En aquel tiempo de guerra, en aquel 1982 que ya parece una fábula, la Argentina —una patria que soñaba con islas como quien sueña con espejos— ejecutó una de sus acciones más osadas y singulares en el conflicto del Atlántico Sur. Fue el hundimiento, no inmediato pero sí inexorable, del coloso marino "Hércules", un superpetrolero liberiano al servicio clandestino de la Royal Navy, por obra de un avión de transporte argentino —el “Hércules” TC-68— y un venerable bombardero inglés devenido criollo, el Canberra B-105.
Lo peculiar, y quizás borgeano, es que el hecho de armas fue negado, ocultado y más tarde confirmado en los tribunales de una potencia extranjera. No fue el humo de la pólvora ni el estruendo del impacto lo que determinó su veracidad, sino las palabras secas de un fallo judicial estadounidense que, veinte años después, otorgó a la Argentina la razón jurídica, moral y acaso metafísica: el blanco era válido, el ataque justo, y la historia —esa señora que a veces miente— debía contar esta verdad.
La operación nació del ingenio argentino y de su necesidad desesperada de asfixiar la logística enemiga. Los británicos, envalentonados por su armada, dependían de líneas de abastecimiento cada vez más frágiles. Tras el golpe sufrido el 25 de mayo —el hundimiento del Atlantic Conveyor—, la moral británica sufrió un mella invisible. Los planificadores argentinos lo comprendieron, y decidieron lanzar un ataque fuera de la zona de exclusión, esa línea ficticia que Londres había trazado en el mar, como quien dibuja con tiza en la arena del tiempo.
Mediante vuelos de exploración ejecutados por dos Boeing 707, se localizó un objetivo camuflado de neutralidad: el superpetrolero Hércules, que ya había completado su entrega de combustible y regresaba vacío, aunque mortalmente comprometido por su función previa. Fue entonces, el 8 de junio, que el bombardero Canberra B-105 y el “Hércules” TC-68 se alzaron desde Mar del Plata y El Palomar, y ejecutaron la operación. Las bombas impactaron con precisión, algunas explotaron, otras no. Una, en particular, de 227 kg, se alojó como un huésped siniestro en la bodega 2 del petrolero, amenazando con detonar en cualquier instante.
El Hércules, herido pero no vencido, huyó hacia Brasil. Allí encontró otro tipo de rechazo: el puerto de Río de Janeiro le negó entrada por temor a la explosión. Fondeado en altamar, entre el temor y la burocracia, fue condenado a un destino ineludible: el 20 de julio fue remolcado a aguas profundas y hundido deliberadamente para evitar un desastre ecológico. Así, no fue el mar quien lo tragó, sino el hombre, sellando un acto que había comenzado como una misión secreta y terminó como una página insoslayable de la historia argentina.
Este hundimiento —único certificado judicialmente en el conflicto— fue también el más colosal de todos: un navío de 220.000 toneladas, mayor aún que muchos acorazados de la Segunda Guerra. Y fue ejecutado por un C-130 transformado en bombardero y un Canberra exiliado de su cuna inglesa. Hay un cruce de símbolos —dos “Hércules” enfrentados, una nación pequeña golpeando desde el margen del mundo, la verdad revelada por el veredicto de jueces extranjeros— una ironía casi literaria.
El “Hércules” TC-68, que inauguró su servicio en la recuperación de las islas el 2 de abril, había sido preparado en secreto para esta misión. Su tripulación, nombres ya legendarios como Beltramone, Cano y Valle, transformaron el carguero en arma, adaptándolo con afustes portabombas y miras heredadas de otros aviones. Después de la guerra, sin gloria ni recursos, fue dejado en tierra por la incuria presupuestaria. Abandonado, despojado de motores, estuvo a merced del óxido y el olvido, hasta que fue resguardado como reliquia, acaso preludio de su resurrección o su momificación definitiva en un museo.
