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viernes, 2 de octubre de 2026

ARA San Juan: ¿Accidente o fue hundido?

¿El ARA San Juan naufrago o fue hundido?

Uno estaba colgado del fondo del Atlántico cerca de la Isla Ascensión, una montaña volcánica británica a medio camino entre África y Sudamérica. El otro, en las Islas Crozet, en el Índico subantártico francés, frente a la Antártida. Ambos forman parte de una red secreta hasta hace pocos años: once estaciones distribuidas por los océanos del mundo, diseñadas para detectar la firma acústica de un ensayo nuclear submarino.

Esa mañana, los hidrófonos no captaron una bomba. Captaron un evento corto, violento y singular, originado a unas mil millas náuticas de la costa patagónica. Tres horas y media antes, en el mismo lugar, un submarino argentino con cuarenta y cuatro tripulantes a bordo había enviado su último mensaje.

Casi nueve años después, con el juicio oral en marcha en Río Gallegos, ese ruido sigue siendo la pieza más importante — y la peor entendida — del expediente. Este artículo se propone explicarla.

La pregunta sin responder

La causa por el hundimiento del ARA San Juan llegó a juicio con un agujero conspicuo: nunca se realizó una pericia técnica integral sobre los restos del submarino. Sobre esa ausencia se construyeron, durante años, dos relatos paralelos.

El relato oficial, sostenido por la Armada y refinado por la Comisión Bicameral del Congreso en 2019, describe una concatenación de fallas: ingreso de agua de mar al tanque de baterías Nº 3, cortocircuito, principio de incendio, operación con la mitad de la energía disponible en mar adverso, pérdida de control de plano e implosión al sobrepasar la profundidad de colapso del casco. “Normalmente estas cosas ocurren de manera multicausal”, declaró en marzo el contralmirante retirado Eduardo Pérez Bacchi durante el juicio. “No es una causa, sino una concatenación de causas”.

El relato alternativo, alimentado desde fines de 2017 por el peritaje del ingeniero Ariel Garbarz y por algunos analistas vinculados a la Red Federal de Investigación, sostiene que el submarino fue hundido por un ataque externo — uno o dos torpedos disparados por un submarino nuclear británico que habría estado vigilando la zona de exclusión alrededor de las Malvinas.

La diferencia entre ambos relatos importa, y mucho. Importa para los familiares de las víctimas, para la justicia que debe dictar sentencia, y para entender qué clase de país somos: uno donde un submarino se hunde por desidia institucional, o uno donde una potencia extranjera asesinó a cuarenta y cuatro marinos en aguas propias y nadie respondió.

La red que escucha los océanos

El ruido del 15 de noviembre llegó a la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares — la CTBTO, con sede en Viena — apenas unas horas después del evento. La organización monitorea el planeta con cuatro tecnologías complementarias: sismógrafos para detectar explosiones bajo tierra, sensores de infrasonido para detonaciones atmosféricas, radionucleidos para residuos nucleares en el aire, e hidroacústica para todo lo que pasa bajo el agua.

La parte hidroacústica es la más eficiente de las cuatro. Un sonido de baja frecuencia generado en el océano se propaga por una capa especial llamada canal SOFAR — situada a unos mil metros de profundidad — con tan poca atenuación que puede recorrer miles de kilómetros casi sin debilitarse. Por eso a la CTBTO le bastan once estaciones para vigilar los océanos del mundo.

Cada estación es en realidad un conjunto de tres hidrófonos suspendidos en el canal SOFAR, separados por unos dos kilómetros entre sí. Esa geometría — un “triplet” — permite no solo registrar el sonido, sino estimar la dirección desde la cual proviene mediante interferometría. Dos triplets distantes que captan el mismo evento alcanzan para localizarlo por triangulación.

El 15 de noviembre de 2017 dos triplets registraron el evento del Atlántico Sur: uno en Ascensión, llamado HA10, a unos seis mil kilómetros del epicentro; otro en Crozet, llamado HA04, a unos ocho mil kilómetros. La señal viajó durante una hora antes de llegar a Ascensión y casi dos horas hasta Crozet. Cuando los datos terminaron de procesarse en Viena, la organización pudo informar a la Armada Argentina la posición estimada del evento — una elipse de incertidumbre de unos trece mil kilómetros cuadrados con su centro muy cerca de la última posición conocida del submarino.

El experimento que casi nadie recuerda

Dos semanas después del siniestro, el 1 de diciembre de 2017, mientras los familiares de los tripulantes acampaban en Mar del Plata exigiendo respuestas, sucedió algo que la cobertura periodística pasó por alto: la Armada Argentina coordinó con la CTBTO un experimento técnico decisivo.

Una aeronave dejó caer una carga de profundidad — un explosivo submarino estándar, con peso, energía y profundidad de detonación conocidos al detalle — en una posición cercana al lugar del evento original. Los mismos hidrófonos de Ascensión y Crozet, sintonizados a las mismas frecuencias, registraron la explosión controlada.

Visto desde la perspectiva de un investigador forense, esto cambia todo. Una grabación aislada es difícil de interpretar: los algoritmos que procesan señales submarinas tienen incertidumbres considerables sobre la naturaleza, la profundidad y la energía de una fuente desconocida. Pero cuando se tiene una grabación de referencia — una fuente conocida en condiciones similares — el problema se simplifica radicalmente. Ya no hay que caracterizar el evento del 15 de noviembre desde cero. Hay que compararlo con el del 1 de diciembre.

Cuatro hallazgos, una conclusión

En 2021, dos equipos de investigadores publicaron en la revista científica Pure and Applied Geophysics los resultados del análisis comparativo. El primero, liderado por Julien Vergoz desde la sede técnica de la CTBTO en París, aplicó un algoritmo llamado PMCC — Progressive Multi-Channel Correlation, una herramienta estándar para discriminar fuentes acústicas múltiples — sobre los datos crudos de los hidrófonos. El segundo, encabezado por Peter Nielsen, comparó las señales del 15 de noviembre y del 1 de diciembre punto por punto.

Cuatro hallazgos se desprenden de esa comparación. Cada uno es interesante por separado. Juntos, son demoledores.

Primero: la naturaleza del evento

Las dos señales — la del submarino y la de la carga de calibración — tienen formas y duraciones similares. Ambas son lo que en jerga técnica se llama un evento impulsivo: una liberación de energía rápida y concentrada en pocos segundos, no un proceso prolongado como una erupción volcánica submarina o un colapso lento de talud continental. El San Juan no se desinfló: estalló o implosionó.

Segundo: la energía

La señal del 15 de noviembre fue más intensa que la de la carga de calibración — hasta ocho decibelios más fuerte en frecuencias bajas, lo que en términos de amplitud equivale a un evento dos veces y media más potente. El submarino liberó significativamente más energía acústica que la carga de profundidad estándar usada como referencia.

Tercero: la profundidad

Toda explosión o implosión submarina genera una burbuja de gas que oscila brevemente antes de colapsar. La frecuencia de esa oscilación — el llamado bubble pulse — depende de la presión hidrostática en el punto donde se produce el evento. A más profundidad, más presión, y más alta la frecuencia.

El bubble pulse del evento del 15 de noviembre fue de aproximadamente 4,4 hertzios. Aplicando una ecuación clásica de hidroacústica — la ecuación de Rayleigh-Willis — esa frecuencia se traduce en una profundidad estimada de unos 388 metros. La presión del agua a esa profundidad es de unos 39 bar, casi cuarenta veces la atmosférica.

Esa cifra coincide casi exactamente con la profundidad de colapso esperable del casco resistente de un submarino TR-1700 ya con limitaciones operativas. Y, crucialmente, no coincide con la profundidad típica de detonación de un torpedo moderno, que opera contra blancos a profundidades operativas mucho más comunes.

Cuarto: lo que pasó después

El hallazgo más revelador no fue el evento principal sino lo que vino detrás. En los quince minutos posteriores al estallido, los hidrófonos registraron trece arribos secundarios — trece eventos acústicos distintos, espaciados a lo largo del cuarto de hora siguiente.

Ningún arma antisubmarina conocida produce esa secuencia. Un torpedo pesado — el Spearfish británico, el Mk-48 estadounidense — detona una vez. Si la doctrina exige un disparo doble, los dos torpedos se separan por entre diez y treinta segundos, no por noventa, y no van seguidos por once eventos adicionales repartidos en quince minutos.

