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jueves, 6 de agosto de 2026

Invasiones inglesas: Los prisioneros que se enamoraron de tucumanas

La curiosa historia que une a Tucumán con Inglaterra y sorprendió en la previa de la final


La periodista e historiadora Alba Barbeito dialogó con LV12 y contó la curiosa historia de 13 soldados británicos que decidieron quedarse en Tucumán tras las Invasiones Inglesas al enamorarse de mujeres tucumanas.

LV12



En la previa de la final del Mundial, la periodista, locutora y profesora de Historia Alba Barbeito conversó con LV12 Radio Independencia sobre una llamativa historia vinculada a Tucumán y las Invasiones Inglesas. La investigadora explicó que utilizó la frase "les hicieron té de bombacha a los ingleses" como un recurso para captar la atención en redes sociales y contar un hecho documentado por historiadores tucumanos.

En este contexto, LV12 dialogó con Alba Barbeito, quien relató que, tras la primera invasión inglesa de 1806, cerca de un centenar de prisioneros británicos fueron trasladados a Tucumán bajo custodia. Cuando en 1807 Inglaterra pidió la devolución de esos soldados, 13 de ellos ya habían decidido quedarse en la provincia tras enamorarse de mujeres tucumanas. Para poder casarse, renunciaron a su lealtad al rey de Inglaterra y juraron fidelidad a la Corona española. "Quizás ese haya sido el origen de los primeros británicos que se asentaron en estas tierras", explicó.

Barbeito también destacó que las Invasiones Inglesas fueron un punto de inflexión para el futuro del país. Señaló que la escasa respuesta de las autoridades españolas llevó a la organización de milicias criollas, que luego tendrían un rol central en la Revolución de Mayo. "Empieza a surgir de manera muy incipiente un sentimiento de pertenencia y la idea de que estas tierras podían ser algo distinto a una colonia española", sostuvo.

Finalmente, la historiadora relacionó el contexto histórico con la actualidad futbolística y expresó su confianza en la Selección Argentina. Además, participó de un juego en el que comparó a figuras del equipo nacional con personajes históricos, asociando a Lionel Messi con José de San Martín, a Lionel Scaloni con Manuel Belgrano y a Leandro Paredes con el Sargento Cabral. Antes de despedirse, dejó un mensaje de aliento: "Yo espero el partido con mucha fe".

miércoles, 5 de agosto de 2026

SGM: Mulas argentinas para cargar artillería norteamericana

¡Una revelación histórica impactante! Una cliente llega a la tienda con una montura militar que cree que perteneció a la Segunda Guerra Mundial, exigiendo $2.500 dólares. Rick sospecha que es un diseño más antiguo y convoca al experto Mark para resolver el misterio. Mark confirma que se trata de una silla de carga para mulas modelo 1942 utilizada en Birmania, pero revela una historia increíble: ante la falta de animales, Estados Unidos envió espías encubiertos a Argentina en misiones secretas para comprar mulas sin levantar sospechas.

lunes, 3 de agosto de 2026

Fuerza Aérea Argentina: Incremento en las capacidades del piloto

La evolución de la aviación de combate argentina no reemplazó al piloto… Potenció sus capacidades 🇦🇷🔥🇦🇷


Antes de la llegada del Fly-By-Wire, volar un caza era una combinación de destreza, disciplina y experiencia.

Cada maniobra exigía conocer de memoria los límites estructurales y aerodinámicos del avión. No existía una computadora que protegiera al piloto de un exceso de carga, una pérdida o una maniobra fuera de la envolvente de vuelo.



Todo dependía de él.

El control visual del panel de instrumentos seguía un patrón casi perfecto. La vista recorría continuamente velocidad, actitud, altitud, motor, navegación y régimen de ascenso, mientras las manos y los pies trabajaban sin descanso sobre los comandos.

En aquellos cazas, el piloto volaba el avión.

Con la llegada del Fly-By-Wire, comenzó una revolución silenciosa.

Los comandos dejaron de transmitir movimientos mecánicos para convertirse en órdenes electrónicas interpretadas por computadoras de vuelo, capaces de realizar miles de cálculos por segundo y evitar que la aeronave sobrepase sus límites.

Pero el verdadero cambio no fue tecnológico…

Fue operacional.

El piloto dejó de invertir gran parte de su atención en proteger permanentemente al avión y pudo concentrarse en lo realmente importante:

• La misión.
• El combate.
• La navegación táctica.
• Los sensores.
• El enlace de datos.
• La toma de decisiones.

¿Significa que hoy es más fácil volar?

No.

Significa que se vuela de otra manera.

La habilidad manual sigue siendo esencial, pero ahora se complementa con la gestión de sistemas extraordinariamente complejos.

El piloto moderno ya no solo vuela un avión…

Gestiona una plataforma de combate.

Porque la esencia nunca cambió.

Antes, el piloto debía conocer hasta el último límite del avión para no sobrepasarlo.

Hoy, el avión conoce esos límites y ayuda al piloto a concentrarse en cumplir la misión.

La tecnología nunca reemplazó al aviador.

Simplemente le permitió llegar más lejos.

🇦🇷 ¡La evolución de la aviación de combate no disminuyó el valor del piloto… multiplicó sus capacidades! 🇦🇷

domingo, 2 de agosto de 2026

Argentina: El plan de Corea del Sur y la Armada Argentina

Argentina y Chile: la disputa por la Patagonia, 1843–1881

Argentina y Chile: la disputa por la Patagonia, 1843–1881

Richard O. Perry

The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363





La estatua del Cristo de los Andes conmemora la finalización de una controversia limítrofe de sesenta años que, en varias ocasiones, llevó a la Argentina y a Chile al borde de la guerra.¹ El conflicto, resuelto amistosamente por el rey Eduardo VII de Inglaterra en 1902, se originó en el Tratado de 1881, por el cual ambas naciones acordaron por primera vez los límites en la Patagonia, en el Estrecho de Magallanes y en Tierra del Fuego, tal como hoy los damos por sentados. La disputa previa al Tratado de 1881 fue larga y amarga. Si bien la Patagonia y las áreas adyacentes eran, sin dudas, posesiones de la Corona española, la desatención oficial durante todo el período colonial impidió que cualquiera de los Estados sucesores contara con un título claro sobre ellas con base en el uti possidetis

El Tratado de 1881, que reconoció la soberanía argentina sobre prácticamente toda la Patagonia, es objeto de recriminaciones por parte de historiadores chilenos nacionalistas del siglo XX, con Francisco Encina a la cabeza.³ Ellos sostienen que Chile tenía derecho legal sobre la Patagonia y que, además, contaba con el poder para hacer valer ese reclamo. Al contrastar el Chile del siglo XX —limitado en recursos, cercado por la cordillera y opacado por el enorme potencial de su vecino del este— con la primacía que habría disfrutado en el siglo XIX, argumentan que fue el Tratado de 1881 el que alteró el equilibrio de poder en Sudamérica. En consecuencia, caracterizan ese tratado como una rendición, con la connotación de que allí se habría traicionado el “derecho de nacimiento” de Chile.

Examinar la validez de los reclamos históricos respectivos, basados en el uti possidetis, excede el alcance de este trabajo. Baste decir que ninguno de los dos países tenía un título tan claro como para estar dispuesto a arriesgar un arbitraje. El propósito aquí es, más bien, analizar si Chile realmente quería toda la Patagonia y si tomarla estaba dentro de sus capacidades. El tema fue sugerido inicialmente por un estudio que mostró que, para los líderes argentinos del siglo XIX, la “Conquista del Desierto” de 1878 y 1879 de Julio A. Roca —que puso fin a la lucha secular con los pueblos indígenas por la posesión de la pampa— tenía una significación estratégica como culminación de un concurso imperial con Chile, cuyo premio era la Patagonia.

La Constitución chilena de 1833 estableció como límites nacionales el Cabo de Hornos al sur y la cordillera de los Andes al este. Hacia el sur, Chile en la práctica ocupaba solo hasta el río Bío-Bío, en Concepción, y algunos puntos fuertes como Valdivia más allá. Los araucanos (mapuches) permanecían virtualmente soberanos al sur del Bío-Bío, bloqueando la expansión como lo habían hecho sus antepasados durante tres siglos. El gobierno tenía pocos incentivos para desplazarlos, y el sentimiento popular —alimentado por la epopeya de Ercilla— reforzaba esa reticencia. Hacia el este, la pampa y la Patagonia, pobladas por indígenas considerados feroces, eran poco conocidas y se tenían por poco valiosas. La atención chilena, como desde los primeros días de la colonia, se dirigía hacia el norte: Panamá, todavía un foco importante del comercio internacional, y Perú, al que Chile buscaba disputar la hegemonía comercial de la costa pacífica sudamericana.

La atención chilena se desplazó hacia el sur, al Estrecho, y hacia el este, a la Patagonia, con la llegada de la navegación a vapor. Los dos primeros vapores de la Pacific Steamship Navigation Company, el Chile y el Peru, navegaron desde Inglaterra a Valparaíso en 1840. En vez de seguir la ruta de vela por el Cabo de Hornos, pasaron por el Estrecho de Magallanes, transformándolo de manera dramática en una vía acuática internacional importante por primera vez. Pronto el vapor desviaría hacia Valparaíso gran parte del tráfico que entonces pasaba por Panamá, ofreciendo a Chile la supremacía comercial a la que aspiraba. El control del Estrecho se volvió de repente vital, económica y estratégicamente, para Chile. Su importancia también fue advertida por otros: en las décadas de 1820 y 1830 expediciones inglesas y francesas estudiaron la zona y, dado que ni Argentina ni Chile ocupaban el Estrecho —ni Patagonia ni Tierra del Fuego— se consideraba inminente una ocupación europea.

Por eso, Chile fundó el Fuerte Bulnes en la península de Brunswick en 1843 para afirmar su reclamo sobre el Estrecho y territorios adyacentes en la Patagonia. El gobierno del presidente Manuel Bulnes no dudaba de su derecho a ejercer soberanía en las inmediaciones del fuerte o de Punta Arenas, a cuyo entorno trasladó la colonia en 1849. Pero específicamente negaba tener derecho a ejercer soberanía sobre la porción oriental del Estrecho. Su acción precipitada buscaba impedir una intervención europea, no provocar una disputa con Argentina.