El B-105, por su parte, vino de Gran Bretaña como tantos personajes trágicos: fue primero un B.Mk-2 de la RAF, luego modificado para exportación, y finalmente asignado al Grupo 2 de Bombardeo argentino. Durante el conflicto, participó en múltiples misiones: desde incursiones sobre Monte Kent y la base Eagle, hasta bombardeos estratégicos y reconocimientos fotográficos. Pero su momento culminante, su página en el eterno Aleph de la guerra, fue el 8 de junio, cuando lanzó una bomba que no explotó, pero selló el destino del petrolero.
El juicio que siguió fue tan parte de la guerra como las bombas. En los tribunales del Distrito Sur de Nueva York, el armador y la empresa Amerada Hess —responsables civiles del Hércules— exigieron reparaciones por la pérdida de la nave. Pero los jueces, en el lenguaje terso del derecho internacional, dictaminaron que Argentina había actuado conforme al marco legal de la guerra. El superpetrolero, aunque fuera de la zona de exclusión y sin carga, había sido parte de una acción bélica y, por lo tanto, se convirtió en blanco lícito.
Así, la historia se cerró con una resolución inesperada: la justicia anglosajona confirmando la legitimidad de una acción argentina contra los intereses británicos. No hubo reparaciones, pero sí reparación simbólica. Fue, por tanto, una victoria no sólo aérea ni militar, sino también jurídica y moral.
En el epílogo, tanto el TC-68 como el B-105 fueron retirados. El primero, a la espera de su resurrección o su embalsamamiento en la memoria; el segundo, conservado como monumento en la BAM Mar del Plata, donde una vez alzó vuelo hacia la inmortalidad. Lo que queda no es solo el acto de guerra, sino la idea de que una nación, aún en desventaja, puede inclinar la balanza del destino con coraje, inteligencia y un poco de azar.
Y así, Argentina no solo hundió un buque; grabó una página en la historia con letras selladas por fuego, por burocracia y por una épica que Borges —ese amante de lo real y lo fantástico— tal vez habría reconocido como suya.
Donald Trump estaría considerando debilitar la soberanía británica sobre las islas Malvinas (Falklands), en el Atlántico Sur.
El gobierno británico ha tenido que recordar que la soberanía «pertenece al Reino Unido», apoyándose en el derecho de los habitantes a la autodeterminación.
Para recordar, las Malvinas no tenían indígenas cuando fueron descubiertas, por lo que nada permite respaldar la tesis argentina según la cual pertenecerían a Buenos Aires. Además, el Reino Unido realizó un referéndum en 2013 en el que el 99.8% de los habitantes votó por permanecer bajo el amparo británico.
El Presidente estadounidense quiere «castigar» al Reino Unido por no haberlo apoyado suficientemente en la guerra contra Irán. Se pasa de una alianza estructurada e histórica entre los dos Estados a una relación transaccional, donde el apoyo ya no es implícito sino exigido, incluso cuando Washington actúa contra el derecho internacional y sin consultar a sus aliados.
Pero sobre todo, este asunto ilustra una ruptura más amplia. Bajo el impulso de Donald Trump, los Estados Unidos parecen dispuestos a instrumentalizar temas sensibles para presionar a sus propios aliados. El Reino Unido, sin embargo pilar de la relación transatlántica, se encuentra tratado como un socio condicional. Situación aún impensable hace 2 años.
La ruptura es profunda y los choques de armas comienzan.
Mucho se habló de los ataques de misiles Exocet argentinos a la flota británica. Pero ahora, cambiemos de lado, como se defendería la Armada Argentina de un ataque de Exocet por parte de la Royal Navy Un hilo corto.
La Task Force que fue al sur tenía una gran cantidad de misiles. 24 listos para lanzar, 9 de repuesto. 11 de los #Exocet tenían la cabeza buscadora ADAC 16, que era más difícil de confundir por chaff lanzado. Luego se sumaron más misiles en el mes de mayo.
La Armada Argentina conocía bien al misil, especialmente al MM-38 (teniendo varios en stock para sus buques). Por tanto, sabía como funcionaba, que virtudes poseía y que problemas del misil podía usar a su favor. Veamos:
En primer lugar, no se decidió colocar redes en los buques principales, como se había hecho con el portaaviones ARA 25 de Mayo para el conflicto por Chile. Esas redes antitorpedo, de los acorazados (radiados) Rivadavia y Moreno, harían que el Exocet detonara en ellas.
