece que Argentina no puede obstaculizar su ingreso o salida“, fustigó.

Debido a esto, informó que enviará a la brevedad un oficio al Ministerio de Relaciones Exteriores a fin de que “se pronuncie con claridad y defienda, sin ambigüedades, la soberanía de nuestro país”.

Finalmente, y consultados por el medio citado, desde la Cancillería respondieron brevemente que Chile se ajusta a los tratados internacionales que reconocerían la soberanía sobre el estrecho de Magallanes de la nación vecina.



sábado, 11 de abril de 2026

ZEE: Los límites en el Cono Sur

Intereses marítimos en el Cono Sur

Matías Battaglia (@MBattaglia07)




Para tener una imagen completa de los intereses maritimos del Cono Sur -incluyendo al Atlántico 🇦🇷🇧🇷🇺🇾 y al Pacífico 🇨🇱- sale mapa con: 

▶️ Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) 🐟
▶️ Plataformas Continentales 🏔
▶️ Reclamaciones Antárticas 🇦🇶
▶️ Mar Presencial de Chile ⛴️

domingo, 5 de abril de 2026

Carrera naval Argentina-Chile: La visita del Gral. Roca a Punta Arenas

Roca en Punta Arenas


Mis recuerdos de entonces -
El Viaje del Presidente Roca a Punta Arenas
Por el capitán de fragata Teodoro Caillet-Bois
Año 1898.

Fuentes: Boletin del Centro Naval.




Recién egresado de la Escuela naval, mi primer embarco es en el 25 de Mayo, capitán de fragata Emilio Barilari. El buque forma parte de la División de cruceros al mando de su hermano Atilio, entonces capitán de navio. Estamos fondeados en Rada Exterior y llevamos una vida ruda de ejercicios y aislamiento, meses sin bajar a tierra, por lo menos la gente y los guardia-marinas. No se ha establecido aun la conscripción, y la tripulación es toda de enganchados, conglomerado artificial de individuos más o menos al margen de la vida normal, sacados algunos de la cárcel, o ex-muchachones enviados a bordo para corrección, con sueldo miserable que no está en proporción con la época de relativa prosperidad que ha alcanzado el país. Pero la prolongada vida en rada abierta ha templado esa gente, volviéndola eximia en faenas marineras, sobre todo en manejo de embarcaciones...

Estamos frecuentemente acuartelados, pues la cuestión de límites con Chile, arreglada en 1881 en lo referente al Estrecho, ha permanecido desde entonces latente y pasa en los últimos tres años por un período delicado, el de la "paz armada", que al parecer está llegando a su crisis. Ambos países se arman a toda prisa y adquieren barcos de guerra -, cada costosa adquisición es retrucada con otra no menos costosa. Como no hay mal que por bien no venga, esta tensión ha tenido una virtud por lo que a mi modesta persona se refiere, la de apresurar mi egreso de la Escuela naval: Los cursos anuales se redujeron a semestres, sumando sólo dos años y medio para mi "camada"; y como yo además gané un año al ingresar, he tenido en definitiva sólo año y medio de escuela; el mínimum que se haya registrado.

Ha anochecido... A la hora de retreta el largo toque de "oración" —en mala hora abolido y en el que el trompa desplegaba toda su virtuosidad— nos ha emocionado con sus notas sentidas, recordándonos en medio minuto de recogimiento la Patria, los seres queridos, el mundo donde se vive... ; es el único momento sentimental en la vida del buque. Ahora las tripulaciones duermen. Viento fresco de afuera, con bastante oleaje...

Novedades: ...el timonel avisa que del puerto viene un vaporcito: ...En efecto, una lucecita blanca, una, dos, de color, bailan sobre la marejada en dirección a la ciudad, entre las tinieblas... Cada vez más erca...; luego ruido de cadena filada por el escobén; el aviso —Gaviota o Golondrina, no recuerdo— ha fondeado en medio de la escuadra.

¿Qué puede traerlo así de noche y con mal tiempo?... De fijo la declaración de guerra, que siempre se está esperando...: tal es el comentario en la cámara. Mi buque está de guardia y yo de ayudante, con lo que es a mí a quien toca salir en lancha para el vaporcito.

Arriar lancha de noche en mal tiempo, con el oleaje corto y duro característico de nuestro estuario, no es tarea fácil, y me es grato registrar aquí la admiración que me dejó grabada en la mente aquella dotación: En un santiamén estuvo la lancha en el agua, junto a la escala, levemente abierta del costado por el diestro manejo de barloa, timón, bichero y peanas, hocicando más de un metro en el seno de las olas.

Luego, la bogada firme y segura de doce mocetones —nunca tuvo mejores bogadores la escuadra—... y heme aquí en el vaporcito: Despachos para el jefe de la escuadra. No recuerdo de qué se trataría...; pero, una vez más y felizmente, no era la fatídica resolución que lanzaría uno contra otro a dos pueblos hermanos...



Meses después, Enero 12 del 99, día radioso y sin nubes, la Sarmiento está lista a desplegar sus alas para la primer campaña, que será de circunnavegación y durará dos años. Inmenso gentío se ha reunido en Dársena Norte, pues el acontecimiento no es para menos.. . y hasta mucha gente duda de que nuestros "marinos de agua dulce", sean capaces de semejante aventura. Se espera la visita del Exmo. Señor Presidente, teniente general Julio A. Roca.