Buenos Aires protestó tardíamente en 1847. Siguió un debate intermitente que culminó en 1853 con la publicación de Miguel Luis Amunátegui, Títulos de la República de Chile a la soberanía y dominio del extremo sur del continente americano, que, apartándose de la posición tradicional chilena y de la Constitución de 1833, sostuvo que Chile tenía un reclamo válido —basado en documentos de la Corona— no solo sobre el Estrecho cerca de su colonia, sino también sobre toda la Patagonia. Sobre esa base, el territorio de Magallanes —con capital en Punta Arenas— se amplió para incluir el río Santa Cruz sobre el Atlántico. Los reclamos chilenos se extendieron al norte hasta el río Negro en el Atlántico y el río Diamante, a la latitud de Buenos Aires, en la cordillera. La evidencia histórica y los argumentos de Amunátegui se convirtieron en la base de la controversia posterior.

Sea cual fuere la validez legal de esos reclamos, la Constitución de 1833, al fijar la cordillera como límite, y el gobierno chileno, al renunciar en 1843 a la mitad oriental del Estrecho, los habían abandonado. Por eso, Chile utilizó el Tratado de 1856 —básicamente un acuerdo comercial entre Argentina y Chile— para intentar reactivar derechos. En su artículo 39, ambos países acordaron reconocer como fronteras las que cada uno poseía al separarse de España en 1810; resolver pacíficamente los litigios; y, si no lograban acuerdo, someterlos al arbitraje de una potencia amiga. Pero no se definió cuáles eran esos límites en 1810 ni qué reclamaba cada uno en 1856. Chile, así, obtenía un nuevo punto de partida para su estrategia de expansión. Las negociaciones se postergaron hasta la década de 1870, cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez impulsó conversaciones con el ministro argentino en Santiago, Félix Frías. Ambos atribuían gran importancia a la Patagonia, y a medida que avanzaba la década las discusiones se volvieron más amargas, llevando a ambos países al borde de la guerra en 1878.

Sin embargo, pese a reclamos ambiciosos, Chile mostró sorprendentemente poco interés por la Patagonia. Punta Arenas —su instrumento de ocupación efectiva del Estrecho— tenía apenas 202 habitantes en 1861. Además, era una colonia penal: una base frágil para un proyecto “imperial”. Recién en la década de 1870 se estabilizó con la introducción de ovinos desde las islas Malvinas. Aun así, sufrió tanto abandono que su guarnición se sublevó en noviembre de 1877 al grito de “¡Viva los argentinos!”. Chile no ocupó el río Santa Cruz, pese a reclamarlo como límite norte de Magallanes sobre el Atlántico, aunque la desatención argentina pudo haberlo permitido. Tampoco ocupó el extremo atlántico del Estrecho, que consideraba vital para su seguridad y desarrollo y que se volvió un punto central en las disputas de los años setenta.

En contraste con la precaria colonia del Estrecho, para la década de 1870 los chilenos habían ocupado claramente las laderas orientales de los Andes. La cordillera a la latitud de Buenos Aires, aislada físicamente por la aridez pampeana y por los indígenas hostiles del lado argentino, era geográfica y económicamente parte de Chile, y lo siguió siendo hasta fines del siglo XIX. Del mismo modo que los asentamientos del piedemonte oriental de Cuyo habían sido poblados desde Chile en tiempos coloniales, continuaron las migraciones cuando el lado oriental pasó a manos del Virreinato del Río de la Plata y luego de la República Argentina. El flujo anual oscilaba entre 800 y 1.000 personas incluso hacia 1879, y para ese año la población total sería de unos 30.000. Inicialmente concentrados a la latitud de Buenos Aires, se desplazaron progresivamente hacia el sur y finalmente ingresaron en el valle del Neuquén, frente al corazón araucano de Chile. Allí establecieron estancias de ganado vacuno y ovino conocidas como “Chilecitos”. Funcionarios chilenos residían entre ellos, y tanto los chilenos como los indígenas cordilleranos reconocían su autoridad.

Al sur del valle del Neuquén se encuentra el otro gran afluente del río Negro, el Limay, y el lago Nahuel Huapi, de donde nace. El lago está en el extremo norte de un gran corredor natural —la Depresión Preandina— que corre al pie de los Andes hasta el Estrecho. Descrito por primera vez por George Musters (que lo recorrió en 1869–70), era la única ruta terrestre hacia el Estrecho desde Chile o desde Buenos Aires. Es la parte más hospitalaria de la Patagonia; allí y en los valles fértiles que se abren hacia el desierto vivía la mayor parte de la población indígena. La Depresión Preandina, y no la costa atlántica, era la gran vía norte-sur y la clave para el control de la Patagonia por cualquiera de los dos Estados. Pero el flujo espontáneo de colonos desde Chile hacia ese corredor —que habría permitido a Chile controlar la Patagonia— fue bloqueado por las tribus araucanas al sur del Bío-Bío. Las comunicaciones chilenas con los Andes orientales no se extendían más allá del alto valle del Neuquén.

En la vasta región entre la cordillera y el Atlántico, hacia el sur hasta Punta Arenas, Chile procuró sostener su “ocupación efectiva” obteniendo reconocimiento de soberanía por parte de los indígenas. A los caciques se les otorgaban rangos militares, sueldos y regalos a cambio. Pero Argentina competía por esa lealtad, y los pueblos indígenas, defendiendo sus intereses, jugaban a uno contra otro.

Argentina tampoco evidenció mayor interés por la Patagonia que Chile. Hubo una colonia argentina en el río Negro en la década de 1840. Pero más al sur, la costa atlántica inhóspita había sido descuidada por el gobierno de Buenos Aires incluso en tiempos del Imperio español. Observadores del primer tercio del siglo XIX describían a la Argentina como delimitada por el Río de la Plata, la cordillera y el río Negro. El Estrecho parecía quedar fuera de su horizonte en los años 1840. Incluso Domingo Faustino Sarmiento —futuro presidente argentino, entonces exiliado en Santiago— había aconsejado al gobierno chileno fundar la colonia en el Estrecho y negado en 1847 que su país tuviera fundamentos para impugnarla. Sin embargo, las ambiciones argentinas hacia el sur se reflejan en un estudio de Pedro de Angelis (1852) que expone la pretensión argentina sobre la Patagonia, el Estrecho y Tierra del Fuego. El trabajo de Amunátegui al año siguiente fue la respuesta chilena.

El foco de la atención argentina hasta los años 1870 estuvo en el escenario internacional del Río de la Plata. Aun así, Argentina empezó a hacer valer sus reclamos patagónicos desde la década de 1860: se fundó una colonia en el río Chubut (costa central) y se instaló un puesto en el río Santa Cruz para comerciar con los indígenas. En los años 1870 se exploró sistemáticamente desde el río Negro al Santa Cruz y desde el Atlántico a la cordillera. Las expediciones más extensas y famosas fueron las de Francisco Moreno, cuyos informes publicados en Buenos Aires en 1878 —en plena tensión por la disputa limítrofe— reforzaron la decisión argentina de poseer la Patagonia.

En la práctica, sin embargo, Argentina no ocupó efectivamente ni siquiera hasta el río Negro hasta que se completó la Conquista del Desierto en 1879. La frontera pampeana se expandía y contraía según la fortuna de la guerra indígena. Hasta los años 1870 nunca se extendió más de cien millas desde el Río de la Plata; más al oeste, el límite sur estaba aproximadamente en la latitud de Buenos Aires. La pampa más allá de la frontera estaba dominada por indígenas a caballo que mantenían guerra constante contra sus vecinos argentinos y un comercio ganadero lucrativo con sus vecinos chilenos.

Estos indígenas eran araucanos cuyos antepasados —o ellos mismos— habían sido atraídos hacia el este desde la cordillera y desde Chile por los enormes rodeos de la pampa oriental. Esos rodeos eran el centro de su vida. El caballo era tan vital en la pampa como en las Grandes Llanuras de Estados Unidos. El ganado vacuno, en cambio, tenía importancia comercial: desde mediados del siglo XVIII se vendía en Chile a curtidores y a los saladeros que producían carne salada y charqui para los puertos del Pacífico. En los años 1870 el volumen anual del comercio se estimaba en 40.000 cabezas. Algunos observadores sostenían que era tan grande que perjudicaba el comercio legítimo entre provincias argentinas y Chile, y parece fuera de duda que afectaba el precio de la carne en el sur chileno.

El ganado ofrecido por los indígenas pampeanos se obtenía asaltando estancias de la frontera argentina. Durante el siglo previo a la Conquista del Desierto, la frontera fue escenario de un conflicto sangriento continuo: los indígenas buscaban participar de la riqueza animal de las llanuras orientales. Columnas guerreras provenientes de las tierras araucanas de Chile, que miraban hacia el este como una oportunidad de enriquecimiento, reforzaban a sus aliados de la pampa; los malones se parecían a una guerra sin cuartel. Atacaban sin aviso desde el desierto para arrear vacunos, caballos e incluso ovejas. Capturaban mujeres y niños cuando podían y luego se desvanecían hacia el desierto con el botín, dejando destrucción, muerte y terror. Las fuerzas militares argentinas parecían impotentes: las columnas montadas que perseguían en la pampa volvían a pie, derrotadas no por los indígenas —que solían eludirlas— sino por un adversario igualmente formidable: el desierto desconocido.

Los indígenas conducían el ganado hacia el oeste por una red de rastrilladas bien establecidas, marcadas por incontables cascos durante largos períodos. Las conocían como Caminos de los Chilenos; enlazaban las fronteras de las provincias argentinas con los pasos cordilleranos hacia Chile, ofreciendo pasturas, leña y agua en el trayecto. La mayoría cruzaba el río Neuquén e ingresaba en la actual provincia argentina del Neuquén. Hacia el oeste, la cordillera que hoy es frontera con Chile es relativamente baja, con varios pasos abiertos todo el año. Del otro lado estaban las tierras de los araucanos no sometidos y las provincias chilenas, principales mercados del ganado robado. Ese comercio de ganado sustraído, realizado con comerciantes chilenos, fue la causa más importante de la guerra que devastó la frontera argentina. Orientó vastas áreas hacia el Pacífico, en lugar de hacia el Río de la Plata, pese a las barreras de la pampa árida y los Andes. Y, a juicio de autoridades argentinas, le daba a Chile control e influencia sobre la pampa y un eventual medio militar para hacer valer su reclamo sobre la Patagonia.