En algunos casos, un helicóptero Sea King se usó como señuelo. Como el Exocet busca de izquierda a derecha en su fase terminal y se conocía el eje de la amenaza, la idea era que el misil se dirigiera al helicóptero y no a un buque.
Como el misil tiene un techo de trepada, la idea era subir rápidamente al comprobar que el misil había tomado al helicóptero como blanco. El chiste de las tripulaciones era que, por si eso fallaba, volarían con las puertas abiertas y el misil pasaría por el medio.
Obviamente, se tenía más fe en los sistemas de chaff de los buques, que podrían seducir al misil y alejarlo del blanco. El problema era que no estaban en todos los buques, no había muchas recargas y no serían demasiado útiles contra los Exocet ADAC 16 de la @RoyalNavy
El "hardkill" (derribarlo con AAA / misiles SA) de un #Exocet era impensado. Los buques argentinos carecían de armas para destruir un misil rozaolas. De hecho, la Royal Navy solo poseía al misil SeaWolf para hacerlo, pero estaba solo en tres buques y tampoco era infalible. FIN
Tan sólo 4 días le restaban a la barca noruega Marjory Glen para llegar a su destino, el puerto de Río Gallegos, cuando se avistó humo saliendo de sus bodegas cargadas de carbón. El 13 de Setiembre de 1911 arribó a la rada exterior. El fuego se expandió al abrir las escotillas para combatirlo y, tras la muerte de dos tripulantes, el velero fue abandonado. El casco incendiado fue luego varado cerca de Punta Loyola, donde aún puede ser visitado. La fotografía fue tomada a mediados de la década de 1940 por Walter Roil, cuyo importante trabajo ha sobrevivido afortunadamente hasta nuestros días (W. Roil/Col. B. Roil)
Este pecio sería usado 71 años después para entrenar a los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina que irían a atacar a la flota británica en Malvinas.
27 de abril de 1982. Un informe de inteligencia indica que el submarino de la Armada Argentina ARA San Luis se dirige hacia la zona de MARIA, al norte de las islas Malvinas.
Durante
la guerra, las comunicaciones de la Armada Argentina eran interceptadas
y descifradas regularmente por la inteligencia británica en el GCHQ
(Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno), debido a la falta de
seguridad de las máquinas Crypto AG
utilizadas por las fuerzas armadas argentinas. Los británicos lograron
descifrar las claves de cifrado argentinas con la ayuda de la Agencia de
Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos.
El
GCHQ estaba al tanto de los movimientos de los submarinos argentinos en
el teatro de operaciones, incluyendo los nombres de las zonas donde
operaba el submarino ARA San Luis
. El submarino nuclear, y posteriormente fragatas y helicópteros,
fueron enviados para localizar y destruir el submarino argentino.
ARA San Luis
A pesar de la buena información inicial, el Spartan
no logró localizar al pequeño y silencioso submarino argentino Tipo
209/1200. El sistema de sonar del submarino nuclear británico había sido
diseñado para lidiar con los ruidosos submarinos nucleares soviéticos,
pero no con los modernos submarinos convencionales de diseño alemán.
La búsqueda infructuosa
El
objetivo era interceptar al submarino argentino antes de que llegara a
la zona de MARIA, que no tenía la profundidad adecuada para la operación
segura de un submarino nuclear grande como el HMS Spartan .
En
la madrugada del 28 de abril, el submarino británico realizaba una
patrulla antisubmarina (ASW), rastreando la probable ruta enemiga con el
dedo en el gatillo. El estado del mar del sonar era de nivel 4, lo que
proporcionaba cobertura al ruido emitido por el Spartan , pero reducía el alcance probable de la detección inicial. No se estableció contacto.
Según los registros de movimiento del ARA San Luis y del HMS Spartan, parece que pasaron muy cerca uno del otro.
