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domingo, 2 de agosto de 2026

Argentina y Chile: la disputa por la Patagonia, 1843–1881

Argentina y Chile: la disputa por la Patagonia, 1843–1881

Richard O. Perry

The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363





La estatua del Cristo de los Andes conmemora la finalización de una controversia limítrofe de sesenta años que, en varias ocasiones, llevó a la Argentina y a Chile al borde de la guerra.¹ El conflicto, resuelto amistosamente por el rey Eduardo VII de Inglaterra en 1902, se originó en el Tratado de 1881, por el cual ambas naciones acordaron por primera vez los límites en la Patagonia, en el Estrecho de Magallanes y en Tierra del Fuego, tal como hoy los damos por sentados. La disputa previa al Tratado de 1881 fue larga y amarga. Si bien la Patagonia y las áreas adyacentes eran, sin dudas, posesiones de la Corona española, la desatención oficial durante todo el período colonial impidió que cualquiera de los Estados sucesores contara con un título claro sobre ellas con base en el uti possidetis

El Tratado de 1881, que reconoció la soberanía argentina sobre prácticamente toda la Patagonia, es objeto de recriminaciones por parte de historiadores chilenos nacionalistas del siglo XX, con Francisco Encina a la cabeza.³ Ellos sostienen que Chile tenía derecho legal sobre la Patagonia y que, además, contaba con el poder para hacer valer ese reclamo. Al contrastar el Chile del siglo XX —limitado en recursos, cercado por la cordillera y opacado por el enorme potencial de su vecino del este— con la primacía que habría disfrutado en el siglo XIX, argumentan que fue el Tratado de 1881 el que alteró el equilibrio de poder en Sudamérica. En consecuencia, caracterizan ese tratado como una rendición, con la connotación de que allí se habría traicionado el “derecho de nacimiento” de Chile.

Examinar la validez de los reclamos históricos respectivos, basados en el uti possidetis, excede el alcance de este trabajo. Baste decir que ninguno de los dos países tenía un título tan claro como para estar dispuesto a arriesgar un arbitraje. El propósito aquí es, más bien, analizar si Chile realmente quería toda la Patagonia y si tomarla estaba dentro de sus capacidades. El tema fue sugerido inicialmente por un estudio que mostró que, para los líderes argentinos del siglo XIX, la “Conquista del Desierto” de 1878 y 1879 de Julio A. Roca —que puso fin a la lucha secular con los pueblos indígenas por la posesión de la pampa— tenía una significación estratégica como culminación de un concurso imperial con Chile, cuyo premio era la Patagonia.

La Constitución chilena de 1833 estableció como límites nacionales el Cabo de Hornos al sur y la cordillera de los Andes al este. Hacia el sur, Chile en la práctica ocupaba solo hasta el río Bío-Bío, en Concepción, y algunos puntos fuertes como Valdivia más allá. Los araucanos (mapuches) permanecían virtualmente soberanos al sur del Bío-Bío, bloqueando la expansión como lo habían hecho sus antepasados durante tres siglos. El gobierno tenía pocos incentivos para desplazarlos, y el sentimiento popular —alimentado por la epopeya de Ercilla— reforzaba esa reticencia. Hacia el este, la pampa y la Patagonia, pobladas por indígenas considerados feroces, eran poco conocidas y se tenían por poco valiosas. La atención chilena, como desde los primeros días de la colonia, se dirigía hacia el norte: Panamá, todavía un foco importante del comercio internacional, y Perú, al que Chile buscaba disputar la hegemonía comercial de la costa pacífica sudamericana.

La atención chilena se desplazó hacia el sur, al Estrecho, y hacia el este, a la Patagonia, con la llegada de la navegación a vapor. Los dos primeros vapores de la Pacific Steamship Navigation Company, el Chile y el Peru, navegaron desde Inglaterra a Valparaíso en 1840. En vez de seguir la ruta de vela por el Cabo de Hornos, pasaron por el Estrecho de Magallanes, transformándolo de manera dramática en una vía acuática internacional importante por primera vez. Pronto el vapor desviaría hacia Valparaíso gran parte del tráfico que entonces pasaba por Panamá, ofreciendo a Chile la supremacía comercial a la que aspiraba. El control del Estrecho se volvió de repente vital, económica y estratégicamente, para Chile. Su importancia también fue advertida por otros: en las décadas de 1820 y 1830 expediciones inglesas y francesas estudiaron la zona y, dado que ni Argentina ni Chile ocupaban el Estrecho —ni Patagonia ni Tierra del Fuego— se consideraba inminente una ocupación europea.

Por eso, Chile fundó el Fuerte Bulnes en la península de Brunswick en 1843 para afirmar su reclamo sobre el Estrecho y territorios adyacentes en la Patagonia. El gobierno del presidente Manuel Bulnes no dudaba de su derecho a ejercer soberanía en las inmediaciones del fuerte o de Punta Arenas, a cuyo entorno trasladó la colonia en 1849. Pero específicamente negaba tener derecho a ejercer soberanía sobre la porción oriental del Estrecho. Su acción precipitada buscaba impedir una intervención europea, no provocar una disputa con Argentina.

Buenos Aires protestó tardíamente en 1847. Siguió un debate intermitente que culminó en 1853 con la publicación de Miguel Luis Amunátegui, Títulos de la República de Chile a la soberanía y dominio del extremo sur del continente americano, que, apartándose de la posición tradicional chilena y de la Constitución de 1833, sostuvo que Chile tenía un reclamo válido —basado en documentos de la Corona— no solo sobre el Estrecho cerca de su colonia, sino también sobre toda la Patagonia. Sobre esa base, el territorio de Magallanes —con capital en Punta Arenas— se amplió para incluir el río Santa Cruz sobre el Atlántico. Los reclamos chilenos se extendieron al norte hasta el río Negro en el Atlántico y el río Diamante, a la latitud de Buenos Aires, en la cordillera. La evidencia histórica y los argumentos de Amunátegui se convirtieron en la base de la controversia posterior.

Sea cual fuere la validez legal de esos reclamos, la Constitución de 1833, al fijar la cordillera como límite, y el gobierno chileno, al renunciar en 1843 a la mitad oriental del Estrecho, los habían abandonado. Por eso, Chile utilizó el Tratado de 1856 —básicamente un acuerdo comercial entre Argentina y Chile— para intentar reactivar derechos. En su artículo 39, ambos países acordaron reconocer como fronteras las que cada uno poseía al separarse de España en 1810; resolver pacíficamente los litigios; y, si no lograban acuerdo, someterlos al arbitraje de una potencia amiga. Pero no se definió cuáles eran esos límites en 1810 ni qué reclamaba cada uno en 1856. Chile, así, obtenía un nuevo punto de partida para su estrategia de expansión. Las negociaciones se postergaron hasta la década de 1870, cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez impulsó conversaciones con el ministro argentino en Santiago, Félix Frías. Ambos atribuían gran importancia a la Patagonia, y a medida que avanzaba la década las discusiones se volvieron más amargas, llevando a ambos países al borde de la guerra en 1878.

Sin embargo, pese a reclamos ambiciosos, Chile mostró sorprendentemente poco interés por la Patagonia. Punta Arenas —su instrumento de ocupación efectiva del Estrecho— tenía apenas 202 habitantes en 1861. Además, era una colonia penal: una base frágil para un proyecto “imperial”. Recién en la década de 1870 se estabilizó con la introducción de ovinos desde las islas Malvinas. Aun así, sufrió tanto abandono que su guarnición se sublevó en noviembre de 1877 al grito de “¡Viva los argentinos!”. Chile no ocupó el río Santa Cruz, pese a reclamarlo como límite norte de Magallanes sobre el Atlántico, aunque la desatención argentina pudo haberlo permitido. Tampoco ocupó el extremo atlántico del Estrecho, que consideraba vital para su seguridad y desarrollo y que se volvió un punto central en las disputas de los años setenta.

En contraste con la precaria colonia del Estrecho, para la década de 1870 los chilenos habían ocupado claramente las laderas orientales de los Andes. La cordillera a la latitud de Buenos Aires, aislada físicamente por la aridez pampeana y por los indígenas hostiles del lado argentino, era geográfica y económicamente parte de Chile, y lo siguió siendo hasta fines del siglo XIX. Del mismo modo que los asentamientos del piedemonte oriental de Cuyo habían sido poblados desde Chile en tiempos coloniales, continuaron las migraciones cuando el lado oriental pasó a manos del Virreinato del Río de la Plata y luego de la República Argentina. El flujo anual oscilaba entre 800 y 1.000 personas incluso hacia 1879, y para ese año la población total sería de unos 30.000. Inicialmente concentrados a la latitud de Buenos Aires, se desplazaron progresivamente hacia el sur y finalmente ingresaron en el valle del Neuquén, frente al corazón araucano de Chile. Allí establecieron estancias de ganado vacuno y ovino conocidas como “Chilecitos”. Funcionarios chilenos residían entre ellos, y tanto los chilenos como los indígenas cordilleranos reconocían su autoridad.

Al sur del valle del Neuquén se encuentra el otro gran afluente del río Negro, el Limay, y el lago Nahuel Huapi, de donde nace. El lago está en el extremo norte de un gran corredor natural —la Depresión Preandina— que corre al pie de los Andes hasta el Estrecho. Descrito por primera vez por George Musters (que lo recorrió en 1869–70), era la única ruta terrestre hacia el Estrecho desde Chile o desde Buenos Aires. Es la parte más hospitalaria de la Patagonia; allí y en los valles fértiles que se abren hacia el desierto vivía la mayor parte de la población indígena. La Depresión Preandina, y no la costa atlántica, era la gran vía norte-sur y la clave para el control de la Patagonia por cualquiera de los dos Estados. Pero el flujo espontáneo de colonos desde Chile hacia ese corredor —que habría permitido a Chile controlar la Patagonia— fue bloqueado por las tribus araucanas al sur del Bío-Bío. Las comunicaciones chilenas con los Andes orientales no se extendían más allá del alto valle del Neuquén.

En la vasta región entre la cordillera y el Atlántico, hacia el sur hasta Punta Arenas, Chile procuró sostener su “ocupación efectiva” obteniendo reconocimiento de soberanía por parte de los indígenas. A los caciques se les otorgaban rangos militares, sueldos y regalos a cambio. Pero Argentina competía por esa lealtad, y los pueblos indígenas, defendiendo sus intereses, jugaban a uno contra otro.

Argentina tampoco evidenció mayor interés por la Patagonia que Chile. Hubo una colonia argentina en el río Negro en la década de 1840. Pero más al sur, la costa atlántica inhóspita había sido descuidada por el gobierno de Buenos Aires incluso en tiempos del Imperio español. Observadores del primer tercio del siglo XIX describían a la Argentina como delimitada por el Río de la Plata, la cordillera y el río Negro. El Estrecho parecía quedar fuera de su horizonte en los años 1840. Incluso Domingo Faustino Sarmiento —futuro presidente argentino, entonces exiliado en Santiago— había aconsejado al gobierno chileno fundar la colonia en el Estrecho y negado en 1847 que su país tuviera fundamentos para impugnarla. Sin embargo, las ambiciones argentinas hacia el sur se reflejan en un estudio de Pedro de Angelis (1852) que expone la pretensión argentina sobre la Patagonia, el Estrecho y Tierra del Fuego. El trabajo de Amunátegui al año siguiente fue la respuesta chilena.

El foco de la atención argentina hasta los años 1870 estuvo en el escenario internacional del Río de la Plata. Aun así, Argentina empezó a hacer valer sus reclamos patagónicos desde la década de 1860: se fundó una colonia en el río Chubut (costa central) y se instaló un puesto en el río Santa Cruz para comerciar con los indígenas. En los años 1870 se exploró sistemáticamente desde el río Negro al Santa Cruz y desde el Atlántico a la cordillera. Las expediciones más extensas y famosas fueron las de Francisco Moreno, cuyos informes publicados en Buenos Aires en 1878 —en plena tensión por la disputa limítrofe— reforzaron la decisión argentina de poseer la Patagonia.

