Mostrando las entradas con la etiqueta teoría de la guerra. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta teoría de la guerra. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de agosto de 2026

Guerra híbrida: La zona gris

Conflictos en la zona gris: Origen y desarrollo del concepto

por Jesús M. Pérez Triana || The Political Room





El Pentágono, think-tanks, centros de estudios e instituciones académicas son una máquina de producir conceptos en una interminable carrera de sus autores intelectuales por alcanzar la notoriedad y vender sus ideas. En ese inabarcable supermercado de las ideas surgió el concepto de conflictos en la zona gris que nació para complementar y superar el concepto de guerras híbridas, cuya popularización terminó por transformarlo en algo tan amplio como poco útil. Su aplicación y capacidad de dar sentido a numerosos contextos y conflictos reflejan en última instancia su utilidad y relevancia.

De las guerras híbridas a la zona gris

En “Guerras Híbridas: el concepto que murió de éxito” vimos la respuesta que Frank Hoffman dio al debate en el Pentágono sobre el futuro de la guerra en el mundo post-11S. Mientras unos lamentaban que las campañas de insurgencia en Afganistán e Iraq eran una distracción innecesaria cuando había que prepararse para las futuras guerras convencionales frente a potencias como China, otros se quejaban de que la obsesión por las guerras tecnológicas de alta intensidad en un futuro incierto, la “nextwaritis” en palabras del secretario de Defensa Robert Gates, estaba dificultando vencer en las guerras del presente.

Para Hoffman el futuro no se presentaría en forma de modelos opuestos y puros, sino que tendría una naturaleza híbrida. Los ejércitos enemigos emplearían estrategias asimétricas y allí donde el aparato estatal entrase en colapso se comportaría como una banda armada dedicada al contrabando y el pillaje. Por su parte, los grupos insurgentes se dotarían de sistemas de armas avanzados que hasta la fecha sólo estaban en manos de los ejércitos. Este último concepto pareció quedar validado con la Guerra del Líbano de 2006, donde el grupo libanés Hezbolá empleó al menos dos misiles antibuque y misiles anticarro de forma masiva (Pérez, 2020).

El concepto de “guerra híbrida” apareció en sucesivos documentos oficiales del Pentágono pero alcanzó su verdadero momento de gloria tras la invasión rusa de Crimea. El despliegue de militares rusos sin insignias nacionales junto con la intervención militar en Ucrania Oriental con militares en excedencia forzosa, en medio de una potente campaña de desinformación, causó alarma en Occidente. Los rusos parecían emplear una novedosa forma de hacer la guerra contra la que no había respuesta evidente. La cumbre de la OTAN celebrada en Gales en septiembre de 2014 consagró el término “amenaza híbrida” que apareció en el punto 13 de su declaración final.

Como vimos, el término “guerra híbrida” murió de éxito. Se convirtió en un término que abarcaba tantos fenómenos de una forma tan amplia que perdió su capacidad explicativa. De esta manera, las amenazas híbridas, según una definición de la OTAN, combinan “los medios militares con no militares, así como los medios abiertos con los encubiertos, la desinformación, los ciberataques, la presión económica y el despliegue de grupos armados irregulares y el uso de fuerzas irregulares” (2014).

Por tanto, las guerras híbridas comprenderían acciones que tienen lugar en tiempos de paz como en tiempos de guerra, como son los ciberataques y las campañas de desinformación. Con esto podríamos decir que las actividades de ambas potencias durante la vieja Guerra Fría constituyeron una guerra híbrida y que el término se popularizó a partir de la crisis de Ucrania de 2014 como eufemismo de la Nueva Guerra Fría. Pero si todo es guerra híbrida todo el tiempo, el término no nos ayuda a entender la realidad. Se hace necesario otro enfoque. Surgió así la idea de conflictos en la zona gris.

Zona Gris

Posiblemente una de las menciones más tempranas del término “zona gris” apareció en la Revisión de la Defensa Cuatrianual de 2010 (DoD, 2010:73). Pero el concepto sólo apareció mencionado en una frase: “El futuro panorama estratégico presentará crecientemente desafíos en la ambigua área gris que no son ni completamente guerra ni completamente paz”.

Fue en el periodo 2015-2016 cuando varios autores le dieron consistencia y profundidad al término “zona gris”. El punto de partida fue la comparecencia del general Joseph L. Votel, comandante del Mando de Operaciones Especiales estadounidense (USSOCOM), ante el Subcomité de Amenazas y Capacidades Emergentes del Congreso de los Estados Unidos el 18 de marzo de 2015.

El general Votel planteó un entorno estratégico en el que la globalización y los avances tecnológicos han puesto al alcance de toda clase de actores no estatales (desde movimientos sociales a grupos armados) medios avanzados que antes estaban sólo al alcance de las fuerzas gubernamentales. Se trata de una idea que hemos planteado aquí recientemente, haciendo un recorrido a cómo grupos terroristas en la India usan aplicaciones de comunicación, a cómo los narcotraficantes en México han creado sus propias redes de comunicaciones, a cómo los grupos yihadistas de Oriente Medio comenzaron a usar drones comerciales y cómo su uso se ha difundido de Oriente Medio a otros tipos de actores no estales como narcotraficantes en Europa y el Norte de África.

El general Joseph L. Votel en 2019.

Según el general Votel (2015) en aquel entonces “nuestro éxito en este entorno será determinado por nuestra habilidad para navegar adecuadamente conflictos que caen fuera del tradicional constructo de guerra o paz” y en el que “actores siguiendo una aproximación en la ‘zona gris’ buscan asegurar sus objetivos mientras minimizan el alcance y la escala del combate propiamente dicho”. Además, esta “zona gris” supone que “nos enfrentamos con la ambigüedad de la naturaleza del conflicto, las partes implicadas y la validez de las reclamaciones legales y políticas en juego”.

El papel relevante del general Votel en la comunidad de fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos llevó a que fueran sus miembros los primeros en tratar el nuevo concepto o en desarrollar ideas a partir de la comparecencia del general.

Uno de los primeros autores en tratar el nuevo concepto fue el oficial de la armada Philip Kapusta, destinado entonces en el USSOCOM. Kapusta (2015) trata de introducir la idea de que, entender el espacio que hay entre la guerra y la paz como un amplio espectro en el que existen intervenciones armadas sin que haya una declaración formal de guerra, es simplemente una descripción de la experiencia histórica de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, que entre 1915 y 2015 participaron en más de 50 intervenciones en el extranjero con tan sólo unos pocos ejemplos en los que hubo declaración formal de guerra.

Kapusta aporta tres características fundamentales de los conflictos en la zona gris (op. cit.: 21-22): implican “cierto nivel de agresión", su condición de guerra o no es "dependiente de la perspectiva" y encontramos "ambigüedad respecto a la naturaleza del conflicto".  Kapusta adelanta además una idea relevante que encontramos en otros autores: las estrategias en la “zona gris” son llevadas a cabo por países que desafían a los poderes establecidos (op. cit.: 23).




A finales de 2015, Michael J. Mazarr, analista senior de la RAND Corporation, trataría de proporcionar una definición y caracterización del término “zona gris” en un trabajo extenso para el Instituto de Estudios Stratégicos (SSI) del ejército estadounidense. Mazarr ofrece varias caractesrísticas (2015: 58). Se trataría de un conflicto que:

  • “Persigue objetivos políticos a través de campañas cohesionadas e integradas”.
  • “Emplea en su mayor parte herramientas no militares y no cinéticas”.
  • “Se esfuerza por mantenerse bajo umbrales clave de escalada o líneas rojas para evitar conflictos totales y convencionales”.
  • "Se mueve gradualmente hacia sus objetivos en vez de buscar resultados concluyentes en un periodo específico de tiempo”.

Mazarr plantea también que las estrategias en la “zona gris” son llevadas a cabo por países que desafían el statuo quo existente, a las que él denomina como “potencias revisionistas” (2015: 20-21). Al contrario que en el caso de los textos sobre guerras y amenazas híbridas, Mazarr trata de dar una explicación de por qué suceden. Según Mazarr, “el coste de las agresiones a gran escala se ha vuelto severo mientras los beneficios potenciales han decrecido” (op. cit.: 55).

Los conflictos en la “zona gris” serían entonces el resultado de tres tendencias: "Las intenciones de las potencias revisionistas, la confianza en aproximaciones graduales y el empleo de herramientas no convencionales” (op. cit.: 55). La identificación de las estrategias en la “zona gris” con las potencias revisionistas abre la posibilidad de entender mejor las acciones de Rusia, China e Irán en diferentes contextos.

La recepción en España y su amplia aplicación

El concepto “zona gris” ha sido bien acogido en España. Destacan principalmente los trabajos de los profesores Josep Baqués y Javier Jordán. El primero realizó un trabajo de acotación y síntesis del concepto para el Instituto de Estudios Estratégicos (2017), mientras que el segundo trató de ponerlo en relación con el pensamiento de la escuela realista de Relaciones Internacionales (2018). Vemos por tanto que ante la indefinición y falta de profundidad de la versión popularizada del término “guerra híbrida”, esto otro de “zona gris” tiene mayor recorrido.

La característica aportada por autores como Kapusta y Mazarr de que se trataría de un tipo de estrategia seguida por potencias emergentes que desafían a otras establecidas, ha dado pie para diversos estudios sobre Rusia, China e Irán. En España Javier Jordán (2018) ha tratado sobre Irán y sus estrategias en la zona gris en el ámbito marítimo, mientras que Josep Baqués ha hecho una aproximación general al caso chino (2018) y ruso (2019). Sin olvidar la perspectiva de Guillermo Pulido (2020) sobre España y Marruecos, continuada por Josep Baqués (2020) y Carlos Fernández López (2021). Esto significa que, ante el potencial explicativo del concepto, en el futuro seguiremos viendo nuevos trabajos sobre las estrategias y conflictos en la “zona gris”.

REFERENCIAS

BAQUÉS, Josep: "Hacia una definición del concepto «Gray Zone» (GZ)". Documento de investigación 02/2017. Instituto Español de Estudios Estratégicos. Ministerio de Defensa Madrid, 2017

BAQUÉS, Josep: “La versión china de la “zona gris””. Global Strategy. 13 noviembre 2018.

BAQUÉS, Josep: “Rusia y la Zona Gris. El nuevo terreno de juego”. Revista Ejércitos. Nº12. Noviembre 2019.

BAQUÉS, Josep: “Marruecos y la Zona Gris. ¿La mejor herramienta para conquistar Ceuta y Melilla?”. Nº 18. Noviembre 2020.

FERNÁNDEZ, Carlos: “Zona gris en la frontera sur”. Global Strategy. 15 febrero 2021.

JORDÁN, Javier: “El conflicto internacional en la zona gris: una propuesta teórica desde la perspectiva del realismo ofensivo”. Revista Española de Ciencia Política. Número 48. Noviembre 2018. Págs. 129-151.

JORDÁN, Javier: “Estrategias de Irán en la zona gris del conflicto: su dimensión marítima”. Revista General de Marina. Vol. 275-4. Noviembre 2018. Págs. 723-741.

KAPUSTA, Philip: “The Gray Zone”. Special Warfare. Vol. 28 Nº4. Octubre-Diciembre 2015. Págs. 18-25

MAZARR, Michael J.: Mastering the Gray Zone: Understanding a Changing Era of Conflict. United States Army War College Press, Carlisle, 2015.

NATO: “Wales Summit Declaration”. 5 septiembre 2014.

PULIDO, Guillermo: “Incidentes con Marruecos, ¿Una zona gris?”. The Political Room, 12 agosto 2020.

VOTEL, Joseph L.: “Posture Stament”. United States Special Operations Command Pacific. 28 marzo de 2015.


lunes, 3 de agosto de 2026

Prehistoria: Cómo la Edad de Piedra convirtió al hombre en guerrero

La guerra antes de la Primera Crónica: Cómo la Edad de Piedra convirtió al hombre en guerrero





La violencia es anterior al hombre. La guerra es mucho más reciente. Entre estas dos afirmaciones se encuentra toda la historia temprana de los conflictos armados.

La Edad de Piedra genera opiniones encontradas en la percepción popular. Por un lado, representa al hombre primitivo y pacífico, dedicado a la caza, la recolección de raíces y la huida de grandes guerras. Por otro, existe una visión sombría: la humanidad siempre ha luchado, y antes de la aparición de los estados, la vida era aún más dura. La violencia ha acompañado a la humanidad desde la antigüedad, pero la guerra como fenómeno masivo y organizado surgió solo hacia finales de la Edad de Piedra, junto con el sedentarismo, los recursos y el poder.


La violencia no es guerra.

Comencemos con la terminología. Para un arqueólogo, la guerra no se limita a la presencia de armas y cadáveres. Se distinguen tres niveles. El asesinato es un acto aislado. La violencia armada es cualquier caso de uso de armas contra personas. Y la guerra en sí misma es una confrontación intergrupal: recurrente, organizada y que afecta a una parte significativa de la comunidad.

L. B. Vishnyatsky, uno de los principales investigadores rusos de la guerra prehistórica, lo expresa así en su artículo "El origen del Homo bellicosus (Violencia armada y guerra en la Edad de Piedra)":

La violencia armada ha acompañado indudablemente al ser humano prácticamente desde la aparición de las armas... Sin embargo, hablar de la guerra como una institución social estable en relación con las primeras etapas de la Edad de Piedra es metodológicamente arriesgado.

