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jueves, 25 de junio de 2026

Teoría de la guerra: La tecnología moral

La ventaja “tecnológica” de los valores morales

Por EMcL





Imaginemos una situación extrema. Dos bandos se enfrentan en una contienda prolongada. Uno de ellos acepta restricciones morales: no atacar deliberadamente a civiles, no torturar prisioneros, no emplear escudos humanos, no destruir indiscriminadamente aquello que dice querer salvar. El otro, en cambio, se considera libre de esas limitaciones. Puede mentir sin freno, intimidar, infiltrar, secuestrar, aterrorizar, manipular a la población civil o convertir la ambigüedad moral en un arma. La pregunta surge casi de inmediato: ¿no tiene este segundo bando una ventaja decisiva? ¿No posee, por así decirlo, una “tecnología moral” superior, entendida no como virtud, sino como libertad de acción?

La intuición inicial parece favorecer al actor sin restricciones. En términos estrictamente tácticos, quien se libera de ciertos frenos dispone de un menú más amplio de acciones. Puede hacer cosas que el adversario no puede o no quiere hacer. Puede ocultarse entre civiles porque sabe que el enemigo vacilará antes de disparar. Puede usar hospitales, escuelas o templos como cobertura porque explota deliberadamente la inhibición moral del otro. Puede recurrir al terror selectivo para disciplinar poblaciones, asesinar colaboradores, sabotear infraestructuras críticas o producir efectos psicológicos desproporcionados con recursos relativamente escasos. Desde esta perspectiva, la moral aparece como una carga operativa: una fricción adicional en el campo de batalla, una demora en la cadena de mando, una limitación autoimpuesta en el uso de la fuerza.

Esta es la dimensión más inquietante del problema. Las normas morales, cuando son respetadas por un solo lado, pueden ser explotadas por quien no las respeta. Allí nace la idea de una asimetría moral: no simplemente una diferencia de armamento, presupuesto o tecnología, sino una diferencia en los límites de lo concebible. Para un actor, ciertas acciones están prohibidas; para el otro, están disponibles. En ese sentido preciso, el bando menos escrupuloso parece poseer una ventaja “tecnológica”: no porque tenga mejores máquinas, sino porque su arquitectura moral le habilita procedimientos vedados al adversario.

La guerra asimétrica ha ofrecido innumerables ejemplos de este fenómeno. Las insurgencias suelen operar en un terreno donde la distinción entre combatiente y no combatiente se vuelve difícil, a veces deliberadamente difícil. La población civil se transforma en refugio, fuente de información, escudo, base logística y escenario propagandístico. El adversario regular, especialmente si pertenece a una democracia liberal o a una coalición internacional, no sólo combate contra una fuerza armada; combate también contra la mirada de su propia opinión pública, de los medios, de los tribunales, de los aliados y de la historia. Cada error táctico puede convertirse en derrota política. Cada víctima civil puede tener un efecto estratégico superior al de una batalla perdida.

Pero esta ventaja inicial es menos sólida de lo que parece. La ausencia de restricciones morales amplía el espacio de acción, sí, pero también contamina el espacio político en el que toda guerra finalmente se decide. La brutalidad puede producir obediencia inmediata, pero rara vez produce lealtad estable. Puede conquistar una ciudad, pero no necesariamente gobernarla. Puede sembrar miedo, pero también odio. Puede desorganizar al enemigo, pero también unificarlo. Puede destruir la resistencia visible, pero alimentar una resistencia más profunda, más paciente y más radicalizada.

Por eso la moral no debe entenderse sólo como restricción. También puede funcionar como una tecnología de coordinación, legitimidad y supervivencia institucional. Un ejército que acepta límites no siempre es más débil; a veces es más confiable, más disciplinado y más capaz de sostener alianzas. Una sociedad que cree combatir por una causa justa puede soportar costos que serían intolerables si la guerra apareciera como mero saqueo o exterminio. Un Estado que respeta ciertas reglas preserva mejor su autoridad, incluso cuando pierde batallas. La moral, en este sentido, no es una decoración humanitaria colocada sobre la estrategia. Es parte de la estrategia misma.