A las 10.30 —registran mis apuntes— el Presidente es recibido en la planchada por los jefes de la fragata; despliégase su insignia, a la vez que se empavesan los buques de guerra vecinos La oficialidad, incluso guardiamarinas - alumnos, está reunida en toldilla; la tripulación desfila marcialmente... Después del almuerzo el general dirige corta alocución a los cuarentiún guardiamarinas cuya instrucción marinera es el objeto principal del largo viaje, (x)... y luego abandona el barco entre los hurras de la marinería distribuida en la arboladura.

Fué ésta mi primera visión del personaje, y cabe imaginar la curiosidad y respeto con que lo contemplamos. Ocupaba por segunda vez la presidencia y rodeábale considerable prestigio, tan sólo superado por el de la noble figura de Mitre, que pertenecía ya a la Historia. Para el vulgo, el público del "Don Quijote" —en el que me contaba yo hasta entonces— tenía fama de astuto, a la que daban pábulo su talante grave y su frente de pensador, y hasta se decía que el "Zorro" se lo había fumado en pito a "Don Bartolo" en ocasión de un famoso "acuerdo", al regreso de un viaje del último a Europa. El hecho real es que las dos presidencias de Roca se desarrollaron tranquilamente del puntó de vista de la política interna, sin apartarse de las normas constitucionales, lo que no es poco decir, y que en ambas fué grande el progreso del país. Supo rodearse de ministros eficaces, con prescindencia a menudo de las exigencias partidarias: tales fueron los de marina Martín Rivadavia y Onofre Betbeder. (negrita del editor)

Golfo Nuevo, 19 de enero.—En los ocho días transcurridos hemos tomado contacto con el mar, fuente insuperable de belleza. El tiempo ha sido bueno en general, y una vez fuera del turbio estuario tuvimos amplio espacio para admirar las aguas profundas del Atlántico, azul intenso o verde traslúcido y el inmenso velamen tapando mitad del cielo y barriendo nubes y estrellas en el pausado semicírculo de los bandazos. Espectáculo soberbio e impresión imborrable, que difícilmente podrán ya sentir las nuevas generaciones, pues estamos asistiendo ahora precisamente a la extinción de los grandes buques de vela. Baste mencionar que Inglaterra ,reina de los mares, no posee ya una sola fragata a vela, que los Estados Unidos sólo tienen dos o tres, de las que una —horresco referens— está amarrada en una caleta sirviendo de local para reuniones y bailes —como quien tuviera atado un ictiosaurio en una feria—¡ la otra atiende una línea de tráfico, pero lo hace con permanente pérdida, por capricho marinero de un millonario, como estanciero que unciese al arado un gliptodón.

Breve escala en Madryn, durante la cual —dice mi libreta de apuntes— sopla constantemente viento muy fuerte de tierra, arruchado a veces-, produciendo un raro zumbido en el aire. Costas de aridez espantosa; matorrales achaparrados color rojizo, como calcinados...: tal mi primera impresión, algo extraña y muy poco halagüeña, de la Patagonia. Madryn se compone de cinco casas: la subprefectura, galponcito desierto, con un inquietante letrero previniendo en seis idiomas a los desertores en ciernes que de aquí a la colonia del Chubut hay 51 millas sin agua; otro galponcito es oficina del Telégrafo que se está instalando; un almacén, dos viviendas y.... un galpón del F. C. Del ferrocarril, sí, pues dentro de esta pobreza Madryn tiene su muellecito y su trencito; este último lo comunica con Trelew, de donde le trae agua, a precio de pesos 10 la tonelada. ¡Benditos galenses!

 

Puerto Madryn 1899


Al día siguiente de nuestro arribo llega al fondeadero el veterano Villarino, con el Gobernador del Chubut, coronel O' Donnell, arbolando insignia de general, la que es saludada por la Sarmiento.



El 21 entra el San Martín, insignia de la "división Bahía Blanca", que manda el capitán de navio Manuel J. García. El hermoso barco es una de las recientes adquisiciones navales, el segundo de los cuatro cruceros acorazados que por más de treinta años nos constituirían una escuadra homogénea y eficaz; su aspecto es militar, como de fortaleza, y produce en nuestros ánimos juveniles impresión de poder y seguridad, nuestra primer noción del dominio del mar.

El capitán García visita a la Sarmiento y nos dirige la palabra. Niego a nadie, dijo, el derecho de experimentar mayor regocijo, y de apreciar mejor que yo el inmenso progreso que para nosotros representa encontrar reunido en la cubierta de esta nave un grupo tan numeroso y brillante de marinos argentinos. . . ; porque para ello. . . es necesario haber conocido, juzgando como marino educado, el abismo material y moral que separaba hace unos veinte años la marina argentina de cualquier marina debidamente constituida...

Su expresión ora sentida y franca y merece aquí una explicación. Manuel José García, nieto o biznieto del procer y famoso diplomático del apellido, fué una de las figuras más notables de nuestra moderna marina. Distinguidísimo, elegante y culto, formado en la marina francesa, hablaba correctamente todos los idiomas, conocía a fondo la profesión en todas sus fases y en todas dejó huellas de su saber en forma de conferencias, textos e inventos. Su trasplante de la marina francesa a la criolla, incipiente y precaria, con el viejo Brown como única unidad de fuerza durante quince años, debió constituir un rudo contraste. Nadie como él, ciertamente, estaba en condiciones de apreciar todo lo que significaban para el porvenir del país y para su marina de guerra las nuevas adquisiciones navales, los buques fuertes y veloces que por primera vez surcaban el mar patagónico afirmando la soberanía nacional, la oficialidad joven y preparada que iba interviniendo en su dirección, y en particular este buque escuela que iba a darle contacto fecundo con el mundo exterior y con las dificultades de la profesión, paseando con orgullo por los océanos la bandera de la joven república del Plata.