Para documentar una guerra, en lugar de una sola escaramuza, los arqueólogos buscan una serie de características:
  • fosas comunes de personas que murieron simultáneamente y de forma violenta;
  • Lesiones características de combate en los huesos, causadas por flechas, garrotes y hachas;
  • asentamientos fortificados con terraplenes, fosos y murallas diseñados para la defensa;
  • un arma especializada que se distingue de una herramienta doméstica;
  • Imágenes de enfrentamientos armados, guerreros y prisioneros.

Cuando todo esto confluye en un mismo lugar y momento, vemos la guerra como una parte normal de la vida comunitaria, y un episodio aislado no se parece en nada a eso.

Paleolítico: Hay herramientas, pero no frentes de batalla.


Los primeros millones de años de la evolución humana pintan un panorama bastante sombrío: herramientas de piedra capaces de servir como armas; grupos pequeños y muy móviles; vastos espacios desocupados.

Esto dio origen al concepto de paz paleolítica . Con una baja densidad de población y grupos muy móviles, simplemente no existen frentes estables, fronteras ni recursos por los que valga la pena librar una guerra constante. Las lesiones óseas que podrían haber sido infligidas por otro ser humano son comunes. Pero la escala y el contexto impiden hablar de guerra, solo de violencia aislada.

Vishnyatsky es extremadamente reservado al respecto:

Cualquier intento de analizar la magnitud de la violencia intergrupal en el Paleolítico Inferior es inevitablemente especulativo. La evidencia arqueológica es demasiado escasa.
 
El resultado general de esta época es modesto: los seres humanos tienen potencial para la violencia, pero no existen guerras comprobadas. La mera presencia de armas no resuelve nada.


Jebel Sahaba: Flechas en los huesos


Con el crecimiento de la población humana y la colonización de nuevos territorios, el panorama cambió. El final de la Edad de Hielo, el Paleolítico tardío y el Mesolítico fueron épocas en las que los grupos se encontraron y compitieron con mayor frecuencia. Los terrenos de caza y pesca sostenibles se convirtieron en recursos valiosos, y los enfrentamientos entre grupos se hicieron realidad.

Uno de los yacimientos clave, Jebel Sahaba, a orillas del Nilo, es conocido por enterramientos que datan de hace aproximadamente 13.400 años. Contienen varias docenas de esqueletos con múltiples heridas de puntas de flecha y lanzas de piedra. Las heridas penetraron los huesos de las extremidades, la columna vertebral y el cráneo. Algunas víctimas presentaban heridas cicatrizadas junto con otras recientes. Estas huellas no corresponden a un solo día, sino a una serie de ataques que se extendieron a lo largo del tiempo; así es como los nuevos investigadores interpretaron el yacimiento.

Jebel Sahaba es uno de los primeros episodios bien documentados de violencia masiva en la prehistoria. La palabra "masacre" es apropiada en este caso , ya que se refiere a un enfrentamiento armado severo entre grupos. La evidencia apunta a una serie de ataques de este tipo, no a un solo día. Pero esto aún dista mucho de ser una guerra sistemática como institución sostenible: los enfrentamientos repetidos no son lo mismo que una guerra arraigada en el tejido social de la comunidad. El umbral para la guerra se ha establecido, pero aún no se ha cruzado.


Neolítico: Cuando la guerra se volvió rentable


Un punto de inflexión se produce en el Neolítico, la era de la agricultura y el pastoreo primitivos.

Con la agricultura, muchas cosas cambian a la vez. La gente se asienta en tierras específicas y se acumulan reservas: grano en graneros, rebaños y mercancías. La población crece y se vuelve más densa, y con ella, la organización comunitaria se vuelve más compleja y la desigualdad de la riqueza se hace evidente. En tales condiciones, la guerra adquiere un significado económico. Hay algo que conquistar —recursos, tierras, personas—, existen fronteras y zonas de influencia, y una élite interesada en controlar los recursos.

Vishnyatsky asocia el nacimiento de la guerra con este cambio.

Con el surgimiento de comunidades agrícolas sedentarias, aparecen recursos que pueden ser capturados y controlados, se forman fronteras y surgen las condiciones para un conflicto intergrupal sistemático.

La arqueología lo confirma con yacimientos específicos. La cultura de la cerámica lineal centroeuropea (c. 5500-4900 a. C.) aportó yacimientos que ahora se analizan como casos de estudio de la guerra en la Edad de Piedra.

En Talheim, al sur de Alemania, se encontró una fosa con los restos de 34 individuos. Los cráneos presentan numerosas lesiones causadas por armas contundentes, garrotes y hachas. Entre las víctimas había hombres, mujeres y niños. Los cuerpos están dispersos de forma desordenada, sin ninguna organización ritual. La interpretación de la mayoría de los investigadores es unánime: el exterminio violento de un grupo entero, muy probablemente residentes de un mismo asentamiento. No se trata de un duelo entre varios guerreros, sino del exterminio sistemático de toda una comunidad. A juzgar por los hallazgos neolíticos, esta es precisamente la naturaleza de los ataques entre grupos.

En Asparn an der Schlötz, otro asentamiento de la misma cultura, la imagen es aún más clara. El asentamiento estaba rodeado de fosos y fortificaciones. En las zanjas se hallaron numerosos huesos humanos con marcas de golpes y flechas, así como signos de desmembramiento. Así quedó el asentamiento tras un asalto: las defensas quebrantadas, la población masacrada y acorralada en la zanja. La situación táctica resulta familiar, ya que se remonta a épocas posteriores: un punto fortificado, un ataque, una ruptura del cerco y la muerte de los defensores.


Muros y zanjas: la lógica material de la amenaza


Los asentamientos fortificados constituyen un argumento contundente y de gran valor. Se han documentado asentamientos con terraplenes, fosos, empalizadas de madera y muros de piedra en toda Europa, los Balcanes, Anatolia y Oriente Medio.

La construcción de tales estructuras es costosa: requiere mano de obra colectiva, una planificación minuciosa y un trabajo preestablecido. Y si una comunidad invierte tiempo y esfuerzo en un terraplén que debe repararse generación tras generación, significa que la amenaza es constante, esperada e intrínseca a su forma de vida, no una disputa puntual con los vecinos. Las fortificaciones son un reconocimiento de que la guerra ya no es una excepción.


Guerra en la cabeza: Guerrero en la piedra


La guerra como fenómeno independiente es evidente no solo en el suelo, sino también en la capa simbólica. El arte rupestre del Neolítico tardío y el Eneolítico temprano (la Edad del Cobre) representa figuras de personas con arcos, lanzas y hachas; grupos de figuras armadas enfrentadas; escenas interpretadas como combates, persecuciones y captura de prisioneros.

Vishnyatsky señala un cambio importante:

...la guerra deja de ser una mera práctica y se convierte en un tema, comprendido en el espacio simbólico. El culto al guerrero y a las armas es otro signo del nacimiento del Homo bellicosus.

Homo bellicosus , «hombre guerrero», es una expresión acuñada por Vishnyatsky, no un término científico establecido. Representa a una persona para quien la guerra se ha convertido en una parte familiar y esperada de la vida social. El guerrero alcanza un estatus distintivo, a menudo prestigioso. Las armas se transforman de herramientas en un símbolo de fuerza y ​​poder. La comunidad es capaz de librar un conflicto armado organizado. Hacia finales de la Edad de Piedra, emerge un tipo de sociedad en la que la guerra está integrada en la estructura social, desde la distribución de recursos hasta la legitimación del poder. Incluso antes de los primeros reinos, la guerra ya está vinculada al poder, los recursos y el estatus especial del guerrero.


El debate de la guerra eterna: Keely, Pinker y el justo medio.


El debate internacional sobre la guerra primitiva choca entre dos extremos.

Lawrence Keeley, en su libro La guerra antes de la civilización, sostiene que las sociedades prehistóricas y primitivas eran extremadamente belicosas, con una tasa de muertes violentas mayor que la de los estados modernos. Steven Pinker, en Los mejores ángeles de nuestra naturaleza, argumenta lo contrario: la violencia disminuye a largo plazo; la vida antes de los estados era brutal, y la civilización finalmente redujo la escala del derramamiento de sangre.

Estas posiciones son opuestas, pero ambas consideran a las "sociedades primitivas" como una sola categoría y a menudo confunden tipos fundamentalmente diferentes dentro de ella. Mientras tanto, es necesario distinguir entre los primeros cazadores-recolectores nómadas y los agricultores sedentarios. Los nómadas carecen de fortificaciones permanentes, grandes asentamientos y reservas acumuladas. La guerra organizada es posible, pero no tan generalizada ni regular. La verdadera explosión de la guerra ocurrió en el Neolítico y períodos posteriores.

Vishnyatsky adopta una postura intermedia:

No se puede idealizar la prehistoria como un reino pacífico, ni imaginarla como una sucesión continua de guerras. La magnitud y las formas de la violencia armada cambiaron, y la transición a la agricultura, el sedentarismo y las primeras formas de gobierno complejo desempeñaron un papel decisivo.

En resumen, todo se reduce a dos cosas. El ser humano ha convivido con armas y escaramuzas desde tiempos inmemoriales. Pero la guerra como institución surgió más tarde, condicionada por circunstancias muy específicas.

Lo que se desprende de esto


No existía un paraíso pacífico: las fosas neolíticas con cráneos fracturados y los fosos llenos de huesos no dejaban lugar para un idilio. Pero tampoco existía una guerra eterna: millones de años del Paleolítico transcurrieron sin fortificaciones, sin fronteras, sin conflictos sistemáticos.

La guerra se desarrolló históricamente, no biológicamente. Es una práctica que depende de los recursos, la estructura social y la tecnología. Sus fundamentos —fortificaciones, control territorial, élites que prosperan gracias a la guerra, el culto a las armas— tienen sus raíces en la Edad de Piedra. La línea que separa la violencia de la guerra fluctúa según las regiones: en algunos lugares se sitúa en el Neolítico temprano, en otros se desplaza significativamente más tarde, y no existe una fecha única. Y dado que la guerra está determinada por condiciones específicas, no por la naturaleza humana, sus formas cambian junto con estas condiciones, desde incursiones de pequeños grupos hasta enfrentamientos entre estados. Todo esto comenzó mucho antes de la primera crónica. Y se basaba en los mismos elementos en los que se basaría más tarde: recursos, organización y poder.

jueves, 25 de junio de 2026

Teoría de la guerra: La tecnología moral

La ventaja “tecnológica” de los valores morales

Por EMcL





Imaginemos una situación extrema. Dos bandos se enfrentan en una contienda prolongada. Uno de ellos acepta restricciones morales: no atacar deliberadamente a civiles, no torturar prisioneros, no emplear escudos humanos, no destruir indiscriminadamente aquello que dice querer salvar. El otro, en cambio, se considera libre de esas limitaciones. Puede mentir sin freno, intimidar, infiltrar, secuestrar, aterrorizar, manipular a la población civil o convertir la ambigüedad moral en un arma. La pregunta surge casi de inmediato: ¿no tiene este segundo bando una ventaja decisiva? ¿No posee, por así decirlo, una “tecnología moral” superior, entendida no como virtud, sino como libertad de acción?

La intuición inicial parece favorecer al actor sin restricciones. En términos estrictamente tácticos, quien se libera de ciertos frenos dispone de un menú más amplio de acciones. Puede hacer cosas que el adversario no puede o no quiere hacer. Puede ocultarse entre civiles porque sabe que el enemigo vacilará antes de disparar. Puede usar hospitales, escuelas o templos como cobertura porque explota deliberadamente la inhibición moral del otro. Puede recurrir al terror selectivo para disciplinar poblaciones, asesinar colaboradores, sabotear infraestructuras críticas o producir efectos psicológicos desproporcionados con recursos relativamente escasos. Desde esta perspectiva, la moral aparece como una carga operativa: una fricción adicional en el campo de batalla, una demora en la cadena de mando, una limitación autoimpuesta en el uso de la fuerza.

Esta es la dimensión más inquietante del problema. Las normas morales, cuando son respetadas por un solo lado, pueden ser explotadas por quien no las respeta. Allí nace la idea de una asimetría moral: no simplemente una diferencia de armamento, presupuesto o tecnología, sino una diferencia en los límites de lo concebible. Para un actor, ciertas acciones están prohibidas; para el otro, están disponibles. En ese sentido preciso, el bando menos escrupuloso parece poseer una ventaja “tecnológica”: no porque tenga mejores máquinas, sino porque su arquitectura moral le habilita procedimientos vedados al adversario.

La guerra asimétrica ha ofrecido innumerables ejemplos de este fenómeno. Las insurgencias suelen operar en un terreno donde la distinción entre combatiente y no combatiente se vuelve difícil, a veces deliberadamente difícil. La población civil se transforma en refugio, fuente de información, escudo, base logística y escenario propagandístico. El adversario regular, especialmente si pertenece a una democracia liberal o a una coalición internacional, no sólo combate contra una fuerza armada; combate también contra la mirada de su propia opinión pública, de los medios, de los tribunales, de los aliados y de la historia. Cada error táctico puede convertirse en derrota política. Cada víctima civil puede tener un efecto estratégico superior al de una batalla perdida.

Pero esta ventaja inicial es menos sólida de lo que parece. La ausencia de restricciones morales amplía el espacio de acción, sí, pero también contamina el espacio político en el que toda guerra finalmente se decide. La brutalidad puede producir obediencia inmediata, pero rara vez produce lealtad estable. Puede conquistar una ciudad, pero no necesariamente gobernarla. Puede sembrar miedo, pero también odio. Puede desorganizar al enemigo, pero también unificarlo. Puede destruir la resistencia visible, pero alimentar una resistencia más profunda, más paciente y más radicalizada.