La Segunda Guerra Mundial ofrece un caso extremo. Las potencias del Eje, en particular el régimen nazi y el militarismo japonés, llevaron adelante formas de guerra y dominación de una brutalidad sistemática: exterminio, trabajo esclavo, masacres, experimentación humana, castigos colectivos, desprecio generalizado por la vida de prisioneros y civiles. Esa ausencia de límites produjo efectos tácticos y políticos inmediatos. El terror desorganiza. La crueldad paraliza. La guerra total permite movilizar recursos humanos y materiales sin consideración por el costo moral. Pero esa misma lógica contribuyó a crear una resistencia feroz en los territorios ocupados, a cohesionar a sus enemigos y a justificar una guerra de aniquilación contra sus propios sistemas políticos. La violencia sin límites no sólo destruyó a sus víctimas; también erosionó las condiciones de posibilidad de una victoria duradera.

La comparación, por supuesto, no debe idealizar a los Aliados. Los bombardeos estratégicos sobre ciudades, desde Dresde hasta Tokio, muestran que incluso los actores que se presentan como defensores de un orden moral pueden transgredirlo gravemente. Pero justamente allí aparece un punto crucial: la fuerza de la moral como tecnología estratégica no depende sólo de proclamar normas, sino de sostenerlas con cierta consistencia. Cuando el bando que invoca la justicia viola sus propios principios, pierde parte de su ventaja simbólica. La moral no funciona como escudo retórico automático. Exige credibilidad.

Vietnam muestra una dinámica distinta, más ambigua y más moderna. Las fuerzas norvietnamitas y el Viet Cong explotaron con notable eficacia las ventajas de la guerra irregular: movilidad, ocultamiento, conocimiento del terreno, inserción entre la población, ataques sorpresa, túneles, emboscadas y una extraordinaria capacidad para convertir la supervivencia en victoria política. Estados Unidos y Vietnam del Sur, aunque contaban con superioridad material abrumadora, estaban condicionados por reglas de enfrentamiento, presión mediática, límites diplomáticos y una opinión pública cada vez menos dispuesta a aceptar los costos de la guerra. La ofensiva del Tet, militarmente costosísima para los comunistas, fue sin embargo una victoria estratégica en el plano perceptivo: mostró que el enemigo no estaba derrotado y quebró la confianza pública en el relato oficial de progreso.

Pero Vietnam también advierte contra una lectura demasiado simple. Estados Unidos cometió graves violaciones, desde matanzas como My Lai hasta campañas de bombardeo de enorme impacto civil. El problema no fue que un bando tuviera moral y el otro no. El problema fue que la legitimidad se volvió un campo de batalla en sí mismo. La insurgencia entendió que no necesitaba derrotar militarmente a Estados Unidos en sentido convencional; necesitaba hacer políticamente insostenible su permanencia. Allí la “tecnología moral” no consistió únicamente en carecer de límites, sino en explotar las contradicciones del adversario: obligarlo a elegir entre eficacia militar inmediata y legitimidad política de largo plazo.

Las guerras de Irak y Afganistán después de 2001 llevaron esta tensión a un nuevo nivel. Grupos como Al Qaeda, los talibanes o ISIS recurrieron a atentados suicidas, ejecuciones filmadas, bombas en mercados, uso de civiles como cobertura, destrucción patrimonial y violencia ejemplarizante. Esa brutalidad tuvo una eficacia táctica evidente: con recursos limitados, podían generar efectos psicológicos, mediáticos y políticos enormes. Una bomba improvisada podía alterar una campaña electoral, condicionar la estrategia de una coalición o forzar cambios doctrinarios en ejércitos enteros. En términos de costo-beneficio inmediato, la crueldad podía parecer racional.

Sin embargo, la misma brutalidad que les otorgó visibilidad también les impuso límites. ISIS, por ejemplo, logró una expansión territorial vertiginosa, pero su régimen de terror produjo rechazo local, coaliciones internacionales, rebeliones internas y una movilización militar sostenida contra su proyecto. La violencia extrema puede servir para capturar poder; es mucho menos eficaz para institucionalizarlo. Gobernar exige previsibilidad, extracción regular de recursos, administración, alianzas, obediencia no puramente coercitiva. La amoralidad puede ganar espacio; rara vez construye orden estable.

Algo semejante puede observarse en las guerras coloniales. En Argelia, el FLN recurrió al terrorismo urbano y a la guerra de guerrillas, mientras Francia respondió con tortura, desapariciones y represión sistemática, especialmente durante la Batalla de Argel. Desde el punto de vista táctico, la tortura produjo información. Desde el punto de vista estratégico, destruyó legitimidad. Francia podía ganar operaciones, desmontar células y controlar barrios; pero cada victoria obtenida mediante métodos moralmente corrosivos debilitaba la justificación misma de su presencia. El resultado fue una paradoja recurrente: el poder colonial podía imponerse militarmente y, al mismo tiempo, perder políticamente.