Lo que sí produce esa secuencia es un proceso que ya conocemos por simulaciones supercomputacionales: una implosión de casco resistente seguida por la fragmentación progresiva del submarino mientras desciende, y por el impacto sucesivo de los restos contra el fondo marino. Los grandes pedazos del SUSJ encontrados por Ocean Infinity en noviembre de 2018 estaban dispersos sobre ocho mil metros cuadrados de lecho oceánico a 907 metros de profundidad. La distribución de ese campo de escombros, leída en clave acústica, es exactamente la firma de los trece arribos secundarios.

¿Y el peritaje que decía lo contrario?

Durante años, la hipótesis del ataque externo se sostuvo en el peritaje del ingeniero Ariel Garbarz, director del Laboratorio de Seguridad de las Comunicaciones de la UTN. En diciembre de 2017 Garbarz informó al ministro de Defensa Oscar Aguad que la explosión había sido “externa al casco” del submarino. En agosto de 2018 ratificó esa conclusión ante la Comisión Bicameral del Congreso.

Garbarz nunca fue convocado por la justicia. Esa exclusión alimentó, comprensiblemente, sospechas de encubrimiento. Pero la pregunta técnica es otra: ¿se sostiene su análisis frente a la evidencia disponible hoy?

Tres elementos sugieren que no. Primero, Garbarz trabajó con los espectrogramas que la CTBTO publicó en su sitio web — gráficos de baja resolución temporal y espectral — y no con los datos crudos de los hidrófonos, que la organización entrega a los Estados firmantes que los pidan. La diferencia entre uno y otro material es comparable a la diferencia entre una fotografía publicada en un diario y el archivo RAW original. Segundo, no aplicó procesamiento PMCC ni análisis multi-triplet, que son las herramientas estándar para discriminar entre fuentes acústicas reales múltiples y trayectorias de propagación múltiples de una sola fuente. Y tercero, ante la propia Comisión Bicameral no pudo responder preguntas básicas de método sobre su triangulación, según consta en la documentación parlamentaria.

Esto no descalifica a Garbarz como profesional ni invalida su intuición inicial. Pero su peritaje de 2017–2018 hoy no puede sostenerse frente al cuerpo de literatura técnica posterior. Cualquier análisis serio del evento debe partir de Vergoz et al. y Nielsen et al., no del peritaje original.

Lo que un submarino bajo amenaza no hace

Hay una segunda línea de evidencia que el debate público pasó por alto: el comportamiento del propio submarino en sus últimas horas.

En la guerra antisubmarina hay reglas básicas que un comandante experimentado conoce de memoria. Un submarino que detecta amenaza hostil — un sonar enemigo activo, un ruido de hélice próximo, un transitorio mecánico de origen no propio — pasa inmediatamente a una condición conocida como EMCON estricto. Apaga emisores radioeléctricos, reduce velocidad para minimizar ruido propio, cambia profundidad y rumbo de manera errática para complicar la solución de tiro del adversario, y se mantiene en silencio acústico tanto como sea posible. La regla doctrinal es simple: bajo amenaza, hay que ser invisible e inaudible.

Lo que sabemos del ARA San Juan en sus últimas horas es exactamente lo opuesto. El comandante reportó la avería por teléfono satelital IRIDIUM. Salió a superficie para ventilar — la peor posición posible si hay un submarino enemigo cerca. Aceptó la orden de regresar a Mar del Plata navegando por superficie. Se comunicó hasta el último mensaje a las 07:19 del 15 de noviembre, y tenía planeado seguir comunicándose.

Estas no son conductas de un buque que se sabe amenazado. Son las conductas de un buque que está lidiando con una avería técnica seria pero no con un enemigo. El propio comportamiento del submarino, antes incluso del análisis hidroacústico, es difícil de reconciliar con cualquier hipótesis de ataque.

La pericia faltante: por qué la ventana ya se cerró

Llegado este punto, alguien podría preguntarse por qué — si la evidencia es tan clara — la justicia no resuelve la cuestión simplemente peritando los restos. La respuesta involucra una mezcla incómoda de límites técnicos y omisiones políticas.

Los restos del ARA San Juan yacen a 907 metros de profundidad, dispersos en un campo de unos ocho mil metros cuadrados sobre el lecho del Atlántico Sur. Una pericia forense seria — cartografía tridimensional del campo de escombros, análisis direccional de las deformaciones del casco, muestreo químico in situ para detectar residuos de explosivos militares como el RDX, el HMX o el PBX — exige medios que la Armada Argentina no tiene y que casi ninguna marina del mundo posee.

El paralelo con el ARA General Belgrano es ilustrativo. El Belgrano yace en el Banco Burdwood a unos cuatro mil metros de profundidad. Nadie en Argentina reclama hoy peritar sus restos para confirmar técnicamente lo que ya sabemos: que fue hundido por torpedos del HMS Conqueror el 2 de mayo de 1982. La ausencia de pericia no obedece a desinterés ni encubrimiento, sino a que la operación es inviable.

Pero hay un segundo elemento, técnicamente más importante. Aún si la operación fuera viable hoy, los residuos químicos de un eventual explosivo militar probablemente ya serían indetectables. Los compuestos como el RDX y el PBX se degradan en agua de mar fría a alta presión por hidrólisis, biodegradación bacteriana y disolución progresiva. La literatura sobre detección forense de explosivos en ambientes marinos sugiere que la ventana útil para muestreo concluyente se sitúa típicamente entre los doce y los veinticuatro meses posteriores al evento.

El submarino fue hallado en noviembre de 2018, exactamente un año después del hundimiento. El pedido conjunto de pericia integral — un caso poco habitual en derecho penal, firmado en un mismo escrito por la querella encabezada por Luis Tagliapietra y por las defensas de dos imputados — se presentó en junio de 2020. La causa estuvo trabada por razones políticas y administrativas exactamente durante el período en que la pericia química probatoria todavía podía haber producido resultados.

Esta distinción importa, y mucho. Mueve la responsabilidad desde lo técnico-presente hacia lo político-pasado, que es donde corresponde. Y aclara una cosa fundamental: la conclusión técnica del análisis hidroacústico no depende de esa pericia. La firma calibrada del IMS — la naturaleza impulsiva confirmada, la frecuencia del bubble pulse, la profundidad estimada de implosión, los trece arribos secundarios — es por sí sola suficientemente robusta. La pericia hubiera sido el sello probatorio definitivo. Su ausencia no convierte el caso en irresoluble.

El balance, en una tabla

Si se aplica el filtro doctrinal que cualquier oficial de guerra antisubmarina conoce — los cuatro elementos que un escenario ASW real deja inevitablemente: plataforma atacante detectable, trazado bilateral, firma de arma, restos forenses — el balance es el siguiente:

La columna del medio — “Ataque externo” — registra apoyo solo en una fila, y lo hace con calificación débil. La columna de la izquierda registra apoyo fuerte en seis. Es un veredicto, en términos forenses, bastante claro.

Lo que queda

Cualquier análisis honesto de un caso así debe terminar reconociendo lo que no se sabe y lo que no se puede saber. No se sabe con certeza absoluta cuál fue la cadena exacta de eventos entre las 07:19 y las 10:51 del 15 de noviembre de 2017 — el perito naval Gerardo Bellino, en informe incorporado a la causa, formuló cinco escenarios posibles y consideró “altamente probable” una combinación de ellos. No se sabe qué información de inteligencia británica o estadounidense permanece clasificada. No se sabe si una pericia hecha en 2018 hubiera arrojado evidencia material concluyente.

Pero hay cosas que sí se saben, y este artículo las ha descripto. La señal hidroacústica registrada por la CTBTO el 15 de noviembre de 2017, comparada con la señal calibrada del 1 de diciembre, leída con las herramientas técnicas correctas y publicada en literatura científica revisada por pares, es consistente con una implosión hidrostática del casco resistente del ARA San Juan a unos 388 metros de profundidad, seguida por la fragmentación progresiva de la nave durante su descenso final. No es consistente con un ataque por torpedos.

El ARA San Juan se hundió porque una serie de fallas técnicas, mantenimiento postergado por años y un mar adverso convergieron en una mañana de noviembre, y porque la tripulación — pese a su esfuerzo — no pudo contener la cadena de eventos que se desató esa madrugada. No fue un acto de guerra. Fue un acto de desidia institucional acumulada durante décadas, que costó cuarenta y cuatro vidas.

Esa es la conclusión técnica. La conclusión política — qué hizo o dejó de hacer cada cadena de mando antes, durante y después del siniestro — es lo que el Tribunal Oral Federal de Santa Cruz tiene que dictaminar en los próximos meses. La evidencia hidroacústica, al menos, ya habló.