En 1774 el jesuita inglés Thomas Falkner había llamado la atención sobre la desatención española de la Patagonia y sobre la factibilidad de conquistar Chile desde el Atlántico avanzando por el río Negro y cruzando la cordillera con tropas indígenas auxiliares. Un siglo después, autoridades argentinas creían que la desatención pampeana volvía a la Argentina vulnerable a un ataque similar desde Chile. Desde 1849, expediciones chilenas habían reconocido esa ruta “al revés”, desde Valdivia a las nacientes del Limay, afluente sur del río Negro. En 1862, el chileno Guillermo Cox, probando específicamente la hipótesis de Falkner sobre el río Negro como vía de comunicación entre Valdivia y el Atlántico, debió regresar por presión indígena en el Limay. Los indígenas pampeanos constituían una fuerza auxiliar potencial, como la que Falkner había imaginado; y había refuerzos disponibles en la cordillera y en Chile.

Autoridades argentinas sostenían que una guerra con Chile por la Patagonia no se libraría en la Patagonia ni en sus aguas, sino a lo largo del borde norte y este de la pampa. Indígenas reforzados por pocos regulares llevarían la guerra a la frontera argentina, mientras el ejército chileno cruzaría la baja cordillera neuquina y tomaría el río Negro y toda la Patagonia hacia el sur. Los indígenas servirían de “colchón” para asegurar la nueva frontera chilena en el río Negro frente a ataques argentinos por tierra, mientras la marina chilena garantizaría la seguridad patagónica por mar. Los argentinos creían factible esa estrategia: se decía que indígenas cordilleranos habían ofrecido asistencia militar a Chile cuando la crisis alcanzó el umbral de guerra en 1878.

El peligro se agravaba por las relaciones argentinas con sus vecinos platenses. Argentina estuvo en la Guerra del Paraguay (1865–1869), durante la cual los indígenas devastaron la frontera. Al terminar la guerra y poder volver la atención al oeste y al sur, pareció inminente un conflicto con Brasil por el Chaco paraguayo. Incluso cuando ese riesgo cedió, Argentina debió ponderar la actitud brasileña ante cualquier decisión que pudiera llevarla a un conflicto con Chile. Una alianza chileno-brasileña, o un ataque chileno coincidente con una crisis en el Plata, incrementaría la vulnerabilidad de la frontera pampeana a un asalto con auxiliares indígenas.

Las actividades argentinas para fortalecer su reclamo patagónico en las décadas de 1860 y 1870 fueron acompañadas por acciones para arrebatar el control de la pampa a sus dueños indígenas. La estrategia básica era interponer un cordón militar entre indígenas y estancias para negarles el acceso a los rodeos del este y, así, privarlos no solo del ganado sino de los caballos de los que dependía su existencia. La estrategia se volvió más eficaz con el correr de la década. Las campañas de Roca en 1878 y 1879 buscaban establecer la frontera militar sobre los ríos Negro y Neuquén, creando una barrera natural, defendible, que terminara de manera permanente con el comercio ganadero y trajera paz a la pampa. Pero, desde la mirada argentina, Chile no podía permitirlo. Los incidentes jurisdiccionales en el lejano sur, cada vez más frecuentes, se interpretaron como parte de una maniobra chilena para desviar la atención nacional de la frontera pampeana y, sobre todo, forzar la postergación de la campaña de Roca, para que los indígenas conservaran su predominio y su potencial como auxiliares en una futura guerra por la Patagonia.

Dos semanas después de que Chile declarara la guerra a Bolivia y Perú (Guerra del Pacífico) en abril de 1879, Roca inició la campaña final de la Conquista del Desierto. La frontera argentina se estableció sobre los ríos Negro y Neuquén. Por primera vez, la autoridad nacional se ejerció sobre toda la pampa. La cordillera y sus habitantes chilenos también quedaron bajo control argentino. Además, la nación obtuvo bases avanzadas para proyectar su poder hacia el sur por la Depresión Preandina, por diplomacia o por la fuerza. Pero para Roca lo decisivo fue que la Conquista del Desierto terminó con el comercio ganadero y, con él, la influencia chilena en la pampa, negándole a Chile el medio militar para hacer valer su reclamo patagónico. Desde entonces, las autoridades argentinas consideraron que un tratado fronterizo satisfactorio era cuestión de tiempo.

Para los revisionistas del siglo XX, Chile “perdió su cita con el destino” al no presionar su reclamo patagónico cuando habría podido hacerlo con éxito. Sin embargo, cabe preguntarse si los líderes chilenos del siglo XIX alguna vez tuvieron la ambición de toda la Patagonia. La navegación a vapor, que volcó a Chile hacia el Estrecho, coincidió con el descubrimiento del valor comercial del guano como fertilizante, que reforzó simultáneamente su preocupación por el norte. Chile competía con Perú por la hegemonía pacífica y disputaba con Bolivia los derechos minerales en Antofagasta, lo que culminó en la Guerra del Pacífico. Además, muchos líderes chilenos no estaban convencidos por los argumentos de Amunátegui. Y existía una creencia extendida —basada en parte en Darwin— de que la Patagonia era inútil. Era evidente que Argentina pelearía por retenerla, y había consenso en Chile en que, si bien el Estrecho era vital para su futuro, el resto de la Patagonia no valía una guerra.

En 1865 Chile envió a Buenos Aires su primera misión diplomática desde el inicio del conflicto limítrofe, con el objetivo de resolverlo. La prensa porteña, que sostuvo con combatividad la posición argentina, acusó a Chile de querer la guerra para tomar la Patagonia. Pero el enviado chileno José Lastarria era escéptico tanto sobre el valor de la Patagonia como sobre el reclamo chileno. Ignorando instrucciones de sostener los reclamos sobre Patagonia además del Estrecho, insistió en que la Patagonia era posesión argentina y no estaba en discusión. Propuso un arreglo por el cual Chile recibiría toda Tierra del Fuego, la mayor parte del Estrecho y territorio al norte suficiente para seguridad y desarrollo. En Patagonia sugirió una frontera por las bases orientales de la cordillera aproximadamente hasta la latitud del Nahuel Huapi.

Los intereses de Lastarria se limitaban claramente al Estrecho: buscaba asegurar su porción occidental y garantizar comunicación terrestre entre Punta Arenas y Chile vía Nahuel Huapi y la Depresión Andina. Mientras negociaba, el ejército chileno avanzaba contra los araucanos, lo que podía volver accesible esa ruta. Pero su propuesta abandonaba a Argentina la cordillera oriental al norte del lago, precisamente el único sector de “Patagonia” que Chile ocupaba efectivamente. Se ha especulado que incluso al sur del lago Lastarria habría aceptado la cresta andina como frontera, dejando toda la cordillera oriental a Argentina, si con ello lograba sus objetivos en el Estrecho. En definitiva, su posición se parecía a la del gobierno de Bulnes en 1843: no aseguraba siquiera el Estrecho completo, mucho menos la Patagonia. El gobierno chileno desaprobó su propuesta, pero no la desautorizó. Argentina, concentrada en la Guerra del Paraguay, no insistió y el tema quedó estancado el resto de los años sesenta.

La disputa se reactivó en serio cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez la retomó en 1872. Ibáñez estaba convencido de los derechos chilenos sobre la Patagonia y era de los pocos en Chile que consideraba el área importante. Previendo la futura grandeza argentina, creía que solo la Patagonia permitiría a Chile mantener el equilibrio. La incomodidad argentina de comienzos de los años 1870, con riesgo de guerra con Brasil por las secuelas de la Guerra del Paraguay, pareció ofrecer una oportunidad. Pero la pugna por Patagonia se desarrolló bajo la sombra de rivalidades más antiguas en el Pacífico y también en el Plata.

Ibáñez buscó aprovechar la situación; Perú y Bolivia firmaron un pacto secreto contra Chile e invitaron a Argentina a sumarse. Sarmiento llevó el tema al Congreso. Sin embargo, el peligro para los intereses chilenos en los yacimientos salitreros de Antofagasta limitó las ambiciones de Ibáñez en Patagonia. En la retórica de la disputa, podía afirmar que toda la Patagonia pertenecía a Chile, pero en la práctica buscaba el Estrecho y una porción de la costa atlántica, y retener los valles de la cordillera oriental ocupados por ganaderos chilenos, considerados indispensables como complemento de la limitada agricultura del Chile central. A medida que avanzaban negociaciones, moderó su posición y ofreció dividir la Patagonia a lo largo del paralelo 45, aproximadamente por la mitad. Estaba dispuesto a ceder pasturas de las laderas orientales e incluso la comunicación terrestre con Punta Arenas a cambio del Estrecho y una frontera sobre el Atlántico. La Patagonia tenía un valor meramente potencial; las campañas chilenas contra los araucanos se habían cancelado en 1870 y los accesos terrestres al sur seguían cerrados. El Estrecho, en cambio, era la principal ruta del comercio europeo al Pacífico y su posesión era vital. Ibáñez se lo explicó al ministro argentino Félix Frías: la posesión del Estrecho en toda su extensión era tan importante para Chile que de ella dependían no solo su progreso, sino su existencia como nación independiente.

Para los chilenos, “todo el Estrecho” implicaba una frontera sobre el Atlántico. Argentina concedía la porción occidental del Estrecho y la mitad de Tierra del Fuego, pero no aceptaba un enemigo potencial en su flanco sur y buscaba impedir que Chile ocupara cualquier porción de la costa atlántica, ya fuera en Patagonia o en Tierra del Fuego. Ese punto —y no la posesión de toda la Patagonia— fue el núcleo del conflicto durante el resto de la década. En el Tratado de 1881, cuando Argentina cedió a Chile el Estrecho entero, trazó la frontera de modo de excluir a Chile del Atlántico y obtuvo el compromiso de que el Estrecho no sería fortificado.

El debate Ibáñez–Frías continuó tres años. Sin acuerdo, la acción pasó a Buenos Aires: el canciller argentino Carlos Tejedor y el ministro chileno Guillermo Blest Gana acordaron en 1874 someter el tema a arbitraje, el primero de tres intentos infructuosos. Ninguno quiso arriesgar un fallo. Avellaneda anuló el acuerdo en 1875. En 1876 Chile reabrió negociaciones y envió a Diego Barros Arana como ministro, con instrucciones conciliadoras. Chile ya no pedía el paralelo 45, sino el río Santa Cruz o, como mínimo, el río Gallegos: en los hechos, pretendía el Estrecho y el límite natural más cercano al norte, lo que igual le daba presencia atlántica.