El submarino argentino pasó cerca del Spartan alrededor del mediodía. Ambos equipos de sonar desconocían la proximidad del enemigo, incluso cuando el San Luis
utilizó su snorkel entre las 12:35 y las 14:10 (cancelando la maniobra
del submarino argentino cuando su equipo ESM detectó emisiones de radar
de banda X).
El
alcance de detección del sonar era insuficiente para un submarino Tipo
209 con motores principales, especialmente considerando que el Spartan
no disponía de sonar remolcado. «El intento de interceptar un submarino
Tipo 209 se vio dificultado por la intensa actividad biológica, a pesar
de haber evitado deliberadamente la plataforma insular… los alcances de
detección previstos eran inferiores a 1000 yardas».
Al día siguiente, el Spartan
continuó su patrulla, avistando dos barcos pesqueros y lo que parecía
ser un buque factoría soviético. Poco después, fue transferido al Grupo
de Batalla de Portaaviones argentino, poniendo fin a la infructuosa
búsqueda del San Luis.
Áreas de patrullaje del ARA San Luis
La historia completa
La historia de la búsqueda del ARA San Luis se narra con detalle en el excelente libro «Ve a buscarlo y tráeme su sombrero », del investigador argentino Mariano Sciaroni
y el investigador británico Andy Smith. La obra presenta información
inédita sobre las operaciones de búsqueda del submarino argentino ARA San Luis
durante la Guerra de las Malvinas en 1982, el equipo utilizado por
ambos bandos y testimonios de militares involucrados. Para llevar a cabo
la obra, los autores tuvieron acceso a numerosos documentos
desclasificados por el Reino Unido en virtud de la Ley de Libertad de
Información. Haz clic en la imagen del libro para comprarlo en Amazon.
Decreto que crea la Comandancia Militar de las Islas Malvinas y costas adyacentes
Copia manuscrita del Decreto que instituye una Comandancia Militar en las Islas Malvinas y costas adyacentes, Buenos Aires - Año: 10 de Junio de 1829.
TRANSCRIPCIÓN:
Cuando por la gloriosa revolución de 25 de Mayo de 1810 se separaron estas provincias de la dominación de la Metrópoli, la España tenía una porción material de las Islas Malvinas y de todas las demás que rodean el Cabo de Hornos, incluso la que se conoce bajo la denominación de Tierra del Fuego, hallándose justificada aquella porción por el derecho de primer ocupante, por el convencimiento de las principales potencias marítimas de Europa, y por la adyacencia de estas Islas al continente que formaba el Virreinato de Buenos Aires, de cuyo Soberano dependían. Por esta razón habiendo entrado el Gobierno de la República en la sucesión de todos los derechos que tenía sobre estas provincias la antigua Metrópoli y de que gozaban sus virreyes, ha seguido ejerciendo actos de dominio en dichas islas, sus puertos y costas; a pesar de que las circunstancias no han permitido hasta ahora dar a aquella parte del territorio de la República la atención y cuidados que su importancia exige.
Pero siendo necesario no demorar por más tiempo las medidas que puedan poner a cubierto los derechos de la República haciéndole al mismo tiempo gozar de las ventajas que pueden dar los productos de aquellas islas y asegurando la protección debida a su población, el Gobierno ha acordado decretar:
Artículo 1º. Las Islas Malvinas y las adyacentes al Cabo de Hornos en el Mar Atlántico serán regidas por un comandante político y militar nombrado inmediatamente por el Gobierno de la República.
Artículo 2º. La residencia del comandante político y militar será en la Isla de la Soledad y en ella se establecerá una batería bajo el pabellón de la República.
El 2 de abril y el plan que cambió la historia argentina: cómo se gestó y ejecutó la recuperación de las Islas Malvinas
El 2 de abril de 1982, Argentina le puso fin a la usurpación británica en las Islas Malvinas y, como si eso no fuera poco, desafió -aún con desventaja de medios- a una de las mayores potencias del mundo. ¿Qué ocurrió en aquella jornada que marcó para siempre el ADN nacional?