Fuentes

Este análisis se basa exclusivamente en fuentes abiertas. Las principales son:

Literatura técnica peer-reviewed: Vergoz, J., Cansi, Y., Cano, Y., y Gaillard, P. (2021). Analysis of Hydroacoustic Signals Associated to the Loss of the Argentinian ARA San Juan Submarine. Pure and Applied Geophysics, 178. Nielsen, P. L. y otros (2021). CTBTO’s Data and Analysis Pertaining to the Search for the Missing Argentine Submarine ARA San Juan. Pure and Applied Geophysics, 178. Wei, X. y otros (2020). Implosion of the Argentinian submarine ARA San Juan S-42 undersea: Modeling and simulation. Communications in Nonlinear Science and Numerical Simulation.

Documentación oficial: Comunicados públicos y reportes técnicos de la CTBTO sobre el evento del 15 de noviembre de 2017. Informe final de la Comisión Bicameral del Congreso de la Nación Argentina (2019). Informe pericial del Capitán de Navío (Ing.) Gerardo Bellino. Peritaje del Ing. Ariel Garbarz (UTN, 2017–2018) y su declaración ante la Comisión Bicameral.

Cobertura del juicio oral: Tribunal Oral Federal de Santa Cruz, Río Gallegos (2026), incluyendo la declaración del contralmirante (R) Eduardo Pérez Bacchi en marzo de 2026.

Documentación periodística: Infobae, La Nación, Página/12, Perycia, MisionesOnline, Zona Militar y la entrada “Hundimiento del ARA San Juan (S-42)” de Wikipedia en sus versiones contrastadas.


domingo, 11 de enero de 2026

Argentina: Contactos nucleares del ARA San Juan en 2017

Contactos nucleares del 9 y 10 de julio de 2017

Basado en un posteo de Mariano Sciaroni


El 9 y 10 de julio de 2017, en plena inmensidad gris del Atlántico Sur, el ARA San Juan vivió uno de esos episodios que en la guerra antisubmarina quedan grabados más por lo que sugieren que por lo que permiten demostrar. A la altura de Puerto Deseado y a unas 250 millas náuticas de la costa —es decir, ya en un espacio donde el mar se abre y el “ruido de fondo” se vuelve un actor tan importante como cualquier buque—, el submarino argentino obtuvo dos contactos que fueron tratados como submarinos. El del día 9 aparece primero por “registrador” y luego por audio: esa secuencia, para quien conoce la rutina de un sonar, es casi cinematográfica. Primero la huella queda en el registro (la traza, el evento, el patrón que sobresale del ambiente), y luego el operador confirma con el oído entrenado: el sonido característico, el tono estable o el “rumor” mecánico que no se comporta como un buque mercante ni como una perturbación biológica. Que haya pasado de registro a escucha sugiere algo más que un eco distante: implica una situación de geometría viva, con ambos submarinos lo suficientemente cerca como para que la señal fuese útil, explotable, y digna de ser grabada con la expectativa de un análisis fino posterior.



   

El 10 de julio, el contacto tuvo un rasgo todavía más revelador: una variación rápida en la marcación (bearing). En sonar pasivo, la marcación es la brújula del cazador: no da distancia, pero sí dirección. Y su velocidad de cambio es, muchas veces, el primer indicio de “proximidad táctica”. Un blanco lejano tiende a moverse lentamente en azimut; cuando la marcación gira rápido, algo está pasando: o el contacto está cerca, o uno de los dos (el propio submarino o el contacto) está maniobrando con decisión, o ambas cosas a la vez. La lectura intuitiva es la que señalás: “si gira rápido, estaba muy cerca”, porque a igual velocidad relativa, el ángulo cambia más deprisa cuanto menor es la distancia. Pero en un análisis serio hay que sostener también la alternativa técnica: una maniobra del San Juan (cambio de rumbo o velocidad) puede “hacer correr” la marcación de un blanco a distancia moderada, y un cambio de capa acústica o de propagación puede intensificar o degradar el contacto en pocos minutos. Por eso estos eventos se tratan como piezas de un rompecabezas: no se interpretan por un solo síntoma, sino por el conjunto de síntomas (estabilidad del contacto, continuidad tonal, coherencia del DEMON/blade-rate si se lo trabajó, consistencia con tráfico mercante, etc.).





Que los contactos se tomaran con sonar pasivo era lo esperable y, de hecho, casi inevitable. El activo ilumina, pero también delata: en un escenario donde no se pretende escalar y donde el valor principal es “saber sin ser sabido”, el pasivo es la herramienta natural. Además, el pasivo permite algo crucial: grabar. Cuando se graba un contacto, se conserva el insumo para el trabajo “de laboratorio” que viene después: separación de banda ancha y banda angosta, búsqueda de líneas tonales estables (maquinaria, bombas, generadores), estimación de velocidad a partir de componentes periódicas (si el análisis lo permite), comparación con bibliotecas de firmas, y clasificación (submarino / superficie; militar / mercante; probable tipo). Ese “después” es donde, en condiciones normales, se decide si la hipótesis “submarino nuclear” es sólida o sólo una etiqueta preliminar. Porque conviene ser estrictos: desde lo técnico, pasivo por sí solo rara vez “prueba” nuclearidad; lo que puede dar es un conjunto de indicios (régimen sostenido alto, ciertos patrones mecánicos, calidad de maquinaria, firma tonal) que llevan a un “probable SSN” con mayor o menor confianza.




Estas son las pos del San Juan en la carta y la derrota posible del submarino de otro país, considerando la información que más o menos tenemos. Si hoy intentás reconstruir la escena en una carta, la lógica es la de la geometría de marcaciones: ubicás las posiciones estimadas del San Juan y trazás líneas de demora (bearing lines) para cada marca relevante del contacto. Con dos o más marcaciones tomadas desde diferentes posiciones del propio submarino —idealmente con algo de separación temporal y espacial— se puede armar un esbozo de “solución de seguimiento” (TMA, target motion analysis) aunque siempre con ambigüedades: sin distancia directa, muchas trayectorias pueden calzar con los mismos ángulos. Ahí es donde entra el dato cualitativo de tu relato: el cambio rápido de marcación del día 10, combinado con la obtención clara por audio, tiende a restringir soluciones absurdas y empuja hacia escenarios donde hubo cercanía táctica o maniobras marcadas. En criollo técnico: el contacto dejó de ser un rumor lejano y pasó a ser un problema de geometría inmediata, lo bastante “real” como para justificar grabación y posterior explotación. Y lo más inquietante es justamente lo que queda abierto: si esas grabaciones existieron y fueron elevadas para análisis, la conclusión —la verdadera,_toggle de inteligencia— no está en el momento del contacto, sino en lo que arrojó (o no arrojó) el trabajo posterior de clasificación. En guerra submarina, a veces el episodio más importante no es cuando “lo oíste”, sino cuando alguien, días después, te dice qué era lo que estabas oyendo.

¿De qué país era? Nuclear y en el Atlántico Sur, nos deja básicamente tres opciones. Británico (la más probable): elsnorkel.com/2010/05/enemig ; Estadounidense: en.mercopress.com/2021/02/15/fal o Ruso: elsnorkel.com/2013/01/submar . Veamos.

Contactos históricos en la Patagonia

En la Patagonia argentina, el mar tuvo momentos en que dejó de ser “fondo” y se volvió protagonista. Entre el 21 y 22 de mayo de 1958, y luego otra vez entre el 20 y 29 de octubre de 1959, unidades de la Armada Argentina que estaban en ejercitaciones detectaron contactos submarinos en zonas sensibles: primero en el Golfo Nuevo y después frente a Comodoro Rivadavia, con la fragata ARA Heroína y el refuerzo de los recién incorporados aviones Neptune de la Aviación Naval. Pero la secuencia que quedó grabada como una verdadera cacería se extendió del 30 de enero al 26 de febrero de 1960, también en el Golfo Nuevo: un contacto inicial, fortuito, derivó en persecuciones y ataques repetidos desde superficie y aire. Se intentó identificación, no hubo respuesta, y el comportamiento del intruso resultó tan desconcertante como técnicamente elocuente: parecía “ofrecer” el contacto en ciertos momentos, pero con superioridad de maniobra y velocidad buscaba arrastrar a los perseguidores mar afuera; cuando la persecución cruzó el límite de las 12 millas, se ordenó cortar, y aun así esa misma noche reaparecieron nuevos contactos dentro del golfo, alimentando la sospecha de más de un submarino. El patrón operativo terminó describiéndose por fases: una inicial de choque, una etapa evasiva con múltiples contactos breves (como si un submarino distrajera para aliviar a otro potencialmente averiado), un momento de escape hacia zonas menos “cómodas” y, finalmente, una fase de ausencia con rastrillajes metódicos. Hubo instancias de afloramiento parcial —lo suficiente para clasificar “positivo”—, y con el correr de los días se consolidó un perfil técnico: diesel/eléctrico, con snorkel, capaz de sostener 16 a 20 nudos en inmersión, dotado de buen sonar, con medidas de apoyo electrónicas (MAE/ESM) y la necesidad periódica de asomar la vela o parte de ella. En un teatro donde la mayor parte del tiempo se combate contra un eco, esas características no eran un detalle: eran la firma de una intrusión consciente, moderna para su época, que no buscó combatir ni hablar, sino resistir, confundir y desaparecer.