Roma ofrece una lección más antigua y quizá más profunda. Los romanos no fueron un pueblo sentimental ni ajeno al terror. Destruyeron ciudades, esclavizaron poblaciones y castigaron rebeliones con ferocidad. Pero su grandeza imperial no se sostuvo sólo en la violencia. También dependió de una formidable capacidad de integración: derecho, ciudadanía progresiva, cooptación de élites locales, infraestructura, rituales compartidos, administración. Roma entendió que la dominación duradera requiere algo más que miedo. Requiere convertir enemigos en subordinados, subordinados en aliados y aliados en romanos. Su “tecnología moral” no fue humanitaria en el sentido moderno, pero sí institucional: supo combinar coerción con incorporación. Allí donde otros actores sólo destruían, Roma absorbía.

La cuestión filosófica de fondo es si la moral en la guerra es una ilusión, un lujo de los fuertes o una condición de racionalidad estratégica. El realismo político, desde Maquiavelo en adelante, ha insistido en que el poder no puede ser juzgado con la ingenuidad de la moral privada. El gobernante que se ata las manos frente a enemigos despiadados puede condenar a su comunidad. Hay en ese argumento una verdad incómoda: ninguna sociedad sobrevive si convierte sus principios en una forma de suicidio. Pero también hay una verdad opuesta, igualmente severa: ninguna comunidad política sobrevive indemne si, para vencer, destruye todos los principios que justificaban su existencia.

Autores contemporáneos como Jeff McMahan han insistido en que la guerra no suspende la moralidad. Los actos siguen siendo evaluables; los individuos siguen siendo responsables; la pertenencia a un bando no absuelve automáticamente. Esta perspectiva obliga a rechazar la idea de que la guerra sea una zona moralmente vacía. Pero incluso si uno adoptara un enfoque más realista, menos normativo, la conclusión no sería muy diferente: la moral tiene consecuencias estratégicas. No es sólo un deber; es también un recurso. Produce confianza, reputación, obediencia voluntaria, alianzas, disciplina y continuidad institucional.

Aquí resulta útil volver a Shannon Vallor y a la idea de virtudes tecnomorales. En sociedades tecnológicamente complejas, virtudes como honestidad, humildad, justicia, autocontrol, prudencia y responsabilidad no son adornos éticos. Son capacidades operativas. Una comunidad científica no puede funcionar sin confianza epistémica. Una alianza militar no puede sostenerse sin credibilidad. Un sistema de inteligencia artificial no puede desplegarse socialmente si se percibe como arbitrario, opaco o abusivo. Una economía de innovación no prospera donde cada actor espera ser traicionado por el otro. La moral, en estos contextos, no reduce simplemente el conjunto de acciones disponibles; estructura las condiciones bajo las cuales la cooperación compleja se vuelve posible.

Esta es la inversión conceptual decisiva. El actor sin restricciones parece más libre porque puede hacer más cosas. Pero muchas de esas cosas destruyen las condiciones que permiten hacer cosas más difíciles: coordinar, innovar, gobernar, persuadir, reconstruir, heredar legitimidad. La amoralidad expande el repertorio táctico y empobrece el horizonte estratégico. Permite golpear con menos freno, pero dificulta construir con mayor profundidad. En el corto plazo, la restricción moral puede parecer una desventaja; en el largo plazo, puede ser una forma superior de tecnología social.

La historia militar, la política internacional y la competencia económica muestran una regularidad persistente: quienes renuncian a todo límite pueden ganar ventaja inicial, pero pagan costos acumulativos en legitimidad, cohesión y sostenibilidad. La moral no garantiza la victoria. Ningún principio detiene por sí solo a un ejército, a una insurgencia o a una corporación depredadora. Pero la ausencia de moral tampoco garantiza eficacia duradera. A menudo produce victorias huecas, territorios ingobernables, alianzas imposibles, sociedades quebradas y enemigos más determinados.