En la práctica, sin embargo, Argentina no ocupó efectivamente ni siquiera hasta el río Negro hasta que se completó la Conquista del Desierto en 1879. La frontera pampeana se expandía y contraía según la fortuna de la guerra indígena. Hasta los años 1870 nunca se extendió más de cien millas desde el Río de la Plata; más al oeste, el límite sur estaba aproximadamente en la latitud de Buenos Aires. La pampa más allá de la frontera estaba dominada por indígenas a caballo que mantenían guerra constante contra sus vecinos argentinos y un comercio ganadero lucrativo con sus vecinos chilenos.

Estos indígenas eran araucanos cuyos antepasados —o ellos mismos— habían sido atraídos hacia el este desde la cordillera y desde Chile por los enormes rodeos de la pampa oriental. Esos rodeos eran el centro de su vida. El caballo era tan vital en la pampa como en las Grandes Llanuras de Estados Unidos. El ganado vacuno, en cambio, tenía importancia comercial: desde mediados del siglo XVIII se vendía en Chile a curtidores y a los saladeros que producían carne salada y charqui para los puertos del Pacífico. En los años 1870 el volumen anual del comercio se estimaba en 40.000 cabezas. Algunos observadores sostenían que era tan grande que perjudicaba el comercio legítimo entre provincias argentinas y Chile, y parece fuera de duda que afectaba el precio de la carne en el sur chileno.

El ganado ofrecido por los indígenas pampeanos se obtenía asaltando estancias de la frontera argentina. Durante el siglo previo a la Conquista del Desierto, la frontera fue escenario de un conflicto sangriento continuo: los indígenas buscaban participar de la riqueza animal de las llanuras orientales. Columnas guerreras provenientes de las tierras araucanas de Chile, que miraban hacia el este como una oportunidad de enriquecimiento, reforzaban a sus aliados de la pampa; los malones se parecían a una guerra sin cuartel. Atacaban sin aviso desde el desierto para arrear vacunos, caballos e incluso ovejas. Capturaban mujeres y niños cuando podían y luego se desvanecían hacia el desierto con el botín, dejando destrucción, muerte y terror. Las fuerzas militares argentinas parecían impotentes: las columnas montadas que perseguían en la pampa volvían a pie, derrotadas no por los indígenas —que solían eludirlas— sino por un adversario igualmente formidable: el desierto desconocido.

Los indígenas conducían el ganado hacia el oeste por una red de rastrilladas bien establecidas, marcadas por incontables cascos durante largos períodos. Las conocían como Caminos de los Chilenos; enlazaban las fronteras de las provincias argentinas con los pasos cordilleranos hacia Chile, ofreciendo pasturas, leña y agua en el trayecto. La mayoría cruzaba el río Neuquén e ingresaba en la actual provincia argentina del Neuquén. Hacia el oeste, la cordillera que hoy es frontera con Chile es relativamente baja, con varios pasos abiertos todo el año. Del otro lado estaban las tierras de los araucanos no sometidos y las provincias chilenas, principales mercados del ganado robado. Ese comercio de ganado sustraído, realizado con comerciantes chilenos, fue la causa más importante de la guerra que devastó la frontera argentina. Orientó vastas áreas hacia el Pacífico, en lugar de hacia el Río de la Plata, pese a las barreras de la pampa árida y los Andes. Y, a juicio de autoridades argentinas, le daba a Chile control e influencia sobre la pampa y un eventual medio militar para hacer valer su reclamo sobre la Patagonia.

En 1774 el jesuita inglés Thomas Falkner había llamado la atención sobre la desatención española de la Patagonia y sobre la factibilidad de conquistar Chile desde el Atlántico avanzando por el río Negro y cruzando la cordillera con tropas indígenas auxiliares. Un siglo después, autoridades argentinas creían que la desatención pampeana volvía a la Argentina vulnerable a un ataque similar desde Chile. Desde 1849, expediciones chilenas habían reconocido esa ruta “al revés”, desde Valdivia a las nacientes del Limay, afluente sur del río Negro. En 1862, el chileno Guillermo Cox, probando específicamente la hipótesis de Falkner sobre el río Negro como vía de comunicación entre Valdivia y el Atlántico, debió regresar por presión indígena en el Limay. Los indígenas pampeanos constituían una fuerza auxiliar potencial, como la que Falkner había imaginado; y había refuerzos disponibles en la cordillera y en Chile.

Autoridades argentinas sostenían que una guerra con Chile por la Patagonia no se libraría en la Patagonia ni en sus aguas, sino a lo largo del borde norte y este de la pampa. Indígenas reforzados por pocos regulares llevarían la guerra a la frontera argentina, mientras el ejército chileno cruzaría la baja cordillera neuquina y tomaría el río Negro y toda la Patagonia hacia el sur. Los indígenas servirían de “colchón” para asegurar la nueva frontera chilena en el río Negro frente a ataques argentinos por tierra, mientras la marina chilena garantizaría la seguridad patagónica por mar. Los argentinos creían factible esa estrategia: se decía que indígenas cordilleranos habían ofrecido asistencia militar a Chile cuando la crisis alcanzó el umbral de guerra en 1878.

El peligro se agravaba por las relaciones argentinas con sus vecinos platenses. Argentina estuvo en la Guerra del Paraguay (1865–1869), durante la cual los indígenas devastaron la frontera. Al terminar la guerra y poder volver la atención al oeste y al sur, pareció inminente un conflicto con Brasil por el Chaco paraguayo. Incluso cuando ese riesgo cedió, Argentina debió ponderar la actitud brasileña ante cualquier decisión que pudiera llevarla a un conflicto con Chile. Una alianza chileno-brasileña, o un ataque chileno coincidente con una crisis en el Plata, incrementaría la vulnerabilidad de la frontera pampeana a un asalto con auxiliares indígenas.

Las actividades argentinas para fortalecer su reclamo patagónico en las décadas de 1860 y 1870 fueron acompañadas por acciones para arrebatar el control de la pampa a sus dueños indígenas. La estrategia básica era interponer un cordón militar entre indígenas y estancias para negarles el acceso a los rodeos del este y, así, privarlos no solo del ganado sino de los caballos de los que dependía su existencia. La estrategia se volvió más eficaz con el correr de la década. Las campañas de Roca en 1878 y 1879 buscaban establecer la frontera militar sobre los ríos Negro y Neuquén, creando una barrera natural, defendible, que terminara de manera permanente con el comercio ganadero y trajera paz a la pampa. Pero, desde la mirada argentina, Chile no podía permitirlo. Los incidentes jurisdiccionales en el lejano sur, cada vez más frecuentes, se interpretaron como parte de una maniobra chilena para desviar la atención nacional de la frontera pampeana y, sobre todo, forzar la postergación de la campaña de Roca, para que los indígenas conservaran su predominio y su potencial como auxiliares en una futura guerra por la Patagonia.

Dos semanas después de que Chile declarara la guerra a Bolivia y Perú (Guerra del Pacífico) en abril de 1879, Roca inició la campaña final de la Conquista del Desierto. La frontera argentina se estableció sobre los ríos Negro y Neuquén. Por primera vez, la autoridad nacional se ejerció sobre toda la pampa. La cordillera y sus habitantes chilenos también quedaron bajo control argentino. Además, la nación obtuvo bases avanzadas para proyectar su poder hacia el sur por la Depresión Preandina, por diplomacia o por la fuerza. Pero para Roca lo decisivo fue que la Conquista del Desierto terminó con el comercio ganadero y, con él, la influencia chilena en la pampa, negándole a Chile el medio militar para hacer valer su reclamo patagónico. Desde entonces, las autoridades argentinas consideraron que un tratado fronterizo satisfactorio era cuestión de tiempo.

Para los revisionistas del siglo XX, Chile “perdió su cita con el destino” al no presionar su reclamo patagónico cuando habría podido hacerlo con éxito. Sin embargo, cabe preguntarse si los líderes chilenos del siglo XIX alguna vez tuvieron la ambición de toda la Patagonia. La navegación a vapor, que volcó a Chile hacia el Estrecho, coincidió con el descubrimiento del valor comercial del guano como fertilizante, que reforzó simultáneamente su preocupación por el norte. Chile competía con Perú por la hegemonía pacífica y disputaba con Bolivia los derechos minerales en Antofagasta, lo que culminó en la Guerra del Pacífico. Además, muchos líderes chilenos no estaban convencidos por los argumentos de Amunátegui. Y existía una creencia extendida —basada en parte en Darwin— de que la Patagonia era inútil. Era evidente que Argentina pelearía por retenerla, y había consenso en Chile en que, si bien el Estrecho era vital para su futuro, el resto de la Patagonia no valía una guerra.

En 1865 Chile envió a Buenos Aires su primera misión diplomática desde el inicio del conflicto limítrofe, con el objetivo de resolverlo. La prensa porteña, que sostuvo con combatividad la posición argentina, acusó a Chile de querer la guerra para tomar la Patagonia. Pero el enviado chileno José Lastarria era escéptico tanto sobre el valor de la Patagonia como sobre el reclamo chileno. Ignorando instrucciones de sostener los reclamos sobre Patagonia además del Estrecho, insistió en que la Patagonia era posesión argentina y no estaba en discusión. Propuso un arreglo por el cual Chile recibiría toda Tierra del Fuego, la mayor parte del Estrecho y territorio al norte suficiente para seguridad y desarrollo. En Patagonia sugirió una frontera por las bases orientales de la cordillera aproximadamente hasta la latitud del Nahuel Huapi.

Los intereses de Lastarria se limitaban claramente al Estrecho: buscaba asegurar su porción occidental y garantizar comunicación terrestre entre Punta Arenas y Chile vía Nahuel Huapi y la Depresión Andina. Mientras negociaba, el ejército chileno avanzaba contra los araucanos, lo que podía volver accesible esa ruta. Pero su propuesta abandonaba a Argentina la cordillera oriental al norte del lago, precisamente el único sector de “Patagonia” que Chile ocupaba efectivamente. Se ha especulado que incluso al sur del lago Lastarria habría aceptado la cresta andina como frontera, dejando toda la cordillera oriental a Argentina, si con ello lograba sus objetivos en el Estrecho. En definitiva, su posición se parecía a la del gobierno de Bulnes en 1843: no aseguraba siquiera el Estrecho completo, mucho menos la Patagonia. El gobierno chileno desaprobó su propuesta, pero no la desautorizó. Argentina, concentrada en la Guerra del Paraguay, no insistió y el tema quedó estancado el resto de los años sesenta.

La disputa se reactivó en serio cuando el canciller chileno Adolfo Ibáñez la retomó en 1872. Ibáñez estaba convencido de los derechos chilenos sobre la Patagonia y era de los pocos en Chile que consideraba el área importante. Previendo la futura grandeza argentina, creía que solo la Patagonia permitiría a Chile mantener el equilibrio. La incomodidad argentina de comienzos de los años 1870, con riesgo de guerra con Brasil por las secuelas de la Guerra del Paraguay, pareció ofrecer una oportunidad. Pero la pugna por Patagonia se desarrolló bajo la sombra de rivalidades más antiguas en el Pacífico y también en el Plata.

Ibáñez buscó aprovechar la situación; Perú y Bolivia firmaron un pacto secreto contra Chile e invitaron a Argentina a sumarse. Sarmiento llevó el tema al Congreso. Sin embargo, el peligro para los intereses chilenos en los yacimientos salitreros de Antofagasta limitó las ambiciones de Ibáñez en Patagonia. En la retórica de la disputa, podía afirmar que toda la Patagonia pertenecía a Chile, pero en la práctica buscaba el Estrecho y una porción de la costa atlántica, y retener los valles de la cordillera oriental ocupados por ganaderos chilenos, considerados indispensables como complemento de la limitada agricultura del Chile central. A medida que avanzaban negociaciones, moderó su posición y ofreció dividir la Patagonia a lo largo del paralelo 45, aproximadamente por la mitad. Estaba dispuesto a ceder pasturas de las laderas orientales e incluso la comunicación terrestre con Punta Arenas a cambio del Estrecho y una frontera sobre el Atlántico. La Patagonia tenía un valor meramente potencial; las campañas chilenas contra los araucanos se habían cancelado en 1870 y los accesos terrestres al sur seguían cerrados. El Estrecho, en cambio, era la principal ruta del comercio europeo al Pacífico y su posesión era vital. Ibáñez se lo explicó al ministro argentino Félix Frías: la posesión del Estrecho en toda su extensión era tan importante para Chile que de ella dependían no solo su progreso, sino su existencia como nación independiente.