La explicación más inquietante no estaba dentro del golfo, sino en el mundo que lo rodeaba: la Guerra Fría empujaba submarinos oceánicos a mares “periféricos” para medirlo todo —temperaturas, salinidad, corrientes— y, sobre todo, para ensayar rutas y condiciones de operación futura. En ese tablero, los soviéticos ya disponían de submarinos de largo alcance clase Zulu (Proyecto 611), diseñados como oceánicos y capaces de campañas extensas sin reabastecimiento, con velocidades en inmersión del orden de los 16 nudos y equipamientos que calzaban con lo observado en Patagonia. Se registran campañas largas, con apoyos logísticos y misiones de recopilación ambiental y geofísica pensadas para facilitar operaciones posteriores en un Atlántico Sur considerado con defensas antisubmarinas relativamente escasas. Del lado estadounidense, el Atlántico Sur tampoco era ajeno: en 1958 se ejecutó Operación Argus con detonaciones nucleares atmosféricas desde una fuerza naval ubicada aproximadamente entre Malvinas y Ciudad del Cabo (un despliegue que razonablemente habría requerido vigilancia y seguridad submarina), y en 1960 el enorme USS Triton realizó su circunnavegación sumergida, con episodios de búsqueda de contactos y un itinerario que incluyó proximidad operativa al área y posterior navegación hacia el sur bordeando la costa argentina. En el propio Golfo Nuevo, incluso, se sumaron expertos de la U.S. Navy y se aportaron medios de detección y torpedos aéreos guiados, un dato que sugiere que, para Washington, aquello no era una anécdota local sino un evento técnicamente serio. Sin embargo, el enigma nunca se cerró con reconocimiento oficial de ningún país: quedaron croquis nocturnos, mástiles vistos contra la luna —¿periscopio, radar, snorkel?—, una estructura en proa interpretada como carenado sonar o como antenas de comunicaciones, y un detalle técnico casi “de manual” que alimentó hipótesis: ciertos submarinos soviéticos necesitaban aflorar para operar comunicaciones de alta frecuencia sin riesgos en acopladores y aisladores, algo que encajaba con la conducta observada. Por eso, cuando décadas más tarde el Atlántico Sur volvió a llenarse de silencios después de 1982, la sorpresa no fue que hubiera submarinos extranjeros: la verdadera lección era que la Patagonia ya había sido, desde mucho antes, un escenario real del ajedrez submarino global, donde lo único permanente es que casi nada se ve y casi todo se infiere.


Contactos británicos del tercer tipo

Años después de 1982, el Atlántico Sur siguió siendo un tablero con piezas visibles y una pieza invisible (El Snorkel). En la superficie, la presencia británica se sostuvo con un esquema casi permanente: un buque de combate (destructor o fragata), un buque logístico de la Royal Fleet Auxiliary y un patrullero con base en las islas, de modo que nunca faltara una “bandera” naval cerca de Malvinas y, si por rotaciones no estaba en estación, al menos hubiera una unidad lista para llegar en menos de dos semanas de navegación. Pero el verdadero núcleo disuasivo fue menos fotogénico: a intervalos regulares, un submarino de ataque se sumaba al dispositivo. Sus movimientos no se anunciaban; se filtraban lo justo para que el adversario supiera que, en cualquier crisis, podía haber un casco silencioso escuchando, siguiendo o cerrando una derrota. Cada vez que subía la tensión —por ejemplo, cuando se reactivaban polémicas políticas o económicas alrededor de los recursos en aguas circundantes—, la mera posibilidad de un submarino en patrulla funcionaba como mensaje estratégico: no se ve, no se discute, pero condiciona todo.


Corazón delator: El HMS “Sealion” arribando a Gosport, luego de su patrulla en Malvinas en el año 1987. Nótese el “Jolly Roger” con dos dagas –operaciones de comandos - y la bandera chilena, que indica que tocó un puerto de dicha nacionalidad en el camino de regreso. El “Sealion” fue dado de baja ese mismo año (Foto3: Chris Parfitt) 

La posguerra inmediata tuvo un clima raro, casi de “alto el fuego imperfecto”: la rendición en las islas no implicó, en términos estrictamente operacionales, que el continente quedara desarmado de un día para el otro, y esa ambigüedad alimentó una vigilancia británica intensa alrededor del archipiélago y también frente al litoral argentino. En ese marco hubo patrullas prolongadas de submarinos convencionales y nucleares, con misiones que rozaban la “semi-guerra”: permanecer cerca, recolectar inteligencia, y estar listos para reaccionar ante cualquier señal de recomposición ofensiva. El nerviosismo llegó a un punto álgido en mayo de 1983, cuando circularon temores de un posible raid argentino para el 25 de mayo y se reforzó el despliegue submarino, aunque el golpe nunca se materializó. Durante los años 80, los submarinos convencionales —especialmente los diesel-eléctricos de gran discreción acústica— fueron instrumentos finos de espionaje: patrullas largas, escucha de emisiones, observación por periscopio y aproximaciones que, para lograr ciertos avistamientos costeros, sólo podían hacerse entrando muy cerca y, en términos prácticos, cruzando límites sensibles de jurisdicción marítima. En paralelo, el submarino ofrecía algo más que sensores: podía ser plataforma para operaciones especiales, insertando o recuperando comandos (SAS/SBS) en litorales remotos; y el viejo lenguaje simbólico naval —el “Jolly Roger” con dagas— insinuaba ese tipo de acciones sin describirlas. Los convencionales, limitados por autonomía, podían apoyar la logística local atracando en instalaciones en las islas; los nucleares, con patrullas mucho más largas, rara vez necesitaban emerger y, cuando lo hacían, solía ser para visitas discretas a puertos “amigos” en la ruta.


HMS “Sceptre” en Simonstown, principios de abril de 2010. Nótese el pésimo estado del recubrimiento anecoico de la vela – similar estado al de su gemelo HMS “Spartan” en su visita a Río de Janeiro en 2005 (Foto1: The People’s Navy – South Africa)

En ese juego, la Armada Argentina buscó aprovechar las pocas oportunidades en que el velo se levantaba: cuando un submarino aparecía en superficie o transitaba por corredores previsibles hacia un puerto regional, se abría una ventana para “tocar” al intruso con medios antisubmarinos y, sobre todo, para medirlo. El objetivo técnico clave era capturar su firma: su huella acústica (tonales de hélices, maquinaria, ritmos característicos) y parámetros observables que alimentan una biblioteca de inteligencia naval y mejoran la detección y clasificación futuras. Hubo al menos un caso paradigmático: al conocerse que un submarino británico ingresaría en superficie a aguas territoriales argentinas en tránsito hacia Punta Arenas, se planificó una intercepción con aeronaves S-2 Tracker de la aviación naval antisubmarina, precisamente para registrar datos y firma acústica. Ese tipo de “contacto” no implica combate; implica ganar información en un dominio donde casi todo es negación y silencio. Con la baja de los últimos submarinos convencionales británicos, el problema tendió a concentrarse en unidades nucleares —más persistentes, más difíciles de forzar a exponerse— y el costado estratégico se volvió más serio: un submarino de ese tipo, además de vigilar, puede portar armamento de largo alcance, y su mera presencia cerca del litoral altera el cálculo político-militar. La conclusión operativa es directa: sin sensores, plataformas y doctrina antisubmarina sostenidas, el mar propio se vuelve un lugar donde el adversario entra, escucha y se va; con capacidades adecuadas, al menos se lo incomoda, se lo mide y se eleva el costo de cada patrulla.