La pregunta inicial, entonces, debe reformularse. No se trata de saber si el bando sin restricciones tiene más opciones. Las tiene. La verdadera cuestión es qué tipo de opciones son esas, qué destruyen al ser usadas y qué clase de orden permiten construir después. La moral es una restricción, sin duda. Pero también es una tecnología de largo plazo: una arquitectura invisible que permite sostener confianza, coordinar esfuerzos, limitar la autodestrucción y convertir la fuerza en autoridad legítima. Quien carece de ella puede ganar una batalla con menos escrúpulos. Quien logra incorporarla de manera consistente puede estar mejor preparado para ganar la paz, que es siempre la forma más exigente de la victoria.

jueves, 25 de julio de 2019

Armas químicas: USA y el desarme químico

USA y la química militar. Convenciones en espera

Revista Militar

Desarme estancado

El desarme químico mundial tomó forma solo en 1993, cuando se aprobó una convención en París que prohibía el desarrollo, la producción, la acumulación y, por supuesto, el uso de tales armas de destrucción masiva. En este momento, 193 países se han unido a este acuerdo y han destruido las existencias de armas químicas o están en proceso. Israel se encuentra en un estatus especial: el país ha firmado pero no ha ratificado la convención. Además, no tiene la intención de abandonar la "química" de combate Sudán del Sur, Egipto y Corea del Norte. Para crédito de Rusia, sus fuerzas armadas hace dos años destruyeron completamente sus arsenales de armas químicas; de los medios de destrucción masiva, el estado ahora tiene solo una tríada nuclear.


El proceso de destrucción de armas químicas en los Estados Unidos.

Cabe señalar que Rusia tuvo que deshacerse de su considerable reserva de "química" hasta 2020. Todo resultó hecho mucho antes, a pesar de que resultó ser mucho más caro. El costo total del desarme químico costó al presupuesto astronómico 330 mil millones de rublos. Y esto no tiene en cuenta las inversiones financieras en el programa de reciclaje doméstico de Canadá, Alemania, Italia, Gran Bretaña y los Estados Unidos a principios de la década de 2000. En total, cerca de 40 mil toneladas de sustancias tóxicas fueron transferidas a un estado relativamente seguro. Por fin se ocuparon de lewisite y soman.

¿Y qué hay de los Estados Unidos? En 1997, cuando entró en vigor la convención sobre la destrucción de armas químicas, había 28,572 toneladas de gas mostaza, sus derivados, VX y sarin. Tal arsenal de energía industrializada tuvo que reciclarse durante cinco años, como máximo, diez. Rusia logró gestionar con 40 mil toneladas en 2017. Sin embargo, Estados Unidos extendió el procesamiento de la "química" de combate hasta diciembre de 2023 y no parece que vaya a acelerar este proceso. En realidad, ahora el ejército estadounidense es el único en el mundo que posee una reserva tan seria de armas químicas: aproximadamente el 10% de su tamaño anterior permanece en los almacenes.

Todos los demás países que han entrado en la convención se deshicieron de esas armas en 2012 o, como Rusia, en 2017. En los Estados Unidos, solo dos plantas de reciclaje operan a intervalos regulares: en Pueblo (Colorado) y en Blue Grasse (Kentucky). Y el ciclo tecnológico de la destrucción del arsenal estadounidense no puede llamarse único y muy caro. Reciclar incluso el VX paralítico del nervio más peligroso y tóxico no es fundamentalmente diferente del proceso de destrucción del gas mostaza o del soman.


Bomba química bajo escrutinio

Para justificarse, los estadounidenses están hablando de una manera específica de almacenar sus propias armas químicas. Muchas de las reservas no se almacenan en tanques y tanques, sino que ya están en la munición cargada. Por lo tanto, es necesario cumplir con medidas de seguridad especiales y construir estructuras a prueba de explosiones para su eliminación. Cabe destacar que la notoria Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, recientemente galardonada con el Premio Nobel de la Paz, pasó por alto esa política de los Estados Unidos. Ahora, los estadounidenses realmente han cerrado el acceso a la información sobre el momento y la dinámica de la eliminación de sus propias armas químicas. Sin embargo, el "enfoque especial" de la superpotencia estadounidense se expresa no solo en retrasar los plazos del desarme químico.

Las sutilezas legales de la disposición.