Por eso la moral no debe entenderse sólo como restricción. También puede funcionar como una tecnología de coordinación, legitimidad y supervivencia institucional. Un ejército que acepta límites no siempre es más débil; a veces es más confiable, más disciplinado y más capaz de sostener alianzas. Una sociedad que cree combatir por una causa justa puede soportar costos que serían intolerables si la guerra apareciera como mero saqueo o exterminio. Un Estado que respeta ciertas reglas preserva mejor su autoridad, incluso cuando pierde batallas. La moral, en este sentido, no es una decoración humanitaria colocada sobre la estrategia. Es parte de la estrategia misma.

La Segunda Guerra Mundial ofrece un caso extremo. Las potencias del Eje, en particular el régimen nazi y el militarismo japonés, llevaron adelante formas de guerra y dominación de una brutalidad sistemática: exterminio, trabajo esclavo, masacres, experimentación humana, castigos colectivos, desprecio generalizado por la vida de prisioneros y civiles. Esa ausencia de límites produjo efectos tácticos y políticos inmediatos. El terror desorganiza. La crueldad paraliza. La guerra total permite movilizar recursos humanos y materiales sin consideración por el costo moral. Pero esa misma lógica contribuyó a crear una resistencia feroz en los territorios ocupados, a cohesionar a sus enemigos y a justificar una guerra de aniquilación contra sus propios sistemas políticos. La violencia sin límites no sólo destruyó a sus víctimas; también erosionó las condiciones de posibilidad de una victoria duradera.

La comparación, por supuesto, no debe idealizar a los Aliados. Los bombardeos estratégicos sobre ciudades, desde Dresde hasta Tokio, muestran que incluso los actores que se presentan como defensores de un orden moral pueden transgredirlo gravemente. Pero justamente allí aparece un punto crucial: la fuerza de la moral como tecnología estratégica no depende sólo de proclamar normas, sino de sostenerlas con cierta consistencia. Cuando el bando que invoca la justicia viola sus propios principios, pierde parte de su ventaja simbólica. La moral no funciona como escudo retórico automático. Exige credibilidad.

Vietnam muestra una dinámica distinta, más ambigua y más moderna. Las fuerzas norvietnamitas y el Viet Cong explotaron con notable eficacia las ventajas de la guerra irregular: movilidad, ocultamiento, conocimiento del terreno, inserción entre la población, ataques sorpresa, túneles, emboscadas y una extraordinaria capacidad para convertir la supervivencia en victoria política. Estados Unidos y Vietnam del Sur, aunque contaban con superioridad material abrumadora, estaban condicionados por reglas de enfrentamiento, presión mediática, límites diplomáticos y una opinión pública cada vez menos dispuesta a aceptar los costos de la guerra. La ofensiva del Tet, militarmente costosísima para los comunistas, fue sin embargo una victoria estratégica en el plano perceptivo: mostró que el enemigo no estaba derrotado y quebró la confianza pública en el relato oficial de progreso.

Pero Vietnam también advierte contra una lectura demasiado simple. Estados Unidos cometió graves violaciones, desde matanzas como My Lai hasta campañas de bombardeo de enorme impacto civil. El problema no fue que un bando tuviera moral y el otro no. El problema fue que la legitimidad se volvió un campo de batalla en sí mismo. La insurgencia entendió que no necesitaba derrotar militarmente a Estados Unidos en sentido convencional; necesitaba hacer políticamente insostenible su permanencia. Allí la “tecnología moral” no consistió únicamente en carecer de límites, sino en explotar las contradicciones del adversario: obligarlo a elegir entre eficacia militar inmediata y legitimidad política de largo plazo.

Las guerras de Irak y Afganistán después de 2001 llevaron esta tensión a un nuevo nivel. Grupos como Al Qaeda, los talibanes o ISIS recurrieron a atentados suicidas, ejecuciones filmadas, bombas en mercados, uso de civiles como cobertura, destrucción patrimonial y violencia ejemplarizante. Esa brutalidad tuvo una eficacia táctica evidente: con recursos limitados, podían generar efectos psicológicos, mediáticos y políticos enormes. Una bomba improvisada podía alterar una campaña electoral, condicionar la estrategia de una coalición o forzar cambios doctrinarios en ejércitos enteros. En términos de costo-beneficio inmediato, la crueldad podía parecer racional.

Sin embargo, la misma brutalidad que les otorgó visibilidad también les impuso límites. ISIS, por ejemplo, logró una expansión territorial vertiginosa, pero su régimen de terror produjo rechazo local, coaliciones internacionales, rebeliones internas y una movilización militar sostenida contra su proyecto. La violencia extrema puede servir para capturar poder; es mucho menos eficaz para institucionalizarlo. Gobernar exige previsibilidad, extracción regular de recursos, administración, alianzas, obediencia no puramente coercitiva. La amoralidad puede ganar espacio; rara vez construye orden estable.

Algo semejante puede observarse en las guerras coloniales. En Argelia, el FLN recurrió al terrorismo urbano y a la guerra de guerrillas, mientras Francia respondió con tortura, desapariciones y represión sistemática, especialmente durante la Batalla de Argel. Desde el punto de vista táctico, la tortura produjo información. Desde el punto de vista estratégico, destruyó legitimidad. Francia podía ganar operaciones, desmontar células y controlar barrios; pero cada victoria obtenida mediante métodos moralmente corrosivos debilitaba la justificación misma de su presencia. El resultado fue una paradoja recurrente: el poder colonial podía imponerse militarmente y, al mismo tiempo, perder políticamente.

Roma ofrece una lección más antigua y quizá más profunda. Los romanos no fueron un pueblo sentimental ni ajeno al terror. Destruyeron ciudades, esclavizaron poblaciones y castigaron rebeliones con ferocidad. Pero su grandeza imperial no se sostuvo sólo en la violencia. También dependió de una formidable capacidad de integración: derecho, ciudadanía progresiva, cooptación de élites locales, infraestructura, rituales compartidos, administración. Roma entendió que la dominación duradera requiere algo más que miedo. Requiere convertir enemigos en subordinados, subordinados en aliados y aliados en romanos. Su “tecnología moral” no fue humanitaria en el sentido moderno, pero sí institucional: supo combinar coerción con incorporación. Allí donde otros actores sólo destruían, Roma absorbía.

La cuestión filosófica de fondo es si la moral en la guerra es una ilusión, un lujo de los fuertes o una condición de racionalidad estratégica. El realismo político, desde Maquiavelo en adelante, ha insistido en que el poder no puede ser juzgado con la ingenuidad de la moral privada. El gobernante que se ata las manos frente a enemigos despiadados puede condenar a su comunidad. Hay en ese argumento una verdad incómoda: ninguna sociedad sobrevive si convierte sus principios en una forma de suicidio. Pero también hay una verdad opuesta, igualmente severa: ninguna comunidad política sobrevive indemne si, para vencer, destruye todos los principios que justificaban su existencia.

Autores contemporáneos como Jeff McMahan han insistido en que la guerra no suspende la moralidad. Los actos siguen siendo evaluables; los individuos siguen siendo responsables; la pertenencia a un bando no absuelve automáticamente. Esta perspectiva obliga a rechazar la idea de que la guerra sea una zona moralmente vacía. Pero incluso si uno adoptara un enfoque más realista, menos normativo, la conclusión no sería muy diferente: la moral tiene consecuencias estratégicas. No es sólo un deber; es también un recurso. Produce confianza, reputación, obediencia voluntaria, alianzas, disciplina y continuidad institucional.

Aquí resulta útil volver a Shannon Vallor y a la idea de virtudes tecnomorales. En sociedades tecnológicamente complejas, virtudes como honestidad, humildad, justicia, autocontrol, prudencia y responsabilidad no son adornos éticos. Son capacidades operativas. Una comunidad científica no puede funcionar sin confianza epistémica. Una alianza militar no puede sostenerse sin credibilidad. Un sistema de inteligencia artificial no puede desplegarse socialmente si se percibe como arbitrario, opaco o abusivo. Una economía de innovación no prospera donde cada actor espera ser traicionado por el otro. La moral, en estos contextos, no reduce simplemente el conjunto de acciones disponibles; estructura las condiciones bajo las cuales la cooperación compleja se vuelve posible.

Esta es la inversión conceptual decisiva. El actor sin restricciones parece más libre porque puede hacer más cosas. Pero muchas de esas cosas destruyen las condiciones que permiten hacer cosas más difíciles: coordinar, innovar, gobernar, persuadir, reconstruir, heredar legitimidad. La amoralidad expande el repertorio táctico y empobrece el horizonte estratégico. Permite golpear con menos freno, pero dificulta construir con mayor profundidad. En el corto plazo, la restricción moral puede parecer una desventaja; en el largo plazo, puede ser una forma superior de tecnología social.

La historia militar, la política internacional y la competencia económica muestran una regularidad persistente: quienes renuncian a todo límite pueden ganar ventaja inicial, pero pagan costos acumulativos en legitimidad, cohesión y sostenibilidad. La moral no garantiza la victoria. Ningún principio detiene por sí solo a un ejército, a una insurgencia o a una corporación depredadora. Pero la ausencia de moral tampoco garantiza eficacia duradera. A menudo produce victorias huecas, territorios ingobernables, alianzas imposibles, sociedades quebradas y enemigos más determinados.

La pregunta inicial, entonces, debe reformularse. No se trata de saber si el bando sin restricciones tiene más opciones. Las tiene. La verdadera cuestión es qué tipo de opciones son esas, qué destruyen al ser usadas y qué clase de orden permiten construir después. La moral es una restricción, sin duda. Pero también es una tecnología de largo plazo: una arquitectura invisible que permite sostener confianza, coordinar esfuerzos, limitar la autodestrucción y convertir la fuerza en autoridad legítima. Quien carece de ella puede ganar una batalla con menos escrúpulos. Quien logra incorporarla de manera consistente puede estar mejor preparado para ganar la paz, que es siempre la forma más exigente de la victoria.

miércoles, 8 de abril de 2026

Teoría de la guerra: Auge de la doctrina de guerra de drones

El auge de la doctrina de los drones en la guerra moderna





La guerra con drones ya tiene su propia doctrina. Nadie la anunció.

No surgió de un centro de estudios ni de un informe del Ministerio de Defensa. Surgió tras años de gastar armamento, enterrar operadores y descubrir bajo fuego qué funciona realmente. El frente ucraniano se ha convertido en el laboratorio de guerra más dinámico de la historia, y lo que se está probando no es solo tecnología. Es una forma completamente nueva de organizar el campo de batalla.

La guerra con drones ya no es experimental. Lo que ocurre en el frente ucraniano no es solo que los ejércitos adopten un nuevo armamento, sino la formación inicial y compleja de una doctrina real. Los drones se están convirtiendo en una parte estructurada del funcionamiento del campo de batalla, con todo lo que ello implica: funciones, jerarquías, logística y duras lecciones sobre lo que no funciona.

La señal más clara de esto es la especialización. Tras un año de guerra a gran escala, ya existían distintos tipos de drones realizando funciones específicas: drones de reconocimiento, drones de ataque FPV, municiones merodeadoras, interceptores y sistemas de alcance medio. Esta variedad no surgió de un documento de planificación, sino del ensayo y error en combate. El paralelismo con la aviación es evidente, pero tiene sus límites. La aviación acabó desarrollando aeronaves polivalentes capaces de realizar varias tareas con bastante eficacia. Los drones aún no han llegado a ese punto. Por ahora, hacer bien una cosa es mejor que hacer mal varias.

Tácticamente, los drones se comportan menos como aeronaves y más como infantería. Viven cerca del frente, integrados en las unidades de combate, porque la clave es la velocidad: cuanto más rápido se pueda pasar de detectar un objetivo a alcanzarlo, mayor será la efectividad. Esta reducción del ciclo sensor-disparo es realmente novedosa y está cambiando la forma de pensar de los comandantes terrestres. Al mismo tiempo, los drones han invadido el ámbito tradicional de la artillería: reconocimiento, corrección de tiro y ataques directos. La artillería no ha sido reemplazada —sigue ofreciendo una potencia de fuego que los drones no pueden igualar—, pero la relación entre ambas ha cambiado considerablemente.

Existe la idea persistente de que los operadores de drones pueden alejarse del frente, y en parte es cierto. Los sistemas de retransmisión y las mejores comunicaciones han desplazado parte de esa distancia hacia la retaguardia. Pero los operadores de FPV, en particular, aún necesitan estar cerca. Las interferencias, la degradación de la señal y la latencia no son abstracciones: determinan si se alcanza el objetivo o se estrella el dron. El sueño de controlarlo todo desde un búnker a cincuenta kilómetros de distancia sigue siendo, en gran medida, una quimera.
El debate entre cantidad y calidad recibe mucha atención, pero probablemente sea un enfoque erróneo. Ambos aspectos importan, por diferentes razones. Los drones baratos y producidos en masa generan una presión difícil de ignorar: obligan al enemigo a reaccionar, a dispersarse y a gastar recursos defendiéndose de constantes amenazas menores. Los sistemas más capaces se encargan de las tareas que requieren precisión o alcance. Los ejércitos que han comprendido esto los utilizan en paralelo en lugar de elegir entre ellos. El resultado es una zona de cobertura estratificada: drones de reconocimiento en primera línea que proporcionan información, drones FPV que convierten esa información en ataques inmediatos, interceptores que intentan neutralizar al enemigo que hace lo mismo, y sistemas de alcance medio que llegan a la retaguardia para atacar lo que alimenta toda la operación.