Contactos norteamericanos en el Atlántico Sur

En el Atlántico Sur, donde la geografía parece fija pero la señal política cambia con un solo mensaje, un episodio reciente volvió a encender alarmas en Buenos Aires: desde la cuenta oficial del Comandante de la Fuerza de Submarinos del Atlántico de la Marina de EE.UU. (Comsublant), se informó que un submarino nuclear estadounidense —el USS Greenville (SSN-772)— había operado en mar abierto “con apoyo británico” y con colaboración de una aeronave asociada a Malvinas, mencionadas en ese mismo marco como “British Independent Overseas Territory”. En términos operacionales, el cuadro es claro: un SSN (submarino de ataque de propulsión nuclear) que patrulla en aguas internacionales y coordina con un medio aéreo —típicamente empleado para enlace, vigilancia, reconocimiento y apoyo a operaciones antisubmarinas— proyecta alcance, interoperabilidad y control del dominio submarino; en términos estratégicos, el gesto es aún más elocuente porque toma como punto de apoyo una base militar británica instalada en territorio cuya soberanía la Argentina disputa y que, además, se ubica en una región que el país reivindica como “zona de paz”. Esa combinación —submarino nuclear + soporte desde el enclave militar británico en Malvinas + lenguaje de “alcance global” y “dominación” del espacio submarino— fue leída en Argentina no como un hecho aislado, sino como una demostración de geoestrategia que trasciende lo bilateral y reubica el Atlántico Sur en el mapa de las grandes potencias.



La reacción argentina se articuló en capas, todas apuntando al mismo núcleo: presencia militar extrarregional y normalización del dispositivo británico en Malvinas. Cancillería expresó preocupación por la navegación de unidades “susceptibles de portar o emplear” armamento nuclear en el Atlántico Sur, invocando la Resolución 41/11 de la Asamblea General de la ONU sobre la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur (con su llamado a reducir y eventualmente eliminar la presencia militar externa y evitar la introducción de armas nucleares u otras de destrucción masiva), y recordó también el espíritu de la Resolución 31/49, que insta a Argentina y al Reino Unido a acelerar negociaciones por la disputa de soberanía y a abstenerse de adoptar medidas unilaterales que alteren la situación mientras dure el proceso. En paralelo, se reforzó el encuadre regional: se convocó a los Estados parte del Tratado de Tlatelolco y sus protocolos a preservar el estatus de desnuclearización militar en América Latina y el Caribe. Del lado estadounidense, la embajada en Buenos Aires buscó “enfriar” la lectura política: sostuvo que el Greenville realizaba una navegación rutinaria en aguas internacionales, sin escalas logísticas en la región, y que sólo colaboró con una aeronave británica mientras transitaba mar abierto. Aun así, la discusión interna escaló: el gobernador fueguino Gustavo Melella calificó el hecho como extremadamente grave —sobre todo por la denominación de Malvinas—, y el senador Jorge Taiana lo enmarcó como una violación de la Zona de Paz y Cooperación y como un acto que tiende a legitimar la ocupación, subrayando además el trasfondo antártico y la proyección global de poder naval. En la lectura de analistas, el episodio se acopló a una fricción previa: la visita frustrada del guardacostas estadounidense Stone durante una gira “Southern Cross” orientada a cooperación marítima e IUU fishing, cancelada por “problemas logísticos”, que dejó la sensación de una relación bilateral atravesada por señales operativas en el mar y respuestas políticas en tierra, con Malvinas siempre en el centro del encuadre.


viernes, 21 de julio de 2023

ARA San Juan: La razón por la que el buque estaba condenado desde su MLU



martes, 27 de septiembre de 2022

ARA San Juan: Lo hundió la política de defensa del kirchnerismo

Dedicado a los retrasados mentales de la secta K que buscan afanosamente sacarse de encima la responsabilidad del pésimo mantenimiento del ARA San Juan que derivó en la muerte de toda su tripulación. Ni olvido ni perdón. Cuando la chapuza gobierna, muertos se carga. Ningún país resiste al peronismo, es el culto del fracaso, la corrupción y la muerte.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Los submarinos y el Mar Argentino: Una necesidad vital

Submarinos Argentinos: una opción política y estratégica posible

Por Alejandro Kenny || Fundación Nuestro Mar





El Atlántico Sur es escenario obligado de un país de grandes dimensiones geográficas e históricas, que necesita del mar básicamente para comunicarse, extraer sus recursos, y transportar personas y bienes. Estas acciones las realiza por medio de plataformas que lo permitan, aunque también utiliza buques que naveguen para vigilar, monitorear, investigar, mostrar la bandera, proteger y mantener el buen orden en el mar, cooperando con otros actores que tengan los mismos intereses.

La República Argentina es uno de esos actores, que a lo largo de su historia ha procurado no sólo usar el Atlántico Sur, sino también influir y proyectarse estratégicamente a través de él. Y lo ha realizado desde los albores de la Patria a través de la ininterrumpida presencia de los medios de la Armada Argentina. Una política de Estado actual, enfocada en el mar, debería fortalecer la premisa de que la presencia del Estado en el mar es irreemplazable.

En el mar las fronteras son difusas, y la libertad de movimiento es mucho mayor que dentro de las fronteras terrestres. En tanto en la alta mar no hay restricciones a la libertad de navegación, y esos espacios abarcan sectores significativos del globo terrestre, en la zona económica exclusiva (ZEE), la libertad de navegación es sólo restringida para extraer recursos o investigar, y hasta en las aguas territoriales el paso inocente está permitido.

En el mar no hay edificios, ni puestos de vigilancia, ni banderas fijas, ni poblaciones atentas. Por ello, si un país ribereño desea proteger sus intereses en el mar, debe hacerlo principalmente con buques y aeronaves del Estado, que mantengan una presencia acorde a los riesgos. En relación con las actividades productivas, hay buques que básicamente transportan, mantienen la navegabilidad, investigan, o pescan.

También hay estaciones fijas de extracción de hidrocarburos y hay satélites que pueden observar. Pero para que las actividades productivas puedan realizarse por quien corresponda, el Estado debe poder materializar su presencia en el mar, como acción ineludible de un país ribereño de envergadura, que por añadidura se encuentra en un lugar de confín, junto a otros países del Cono Sur. Por otra parte, el Atlántico Sur es un lugar remoto, alejado de los principales centros del poder mundial.

¿Pero el Atlántico Sur es estratégicamente importante? La respuesta surge del interés que demuestran, o del valor que le asignan, los actores que se manifiestan. Por ejemplo, a instancias de Brasil, el Atlántico Sur es considerado como Zona de Paz y Cooperación desde 1986.

Análogamente, las expresiones “Amazonia Azul” y “Pampa Azul” son una demostración del interés por parte de Brasil y Argentina respectivamente. Pescadores de China, España, Corea del Sur y de otros países, muestran con su accionar su interés en los recursos pesqueros, especialmente los del área adyacente a nuestra ZEE continental. El interés se manifiesta también a través de la posesión de las Islas del Atlántico Sur, tales como Isla Ascensión, Isla Santa Elena, Isla Bouvet, Isla de Gough y el grupo Tristán de Acuña. Las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur son también denominadas Islas del Atlántico Sur.

Salvo Bouvet que pertenece a Noruega y las islas antárticas, tales como las Islas Orcadas, que permanecen bajo el paraguas del Tratado Antártico, todas las demás islas están hoy bajo administración del Reino Unido.

El Atlántico Sur pareciera entonces ser estratégicamente importante para el Reino Unido, quizá por la posibilidad de extender desde distintas posiciones, jurisdicciones soberanas sobre el mar, y por poder proyectar su interés sobre la Antártida.

¿El Atlántico Sur es estratégicamente importante para nuestro país? Si la perspectiva fuera desde los fines, aquellos que establecen el mapa bicontinental que por Ley indica que el centro geográfico de la República Argentina se encuentra ahora en la Tierra del Fuego, podemos afirmar que el Atlántico Sur junto al territorio, es innegablemente nuestro lugar estratégico.

Si la perspectiva se centrara en los medios, para inspirar respeto y lograr aquellos fines, debemos reconocer que estamos muy lejos de poder alcanzarlos. Las alternativas son entonces, adecuar los fines –reduciéndolos– o bien adecuar los medios, incrementándolos, o haciéndolos existentes.

Instrumentos para materializar la presencia del Estado en el mar

Los sistemas y equipos para la obtención de información sobre lo que acontece en la superficie del mar, basados en satélites, aviones y buques, constituyen los primeros medios que surgen en la contabilidad de los instrumentos necesarios.

Los buques en particular son insustituibles, porque además de poder observar con sus sensores, pueden hacer flamear un estandarte, mostrando inequívocamente que representan a un Estado. Además, los buques pueden replicar o dar respuesta con premura, a cualquier ofensa o alteración del buen orden en el mar. Los buques, de esta forma, dan muestra de la presencia del Estado, e inspiran respeto a ese Estado. Para tener buques en el mar se requiere de quienes los construyan y de gente de mar para que los tripulen.

