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domingo, 26 de abril de 2026

Malvinas: Hercules mata a Hercules

Hercules mata a Hercules






En aquel tiempo de guerra, en aquel 1982 que ya parece una fábula, la Argentina —una patria que soñaba con islas como quien sueña con espejos— ejecutó una de sus acciones más osadas y singulares en el conflicto del Atlántico Sur. Fue el hundimiento, no inmediato pero sí inexorable, del coloso marino "Hércules", un superpetrolero liberiano al servicio clandestino de la Royal Navy, por obra de un avión de transporte argentino —el “Hércules” TC-68— y un venerable bombardero inglés devenido criollo, el Canberra B-105.



Lo peculiar, y quizás borgeano, es que el hecho de armas fue negado, ocultado y más tarde confirmado en los tribunales de una potencia extranjera. No fue el humo de la pólvora ni el estruendo del impacto lo que determinó su veracidad, sino las palabras secas de un fallo judicial estadounidense que, veinte años después, otorgó a la Argentina la razón jurídica, moral y acaso metafísica: el blanco era válido, el ataque justo, y la historia —esa señora que a veces miente— debía contar esta verdad.

La operación nació del ingenio argentino y de su necesidad desesperada de asfixiar la logística enemiga. Los británicos, envalentonados por su armada, dependían de líneas de abastecimiento cada vez más frágiles. Tras el golpe sufrido el 25 de mayo —el hundimiento del Atlantic Conveyor—, la moral británica sufrió un mella invisible. Los planificadores argentinos lo comprendieron, y decidieron lanzar un ataque fuera de la zona de exclusión, esa línea ficticia que Londres había trazado en el mar, como quien dibuja con tiza en la arena del tiempo.


Mediante vuelos de exploración ejecutados por dos Boeing 707, se localizó un objetivo camuflado de neutralidad: el superpetrolero Hércules, que ya había completado su entrega de combustible y regresaba vacío, aunque mortalmente comprometido por su función previa. Fue entonces, el 8 de junio, que el bombardero Canberra B-105 y el “Hércules” TC-68 se alzaron desde Mar del Plata y El Palomar, y ejecutaron la operación. Las bombas impactaron con precisión, algunas explotaron, otras no. Una, en particular, de 227 kg, se alojó como un huésped siniestro en la bodega 2 del petrolero, amenazando con detonar en cualquier instante.



El Hércules, herido pero no vencido, huyó hacia Brasil. Allí encontró otro tipo de rechazo: el puerto de Río de Janeiro le negó entrada por temor a la explosión. Fondeado en altamar, entre el temor y la burocracia, fue condenado a un destino ineludible: el 20 de julio fue remolcado a aguas profundas y hundido deliberadamente para evitar un desastre ecológico. Así, no fue el mar quien lo tragó, sino el hombre, sellando un acto que había comenzado como una misión secreta y terminó como una página insoslayable de la historia argentina.

Este hundimiento —único certificado judicialmente en el conflicto— fue también el más colosal de todos: un navío de 220.000 toneladas, mayor aún que muchos acorazados de la Segunda Guerra. Y fue ejecutado por un C-130 transformado en bombardero y un Canberra exiliado de su cuna inglesa. Hay un cruce de símbolos —dos “Hércules” enfrentados, una nación pequeña golpeando desde el margen del mundo, la verdad revelada por el veredicto de jueces extranjeros— una ironía casi literaria.


El “Hércules” TC-68, que inauguró su servicio en la recuperación de las islas el 2 de abril, había sido preparado en secreto para esta misión. Su tripulación, nombres ya legendarios como Beltramone, Cano y Valle, transformaron el carguero en arma, adaptándolo con afustes portabombas y miras heredadas de otros aviones. Después de la guerra, sin gloria ni recursos, fue dejado en tierra por la incuria presupuestaria. Abandonado, despojado de motores, estuvo a merced del óxido y el olvido, hasta que fue resguardado como reliquia, acaso preludio de su resurrección o su momificación definitiva en un museo.

El B-105, por su parte, vino de Gran Bretaña como tantos personajes trágicos: fue primero un B.Mk-2 de la RAF, luego modificado para exportación, y finalmente asignado al Grupo 2 de Bombardeo argentino. Durante el conflicto, participó en múltiples misiones: desde incursiones sobre Monte Kent y la base Eagle, hasta bombardeos estratégicos y reconocimientos fotográficos. Pero su momento culminante, su página en el eterno Aleph de la guerra, fue el 8 de junio, cuando lanzó una bomba que no explotó, pero selló el destino del petrolero.