Nunca viera hasta entonces nuestro mar austral semejante actividad: una quincena o más de unidades de toda clase surcaban sus aguas simultáneamente. La "División Bahía Blanca" comprendía además del San Martín (comandante Emilio Barilari) al Pueyrredón (Maurette), al rapidísimo crucero Buenos Aires y al carbonero Chaco; había salido el 18 de enero de su base en rada Belgrano, donde recién entonces iniciaba Luigi los trabajos del Puerto Militar. Otra división de cuatro unidades, la "del Rio de la Plata" —9 de Julio, 25 de Mayo, Libertad e Independencia, sin contar transporte Pampa—, andaba ya por la Tierra del Fuego (1). El Presidente Roca en persona había salido a viaje para el sur con el Belgrano, Patria. Espora y Gavióta. Y por último dos o tres transportes (Villarino, 1º de Mayo) andaban de recorrido por la costa, Y todo esto sin contar el Garibaldi y el transporte Guardia Nacional, que iban hacia entonces en viaje para Europa.

Enero 23. Continuación del viaje. — A la salida del Golfo, mientras la fragata voltejea con sus velas de cuchillo, pues tiene viento en contra, nos encontramos con otro crucero acorazado. Esta vez es el flamante Belgrano, llegado hace dos meses. Escólta a la nave el crucerito Patria y trae la insignia máxima, la de presidente. A su bordo viajan, en efecto, para la Tierra del Fuego, el general Roca y su ministrio de marina el comodoro Martín Rivadavia. Este último es otro de los jefes que con más respeto recuerda nuestra marina de guerra. Digno biznieto del gran Presidente, fué patriota, probo, desinteresado, hombre de acción y eximio marino, el más capaz probablemente de nuestros lobos de mar de aquel entonces; su recuerdo está muy vinculado, como el de Roca, a la historia de la Patagonia.



El Belgrano, que no tenía a quien pedir permiso, puso proa sobre nosotros, nos pasó de vuelta encontrada y dobló algo por nuestra popa para escuchar los estampidos de la salva reglamentaria..., y para verla más tiempo a la hermosa fragata. ¡Con cuánta emoción la contemplaría desde la toldilla del Belgrano, como símbolo del porvenir marítimo del país, aquel gran presidente, que fué el más marino de cuantos tuvo éste!

Es del caso hacer aquí algunas consideraciones sobre el viaje presidencial, que como veremos bien podía calificarse de aventura. Utilizaremos al efecto los artículos y crónicas de "La Nación" y de "La Prensa".

Roca salió de Buenos Aires para Bahía Blanca por tren, el 20) de enero: allá se embarcaría en el Belgrano. Hasta visperas de su partida no se hablaba más que de un viaje a la Tierra del Fuego. La entrevista con el presidente chileno menciónala "La Nación" por primera vez el 18: el día antes ha habido activo intercambio telegráfico entre Buenos Aires y Santiago; en Chile se hablaba del asunto de tiempo atrás: una conferencia sin testigos, a semejanza de la histórica de Guayaquil".

"La Nación" ni elogia ni critica; se le adivina el ceño fruncido.
Días después se concretan los barcos y la comitiva que se llevará el presidente Errázuriz. La comitiva, especialmente, será de importancia por la categoría oficial o social de sus componentes (]). Roca en cambio se lleva un séquito reducido, más de amigos personales que de figuración social o intelectual, como si sólo se tratase de una excursión de placer. Con Roca salieron, en efecto, a más del ministro de marina Martín Rivadavia y sus edecanes Galíndez e Iglesias, los diputados de Vedia, Eleazar Garzón y Benito Carrasco, los señores Emilio Bollini y Adrián Rossi y los edecanes Gramajo y Raybaud. El ministro de R. E. Amancio Alcorta ha ido al parecer como agregado de última hora, a embarcarse en el Belgrano por el Chubut, con su oficial mayor Juan S. Gómez. El Patria ha sido asignado a los periodistas, pero sus condiciones marineras se les pintaron con negros colores, como para disuadir a cualquiera.

(l) Ministros Blanco Viel (R. E.), C. Concha (G. y Mariña) y C. Palacios (Justicia); alm. Montt y su secretario Pérez de Arco; general S. Vergara; SS. E. Altimirano. L. Pereyra v J, Zegers (deleg. comer. arg. chilena); dos ministros-de la Corte, varios senadores, etc. («La Nación», 22 enero).

En las esferas oficiales ha habido reserva impenetrable. Nada saben "La Nación" ni "La Prensa" del carácter que tendrá la entrevista, y todo son conjeturas. En Chile hay fuerte oposición: estando el litigio entregado a arbitraje. Barros Arana no ve en aquélla más cine peligro de complicaciones.



El encuentro se ha demorado, a pedido de Chile, para el 15 de febrero. Entretanto el presidente marino vaga a su gusto y antojo, sin rumbo fijo, por el mar patagón, tomando contacto con la colonia galense, con la lejana Ushuaía, complaciéndose en reconocer cabos y bahías, en encontrarse con los ubicuos barcos de guerra...

Pero es el caso que no hay telégrafo y radio, como ahora. Y en Buenos Aires es como si se lo hubiera tragado el mar. Un mes entero —parece increíble— transcurre sin que llegue la menor noticia. El 19 de febrero se le acaba la paciencia a "La Nación", y un editorial comenta con amargura la aventura presidencia], la prolongada acefalía del Gobierno;... el general demostrará eximias condiciones de navegante, de explorador, pero su actitud como mandatario resulta muy poco recomendable. Recién tres días después, el 22 de febrero, se sabrá, por fin, del regreso de los expedicionarios.