Ambos son imprescindibles y no cuestan poco. Se requieren recursos y tiempo para conseguir que un buque sea botado, o que la gente de mar que lo tripula sea formada apropiadamente para que pueda adaptarse al ámbito marítimo, sometido a menudo a las grandes fuerzas de la naturaleza.

Los submarinos, esa clase particular de buques

La relativamente breve historia de los submarinos en el mundo y en nuestro país, permite sopesar y apreciar el potencial estratégico de este formidable ingenio del hombre.

En los enormes espacios marítimos del Atlántico Sur, y si fuera necesario, más allá de ellos, los submarinos también pueden influir hoy con su existencia y su operación profesional. Los submarinos –a diferencia de los buques de superficie– no se muestran ni “muestran la bandera”, porque su presencia es sigilosa. No son visibles, porque son diseñados para navegar bajo el agua, ser discretos y accionar por sorpresa.

O sea, para no ser detectados. Pero, por el solo hecho de estar en el inventario de las fuerzas armadas de un país, los submarinos representan una capacidad a ser considerada. Es que inspiran respeto y hasta pueden representar un desafío o amenaza para otros buques de superficie o submarinos. Si generalizamos, su propósito principal es negar el uso del mar, a quienes pudieran desafiar o amenazar los intereses nacionales. En lenguaje actual, son armas Anti Acceso (A2) y de Negación de Área (NA), y como tales, quizás las más representativas de esas estrategias.

Su diseño los hace versátiles para cumplir misiones particulares, que abarcan no sólo la capacidad potencial para destruir otros buques –con torpedos, misiles o minas–, sino también para obtener y registrar información sin ser vistos –sea de costas hostiles, o de plataformas fijas y móviles–, o para incursionar desde el mar con la finalidad de bloquear, lanzar misiles, dar un golpe de mano, o rescatar lo que haga falta. Se afirma entonces que los submarinos son plataformas estratégicas, en principio porque son disuasivas y porque sus acciones tácticas pueden tener efectos estratégicos, que favorezcan, mantengan o perjudiquen los más importantes intereses de otros actores.

Pero también porque son diferenciales, ya que pueden enfrentar con éxito a una fuerza naval, y porque la diferencia entre tener y no tener submarinos, es mayúscula. No importa si su propulsión es nuclear, convencional, independiente del aire, con baterías plomo ácido o de litio.

Si están bien tripulados y mantenidos, siguen teniendo esas características esenciales, que los hacen potencialmente letales para quienquiera que navegue con pretensiones de dañar, sea o no poderoso. Actualmente, el modo normal de navegación de los submarinos es en inmersión.

Esta obvia característica se debe al diseño del casco –preparado especialmente para esa condición– que les otorga mayor velocidad y una mejor maniobra bajo el agua. Pero también les permite operar bajo cualquier condición meteorológica y sin apoyo, aunque las peculiaridades del mar y su entorno influyen en su operación.

La temperatura, densidad y profundidad de las aguas, el relieve y la composición del fondo, la vida marina, las corrientes y mareas, el tránsito marítimo, las actividades pesqueras, la presencia de hielos, las condiciones atmosféricas y magnéticas, y la composición y gradiente de las costas, facilitan o dificultan la operación de los submarinos y la posibilidad de ser detectados.

Esto es así, porque son factores que en mayor o menor medida afectan a la propagación del sonido. Esta propagación, a pesar de los adelantos tecnológicos, continúa siendo “de todas las formas de radiación conocida, la mejor bajo el agua”.

Por su parte, la opacidad del mar es la que permite que los submarinos sean todavía invisibles, en tanto el sonido hace que puedan detectar a otros buques a grandes distancias, mientras evitan ser detectados por ellos, por aeronaves u otros dispositivos.

El reconocimiento del medio marino por parte de los submarinos es entonces prioritario, no sólo para poder adiestrarse, o cumplir una misión particular asignada que implique realizar operaciones de control o de combate, sino también por seguridad náutica, porque la navegación en inmersión conlleva riesgos. Otra peculiaridad interesante de los submarinos es que la Convención del Mar de 1982 ha limitado en muy pocos casos su navegación en inmersión.

Por supuesto que un submarino no puede navegar sin autorización en ninguna condición, en las aguas interiores de otro país, pero puede hacerlo en sus aguas territoriales, en paso inocente, aunque sólo en superficie y mostrando su bandera.

Adicionalmente, aun cuando la Convención no lo prohíbe, y precisamente por ello, los submarinos gozan del derecho de tránsito rápido e ininterrumpido en ciertos estrechos, en su modalidad normal de navegación (es decir, en inmersión).

Por otra parte, submarinos de cualquier nacionalidad pueden transitar en inmersión la ZEE argentina, sin pedir autorización ni debiendo proporcionar información sobre su posición. Recíprocamente, los submarinos argentinos pueden navegar en inmersión libremente en todas las aguas donde la Convención del Mar no restringe, o sea como mínimo en las ZEE de cualquier país y por supuesto en la alta mar, que abarca grandes extensiones del globo.

Los submarinos y los submarinistas

Los submarinistas son gente de mar que se ha formado para tripular, operar y mantener este tipo particular de buques. Deben habituarse a vivir durante períodos prolongados, junto con otros tripulantes, dentro de un espacio estrecho con una atmósfera compleja, que requiere sistemas para controlar y purificar el aire. Las navegaciones frecuentes y prolongadas les permiten habituarse y adaptarse, como parte ineludible de la vida a bordo.

El submarinista percibe al submarino como un lugar de riesgo, pero reduce esa condición, conociendo su buque en detalle, aceptando liderazgos o bien liderando, y sobre todo confiando en la capacidad del grupo para controlar peligros potenciales.

Ello se logra con una buena instrucción en tierra y frecuente adiestramiento en el mar, que abarque navegaciones prologadas, para llegar a convivir con los incidentes y desarrollar el instinto u “ojo marinero”, la resistencia a la fatiga y la resiliencia para superar las adversidades. Esto se hace de manera gradual y con los submarinistas experimentados acompañando a los bisoños, o sea a los oficiales y suboficiales que recién han logrado su capacitación como submarinistas.

La camaradería surge naturalmente y se hace más notable a medida que la experiencia se va aquilatando. Cuando un submarinista con muchas millas navegadas en inmersión, lo hace en un buque de superficie, se dedica a examinar juiciosamente el medio ambiente que lo rodea, especialmente si se encuentra en aguas restringidas, y observa la profundidad del lugar, las corrientes o el tipo de fondo, porque puede imaginar que se encuentra en inmersión, o piensa que alguna vez volverá a pasar por ese lugar con un submarino, y quiere capitalizar ávidamente toda la información que está obteniendo.

Para poder mantener la capacidad de transmisión intergeneracional de conocimientos y experiencia para operar submarinos y mantenerlos con seguridad y confianza, con una escuela de submarinos no alcanza. Se necesitan plataformas que permitan permanecer en el mar, para poder vivir in situ lo que significa navegar bajo el agua, empleando el buque en todas las condiciones establecidas de diseño.

También se requiere una infraestructura en tierra que brinde apoyo para mantener y reparar –con altos estándares de seguridad– el casco y los distintos equipos y sistemas de a bordo, sean periscopios, mástiles, torpedos, misiles, equipos electrónicos, máquinas, electricidad, baterías, sistemas hidráulicos, de compenso y balanceo, de aire comprimido u otros.

Que también permita almacenar sus repuestos, combustible y armas, y brinde facilidades en tierra para simular situaciones reales que faciliten la capacitación de los submarinistas en emergencias, en escape, en uso de sus armas, en los distintos tipos de maniobras para aproximarse, y en muchas otras habilidades necesarias para operar submarinos con apropiada actitud para el combate, si la situación así lo requiriera.

La experiencia más penosa

El Submarino A.R.A. “San Juan” naufragó e implosionó a las 1051 horas del 15 de noviembre de 2017 en aguas del Atlántico Sur, mientras se encontraba monitoreando lo que ocurría en alta mar, en el área adyacente a la ZEE argentina y sobre su plataforma continental, durante su tránsito de regreso desde Ushuaia, Tierra del Fuego. Su gemelo, el Submarino A.R.A. “Santa Cruz”, desde 2014 se encuentra en reparaciones demoradas, a la espera de decisiones. El Submarino A.R.A. “Salta”, de la clase 209, permanece amarrado y sin baterías, en el muelle de la Base Naval Mar del Plata, cumpliendo sólo funciones de simulador.

La eventual reparación de ambos, o tan solo de uno de los submarinos, representa un dilema de proporciones. ¿Vale la pena pretender ponerlos en valor, cuando su vida útil está próxima a finalizar? Con el transcurso del tiempo, a pesar de las esporádicas navegaciones que nuestros submarinistas puedan hacer en submarinos de países amigos, si no se establece un plan de desarrollo de medios, la experiencia y conocimientos en la operación y mantenimiento de submarinos, inexorablemente se perderá.