Hacia 1876, los problemas argentinos con Brasil y Paraguay se encaminaban a cerrarse y la actitud argentina se endureció. En el área disputada entre el Santa Cruz y el Estrecho, ambos Estados comenzaron a ejercer soberanía otorgando licencias para cargar guano y sal, expulsando buques autorizados por el otro. En 1876, Chile capturó el buque francés Jeanne Amelie que cargaba guano con licencia argentina: la prensa argentina clamó por guerra. Barros Arana firmó luego nuevos acuerdos de arbitraje con Irigoyen (mayo de 1877) y Elizalde (enero de 1878). En ambos, Chile aceptó las cumbres más altas de los Andes como frontera, reconociendo así que la Patagonia pertenecía a Argentina. Lo que quedaba por arbitrar era dónde trazar la línea en el Estrecho. Mientras tanto, se acordó jurisdicción interina: Argentina en todo el Atlántico hasta la boca del Estrecho; Chile en todo el Estrecho. Los negociadores sabían que esa delimitación interina influiría en el árbitro y que, en los hechos, estaban dibujando la frontera futura.

Chile volvía a su posición tradicional de la cordillera como límite oriental. La única herencia de Amunátegui y del Tratado de 1856 era su ambición por la porción oriental del Estrecho. Con modificaciones menores, esos acuerdos serían el Tratado de 1881 y el mapa actual. Pero en 1878 ninguno estaba listo: Chile quería un límite natural en el Atlántico (al menos el Gallegos) y Barros Arana había ido más allá de sus instrucciones; fue llamado en mayo de 1878.

Entretanto, la relación se deterioró. Argentina exigía cooperación chilena para terminar con el comercio ganadero entre indígenas y comerciantes chilenos; la negación y la falta de ayuda aumentaron el resentimiento. A la vez, incidentes entre Santa Cruz y el Estrecho elevaron la tensión: Chile capturó la Jeanne Amelie (1876), Argentina expulsó a la estadounidense Thomas Hunt (1877), y el buque argentino Fulminante explotó misteriosamente en Buenos Aires ese mismo año, desatando acusaciones y gritos de guerra. En Chile, donde la opinión pública había sido relativamente indiferente a los incidentes patagónicos, estallaron manifestaciones contra Argentina en Santiago en 1878. En ese clima, Chile apresó otra nave licenciada por Argentina, la Devonshire (registro estadounidense), y una escuadra argentina zarpó al sur mientras ambos se preparaban para la guerra.

Para Chile, la Guerra del Pacífico estaba a meses; para Argentina, al umbral del crecimiento extraordinario de los años 1880, la prioridad era la paz y el desarrollo. En Argentina se sentía que en una década el país sería lo bastante poderoso para tomar el territorio en disputa sin las incertidumbres de una guerra. El peligro de un conflicto que ninguno deseaba llevó a un nuevo acuerdo de arbitraje: el tercero, firmado en Santiago en diciembre de 1878 por el canciller chileno Alejandro Fierro y el cónsul argentino Mariano de Sarratea. Como antes, jurisdicción interina: Argentina en el Atlántico, Chile en el Estrecho. Aunque se estipuló que no influiría en el árbitro, implicaba que Chile abandonaba su posición atlántica; hubo oposición en su prensa. Pero la inminente guerra con Perú y Bolivia hacía deseable la paz con Argentina y Chile ratificó en enero de 1879. Argentina, ya aliviada por el estallido del conflicto en el Pacífico, rechazó oficialmente el pacto en julio de 1879 y, tras la partida del ministro chileno José Balmaceda, las relaciones quedaron casi cortadas.

En Argentina, el sentimiento anti-chileno era tan intenso que hubo apoyo para aliarse con Perú. Pero no convenía entrar. Se esperaba que incluso un Chile victorioso quedara debilitado, permitiendo a Argentina imponer un arreglo. Sin embargo, cuando Chile, tras victorias sorprendentes, anunció que retendría permanentemente Antofagasta y Tarapacá, Argentina temió que el arreglo pudiera ser dictado por Chile y reconoció la ventaja de negociar mientras Chile seguía en guerra. Al mismo tiempo, las ambiciones territoriales de Chile generaron una ofensiva diplomática en su contra por parte de no beligerantes opuestos a la expansión por guerra. Argentina, sin sumarse al conflicto, adoptó una actitud benevolente hacia los aliados y jugó un papel importante en maniobras diplomáticas para contener a Chile. Chile empezó a advertir que un acuerdo patagónico satisfactorio podía inducir a Argentina a darle “mano libre” para cerrar la Guerra del Pacífico.

La expectativa de que incidentes como el de la Devonshire se repitieran llevó al secretario de Estado James G. Blaine a alentar a los representantes estadounidenses en ambos países a facilitar una solución. Con relaciones casi cortadas desde mediados de 1879, los ministros de Estados Unidos en Chile (Thomas A. Osborn) y en Argentina (Thomas O. Osborn) mediaron aprovechando el cambio de actitudes. El Tratado de 1881, firmado en julio y ratificado en octubre, reprodujo los acuerdos que Barros Arana había alcanzado con Irigoyen (1877) y Elizalde (1878). Estableció los límites actuales en Patagonia y Tierra del Fuego: Chile recibió el Estrecho de Magallanes íntegro; Argentina recibió la Patagonia y logró impedir que un enemigo potencial se asentara en su flanco sur; Chile quedó excluido de la costa atlántica y, aunque avanzó hasta la entrada al Atlántico, aceptó que el Estrecho no fuese fortificado.

El Tratado de 1881 contenía los gérmenes de una controversia posterior. La cláusula que fijaba la frontera en “las cumbres más elevadas que dividen las aguas” asumía que la cresta más alta coincide con la divisoria de aguas; en realidad, no siempre. Al sur del paralelo 41, la cresta más alta estaba de un lado y la divisoria del otro. Con Argentina reclamando la primera y Chile la segunda, y sin concesiones, la disputa volvió al borde de la guerra hasta resolverse por arbitraje en 1902.

Pero así como el tratado ignoró realidades geográficas, las recriminaciones de historiadores nacionalistas chilenos también suelen ignorar la realidad de las relaciones internacionales del siglo XIX. Para Chile eran vitales la riqueza mineral del Atacama al norte y el Estrecho al sur. Pese a la visión de Amunátegui de una “Patagonia chilena” y a la importancia estratégica que líderes argentinos atribuían a la Conquista del Desierto, Chile mostró consistentemente disposición a conformarse con el Estrecho y solo la porción de Patagonia necesaria para asegurarlo. Incluso Ibáñez estaba dispuesto a canjear los valles andinos por el Estrecho. La cuestión real era si debía existir una presencia chilena en el Atlántico. No hay evidencia de que Chile realmente quisiera toda la Patagonia, pese a sus reclamos, ni parece que tomarla estuviera dentro de sus capacidades. Chile no podía obtener Patagonia sin guerra con Argentina, porque Argentina no aceptaría a Chile como vecino meridional. Pero un conflicto así habría empujado a Argentina a la alianza ofrecida por Perú y Bolivia, poniendo en riesgo intereses chilenos vitales en el norte y en el sur. Que la riqueza del Atacama resultara efímera y que el potencial agropecuario de la Patagonia se volviera un complemento necesario para las tierras restringidas de la vertiente pacífica son hechos del siglo XX. En la perspectiva del siglo XIX, entre la certeza mineral del norte y las posibilidades vagas de una tierra desconocida, poblada por “salvajes” hostiles, solo podía haber una elección.

Argentina and Chile: The Struggle for Patagonia 1843-1881

Source: The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363
Published by: Academy of American Franciscan History
Stable URL: http://www.jstor.org/stable/981291.
Accessed: 21/11/2014 18:17



miércoles, 29 de julio de 2026

ARA: Evaluación de la opción Tipo 209/1400

En este análisis especializado en geopolítica y defensa, desglosamos las razones por las que la opción de la firma TKMS supera en viabilidad económica a otras alternativas como el Scorpene francés. Con un costo unitario estimado en 400 millones de dólares, este submarino diésel-eléctrico destaca por su capacidad de portar misiles sub-Harpoon, contar 8 tubos lanzatorpedos pesados y una autonomía excepcional. Repasamos la necesidad urgente de adquirir al menos tres unidades para volver a patrullar el mar y recuperar la flota subacuatica.

martes, 28 de julio de 2026

INVAP: Radares que se diseñan para el futuro

La Argentina en el radar


La reciente concreción de la exportación de radares a Nigeria marca la madurez de esta línea de desarrollo de la empresa estatal rionegrina INVAP, como también lo ha hecho en los sectores nuclear y satelital. ¿Qué camino debió recorrerse para lograr este hito que expone la capacidad productiva de la Argentina en un sector tecnológico estratégico?
Por Carlos de la Vega || Agencia TSS 
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Agencia TSS — El 4 de abril pasado varios medios argentinos dieron cuenta de que partía a Nigeria el primero de los dos radares vendidos por INVAP al Ministerio Federal de Aviación del más poblado de los países africanos. Para el negocio, la ya célebre empresa de tecnología propiedad del gobierno de la Provincia de Rio Negro, con asiento en Bariloche, se asoció a Jampur, una compañía de Emiratos Árabes Unidos (EAU) que le provee a Nigeria equipamiento para sus aeropuertos.

Los dos radares vendidos a Nigeria constituyen la primer exportación de estos sistemas, luego de dos décadas de desarrollo y de haber radarizado la Argentina casi en su totalidad. La exportación, en el camino del desarrollo de nuevas tecnologías, especialmente cuando se hace desde un país periférico, es un momento crucial que denota la madurez, tanto técnica como económica, del producto en cuestión. En el sector nuclear, INVAP viene recorriendo este sendero desde fines de la década de 1980, y ahora lo inicia con el de los radares.

El desarrollo y producción de radares con tecnología propia ya había posicionado a la Argentina entre un selecto grupo de menos de dos decenas de naciones que tienen esta capacidad en el planeta. Ahora, sumando la exportación de estos equipos, el país comienza a emerger como un actor internacional de relevancia en un sector tecnológico estratégico, tanto por sus aplicaciones civiles, como por las militares.

El camino hasta acá

En “Los Ingenieros de la Victoria”, la más reciente obra del afamado historiador británico Paul Kennedy, este especialista en historia militar analiza los aportes de la tecnología y la ingeniería que fueron cruciales para que los aliados derrotaran a las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial. El radar sobresale como uno de los instrumentos fundamentales a los que Kennedy atribuye un rol crucial en la estratégica batalla que libraron Inglaterra y Estados Unidos de América contra Alemania por la prevalencia en el Mar del Norte primero, y luego en los bombardeos sobre las principales ciudades de uno y otro bando.