Además,
había que ganarle al invierno. Por eso, en pocos días, se creó una
Fuerza de Tareas Anfibia: hombres del Ejército y de la Armada, con
buques y equipos de guerra, debían estar listos para desafiar las
indómitas aguas del Atlántico en una audaz operación (Fotos: archivo
DEF)
En Argentina, el otoño ya se había instalado. Corría 1982 y, como suele pasar en esos meses en Buenos Aires, los días eran cálidos y agradables. Faltaba poco para Semana Santa, pero, en las calles, el tema dominante era la movilización convocada por la CGT para el 30 de marzo, bajo la consigna “Paz, pan y trabajo”.
Dentro de los edificios del Estado, la palabra “paz” estaba lejos de ser protagonista. Por entonces, el 26 de marzo, y en el ámbito reservado del poder, la Junta Militar tomó una decisión que marcaría un antes y un después en la historia de nuestro país: ordenar a las Fuerzas Armadas la recuperación de las islas Malvinas, usurpadas por el Reino Unido desde 1833. Tenían pocos días, apenas una semana para llevar adelante la operación.
El día D también fue definido en ese encuentro: la noche del 1 de abril.
Aunque, considerando que se esperaba mal tiempo en el Atlántico Sur,
los movimientos podrían demorarse uno o dos días más. Además, había que
ganarle al invierno. Por eso, en pocos días, se creó una Fuerza de
Tareas Anfibia: hombres del Ejército y de la Armada, con buques y
equipos de guerra, debían estar listos para desafiar las indómitas
aguas del Atlántico en una audaz operación. Convocados en la más estricta reserva, los protagonistas sellaron un compromiso inquebrantable: no revelar, bajo ninguna circunstancia, la misión que estaban por emprender.
Finalmente,
el mal tiempo definió la fecha final: la operación, bautizada en un
inicio como “Azul”, se agendó para la noche del 2 de abril. Además, la
misión fue clara: los efectivos militares debían doblegar toda resistencia, tomar la gobernación y Puerto Argentino, y asegurar el aeródromo, llave vital para consolidar la presencia argentina en el archipiélago. ¿Qué pasó entonces?
El 2 de abril de 1982, la operación “Rosario” cumplió su cometido con una eficacia casi quirúrgica
Misión cumplida: ¿qué ocurrió el 2 de abril en las islas Malvinas?
En la madrugada del 2 de abril de 1982, a las 00:30,
se inauguró una nueva etapa de la historia argentina. A cuatro
kilómetros de Puerto Argentino, las sombras cobraron vida: las tropas
especiales de la Armada avanzaron, silenciosas para reducir a los marines británicos y terminar así con la usurpación.
Tres horas más tarde, desde las profundidades del Atlántico Sur, emergieron los buzos tácticos (a bordo del submarino ARA “Santa Fe”). ¿El motivo? Asegurar el faro y allanar el camino para la llegada del buque de transporte “Cabo San Antonio”, con los hombres del Batallón de Infantería de Marina 2 y los del Regimiento de Infantería 25.
Estos soldados, sin titubeos y con total profesionalismo, avanzaron
sigilosos hacia el aeródromo y lo tomaron. Luego, marcharon sobre Puerto
Argentino y cercaron la gobernación desde el este. Al mismo tiempo, los buzos tácticos convergieron desde el oeste. Fue una coreografía precisa de absoluta estrategia. Los militares se movían conscientes de que en ese momento no había margen de error ni lugar para la emoción; los sentimientos llegarían luego, al ver flamear la bandera argentina en las islas Malvinas. Lo que siempre debió haber sido.
El 2 de abril de 1982, la operación “Rosario” cumplió su cometido con una eficacia casi quirúrgica. Para las siete de la mañana, el aeródromo ya estaba bajo control argentino y el puente aéreo, en funcionamiento. A las 9:15, el gobernador Rex Hunt se rindió. En cuestión de horas, las Fuerzas Armadas protagonizaron momentos clave para la soberanía argentina.