¿Cuánto es suficiente?

Para revertir la situación actual y encarar un programa plausible de submarinos, se requiere una política sostenida y sustentable, apoyada en los profundos conocimientos técnicos y en la experiencia aquilatada en la Armada Argentina a lo largo de su historia.

También debe apoyarse en la experiencia de profesionales de la industria naval específica, del ámbito público y privado, nacional y extranjero, que podrían apuntalar un desarrollo renovado y serio de esa industria, y la consiguiente generación de empleos calificados, necesarios para la construcción, y también para el mantenimiento de submarinos.

El proceso de selección de opciones posibles debe tener en cuenta muchos aspectos, en particular los éxitos y fracasos del pasado, el posicionamiento estratégico, las lecciones aprendidas, las recomendaciones que los propios submarinistas hayan elaborado institucionalmente a lo largo del tiempo, y el estudio y análisis de aquello que esté disponible en un mercado muy restringido, pero aun así competitivo. No hay fórmulas exactas para responder a la pregunta siempre lógica y necesaria de “cuánto es suficiente”. Más aún si los recursos disponibles son escasos.

La historia de los submarinos en nuestro país comenzó en 1933 con la llegada de tres sumergibles nuevos, construidos en Taranto, Italia. Luego, al inicio de los 60 continuó con la incorporación de dos sumergibles usados estadounidenses clase Flota, al inicio de los 70 con dos submarinos usados estadounidenses clase Guppy, a mediados de los 70, con la incorporación de dos submarinos nuevos de origen alemán clase 209, y finalmente culminó con dos submarinos nuevos clase TR 1700, construidos en Emden, Alemania, que fueron recibidos en nuestro país a mediados de los años 80. En la transición entre generaciones diferentes de submarinos, muchas veces se superpusieron dos pares en servicio, los que podían ser mantenidos y tripulados, aun cuando pertenecieran a diferentes clases.

Esta es una muestra que hace razonable mantener en servicio tres o cuatro submarinos. Otro fundamento indica, que para mantener de manera sostenida un submarino en un área o zona de patrulla, se requiere otro en tránsito de ida, y otro en tránsito de regreso, reparaciones o mantenimiento.

Las distancias en el Atlántico Sur son considerables y cualquier despliegue requiere tiempo para llegar al lugar de la acción, porque los submarinos convencionales son lentos en sus desplazamientos. Pero una vez en el lugar, pueden obtener información, registrarla, y transmitirla sin ser detectados, y dar respuesta apropiada a las acciones de intrusos que lo merezcan.

Sus grandes fortalezas son el sigilo con el que actúan y el tiempo prolongado que pueden permanecer en un área o zona de patrulla. En definitiva, pueden disuadir, a actores poderosos o a actores menores, de realizar acciones contrarias a los intereses de nuestro país, con la variedad de misiones que los submarinos pueden llegar a cumplir.

Acorde a las razones esgrimidas, nuestro país debería contar con tres (o cuatro) submarinos convencionales nuevos o usados, y en este caso con una vida útil remanente de al menos 20 años. El modelo a elegir debería ser uno ya experimentado, de unas 2000 toneladas de desplazamiento en inmersión, con una planta propulsora eléctrica, con baterías de buen rendimiento, con capacidad de lanzamiento de torpedos y eventualmente de misiles.

No se deberían pretender equipos y sistemas demasiado modernos o sofisticados que encarezcan innecesariamente la plataforma, ya sea en cuanto a su sistema de propulsión, máquinas térmicas, sonares y otros sensores, sistema de control tiro, periscopios, o sistemas de comunicaciones.

Sí son condiciones esenciales, que tenga una buena autonomía y sistemas probados de seguridad. Si fueran usados, no deberían tener entonces demasiados años de servicio desde su botadura, y los estándares de mantenimiento del país vendedor, deberían ser suficientemente estrictos.

Una transferencia de submarinos de este tipo constituiría una estrategia de cooperación militar, enmarcada por una relación histórica con el país proveedor. Por esa razón, parecería que podría realizarse, si se poseen intereses y hasta un destino común en el Atlántico Sur. Finalmente, la solución que se adopte –por su trascendencia estratégica– va a ser seguramente incluida en los planeamientos de diseño de fuerzas en elaboración, brindando la oportunidad para una política a ser llevada a cabo desde los más altos niveles de gobierno, que permita poder contar en algunos años, con submarinos y submarinistas argentinos que naveguen en el Atlántico Sur, haciendo presente al Estado, y monitoreando, protegiendo y haciendo respetar los intereses argentinos en el mar y desde el mar.

(CA (R) ALEJANDRO KENNY – BOLETÍN DEL ISIAE / CARI) #NUESTROMAR

domingo, 17 de noviembre de 2019

ARA: ¿Qué futuro le depara a la Fuerza de Submarinos?



¿Tiene futuro la Fuerza de Submarinos argentina?

El Snorkel

 

Se presume si eventualmente se diera la baja, que la Armada y la Agencia de Administración de Bienes del Estado (AABE) procedieran posteriormente a liquidar como chatarra al ARA “Santa Cruz”


El día 18 de octubre de 2019, en una nublada ceremonia dentro del Complejo Industrial Naval Argentino (CINAR), no tanto por el clima sino por los ojos de sus tripulantes y ex tripulantes, la Armada Argentina oficialmente recordó la afirmación del pabellón del submarino S-41 ARA “Santa Cruz”, en su 35 aniversario, con el Capitán de Fragata Diego Daffunchio como ultimo comandante.
¿Por qué ultimo comandante? Aun no se ha determinado su reemplazo y fuertes rumores hablan de un probable pase del submarino a situación de reserva.
La nave submarino de 37 años de edad fue, al momento de su botadura, el submarino mas grande construido en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Herida de muerte con el hundimiento de su submarino hermano, S-42 ARA San Juan, en noviembre 2017, no encontró la forma de completar sus trabajos de reparación mayor, suspendidos también en 2017 y que encima habían sido declarados como retomados en febrero 2019, de parte del propio ministro Oscar Aguad.




Por lo tanto, cuesta creer en recientes expresiones acerca de la iniciativa de incorporar nuevas naves, sea de parte de la Armada Argentina como del propio Ministerio de Defensa. Distintas versiones sostienen desde el hecho de descartar de plano problemas en su diseño, así como la incomodidad de mantener un sistema de armas costoso y exclusivamente ofensivo, en tiempos faltos de definidas hipótesis de conflicto, la cual mostro sus deficiencias al momento de analizar el naufragio del ARA San Juan tanto por falta de adiestramiento, mantenimiento y modernización.
En estos últimos días, se han dado avances en la causa federal a cargo de la jueza Marta Yáñez, la cual llamo a indagatoria a los tres oficiales que considera responsable en autorizar la ultima zarpada del ARA San Juan con su posible imputación y procesamiento debido al incumplimiento de deberes como funcionarios públicos. No se descarta tampoco acciones sobre funcionarios del Ministerio de Defensa, inclusive el propio Aguad. Por lo pronto, la primera indagatoria realizada al capitán de corbeta Jorge Andrés Sulia, ex jefe de Logística del Comando de la Fuerza de Submarinos (COFS), no deja de agitar las aguas en esta polémica ya que el mismo se presento sin su abogado y se negó a declarar.

Se presume si eventualmente se diera la baja, que la Armada y la Agencia de Administración de Bienes del Estado (AABE) procedieran posteriormente a liquidar como chatarra al ARA “Santa Cruz” junto a los componentes de otros dos submarinos que quedaron sin completar en el astillero, de un proyecto original de 6, dos de ellos construidos en Alemania y cuatro a construir en la Republica Argentina.

Se desconoce el futuro del submarino ARA Salta actualmente en servicio, aunque no se descarta que sufra el mismo destino, lo que pone en jaque la propia existencia del Comando de Fuerza de Submarinos, basado en la Base Naval Mar del Plata (BNMP), del cual también depende la Agrupación de Buzos Tácticos (APBT).

Una propuesta concreta seria incorporar dos submarinos clase 209 de la armada sudafricana, según publicaciones brasileñas, Polonia estuvo analizándolos y a los submarinos brasileños también ofrecidos a la Armada Argentina. Según un portal sudafricano de defensa, los submarinos SAS Charlotte Maxeke y Queen Modjadji I carecen de la financiación necesaria para ser recorridos y devueltos a servicio, en medio de una severa crisis presupuestaria.