Este aspecto de la retaguardia es más importante de lo que se suele reconocer. Las operaciones con drones requieren una logística extraordinariamente compleja. Baterías, repuestos, cargas útiles, tripulaciones entrenadas: el ritmo de consumo es implacable. Una operación que parece exitosa sobre el papel se desmorona en el momento en que se interrumpe el reabastecimiento. Y precisamente para interrumpir el reabastecimiento son eficaces los drones de alcance medio. Atacar un depósito o un cruce de carreteras a treinta kilómetros de distancia no genera titulares como un dramático ataque con drones FPV, pero a menudo es lo que determina el desarrollo de la semana siguiente.

Como fuerza de combate, las unidades de drones son realmente difíciles de destruir por completo. Están dispersas, se mueven constantemente y la pérdida de algunas posiciones no colapsa la red. Cuando un sector sufre un fuerte ataque, los equipos se repliegan; suelen ser los primeros en retirarse. Esa resistencia es real, pero se exagera. La guerra electrónica puede cegarlos. Un fallo logístico prolongado los inmovilizará con la misma seguridad que el fuego enemigo. Son resistentes, pero no invencibles.

Organizativamente, lo que mejor ha funcionado se parece mucho a cómo siempre se ha gestionado la artillería. El frente se divide en zonas, las zonas en sectores, cada unidad es propietaria de su pieza y responsable de lo que sucede en ella. La superposición entre sectores adyacentes es esencial: es lo que permite a las unidades absorber un aumento repentino de tropas sin dejar huecos. El error común es añadir más unidades sin pensar en cómo interactúan. Si se concentran demasiados equipos en un área confinada, se producen interferencias en la señal, ataques duplicados y fallos de coordinación que pueden costar vidas. Más no siempre es mejor.

Lo que está tomando forma, lentamente y bajo una enorme presión, es un sistema de combate basado en drones, en lugar de uno que simplemente los incluya. Cobertura por capas, estrecha integración con la artillería, dependencia de una logística integral y decisiones constantes entre escala y capacidad. Nada está terminado. La doctrina la están redactando quienes también están combatiendo, lo que significa que está llena de contradicciones y lagunas. Pero la dirección es bastante clara, y quien resuelva esas contradicciones más rápido tendrá una ventaja considerable.

viernes, 30 de enero de 2026

La guerra cognitiva rusa


Una introducción a la guerra cognitiva rusa

Institute for the Study of the War


Resumen ejecutivo

Comprender la guerra cognitiva es una exigencia de seguridad nacional para Estados Unidos.[1]

La guerra cognitiva es una forma de guerra que se centra en influir en el razonamiento, las decisiones y, en última instancia, las acciones del oponente para asegurar objetivos estratégicos sin luchar o con un esfuerzo militar menor del que se requeriría en otras circunstancias. China, Rusia, Irán y Corea del Norte utilizan cada vez más la guerra cognitiva contra Estados Unidos para influir en su toma de decisiones. La guerra cognitiva puede ser derrotada. Estados Unidos y sus aliados pueden neutralizar la guerra cognitiva de sus adversarios mediante la concienciación sistemática y explotando las debilidades que llevan a sus adversarios a recurrir a ella. La guerra cognitiva es mucho más que desinformación. Emplea diversas herramientas, incluyendo el uso de la verdad selectiva y parcial en los mensajes, a menudo integrado con acciones económicas, diplomáticas y militares, e incluso con operaciones de combate de gran envergadura. La guerra cognitiva se distingue por centrarse en lograr sus objetivos influyendo en la percepción del mundo y la toma de decisiones del oponente, en lugar del uso directo de la fuerza.

Rusia es un actor clave en el ámbito de la guerra cognitiva y un modelo para China, Irán y Corea del Norte. Rusia ha utilizado eficazmente la guerra cognitiva para facilitar su guerra en Ucrania, influir en la toma de decisiones occidentales, ofuscar los objetivos rusos, preservar el régimen del presidente ruso, Vladímir Putin, y enmascarar las debilidades de Rusia.

La guerra cognitiva es la forma de guerra, gobernanza y ocupación de Rusia . Los objetivos, medios y efectos de la guerra cognitiva rusa son mucho mayores que la desinformación a nivel táctico. La guerra cognitiva rusa es:

  • El método de guerra: El método ruso de guerra se centra en la idea de que las guerras se pueden ganar o perder en la mente del oponente. El principal esfuerzo del Kremlin es moldear las decisiones de sus oponentes para lograr objetivos inalcanzables únicamente con las capacidades físicas de Rusia. La estrategia rusa que más importa no es su estrategia de guerra, sino la estrategia del Kremlin para que veamos el mundo como Moscú desea que lo veamos y tomemos decisiones según esa percepción de la realidad generada por el Kremlin.[2]
  • El sistema de gobierno: El Kremlin ha estado librando una guerra de información dentro de Rusia y en territorios que Rusia ocupa ilegalmente para mantener el control y la estabilidad del régimen. Las operaciones de información internas y externas de Rusia, si bien son distintas, interactúan y no pueden entenderse de forma aislada. El control interno de la información del Kremlin le ayuda a generar recursos para sus esfuerzos militares en el exterior.
  • Nacida de la necesidad : Rusia no es débil, pero sí lo es en relación con sus objetivos. El Kremlin utiliza la guerra cognitiva para acortar distancias entre sus objetivos y sus medios. El principal objetivo de esta guerra cognitiva es generar una percepción de la realidad que le permita obtener mayores ganancias en el mundo real que las que podría obtener con la fuerza que realmente genera y a un menor coste .
  • Razonamiento de los objetivos : El objetivo principal de la guerra cognitiva rusa es influir en la toma de decisiones de sus adversarios y debilitar nuestra voluntad de actuar. El Kremlin busca reducir la voluntad y la capacidad de Estados Unidos y sus aliados para resistir a Rusia y así reducir las barreras que le impiden alcanzar sus objetivos. Rusia necesita que sus oponentes hagan menos para que Moscú pueda alcanzar más de sus objetivos. El Kremlin utiliza la guerra cognitiva para crear un mundo que simplemente acepte, y no combata, las premisas y acciones rusas.
  • Más allá de los medios : Rusia utiliza todas las plataformas que transmiten narrativas (medios de comunicación, conferencias, marcos internacionales, canales diplomáticos, individuos) como herramientas de su guerra cognitiva.
  • Transnacionales y multigeneracionales: las operaciones de información rusas abarcan décadas y geografías. Los efectos de la guerra cognitiva rusa pueden manifestarse años después del lanzamiento de dichas operaciones. Rusia activa y desactiva selectivamente un conjunto de narrativas a lo largo de décadas para adaptarlas a las cambiantes necesidades del Kremlin.
  • Eficaz, pero solo hasta cierto punto: la guerra cognitiva permitió a Rusia obtener avances que habrían sido imposibles solo con fuerzas convencionales. Sin embargo, la guerra cognitiva rusa no siempre es eficaz, ya que las operaciones de información rusas suelen tener un éxito parcial, fracasar e incluso resultar contraproducentes.
  • Una búsqueda constante: Rusia siempre lucha por la iniciativa en el ámbito informativo. Esta iniciativa no es permanente y puede ser impugnada.
  • Una vulnerabilidad : El Kremlin depende excesivamente de la guerra cognitiva. Su capacidad para lograr sus objetivos en el extranjero depende crucialmente de que Occidente acepte las afirmaciones rusas sobre la realidad. La presidencia de Putin también depende en parte de su capacidad para mantener la percepción de que una alternativa a su gobierno es peor o demasiado costosa para defenderla.
  • Predecible, y por lo tanto, objetivo : la guerra cognitiva rusa respalda los objetivos estratégicos del Kremlin, que no han cambiado en años. Esto presenta oportunidades para la defensa y el ataque. El Kremlin también depende de un conjunto de mensajes predeterminados, lo que le dificulta adaptarse rápidamente a nuevas operaciones de información.

Estados Unidos no debería contrarrestar la guerra cognitiva rusa de forma simétrica. La clave para defenderse de ella reside en hacerlo a nivel de razonamiento estratégico, resistiendo al impulso de perseguir los esfuerzos de desinformación táctica de Rusia. Desmentir las narrativas falsas individuales solo aborda el nivel táctico de la guerra cognitiva rusa y es insuficiente para contrarrestarla. Estados Unidos y sus aliados deberían comprender qué premisas pretende el Kremlin que creamos en un momento dado y a lo largo de las generaciones, qué decisiones nuestras intenta moldear y en apoyo de qué objetivos. Estados Unidos y sus aliados pueden entonces defenderse de la guerra cognitiva rusa rechazando las mismas premisas que el Kremlin intenta establecer en su esfuerzo por que, a partir de ellas, razonemos para llegar a conclusiones que beneficien a Rusia.

Sección 1: Contexto histórico

La guerra cognitiva de Rusia es muy anterior al gobierno de Putin, pero Putin ha recurrido ampliamente a esta capacidad tanto para gobernar como para librar guerras.

Gobernanza. Putin ha buscado el control de la información en Rusia desde los primeros días de su presidencia. Los servicios de seguridad rusos allanaron una importante cadena de televisión independiente días después de la investidura de Putin en el año 2000.[3] Putin estableció el control estatal sobre los medios de comunicación rusos en 2003.[4] El Kremlin ha introducido nuevas formas de control de la información cada año desde el año 2000.[5] La Rusia actual castiga cualquier expresión que parezca contradecir la agenda del Kremlin, y Putin ha estado expandiendo la censura desde que lanzó su invasión a gran escala de Ucrania.[6] El Estado ruso condenó a un adolescente ruso por usar poesía ucraniana del siglo XIX para protestar contra la guerra de Rusia contra Ucrania en 2025, por ejemplo.[7] Los esfuerzos del Kremlin por crear una plataforma nacional de mensajería instantánea se encuentran entre sus últimos intentos de ampliar la vigilancia de las comunicaciones nacionales.[8]

Guerra. La guerra cognitiva rusa se basa en el concepto soviético de "control reflexivo".[9] El matemático soviético Vladimir Lefebvre definió el "control reflexivo" en 1967 como un proceso de transferencia de las bases para la toma de decisiones de un oponente a otro.[10] En otras palabras, el Kremlin intenta que sus oponentes acepten las premisas rusas y, a partir de ellas, razonen para tomar decisiones que favorezcan a Rusia. Por ejemplo, Putin tomó la falsa afirmación de que las conversaciones sobre la adhesión de Ucrania a la OTAN representaban un peligro inminente para Rusia en 2021 —una afirmación que ISW y otros han desacreditado[11]— y la convirtió en la falsa conclusión de que Rusia tenía justificación para lanzar una invasión a gran escala de Ucrania. Putin sigue utilizando esta falsa afirmación para absolver a Rusia de cualquier responsabilidad por su guerra contra Ucrania y para intentar obtener concesiones de Estados Unidos y Ucrania en el contexto de las negociaciones de paz.[12]

Rusia está reciclando las estrategias e instrumentos de comunicación soviéticos. Hacer alarde de su poderío convencional, como las armas nucleares, su flota y sus sistemas de misiles, es una táctica que los soviéticos emplearon con frecuencia en sus mensajes estratégicos contra Occidente.[13] El Kremlin invirtió en ampliar el alcance y las capacidades de la agencia estatal de noticias TASS (acrónimo de la Agencia Telegráfica de la Unión Soviética ) en 2013 y 2014. TASS fue la fuente de propaganda soviética, tanto nacional como internacional, y estuvo presente en 116 países durante el gobierno de la Unión Soviética.[14] Rusia ha estado utilizando sus canales diplomáticos para influir en los líderes occidentales. La Unión Soviética también empleó las llamadas "medidas activas" —redes diplomáticas y espionaje— para promover sus intereses.[15]

Las capacidades de guerra cognitiva de Rusia no se degradaron tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, a diferencia de sus capacidades militares convencionales, que declinaron en la década de 1990. El discurso militar ruso sobre control reflexivo y operaciones de información continuó a lo largo de la década de 1990, y los servicios de inteligencia rusos mantuvieron sus operaciones de información en el extranjero.[16] El Kremlin utilizó diversos medios cognitivos en su fallido intento de disuadir a los países bálticos de integrarse con Occidente en la década de 1990, demostrando que el colapso de la Unión Soviética no cambió los objetivos de Rusia de controlar a los antiguos estados soviéticos ni su disposición a utilizar la guerra cognitiva para avanzar en sus objetivos.[17]