Para los chilenos, “todo el Estrecho” implicaba una frontera sobre el Atlántico. Argentina concedía la porción occidental del Estrecho y la mitad de Tierra del Fuego, pero no aceptaba un enemigo potencial en su flanco sur y buscaba impedir que Chile ocupara cualquier porción de la costa atlántica, ya fuera en Patagonia o en Tierra del Fuego. Ese punto —y no la posesión de toda la Patagonia— fue el núcleo del conflicto durante el resto de la década. En el Tratado de 1881, cuando Argentina cedió a Chile el Estrecho entero, trazó la frontera de modo de excluir a Chile del Atlántico y obtuvo el compromiso de que el Estrecho no sería fortificado.

El debate Ibáñez–Frías continuó tres años. Sin acuerdo, la acción pasó a Buenos Aires: el canciller argentino Carlos Tejedor y el ministro chileno Guillermo Blest Gana acordaron en 1874 someter el tema a arbitraje, el primero de tres intentos infructuosos. Ninguno quiso arriesgar un fallo. Avellaneda anuló el acuerdo en 1875. En 1876 Chile reabrió negociaciones y envió a Diego Barros Arana como ministro, con instrucciones conciliadoras. Chile ya no pedía el paralelo 45, sino el río Santa Cruz o, como mínimo, el río Gallegos: en los hechos, pretendía el Estrecho y el límite natural más cercano al norte, lo que igual le daba presencia atlántica.

Hacia 1876, los problemas argentinos con Brasil y Paraguay se encaminaban a cerrarse y la actitud argentina se endureció. En el área disputada entre el Santa Cruz y el Estrecho, ambos Estados comenzaron a ejercer soberanía otorgando licencias para cargar guano y sal, expulsando buques autorizados por el otro. En 1876, Chile capturó el buque francés Jeanne Amelie que cargaba guano con licencia argentina: la prensa argentina clamó por guerra. Barros Arana firmó luego nuevos acuerdos de arbitraje con Irigoyen (mayo de 1877) y Elizalde (enero de 1878). En ambos, Chile aceptó las cumbres más altas de los Andes como frontera, reconociendo así que la Patagonia pertenecía a Argentina. Lo que quedaba por arbitrar era dónde trazar la línea en el Estrecho. Mientras tanto, se acordó jurisdicción interina: Argentina en todo el Atlántico hasta la boca del Estrecho; Chile en todo el Estrecho. Los negociadores sabían que esa delimitación interina influiría en el árbitro y que, en los hechos, estaban dibujando la frontera futura.

Chile volvía a su posición tradicional de la cordillera como límite oriental. La única herencia de Amunátegui y del Tratado de 1856 era su ambición por la porción oriental del Estrecho. Con modificaciones menores, esos acuerdos serían el Tratado de 1881 y el mapa actual. Pero en 1878 ninguno estaba listo: Chile quería un límite natural en el Atlántico (al menos el Gallegos) y Barros Arana había ido más allá de sus instrucciones; fue llamado en mayo de 1878.

Entretanto, la relación se deterioró. Argentina exigía cooperación chilena para terminar con el comercio ganadero entre indígenas y comerciantes chilenos; la negación y la falta de ayuda aumentaron el resentimiento. A la vez, incidentes entre Santa Cruz y el Estrecho elevaron la tensión: Chile capturó la Jeanne Amelie (1876), Argentina expulsó a la estadounidense Thomas Hunt (1877), y el buque argentino Fulminante explotó misteriosamente en Buenos Aires ese mismo año, desatando acusaciones y gritos de guerra. En Chile, donde la opinión pública había sido relativamente indiferente a los incidentes patagónicos, estallaron manifestaciones contra Argentina en Santiago en 1878. En ese clima, Chile apresó otra nave licenciada por Argentina, la Devonshire (registro estadounidense), y una escuadra argentina zarpó al sur mientras ambos se preparaban para la guerra.

Para Chile, la Guerra del Pacífico estaba a meses; para Argentina, al umbral del crecimiento extraordinario de los años 1880, la prioridad era la paz y el desarrollo. En Argentina se sentía que en una década el país sería lo bastante poderoso para tomar el territorio en disputa sin las incertidumbres de una guerra. El peligro de un conflicto que ninguno deseaba llevó a un nuevo acuerdo de arbitraje: el tercero, firmado en Santiago en diciembre de 1878 por el canciller chileno Alejandro Fierro y el cónsul argentino Mariano de Sarratea. Como antes, jurisdicción interina: Argentina en el Atlántico, Chile en el Estrecho. Aunque se estipuló que no influiría en el árbitro, implicaba que Chile abandonaba su posición atlántica; hubo oposición en su prensa. Pero la inminente guerra con Perú y Bolivia hacía deseable la paz con Argentina y Chile ratificó en enero de 1879. Argentina, ya aliviada por el estallido del conflicto en el Pacífico, rechazó oficialmente el pacto en julio de 1879 y, tras la partida del ministro chileno José Balmaceda, las relaciones quedaron casi cortadas.

En Argentina, el sentimiento anti-chileno era tan intenso que hubo apoyo para aliarse con Perú. Pero no convenía entrar. Se esperaba que incluso un Chile victorioso quedara debilitado, permitiendo a Argentina imponer un arreglo. Sin embargo, cuando Chile, tras victorias sorprendentes, anunció que retendría permanentemente Antofagasta y Tarapacá, Argentina temió que el arreglo pudiera ser dictado por Chile y reconoció la ventaja de negociar mientras Chile seguía en guerra. Al mismo tiempo, las ambiciones territoriales de Chile generaron una ofensiva diplomática en su contra por parte de no beligerantes opuestos a la expansión por guerra. Argentina, sin sumarse al conflicto, adoptó una actitud benevolente hacia los aliados y jugó un papel importante en maniobras diplomáticas para contener a Chile. Chile empezó a advertir que un acuerdo patagónico satisfactorio podía inducir a Argentina a darle “mano libre” para cerrar la Guerra del Pacífico.

La expectativa de que incidentes como el de la Devonshire se repitieran llevó al secretario de Estado James G. Blaine a alentar a los representantes estadounidenses en ambos países a facilitar una solución. Con relaciones casi cortadas desde mediados de 1879, los ministros de Estados Unidos en Chile (Thomas A. Osborn) y en Argentina (Thomas O. Osborn) mediaron aprovechando el cambio de actitudes. El Tratado de 1881, firmado en julio y ratificado en octubre, reprodujo los acuerdos que Barros Arana había alcanzado con Irigoyen (1877) y Elizalde (1878). Estableció los límites actuales en Patagonia y Tierra del Fuego: Chile recibió el Estrecho de Magallanes íntegro; Argentina recibió la Patagonia y logró impedir que un enemigo potencial se asentara en su flanco sur; Chile quedó excluido de la costa atlántica y, aunque avanzó hasta la entrada al Atlántico, aceptó que el Estrecho no fuese fortificado.

El Tratado de 1881 contenía los gérmenes de una controversia posterior. La cláusula que fijaba la frontera en “las cumbres más elevadas que dividen las aguas” asumía que la cresta más alta coincide con la divisoria de aguas; en realidad, no siempre. Al sur del paralelo 41, la cresta más alta estaba de un lado y la divisoria del otro. Con Argentina reclamando la primera y Chile la segunda, y sin concesiones, la disputa volvió al borde de la guerra hasta resolverse por arbitraje en 1902.

Pero así como el tratado ignoró realidades geográficas, las recriminaciones de historiadores nacionalistas chilenos también suelen ignorar la realidad de las relaciones internacionales del siglo XIX. Para Chile eran vitales la riqueza mineral del Atacama al norte y el Estrecho al sur. Pese a la visión de Amunátegui de una “Patagonia chilena” y a la importancia estratégica que líderes argentinos atribuían a la Conquista del Desierto, Chile mostró consistentemente disposición a conformarse con el Estrecho y solo la porción de Patagonia necesaria para asegurarlo. Incluso Ibáñez estaba dispuesto a canjear los valles andinos por el Estrecho. La cuestión real era si debía existir una presencia chilena en el Atlántico. No hay evidencia de que Chile realmente quisiera toda la Patagonia, pese a sus reclamos, ni parece que tomarla estuviera dentro de sus capacidades. Chile no podía obtener Patagonia sin guerra con Argentina, porque Argentina no aceptaría a Chile como vecino meridional. Pero un conflicto así habría empujado a Argentina a la alianza ofrecida por Perú y Bolivia, poniendo en riesgo intereses chilenos vitales en el norte y en el sur. Que la riqueza del Atacama resultara efímera y que el potencial agropecuario de la Patagonia se volviera un complemento necesario para las tierras restringidas de la vertiente pacífica son hechos del siglo XX. En la perspectiva del siglo XIX, entre la certeza mineral del norte y las posibilidades vagas de una tierra desconocida, poblada por “salvajes” hostiles, solo podía haber una elección.

Argentina and Chile: The Struggle for Patagonia 1843-1881

Source: The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363
Published by: Academy of American Franciscan History
Stable URL: http://www.jstor.org/stable/981291.
Accessed: 21/11/2014 18:17



sábado, 6 de diciembre de 2025

Argentina: Kast, el pan-araucanismo y las futuras hipótesis de conflicto


Milei, Kast y un mapa cada vez más chico

EMcL



Las declaraciones de José Antonio Kast sobre que “Argentina ya nos ha robado suficiente territorio a los chilenos”, acompañadas del hashtag “LaAntarticaEsChilena”, no son un exabrupto aislado, sino la expresión política de una línea intelectual que postula a la Argentina como usurpadora sistemática de espacios en la Patagonia, en la Antártida y en la plataforma continental. Esa narrativa, alimentada por su asesor Jorge Guzmán, que propone abandonar la vía política y preparar una larga batalla jurídico–estratégica contra Buenos Aires, instala de hecho una hipótesis de conflicto permanente con nuestro país.


1. Milei y Kast: luna de miel con minas antipersonal
Sobre el papel, Milei y Kast parecen almas gemelas: ambos reivindican a Bolsonaro y Trump, despotrican contra “la izquierda radical”, aman el libre mercado y se saludan en redes con entusiasmo libertario. Kast incluso agradeció públicamente a Milei su apoyo, celebrando que en ambos lados de la cordillera se levantara una “ola” anti–progresista.

El problema es que cuando se pasa del póster ideológico a la geopolítca concreta, la cosa se complica bastante. No es lo mismo coincidir en que “el Estado es gigante e ineficiente” que tener a tu supuesto aliado diciendo, por escrito y sin borrar el tuit, que tu país “ya ha robado suficiente territorio” y que padece “delirios expansionistas”.

Si Kast llegara a la presidencia, Milei se encontraría con un socio que lo aplaude en conferencias liberales pero que, al mismo tiempo, necesita mostrar dureza contra la Argentina para sostener su discurso soberanista frente a su propia opinión pública. El resultado probable es una relación esquizofrénica: foto sonriente para la tapa, comunicados secos y tensos sobre Antártida, los Hielos Continentales (llamados Campos de Hielo Sur en la tierra de Condorito) y plataforma continental. Cada encuentro bilateral sería una combinación rara de think tank libertario y reunión de Estado Mayor. De todos modos, Kast tendría que enfrentar otros frentes geopolíticos internos: la inmigración venezolana, el tráfico en la frontera con Perú y otros temas más.

En el mejor de los casos, Milei intentaría minimizar las diferencias como “debates técnicos” entre cancillerías. En el peor, podría verse tentado a responder con la misma retórica inflamada, alimentando un ping–pong verbal donde ambos presidentes se alaban como cruzados anti–socialistas mientras erosionan, tuit a tuit, la confianza estratégica entre sus países. No sería la primera vez que el ego presidencial pesa más que un mapa.

2. Desbalance militar: cuando la realidad te baja el tonito

En este contexto, el desbalance militar entre Chile y Argentina opera como un silencioso corrector de discursos. Las fuerzas armadas argentinas llegan a esta discusión con décadas de desinversión, sistemas de armas obsoletos y capacidades limitadas en el sur marítimo y antártico. Del otro lado, Chile mantiene desde hace años una política de inversión sostenida y profesionalización de sus fuerzas.