Los RMF-200V tendrán un alcance instrumental de 200km para vigilancia, y entre 70/80km en modo Defensa Aérea integrado con los RBS-70NG, muy similar a lo que serían los Giraffe 1X de Saab, aunque con un tamaño y alcance instrumental para vigilancia mayor.

Aunque el concepto de los radares era conocido desde la década de 1930, la efectividad y miniaturización necesaria para transformarlo en un instrumento adecuado para ser embarcado en aviones y barcos no se logró hasta 1940, cuando los científicos de la Universidad de Birmingham (Inglaterra), John Randall y Harry Boot, consiguieron construir un magnetrón, artefacto que transforma la energía eléctrica en electromagnética en forma de microondas. A fines de ese mismo año el avance de los británicos fue llevado a los Laboratorios Bell y al Laboratorio de Radiación del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ambos en estadounidenses, en donde rápidamente evolucionó en un artefacto operativo de reducidas dimensiones, dándole a los Aliados una ventaja táctica fundamental contra los submarinos y aviones alemanes.

La historia de los radares en la Argentina es mucho más reciente y no está vinculada a la guerra, sino a las necesidades de la paz y al coraje con sentido nacional en la política.

La Argentina tenía casi dos décadas de intentos de radarización de su espacio aéreo buscando adquirir material extranjero, cuando, luego de dos escandalosas y frustradas licitaciones internacionales durante los gobiernos de Carlos Menem y Fernando de la Rúa, Néstor Kirchner decidió crear, en octubre de 2004, mediante el Decreto PEN N° 1407/2004, el Sistema Nacional de Vigilancia y Control Aeroespacial (SINVICA) que incluía, entre sus previsiones, un cambio drástico de enfoque en el tema. A partir de ese momento, las necesidades de radares del país se proveerían con productos nacionales y para ello era preciso transitar el ciclo completo del desarrollo de la tecnología necesaria. La empresa elegida para esa epopeya fue INVAP.



La compañía estatal rionegrina había estado trabajando desde 2003 en radares y, en enero de ese año, había firmado un contrato con la Fuerza Aérea Argentina (FAA) para el estudio de prefactibilidad para el desarrollo de radares secundarios, los que serían luego denominados RSMA (Radar Secundario Monopulso Argentino).

“Son 20 años de evolución que tenemos de la tecnología de radar. Muy rápido. Desde las misiones SAOCOM hasta resolver las cuestiones de la vigilancia y control aeroespacial”, le manifestó a TSS, DaríoGiussi, gerente de Defensa, Seguridad y Gobierno de INVAP, mientras reflexionaba acerca del hecho de que ahora la empresa entra al mercado internacional a competir contra gigantes tecnológicos de los países desarrollados que llevan, en algunos casos, hasta 80 años haciendo radares apalancados por los presupuestos y el poder de lobby de las principales potencias mundiales. Hablamos de Raytheon (Estados Unidos), Thales (Francia), BaeSystems (Inglaterra), Leonardo (Italia), Indra (España) y Vega (Rusia), a los que se han sumado en los últimos años las compañías chinas, como CETC.

Un ciclo virtuoso que se repite

La provisión de los radares a Nigeria comenzó con un contrato firmado en 2021 que contemplaba dos unidades, la primera de las cuales fue la enviada en abril. El país africano atraviesa por duras circunstancias internas, con grupos terroristas fundamentalistas islámicos como Boko Haram operando, principalmente, en el norte. Si bien los radares provistos por INVAP son tridimensionales de uso civil, destinados al control del tránsito aéreo comercial, también tienen utilidad en el terreno de la defensa y la seguridad.

“Hay un ciclo de adquisición de tecnologías de fuentes no tradicionales de muchos países de África, como Nigeria, Camerún, Mauritania, y también de otros, como Argelia”, explicó Giussi. En este último país, por ejemplo, INVAP está actualizando las instalaciones nucleares que le proveyó a ese país en 1989. “África es un continente que está buscando tecnologías complejas en distintos ámbitos, de fuentes no tradicionales y que le permitan tener un esquema de mayor independencia y con costos menores en los ciclos de vida”, agregó el gerente de INVAP.

El comienzo de las exportaciones de radares vía África remite a una experiencia ya vivida por la Argentina, y específicamente por INVAP, más de cuatro décadas atrás.

El sector nuclear argentino es, sin lugar a dudas, el exponente más exitoso del esfuerzo industrializador que se inició con los dos primeros gobiernos peronistas de mediados de siglo. No sólo consiguió hitos tecnológicos mayúsculos fronteras adentro sino que devino en actor exportador de primer orden. La primer venta al exterior se realizó en 1988 a Perú, con el reactor de investigación, docencia y producción de radioisótopos RP-10, en base a un contrato firmado en 1978. En esta operación la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) trabajó junto a la entonces joven INVAP, que había sido creada en 1976. Luego le seguiría un contrato de 1985 con Argelia, que se concretaría en 1989 con la entrega de las instalaciones del NUR, otro reactor de investigación, docencia y producción de radiosiótopos diseñado y fabricado por INVAP. En 1998 le tocó el turno al reactor ETRR2 concebido y construido para Egipto.



La reputación de calidad, cumplimiento de plazos, adaptación a las necesidades del cliente y transparencia catapultarían a INVAP al mercado nuclear de los países desarrollados. Entre 2002 y 2006 se firmó y ejecutó el contrato del OPAL, un reactor de investigación y producción de radioisótopos para Australia, y en la década siguiente la adjudicación del diseño y construcción del Pallas para los Países Bajos (Holanda), reactor que actualmente está en desarrollo y que cuando entre en operación producirá cerca del 80% del total de los radioisótopos medicinales e industriales que consume Europa cada año.

En la dinámica de penetración de INVAP en el mercado nuclear internacional, un sector sumamente competitivo, con enormes restricciones de entrada y alta competitividad, se observa que primero se realizaron ventas a países periféricos, ávidos de nuevas tecnologías pero con recursos económicos limitados y la necesidad de incrementar su autonomía frente a los proveedores más grandes, provenientes de las principales potencias. Con esos contratos se mejoraron las tecnologías que manejaba la empresa, se adquirieron nuevas capacidades de gestión, se perfeccionaron las existentes y se forjó una reputación de alcance mundial.

Todo ello, amalgamado, haría de INVAP un actor relevante para los países centrales, lo que con le permitiría ingresar a sus mercados. Una clara lección de cómo desarrollar estrategias de internacionalización de sectores intensivos en tecnología desde países periféricos como la Argentina.

En el caso de los radares, aquel derrotero exportador parece repetirse. Luego de desarrollar la tecnología y las capacidades productivas en el mercado interno, algo muy propio de este tipo de actividades conocimiento intensivas, la proyección internacional se realiza a partir de países más cercanos a la Argentina en cuanto a sudesarrollo relativo, para después avanzar hacia los más avanzados.

Las ventas a unos, atraen a otros. “Poder acceder al mercado nigeriano, de manos de nuestro socio [Jamper], es una muy buena referencia para los países vecinos. De hecho, recientemente hemos recibido una visita de Camerún”, explicó Giussi. El socio de INVAP en el contrato con Nigeria, Jampur, es una empresa de origen árabe que, sin bien se encuentra en uno de los países más ricos del mundo, carece de trayectoria como exportador de tecnología y también busca hacerse un lugar en ese mercado.

El éxito exportador de INVAP no es sólo el fruto de una empresa. “Acá hay un trabajo de INVAP, por supuesto, como exportadora, pero también de la Cancillería Argentina, de las embajadas, de nuestra red de proveedores, la Fuerza Aérea Argentina que a través de LADE fue la responsable del traslado del radar, entre otros”, destacó Giussi.



El estado del arte

Con los nuevos radares primarios militares RPA-200 (ver Infografía) INVAP se encuentra en el estado del arte del sector, algo fundamental para tener en cuenta, tanto a la hora de valorar los productos que provee para la Argentina, como sus potencialidades para enfrentar el mercado internacional. Estamos hablando de radares completamente digitales, con la conformación del haz de tipo digital, dotados de semiconductores digitales de alta resistencia de nitruro de galio, importantes capacidades de procesamiento y bien resueltos mecánicamente con estructuras de aluminio.

A la vez, INVAP está trabajando en nuevos productos, como un radar de defensa de punto que pueda trabajar asociado, por ejemplo, a sistemas misilísticos antiaéreos del tipo de los Saab RBS-70 NG, adquiridos recientemente por el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas argentinas. El contrato para el desarrollo de este tipo de radares, que se denominarán RMF 200V, incluye tres modelos de evaluación tecnológica (MET), tres radares de serie y un paquete logístico para el mantenimiento operativo. Suscripto con el Ejército Argentino (EA) el 28 de noviembre de 2022, el contrato tiene un valor de 21,7 millones de dólares estadounidenses, que serán financiados con el Fondo Nacional para la Defensa (FONDEF). Estos radares serán transportables, montados sobre vehículos terrestres con un rango instrumentado de 200 kilómetros (km) en modo de vigilancia aérea, y de 70/80 km en modo de defensa aérea, emplearán para ello banda X,contarán con la capacidad para el seguimiento de hasta 500 blancos simultáneamente y sistema reconocimiento amigo-enemigo (IFF por sus siglas en inglés) opcional. Este tipo de artefactos resultan especialmente útiles para llenar los espacios sin cobertura (gap fillers) que dejan los radares de vigilancia o defensa aérea más grandes, habitualmente fijos, como los RPA (Radar Primario Argentino), también de INVAP.

En el ámbito naval, INVAP viene trabajando en nuevos desarrollos, como radares de detección de superficie y de vigilancia aérea. Por otro lado, momentáneamente no hay una decisión para avanzar en sistemas radar de barrido electrónico puro, sin partes móviles. La razón es que éstos suelen cuadruplicar el costo en relación a los típicos radares con barrido principal electromecánico (los que giran o se mueven lateralmente). El aumento del costo responde al añadido de un barrido electrónico azimutal que debe realizarse en los radares de barrido electrónico puro para acompañar el barrido electrónico vertical que sí poseen los modernos radares electromecánicos. Un gasto así se justifica sólo en sistemas de defensa aérea muy complejos, como los diseñados para enfrentar ataques de armas estratégicas, típicamente misiles intercontinentales nucleares, o para la defensa de buques de guerra en escenarios de combates de muy alta intensidad, como el sistema estadounidense AEGIS.