Prosigamos ahora con nuestra crónica.
El inevitable mal tiempo frente al golfo de San Jorge; el buque a la capa entre las olas inmensas; la impresión inquietante —las primeras veces— de que la fragata, en uno de esos largos bandazos, no va a adrizarse más. Luego la ría de Santa Cruz, con su ancha barra de bancos y sus barrancas del lado sur. Allí anclamos, cerca de Monte Entrance, para ocuparnos semana y media en faenas de instrucción. Estamos lejos de la población, pero cierta vez me toca ir en lancha a la prefectura, "que nada notable ofrece, y haci el Quemado, legua y media más allá. Era Domingo, y caímos al terminar una carrera de caballos, en las que estaba presente toda la población. Unas 40 casitas y 3 almacenes bástante surtidos. . . .

Arriba al fondeadero el Patria, y al otro día el Belgrano; éste nos da cita para la bahía de San Sebastián; formaremos escuadra para ir a Punta Arenas, donde Roca se entrevistará con el presidente de Chile.

San Sebastián. 11 de febrero; bahía desierta, arenosa y desabrida, cuyo único interés es de carácter histórico. Su fondo es costa baja, y durante dos siglos subsistió curiosamente la creencia de que se comunicaba por amplio canal con el centro del Estrecho de Magallanes, donde había en efecto, un profundo seno inexplorado; canal que hubiera ahorrado a los veleros una travesía tortuosa y el difícil paso por las dos angosturas de la boca oriental.



Fitz Roy comprobó hace un siglo, no sin dificultades, la inexistencia del presunto canal, pues tocó el fondo de ambas bahías y llamó Inútil a la que está frente a Punta Arenas: nombre acertado en lo que a navegación se refiere, pero no desde otros puntos de vista... ; pues Fitz Roy no pudo ver entonces las trescientas mil ovejas que hoy están desparramadas en las estancias Camerón y Caleta Josefina, sin contar los dos o tres millones distribuidas en el resto de la Tierra del Fuego.

El día 12 entra a San Sebastián el crucero 25 de Mayo, para comunicarnos nuevo punto de reunión con el Belgrano: Puerto Hambre, dentro del Estrecho al sur de Punta Arenas. En marcha otra vez. En la ultima navegación la Sarmiento pagó la chapetonada dejándose sorprender por un chubasco, que rompió cantidad de cabos, les arrancó sus puños a las velas y sacudió violentamente algunas vergas en lo alto de los mástiles; durante media hora la arboladura fué un perfecto pandemónium. La lección fué saludable y no se repetiría en todo si viaje.

Febrero 14.—Fondo en Puerto Hambre, después de desfilar frente a Punta Arenas, envuelta ésta en bruma matinal; alcanzamos a ver, sin embargo, corriéndose a lo largo de la costa, dos o tres barcos de silueta afilada y color obscuro, buques de guerra chilenos sin duda.

Puerto Hambre está desierto de barcos, lo mismo que de habitantes. Entre los árboles de la orilla sólo hay dos chozas, pertenecientes a indios semi-civilizados que se ocupan de corte de maderas en el interior. Sabido es que por Puerto Hambre cambia enteramente el paisaje, comenzando el maravilloso escenario de montañas sumergidas y abruptas, cubiertas de bosque; por el sur una imponente cadena de picos —isla Dawson— se pierde entre las nubes ; sucédense chubascos sin interrupción.. ; en el fondo del puerto tosca cruz de madera señala una tumba: In memory of the commmander Pringles Stokes, who died of results of the anxieties.. .  uno de los episodios más trágicos del libro de Fitz Roy

A primeras horas del 15, guiados por los focos que enciende la fragata, llegan al fondeadero el Belgrano y el Patria, procedentes al parecer del sur, como si en vez de embocar por el Estrecho hubiesen dado vuelta por los canales. Así es, en efecto ¡ el Presidente Roca, piloteado por el ministro Rivadavia en persona, ha tenido la audacia de internarse con el Belgrano —buque de calado— en el Beagle y demás canales, apenas conocidos  y donde cada día aparecen nuevas piedras, para entrar al Estrecho por el Canal de Cockburn, dando así prueba acabada de pericia y arrojo marinero. Visto el hecho retrospectivamente, no puedo menos de juzgarlo una imprudencia— permítaseme el juicio—, por cuanto era demasiado lo que se arriesgaba ¡ piénsese en las consecuencias desairadas! por no decir desastrosas, que hubiera representado una encalladura del buque presidencial... ¡Audaces fortuna jurat!; el adagio no se desmintió esta vez, todo pasó sin tropiezos. Pero el cronista de "'La Nación" habla con respeto de cierto pasaje por Bahía Desolada sembrado de escollos e islotes en confuso hacinamiento. El "Belgrano" disminuyó velocidad y viró a todo timón sobre estribor, para pasar entre dos piedras grandes que emergian del agua y que solo distaban unos 200 metros una de otra... Sitio que se conoce hoy con el nombre de Paso Belgrano.



La primera parte de la navegación por los canales había sido de lluvias y niebla, obligándoles a ocupar fondeadero improvisardo en Bahía Ballenas; por allí habíanse encontrado con el Villarinn. El resto de la travesía les ofreció como compensación una visión maravillosa del nevado de Sarmiento.