¿Favorecen las declaraciones de Kast ese desbalance? No lo generan —eso lo hizo Argentina solita dejando pudrir su aparato de defensa—, pero sí lo vuelven políticamente relevante. Cuando un candidato con chances reales en Santiago dice que Argentina roba territorio y se alinea con un asesor que niega la utilidad de los arreglos políticos y prefiere una estrategia de largo plazo, sustentada en “el derecho, la historia y la geografía” a favor de Chile, está marcando que ve estos temas como un eje estructural de su política exterior, no como un detalle técnico. Kast viene con la cantinela del post-araucanismo... recomponer el alienado Chile grande que existe en los cerebros más afiebrados del país pasillo.

En otras palabras: mientras Argentina todavía discute si Defensa sirve “para algo” que no sea desfile del 9 de julio, al otro lado de la cordillera hay gente planificando cómo maximizar sus ventajas jurídicas, diplomáticas y, llegado el caso, operacionales en el Atlántico Sur y la Antártida. El desbalance militar, que en Buenos Aires muchos trataban como curiosidad de mesa de café, se vuelve de golpe un factor que condiciona qué tan lejos se puede llegar en cualquier disputa sin quedar en ridículo.



Prestemos atención porque la última vez que Chile estuvo desbalanceado militar a su favor, no dudó en mostrar la hilacha provocando la Guerra del Pacífico, invadiendo Perú y Bolivia, robándoles territorios, humillando cada vez que pudo e intentando hacer lo propio con la Patagonia argentina. Está en el patrón cultural ladino del araucano robar primero y justificar después. Que esa tentación no se haga presente nuevamente en estos momentos.


3. Hipótesis de conflicto: revisar tratados sin decir “revisar tratados”

¿Puede Kast pedir la revisión de acuerdos ya firmados respecto a diferendos limítrofes? En la práctica, no hace falta que lo diga tan brutalmente. El guión ya está escrito por Guzmán y compañía: sostener que existe un “nuevo diferendo limítrofe” por la plataforma continental y la proyección antártica, insistir en que Argentina tiene “pretensiones exóticas”, y empujar, dentro del marco del Tratado de Paz y Amistad de 1984, a mecanismos de solución de controversias que reabran, de hecho, la discusión.

Formalmente se respetan los tratados; políticamente se los vacía de efecto estabilizador. La idea de evitar “arreglos políticos” porque relativizan “nuestros mejores derechos” apunta justamente a eso: endurecer la posición chilena, reducir los márgenes de negociación y alargar el conflicto en tribunales, comisiones técnicas y foros internacionales. No hace falta quemar un mapa en cadena nacional: alcanza con instalar, una y otra vez, que Argentina es expansionista, que roba territorio y que Chile es la víctima responsable que se defiende con paciencia y superioridad moral.

En ese esquema, cualquier gesto argentino de presencia en el sur —un radar en Río Grande, un puente aéreo a Tierra del Fuego, un refuerzo logístico para Antártida— puede ser presentado como confirmación de la “tesis geopolítica de la prolongación natural de su territorio” que tanto obsesiona a los planificadores chilenos. La hipótesis de conflicto no necesita tanques cruzando el Beagle: vive muy cómoda en powerpoints, notas de opinión y discursos de campaña.

Tengamos presente que en los Hielos Continentales, el gobierno chileno ya ha enviado tropas de seguridad (carabineros) y militares haciendo casetas, retenes, helipuertos, etc. creando un hecho consumado, como lo quisieron hacer en Lago del Desierto. Ya sabemos cómo terminó eso. Sin embargo, todo ese territorio está sujeto a delimitación definitiva: NO es parte de Chile. Más aún, la evidencia satelital de sensores (LIDAR) sustentarían mucho más a los reclamos argentinos que a los chilenos. Por lo que no sería raro que toda esa avanzada deba desmontarse y rearmarse en el país de los maremotos y terremotos. ¿Cómo reaccionaría Kast a eso?



4. Cancillería, Defensa y la siesta estratégica

Para el Ministerio de Defensa y la Cancillería argentinos, las declaraciones de Kast son una alarma que suena en una casa donde muchos prefieren seguir durmiendo la siesta. El hackeo de correos del Estado Mayor Conjunto chileno ya mostró que las fuerzas de ese país analizan con detalle los movimientos argentinos en Tierra del Fuego, los radares, los puentes aéreos y la idea de consolidar un polo logístico antártico. Es decir: nos están mirando con mucha más atención de la que solemos mirarnos nosotros mismos.

¿Debe Argentina acelerar su rearme? La respuesta incómoda es sí, pero no en clave de carrera armamentista caricaturesca, sino de mínima racionalidad estratégica. Un país que reclama presencia en la Antártida, que tiene un conflicto irresuelto con el Reino Unido en Malvinas y que comparte con Chile zonas sensibles de soberanía no puede seguir tratando a Defensa como un gasto culposo que se tapa con un plancito logístico cada tanto. Ya las tropas araucanas han estado haciendo un retardado boxeo de sombras invitando a tropas gurkhas, esas que se acobardaron de enfrentar a conscriptos argentinos en Malvinas, junto con marinos británicos para tirar tiros cerca de la frontera argentina. Así también han invitado a autoridades del ministerio de defensa para planear la construcción naval y otras "paiasáas" para mandar el mensaje de que el Califato Unido y la Araucania son un solo corazón. La respuesta argentina fue magnífica: en el aniversario del vergonzoso tratado de paz y amistad que Alfonsín le regaló a Pinochet, nuestro país mandó una buque menor a navegar en conjunto con un par pasillesco. Por suerte, nuestras fuerzas armadas ya gestionan tomando a Perú como un país sanmartiniano, aliado natural de la República Argentina. Chile también debiera ser más sanmartiniano aún pero al que nace araucano es añudo que no traicione.

Acelerar el rearme no significa comprar juguetes caros para alimentar nostalgias de generales aburridos. Significa recuperar capacidades básicas de vigilancia, control, disuasión y apoyo a la política exterior. Sin eso, cualquier canciller argentino que se siente a discutir Hielos Continentales, plataforma continental o Antártida tendrá detrás un aparato estatal que puede imprimir hermosos folletos, pero no sostener presencia efectiva y duradera en el territorio en disputa. Y en geopolítica, quien no está, no cuenta; y el que llega tarde mira el mapa por televisión.

5. Peores escenarios y cómo no llegar a ellos

Si uno estira el hilo de las declaraciones de Kast, de su asesor Guzmán y de los documentos militares chilenos, el peor escenario no es una guerra abierta —eso hoy sería un despropósito monumental para ambos países—, sino algo más sutil y dañino: una erosión lenta de la posición argentina en el sur. No descontemos que la asociación estratégica actual de Milei-Trump va a jugar un rol fundamental para detener cualquier ambición oral del fuhrer chileno.

Ese deterioro podría tomar varias formas: disputas permanentes en organismos internacionales donde Chile, mejor preparado, logre imponer interpretaciones favorables de los tratados; presión diplomática para limitar la proyección argentina en la Antártida; utilización sistemática del discurso de “Argentina roba territorio” para justificar cualquier movimiento de consolidación chileno en áreas grises. Todo envuelto en un relato donde Santiago aparece como defensor responsable del derecho internacional, y Buenos Aires como vecino imprevisible y poco serio.

En un escenario más áspero, un incidente menor —un patrullero marítimo, un vuelo militar, una operación logistica mal coordinada— podría convertirse en crisis política, amplificada por redes sociales, medios y la propia retórica inflamable de ambos lados. Con dos lideres que viven de la polarización, el riesgo de que un episodio técnico se vuelva símbolo identitario no es menor. Allí es donde las bravuconadas en Twitter/X se vuelven peligorsas.

Para prevenir esos escenarios, Argentina necesita tres cosas muy sencillas de describir y muy difíciles de hacer. Primero, una política de Estado clara sobre Patagonia, Atlántico Sur y, por sobre todo, la Antártida, que sobreviva a los cambios de gobierno y no dependa del humor del presidente de turno. Segundo, un fortalecimiento serio de las capacidades de Defensa y presencia efectiva en el sur, con objetivos concretos y plazos realistas, no con powerpoints de ocasión. Tercero, una diplomacia activa y consistente con Chile: firme en los reclamos, pero obsesivamente cuidadosa en bajar la temperatura, aislar a los halcones y construir, cuando se pueda, intereses compartidos.

Kast puede borrar o no su tuit; puede modular su discurso si llega a La Moneda, o redoblarlo si le funciona electoralmente. Eso está fuera del control argentino. Lo que sí depende de Buenos Aires es dejar de comportarse como si todo fuera un malentendido pasajero entre amigos liberales. En el tablero real, detrás de las sonrisas y los chistes sobre la “zurda”, hay mapas, doctrinas, documentos filtrados y asesores que piensan en décadas.

Si la Argentina quiere estar a la altura de los peores escenarios —para que nunca ocurran—, necesita algo más que indignarse en redes cada vez que Kast dice que le “robamos” territorio. Necesita demostrar, en el terreno, en las bases, en las pistas y en los foros internacionales, que está decidida a defender lo que dice ser suyo. Y que, a diferencia de sus tuits, esa decisión no se borra. Por un lado, es hora de definir una política de defensa apuntada a volver a la superioridad militar natural de Argentina frente al pasillo trascordillerano. Para recordarlo, hacia 1978 durante el conflicto del Beagle, la Armada Argentina sola tenía un poder aéreo más grande que todo Chile. La Fuerza Aérea y el Ejército, estaban para temas más serios. Por otro lado, existe un deporte en que los chilenos son campeones del mundo casi sin rival, y es precisamente en la boconería y el lloriloquio de  tamaño industrial. Increíblemente, más alto se asciende en la jerarquía, aparentemente más bocón se necesita ser en Chile. Kast podría ser un fruto más de ese árbol.


Referencias


1. Perfil – Sección Internacional.
«José Antonio Kast, el chileno que está en balotaje y disputa la Patagonia: “Argentina ya nos ha robado suficiente”».
Reproduce el tuit del 25 de julio de 2020 («Argentina ya nos ha robado suficiente territorio a los chilenos…»), el contexto del mapa de la plataforma continental difundido por Cafiero y el hashtag #LaAntarticaEsChilena, además de su alineamiento ideológico con Milei.
URL: https://www.perfil.com/noticias/internacional/jose-antonio-kast-el-chileno-que-esta-en-balotaje-y-reclama-la-patagonia-argentina-ya-nos-ha-robado-suficiente.phtml
2. La Política Online (LPO) / republicado en El Extremo Sur.
«Documento chileno alienta hipótesis de conflicto en la Patagonia por avances de Argentina».
Analiza los correos hackeados del Estado Mayor Conjunto chileno, la preocupación por la narrativa sobre la Patagonia, la tesis argentina de la “prolongación natural de su territorio” y el rol de las FF.AA. de ambos países en el rediseño estratégico de Tierra del Fuego y la Antártida.
URL: https://www.elextremosur.com/nota/39722-documento-chileno-alienta-hipotesis-de-conflicto-en-la-patagonia-por-avances-de-argentina/
3.Página/12.
«El tuit de José Kast en el que acusó a la Argentina de robar territorio».
Recoge el mensaje de Kast contra el mapa argentino, su frase «Argentina ya nos ha robado suficiente territorio» y el hashtag antártico, además de describir su perfil ideológico y su propuesta de una “coordinación internacional antirradicales de izquierda”.
URL: https://www.pagina12.com.ar/384566-el-tuit-de-jose-kast-en-el-que-acuso-a-la-argentina-de-robar/
4. El Destape Web.
«Kast y la Patagonia: la disputa del candidato a presidente de Chile con Argentina».
Nota del 26 de noviembre de 2025 que sistematiza su postura sobre Patagonia y Antártida, recoge que ha sostenido que la Antártida “es chilena” y explica su alineamiento con las tesis de Jorge Guzmán sobre península antártica, plataforma continental, Estrecho de Magallanes y Campos de Hielo Sur.
URL: https://www.eldestapeweb.com/internacionales/elecciones-en-chile/kast-y-la-patagonia-la-disputa-del-candidato-a-presidente-de-chile-con-argentina-20251126141858
5. La Política Online (LPO).
«Kast quiere disputarle a Argentina un sector de la Patagonia y alimenta la hipótesis de conflicto».
Desarrolla el rol de Jorge Guzmán como cerebro de la línea soberanista dura, su rechazo a la “vía política” para los conflictos limítrofes, la idea de un “nuevo diferendo” vinculado a la plataforma magallánico–antártica y la prioridad que ocupan Campos de Hielo Sur, plataforma continental y Patagonia en la agenda militar chilena.
6. Cobertura sobre el hackeo al Estado Mayor Conjunto de Chile (LPO + Elextremosur/BioBioChile).
Artículos que detallan la filtración masiva de correos, la reacción del Ministerio de Defensa chileno y cómo los documentos internos analizan la narrativa argentina sobre Patagonia y la “prolongación natural” del territorio, así como los planes argentinos para robustecer presencia militar en Tierra del Fuego y Antártida.
URL principal del dossier citado: https://www.elextremosur.com/nota/39722-documento-chileno-alienta-hipotesis-de-conflicto-en-la-patagonia-por-avances-de-argentina/

sábado, 16 de agosto de 2025

Patagonia: La patriada de los galeses de Trevelin

El día que los colonos galeses decidieron ser argentinos y cambiar por siempre los límites de la Patagonia


A punto de ir a la guerra con Chile por un conflicto imposible de resolver, la frase de un inglés y la decisión de inmigrantes determinaron el destino del sur argentino.