Para los Estados Unidos creó una lista de reservas, que fue acompañada por la firma de la Convención de 1992. Hay un total de 28 puntos especiales que permiten a los Estados, en particular, rechazar que los equipos de inspección realicen inspecciones tanto de los sitios de almacenamiento como de eliminación de armas de destrucción masiva. Una formulación universal que permite evitar a los observadores es "crear una amenaza para la seguridad nacional". Naturalmente, el gobierno de los EE. UU. determina de forma independiente el borde de tal amenaza. A su discreción, calcula el grado de letalidad de las armas químicas. Para esto, se acuñó un término específico "armas químicas no letales", que los estadounidenses pueden usar en respuesta a la agresión contra su país. Esto, por cierto, contradice la letra y el espíritu del Convenio de Ginebra de 1925, firmado por los Estados Unidos. Hay muchas preguntas sobre la química de combate no letal. Hasta ahora, no hay métodos uniformes para evaluar el efecto de tales armas en el cuerpo humano, que, como se sabe, responde muy individualmente a varias amenazas externas. Y como no hay estándares generalmente aceptados, es demasiado pronto para hablar sobre la seguridad de un tipo particular de arma no letal. Muchos analistas generalmente dudan de la existencia de tal categoría de armas. Más bien, es una especie de oxímoron, "arma no letal".



Los estadounidenses se han liberados muy lentamente de las armas químicas.


En los Estados Unidos, entienden esto muy bien y están desarrollando rápidamente sus propios programas para desarrollar armas químicas que no están comprendidas en las convenciones. En 2007, se adoptó la carta general de armas No. FM-3-22.40 "Armas no letales", y en 2015, el comité de jefes de personal desarrolló la instrucción CJCSI 2030.01D "Pautas para implementar las disposiciones de la Convención sobre la Prohibición de las Armas Químicas" (información de la Revisión de Extranjería Militar) . Estos documentos se refieren al uso de armas químicas no letales para fines militares, que en los Estados Unidos incluyen misiones de mantenimiento de la paz, operaciones humanitarias y de lucha contra el terrorismo. En otras palabras, es suficiente para el liderazgo militar de los Estados Unidos llamar a su próxima agresión un proceso de paz y una mejor misión antiterrorista, y las manos se desatarán. Anteriormente, la discusión en relación con la química no letal era solo sobre la supresión de disturbios y la dispersión de los ciudadanos insatisfechos. Un aspecto importante de las nuevas reglas adoptadas es la capacidad de usar armas químicas de toxicidad limitada de forma unilateral. Hasta ahora, los estadounidenses han hablado sobre el uso de tales armas solo en respuesta a la agresión química del enemigo. Y el arsenal de esta química no convencional en los estadounidenses es extremadamente amplio. Uno de los más famosos es el CS, o clorobenzalmalonodinitrilo, que se ha utilizado en los Estados Unidos desde 1959, se usó activamente en Vietnam (7,000 toneladas), y en 1979 se convirtió en una verdadera salvación en la operación antiterrorista en La Meca. Luego, los fundamentalistas islámicos tomaron como rehenes a más de 6.000 peregrinos, y solo dos toneladas de CS irritante, junto con los comandos franceses, permitieron una operación de liberación exitosa. Ahora en los Estados Unidos, las minas de 81 mm y 120 mm, la artillería de 155 mm y los disparos de tanques de 120 mm están equipados con productos químicos y mezclas similares. Las pruebas del proyectil XM1-63 de 155 mm mostraron excelentes resultados: con una sola toma puede inhabilitar a las personas en un área de más de 1 hectárea y una distancia de hasta 28 km. No es realmente una operación contraterrorista, ¿verdad?



Ojiva submarina de Estados Unidos con sarin

La Organización para la Prohibición de las Armas Químicas todavía no puede o no está dispuesta a hacer nada con las armas químicas que Estados Unidos ha dejado en el territorio de otros países. Y esto es una violación directa de los artículos de la Convención de 1992 referida por los Estados Unidos. Entonces, Washington no reconoció sus siete bombas aéreas y un contenedor de vertido que permaneció después de la invasión de Panamá. También en Camboya, se encontraron varias docenas de municiones equipadas con CN y CS, junto con una docena de tanques de vertido abandonados por los estadounidenses durante la guerra. Y esos puntos "químicamente peligrosos" dejados por los estadounidenses en el mapa mundial se escribirán para un buen diez. Los dobles estándares en relación con los Estados Unidos y su arsenal no permiten en la actualidad hablar de desarme químico en toda regla. Y esto, a su vez, conduce a la relajación de la carrera de armamentos "química". Un nuevo capítulo nace en la historia del desarrollo de armas de destrucción masiva, que requieren las nuevas convenciones de Ginebra y París.

domingo, 2 de abril de 2017

Cuando disparar a niños soldados: Canadá abre precedente

¿Cuándo está bien disparar a un niño soldado?
Canadá escribe reglas para las tropas que enfrentan a niños armados de nueve años
The Economist




Uno de los peores dilemas que enfrentan los soldados es qué hacer cuando se enfrentan a niños armados. El derecho internacional y la mayoría de los códigos militares tratan a los combatientes menores de edad principalmente como víctimas inocentes. Ofrecen orientación sobre sus derechos legales y sobre cómo interrogarlos y desmovilizarlos. Tienen poco que decir acerca de una pregunta que destruye el alma, que normalmente se debe responder en una fracción de segundo: cuando un niño le señala un Kalashnikov a usted, le dispara? El mes pasado Canadá se convirtió en el primer país en incorporar una respuesta detallada a su doctrina militar. Si tienes que, dice, dispara primero.