El juicio que siguió fue tan parte de la guerra como las bombas. En los tribunales del Distrito Sur de Nueva York, el armador y la empresa Amerada Hess —responsables civiles del Hércules— exigieron reparaciones por la pérdida de la nave. Pero los jueces, en el lenguaje terso del derecho internacional, dictaminaron que Argentina había actuado conforme al marco legal de la guerra. El superpetrolero, aunque fuera de la zona de exclusión y sin carga, había sido parte de una acción bélica y, por lo tanto, se convirtió en blanco lícito.

Así, la historia se cerró con una resolución inesperada: la justicia anglosajona confirmando la legitimidad de una acción argentina contra los intereses británicos. No hubo reparaciones, pero sí reparación simbólica. Fue, por tanto, una victoria no sólo aérea ni militar, sino también jurídica y moral.









En el epílogo, tanto el TC-68 como el B-105 fueron retirados. El primero, a la espera de su resurrección o su embalsamamiento en la memoria; el segundo, conservado como monumento en la BAM Mar del Plata, donde una vez alzó vuelo hacia la inmortalidad. Lo que queda no es solo el acto de guerra, sino la idea de que una nación, aún en desventaja, puede inclinar la balanza del destino con coraje, inteligencia y un poco de azar.




Y así, Argentina no solo hundió un buque; grabó una página en la historia con letras selladas por fuego, por burocracia y por una épica que Borges —ese amante de lo real y lo fantástico— tal vez habría reconocido como suya.








domingo, 12 de abril de 2026

Malvinas: El pecio del Marjory Glen

El Pecio del Marjory Glen




Tan sólo 4 días le restaban a la barca noruega Marjory Glen para llegar a su destino, el puerto de Río Gallegos, cuando se avistó humo saliendo de sus bodegas cargadas de carbón.  El 13 de Setiembre  de 1911 arribó a la rada exterior. El fuego se expandió al abrir las escotillas para combatirlo y, tras la muerte de dos tripulantes, el velero fue abandonado. El casco incendiado fue luego varado cerca de Punta Loyola, donde aún puede ser visitado. La fotografía fue tomada a mediados de la década de 1940 por Walter Roil, cuyo importante trabajo ha sobrevivido afortunadamente hasta nuestros días (W. Roil/Col. B. Roil)

Este pecio sería usado 71 años después para entrenar a los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina que irían a atacar a la flota británica en Malvinas.

domingo, 22 de marzo de 2026

Argentina: Guerrero, el padre del Cóndor II

Miguel Vicente Guerrero, el patriota que soñó una Argentina fuerte: vida, ciencia y soberanía del “padre” del Cóndor II







Hablar del Comodoro Miguel Vicente Guerrero es hablar de una de esas figuras argentinas extraordinarias que, aun habiendo entregado su inteligencia, su vocación y su vida al servicio de la Nación, no siempre recibieron en su tierra el reconocimiento que merecían. Militar, científico, estratega, docente y nacionalista, Guerrero fue mucho más que el principal impulsor del proyecto misilístico Cóndor II: fue un hombre convencido de que la Argentina debía desarrollar poder propio, tecnología propia y capacidad de defensa propia para dejar de depender de otros y actuar en el mundo con dignidad soberana.

Nacido el 26 de julio de 1943 en Caucete, San Juan, su vida quedó marcada desde la infancia por una tragedia nacional: el devastador terremoto de San Juan del 15 de enero de 1944. Guerrero fue sobreviviente de aquel desastre que destruyó la provincia y se llevó la vida de miles de argentinos, entre ellos dos de sus hermanas pequeñas. Esa herida temprana, atravesada por el dolor, la pérdida y la dureza de un país que tantas veces obligó a sus hijos a levantarse entre ruinas, parece haber forjado en él una fortaleza singular. Desde muy joven entendió que la vida exigía temple, sacrificio y misión.

Estudió con beca en el Liceo Militar de Mendoza y luego ingresó a la Fuerza Aérea Argentina, donde comenzó una carrera brillante. Se recibió como ingeniero electrónico y aeronáutico, egresado de la Escuela de Aviación Militar, y su desempeño sobresaliente lo ubicó rápidamente entre los oficiales más prometedores de su generación. En 1964, siendo alférez, viajó becado a los Estados Unidos para profundizar su formación. Años más tarde, en 1974, regresó para especializarse en tecnología misilística en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), una de las instituciones más prestigiosas del mundo, donde se graduó con altísimo mérito académico. Ese paso por el exterior no lo convirtió en un técnico al servicio de intereses ajenos: por el contrario, reforzó su convicción de que el conocimiento más avanzado debía estar puesto al servicio de la Argentina.