Febrero 15. — Esa misma mañana levamos los tres buques, Sarmiento al medio, y nos adelantamos hacia Punta Arenas, donde al ancla nos espera la escuadra chilena —O'Higgins, Zenteno, Errázuriz y transportes Angamos y Campa—. Entramos a la una de la tarde en línea de frente, e izamos engalanado, al que contestan los chilenos con el suyo. El cañoneo —de salvas felizmente— se prolongará luego toda la tarde, haciéndose unos 500 disparos.



Del O' Higgins se ha desprendido una lancha; son el general Vergara y el comandante de la escuadra chilena, que traen el saludo de Errázuriz y el ofrecimiento de su visita. Roca les declara que será él quien haga la primera visita, y acto continuo se embarca en su falúa, acompañado de los ministros Alcorta y Rivadavia y de los edecanes Reybaud, Gramajo, Galíndez e Iglesias.

Es la entrevista que ha pasado a la Historia con el nombre simbólico de "Abrazo de Punta Arenas". Momento solemne: atraca la falúa al O'Higjgns. El presidente argentino es recibido en el portalón por el comandante del hermoso crucero, mientras la banda de música rompe los acordes de nuestro himno. En cubierta, unos pasos más lejos, está el presidente chileno, rodeado de su comitiva. Adelántame ambos presidentes, se estrechan largamente la mano, y luego esperan a que termine el himno... Las presentaciones de estilo...; los dos presidentes, .algo apartados del grupo principal, sostienen luego una conversación de veinte minutos..., y Roca vuelve a su barco.

Momentos después, reprodúcese la escena a bordo del San Martin, donde los presidentes conversan media hora.

¿De qué hablarían a solas los grandes hombres? Misterio; por lo menos no lo supieron entonces "La Nación" ni "La Prensa". El guardiamarina de la Sarmiento, que no asistió a la entrevista, supone se trataría solamente de generalidades de cortesía internacional, de suavizar asperezas con el contacto personal, de facilitar el arreglo de las dificultades menores que pudieran surgir: los presidentes se felicitarían, de hombre a hombre, por la solución dada a la larga contienda y se afirmarían mutuamente en sus propósitos pacifistas y en su fe democrática y americana (En estos días precisamente, durante la ausencia de los presidentes, designó la Reina Victoria los tres arbitros que debían resolver el litigio). Un cronista afirma que oyó de labios de Roca la expresión: "Vale más la amistad internacional que un pedazo de tierra". Roca prometió hacer llegar muy pronto el telégrafo hasta el Estrecho (cabo Dungeness).

La jornada se prolongó con un gran baile en los salones de la gobernación. Errázuriz se desembarcó temprano, estrenado los arcos triunfales tendidos desde el muelle en todo el trayecto y reciamente sacudidos por el mal tiempo; y más tarde fué personalmente al Be grano en busca de Roca para llevarlo al baile.

En este acto sí que participamos los guardiamarinas, y es el que me dejó recuerdo más duradero. La banda de música del Belgrano hizo buen papel con sus valses y sus polkas, y los 400 concurrentes no dieron paz a las piernas hasta las cuatro de la mañana. Inicióse la fiesta con una histórica cuadrilla en que participaron los presidentes, acompañados de respetables matronas de la localidad, cuyo nombre siento no haber registrado. Como también se me han olvidado a través de treinta y tantos años los nombres de las gentiles puntarenenses que fueron esa noche mis partners hasta mucho después que se hubieron retirado los presidentes.



Dos días más se estuvo la escuadra en Punta Arenas. Al siguiente de la entrevista: banquete de gala en el O'Higgins, retribuido el 17 con otro en el Belgrano.

Simultáneamente realizábanse uno de marineros en la Sarmiento y uno de guardiamarinas en el Zenteno. Puedo dar fe de que en este último la fraternización fué menos protocolar y más efusiva que en los actos presidenciales, sellándose amistades que habían de perdurar a través de los años y de todas las cordilleras. Y hasta recuerdo de un abrazo entre dos guardiamarinas que quedó lubricado en forma bien visible a causa de un merengue que tenía uno de ellos en la mano y del que se había olvidado en su generosa efusión...

El 17 zarpamos todos de Punta Arenas. Errázuriz iba embarcado en el Belgrano, del que recién se trasbordó a alguna distancia, para escoltar aún a sus huéspedes hasta San Gregorio, mitad camino a la boca del Estrecho.

Uno de los resultados más concretos de las jornadas de Punta Arenas fué el agregado de una escala importante al itinerario de la Sarmiento. Pues se concertó que el Zenteno, con algunos delegados chilenos, iría en visita de cortesía a Buenos Aires, y que la Sarmiento, cuya escala siguiente era según itinerario Guayaquil, tocaría en Valparaíso y en el Callao.



Y así fué que algún tiempo después anclaba la Sarmiento en la bahía de Valparaíso, donde se pasó una quincena. De lo que fué esa quincena, que los guardiamarinas pasamos mitad en Valparaíso, mitad en Santiago, me ha quedado recuerdo imborrable pero confuso. Los actos y fiestas —visitas, almuerzos, lunch y banquetes— comenzaban a las ocho de la mañana y se desarrollaban según protocolo hasta la noche, prolongándose más allá, fuera de protocolo —tertulias, bailes, remoliendas— hasta empalmar con el programa del siguiente día. Los guardiamarinas-alumnos, muchachones todos de 21 años, amplificadas las ilusiones por el aislamiento de una ya regular navegación, fuimos naturalmente el centro del universo.

Y es preciso pensar en lo que significarían para una sociedad culta veinte años de continuada alarma internacional, la angustia inminente, veinte veces, de la guerra con el país hermano, para apreciar el jubilo con que la opinión sensata saludaría al gran gesto de cordura de los gobernantes y a la aparición de 1a Sarmiento, simbólica y alada mensajera de paz.