En carpeta, y a la espera de la decisión política y el financiamiento correspondiente, se encuentran asimismo los radares de alerta temprana y control aerotransportado (AWACS por sus siglas en inglés) y los AESA de nariz para aeronaves. Una versión de éste último podría equipar una futura modernización del avión de entrenamiento militar avanzado y ataque ligero IA-63 Pampa, que produce FAdeA.

Con respecto al AWACS, “tenemos toda la tecnología para llevarlo a cabo, es un proyecto que hay que estructurar y hacerlo”, enfatizó Giussi. INVAP, junto con la CONAE, ya realizó pruebas entre 2005 y 2010 con un radar de apertura sintética (SAR por sus siglas en inglés) banda X montado en un avión Beechcraft  200F Super King Air de la Armada Argentina, que es un antecedente directo de un AWACS. Un modelo evolucionado de aquélla versión está previsto que equipe a algunos de los futuros IA-58 Pucará Fénix que incorporará la FAA luego de la modernización que llevará a cabo FAdeA en estos míticos aviones de apoyo cercano, y a los futuros aviones no tripulados (UAV por sus siglas en inglés) de largo alcance (Clase III) cuyo desarrollo está en plena negociación entre el Ministerio de Defensa argentino, FAA, INVAP y la mencionada FAdeA. No debe olvidarse, a su vez, que los satélites de observación de la Tierra, SAOCOM 1A y 1B, llevan potentes radares SAR fabricados por INVAP.

Además de la defensa

Además del ámbito de la defensa, INVAP ha seguido adelante con los radares secundarios para el control del tráfico aéreo civil (RSMA) y con los radares meteorológicos del Sistema Nacional de Radares Meteorológicos (SINARAME).

En cuanto a los RSMA (Radar Secundario Monopulso Argentino), a los 22 ya instalados y operativos (ver Infografía), se le sumaran en breve tres más, uno en Paraná (Entre Ríos), otro en Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires) y uno en El Calafate (Santa Cruz). Estos últimos, a su vez, son de una nueva generación que incluye el modo S y el ADS-B. Con el modo S, el radar puede interrogar cada aeronave detectada en forma individual mejorando la precisión en la información recabada y evitando el solapamiento entre las señales de diferentes aeronaves (garbling). Ello permite la gestión segura de espacios aéreos con alta densidad de tráfico como suelen ser los entornos de los modernos aeropuertos internacionales. Con el ADS-B, el radar puede aprovechar la información que envían las aeronaves que determinan su posición vía GPS y brindan más información (extended squitter) que los tradicionales sistemas de transponder Modo S.

Entre los radares que INVAP proveerá en el futuro próximo para la seguridad de la aviación civil, se encuentran tres primarios para los aeropuertos de Ezeiza (Provincia de Buenos Aires), Córdoba y Mendoza, que reemplazarán a los vetustos Westinghouse que actualmente operan en esas locaciones.

Tener radares es muy bueno pero si ellos no se encuentran integrados a una red que alimente adecuados centros de comando y control, gran parte de su utilidad se pierde. Las facilidades provistas por INVAP han contempladoesta necesidad. Los radares militares se interconectan con la sede del Centro de Vigilancia y Control Aeroespacial de la Fuerza Aérea Argentina ubicado en Merlo, en la provincia de Buenos Aires, conocido como “El Pozo” por sus instalaciones subterráneas. A su vez, los radares civiles se conectan, vía IP, con el centro de control de la Empresa Argentina de Navegación Aérea (EANA).

Continuidad y previsibilidad

En la carrera mundial por los sectores estratégicos de alta tecnología, sostener los esfuerzos a lo largo del tiempo es crucial para mantenerse en el estado del arte y no perder lo ya conquistado. Son campos en donde su dinámica se parece más al vuelo atmosférico de un cohete, que si no asciende cae, que a la de un avión que tiene la posibilidadde mantenerse nivelado a una altura fija.

En momentos en los cuales la Argentina enfrenta un pronto cambio de gobierno donde buena parte de las propuestas electorales sólo prometen ajuste y retrocesos en casi todos los ámbitos de la vida social, incluido el tecnológico y productivo, es bueno tener presente la relevancia de la industria de radares en el país y su importancia estratégica, tanto como instrumento para la seguridad y la defensa nacional, como de la economía, ahorrando divisas evitando importaciones,y generándolas a partir de las exportaciones.

Al igual que en la casi totalidad de los sectores tecnológicos intensivos en conocimiento, el desarrollo de radares depende de modo fundamental de la acción estatal. Esto ha sido así, en el muy capitalista Estados Unidos, en la antigua Rusia soviética, en la actual China sui generis, y en cualquier ejemplo intermedio que se desee invocar. El Estado actúa en estos casos de múltiples formas: como cliente de primer instancia, facilitador, promotor internacional, e incluso como protección frente a las presiones de competidores externos consolidados que desean neutralizar a los actores que emergen a partir de los logros tecnológicos y empresariales propios.

En este sentido, la persistencia de políticas públicas de desarrollo claras, potentes y oportunas debería transcender cualquier diferenciación ideológica. “Lo que uno desearía siempre es continuidad y previsibilidad”, dijo Giussi. Y concluyó: “Con continuidad, aunque haya que gestionar cierta imprevisibilidad, nos damos por conformes”.

lunes, 27 de julio de 2026

Ejército Argentina: Marchas en la Expo Rural Palermo 2026







Propaganda: Mundial, Malvinas y las operaciones de inteligencia

Argentina bajo fuego: Una guerra cognitiva global que el Gobierno todavía parece confundir con una polémica de redes




Por Daniel Romero

Buenos Aires – 24 Julio 2026 – Total News Agency – TNA-. La derrota de la Selección argentina frente a España en la final del Mundial dejó de ser un episodio deportivo cuando gobiernos autoritarios, organizaciones terroristas, dirigentes occidentales, medios estatales, celebridades e influencers comenzaron a utilizar el resultado para golpear simultáneamente a Estados Unidos, Israel y la Argentina, uno de los principales aliados regionales de ambos países.

La secuencia reúne características propias de una operación de guerra cognitiva: apropiación de un acontecimiento emocional de alcance planetario, construcción acelerada de bandos morales, asociación de una selección deportiva con las decisiones internacionales de su gobierno y amplificación de mensajes destinados a modificar la percepción pública sobre un país.

Desde luego no se puede afirmar que todas las reacciones hayan respondido a un comando centralizado o a una mesa de coordinación integrada por Rusia, China, Irán, organizaciones islamistas y sectores de la izquierda occidental, pero precisamente de eso se trata, los actores preparan el terreno y las emociones consagran el daño. En inteligencia, confundir convergencia con coordinación constituye un error. Pero también sería ingenuo descartar el fenómeno porque los actores no hayan recibido una misma orden.

La guerra cognitiva funciona precisamente mediante ecosistemas en los que gobiernos, medios, activistas, cuentas automatizadas, figuras públicas y usuarios comunes amplifican narrativas compatibles, aunque no siempre exista una conducción única. La OTAN define este tipo de confrontación como el empleo de información, capacidades psicológicas, tecnologías digitales y herramientas de ingeniería social para afectar percepciones, actitudes y comportamientos. El objetivo no consiste solamente en modificar qué piensa una sociedad, sino la forma en que interpreta la realidad y toma decisiones.

La final del Mundial proporcionó un escenario extraordinario porque concentró audiencias globales, identidades nacionales, rivalidades históricas y emociones extremas. En ese contexto, un resultado futbolístico pudo transformarse en una supuesta derrota del eje formado por Washington, Jerusalén y Buenos Aires.

El caso más explícito surgió desde Teherán. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, felicitó públicamente a España y vinculó su victoria con la posición adoptada por el gobierno de Pedro Sánchez frente a la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, fue aún más lejos al afirmar que el triunfo español había llevado alegría a las naciones “libres” y “amantes de la justicia” que se oponen a Washington y Jerusalén.

El régimen que reprime la oposición interna, restringe libertades políticas y mantiene una estructura de poder teocrática convirtió así un campeonato de fútbol en una victoria propagandística contra dos países con los que se encuentra en guerra y contra la Argentina, cuyo gobierno respaldó abiertamente a Estados Unidos e Israel.



La reacción fue acompañada por organizaciones alineadas con Teherán. Basem Naim, dirigente de Hamas en el exterior, felicitó a España y presentó la derrota argentina como una noticia capaz de irritar a Israel y a sus aliados. El vocero hutí Nasr al-Din Amer sostuvo que incluso en los deportes pierde quien es respaldado por Israel.

No se trató de simples felicitaciones deportivas. La Argentina fue incorporada discursivamente al campo enemigo porque su presidente, Javier Milei, sostiene una alianza política con Trump y un respaldo firme a Israel. La camiseta nacional pasó a representar, dentro de esa narrativa, un alineamiento estratégico que debía ser castigado simbólicamente.

El presidente turco Recep Tayyip Erdogan también felicitó a España, aunque el mensaje oficial conocido no incluyó un ataque directo contra la Argentina ni la retórica antiestadounidense y antiisraelí empleada por Teherán. Incluirlo automáticamente dentro de una operación coordinada sin esa distinción debilitaría el análisis.

La intervención iraní coincidió con una corriente de críticas surgida en España y otros países europeos, donde sectores de la izquierda política y cultural presentaron la victoria de su selección como una reivindicación de valores progresistas, multiculturalismo y solidaridad con Palestina. El actor Javier Bardem, por ejemplo, celebró la diversidad del equipo español y vinculó su triunfo con las posiciones políticas que viene defendiendo públicamente.

La coincidencia discursiva no convierte automáticamente a todos esos actores en agentes de Teherán. La utilidad de una operación cognitiva radica en que puede aprovechar reclamos, ideologías, resentimientos y debates auténticos para orientarlos hacia un resultado estratégico. La propaganda más eficaz no necesita inventar cada elemento: selecciona hechos reales, los descontextualiza, los carga emocionalmente y los integra en una explicación totalizadora.

La investigación académica sobre campañas coordinadas durante la guerra iniciada por el ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023 mostró que muchas operaciones digitales se apoyan en tácticas simples: repetición masiva, copiado de mensajes, amplificación selectiva y coordinación entre grupos pequeños. El estudio también advirtió que no todo comportamiento convergente prueba la existencia de control centralizado.

Ese matiz resulta esencial para analizar lo ocurrido con la Argentina. Lo comprobable es la aparición simultánea de narrativas procedentes de actores con intereses distintos pero compatibles: Irán y sus aliados utilizaron la derrota para atacar a Israel y Estados Unidos; sectores españoles la relacionaron con Palestina y con su modelo político; medios británicos reactivaron la disputa por Malvinas; influencers y celebridades transformaron controversias deportivas en juicios generales sobre la sociedad argentina.