Un dato: la operación pensada por la Junta Militar para recuperar las islas Malvinas, inicialmente, llevó el nombre de “Azul”. Pero, luego, se decidió que debía llamarse “Rosario” en honor a la Virgen, pues, en el año 1806, en tiempos de la reconquista de Buenos Aires, Santiago de Liniers le
rezó a ella para vencer al enemigo británico. Por eso, los trofeos de
guerra obtenidos en aquella oportunidad hoy acompañan a la imagen de
María en el Convento Santo Domingo. Al igual que en aquellos años (y que en Vuelta de Obligado), en Malvinas, Argentina volvía a enfrentar a los ingleses.
Tras la usurpación británica, las razones del reclamo argentino
“Las islas Malvinas” es un texto de Paul Groussac que
data de comienzos del siglo XX. En sus páginas, el escritor
francoargentino fundamenta los derechos argentinos sobre el
archipiélago. De hecho, cuando –desde el Congreso Nacional– le pidieron
que se encargase del compendio para difundirlo en las escuelas, Groussac
escribió: “A la Argentina, esta evidencia de su derecho”.
Para el desembarco, el Regimiento 25 organizó a una de las compañías más emblemáticas del Ejército, la “C”
En
su investigación, relata que, a raíz de una expedición del militar
francés Louis Antoine de Bougainville –quien instaló una colonia en las
Islas–, España reivindicó las Malvinas y el marino debió
desmantelar las reducidas instalaciones. De acuerdo con Groussac, el
gobierno español consideraba al archipiélago como dependencia de sus
dominios continentales.
“Este derecho superior invocado por España y reconocido por Francia
es el eje mismo del litigio que, opuesto 17 años antes (1748) a una
veleidad de ocupación de las Malvinas por Inglaterra, había bastado para
detenerla.. Dicha conexión geográfica y geológica se ha vuelto hoy una noción trivial, admitida en las obras de más alta autoridad científica” (sic), explica Groussac a favor del reclamo argentino.
Años después, en 1828, asumió como gobernador argentino en las Malvinas Luis Vernet. Su objetivo fue fundar una colonia, por eso se organizaron expediciones y se instalaron familias y gauchos (para el manejo de ganado). Pero la iniciativa no prosperó y el funcionario debió precipitar su salida:
tras la captura de tres embarcaciones de Estados Unidos por pesca
ilícita, el capitán Silas Duncan desembarcó con el USS Lexington en
Puerto Soledad, con la orden de proteger los derechos de los
norteamericanos “que pesquen y comercialicen”, redujo a las autoridades y
destruyó la colonia.
Más tarde, el gobierno de Buenos Aires –en un decreto del 10 de septiembre de 1832– nombró a Juan Mestivier como comandante interino de las Malvinas. También duró poco: fue asesinado en un motín que tuvo lugar poco tiempo antes de la usurpación de las Islas por parte del Reino Unido, hecho que ocurrió el 3 de enero de 1833. Desde entonces, Argentina denuncia la usurpación y reclama sus derechos sobre las Malvinas.
Un detalle: la esposa de Mestivier dio a luz a su único hijo en las Malvinas; el niño se convirtió –junto con otros, como Malvina Vernet y Sáez– en uno de los pocos argentinos nacidos en ese territorio antes de 1833.
Coronel Daniel Esteban: “Una sola compañía iba a desembarcar el día de la operación”
Para reconstruir la recuperación de las islas Malvinas, DEF dialogó con Carlos Daniel Esteban, coronel retirado del Ejército Argentino y secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación en la Universidad de la Defensa (UNDEF).
¿El detalle? El coronel, además de haber sido uno de los protagonistas
de la Operación “Rosario”, fue distinguido con la medalla “La Nación Argentina al Valor en Combate”,
una de las máximas condecoraciones que entregó el país para reconocer a
quienes se destacaron por sus méritos, valor y heroísmo en defensa de
la Patria.
En otoño de 1982, Esteban apenas era un joven teniente primero del Regimiento de Infantería 25 (con
asiento de paz en la localidad chubutense de Colonia Sarmiento,
provincia de Chubut) cuando fue convocado para vivir un momento
histórico junto a otros oficiales, suboficiales y soldados que participaron del desembarco del 2 de abril.