No faltaron aún uno que otro agitador u opositor político para intentar turbar los agasajos con algún silbido, con algún grito hostil a los cuyanos, a los rateros de la Puna... Pero su maldad ¡perdónales Señor! se perdió en la inmensidad de las ovaciones y del clamor popular. Dudo que buque alguno en el mundo baya sido objeto de tanto agasajo como lo fué la Sarmiento de parte del pueblo chileno en aquella quincena memorable que duró la escala en Valparaíso.

sábado, 21 de febrero de 2026

Crisis del Beagle: Acción submarina en el conflicto

Acción submarina en la crisis del Beagle


Las fuerzas de submarinos enfrentadas

Los submarinos argentinos operaron en un entorno muy hostil (aguas frías, fuertes corrientes, canales estrechos con poco espacio para maniobrar sumergidos, y riesgo constante de detección por aviones chilenos o buques de superficie). En cualquier caso, del lado argentino se contaba con apoyo técnico especializado para el apoyo ASW. El Comando de Aviación Naval operaba desde hacía años activos específicos como los S-2 Tracker, P-2 Neptune y Sea King que limitaba la libertad de acción chilena, pero también enfrentaba problemas operativos como las averías reales (ej. el San Luis con motor diésel al 50%, lo que lo relegó a zona segura). 

Los modelos clase Balao y GUPPY

Los submarinos clase Balao y los modelos GUPPY (Greater Underwater Propulsion Power Program) fueron dos generaciones de submarinos que desempeñaron papeles cruciales en las armadas de varios países, especialmente en América Latina.

Submarinos clase Balao

Los submarinos clase Balao fueron diseñados y construidos durante la Segunda Guerra Mundial por la Armada de los Estados Unidos. Se trataba de una mejora de los submarinos clase Gato, con mayor resistencia y una profundidad operativa mejorada. Alcanzaban una profundidad de prueba de 120 metros (400 pies) y tenían un desplazamiento de aproximadamente 1,500 toneladas. Con una autonomía considerable, su velocidad máxima sumergida era de alrededor de 9 nudos, y en superficie alcanzaban hasta 20 nudos. Eran conocidos por su robustez y eficacia en operaciones de guerra en el Pacífico durante la guerra.

Programas GUPPY

El programa GUPPY surgió después de la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de modernizar los submarinos clase Balao y otros de su generación para hacerlos más eficaces en la guerra antisubmarina y permitirles competir con submarinos más modernos, como los alemanes tipo XXI. El programa GUPPY se centraba en mejorar la velocidad sumergida, la capacidad de la batería y el rendimiento hidrodinámico. Los submarinos modernizados bajo este programa tenían perfiles más hidrodinámicos, mejores sistemas de sonar y equipos de radar, así como motores eléctricos más potentes para aumentar la capacidad de maniobra bajo el agua. Aunque mantenían muchas características de los Balao originales, se convirtieron en submarinos más aptos para la guerra submarina en la era de la Guerra Fría.




Similitudes y diferencias

En común, ambos modelos compartían la estructura base de los submarinos diésel-eléctricos y su diseño estaba orientado a maximizar la capacidad de realizar patrullas prolongadas bajo el agua. Además, las dos clases participaron en importantes conflictos y fueron transferidos a armadas extranjeras.

Lo que los diferenciaba principalmente era el programa de actualización GUPPY, que incorporó tecnologías de postguerra, especialmente en lo referente a sistemas de propulsión, reducción de ruido y diseño aerodinámico, lo que aumentó la capacidad de operación sumergida.

Los submarinos enfrentados:

Aspecto
ARA (GUPPY II / Type 209)
ACh (Balao no modernizado, Simpson)
Velocidad sumergida
17-18 nudos (209) / ~15 nudos (GUPPY)
~9 nudos
Snorkel
Sí (209 y GUPPY)
No (o muy limitado)
Sonar
Modernizado (BQR-2/7 en GUPPY, CSU-83 en 209)
Anticuado (JT/QC)
Torpedos
Mk 14/37, SST-4 (en 209)
Mk 14/27 (vetustos)
Profundidad operativa
~200-250 m
~120-150 m
Ruido
Reducido post-GUPPY
Alto (diseño de la SGM)


Operaciones en América Latina

Varios países latinoamericanos operaron submarinos clase Balao y GUPPY en sus armadas. Argentina y Chile fueron dos de los principales usuarios de estos submarinos.

Argentina

Durante la crisis del Beagle a fines de la década de 1970, Argentina operaba submarinos de la clase GUPPY II, que eran el ARA Santa Fe y el ARA Santiago del Estero. Ambos eran modernizaciones de los Balao adquiridos a los Estados Unidos. Estos submarinos jugaban un papel esencial en las capacidades de patrullaje y disuasión del país.






Submarino clase IKL-209 ARA Salta (S-31) de la Armada de la República Argentina

Chile

Chile también contaba con submarinos clase Balao, uno ya dado de baja y otro que terminó siendo el que quedó remanente con capacidad de combate que era el ACh Simpson. Sin embargo, este no había sido modernizados bajo el programa GUPPY. Más aún, hasta pocos meses antes del conflicto, el Simpson (S-31) todavía montaba un cañón a popa de 127mm para atacar blancos no defendidos.



Imagen de un Grumman S-2E Tracker, similar al mencionado en esta entrada, tomada desde el periscopio de un submarino. Chile no tenía ningún un avión ASW equivalente. (Fuente: http://www.nuestromar.org/)



El submarino clase Balao ACh Simpson (SS-21) de la ACH. Al fondo se ve un crucero clase Brooklyn.