Por Yasmin Ali || Canal 26
@Yas__Friends




La disputa entre Chile y Argentina por la Patagonia. Foto: Wikipedia / People's Collection Wales


Argentina y Chile protagonizaron una feroz disputa territorial, a finales del siglo XIX, que casi termina en un conflicto armado. Sucede que no se ponían de acuerdo por cómo aplicar la demarcación que hoy es el sur de Bariloche. Gran parte del atractivo turístico que hoy tenemos en la Patagonia se lo debemos a Francisco "Perito" Moreno y a una velada que quedaría para la posteridad.

Cada 30 de abril en Chubut se conmemora lo que podría llamarse una "segunda oportunidad para elegir ser argentinos" con un plebiscito en 1902 que sería histórico tanto para la provincia como para el resto del país. Cómo un puñado de pobladores tuvo en su poder el elegir ser de una nacionalidad y por qué se decidieron por Argentina.



Francisco Moreno, perito en el conflicto con Chile



"¿Chilenos o argentinos?"

El tratado de límites de 1881 no dejó contento a nadie, se intentó avanzar para demarcar la zona que aún estaba en disputa. Pero la falta de altas cumbres en el sur de Neuquén y el problema con la divisoria de aguas, con ríos cordilleranos cuya cuenca era del Pacífico, solo sumaban otro dolor de cabeza.

Con ese panorama los peritos de Chile, Diego Barros Arana, y el argentino, Francisco Pascasio Moreno, defendían cada uno su postura. El primero decía que el límite debía ser la divisoria de aguas y el segundo, se inclinaba por las altas cumbres. Con distintos intentos para acordar entre 1893 y 1898, el problema seguía latente.


Thomas Holdich y Perito Moreno en Pampa del río Senguer

La tensión había escalado tanto que la guerra parecía el único camino, pero entrado el nuevo siglo se optó por un arbitraje internacional a cargo de Inglaterra que envió una comisión a cargo de Thomas Holdich.

Moreno los convenció de ir al lugar del conflicto donde llegaron a finales de abril de 1902. Primero recorrieron El Manso Inferior para la observación de la divisoria de aguas; luego lo que es la zona de El Bolsón y Cholila hasta llegar a Alto Río Percy. Para el 29 del mes estaban en el valle 16 de Octubre donde se asentaron en la estancia de la familia Underwood.


La piedra que recuerda la visita del Cnel. Sir Thomas Holdich en el sur argentino


Los colonos ya lo sabían

La jornada del 30 de abril sería histórica. Ese día los habitantes de aquel lugar, la mayoría galeses, le hicieron entrega a las autoridades de un petitorio para que el conflicto llegue rápido a su fin y que sea "a favor de Argentina". Quienes habitaban esa tierra ya habían decidido.

La única fotografía que se conserva del plebiscito en lo que hoy es Trevelin, Chubut. La única fotografía que se conserva del plebiscito en lo que hoy es Trevelin, Chubut.

Para entonces Barros Arana había sido reemplazado por Hans Steffen, a quien el árbitro inglés debió comunicarle que ante esta proclama era prácticamente imposible que su postura pudiera concretarse.

Cuando el fallo "a favor" de Argentina estaba por formalizarse, durante un almuerzo el inglés Holdich exclamó delante de los comensales:

Según atravesó la anécdota en el tiempo, su frase generó aplausos en la escuela 18 de Río Corinto. Solo restaba hacer oficial lo que ya no era un pálpito.

El fallo inglés llegó en noviembre de 1902 y confirmó que "los 94.000 kilómetros cuadrados, 50.000 son para Chile y 44.000 para Argentina; mientras que, de un total de 12.000 kilómetros cuadrados de valles pastosos, 8.000 son para Argentina y 4.000 son para Chile".


Escuela Nacional N° 18 en la actualidad

¿Qué significó? que los argentinos tomaron el control de los valles Nuevo, Cholila, 16 de Octubre y Corcovado; mientras que Chile recibió la región de Aysén y el seno de Última Esperanza.
La Torre de San Nicolás, el último vestigio de la Iglesia colonial que quedó en pie hasta su demolición a fines de 1931. Foto: Arcón de Buenos Aires



Celebración para la posteridad

Desde aquel abril de 1902, cada 30 del mes Trevelin y comunidades aledañas festejan en la histórica Escuela N°18 un nuevo aniversario del Plebiscito.

Las páginas de la historia de la Patagonia argentina hubiesen sido muy distintas si aquellos galeses manifestaban otro deseo al ser consultados en qué país querían vivir y formar una familia.

 

sábado, 3 de agosto de 2024

Patagonia: La historia del Rio Fénix en el lago Buenos Aires

Aspectos geográficos e históricos para comprender la hidrografia de la zona y como fue la intervencion del Perito Moreno para modificar la cuenca.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Patagonia: La disputa argentino-chilena (1843-1881)


Argentina y Chile: La disputa por la Patagonia 1843-1881


Argentina and Chile: The Struggle for Patagonia 1843-1881
Author(s): Richard O. PerrySource: The Americas, Vol. 36, No. 3 (Jan., 1980), pp. 347-363
Published by: Academy of American Franciscan History
Stable URL: http://www.jstor.org/stable/981291




La estatua del Cristo de los Andes conmemora el fin de una controversia fronteriza de sesenta años que en varias ocasiones llevó a Argentina y Chile al borde de la guerra.1 La disputa resuelta amistosamente por el rey Eduardo VII de Inglaterra en 1902 surgió de el Tratado de 1881, en el que las dos naciones acordaron por primera vez los límites en la Patagonia, y en el Estrecho de Magallanes y Tierra del Fuego, que hoy damos por sentado. La disputa que precedió al Tratado de 1881 fue larga y amarga. Porque aunque la Patagonia y las áreas adyacentes eran indudablemente posesiones de la corona española, la negligencia oficial a lo largo del período colonial había negado a cualquiera de los estados sucesores un título claro sobre ellos basado en uti possidetis. 2

El Tratado de 1881 que reconoció la soberanía argentina sobre prácticamente toda la Patagonia es objeto de recriminaciones por parte de historiadores chilenos nacionalistas del siglo XX, entre los que destaca Francisco Encina.3 Argumentan que Chile tenía un derecho legal sobre la Patagonia, y que había el poder de hacer valer su derecho a ella. Contrastando el Chile del siglo XX, limitado en recursos, acorralado por la cordillera y ensombrecido por el enorme potencial de su vecino del oriente, con el predominio que gozó en el siglo XIX, argumentan que fue el Tratado de 1881 el que trastornó el equilibrio de poder en América del Sur. Por lo tanto, caracterizan ese tratado como una rendición, con la connotación de que se traicionó la primogenitura de Chile.


Examinar la validez de las respectivas afirmaciones históricas de las naciones, basadas en uti possidetis, está más allá del alcance de este artículo. Baste decir que ninguno de los dos tenía un título tan claro que estuviera dispuesto a arriesgarse a un arbitraje. El propósito aquí es más bien examinar si Chile realmente quería toda la Patagonia y si tomarla estaba dentro de sus posibilidades. El tema fue sugerido por primera vez por un estudio que reveló que para los líderes argentinos del siglo XIX, la "Conquista del desierto" del general Julio A. Roca de 1878 y 1879, que puso fin a la lucha centenaria con los indígenas por la posesión de la pampa. , tuvo una trascendencia estratégica como culminación de una contienda por el imperio con Chile, en la que el premio fue la Patagonia. La constitución chilena de 1833 estableció como fronteras nacionales Cabo de Hornos al sur y la cordillera de los Andes al este. Al al sur, Chile en realidad ocupaba solo hasta la línea del Río Bio-Bio, en Concepción, y puntos fuertes como Valdivia más allá. Los araucanos permanecieron virtualmente soberanos al sur del Bio-Bio, bloqueando la expansión como lo habían hecho sus ancestros durante tres siglos. El gobierno tenía pocos incentivos para eliminarlos, y el sentimiento popular, alimentado por la epopeya de Ercilla, reforzó la renuencia a hacerlo. Al este, la pampa y la Patagonia, pobladas por indios feroces, eran poco conocidas y consideradas de poco valor. La atención chilena, desde los primeros días de la colonia, se dirigió hacia el norte. Estaba Panamá, todavía un foco importante del comercio internacional. Estaba el Perú, al que Chile se proponía desafiar por la hegemonía comercial de la costa pacífica de América del Sur.5 La atención chilena se dirigió hacia el sur, hacia el estrecho, y hacia el este, hacia la Patagonia, con el advenimiento de la navegación a vapor. Los dos primeros vapores de la Pacific teamship Navigation Company, el Chile y el Perú, zarparon de Inglaterra a Valparaíso en 1840. En lugar de seguir la ruta de navegación alrededor del Cuerno, pasaron por el Estrecho de Magallanes, transformándolo dramáticamente en una importante vía fluvial internacional para la primera vez. Steam pronto desviaría a Valparaíso gran parte del tráfico que entonces pasaba por Panamá, ofreciendo a Chile la supremacía comercial a la que aspiraba. El control del estrecho de repente se volvió económica y estratégicamente vital para Chile. Sin embargo, otros también reconocieron su importancia. En las décadas de 1820 y 1830, las expediciones de Inglaterra y Francia habían estudiado la zona, y dado que ni Argentina ni Chile habían ocupado el estrecho, ni la Patagonia ni la Tierra del Fuego, la ocupación europea se consideraba inminente ”. Por lo tanto, Chile fundó Fort Bulnes en la península de Brunswick en 1843 para establecer su reclamo sobre el estrecho y el territorio adyacente en la Patagonia. El gobierno del presidente Manuel Bulnes no tenía ninguna duda de su derecho a ejercer la soberanía en las cercanías de Fort Bulnes, o de Punta Arenas en el lado oriental de la península de Brunswick, a la que trasladó la colonia en 1849. Pero específicamente renunció a cualquier derecho. para ejercer la soberanía sobre la parte oriental del estrecho. Su acción precipitada tenía como objetivo evitar la intervención europea, no provocar una disputa con Argentina.8