“Nosotros no teníamos ninguna información de que se estaban por iniciar
las operaciones para recuperar la soberanía de Malvinas. El teniente
coronel Seineldín, jefe del Regimiento, había viajado a Bahía Blanca y a
él le habían dado algún tipo de orden preparatoria o información previa.
Mientras, con nuestros soldados, seguíamos con la instrucción habitual
de siempre”, relata, antes de describir que, al regresar, Seineldín los
reunió a todos: “Una sola compañía iba a desembarcar el día de la operación. Las otras iban a llegar después, por modo aéreo. Además, nos pidió estricto secreto; incluso con nuestras familias. Y, por supuesto, hacia abajo en la cadena de comando, nada. Nuestros suboficiales y oficiales se enteraron de la operación cuando estábamos embarcados”.
En la madrugada del 2 de abril de 1982, a las 00:30, se inauguró una nueva etapa de la historia argentina
Los soldados más calificados para recuperar las islas Malvinas
Para el desembarco, el Regimiento 25 organizó a una de las compañías más emblemáticas del Ejército, la “C”. No tenían armas pesadas, pero sí contaban con los mejores soldados, suboficiales y oficiales.
Estaba conformada por tres secciones: “La idea es que la única compañía
del Ejército que iba a desembarcar representase a todo el Regimiento.
Para eso, se eligió a una sección de cada una de las compañías de la
Unidad”.
De
esa manera, los mejores efectivos fueron los elegidos para integrar las
secciones que participarían de la operación: “La del subteniente Roberto Oscar Reyes, que era de mi compañía. Luego, la del subteniente Juan José Gómez Centurión, de la Compañía B; y, finalmente, la del teniente Roberto Estévez –fallecido en Malvinas–, que era de la compañía A”.
Sobre la orden que habían recibido, el coronel es contundente: debían desalojar a los Royal Marines y, posteriormente, esperar la llegada de una fuerza de seguridad. Luego, regresaban al continente.
¿Por qué el Regimiento 25 había sido el elegido para protagonizar aquel histórico momento? “Creo
que por el prestigio y porque estaba cerca de la zona. Además, son
tropas que están aclimatadas al frío y al viento”, responde el oficial,
al tiempo que rescata que, además, la cúpula del Ejército había decidido
enviar a sus mejores oficiales al sur: “Eso lo hizo el general Galtieri, porque sabía lo que iba a pasar. Nosotros no”.
Finalmente,
los efectivos del 25 partieron hacia las Malvinas. Antes de dejar el
continente, el comandante de la Fuerza de Desembarco, el contraalmirante Carlos Alberto Büsser, los arengó: “Nos pidió, dentro de lo posible, cumplir con la misión sin generar daños innecesarios. Lo llamó una operación incruenta”.
Con
el aeródromo asegurado por los efectivos del Ejército, un Hércules
C-130 de la Fuerza Aérea Argentina pudo llegar a las islas Malvinas con
el objetivo de establecer el puente aéreo con el continente
A
bordo del buque de la Armada, se escuchaba la bravura del mar. Sin
embargo, relata Esteban, los efectivos estaban orgullosos. “Uno sentía
el peso de la importancia de lo que íbamos a hacer. Pero los más
experimentados teníamos la responsabilidad de pensar otras cosas y, a su
vez, cuidar el bienestar de los subalternos”, recuerda.
Finalmente, los del 25 pudieron desembarcar:
“A las 6 de la mañana, los comandos anfibios estaban llegando a la
costa. Salimos con lanchones para arribar a lo que iba a ser la zona del
aeropuerto”.
Así desembarcó la Armada
Además, tiempo atrás, DEF pudo dialogar con el capitán de navío retirado (y veterano de guerra de Malvinas) Bernardo Schweizer, quien, en 1982, tenía 24 años y el grado de teniente de corbeta. Él, junto al cabo principal Sequeira, fue el primer argentino que desembarcó en las Islas durante aquella madrugada histórica de 1982.