Durante la crisis entre Argentina y Chile en 1978, tras el fallo arbitral que otorgaba a Chile las islas Picton, Lennox y Nueva, la Junta Militar Argentina rechazó la decisión, lo que llevó a una escalada de tensiones entre ambos países. Ante la posibilidad de un conflicto bélico, las Fuerzas Armadas de Argentina planearon el “Operativo Soberanía” con el objetivo de invadir Chile y tomar las islas en disputa. La intervención del papa Juan Pablo II y un temporal en diciembre de 1978 evitaron la guerra, pero ambas armadas se prepararon intensamente para un posible enfrentamiento.

IKL-209 ARA "Salta"

En este contexto, el 8 de diciembre de 1978, cuatro submarinos argentinos zarparon de la Base Naval de Puerto Belgrano: los veteranos ARA Santa Fe (S-21) y ARA Santiago del Estero (S-22), junto con los modernos submarinos IKL-209 ARA Salta y ARA San Luis. Mientras tanto, la Marina Chilena, con una fuerza submarina en desventaja, solo tenía operativo el ACh Simpson, ya que el resto de sus submarinos estaba fuera de servicio.

El ARA Santa Fe fue asignado a patrullar la Bahía Cook, una posición estratégica para controlar el acceso al Canal de Beagle. Durante su patrulla, detectó la presencia de buques chilenos sin ser detectado, y aunque estuvo listo para el combate, cumplió con la orden de no atacar a menos que fuera agredido primero. Luego de la tensa situación, el submarino se replegó para informar a sus superiores y fue dirigido a la Isla de los Estados.


Esta imagen correspondería a la fotografía obtenida a través del periscopio por el ARA Santiago del Estero, del ACh Simpson navegando en superficie para recargar baterías. Nótese que si bien se observa el pequeño domo del sonar WFA a mitad de proa característico de los Balao chilenos, no se observa a popa de la vela el cañón de 127mm, que podría haber sido removido para esa campaña (Fuente: nuestromar.org)


Tripulación del ARA Salta

La necesidad del submarino chileno de navegar en superficie se debía a su antigüedad, ya que al carecer de snorkel, debía emerger para recargar sus baterías. A pesar de esto, el Capitán de Navío Rubén Scheihing, comandante del “Simpson” durante ese período, niega haber tenido contacto alguno con submarinos argentinos durante sus casi 70 días de patrulla, a pesar de la evidencia fotográfica que parece contradecirlo. En parte es lógico ese alegato porque cómo haría para ver a quién lo observa desde la profundidad a través de un periscopio. Por otro lado, jamás se hubiese enterado cuando muriese al ser impactado por un torpedo argentino.



Por su parte, el ARA Santiago del Estero patrullaba cerca del Cabo de Hornos. Durante su misión, su sonar detectó al submarino chileno ACh Simpson navegando en superficie para recargar sus baterías. Aunque el Santiago del Estero estuvo preparado para lanzar un ataque, su comandante optó por no hacerlo debido a la falta de hostilidad por parte del submarino chileno, limitándose a tomar una fotografía del Simpson antes de retirarse.

Ambos submarinos argentinos completaron exitosamente sus misiones sin entrar en combate, demostrando el profesionalismo de sus tripulaciones bajo condiciones adversas. Su cautela evitó el inicio de una guerra que habría tenido consecuencias impredecibles.





Tras informar las novedades a su Comando, el Capitán de Fragata Carlos Sala recibió la orden de replegarse a la Isla de los Estados. Durante su patrulla, el ARA Santiago del Estero recorrió 4012 millas náuticas (7430 km) en 36 extenuantes días de navegación, del 8 de diciembre de 1978 al 13 de enero de 1979.



El pesquero Aracena que requisado por la Armada Argentina sirvió las veces de buque nodriza de la Fuerza de Submarinos en 1978 (Fuente: http://www.histarmar.com.ar/)

Durante la crisis de 1978 entre Argentina y Chile, la Armada Argentina desplegó sus submarinos IKL 209, ARA Salta (S-31) y ARA San Luis (S-32), ambos de tecnología avanzada. Aunque eran submarinos modernos, los altos mandos los asignaron a zonas de patrulla más seguras en comparación con los veteranos GUPPY. El ARA San Luis, bajo el mando del Capitán de Fragata Félix Bartolomé, sufrió la avería de uno de sus motores diésel durante su navegación hacia el sur, lo que redujo su capacidad en un 50%. A pesar de los esfuerzos de la tripulación, el problema no pudo solucionarse, y el submarino fue reasignado a una zona de patrulla más cercana a territorio argentino, completando su misión sin novedades. El San Luis recorrió 6.270 kilómetros en 876 horas de navegación, y tres años más tarde participaría activamente en la Guerra de Malvinas.


Los tres submarinos chilenos en servicio activo en 1978. Los modernos Oberon de origen britanico "Hyatt" y "O'Brien" con el característico domo de proa, y el antiguo sumergible clase Balao de origen norteamericano, "Simpson". Observe como curiosidad en este último, que a popa de la vela, todavía subsiste el montaje de cañón de 127mm (Fuente: nuestromar.org)

Por su parte, el ARA Salta, comandado por el Capitán de Fragata Eulogio Moya, se dirigió hacia el Cabo de Hornos. Durante su travesía, el Salta fue detectado accidentalmente por un avión Grumman S-2E Tracker argentino, que lo confundió con un submarino chileno. Tras una maniobra evasiva exitosa, el Salta continuó su misión. En una patrulla posterior, el Salta detectó un submarino chileno en superficie, identificándolo como el ACH Simpson. Aunque las condiciones estaban dadas para un enfrentamiento, el comandante Moya decidió no atacar, siguiendo las órdenes de no iniciar hostilidades. El Salta luego recibió un mensaje informando la suspensión de las operaciones debido a la mediación del Papa.