El estilo ruso de guerra reflejó cada vez más la noción de que las guerras se pueden ganar y perder en la mente del oponente durante el gobierno de Putin.[18] Putin ha priorizado durante mucho tiempo el desarrollo de la capacidad del Kremlin para moldear las percepciones a nivel global y en Rusia. Putin adoptó una Doctrina de Seguridad de la Información en 2000, que enfatizaba la defensa contra la influencia psicológica de otros estados sobre Rusia.[19] El Kremlin intensificó sus esfuerzos de guerra cognitiva después de una serie de protestas pacíficas contra regímenes corruptos en los antiguos estados soviéticos, incluyendo la Revolución Rosa de 2003 en Georgia y la Revolución Naranja de 2004 en Ucrania. El esfuerzo de los vecinos de Rusia por una gobernanza transparente al estilo occidental amenazó el objetivo de Rusia de controlar esos estados, y Putin percibió este desarrollo como una amenaza para su régimen. Putin enfatizó a lo largo de los años que el Kremlin "debería hacer todo lo necesario para que nada similar suceda jamás en Rusia".[20] El Kremlin lanzó una serie de operaciones de información para detener y revertir la pérdida de influencia rusa en Ucrania y otros antiguos estados soviéticos. El Kremlin invirtió en narrativas sobre el separatismo en Ucrania ya en 2004 y las utilizó una década más tarde como base de su operación híbrida destinada a apoderarse de las regiones oriental y meridional de Ucrania en 2014, y más tarde de su invasión a gran escala en 2022.[21]

El paradigma de seguridad nacional de Rusia priorizó aún más la guerra cognitiva y la integración de las capacidades de guerra de información en su doctrina y conceptos de operación después de las campañas militares de Rusia de 2014 y 2015 en Ucrania y Siria, respectivamente.[22] Los académicos militares rusos escribieron en la revista científica militar rusa Military Thought que las capacidades de información juegan un papel cada vez más importante en la capacidad de un país para influir en los eventos globales: capacidades para explotar el potencial intelectual de otros países; para difundir e insertar sus propios valores ideológicos espirituales, cultura, idioma; para detener la expansión espiritual y cultural de otros países; para transformar e incluso socavar sus fundamentos espirituales y morales.[23] Algunos escritores militares rusos incluso argumentaron que todas las actividades, incluidas las operaciones cinéticas, deben estar dirigidas a lograr efectos informativos.[24] La Doctrina de Seguridad de la Información de Rusia de 2016 exigía una política de información rusa independiente, la gestión segmentada de Internet rusa y la eliminación de la dependencia rusa de las tecnologías de la información extranjeras.[25] Rusia estableció la Dirección Político-Militar en 2018 para inculcar la ideología del Kremlin dentro de las Fuerzas Armadas rusas, ya que el Kremlin buscaba expandir su control de la información sobre el ejército ruso.[26] La Unión Soviética integró de manera similar a oficiales políticos en su ejército para asegurar la alineación del ejército soviético con la ideología y los objetivos del Partido Comunista.

El Kremlin ha priorizado la expansión global de su conglomerado mediático. El Concepto de Política Exterior de 2016 incluyó entre sus prioridades el "fortalecimiento de la posición de los medios rusos en el espacio informativo global".[27] Los medios de comunicación controlados por el Kremlin, RT , TASS y Sputnik, lanzaron una iniciativa concertada para establecer alianzas con medios extranjeros.[28] TASS reanudó su programación multilingüe y reabrió numerosas sucursales en el extranjero en 2013 y 2014.[29] El Kremlin ha estado invirtiendo en una generación de periodistas con visión de futuro para Rusia mediante programas de capacitación.[30]

Sección 2: Intención

El Kremlin se centra en la batalla por la mente por necesidad y oportunidad. Rusia no es débil en sí misma, dadas sus considerables capacidades y potencial militar. Pero Rusia es débil en relación con sus objetivos estratégicos. El Kremlin utiliza la guerra cognitiva para acortar distancias entre sus objetivos y sus medios.

Los objetivos estratégicos del Kremlin se han mantenido prácticamente inalterados durante el gobierno de Putin. Estos objetivos incluyen preservar el régimen de Putin; restablecer a Rusia como una gran potencia, lo que presupone subyugar a Ucrania y Bielorrusia; recuperar el control de los antiguos estados soviéticos; y establecer un orden mundial en el que la influencia estadounidense se vea disminuida, la unidad de la OTAN se haya roto y Rusia tenga una influencia decisiva.

Putin ha carecido de los medios para lograr sus objetivos.[31] Los fracasos militares de Rusia durante la invasión de Ucrania en 2014 y la invasión a gran escala de 2022 expusieron los límites del poder duro de Rusia . Rusia a menudo no es lo suficientemente fuerte como para imponer su voluntad a otros, ni es lo suficientemente atractiva como para ser un socio predilecto. La esfera de influencia de Rusia es en gran medida inventada: es la esfera de influencia que Putin desea tener, pero en general no la tiene. Los vecinos de Rusia no están dispuestos a elegir a Rusia como socio exclusivo, si es que lo hacen.[32] Rusia también carece del poder militar para controlar su percibida esfera de influencia por la fuerza. Le tomaría a Rusia más de 100 años capturar el 80 por ciento restante de Ucrania al ritmo actual de avance, suponiendo que Rusia pueda soportar pérdidas masivas de personal indefinidamente.[33] La victoria de Rusia en Ucrania está lejos de ser inevitable. Rusia ha estado luchando por apoderarse por completo de cuatro territorios ucranianos que el Kremlin declaró ilegalmente como anexados en septiembre de 2022 desde ese anuncio. Rusia tardaría más de cuatro años y medio en capturar estas zonas por completo, suponiendo que las fuerzas rusas avancen al mismo ritmo que desde julio de 2024. Otros antiguos estados soviéticos, como Moldavia, resisten los intentos de dominación del Kremlin.[34] Lo más cerca que el Kremlin ha estado de controlar un país desde la caída de la URSS es Bielorrusia. El Kremlin recuperó su influencia dominante sobre Bielorrusia entre 2020 y 2021 tras una campaña de coerción y manipulación de varios años.[35] El Kremlin tampoco apoyó a sus aliados, el régimen de Bashar al Assad, en Siria en diciembre de 2024 y Armenia durante la guerra de Nagorno-Karabaj de 2023, debido a que las fuerzas y el equipo militar rusos estaban bloqueados en Ucrania.

El propósito de la guerra cognitiva del Kremlin es generar una realidad alternativa que permita a Rusia triunfar en el mundo real. La mayoría de sus esfuerzos cognitivos buscan debilitar la voluntad y la capacidad de quienes se resisten a Rusia y reducir las barreras para que Rusia logre sus objetivos.

1. El principal esfuerzo cognitivo del Kremlin es lograr que el mundo acepte las premisas rusas. Por ejemplo, el Kremlin afirma que la victoria rusa en Ucrania es inevitable; que Rusia tiene derecho a las zonas de Ucrania que no controla militarmente; y que Rusia merece la esfera de influencia que desea, a pesar de las realidades mencionadas.

Intención: El Kremlin tendrá más posibilidades de imponer su voluntad si el mundo deja de apoyar a los países que se resisten al control ruso. El Kremlin tendrá más posibilidades de lograr este objetivo si logra que la comunidad internacional acepte la premisa de que Rusia tiene derecho a la esfera de influencia que desea. Rusia tendrá más posibilidades de subyugar a Ucrania si logra que la comunidad internacional acepte la premisa de que la victoria rusa es inevitable y que la continua ayuda occidental a Ucrania es inútil. Rusia alcanzará un objetivo que excede su capacidad militar si el mundo acepta la premisa de que Rusia merece territorios ucranianos, ocupados y no ocupados, y presiona a Kiev para que ceda territorio como parte de un acuerdo con Rusia.

2. El Kremlin ha intentado presentar a Rusia como una organización justa. El Kremlin invierte una enorme energía en desestimar y ocultar las atrocidades de Rusia, lo que indica la importancia de este esfuerzo. El Kremlin negó repetidamente la participación del ejército ruso en la Masacre de Bucha en marzo de 2022 durante la invasión rusa de la provincia de Kiev. Las fuerzas rusas cometieron atrocidades graves y bien documentadas contra la población civil en Bucha en 2022.[36] El Kremlin incluso afirmó que Ucrania había "organizado" la masacre para obtener el apoyo occidental.[37] El Kremlin acusó a las fuerzas ucranianas de destruir la presa de Kakhovka en junio de 2023. La presa estaba bajo ocupación rusa y probablemente fue destruida por Rusia para obstaculizar la contraofensiva de Ucrania del verano de 2023.[38] El Kremlin oculta sus persecuciones religiosas en la Ucrania y Rusia ocupadas, en particular contra la Iglesia Ortodoxa de Ucrania (OCU) y los bautistas.[39] El Kremlin intenta ocultar o replantear el secuestro de niños ucranianos por parte de Rusia. Rusia ha estado llevando a cabo deportaciones masivas de niños ucranianos y despoblando el territorio ucraniano.[40] Rusia niega sus ejecuciones sistemáticas de prisioneros de guerra de Ucrania a pesar de la considerable evidencia de esas ejecuciones.[41]

Intención. El Kremlin pretende ocultar y normalizar las atrocidades de Rusia para limitar la resistencia internacional a sus acciones. El conocimiento generalizado de las atrocidades rusas, periódicamente, pero no siempre, moviliza recursos y sociedades occidentales para resistir a Rusia, lo que dificulta que Rusia logre sus objetivos. Rusia no ocultó su responsabilidad en la masacre de Bucha en 2022, lo que provocó una amplia condena y un aparente aumento de la ayuda militar occidental a Ucrania.[42]

3. El Kremlin ha intentado ocultar las debilidades de Rusia y Putin, a la vez que desacredita los objetivos rusos. El Kremlin ha buscado presentar a Putin como un líder de guerra eficaz.[43] De hecho, Putin ha sido un líder de guerra ineficaz, incumpliendo casi todos sus objetivos militares declarados mucho más de tres años después del inicio de la guerra rusa, a pesar de que se estima que un millón de rusos murieron y resultaron heridos.[44] El Kremlin ha minimizado los fracasos rusos y los éxitos de Ucrania. El Kremlin minimizó la liberación de los territorios ocupados por Ucrania en 2022, la expulsión de la Flota del Mar Negro rusa del oeste del Mar Negro y de los puertos ocupados de Crimea por parte de Ucrania, y la incapacidad de Rusia para proteger sus fronteras internacionales contra la incursión ucraniana en el óblast de Kursk, entre otros.[45] El Kremlin ha trabajado persistentemente para desacreditar los objetivos rusos —desde Estonia hasta Ucrania— y presentarlos como indignos de apoyo internacional desde la década de 1990, mucho antes de que Putin llegara al poder, y cada vez más durante su mandato.[46]

Intención : Si el mundo cree en la narrativa de la fuerza, la invencibilidad o la inevitabilidad de la victoria rusa, o en que sus objetivos no merecen apoyo, entonces el mundo podría estar menos inclinado a resistir o ayudar a otros a resistir las acciones del Kremlin. Ocultar la debilidad de Putin en un sistema construido sobre la premisa de la fuerza también es clave para la estabilidad de su régimen.

El Kremlin está usando la guerra cognitiva, en suma, para crear un orden mundial que simplemente aceptaría, y nunca combatiría, las premisas y acciones rusas, y para permitir que Rusia alcance objetivos que de otro modo estarían fuera de sus posibilidades.

El Kremlin utiliza la guerra cognitiva para gobernar y ocupar. La capacidad de controlar la narrativa se ha convertido en un requisito cada vez más esencial para la estabilidad del régimen de Putin en Rusia . La presidencia de Putin depende de su capacidad para mantener la percepción de que cualquier alternativa a su gobierno es peor o demasiado costosa para luchar por ella.[47] Su dominio del espacio informativo ruso le permite absorber reveses que habrían amenazado el poder de otros líderes, como el fracaso en alcanzar la mayoría de los objetivos de una guerra contra Ucrania que ha causado más de un millón de rusos heridos y muertos.

Rusia también utiliza la guerra cognitiva en su estrategia de ocupación.[48] Rusia busca establecer el control de la información inmediatamente después de la ocupación física de cualquier área. Las fuerzas rusas tomaron la torre de televisión local y comenzaron a emitir propaganda rusa justo después de que Rusia ocupara la ciudad de Jersón en 2022.[49] Las autoridades de ocupación rusas conectaron las provincias ocupadas de Jersón, Zaporiyia, Donetsk y Luhansk con 20 canales federales rusos y 10 canales de ocupación rusos en 2023.[50] El Kremlin también lanzó una elaborada campaña de información con el objetivo de presentar las elecciones presidenciales rusas en la Ucrania ocupada de marzo de 2024 como legítimas, en un esfuerzo por asegurar la aceptación de la ocupación de partes de Ucrania por parte del Kremlin.[51] El grado y la eficacia del control de la información de Rusia sobre los territorios que ocupa ilegalmente varían. Sin embargo, Rusia requiere tanto el terror como el control de la información para gobernar los territorios que ocupa ilegalmente ante la resistencia local.[52]

La guerra cognitiva rusa, tanto global como interna, está profundamente conectada y no puede entenderse de forma aislada. La guerra cognitiva del Kremlin dentro de Rusia no se limita a la estabilidad del régimen. El Kremlin utiliza la guerra cognitiva interna para generar recursos para sus esfuerzos militares externos. Ofrece elevadas recompensas económicas para atraer voluntarios rusos; utiliza propaganda y educación patriótica-militar para adoctrinar a niños para que eventualmente presten servicio militar; patrocina a numerosos blogueros militares para anunciar el servicio militar y eventos de financiación colectiva; y condiciona a la sociedad rusa a aceptar mayores sacrificios.[53] Muchos rusos que decidieron participar en la invasión de Ucrania y asesinar ucranianos admitieron haberlo hecho porque creían en la propaganda rusa sobre el nazismo en Ucrania, como lo demuestran las entrevistas a prisioneros de guerra rusos y a residentes locales rusos que recitan las narrativas del Kremlin para justificar sus decisiones.[54] El amplio apoyo de Rusia a los objetivos maximalistas de Putin en Ucrania también se debe en parte a las campañas de información rusas para condicionar a los rusos a una larga guerra contra Ucrania y Occidente.[55]

La inversión del Kremlin en la guerra cognitiva surge no solo de la necesidad, sino también de su percepción de la oportunidad. Esta guerra puede librarse a menudo por medios económicos, como las redes sociales. El fracaso de una operación de información es menos costoso y menos visible que un fracaso militar. La tecnología moderna, la vertiginosa actividad informativa y la naturaleza transnacional del espacio informativo global han facilitado a Rusia influir en diferentes públicos y países a la vez, a veces bajo la apariencia de una negación plausible. Rusia puede lanzar, pausar, detener o intensificar diversas operaciones de información con mayor facilidad que las operaciones militares. El entorno informativo es confuso y abrumador: condiciones propicias para la guerra cognitiva, cuyo objetivo es confundir y convencer. La guerra cognitiva es abstracta, no está regulada y se investiga poco. Las sociedades libres no han desarrollado un método integral para proteger a los responsables de la toma de decisiones y a la población de la guerra cognitiva adversaria. La guerra cognitiva rusa también se beneficia del hecho de que su objetivo principal es provocar la inacción en respuesta a sus acciones. 