Examinar la validez de las respectivas afirmaciones históricas de las naciones, basadas en utipossidetis, está más allá del alcance de este artículo. Baste decir que ninguno de los dos tenía un título tan claro que estuviera dispuesto a arriesgarse a un arbitraje. El propósito aquí es más bien examinar si Chile realmente quería toda la Patagonia y si tomarla estaba dentro de sus posibilidades. El tema fue sugerido por primera vez por un estudio que reveló que para los líderes argentinos del siglo XIX, la "Conquista del desierto" del general Julio A. Roca de 1878 y 1879, que puso fin a la lucha centenaria con los indígenas por la posesión de la pampa. , tuvo una trascendencia estratégica como culminación de una contienda por el imperio con Chile, en la que el premio fue la Patagonia.
La constitución chilena de 1833 estableció como fronteras nacionales Cabo de Hornos al sur y la cordillera de los Andes al este. Al al sur, Chile en realidad ocupaba solo hasta la línea del Río Bio-Bio, en Concepción, y puntos fuertes como Valdivia más allá. Los araucanos permanecieron virtualmente soberanos al sur del Bio-Bio, bloqueando la expansión como lo habían hecho sus ancestros durante tres siglos. El gobierno tenía pocos incentivos para eliminarlos, y el sentimiento popular, alimentado por la epopeya de Ercilla, reforzó la renuencia a hacerlo. Al este, la pampa y la Patagonia, pobladas por indios feroces, eran poco conocidas y consideradas de poco valor.4 La atención chilena, desde los primeros días de la colonia, se dirigió hacia el norte. Estaba Panamá, todavía un foco importante del comercio internacional. Estaba Perú, al que Chile se proponía desafiar por la hegemonía comercial de la costa del Pacífico de América del Sur.5
La atención chilena se dirigió hacia el sur, hacia el estrecho y hacia el este, a la Patagonia, con la llegada de la navegación a vapor. Los dos primeros vapores de la Pacific teamship Navigation Company, el Chile y el Perú, zarparon de Inglaterra a Valparaíso en 1840. En lugar de seguir la ruta de navegación alrededor del Cuerno, pasaron por el Estrecho de Magallanes, transformándolo dramáticamente en una importante vía fluvial internacional para la primera vez. Steam pronto desviaría a Valparaíso gran parte del tráfico que entonces pasaba por Panamá, ofreciendo a Chile la supremacía comercial a la que aspiraba. El control del estrecho de repente se volvió económica y estratégicamente vital para Chile.6 Sin embargo, otros también reconocieron su importancia. En las expediciones de 1820 y 1830 de Inglaterra y Francia habían estudiado la zona, y como ni Argentina
ni Chile había ocupado el estrecho, ni tampoco la Patagonia ni la Tierra del Fuego, la ocupación europea se consideraba inminente ”. Por lo tanto, Chile fundó Fort Bulnes en la península de Brunswick en 1843 para establecer su reclamo sobre el estrecho y el territorio adyacente en la Patagonia. El gobierno del presidente Manuel Bulnes no tenía ninguna duda de su derecho a ejercer la soberanía en las cercanías de Fort Bulnes, o de Punta Arenas en el lado este de la península de Brunswick, a donde trasladó la colonia en 1849. Pero específicamente negó cualquier derecho a ejercer soberanía sobre la parte oriental del estrecho. Su acción precipitada tenía como objetivo evitar la intervención europea, no provocar una disputa con Argentina.8


Buenos Aires protestó, tardíamente, en 1847. Siguió un debate intermitente que culminó con la publicación en 1853 de los Títulos de la República de Chile a la Soberanía y Dominio del Extremo Sur del Continente Americano de Miguel Luis Amunnitegui que, en un alejamiento radical del posición tradicional chilena y de la Constitución de 1833, sostuvo que Chile tenía un reclamo válido, basado en documentos de la corona, no solo al estrecho en las cercanías de su colonia, sino también a toda la Patagonia.9 Con el informe de Amunitegui como base , el territorio de Magallanes,
de la cual la colonia de Punta Arenas era capital, pronto ampliado para incluir el Río Santa Cruz en el Atlántico.10 Los reclamos chilenos se extendieron hacia el norte hasta el Río Negro en el Atlántico, y el Río Diamante, en la latitud de Buenos Aires, en la cordillera ". La evidencia histórica y los argumentos expuestos en el libro de Amunaitegui proporcionó la base de la controversia que posteriormente se desató entre los dos países.

Cualquiera que sea la validez legal de los reclamos, la Constitución de 1833 al establecer la cordillera como límite, y el gobierno chileno en su abnegación en 1843 de la mitad oriental del estrecho, los había renunciado. El Tratado de 1856, básicamente un acuerdo comercial entre Argentina y Chile, fue utilizado por este último para reclamar sus derechos. En el artículo treinta y nueve de dicho documento, ambos países acordaron reconocer como límites los que cada uno poseía en el momento de la separación de España en 1810; para resolver pacíficamente las cuestiones que les conciernen; y, en caso de no llegar a un acuerdo, someter las cuestiones a arbitraje de una potencia amiga. Pero no establecieron cuáles eran los límites en 1810; o lo que cada uno reclamaba en 1856. Chile tenía así un nuevo comienzo en su juego de expansión territorial.12 Las negociaciones sobre la frontera se aplazaron hasta la década de 1870, cuando el ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Adolfo Ibáñez, inició conversaciones con el ministro argentino en Santiago, Félix. Frias. Ambos otorgaron gran importancia a la Patagonia, y las discusiones entre los negociadores y los sentimientos entre los países se tornaron cada vez más amargos a medida que avanzaba la década, y los llevó al borde de la guerra en 1878.
Sin embargo, a pesar de sus ambiciosos reclamos territoriales, Chile mostró sorprendentemente poco interés en la Patagonia. Punta Arenas, su instrumento de ocupación efectiva del estrecho, tenía sólo 202 almas en 1861. Era, además, una colonia penal, una base débil para un instrumento de imperio. Solo en la década de 1870 se colocó sobre una base segura, con la introducción de ovejas de las Malvinas. Pero incluso entonces sufrió de suficiente negligencia que su guarnición se rebeló en noviembre de 1877 al grito de "¡Viva los argentinos!" Chile no pudo ocupar el río Santa Cruz, que reclamaba para el límite norte del territorio de Magallanes en el Atlántico, mientras que la negligencia argentina podría haberle permitido hacerlo.

Tampoco ocupó ni siquiera el extremo atlántico del estrecho, que consideraba vital para su seguridad y desarrollo nacional, y que se convirtió en un tema central en las amargas disputas de la década de 1870.13 En contraste con la colonia en lucha en el estrecho, los chilenos claramente habían tomado posesión de las laderas orientales de los Andes en la década de 1870. La cordillera en la latitud de Buenos Aires, físicamente aislada por las áridas pampas y sus amos indios hostiles de la República Argentina, era geográfica y económicamente parte de Chile. Permaneció así hasta finales del siglo XIX. Así como los asentamientos del piedemonte oriental de Cuyo habían sido colonizados desde Chile en la época colonial, las migraciones continuaron cuando el lado oriental de la cordillera pasó a ser posesión, a su vez, del virreinato de La Plata y de la República Argentina. El flujo anual varió entre ochocientos y mil, incluso en 1879, y para ese año la población total era probablemente de unos treinta mil. Inicialmente congregados en la latitud de Buenos Aires, sus La tendencia de asentamiento fue progresivamente hacia el sur, y eventualmente entraron al Valle de Neuquén frente a la tierra araucana de Chile. Establecieron grupos de ranchos de ganado vacuno y ovino conocidos como "Chilecitos". Entre ellos vivían funcionarios chilenos, y tanto los chilenos como los indígenas de la cordillera reconocían su autoridad14.

Al sur del Valle de Neuquén se encontraba el otro gran afluente del Río Negro, el Limay y el lago Nahuel Huapi de donde fluye. los lagos se encuentra en el extremo norte de un gran corredor natural, el Pre-Depresión Andina, que conduce a lo largo del pie de los Andes hasta el estrecho. Descrita por primera vez por George Musters, quien la recorrió en 1869-7015, era la única ruta terrestre hacia el estrecho desde Chile o Buenos Aires. La parte más hospitalaria de la Patagonia, fue allí y en los fértiles valles que parten de ella hacia el desierto, donde vivía el grueso de la población indígena. La depresión preandina, y no la costa atlántica, fue la gran carretera norte-sur, y la clave para el control de la Patagonia por parte de Chile o Argentina. Su control de la Patagonia fue bloqueado por las tribus araucanas al sur del Bio-Bio. Las comunicaciones ilegales con el oriente no se extendían más allá del alto valle del Neuquén.17

En la vasta área entre la cordillera y el Atlántico y al sur de Punta Arenas, Chile trató de establecer su reclamo de ocupación efectiva asegurando el reconocimiento de su soberanía por parte de los indígenas. A los jefes se les otorgó rango, sueldo y regalos militares a cambio de tal reconocimiento. Sin embargo, los argentinos competían por su lealtad y los indios, consultando astutamente sus propios intereses, se enfrentaron unos a otros.18

Argentina no mostró mayor interés en la Patagonia que Chile Había una colonia argentina en el Río Negro en la década de 1840. Pero más al sur, la inhóspita costa atlántica había sido descuidada por el gobierno de Buenos Aires incluso bajo el Imperio español. Los observadores de principios del siglo XIX describieron a Argentina como definida por el Río de la Plata, la Cordillera y el Río Negro.19 El estrecho estaba aparentemente fuera de su alcance en la década de 1840. Incluso Domingo Faustino Sarmiento, un futuro presidente de Argentina entonces exiliado en Santiago, había aconsejado al gobierno chileno que fundara la colonia en el estrecho, y negó que su país tuviera motivos para desafiarla en 1847.20 Pero que las ambiciones de Argentina se extendieran hacia el sur se ve en un estudio de Pedro de Angelis, publicado en 1852, en el que se expone el caso argentino de la titularidad de la Patagonia, el estrecho y Tierra del Fuego. El estudio de Amunaitegui del año siguiente fue el intento de Chile de refutar las afirmaciones de Angelis.21
El foco de atención nacional argentina hasta la década de 1870 estuvo en la arena internacional del Río de la Plata. No obstante, Argentina decidió hacer valer sus reclamos sobre la Patagonia a partir de la década de 1860.

Se fundó una colonia en el río Chubut, en la costa central, y una se estableció un puesto de avanzada en el río Santa Cruz, muy al sur, para comerciar con los indios. En la década de 1870, las expediciones exploraron sistemáticamente desde el Río Negro hasta el Río Santa Cruz y desde el Atlántico hasta la Cordillera. Los más extensos y famosos fueron los de Francisco Moreno, cuyos informes, publicados en Buenos Aires en 1878 cuando las tensiones por la disputa fronteriza estaban en su punto más alto, reforzaron la resolución argentina de poseer la Patagonia22.
En realidad, sin embargo, Argentina no ocupó efectivamente ni siquiera el Río Negro hasta que la Conquista del Desierto de Roca se completó en 1879. La frontera en las pampas hasta entonces se expandió y contrajo en respuesta a la suerte de la guerra indígena. Hasta la década de 1870 nunca se extendía más de cien millas desde el Río de la Plata, y más al oeste su límite hacia el sur estaba aproximadamente en la latitud de Buenos Aires. Las pampas más allá de la frontera estaban dominadas por feroces indios montados que libraban una guerra constante contra sus vecinos argentinos y un lucrativo comercio de ganado con sus vecinos chilenos.23

Los indios eran araucanos cuyos antepasados, o en muchos casos ellos mismos, habían sido atraídos hacia el este desde la cordillera y más allá de Chile por los enormes rebaños de ganado de las pampas orientales.
Esos rebaños proporcionaron el centro de sus vidas. Los caballos eran tan importantes para los indios de las pampas como para los de las Grandes Llanuras de Estados Unidos. El ganado, en cambio, tenía importancia comercial.
Desde mediados del siglo XVIII el ganado del anuncio pampash encontró en Chile mercados listos entre los comerciantes de pieles y los saladeros producían carne picada y cebada para los puertos del Pacífico. El volumen anual del comercio se estimó en la década de 1870 en cuarenta mil cabezas. Algunos observadores acusaron de que era tan vasto que socavó el comercio legítimo entre las provincias argentinas y Chile, y parece fuera de toda duda que afectó el precio de la carne vacuna en el sur de Chile24.
El ganado ofrecido a la venta por los indios de la pampa se obtenía al asaltar los ranchos de la frontera argentina. Durante un siglo antes de la conquista del desierto, esa frontera fue escenario de continuos y sangrientos conflictos, mientras los indígenas buscaban compartir la riqueza animal de las llanuras orientales. Columnas guerreras de las tierras araucanas de Chile, que miraban hacia el este en busca de la oportunidad de enriquecerse, reforzaban continuamente a sus aliados de la pampa, y las expediciones de saqueo parecían una guerra sin cuartel. Atacaron sin previo aviso desde el desierto para ahuyentar a los rebaños de ganado, caballos e incluso ovejas. También capturaron mujeres y niños cuando se les ofreció la oportunidad, luego desaparecieron con su botín de regreso al desierto, dejando atrás destrucción, muerte y terror.
Las fuerzas militares argentinas parecían impotentes contra ellos. Las columnas montadas que persiguieron por la pampa regresaron a pie, derrotados no por los indios, que por lo general los eludían, sino por un adversario igualmente formidable, el desierto desconocido mismo.
Los indios conducían su ganado hacia el oeste por una larga red ferroviaria bien establecida que el paso de innumerables cascos durante largos períodos de tiempo había grabado profundamente en la superficie de las pampas. Los indios los conocían como Camino de los Chilenos y unían las fronteras de las provincias argentinas con los pasos de la cordillera que conducían a Chile, ofreciendo pastos, leña y agua dulce en la ruta26.
de los senderos atravesaban el río Nequén y entraban en lo que hoy es la provincia argentina de Neuquén. Al oeste, la cordillera que ahora forma la frontera con Chile es relativamente baja, con varios pasos abiertos durante todo el año. Más allá de esos pasos se encuentran las tierras de los araucanos invictos
de Chile y las provincias chilenas que constituían los principales mercados para el ganado robado27. El comercio de ganado robado que los indios llevaban a cabo con los comerciantes chilenos fue la causa más importante de la guerra que asoló la frontera argentina. Orientó las vastas áreas más allá de esa frontera hacia el oeste hacia el Pacífico, en lugar de hacia el Río de la Plata, a pesar de las formidables barreras de las áridas pampas y los Andes. Le dio a Chile el control de las pampas, la influencia sobre sus feroces habitantes y, en opinión de las autoridades argentinas, los medios militares para hacer valer su derecho a la Patagonia.