El ARA Santa Fe (S-21) en inmersión deja asomar sobre la superficie del mar sus mástiles. De izquierda a derecha: 1º periscopio y carenado de antena RWR AT-222, 2º periscopio, mástil de comunicaciones VLF, AN/BLR-1, snorkel con luz de navegación y antenas AS-1198 y AS-1287 (Fuente: www.harpoondatabase.com)

Ambos submarinos completaron patrullas exitosas sin entrar en combate, evitando un conflicto bélico que podría haber tenido consecuencias impredecibles.

Otros temas a considerar en este conflicto:
  • Subestimación de riesgos reales: Patrullar en el Beagle/Cabo de Hornos era extremadamente peligroso (olas de 10-15 m, visibilidad nula, fondos irregulares que limitan inmersión profunda). Un GUPPY o 209 podía quedar atrapado o dañado fácilmente.
  • La "superioridad" argentina: Un submarinista argentino podría decir "sí, teníamos ventaja cualitativa, pero en ese escenario (canales estrechos, apoyo aéreo limitado, inteligencia chilena) un error podía costar un submarino entero". Asimismo, en el caso de los U 209 tenían problemas de juventud (recién estrenados, ruido, fiabilidad inicial) y, tal vez, de manera poco feliz, se hubiesen anticipado los problemas de operatividad de los torpedos alemanes que sería detectados cuatros años después en Malvinas.
  • No olvidemos del costo humano: El estrés de la tripulación (36-50 días sumergidos, con aislamiento, tensión constante de "contacto posible pero sin orden de ataque"). Cuando se habla de los submarinistas se suele olvidar el ambiente hostil externo pero también interno de convivir en un espacio muy acotados, bajo presión y con serios riesgos para su vida.




Torpedo Mk-14

Mark 14 (Mk-14)Torpedo de vapor de la Segunda Guerra Mundial, ampliamente usado en submarinos clase Balao y derivados. Era conocido por su fiabilidad una vez corregidos problemas iniciales.

Especificación
Detalle
Longitud
6.25 m (20 ft 6 in)
Diámetro
533 mm (21 in)
Peso
Aprox. 1,361-1,490 kg (3,000-3,280 lb), dependiendo de la modificación
Alcance/Velocidad
4,100 m (4,500 yd) a 85 km/h (46 nudos); 8,200 m (9,000 yd) a 57 km/h (31 nudos)
Cabeza de guerra
230-303 kg (507-668 lb) de TNT o Torpex
Propulsión
Turbina de vapor alimentada por alcohol
Guía
Giroscópica (recta, no homing en versiones base)


Mark 37 (Mk-37)
Torpedo antisubmarino eléctrico de la Guerra Fría, con homing acústico. Usado en submarinos modernos como los Type 209. Variantes incluyen Mod 0 (sin guía por cable) y Mod 1 (con guía por cable).

Especificación
Detalle
Longitud
3.4-4.1 m (135-161 in), dependiendo de la variante (Mod 0 vs. Mod 1)
Diámetro
483 mm (19 in), con rieles de guía de 533 mm (21 in)
Peso
650-766 kg (1,430-1,690 lb)
Alcance/Velocidad
21 km (23,000 yd) a 31 km/h (17 nudos); 9.1 km (10,000 yd) a 48 km/h (26 nudos)
Cabeza de guerra
150 kg (330 lb) de HBX
Propulsión
Eléctrica (batería)
Guía
Homing acústico activo/pasivo; variantes con guía por cable hasta 9 km
SST-4 (Seehund)Torpedo alemán de exportación de los años 1970-1980, antisuperficie con homing pasivo. Equipado en submarinos Type 209 como los ARA Salta y San Luis. Es una mejora del SST-3 con capacidades adicionales.

Especificación
Detalle
Longitud
6.08 m (239 in)
Diámetro
533 mm (21 in)
Peso
1,414 kg (3,116 lb)
Alcance/Velocidad
11 km (12,000 yd) a 65 km/h (35 nudos); 20 km (22,000 yd) a 52 km/h (28 nudos); 37 km (40,000 yd) a 43 km/h (23 nudos)
Cabeza de guerra
260 kg (573 lb) de alto explosivo
Propulsión
Batería de plata-zinc
Guía
Guiado por cable y homing pasivo acústico


Mark 27 (Mk-27)
Torpedo antisubmarino eléctrico de la posguerra, con homing acústico pasivo. Usado en submarinos Balao no modernizados. Hay variantes: Mod 0 (para superficie) y Mod 4 (para submarinos).

Especificación
Detalle
Longitud
2.3-3.2 m (90-125 in), dependiendo de la variante (Mod 0 vs. Mod 4)
Diámetro
483 mm (19 in), con rieles de guía de 533 mm (21 in)
Peso
327-534 kg (720-1,174 lb)
Alcance/Velocidad
Aprox. 5.5 km (6,000 yd) a 22 km/h (12 nudos) en Mod 0; variantes posteriores hasta 11 km a velocidades similares
Cabeza de guerra
43 kg (95 lb) de HBX en Mod 0; hasta 49 kg (107 lb) en otras
Propulsión
Eléctrica (batería)
Guía
Homing acústico pasivo