La ofensiva británica comenzó antes de la final, después de que jugadores argentinos exhibieran la bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” tras eliminar a Inglaterra. Funcionarios británicos y medios del Reino Unido reclamaron una investigación de la FIFA, denunciaron la introducción de política en el fútbol y reafirmaron la posición colonial británica sobre las islas. La Casa Blanca, en cambio, respaldó el derecho de los futbolistas a expresarse en territorio estadounidense. 48 horas antes, una supuesta ONG junto firmas para expulsar a Argentina de la FIFA.

La reacción atribuida al gobierno de Keir Starmer no debe ser considerada un comentario aislado. El Reino Unido posee un interés permanente en desacreditar internacionalmente el reclamo argentino sobre Malvinas y en presentar cualquier manifestación soberanista como agresiva, anacrónica o contraria a la voluntad de los isleños.

El Mundial ofreció a Londres una plataforma de alcance incomparable. La bandera argentina fue presentada como una provocación política, mientras la ocupación británica quedó desplazada del centro del debate. El objeto de la discusión dejó de ser la controversia de soberanía reconocida por las Naciones Unidas y pasó a ser la supuesta inconducta de los jugadores.

Ese cambio del marco interpretativo es una técnica clásica de guerra cognitiva: trasladar la atención desde el hecho que perjudica al emisor hacia la conducta, el tono o la legitimidad del adversario. No se discute entonces por qué continúa la disputa territorial, sino por qué Argentina se atreve a mencionarla.

La campaña posterior a la final añadió acusaciones de racismo, violencia, mal comportamiento y falta de respeto deportivo. Algunos hechos concretos, como los incidentes entre jugadores después del partido, son investigados por la FIFA y no deben ser negados. España ganó 1 a 0 y su entrenador, Luis de la Fuente, calificó de intolerable la conducta de determinados integrantes del plantel argentino.

La existencia de una infracción o una conducta criticable, sin embargo, puede servir como punto de apoyo para una operación mucho más amplia. La guerra cognitiva no requiere que toda la información sea falsa. La OTAN advierte que una filtración auténtica, una imagen real o un episodio comprobado pueden ser suficientes para sembrar desconfianza, polarizar sociedades y desencadenar campañas virales.

Rusia y China no necesitan haber emitido una declaración específica contra la Argentina después de la final para formar parte del escenario estratégico general. Ambos países mantienen capacidades permanentes de manipulación informativa y operaciones de influencia. El Servicio Europeo de Acción Exterior identifica a Rusia como el principal actor de interferencia informativa extranjera investigado en Europa y señala también el crecimiento de la infraestructura china destinada a erosionar la confianza y manipular espacios públicos digitales.

La doctrina rusa busca debilitar la cohesión occidental, desacreditar a Estados Unidos y reducir el apoyo internacional a Ucrania. China combina diplomacia, medios estatales, presión económica, narrativas históricas y amplificación de mensajes rusos, especialmente en el denominado Sur Global. Irán posee capacidades menos sofisticadas, pero un elevado apetito de riesgo y considera que mantiene una guerra informativa activa contra sus adversarios.

La Argentina se vuelve un objetivo relevante porque abandonó la ambigüedad internacional de gobiernos anteriores, respaldó a Ucrania frente a la invasión rusa, fortaleció su relación con Estados Unidos y se alineó con Israel contra el régimen iraní y sus organizaciones subsidiarias.

Atacar la imagen argentina permite castigar a un aliado, introducir costos políticos internos para Milei, enfrentar a sectores de la sociedad entre sí y demostrar a otros países latinoamericanos que acercarse a Washington y Jerusalén puede generar campañas internacionales de señalamiento.

La principal debilidad argentina no reside únicamente en la potencia de los adversarios, sino en la ausencia de una respuesta institucional visible. A casi una semana de la final, no se conoció una evaluación pública de la inteligencia nacional, una atribución técnica de campañas coordinadas, un informe sobre cuentas inauténticas ni una advertencia oficial sobre el aprovechamiento geopolítico del episodio.

Esa falta de comunicación prueba que la Secretaría de Inteligencia de Estado —SIDE— no está investigando internamente dado que acostumbra a lanzar comunicaciones via redes por cualquier nimiedad. Las operaciones de inteligencia no se anuncian necesariamente, pero para un organismo que suele utilizar X por pequeños aportes a la justicia, publicar algo sobre éste ataque, resultaba más que necesario. Pero cuando una campaña se desarrolla en el espacio público, el silencio completo también produce efectos: deja el terreno narrativo en manos de los adversarios y permite que el Gobierno trate el fenómeno como un gigantesco streaming, una discusión entre influencers o una nueva batalla cultural de pocas horas.

La respuesta tampoco debería consistir en censurar críticas, perseguir usuarios o calificar como agentes extranjeros a todos los que cuestionan a la Selección o al Gobierno. Una democracia debe diferenciar opinión legítima, periodismo, militancia, propaganda estatal y operaciones encubiertas y los especialistas deben poder distinguirlas.

Las recomendaciones elaboradas por la OTAN y la Unión Europea incluyen crear unidades permanentes de análisis de fuentes abiertas, identificar patrones de coordinación, compartir información entre inteligencia, diplomacia, defensa y sector privado, fortalecer la alfabetización digital, anticipar narrativas mediante técnicas de prebunking y exponer públicamente las redes vinculadas con actores extranjeros cuando existan pruebas suficientes.

La Argentina necesita además un centro nacional de respuesta contra la manipulación informativa extranjera que funcione, con conducción civil, control parlamentario y protocolos que protejan la libertad de expresión. Ese organismo debería observar campañas contra intereses estratégicos, analizar la circulación internacional de contenidos en español, inglés, ruso, persa, árabe y chino, y coordinarse con Estados Unidos, Israel, la Unión Europea y países latinoamericanos.

También debería reconstruirse la capacidad de comunicación estratégica de la Cancillería. Una reivindicación como la de Malvinas no puede quedar defendida únicamente por futbolistas, veteranos o usuarios de redes mientras Londres despliega rápidamente portavoces, medios, parlamentarios y organizaciones vinculadas con las islas.

El Gobierno deberá decidir si interpreta lo ocurrido como una controversia deportiva o como una advertencia. Los actores que celebraron la derrota argentina ya explicaron públicamente el sentido que le asignan: para Teherán, Hamas y los hutíes no ganó solamente España; perdió un país alineado con Estados Unidos e Israel.


Fuentes consultadas: Total News Agency; OTAN; Allied Command Transformation; NATO Defense College; Servicio Europeo de Acción Exterior; Gobierno británico; Casa Blanca; FIFA; Tasnim; IRNA; Al Jazeera; Agencia Anadolu; Israel Hayom; Reuters; Associated Press; The Guardian; investigaciones académicas sobre campañas coordinadas e integridad informativa.

domingo, 26 de julio de 2026

Malvinas: Cazar al submarino San Luis con Fernando Azcueta

Malvinas: El capitán Azcueta y el desempeño del ARA San Luis

“Estoy listo”: el coraje del capitán el día que se rompió la computadora de tiro del submarino ARA San Luis en Malvinas


La recuperación de las islas Malvinas el 2 de abril de 1982 tomó de sorpresa a los comandantes de la fuerza de submarinos , que no habían sido informados de la Operación Rosario. No obstante, prepararon como pudieron a un submarino con serias falencias técnicas y navegaron con él dentro de la zona de exclusión. La decisión del Capitán de Fragata Fernando María Azcueta y su tripulación bisoña. Y la orden de destruir al enemigo con la única posibilidad de disparar torpedos en forma manual



Por Mariano Sciaroni || Infobae



Partida del ARA San Luis desde la Base Naval Mar del Plata
 

Los tambores de guerra del 2 de abril de 1982 sorprendieron al ARA San Luis (S-32) y a toda su tripulación, incluido su comandante, el Capitán de Fragata Fernando María Azcueta, de 40 años e hijo de uno de los primeros submarinistas de la Armada Argentina. Estaba atracado en un muelle de la Base Naval Mar del Plata (BNMP), base de operaciones de la pequeña fuerza de submarinos de la Armada.

La sorpresa se debió a que el alto mando naval, para guardar el secreto de la operación concretada ese día, optó por no informar a los comandantes de las diversas unidades no involucradas directamente sobre la operación Rosario: la toma de Malvinas.

Por tanto, el San Luis no recibió la orden de prepararse para una patrulla de combate hasta 24 horas después del asalto a las islas. En ese momento, la recientemente completada tripulación comenzó a alistar el buque, con el fin de hacerlo apto para la guerra en el menor tiempo posible.


El Capitán de Fragata Fernando María Azcueta le habla a su tripulación durante la patrulla de guerra de 1982. La barba hace notar que ya llevaban bastantes días en el mar

Además de estos problemas, la unidad presentaba otras deficiencias que no se corrigieron del todo a tiempo para la partida, incluso con el intenso trabajo realizado: un motor diésel estaba fuera de servicio (desde 1976) porque el bloque motor estaba roto, y los otros tres tenían problemas por falta de refrigeración que limitaban su potencia de salida; el agua de mar entraba regularmente por el snorkel y también tenía averías en las bombas de achique. Además, el sistema DUUX (un telémetro acústico pasivo) no daba información precisa y fue evaluado como fuera de servicio.

A ello debían agregarse serias limitaciones para la supervivencia de la tripulación, tales como el sistema de eyección de la balsa de salvamento fuera de servicio, quemadores de hidrógeno vencidos, medidor de oxígeno en reparación en tierra y las cápsulas para la medición de gases del interior de buque, también vencidas en 1976. Todo a pesar de que se trataba de una unidad moderna y nueva (incorporada en el año 1974).

En lo que resulta a la tripulación, el nivel de formación de la misma se veía afectado por la política de rotación de personal de la Armada Argentina: muchos de los tripulantes eran nuevos en el buque y varios puestos clave del submarino, como los de los sistemas de control de tiro, estaban ocupados por suboficiales subalternos (los submarinistas más experimentados de la Armada Argentina se encontraban, en ese momento, en Alemania Occidental, supervisando la construcción de los nuevos TR 1700, tales como el San Juan).