El Kremlin triunfa si convence a sus adversarios de que es demasiado difícil conocer la verdad, demasiado difícil resistirse a Rusia, demasiado difícil estar seguro de quién tiene razón y quién no. Moscú no tiene que convencer a sus oponentes de que sus puntos de vista y objetivos son correctos, solo de que resistirse a Rusia es innecesario, injustificado o imprudente. Este requisito presenta un umbral de éxito mucho menor que persuadir a los oponentes para que coincidan con Moscú, sobre todo en un entorno informativo global que ya condiciona a la gente a decir: «Bueno, ¿quién sabe realmente?».

Sección 3: Alcance

Operaciones de información táctica, operativa y estratégica

Las operaciones de información rusas son elementos de la guerra cognitiva rusa. Estas operaciones funcionan en todos los niveles de la guerra: táctico, operativo y estratégico, apoyando en última instancia los objetivos estratégicos del Kremlin.

Operaciones de información a nivel táctico

Las operaciones de información táctica de Rusia se centran principalmente en eventos o narrativas individuales . Ejemplos de una operación de información de nivel táctico incluyen a influencers rumanos de TikTok que publicaron un video en apoyo a un candidato presidencial rumano prorruso, o la afirmación de un propagandista ruso de que un funcionario del gobierno ucraniano se encuentra bajo los efectos de las drogas.[56]

Las operaciones de información rusas a nivel táctico buscan confundir, introducir nuevas narrativas, poner a prueba el espacio informativo o mantener una narrativa existente, entre otros objetivos. Son numerosas y se distribuyen por diferentes medios y en distintos idiomas, lo que dificulta su seguimiento y facilita su desmentido o rechazo.

Cada operación de información táctica individual puede parecer aislada, pero el Kremlin las orquesta en campañas a nivel operativo de guerra para apoyar sus objetivos estratégicos. Un video publicado por un influencer rumano de TikTok formó parte de la campaña del Kremlin para 2024 en Rumania, destinada a promover a un candidato presidencial pro-Kremlin en las elecciones rumanas.[57] Esta campaña apoyó el objetivo estratégico del Kremlin de romper la unidad de la OTAN, socavar el apoyo occidental a Ucrania y debilitar la determinación europea frente a la amenaza rusa.[58] Funcionarios y propagandistas del Kremlin difunden rutinariamente múltiples videos manipulados y afirmaciones falsas de que funcionarios ucranianos son drogadictos.[59] Cada video y afirmación parecen ser un evento distinto y aislado, pero juntos forman parte de una campaña a nivel operativo para desacreditar al gobierno ucraniano ante el público occidental y ucraniano, en apoyo del objetivo estratégico del Kremlin de erosionar el apoyo occidental a Ucrania.

Las operaciones de información rusas a nivel táctico no siempre siguen una fórmula exacta para lograr objetivos operativos y estratégicos; muchas no funcionan, mientras que otras se crean accidentalmente o se difunden inadvertidamente. Estos factores dificultan la identificación de las campañas de las que se supone que forman parte.

Operaciones de información a nivel operativo

Gran parte de la guerra cognitiva de Rusia se realiza a nivel operativo. Las campañas de información de Rusia a nivel operativo se dirigen contra un conjunto de objetivos durante un período prolongado . Por ejemplo, el Kremlin está avanzando varias operaciones de información dirigidas a los estados bálticos a partir del verano de 2025, a saber: redibujar las fronteras marítimas en el mar Báltico; emitir pensiones y ciudadanías rusas a letones, lituanos y estonios; y acusar a los gobiernos locales de nazismo y reprimir a los hablantes de ruso y a los que se declaran rusos étnicos.[60] Esta campaña del Kremlin dirigida a los estados bálticos tiene el objetivo operativo de establecer condiciones de información a largo plazo que el Kremlin pueda utilizar para justificar una posible acción militar futura contra los estados bálticos, en paralelo a las campañas que llevó a cabo en Ucrania antes de sus invasiones de ese estado.[61] Esta es una de las muchas campañas operativas rusas en el noreste de Europa que buscan lograr el objetivo estratégico del Kremlin de establecer la esfera de influencia deseada de Rusia.

Operaciones de información a nivel estratégico

El nivel estratégico de la guerra cognitiva rusa es el más difícil de comprender, pero el más crucial. Las narrativas estratégicas rusas se centran en la voluntad y el razonamiento del oponente. A diferencia de las narrativas tácticas, que se centran en eventos específicos o campañas operativas que buscan moldear percepciones más amplias sobre un tema, las operaciones de información estratégica rusas se centran en establecer premisas que permitan a su objetivo razonar a partir de ellas hasta llegar a conclusiones favorables para Rusia, y luego actuar con base en estas conclusiones de manera que promuevan sus objetivos. En otras palabras, las operaciones de información estratégica rusas se centran en la base misma de nuestro razonamiento con el objetivo de hacernos actuar a favor de Rusia, creyendo que estamos promoviendo nuestros propios intereses. Como evaluó ISW en 2024, «el Kremlin no está discutiendo con nosotros. Intenta imponer afirmaciones sobre la representación artificial de la realidad por parte de Rusia como base para nuestras propias discusiones y luego permitirnos razonar hasta llegar a conclusiones que beneficien al Kremlin».[62]

Crear nuevas premisas o modificar las existentes es un proceso a largo plazo. Requiere la erosión gradual de los hechos aceptados o su sustitución por un nuevo conjunto de hechos favorable al Kremlin. Requiere cambiar la percepción sobre suficientes elementos de la realidad para crear una imagen de la realidad que, en su totalidad, sea nueva (y falsa). Estos esfuerzos son más eficaces cuando el objetivo ni siquiera es consciente de que están ocurriendo. Por ejemplo, el esfuerzo de información estratégica de Rusia para aislar a Ucrania del apoyo occidental abarca cientos de narrativas tácticas, que respaldan múltiples campañas de información operativa de décadas de duración destinadas a moldear la percepción occidental de los costos, beneficios y riesgos de apoyar a Ucrania, y alinearse con los valores y prioridades occidentales.[63]

El objetivo final de las operaciones de información estratégica del Kremlin es la voluntad del oponente de actuar . Rusia busca socavar la creencia de sus oponentes en el valor de la acción como tal. Para lograr más, el Kremlin necesita que otros hagan menos. El Kremlin ha establecido la inacción como una respuesta predeterminada de los ciudadanos rusos a los estímulos externos e internos. Las operaciones de información estratégica del Kremlin buscan condicionar a Occidente a elegir la inacción cuando se trata de Rusia. Occidente, Estados Unidos en particular, ha sido un obstáculo para la subyugación del Kremlin a sus vecinos. El apoyo de Estados Unidos ha sido crítico para la capacidad de Ucrania de resistir la invasión rusa, por ejemplo. Rusia podría muy bien perder si Occidente se inclina para apoyar a Ucrania. Las economías combinadas de los países de la OTAN, los estados de la Unión Europea (UE) no pertenecientes a la OTAN y los aliados asiáticos de Estados Unidos eclipsan a las de Rusia, entre otras cosas. El objetivo ruso ha sido, por tanto, que Estados Unidos razone libremente hasta llegar a la conclusión de que el triunfo de Rusia en Ucrania o en cualquier otro país que Rusia quiera controlar es inevitable (o está de acuerdo con los intereses estadounidenses) y que Estados Unidos debería mantenerse al margen.

Rusia está utilizando la guerra cognitiva para socavar no solo la voluntad de Estados Unidos, sino también su capacidad de acción. Incluso cuando está preocupada por Ucrania, Rusia invierte en narrativas antiestadounidenses desde África hasta Sudamérica para erosionar el acceso, la presencia y la influencia de Estados Unidos a nivel global.

Las operaciones de información estratégica del Kremlin también buscan influir en los oponentes para que elijan acciones específicas y asegurar los objetivos de Rusia en nombre de Rusia . Putin ha buscado durante mucho tiempo romper la unidad de la OTAN, pero Rusia no puede hacerlo por la fuerza. En cambio, el Kremlin está creando condiciones cognitivas en las que la OTAN socavaría su propia unidad, un principio central de la defensa colectiva, desde dentro. Putin ha intentado evitar que estados, incluso estados no exsoviéticos como Montenegro, se unan a la OTAN. El Kremlin ha trabajado durante mucho tiempo para socavar las relaciones entre los estados de la OTAN.[64] El Kremlin ha invertido en influencia política en Hungría y la ha utilizado para bloquear o perturbar las decisiones de la OTAN y la UE sobre Ucrania y Rusia.[65] El Kremlin ha utilizado la política energética para generar fricción dentro de la alianza. Los esfuerzos de influencia de varios años del Kremlin lograron convencer a un miembro de la OTAN, Alemania, para construir el gasoducto NordStream 2, ahora inactivo, a pesar de los claros riesgos de seguridad nacional del proyecto para los intereses europeos y los limitados beneficios prácticos.[66] El Kremlin ha intentado durante mucho tiempo crear las condiciones para que la OTAN conceda voluntariamente a Rusia un veto sobre qué países pueden unirse a la OTAN atacando o amenazando con atacar a los aspirantes a miembros, intentando establecer la falsa premisa de que Rusia tiene derecho a controlar una esfera de influencia y exigiendo explícitamente que la OTAN descarte la ampliación y limite el despliegue de fuerzas y sistemas de armas.[67]

Operaciones de información multigeneracionales y entre teatros de operaciones

Los esfuerzos rusos de guerra cognitiva abarcan generaciones y escenarios. Rusia activa y desactiva selectivamente conjuntos de narrativas a lo largo de décadas. La repetición y persistencia de estas narrativas permite al Kremlin desensibilizar a sus oponentes a los mensajes que transmiten sus operaciones de información, lo que aumenta la probabilidad de que un oponente pierda de vista dichas operaciones y sus intenciones. La eficacia de la guerra cognitiva rusa reside, en parte, en su capacidad para invocar la falacia, comúnmente aceptada, de que la redundancia es señal de la credibilidad de la información. Muchas de las narrativas del Kremlin permanecen latentes durante años hasta que llega el momento oportuno.

Un desafío permanente para Occidente es la tendencia a ignorar las actividades tácticas de Rusia que parecen triviales hasta que se convierten en ganancias estratégicas para el Kremlin.[68] Las operaciones de información multigeneracionales rusas refuerzan esta tendencia, dispersando la ya limitada atención occidental a las acciones rusas a lo largo del tiempo y ocultando la guerra cognitiva rusa a plena vista mediante pura persistencia.

Ucrania. El Kremlin comenzó a propagar narrativas separatistas y a establecer estructuras "separatistas" en el este de Ucrania ya en 2004, un proceso que pasó prácticamente desapercibido en Occidente.[69] Una década de guerra cognitiva permitió la operación híbrida del Kremlin en Ucrania en 2014.

Los Estados bálticos. El Kremlin ha estado estableciendo condiciones de información para operaciones híbridas contra los Estados bálticos desde la década de 1990 en nombre de la "unidad histórica" ​​ruso-báltica y la protección de los "compatriotas rusos en el extranjero", incluyendo la supuesta persecución por motivos religiosos.[70] Funcionarios del Kremlin comenzaron a amenazar con acciones militares rusas contra los Estados bálticos ya en 1993, dos años después del colapso de la Unión Soviética. El viceministro de Asuntos Exteriores ruso, Vitaly Churkin, amenazó con que Rusia se preparaba para emplear serias medidas diplomáticas, políticas y quizás "no solo políticas" contra Estonia para disuadirla de adoptar la Ley de Extranjería de 1993.[71] Esta ley regulaba las bases para la entrada de extranjeros a Estonia, lo que el Kremlin probablemente consideraba una limitación de su acceso a Estonia y una amenaza para su objetivo de controlar los antiguos estados soviéticos.[1][72] El Kremlin ha cuestionado sistemáticamente la legalidad de la independencia de los Estados bálticos de la Unión Soviética desde mediados de la década de 1990, probablemente para justificar una posible acción militar futura.[73] A mediados de la década de 1990, funcionarios rusos afirmaron falsamente que los Estados bálticos se unieron voluntariamente a la Unión Soviética para ocultar la extremadamente enérgica ocupación y anexión soviética de los países bálticos. El Kremlin continúa impulsando narrativas destinadas a socavar la integración de Estonia, Lituania y Letonia en las instituciones occidentales.[74]

El Kremlin está utilizando el control ruso de Kaliningrado para justificar posibles nuevas conquistas territoriales rusas. Putin declaró en septiembre de 2024 que Rusia debe garantizar la ausencia de barreras para la circulación de ciudadanos rusos entre la Rusia continental y el óblast de Kaliningrado, lo que podría justificar futuras agresiones rusas contra los Estados Bálticos o Polonia con el pretexto de defender el óblast de Kaliningrado.[75] El Kremlin utiliza las conquistas territoriales pasadas y la supuesta responsabilidad de proteger a los rusoparlantes para crear un casus belli. El Kremlin utilizó esta estrategia para justificar su invasión a gran escala de Ucrania en 2022 y su ocupación ilegal de Crimea y partes de los óblasts ucranianos de Donetsk y Luhansk en 2014.