En 1774, el jesuita inglés Thomas Falkner había llamado la atención sobre el abandono español de la Patagonia y la viabilidad de conquistar Chile desde el Atlántico avanzando por el Río Negro y cruzando la cordillera, utilizando tropas indias como auxiliares.28 Un siglo después, Argentina Las autoridades creían que el descuido de las pampas había hecho a Argentina igualmente vulnerable a un ataque similar de Chile. Las expediciones chilenas habían estado reconociendo la ruta de Falkner al revés, desde Valdivia hasta las cabeceras del Río Limay, el afluente sur del Río Negro, desde 1849. Un chileno, Guillermo Cox, estaba probando específicamente la tesis de Falkner sobre la idoneidad del Río Negro como una arteria de comunicaciones entre Valdivia y el Atlántico cuando los indios del río Limay lo obligaron a retroceder en 1862.29 Los indios de las pampas eran una fuerza auxiliar potencial del tipo imaginado por Falkner, y había refuerzos disponibles en la cordillera y en Chile.
Las autoridades argentinas creían que cualquier guerra con Chile por la posesión de la Patagonia no se combatiría en la Patagonia misma, ni en sus aguas adyacentes, sino a lo largo del borde norte y este de la pampa. Los indios, reforzados por un reducido número de tropas regulares, llevarían la guerra hasta la frontera argentina mientras el ejército chileno cruzaba la baja cordillera de la provincia de Neuquén y tomaba posesión del Río Negro y toda la Patagonia al sur. Los indios de la pampa servirían de amortiguador para asegurar la nueva frontera chilena en el Río Negro del ataque argentino.

por tierra, mientras que la marina superior de Chile garantizaba la seguridad de la Patagonia por mar. Las autoridades argentinas creían que tal estrategia era factible. Según los informes, los indios de la cordillera se ofrecieron a Chile cuando la disputa fronteriza llegó al borde de la guerra en 1878.30 El peligro se vio agravado por las relaciones de Argentina con sus vecinos de Platine.
Estuvo involucrada en la Guerra del Paraguay de 1865 a 1869, durante la cual los indígenas asolaron libremente la frontera. Cuando terminó la guerra, y la atención pudo volverse hacia el oeste y el sur, la guerra con Brasil parecía inminente por las ambiciones argentinas en el Chaco paraguayo. Incluso cuando ese peligro cedió, Argentina tuvo que seguir sopesando la actitud brasileña en cualquier decisión que pudiera llevar a un conflicto con Chile.31 Una alianza chilena con Brasil, o un ataque chileno que simplemente coincidiera con cualquier conflicto argentino en el Plata, aumentaría. a vulnerabilidad de la frontera pampeana ante un asalto de auxiliares indios.
La actividad de Argentina reclama la Patagonia en la década de 1860. La década de 1870 fue acompañada de actividades en la década de 1870 para el control de la pampa de sus amos indios. La estrategia básica consistía en interponer un cordón militar entre los indios y los ranchos de la frontera, para negarles el acceso a los rebaños del este y privarlos no sólo de su fuente de ganado, sino también de los caballos sobre de la que dependía su misma existencia en la pampa. La estrategia resultó cada vez más eficaz a medida que avanzaba la década. Las campañas de Roca de 1878 y 1879 contemplaron el establecimiento de la frontera militar en el Río Negro y el Río Neuquén, a fin de interponer una barrera natural de fácil defensa que acabaría definitivamente con la rada ganadera y así traer la paz a la pampa. Pero desde el punto de vista argentino, esto fue algo que Chile no podía permitir. Las dispuestas juridiccionales en el Lejano Sur, que se volvió cada vez más numeroso a medida que avanzaba la década de 1870, se interpretaron como parte de una estratagema chilena para desviar la atención nacional de la frontera pampeana y, sobre todo, para forzar el aplazamiento de la campaña de Roca, a fin de permitir a los indígenas retener su poder. predominio y su potencial como auxiliares en una futura guerra que decidiría el control de la Patagonia.
Dos semanas después de que Chile declarara la guerra a Bolivia y Perú en la Guerra del Pacífico en abril de 1879, Roca emprendió la campaña final de la Conquista del Desierto. La frontera argentina se estableció en el Río Negro y el Río Neuquón. Por primera vez, la autoridad nacional se ejerció sobre toda la pampa. La cordillera de los Andes y sus habitantes chilenos también quedaron bajo control argentino. Además, la nación adquirió bases avanzadas desde las cuales proyectar su poder hacia el sur en la Patagonia a través de la Depresión Preandina, ya sea por la diplomacia o por la fuerza militar. Pero para Roca, la gran importancia de la Conquista del Desierto fue que terminó con el comercio de ganado y con él la influencia de Chile en la pampa, y le negó los medios militares para hacer valer su derecho a la Patagonia. Las autoridades argentinas a partir de entonces consideraron un tratado de límites satisfactorio simplemente una cuestión de tiempo33.
Desde la perspectiva de los historiadores revisionistas del siglo XX, Chile perdió su encuentro con el destino al no insistir en su reivindicación de la Patagonia cuando podría haberlo hecho con éxito. Sin embargo, cabe preguntarse si los líderes chilenos del siglo XIX alguna vez abrigaron una ambición por la Patagonia en su conjunto. El advenimiento de la navegación a vapor que convirtió a Chile en el estrecho coincidió en el tiempo con el descubrimiento del valor comercial del guano como fertilizante que simultáneamente reforzó su preocupación por el norte. Participó en la carrera con Perú por la hegemonía en la costa pacífica de América del Sur, y en la lucha diplomática con Bolivia por los derechos mineros en Antogafasta, que culminó con la Guerra del Pacífico. Además, muchos líderes chilenos no estaban convencidos por los argumentos de Amunnitegui de que las afirmaciones de Chile eran válidas. Y había una creencia generalizada, basada en gran parte en los escritos de Charles Darwin, de que la Patagonia no valía nada. No cabía duda de que Argentina lucharía por retener la Patagonia, y hubo un consenso generalizado entre los líderes chilenos de que, si bien el estrecho en sí era vital para el futuro de Chile, el resto de la Patagonia no merecía una guerra.34
En 1865 Chile envió una misión diplomática a Buenos Aires, la primera desde que comenzó la controversia fronteriza. La resolución de esa controversia estaba entre los objetivos de la misión. La prensa porteña, que sostuvo pugnazmente la posición de Argentina durante toda la disputa, marcó la pauta para la siguiente década y media al saludar su llegada con la acusan a Chile de querer la guerra para apoderarse de la Patagonia. Pero el enviado chileno, José Lastarria, se mostró escéptico tanto sobre el valor de la Patagonia como sobre el reclamo de Chile sobre ella. Haciendo caso omiso de sus instrucciones de defender los reclamos de Chile sobre la Patagonia y el estrecho, insistió en que la Patagonia era posesión de la República Argentina y no estaba en cuestión. Propuso un asentamiento fronterizo en el que Chile recibiría toda la Tierra del Fuego; la mayor parte del estrecho; y territorio suficiente al norte para la seguridad y el desarrollo. En la Patagonia sugirió un límite a lo largo de las bases orientales de la cordillera aproximadamente hasta la latitud del lago Nahuel Huapi.
Los intereses de Lastarria estaban claramente restringidos al estrecho. Su propuesta aseguraría a Chile la porción occidental de la misma y aseguraría la comunicación terrestre entre Punta Arenas y Chile a través de Nahuel Huapi y la Depresión Andina. Mientras Lastarria negociaba, el ejército chileno estaba teniendo éxito en una campaña contra los araucanos que haría accesible esa ruta.35 Su propuesta, sin embargo, abandonaría a Argentina la cordillera oriental al norte del lago, la única parte de la Patagonia que Chile realmente efectivamente ocupado. Se ha especulado que incluso al sur del lago Lastarria estaba dispuesto a aceptar la cresta de los Andes como límite, dejando toda la cordillera oriental a Argentina, si así lograba sus fines en el estrecho.

La posición final de Lastarria, entonces, habría sido sustancialmente la del gobierno de Bulnes en 1843, y no habría asegurado para Chile ni siquiera todo el estrecho, y mucho menos la Patagonia. El gobierno de Lastarria desaprobó su propuesta, pero no la rechazó. Argentina, preocupada por la guerra de Paraguay, no estaba dispuesta a continuar las negociaciones36. Allí el asunto permaneció durante el resto de la década de 1860.

La disputa fronteriza comenzó en serio cuando el ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Adolfo Ibáñez, volvió a plantearla en 1872. Ibáñez estaba convencido de los derechos de Chile sobre la Patagonia y era uno de los pocos hombres en Chile que consideraba importante la zona. Al percibir la grandeza futura de Argentina, creía que la Patagonia por sí sola permitiría a Chile mantener el equilibrio con ella.37 La vergüenza de Argentina a principios de la década de 1870 por una guerra potencial con su antiguo aliado, Brasil, por el botín de la Guerra de Paraguay parecía ofrecer la oportunidad de éxito. La lucha por la Patagonia, sin embargo, se llevó a cabo a la sombra de rivalidades mucho más antiguas en la costa del Pacífico, así como en el Río de la Plata. Como Ibáñez buscó sacar provecho del desconcierto de Argentina, Perú y Bolivia firmaron un pacto secreto contra Chile e invitaron a Argentina a unirse a ellos. El presidente Sarmiento dio sustancia a la amenaza al remitir la cuestión al Congreso.
El peligro para los intereses chilenos en los campos de salitre de Antofagasta limitaba incluso las ambiciones de Ibáñez en la Patagonia.38 En el fragor de las amargas discusiones, afirmaba que toda la Patagonia pertenecía a Chile. Pero en la práctica sus objetivos eran apoderarse del estrecho y una porción de la costa atlántica, y retener los extensos y ricos valles de los Andes orientales que fueron ocupados por los ganaderos chilenos, los cuales consideraba complementos indispensables para la limitada área agrícola de Chile central.39 A medida que avanzaban las negociaciones, buscó acomodación moderando aún más esa posición, ofreciendo dividir la Patagonia desde el Atlántico hasta la cordillera en el paralelo 45, o aproximadamente a la mitad. Estaba dispuesto a ceder no solo los pastos de la vertiente oriental, sino también las comunicaciones terrestres con Punta Arenas, a cambio del estrecho y un límite en la costa atlántica. La Patagonia tenía un valor meramente potencial, incluso como medio de comunicación con el estrecho, pues las campañas chilenas contra los araucanos habían sido canceladas en 1870, y los accesos terrestres hacia el sur permanecían cerrados.
Sin embargo, el estrecho era la ruta más importante del comercio europeo hacia el Pacífico, y su posesión era vital. Ibífiez explicó que claramente al ministro argentino en Santiago, Félix Frías: 40

La posesión del Estrecho de Magallanes en toda su extensión es de tal importancia para Chile, que en esas posesiones ve ligado no solo su progreso y desarrollo, sino también su propia existencia como nación independiente.