El Teniente de Corbeta Luis Seghezzi, era el increíblemente joven Jefe de Navegación del San Luis y se había graduado en la Escuela de Submarinos a fines de 1981: “Mucho se dijo sobre el nivel de recambio que había tenido la tripulación del submarino en su conjunto. Que era una tripulación con poca experiencia. Ciertamente, la gran mayoría apenas tenían tres meses de arribados. Y algunos, entre los cuales me incluyo, tenían en aquel destino, su primera experiencia en el arma. En el fondo eso no era una novedad para las tripulaciones de esa clase de submarinos. Un alto recambio aseguraba mayor cantidad de tripulantes capacitados en nuevas tecnologías, teniendo en cuenta que se estaba en plena etapa de incorporación de unidades aún más modernas, que se construían en esos momentos en Alemania. Pero una mayor experiencia, en esta situación, creo que no garantizaba una mejor respuesta porque nadie antes había vivido una experiencia como la que se presentaba”.



 

Trayectoria del ARA San Luis desde el área "Enriqueta" hasta la zona de exclusión, ingresando finalmente al área de patrulla "María", dentro de la Zona de Exclusión
 

Además, mientras la plana mayor del San Luis tenía vasta experiencia en submarinos, ni Azcueta ni el segundo al mando tenían experiencia con los submarinos Tipo 209 como el San Luis). De hecho, el Capitán Azcueta solo había navegado 16 días como comandante —había asumido el comando el 19 de diciembre de 1981— antes de partir para la guerra.

El 11 de abril, a última hora de la tarde, cargado hasta arriba de agua y víveres, y armado con 10 torpedos filoguiados SST-4 (serie 260) y 14 torpedos Mk 37 Mod 3, el submarino y sus 35 tripulantes partieron desde Mar del Plata.

El Cabo Segundo Eduardo Lavarello recuerda: “Zarpamos el 11 de abril. Era Domingo de Pascua. Salimos al atardecer, el tiempo no era el ideal, había un poco de niebla, muy feo y fresco pero, para pasar desapercibidos era lo correcto, recuerdo estos detalles ya que tuve que hacer maniobras en cubierta con las amarras. Rápidamente nos perdimos en la noche buscando el punto de inmersión. Tuvimos que comprobar el desplazamiento, nuestro propio nivel de ruido y la refrigeración de los motores diésel. Los dos primeros estaban bien, pero el sistema de refrigeración de los motores no estaba en su mejor momento. Sin embargo, el comandante y el jefe de máquinas acordaron continuar, ya que la zona en la que teníamos que operar era muy fría”.

El día 13, o sea dos días después de zarpar, el Capitán Azcueta, envió un mensaje a sus superiores, informando el resultado de las pruebas de motores arriba señaladas: “Resultado pruebas motores dos, tres, cuatro, funcionamiento aceptable hasta 1200 amperes de carga por motor. Máxima velocidad alcanzada en inmersión 20 nudos. Estoy listo”. Esas dos palabras finales pintan de cuerpo entero a un valiente. Sin experiencia real en un submarino Tipo 209, con una tripulación bisoña, con un motor de menos, con un submarino con varios problemas y defectos, con armas que conocía habían fallado estrepitosamente los años anteriores, sabiendo que tenía que enfrentar a la marina de guerra líder en guerra antisubmarina.

Sin embargo, Fernando Azcueta informó a sus superiores “estoy listo”. Listo para la guerra. Sin condicionamientos.

El 17 de abril de 1982, tras un tránsito sin muchos problemas durante el cual el comandante había aprovechado el tiempo para seguir entrenando a la tripulación y solucionar algunos de los problemas mecánicos pendientes, el operador de radio recibió un mensaje cifrado que ordenaba al submarino dirigirse a una zona de espera designada como “Enriqueta”, situada al sudeste del Golfo Nuevo, cerca de la Argentina continental y al norte del límite de la llamada Zona de Exclusión fijada por los británicos.


La computadora VM-8/24 queda fuera de servicio

En un principio, y dado que había conversaciones diplomáticas en curso, al igual que ocurría con las fuerzas británicas, existía una limitación en el uso de armas debido a las Reglas de Empeñamiento vigentes.

En aquel momento, éstas sólo podían utilizarse dentro de la Zona de Exclusión Marítima y únicamente tras una identificación positiva del blanco. La excepción sería si el objetivo fuera un contacto sumergido, que se presumiría enemigo. Estas órdenes eran casi idénticas, inicialmente, a las vigentes para los submarinos británicos.

Dos días más tarde, la computadora de control de tiro VM-8/24 quedó absolutamente ciega y no pudo ser reparada, por más que la tripulación hizo todo lo que tenía a su alcance.

El Capitán Azcueta explicaba a sus superiores luego de la guerra: “La computadora queda sin representación en su pantalla. Los tres paneles de blanco no responden a las órdenes de los comandos de sensores activos y pasivos. Mantiene la capacidad de trabajo en emergencia…(la) falla se producía en la unidad control de programa de memoria, cuyo origen no podíamos detectar. Se procedió a verificar las tablas de fallas detalladas en el Manual de la Computadora VM-8/24 libro IV, se conectó el panel de prueba y se comprobó que al estar la computadora parada en una dirección determinada ella no respondía a los test de verificación. Se comprueban todas las alimentaciones y se intenta los ajustes de los valores de tensión que establece el manual de la computadora, libro VI. Se encuentran algunas novedades y se logra destrabar la computadora, aunque ella sigue sin cumplir correctamente los lazos de sus programas”.

La computadora de tiro es el cerebro de un submarino de ataque moderno y, alimentada por los diversos sensores que rastrean el océano exterior, permite al submarino resolver una solución de tiro y el disparo y guiado de torpedos.

El sistema de control de tiro submarino VM-8/24 podía rastrear y preparar simultáneamente soluciones de control de tiro para hasta tres objetivos, y controlar tres torpedos dirigidos contra ellos. El sistema podía utilizarse no sólo para calcular los ángulos de avance de los torpedos, sino también para procesar todos los datos de los sensores y obtener las posiciones y vectores de los objetivos. Podía mostrar simultáneamente el alcance del sonar, el radar y el periscopio, así como los datos de rumbo.

Su inoperatividad fue un golpe devastador.

Dejaba al submarino sin su capacidad de fuego automático y lo limitaba a disparar un solo torpedo a la vez, que podía ser guiado por la tripulación en modo manual (de emergencia).

Con la rotura de la computadora existía, según el informe de post-guerra:

  • Pérdida de la capacidad de mantener actualizadas en forma automática e instantánea las posiciones del submarino, blanco y torpedo.
  • Pérdida de la capacidad de cálculo preciso del Angulo de Puntería (Rumbo del Torpedo) y su actualización instantánea.
  • Escasa precisión del dial del sistema de guiado manual (graduaciones cada 5° por diseño)
  • Imposibilidad práctica de estimar la posición del torpedo y como consecuencia, seria dificultad para introducirle correcciones eficaces.

La gravedad de la avería llevó a Azcueta a romper el tradicional silencio de radio con el que se mueven los submarinos e informar a sus superiores. El Comandante de la Fuerza de Submarinos (COFUERSUB) reconoció el problema, pero decidió no retirar al ARA San Luis de la zona de espera, tras valorar la conveniencia de tener al menos un submarino patrullando a pesar de las limitaciones que arrastraba.

Según la doctrina, la rotura de la computadora implica una “baja probabilidad de impacto” y, por tanto, el uso de torpedos es “en caso de lanzamientos defensivos y si no se dispone de otra arma”. Por tanto, se consideró que, la rotura de la computadora implicaba “que sería prácticamente no factible el cumplimiento de la misión de la unidad”.

 


Dentro del San Luis, sin embargo y a pesar de conocer las nuevas limitaciones con las que irían a la guerra, tenían cierto optimismo. Según recuerda el Teniente de Navío Ricardo Alessandrini, Jefe de Armamento del submarino: “La computadora de control tiro no estaba operativa y nos dejaba cortos de capacidad en la zona de espera. Esto limitaba el número de disparos de torpedos que se podían controlar desde el submarino. Sin embargo, en la fuerza de submarinos practicábamos a menudo el método anticuado de disparar torpedos utilizando cálculos manuales y era totalmente posible llevar a cabo un ataque con éxito con buena información sobre nuestro objetivo”.

Esto es, la tripulación del S-32 debería lanzar torpedos mediante plottings y ábacos, de la misma forma que se lanzaban torpedos de corrida recta y a corta distancia hasta principios de la Segunda Guerra Mundial.

También narra el Capitán Azcueta: “Como se ha dicho, durante la permanencia en el área Enriqueta, aprovechamos la detención para intensificar el adiestramiento en los distintos roles y para ajustar valores del buque que no teníamos actualizados. Entre ellos el llamado “umbral de cavitación”. En un submarino, la velocidad a partir de la cual sus hélices cavitan (fenómeno del fluido que produce un indeseable e importante ruido propio), depende de la profundidad y aumenta con ella. Es decir, que si aumento el plano de inmersión, puedo aplicar más velocidad sin cavitar. Con resignación comprobamos que, cualquiera fuera la profundidad, hasta 150 metros, cavitábamos a los 6 nudos. Esta circunstancia, me llevó a ser muy prudente con la velocidad en el área de patrulla. Se hizo evidente que, a pesar del gran empeño de los buzos alumnos de la Escuela de Buceo, la hélice no había quedado lo suficientemente limpia. No había nada que hacer.

Llegado el 26 de abril, las negociaciones sobre el destino de las islas estaban prácticamente cerradas. COFUERSUB (Comando de la Fuerza de Submarinos) decidió enviar al San Luis a la zona de patrulla “María”, situada al norte de las islas. Llegó allí el 28, no sin peligros.

En la tarde del mismo día, con el deterioro de la situación militar y política, el S-32 recibió la orden de destruir cualquier objetivo enemigo si lo encontraba dentro de la Zona de Exclusión alrededor de las islas: “De COFUERSUB a San Luis. Anulo restricciones empleo armas. Todo contacto es enemigo”.

Aun con todos los problemas citados y una computadora de tiro (el cerebro del submarino) rota, el San Luis se cubriría de gloria en los días venideros. El Almirante Brown hubiera estado orgulloso de esta valiente muchachada de la Armada.

Extracto de “Todo Contacto es Enemigo” de Mariano Sciaroni con Andy Smith (https://elcazadorlibros.com.ar/producto/todo-contacto-es-enemigo)

El submarino San Luis en Puerto Belgrano, a la mañana siguiente de la llegada de su patrulla de guerra. Atrás, se advierte al enorme portaaviones ARA 25 de Mayo
"Todo contacto es enemigo" el libro escrito por Mariano Sciaroni junto a Andy Smith