“La navegación fue muy dificultosa. Pero, de cualquier manera, llegamos a un punto en el que yo, con el único visor nocturno que teníamos, divisé la línea de olas adelante, a unos 100 metros, y decidí pasar al kayak, junto a Carlos Sequeira”, comenta y agrega que pensó que “por una bengala” había sido descubierto.
“La
técnica en esa circunstancia es agacharse, ofrecer la menor silueta.
Así que los dos nos tiramos hacia delante sentados, digamos, doblando el
torso, y yo continué mirando a ver de dónde podían venir los tiros,
porque a partir de eso era cuestión de segundos, pero no pasó nada”,
cuenta y agrega que, inmediatamente, ambos buscaron llegar a las playas
con la mayor rapidez posible para evitar ser detectados: “En ese momento, dije: ‘Mejor llegar vivo, antes que llegar muerto y tarde’”.
El Hércules C-130 de la Fuerza Aérea en las islas argentinas
Con el aeródromo asegurado por los efectivos del Ejército, un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina pudo llegar a las islas Malvinas con el objetivo de establecer el puente aéreo con el continente.
El brigadier retirado Ernesto Osvaldo París,
en aquel entonces teniente de la Fuerza Aérea Argentina y con 26 años,
recuerda que, en otoño del 82, les informaron a él y a otros 28
efectivos del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) de la Fuerza que iban a participar de una misión secreta en el sur.
En
diálogo con DEF, el oficial contó que llegó en el primer vuelo que
aterrizó en el archipiélago tras haber recuperado las islas Malvinas. De
acuerdo con su relato, cuando la aeronave tocó tierra, bajó la rampa de
lanzamiento y los comandos del GOE debieron ser los primeros en descender.
Por delante, estas fuerzas especiales tenían un gran desafío:
protagonizar misiones de exploración y reconocimiento con el objetivo de
conocer los movimientos británicos.
“Haber visto flamear la bandera en las islas me produjo una emoción tremenda”
“La Operación Rosario fue perfecta.
Estuvo bien concebida. Fue conjunta, con movimientos navales, aéreos y
terrestres. La planificación se dio como se la había pensado. Ejemplar.
Por supuesto que, después, vinieron las improvisaciones, pero no fueron
durante la Operación Rosario; llegaron después, cuando se dio lo de
Plaza de Mayo”, explica Daniel Esteban.
“La
Operación Rosario fue perfecta. Estuvo bien concebida. Fue conjunta,
con movimientos navales, aéreos y terrestres. La planificación se dio
como se la había pensado", cuenta Daniel Esteban (Fotos: archivo DEF)
Y, si bien esos militares aún tenían mucho por delante, cerraron la jornada con la más plena emoción: fueron los protagonistas del arrío de la bandera británica y del izamiento del pabellón argentino.
“El hecho de haber visto flamear la bandera en las islas me produjo una emoción tremenda e indescriptible.
Estar en esa oportunidad, y compartirla al lado de mis compañeros y del
subteniente Reyes y todos los hombres de su sección, fue un muy lindo
momento, algo emocionante”, recuerda el teniente coronel retirado Abel Aguiar,
quien también describe que los recuerdos de aquella jornada están
grabados en su memoria: “Yo había llegado en el tercer Hércules al
aeropuerto y, cuando descendimos de la aeronave, todavía se escuchaban
disparos en la zona de la ciudad de Puerto Argentino. Para el momento en
el que arribamos a la casa del gobernador de las islas, pude ver a los
soldados ingleses prisioneros. Después de esos movimientos, preparamos
la formación para el izamiento de la bandera. Ese día, se había trabado la driza del mástil y el subteniente Roberto Reyes se subió para poder resolver aquel inconveniente”.
Por su parte, el general (retirado) Roberto Reyes compartió con DEF el sentimiento en torno a la presencia de la celeste y blanca en Malvinas: “La bandera argentina es, de todos los símbolos nacionales, el más representativo.
Representa a cada uno de los ciudadanos que habita este suelo y a cada
uno de los lugares que compone nuestro territorio. Por eso, las islas
Malvinas son parte de nuestro país, de nuestro territorio y de nuestro
ser nacional”.