Tales encuentros no son raros. Los niños soldados luchan en al menos 17 conflictos, incluyendo Malí, Irak y Filipinas. Los soldados en los ejércitos occidentales, a veces actuando como soldados de la paz, han encontrado a combatientes tan joven como seis en tierra y en el mar. Más de 115.000 jóvenes combatientes han sido desmovilizados desde el año 2000, según la ONU. Para los señores de la guerra que los emplean, los niños ofrecen muchas ventajas: son baratos, obedientes, prescindibles, sin miedo cuando drogados y ponen a los opositores en una desventaja moral. Algunos ejércitos rebeldes son mayormente menores de edad.

En 2000 un grupo de fuerzas de paz británicas en Sierra Leona que se negaron a disparar contra niños armados con AK-47 fueron tomados como rehenes por ellos. Un paracaidista murió y otros 11 resultaron heridos en su rescate. Los soldados que han disparado a los niños a veces sufren de heridas psicológicas incapacitantes. Un canadiense que protegió convoyes en Afganistán de ataques de jóvenes suicidas no ha podido abrazar a sus propios hijos desde que regresó a casa hace cuatro años. Algunos soldados se han suicidado. "Siempre pensamos que fue la emboscada o el accidente el punto más difícil" de una guerra, dijo Roméo Dallaire, un general canadiense retirado, en testimonio ante una audiencia parlamentaria sobre suicidios militares en marzo. De hecho, "el más difícil es el dilema moral y la destrucción moral de tener que hacer frente a los niños".

La Convención de Ginebra y otros acuerdos internacionales prohíben atacar escuelas, secuestrar niños y otras prácticas que les dañan. Pero no le dicen a los soldados qué hacer cuando se enfrentan a los niños como combatientes, haciendo que la autodefensa se sienta como un crimen de guerra. El 2 de marzo Canadá adoptó una doctrina militar que reconoce explícitamente el derecho de los soldados a usar la fuerza para protegerse, incluso cuando la amenaza proviene de los niños. "Un niño soldado con un rifle o lanzagranadas puede presentar una amenaza como un soldado adulto que lleva el mismo armamento", dice. Se basa en parte en la investigación de la Iniciativa Niños Soldados, un instituto fundado por el Sr. Dallaire que trabaja para acabar con el uso de niños como combatientes.

La nueva doctrina va mucho más allá del momento de la confrontación. Los oficiales de inteligencia, dice, deben informar sobre la presencia de niños soldados y cómo se están usando. Los soldados desplegados en áreas con niños combatientes deben ser preparados psicológicamente, entrenados para manejar confrontaciones con niños y evaluados por psicólogos cuando regresen. La instrucción sugiere maneras de asegurar que matar a los niños es un último recurso. Recomienda disparar a sus comandantes adultos para romper la disciplina y pedir a los jóvenes que huyan o se rindan. Advierte contra el uso de unidades ligeramente armadas, que son vulnerables a ataques de "ola humana" por parte de niños.

Los autores de la nueva directiva parecen estar conscientes de que una política para disparar a los niños soldados incluso en legítima defensa podría provocar indignación. Hasta ahora, los grupos de derechos humanos han expresado su comprensión. Canadá está tratando de encontrar un equilibrio entre tratar a los niños como inocentes y reconocerlos como amenazas en el campo de batalla, dice Jo Becker, un especialista en derechos de los niños en Human Rights Watch en Nueva York. Gran Bretaña está considerando las directrices propias, y otros países pueden seguir. Canadá pronto podría poner su doctrina a prueba. Su gobierno ha prometido enviar 600 soldados en una misión de paz de tres años a África. Todavía no ha revelado a dónde ir exactamente. Dondequiera que sea, es probable que se reúnan con armas de fuego a los niños. Al reconocer su derecho a defenderse, el gobierno de Canadá puede disminuir el trauma de los forzados a luchar contra los guerreros más jóvenes.