Finlandia. Los funcionarios rusos invocan cada vez más narrativas sobre los vínculos históricos de Finlandia con Rusia.[76] Antes de la adhesión de Finlandia a la OTAN, las operaciones de información rusas dirigidas a Finlandia se centraban en los siguientes temas: disputas por la custodia de menores entre padres rusos y finlandeses, la historia de Finlandia como aliado nazi durante la Segunda Guerra Mundial, la intención finlandesa de recuperar los territorios perdidos y las afirmaciones de una sólida amistad ruso-finlandesa.[77] El Kremlin acusó a Occidente de socavar deliberadamente la relación ruso-finlandesa y de prepararse para utilizar a Finlandia para amenazar el noroeste de Rusia. Los rusos están difundiendo narrativas de que la decisión del gobierno finlandés de distanciarse de Rusia no refleja los deseos de la población finlandesa, que Finlandia formó parte del Imperio ruso y que Finlandia estaba "exterminando indiscriminadamente" a la población eslava en Carelia, una región dividida entre el noroeste de Rusia y Finlandia.[78]

Otro ejemplo de una campaña de información multigeneracional y transnacional es el intento de Rusia de acusar falsamente a Estados Unidos de utilizar laboratorios biológicos secretos para producir armas biológicas en países exsoviéticos y de utilizar armas bioquímicas y radiológicas en dichos estados. ISW y otros han desacreditado exhaustivamente esta operación de información.[79] La Unión Soviética utilizó una variante de la narrativa de los laboratorios biológicos en la década de 1980 al acusar falsamente a Estados Unidos de crear el VIH/sida como arma biológica.[80] La Rusia postsoviética utilizó la campaña informativa centrada en los laboratorios biológicos estadounidenses en el contexto de la invasión rusa de Georgia en 2008. Los medios rusos de la época afirmaron que las fuerzas rusas descubrieron instalaciones biológicas y químicas en la Osetia del Sur ocupada.[81] Durante las últimas dos décadas, el Kremlin ha invocado repetidamente la narrativa estadounidense de los laboratorios biológicos en numerosos estados exsoviéticos, como Ucrania, Georgia, Moldavia, Kazajistán y Armenia, todo ello con el objetivo de apoyar diversos objetivos operativos del Kremlin en esos países.[82] La operación de información sobre biolaboratorios apoya el objetivo estratégico del Kremlin de recuperar el control sobre los antiguos estados soviéticos, creando una imagen negativa de Estados Unidos en dichos países. Pero no se limita a su esfera de influencia. El Kremlin también desplegó la operación en América, África y Asia.[83] El Kremlin busca desacreditar a Estados Unidos mediante narrativas antiestadounidenses para socavar su influencia global. Estas narrativas también buscan desacreditar la imagen de Estados Unidos en Rusia y reforzar la narrativa del Kremlin de que Rusia está "cercada por los enemigos" como justificación para su confrontación con Occidente.

Más allá de los medios informativos

Los medios del Kremlin para crear percepciones van más allá de la información . El Kremlin utiliza herramientas físicas para reforzar sus narrativas y generar miedo con la intención de paralizar la toma de decisiones de sus oponentes. Estas herramientas físicas incluyen, entre otras, ejercicios militares; operaciones de falsa bandera y sabotaje; piratería informática y ciberataques; crisis migratorias artificiales; operaciones de combate y exageraciones de las capacidades militares y el progreso en el campo de batalla.

Rusia hace alarde de su capacidad nuclear para obstaculizar los esfuerzos occidentales por suministrar armas a objetivos rusos, principalmente a Ucrania. El Kremlin recurrió al chantaje nuclear en varias ocasiones durante la invasión a gran escala de Ucrania, incluyendo la exitosa contraofensiva ucraniana en la región de Járkov en otoño de 2022 y antes de la contraofensiva de verano de Ucrania en mayo de 2023. Estas operaciones de información buscaban disuadir a Estados Unidos y a otros aliados de Ucrania de suministrar a las fuerzas ucranianas el equipo militar necesario e impedir que las fuerzas ucranianas infligieran nuevas derrotas a las fuerzas rusas.

El Kremlin lanzó numerosas operaciones de información táctica sobre un posible asalto ruso al oeste de Ucrania desde Bielorrusia en el invierno de 2023. El Kremlin realizó ejercicios a pequeña escala con fuerzas bielorrusas cerca de la frontera internacional entre Ucrania y Bielorrusia, lo que obligó al ejército ucraniano a refutar estos rumores sobre un inminente ataque bielorruso.[84] Rusia probablemente lanzó esta operación de información en un esfuerzo por fijar las fuerzas ucranianas en el norte de Ucrania e impedir los preparativos de Ucrania para la contraofensiva del verano de 2023.

El Kremlin intentó además disuadir los preparativos de Ucrania para las contraofensivas del verano de 2023 al anunciar el despliegue de armas nucleares tácticas rusas en Bielorrusia en marzo de 2023.[85] El despliegue de armas nucleares tácticas también es parte de la campaña a largo plazo del Kremlin para anexar Bielorrusia.[86] El Kremlin probablemente escenificó deliberadamente el momento de este anuncio para seguir a la decisión del Reino Unido de proporcionar a Ucrania municiones que contenían uranio empobrecido[2] como parte de los esfuerzos occidentales para apoyar los preparativos de Ucrania para la contraofensiva.[87] El Kremlin estaba enviando mensajes indirectos a los líderes occidentales de que usaría armas nucleares tácticas o recurriría a la escalada nuclear contra la OTAN desde Bielorrusia si proporcionaban armas a Ucrania para explotar los temores occidentales de una escalada nuclear.[88] Todo este episodio tenía la intención de moldear las percepciones occidentales en lugar de cambiar las capacidades nucleares de Rusia. El despliegue de armas nucleares tácticas en Bielorrusia no cambia fundamentalmente el riesgo evaluado por Rusia de una escalada nuclear, dado que Rusia ha desplegado durante mucho tiempo armas con capacidad nuclear capaces de atacar cualquier objetivo que las armas nucleares tácticas basadas en Bielorrusia pudieran alcanzar.[89]

Los medios físicos, incluidas las operaciones militares, transmiten información inherentemente, además de cualquier efecto físico inmediato que generen, una dinámica que el Kremlin aprovecha para moldear la percepción mediante medios informativos. Los medios físicos pueden desencadenar respuestas emocionales como el miedo, que a su vez puede influir en la toma de decisiones. Las operaciones militares a menudo sirven como confirmación física de una narrativa establecida, reforzando el mensaje de Rusia. La invasión rusa de Ucrania en 2014 y 2022 reforzó la imagen de Rusia como agresiva, impredecible y capaz de tolerar un alto riesgo. Rusia utiliza esta imagen y sus herramientas físicas para chantajear a los responsables de la toma de decisiones y lograr que cedan ante las exigencias del Kremlin e impulsen sus esfuerzos bélicos. Sin embargo, el Kremlin, en realidad, es muy calculador y reacio al riesgo debido a las limitaciones de su capacidad militar.[90]

Rusia lanzó una fallida estrategia de guerra cognitiva mediante ataques con misiles y drones contra la infraestructura portuaria ucraniana para lograr los efectos de un bloqueo en el Mar Negro durante el verano y el otoño de 2023, sin llegar a implementarlo.[91] Rusia anunció su retirada del Acuerdo sobre el Grano del Mar Negro, negociado por las Naciones Unidas, en julio de 2023, que garantizaba el tránsito seguro del grano ucraniano a países de África y Oriente Medio.[92] El Kremlin intentó presentar los ataques legítimos ucranianos contra la flota rusa y las líneas de comunicación terrestres como una violación del Acuerdo sobre el Grano del Mar Negro.[93] El Kremlin también lanzó una campaña deliberada de misiles y drones contra la infraestructura portuaria ucraniana para disuadir a los buques internacionales de transportar grano ucraniano debido a los altos costos de los seguros. Esta estrategia de guerra cognitiva pretendía lograr varios objetivos, entre ellos crear la falsa percepción de que la resistencia de Ucrania a la agresión rusa estaba perjudicando la seguridad alimentaria mundial y permitir que el Kremlin exigiera la reintegración de Rusia al SWIFT y el levantamiento de las sanciones.[94] Esta estrategia de guerra cognitiva también pretendía desalentar el apoyo internacional a Ucrania por parte de países africanos y de Oriente Medio. Los esfuerzos militares e informativos del Kremlin finalmente fracasaron, ya que los exitosos ataques con drones y misiles ucranianos contra buques de la Flota rusa del Mar Negro impidieron que Rusia impusiera un bloqueo naval físico o lograra los efectos de un bloqueo mediante medios informativos.

Más allá de los medios de información tradicionales

Los recursos informativos del Kremlin van mucho más allá de la manipulación mediática y las granjas de troles. Rusia utiliza todas las plataformas que pueden transmitir narrativas como herramientas de su guerra cognitiva. El Kremlin difunde sus narrativas a través de toda su red de alianzas, organizaciones internacionales, medios de comunicación e individuos.

La guerra cognitiva de Rusia se basa en el acceso a los medios globales y la infiltración de las narrativas rusas en todo el mundo. Los medios estatales del Kremlin siguen invirtiendo en un esfuerzo deliberado para firmar acuerdos de cooperación e intercambio de contenido con medios extranjeros, con el fin de distribuir sus narrativas a través de terceros aparentemente independientes.[95] Los ejemplos más recientes incluyen a Gazprom Media Holding, una empresa estatal de medios rusa propietaria del sitio web ruso de transmisión de video RUTUBE y de los canales de televisión NTV y TNT, y la agencia de noticias oficial china "Xinhua", que firmó un acuerdo de cooperación con Rusia para combatir mutuamente la "desinformación" en mayo de 2025.[96] Diversos medios y agencias de noticias del Kremlin firmaron nuevos acuerdos de cooperación mediática con empresas de medios búlgaras, cubanas, bareiníes, malasias e iraníes en 2025.[97]

Rusia continúa su prolongado esfuerzo por cultivar un grupo global de periodistas y políticos afines a Rusia. La inteligencia checa, belga y polaca expuso una operación encubierta rusa que ha pagado a políticos y periodistas europeos para promover la narrativa rusa en la Unión Europea desde finales de 2023.[98] Oligarcas rusos pagaron encubiertamente a un periodista alemán que producía un documental sobre Putin en 2011 y 2012.[99] Rusia creó perfiles falsos de expertos y periodistas extranjeros para impulsar las operaciones de información rusas en países africanos.[100] Argentina descubrió una red de espionaje rusa en 2025 que participaba en campañas de desinformación e intentaba influir en los procesos internos del país.[101]

Rusia utiliza las plataformas internacionales como herramientas de guerra cognitiva. El Representante Permanente de Rusia ante la ONU, Vasili Nebenzya, suele utilizar la ONU para desviar la atención de la agresión rusa contra Ucrania. Nebenzya utiliza la ONU para introducir narrativas irrelevantes o falsas que desvíen la atención de las acusaciones internacionales contra la conducta de Rusia y socaven los esfuerzos diplomáticos de Ucrania.[102] Rusia utiliza las cumbres Rusia-África para promover su visión de Rusia como líder de un bloque antioccidental, abogando por un orden mundial multipolar, difundiendo narrativas antioccidentales y presentándose como un país que no está aislado internacionalmente.[103]

Rusia cuenta con un equipo de "guerreros cognitivos", individuos con capacidades de comunicación y apoyo a grupos de apoyo que el Kremlin despliega para lograr objetivos específicos. Estos guerreros cognitivos no son meros propagandistas, ya que realizan operaciones de información dirigidas en nombre del Kremlin. Konstantin Malofeev, oligarca ruso afiliado al Kremlin, nacionalista ortodoxo y fundador del medio ultranacionalista Tsargrad, desempeña una función informativa: condicionar a la comunidad nacionalista rusa para que apoye el esfuerzo bélico del Kremlin. Malofeev utiliza su ideología nacionalista ortodoxa para facilitar el reclutamiento militar y las iniciativas de financiación colectiva. Malofeev utiliza su atractivo para convencer a los nacionalistas rusos de que Rusia no tiene otra opción que luchar contra Ucrania y la OTAN.[104] Kirill Dmitriev, director ejecutivo del Fondo Ruso de Inversión Directa (RDIF), es otro ejemplo de un "guerrero cognitivo" del Kremlin. Dmitriev estudió economía en las universidades de Stanford y Harvard en la década de 1990 y comenzó su carrera profesional trabajando como consultor en McKinsey & Company y Goldman Sachs. Posteriormente, dirigió el fondo de inversión ucraniano Icon Private Equity entre 2007 y 2010.[105] El Kremlin se vale de la formación y la experiencia empresarial occidentales de Dmitriev para defender los intereses de Rusia. Cabe destacar que, en abril de 2025, Dmitriev concedió varias entrevistas a medios estadounidenses, durante las cuales intentó presentar a Rusia como un mercado atractivo para la inversión estadounidense, intentó socavar la confianza en el acuerdo minero entre Estados Unidos y Ucrania y afirmó falsamente que Rusia no buscaba un levantamiento de las sanciones.[106]