La posesión del estrecho en toda su extensión incluyó, para los chilenos, un límite en la costa atlántica. Argentina cedería la parte occidental del estrecho y la mitad de Tierra del Fuego. Pero no aceptaba un enemigo potencial en su flanco sur, y estaba decidida a que Chile no ocuparía ninguna porción de la costa atlántica, ni en la Patagonia ni en Tierra del Fuego.41 Era este punto, y no el posesión de la Patagonia en su conjunto, sobre la cual la controversia se prolongó durante el resto de la década. Cuando en el Tratado de 1881 Argentina cedió a Chile todo el estrecho, trazó la frontera de tal modo que excluyó a Chile del Atlántico y le arrancó el acuerdo de que el estrecho nunca sería fortificado.
El debate entre Ibáñez y Frías continuó en Santiago durante tres años. Con un acuerdo inalcanzable, el escenario de acción finalmente se trasladó a Buenos Aires, donde el ministro argentino de Relaciones Exteriores, Carlos Tejedor, y el ministro chileno, Guillermo Blest Gana, acordaron en 1874 someter la cuestión a arbitraje. Este fue el primero de tres acuerdos infructuosos entre los dos países en hacerlo. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgarse a la decisión de un árbitro. Inclinándose ante la fuerza del sentimiento popular, el nuevo presidente de Argentina, Nicolis Avellaneda, canceló el acuerdo Tejedor-Blest Gana en 1875.42
Las negociaciones se reabrieron en 1876 por iniciativa de Chile, que nombró a Diego Barros Arana como ministro en Buenos Aires. Debido a que tenía estrechos lazos familiares en Argentina, su nombramiento pretendía ser un gesto conciliador y sus instrucciones mostraban una inclinación a comprometerse sin ceder la posición básica chilena. Chile buscaba ahora un límite, no en el paralelo 45 de Ibáñez, sino en el río Santa Cruz; o como mínimo, en el río Gallegos, aún más al sur. En efecto, Chile exigió solo el estrecho y el límite natural más cercano al norte. Eso, sin embargo, aún le daría presencia en la costa atlántica.43

Los problemas de Argentina con sus vecinos de La Plata finalmente estaban terminando. Los acuerdos firmados con Brasil y Paraguay en 1876 pusieron fin a la guerra de Paraguay y eliminaron el peligro de guerra con Brasil. La actitud de Argentina hacia Chile se volvió cada vez más intransigente. En el área disputada entre el río Santa Cruz y el estrecho, ambos países comenzaron a ejercer cada vez más la soberanía, otorgando licencias a capitanes de barcos extranjeros para cargar guano y sal allí, y ahuyentar barcos autorizados por el otro. En 1876, cuando Chile se apoderó de un barco francés, el Jeanne Amelie, que cargaba guano con licencia argentina, la prensa y la opinión pública argentina expresaron su indignación y los líderes prominentes exigieron la guerra. Con un arreglo directo imposible en tal ambiente, Barros Arana concluyó el segundo conjunto de acuerdos arbitrales, con dos cancilleres argentinos sucesivos, Bernardo de Irigoyen en mayo de 1877 y Rufino de Elizalde en enero de 1878. En ambos, Chile aceptó los picos más altos de los Andes como límite.
Reconoció así la Patagonia como perteneciente a Argentina. La cuestión a arbitrar, a continuación, era cuál debía ser la línea divisoria entre sus respectivas jurisdicciones en el estrecho. Se acordó que, en espera de la decisión del árbitro, Argentina ejercería la jurisdicción sobre toda la costa atlántica, hasta la desembocadura del estrecho; y Chile, sobre todo el propio estrecho. Los negociadores comprendieron bien que su delimitación de la jurisdicción provisional influiría en la decisión del árbitro y que estaban trazando lo que se convertiría en la frontera internacional.44
Chile había vuelto a su posición tradicional de que la cordillera estaba su límite oriental. El único cambio que reflejó la influencia del libro de Amunaitegui y el Tratado de 1856 fue su continua ambición en la parte oriental del estrecho. Estos acuerdos, con modificaciones menores, se convirtieron en el Tratado de 1881, y hoy se reflejan en el mapa de América del Sur. Pero en 1878 ningún país estaba preparado para ellos. Chile quería un límite natural en el Atlántico, el Río Gallegos como mínimo, y Barros Arana se había excedido en sus instrucciones al no insistir en ello. Fue llamado en mayo de 1878.45
Mientras tanto, las relaciones entre los dos países continuaron deteriorándose. A medida que sus columnas militares disfrutaban de un éxito creciente en las pampas, Argentina exigió la cooperación de Chile para poner fin al comercio de ganado entre los indios de las pampas y los comerciantes chilenos. La negación por parte de los funcionarios chilenos de cualquier conocimiento del mismo y la negativa a ayudar en su represión, amargó los sentimientos de los argentinos.46 Al mismo tiempo, una serie de incidentes importantes entre el río Santa Cruz y el estrecho despertaron aún más las pasiones populares. . La toma por Chile del Jeanne Amelie en 1876 fue seguida por la salida de Argentina de un buque estadounidense con licencia de los chilenos, el Thomas Hunt, en 1877. Cuando un buque de guerra argentino, Fulminante, se preparaba para reforzar en la región en disputa. , misteriosamente explotó en Buenos Aires más tarde ese mismo año, las emociones alcanzaron un tono febril. La prensa argentina acusó a Chile de complicidad y gritó por la guerra. En Chile, donde la opinión pública y los medios de comunicación habían sido comparativamente indiferentes a los incidentes en la Patagonia, el sentimiento público estalló en manifestaciones contra Argentina en las calles de Santiago en 1878. En esta atmósfera sobrecargada Chile aprehendió otro buque con licencia de Argentina, el Devonshire, de registro estadounidense. Un escuadrón argentino navegó hacia el sur, mientras ambos países se preparaban para la guerra.
Para Chile, la Guerra del Pacífico estaba a pocos meses y las tensiones con sus vecinos de la costa oeste estaban aumentando. Argentina, en el umbral del extraordinario crecimiento económico de la década de 1880, quería solo paz y la oportunidad de desarrollarse. Había una sensación generalizada de que en una década el país sería lo suficientemente poderoso como para tomar el territorio en disputa sin las incertidumbres inherentes a la guerra. El peligro inminente de un conflicto que ninguna de las partes quería, por lo tanto, impulsó un acuerdo renovado para aceptar el arbitraje. El tercer convenio arbitral fue celebrado en Santiago en diciembre de 1878 por el canciller chileno, Alejandro Fierro, y el cónsul argentino, Mariano de Sarratea. Al igual que con los pactos de Barros Arana, la jurisdicción interina debía ser ejercida por Argentina en el Atlántico y por Chile en el estrecho.
A pesar de la estipulación específica de que esta división no debería influir en el árbitro, implicó el abandono de Chile de su posición atlántica, y hubo una oposición considerable en la prensa chilena. Pero la guerra inminente con Perú y Bolivia hizo deseable la paz con Argentina, y en enero de 1879 Chile ratificó el tratado. Argentina, ahora liberada de la amenaza de su propia guerra con Chile por el estallido del conflicto en el Pacífico, rechazó oficialmente el pacto en julio de 1879. Cuando el ministro chileno, José Balmaceda, partió de Buenos Aires poco después, las relaciones entre los dos países fueron virtualmente cortados.48
Los sentimientos contra Chile estaban en un punto de tal intensidad en Argentina que hubo un fuerte apoyo a una alianza con Perú en la Guerra del Pacífico.49 Pero Argentina no tenía interés en entrar en el conflicto. Incluso se esperaba que un Chile victorioso emergiera de él tan debilitado que Argentina podría dictar un acuerdo fronterizo. Pero cuando Chile, después de sus sorprendentes victorias, anunció su intención de retener permanentemente las ricas provincias de Antofagasta y Tarapacá, Argentina comenzó a temer que el acuerdo pudiera ser más bien dictado por Chile, y a reconocer la ventaja de negociar mientras Chile aún estaba en guerra. 50
Mientras tanto, las ambiciones territoriales de Chile habían levantado una ofensivas diplomáticas.
siva contra ella por no beligerantes opuestos a la guerra por la expansión territorial. Argentina, si bien no aceptó la invitación de Perú para entrar en el conflicto, asumió una actitud benévola hacia los aliados y ahora desempeñaba un papel de liderazgo en las maniobras diplomáticas para contener a Chile. Sus actividades alentaron a Perú a continuar resistiendo con la esperanza de que las otras naciones pudieran obligar a Chile a prescindir de su desmembramiento. Pacífico.51
La perspectiva de que se pudiera esperar que incidentes como la toma de Devonshire en 1878 se repitieran hasta que se resolviera la cuestión de los límites, llevó al secretario de Estado James G. Blaine a alentar a los legados estadounidenses en ambos países a ayudar en la búsqueda de una solución. Con relaciones entre Argentina y Chile prácticamente rotas desde mediados de 1879, los ministros de Estados Unidos en Chile, Thomas A. Osborn, y en Argentina, Thomas O. Osborn, aprovecharon el cambio de actitudes para actuar como mediadores en la negociación de un nuevo tratado. Firmado en julio y ratificado en octubre, el Tratado de 1881 fue una reproducción de los acuerdos que Barros Arana había firmado con Irigoyen en 1877 y con Elizalde en 1878. Proporciona los límites que vemos hoy en el mapa de la Patagonia y Tierrad el. Fuego. Chile recibió el Estrecho de Magallanes en su totalidad. Argentina recibió la Patagonia y logró su objetivo de negarle a un enemigo potencial una posición en su flanco sur. Chile fue excluido de la costa atlántica; y mientras avanzaba hacia la entrada del Atlántico, acordó que el estrecho nunca debería ser fortificado52.
El Tratado de 1881 contenía los gérmenes de una continua controversia. La disposición de que el límite sea "los picos más elevados que dividen las aguas" se basa en la suposición de que la cresta más alta es también la cuenca. De hecho, no es. Al sur del paralelo cuadragésimo primero, la cresta más alta estaba a un lado y la divisoria de aguas al otro. Con Argentina reclamando lo primero como la frontera y Chile el segundo y ninguno dispuesto a ceder, la disputa volvió a estar al borde de la guerra hasta que finalmente se resolvió mediante arbitraje en 1902.53
Pero así como el tratado mismo ignoró las realidades geográficas, las recriminaciones contra el tratado por parte de historiadores nacionalistas chilenos ignoran la realidad de las relaciones internacionales del siglo XIX. Vital para Chile era la riqueza mineral de Atacama en el norte; y el Estrecho de Magallanes en el sur. A pesar de la vista de Amunitegui de la Patagonia chilena y de la importancia estratégica otorgada a la conquista del desierto por los líderes argentinos del siglo XIX, Chile se mostró constantemente dispuesto a conformarse con la posesión del estrecho y solo lo suficiente de la Patagonia para asegurarlo. Incluso Ibáñez estaba dispuesto a cambiar los valles andinos por el estrecho. La verdadera cuestión en cuestión era si debería haber presencia chilena en la costa atlántica. Por lo tanto, no parece haber evidencia de que Chile realmente quisiera toda la Patagonia, a pesar de sus afirmaciones. Tampoco parece que tomarlo estuviera dentro de sus capacidades. No podría haber tenido la Patagonia sin la guerra con Argentina, porque Argentina no la aceptaría como vecina del sur. Pero tal conflicto habría obligado a Argentina a aceptar la alianza ofrecida por Perú y Bolivia, y habría puesto en peligro los intereses vitales de Chile tanto en el norte como en el sur. Que la riqueza de Atacama resultó efímera y el potencial agrícola de la Patagonia resultó ser un complemento necesario a las restringidas tierras de la vertiente del Pacífico son hechos de la vida del siglo XX. En la perspectiva del siglo XIX, entre la cierta riqueza mineral del norte y las vagas posibilidades que podrían esconderse en una tierra desconocida, poblada por salvajes hostiles, solo podía haber una opción.

RICHARD O. PERRY