No serian estas las únicas alternativas, muchos otros buques en corto plazo estarán fuera de servicio tales como los Ula noruegos, aunque de mucho menor desplazamiento o los Dolphin israelíes de primera generación, aunque con mayor complejidad política para realizar la transferencia considerando el proceso de financiación y ayuda contemplado por Alemania para la Marina Israeli

Publicaciones recientes han destacado el avance en las negociaciones de alto nivel entre Brasil y Perú para concretar un acuerdo de intercambio, por el cual Perú entregaría un buque multiproposito tipo “Makassar” modificado tal como el BAP Pisco, construido por el astillero SIMA Peru para la Marina de Guerra del Peru a cambio de los submarinos clase Tupi, Timbira y Tapajo, que la Marinha selecciono como disponibles para la venta.



Los submarinos sudafricanos, a diferencia de los disponibles en Brasil, fueron construidos en este mismo siglo y cuentan con sistemas de combate mucho mas avanzados, lo que los hace muy atractivos. Contando con las capacidades sea para financiar los trabajos o realizar el traslado al país, de contar con el apoyo político necesario, tales unidades podrían devolver capacidades de combate y disuasiva al mas bajo costo posible a la Armada Argentina.


Agradecemos al Autor por compartir este material con elSnorkel..com
Autor: Federico Luna

martes, 23 de julio de 2019

Opinión: La necesidad de reforzar las fuerzas armadas

La Argentina está en peligro: es necesario recuperar las Fuerzas Armadas 

Jorge García Mantel ||  Infobae
Ex director nacional de Planeamiento y Estrategia del Ministerio de Defensa de la Nación (enero 2016-mayo 2019) y actual integrante de la Mesa de Conducción Nacional del Frente NOS



Imagen del desfile militar del 9 de julio (Gustavo Gavotti)

El terminal estado de nuestras Fuerzas Armadas en cuanto a equipamiento, adiestramiento y salarios, descripto con mucho detalle por el fiscal Di Lello en su lapidario informe de septiembre de 2018, "El problema de la defensa nacional" (que sorprendentemente no encontró responsables políticos), elevado al Comandante en Jefe de las FFAA y Presidente de la Nación, al Ministro de Defensa, al Jefe de Gabinete de Ministros y a los Presidentes de las Comisiones de Defensa del Congreso, no ha logrado preocupar a nuestros dirigentes políticos oficialistas u opositores.

Tampoco logró preocuparlos la tragedia del ARA San Juan (producto del deterioro expuesto por el fiscal) ni la realización de la Cumbre de Líderes G20, donde la Argentina tercerizó su defensa soberana por carecer de medios aptos. Tampoco la presencia de una base espacial china en Neuquén de uso dual (civil-militar), que sí preocupa a Estados Unidos y a otros países.

Tengamos en cuenta también, como antecedentes lejanos y recientes, que la ley de reestructuración de las FFAA de 1998 nunca se puso en práctica porque significaba "invertir", que del Plan de Capacidades Militares del año 2011 que preveía equipar por 8.000 millones de dólares en 20 años sólo se cumplió en un 3,5% y que la actual administración no ha logrado desarrollar en casi 4 años ni siquiera otro Plan de Capacidades Militares para revertir la situación de indefensión.

El porcentaje del PBI asignado a Defensa ha oscilado en los últimos 20 años entre el 0,8 y el 0,9%, uno de los bajos del mundo entre el 88% de los países que tienen FFAA. Este año incluso está por debajo de esos niveles, y es el peor de la historia en materia presupuestaria. Los países de la región promedian el 1,6/1,7% en el período considerado. En este sentido, es importante resaltar que Estados Unidos "castigó" a Japón luego de la Segunda Guerra Mundial, imponiéndole como límite de gastos en defensa el 1% del PBI.

Lo antes expresado no hace más que reafirmar la nula importancia y/o el "castigo" que la clase dirigente argentina le da al sistema de defensa, muy especialmente desde el año 2003, y cuya columna vertebral son las FFAA.

Para dar una idea numérica concreta de las necesidades de la defensa nacional, debo decir que debería otorgarse como mínimo el 1,5% del PBI a partir del año 2021 y que para un plan de equipamiento de mediano plazo que recupere las innumerables capacidades perdidas, se necesitan 10 mil millones de dólares en un lapso de 10 o 12 años. ¿Resulta una cifra inalcanzable invertir entre 800 y 1.000 millones de dólares en los próximos años? En este sentido, la clase dirigente de todos los signos insiste en repetir como "dogmas de fe intocables" tres falacias:
  • Hay que reforzar el control civil de las FFAA.
  • Hay otras prioridades económicas más acuciantes que la defensa nacional.
  • Las FFAA están sobredimensionadas.
Esto demuestra dos cosas. Por un lado, y yo diría en una proporción menor, una supina miopía e ignorancia geopolítica. Por otro lado, y de manera mayoritaria, encierra una enorme carga política-ideológica, que a través del interminable ahogo presupuestario quiere mantener a las FFAA de la Nación débiles "por las dudas", como a los prisioneros de guerra. No existe un destrato igual de la clase dirigente con su brazo armado, durante tantos años, en ningún otro lugar del mundo. Una antipolítica de Estado.

La primera falacia cae por su propio peso: no hay FFAA en el continente americano más subordinadas al poder político. El Partido Militar se terminó hace varias décadas.

La segunda falacia no tiene fundamentos creíbles. El Estado tiene dinero. No lo tiene para la Defensa Nacional. El dinero de la corrupción, sólo en obras públicas, entre 2003-2015, fue de 36 mil millones de dólares. Las obras faraónicas nacionales sin demasiada fundamentación, como el soterramiento del Sarmiento o la proyectada Red de Expreso Regional (RER), cuestan 10 mil millones de dólares cada una, según estudios privados. Con lo expuesto, ya estamos hablando de casi cinco planes de reequipamiento de las FFAA. Le podemos agregar a esto que cobrar el 5% de impuesto al juego significarían 800 millones de dólares anuales aproximadamente, y que equiparar los presupuestos destinados a los parlamentarios nacionales argentinos con los españoles supondría un ahorro anual de 370 millones de dólares. Sólo son algunos ejemplos.

La última falacia es casi infantil. ¿Puede un país que debe defender por mandato constitucional y legal una superficie terrestre y marítima de aproximadamente 10,5 millones de kilómetros cuadrados seguir achicando sus FFAA? Un espacio que nos ubica entre los siete países más grandes del mundo y del cual sólo ejercemos soberanía plena del 41%: tenemos usurpados por el Reino Unido de Gran Bretaña el 23% y pretendemos disponer de derechos soberanos en nuestro sector antártico (fuente de recursos del mundo en el futuro), que equivalen al 36% del total antes mencionado. ¿Debe la Argentina, que es además uno de los ocho primeros países del mundo por el valor presente y futuro de sus recursos naturales (agua dulce, litio, tierras raras, gas, petróleo, alimentos y energías eólica, solar y marítimas, entre muchos otros) seguir debilitando su brazo armado? El mundo que se viene en el 2050 pasará de los actuales 7.700 millones de habitantes a 9.700, faltarán recursos naturales, energía y agua dulce, el inevitable cambio climático y el incremento de la pobreza hará estragos en muchos países obligando a migraciones masivas hacia territorios "vivibles" y semi vacíos.

El auge de los nacionalismos, sin dudas, consolidará su tendencia actual. En definitiva, las amenazas y los riesgos a los intereses nacionales serán cada vez mayores. Para terminar con esta tercera falacia, ¿son tantos los 50.000 efectivos del Ejército, los 18.000 de la Armada y los 14.000 de la Fuerza Aérea, con el agravante de que no tienen prácticamente reservas instruidas, frente a los 90.000 de la Policía de Buenos Aires, los 40.000 de la Gendarmería, los 32.000 de la Policía Federal y los 23.000 de la Prefectura, para defender a la Nación de ataques externos y colaborar con las Fuerzas de Seguridad contra el crimen transnacional?

En definitiva, hoy la Argentina es una "joya" mundial enorme, plena de recursos que faltarán en un futuro próximo y está indefensa. No tiene preparada a sus FFAA, la "última ratio" de cualquier país serio del mundo, para garantizar la existencia del Estado en el corto, mediano y largo plazo. Esto significa que no puede garantizar la soberanía e independencia de la Nación, su integridad territorial soberana, pretendida y usurpada, legada por nuestros antepasados, su capacidad de autodeterminación y tampoco la protección de la vida y libertad de sus habitantes. La irresponsable y premeditada asignación de recursos de nuestra clase dirigente de todos los signos políticos durante tantos años lo hicieron posible.