El Patriarcado de Moscú de la Iglesia Ortodoxa Rusa (ROC MP) ha sido durante mucho tiempo una herramienta para las operaciones híbridas del Kremlin, particularmente en la Ucrania ocupada y en los antiguos estados soviéticos. El ROC MP difunde narrativas rusas destinadas a justificar la guerra de Rusia en Ucrania a los feligreses en Rusia, Ucrania y en todo el mundo. El ROC MP, por ejemplo, supuestamente ordenó a todo su clero que modificara su liturgia para incluir oraciones a favor de la guerra en apoyo a la guerra de conquista rusa en Ucrania.[107] El Kremlin utiliza al ROC MP para incriminar a Ucrania, Moldavia y los países bálticos y presentarlos como países religiosamente intolerantes y inherentemente antidemocráticos.[108] Sin embargo, el Kremlin está llevando a cabo una represión religiosa sistemática en la Ucrania ocupada y en Rusia, atacando desproporcionadamente a las sectas protestantes y a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania (OCU).[109]

Rusia utiliza la Agencia Federal para la Comunidad de Estados Independientes (CEI), los Compatriotas en el Extranjero y la organización de Cooperación Humanitaria Internacional (Rossotrudnichestvo) para impulsar los objetivos estratégicos del Kremlin mediante la influencia en la percepción internacional.[110] Rossotrudinchestvo es una agencia del gobierno federal ruso responsable de administrar la ayuda a países extranjeros y de las iniciativas culturales de Rusia a nivel mundial. El expresidente ruso Dmitri Medvédev (quien ahora desempeña un papel clave en la propaganda como vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso) fundó Rossotrudnichestvo en septiembre de 2008 como parte de los esfuerzos de Rusia por expandir su influencia global.[111] Rossotrudnichestvo también se convirtió en la herramienta clave del Kremlin para orquestar manifestaciones prorrusas en todo el mundo.[112] El Kremlin parece estar estableciendo Rossotrudnichestvo como la base para un nuevo sistema que legalizaría el estatus de la llamada iniciativa rusa "compatriotas en el exterior", que el Kremlin podría usar para establecer condiciones de información para justificar futuras operaciones híbridas en el exterior bajo el pretexto de "proteger a los compatriotas rusos".[113]

Las empresas estatales rusas son actores de la guerra cognitiva. Rosatom, la corporación atómica estatal rusa, ha empleado diversas tácticas de información para promover los objetivos del Kremlin, como los esfuerzos para legitimar la ocupación rusa de la central nuclear de Zaporizhia (ZNPP) a través del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).[114] El Kremlin también ha utilizado a Rosatom para expandir la influencia rusa en África. Rosatom ha establecido centros de ciencia nuclear para promover los programas de energía nuclear respaldados por Rusia en África y ha utilizado estos centros y la presencia general de Rosatom en África para difundir la narrativa rusa.[115] Rosatom firmó memorandos de entendimiento para generar una opinión pública positiva sobre la energía nuclear rusa en varios países africanos.[116]

Sección 4: Efectos y vulnerabilidades

La guerra cognitiva permitió a Rusia obtener ganancias que superaban los límites de sus fuerzas convencionales. El contexto informativo de los temores inducidos por el Kremlin ha moldeado las decisiones occidentales, lo que ha resultado en la pérdida de oportunidades para Ucrania y en ventajas en el campo de batalla para Rusia . Las operaciones de información rusas centradas en la escalada nuclear en el otoño de 2022 buscaban retrasar el suministro occidental de tanques y otras capacidades clave a Ucrania. El fracaso de Estados Unidos en dotar de recursos proactivos a la iniciativa ucraniana tras dos contraofensivas sucesivas y exitosas en el otoño de 2022 brindó a Rusia un respiro y la capacidad de fortalecer sus defensas y llevar a cabo una movilización parcial. Las operaciones de información rusas centradas en la escalada nuclear en la primavera de 2023 lograron arrastrar a los responsables occidentales a la larga discusión sobre qué tipo de armas podrían proporcionar a Ucrania sin desencadenar una escalada.[117]

No obstante, la guerra cognitiva rusa es propensa al fracaso. Las operaciones de información pueden fallar por diversas razones, como errores humanos; la incomprensión de la cultura, la historia o el panorama informativo locales; o la falta de contramedidas oportunas y la falta de concienciación pública. El Kremlin no siempre puede controlar el resultado de ciertas operaciones de información; algunas pueden generar consecuencias negativas indeseadas. Sin embargo, los fracasos de Rusia no suponen un alivio permanente de la guerra cognitiva, ya que Rusia adapta constantemente sus operaciones de información.

Rusia intentó, sin éxito, usar el miedo para disuadir a Suecia de unirse a la OTAN. El embajador ruso en Suecia, Viktor Tatarintsev, intentó amenazar a Suecia en junio de 2015, afirmando que Rusia tomaría "contramedidas militares" si Suecia se unía a la OTAN.[118] El comentario de Tatarintsev fue contraproducente para los esfuerzos del Kremlin por disuadir a Suecia de unirse a la OTAN, ya que resultó en un aumento del apoyo sueco a la integración en la OTAN.[119] La operación de información tuvo lugar poco después de la invasión inicial de Ucrania por parte de Rusia en 2014, lo que desató un sentimiento antirruso defensivo en Suecia y en toda Europa. Aunque el esfuerzo del Kremlin para disuadir a Suecia de unirse a la OTAN finalmente fracasó, las operaciones de información del Kremlin influyeron en las deliberaciones y el proceso de toma de decisiones de Suecia. Los parlamentarios suecos debatieron la posibilidad de represalias rusas en caso de adhesión de Suecia a la OTAN hasta la ratificación de Suecia de la cooperación con la OTAN y su eventual adhesión en 2023.[120]

La excesiva dependencia del Kremlin de la guerra cognitiva es una vulnerabilidad. El Kremlin depende excesivamente de su guerra cognitiva para lograr sus objetivos estratégicos. El Kremlin depende de que Occidente acepte las afirmaciones inventadas de Rusia sobre la realidad. La estrategia rusa en Ucrania se basa en su estrategia de guerra cognitiva para convencer a Occidente de que esta guerra es imposible de ganar. Rusia perderá su ventaja si Occidente rechaza esta premisa y aumenta su apoyo a Ucrania.

El Kremlin es vulnerable a realidades que socavan la narrativa de una Rusia poderosa y un Putin poderoso, una de las principales debilidades no explotadas de Rusia .[121] Putin ha estado promoviendo la idea de una gran Rusia a nivel nacional durante 25 años. La invasión rusa de Ucrania ha demostrado que a los rusos les importa que Rusia sea percibida como poderosa.[122] Los rusos han sido los más expresivos y molestos no por las asombrosas pérdidas de personal ruso, sino por los reveses rusos en el campo de batalla.[123] Los nacionalistas rusos, en quienes Putin confía para librar la guerra contra Ucrania y apoyar a su régimen, se preocupan particularmente por la idea de una gran Rusia. La estabilidad del régimen de Putin y la posición de Rusia en el mundo dependen de mantener la fachada de poder ruso. Putin, en realidad, ha demostrado repetidamente que es un líder reacio al riesgo que se abstiene de tomar las decisiones necesarias a tiempo. Rusia también tiene debilidades que Occidente no ha estado explotando.[124] La incapacidad de Rusia para apoyar militarmente a sus aliados en Armenia, Siria e Irán en momentos de necesidad es una demostración reciente de las limitaciones de su poder.[125] La economía rusa se ve debilitada y limitada por las sanciones occidentales, a pesar de las declaraciones del Kremlin en sentido contrario. El Kremlin sobrecompensa estas debilidades intensificando los discursos para exagerar la fuerza rusa.[126] Por lo tanto, Putin es vulnerable a una estrategia occidental que constantemente desenmascare y resalte las debilidades de Rusia. La manera más rápida de lograrlo es ayudar a Ucrania a acelerar el fracaso de Rusia en el campo de batalla y contrarrestarla globalmente mediante medios físicos y de información.

El control interno de la información por parte del Kremlin no es férreo . Putin ha cedido parte del control del espacio informativo ruso a la creciente comunidad nacionalista rusa, de la que Putin depende para sostener su guerra y su régimen. La comunidad de blogueros militares y veteranos rusos ha cobrado relevancia tras la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia y continúa denunciando regularmente las deficiencias del liderazgo militar ruso y su conducción de la guerra.

La guerra cognitiva rusa es una fuente de inteligencia sobre las intenciones y capacidades de Rusia . Las operaciones de información del Kremlin proporcionan indicadores sobre las intenciones, esfuerzos, inseguridades y capacidades críticas de Rusia. El uso que Rusia hace de las operaciones de información para establecer las condiciones de sus acciones cinéticas y como medio fundamental para avanzar en sus objetivos revela información valiosa sobre los objetivos que el Kremlin pretende alcanzar y las debilidades que intenta ocultar.

La guerra cognitiva rusa a menudo afecta las capacidades físicas de Rusia y crea una cámara de resonancia de afirmaciones . La evaluación errónea del Kremlin de que podría conquistar Ucrania en cuestión de días en 2022 probablemente se debió en parte a que el Kremlin creyó en su propia propaganda de que Ucrania no es una nación real, carece de iniciativa, voluntad y capacidad para actuar. El Kremlin cometió un error de inteligencia similar en 2014. Rusia esperaba una recepción cordial entre la población local de las regiones oriental y meridional de Ucrania que Rusia intentó conquistar. Sin embargo, el Kremlin se enfrentó a una resistencia que frustró los esfuerzos rusos por controlar las áreas previstas en Ucrania y lo obligó a aceptar un resultado inferior a sus objetivos en ese momento.[127] Es probable que el Kremlin también haya creído en parte de su propia propaganda sobre las capacidades militares rusas, lo que llevó a la cúpula militar rusa a sobreestimar lo que podría lograr en el campo de batalla en Ucrania.[128]

Conclusión

Estados Unidos no debería intentar defenderse simétricamente de la guerra cognitiva rusa. El primer paso para contrarrestarla es no seguir sus reglas, dado que la estrategia de "control reflexivo" del Kremlin depende de la capacidad de Rusia para provocar un reflejo o una reacción en su oponente. La clave para neutralizar la guerra cognitiva rusa reside en reconocer cuándo el Kremlin intenta implantar premisas para moldear nuestro razonamiento y rechazarlas. Por ejemplo, Estados Unidos y sus aliados tienen la oportunidad de rechazar una premisa rusa desmantelando la idea de que Rusia tiene derecho a su supuesta esfera de influencia o de que Rusia inevitablemente ganará militarmente en Ucrania.

Las estrategias rusas de guerra cognitiva pueden predecirse y dirigirse gracias a su previsibilidad. La mayoría de estas estrategias respaldan los objetivos estratégicos del Kremlin. Las narrativas y viñetas específicas cambian según el momento, el lugar y el método de difusión del mensaje, pero las premisas generales que Rusia intenta establecer a través de estas narrativas no cambian. Los objetivos estratégicos generales del Kremlin, que respaldan sus narrativas, tampoco cambian. Esto brinda la oportunidad de crear un sistema integral de conocimiento de la situación para monitorear, predecir y neutralizar la guerra cognitiva rusa.

Las acciones en la realidad, como los medios físicos, suelen ser las formas más eficaces de neutralizar la guerra cognitiva. Fueron los exitosos ataques con drones y misiles de Ucrania contra la Flota rusa del Mar Negro los que frustraron el intento de Rusia de crear la falsa percepción de que la resistencia de Ucrania a su agresión estaba perjudicando la seguridad alimentaria mundial. La acción militar ucraniana negó a Rusia la capacidad de imponer un bloqueo de facto y, en consecuencia, facilitó el comercio de cereales a través del Mar Negro. La incursión de Ucrania en el óblast de Kursk en agosto de 2024 desmintió la afirmación del Kremlin de que introducir armas convencionales y equipo occidental en territorio ruso desencadenaría una represalia nuclear rusa.

Estados Unidos no debería intentar imitar la guerra cognitiva rusa. La excesiva dependencia rusa de esta capacidad ha degradado sus capacidades físicas y ha tenido efectos destructivos en la sociedad rusa, daños de los que Rusia tardará generaciones en recuperarse, si es que la recuperación es posible. Estados Unidos y sus aliados tienen un poder real acorde con sus objetivos y no necesitan recurrir a la guerra cognitiva para lograr sus fines defensivos. Occidente se beneficia más neutralizando los esfuerzos de guerra cognitiva rusos (e iraníes, norcoreanos y chinos), poniendo de relieve su importancia, trabajando para rechazar las falsas premisas que pretenden crear y centrándose en la situación real en lugar de caer en la trampa de operar intelectualmente dentro del mundo artificial que los esfuerzos de guerra cognitiva buscan crear.