Guerrero fue ingeniero electrónico y aeronáutico, egresado de la Escuela de Aviación Militar

Guerrero pertenecía a esa rara estirpe de hombres que comprendían que la ciencia y la defensa nacional no eran mundos separados, sino partes de una misma tarea histórica. Para él, una Nación sin capacidad tecnológica propia era una Nación vulnerable. Y una Nación vulnerable, tarde o temprano, queda sometida a la voluntad de otros. Esa idea se volvería central en su obra.

Su nombre quedó para siempre asociado al proyecto Cóndor, y en especial al Cóndor II, uno de los mayores desarrollos tecnológicos alcanzados por la Argentina en materia estratégica. En las instalaciones de Falda del Carmen, en Córdoba, dentro de un complejo de altísimo secreto y bajo conducción de la Fuerza Aérea, Guerrero encabezó junto a técnicos, científicos y militares argentinos una empresa de enorme envergadura: desarrollar un vector con capacidad de proyección propia, que combinara aplicaciones espaciales, científicas y de disuasión militar.



El proyecto no surgió de la nada ni fue un simple capricho castrense. Respondía a una visión integral de país. Por un lado, buscaba dotar a la Argentina de capacidades para colocar satélites en órbita con medios nacionales, es decir, avanzar hacia la autonomía espacial. Por otro, ofrecía una herramienta concreta de disuasión frente a amenazas externas, especialmente tras la guerra de Malvinas, cuando quedó dolorosamente expuesta la brutal asimetría entre la Argentina y una potencia de la OTAN como el Reino Unido.


Miguel Vicente Guerrero en su época del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts), donde se graduó en 1974 en Tecnología Misilística

Guerrero comprendió con claridad algo que muchos dirigentes nunca quisieron entender: la recuperación de capacidad negociadora frente al ocupante británico no podía basarse solamente en declaraciones diplomáticas, sino también en la construcción de poder nacional. Su razonamiento era de una lógica geopolítica impecable. Si la Argentina contaba con un sistema capaz de representar una amenaza real sobre el dispositivo militar británico en el Atlántico Sur, Londres se vería obligado a incrementar de manera enorme el costo de sostener su ocupación en las islas. Y cuando el costo de una ocupación se vuelve demasiado alto, la política empieza a cambiar. No se trataba de un impulso temerario, sino de una estrategia de disuasión orientada a reducir la brecha militar y a sentar al Reino Unido a una mesa de negociación desde otra posición.

Por eso, con justicia, muchos lo consideran el “padre del Cóndor II”. Porque no fue un actor secundario ni un mero administrador: fue uno de sus cerebros centrales, uno de los hombres que le dieron dirección, forma y sentido estratégico a uno de los proyectos más ambiciosos de la historia tecnológica argentina.

Su trayectoria, sin embargo, no se agotó allí. Guerrero también fue presidente de la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE) y precursor de las telecomunicaciones satelitales argentinas, además de desempeñarse como docente universitario y más tarde como Decano de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del Salvador. Es decir, no solo pensó en la defensa: también sembró conocimiento, formó profesionales y ayudó a construir capacidades científicas duraderas para el país. Su patriotismo no era declamativo; era concreto, técnico, institucional y profundamente argentino.



Durante la guerra de Malvinas, además, revistó como Mayor de la Fuerza Aérea Argentina y tuvo participación en la planificación de misiones aéreas. Finalizado el conflicto, integró la Comisión Rattenbach, encargada de analizar responsabilidades y evaluar el desarrollo de la guerra. Había combatido, había pensado la defensa, había contribuido a la evaluación crítica posterior. Era, en definitiva, un militar íntegro: comprometido con la Nación antes que con las conveniencias del momento.


Búnker para el lanzamiento y control del misil Cóndor en Cabo Raso, Chubut.

Pero como tantas veces ocurrió en la Argentina con quienes se atrevieron a construir soberanía real, el destino de Guerrero terminó atravesado por la mezquindad política de una época. El proyecto Cóndor, que había avanzado significativamente y despertaba la preocupación de potencias extranjeras, fue finalmente desmantelado durante el gobierno de Carlos Menem, en el marco del alineamiento automático con Estados Unidos y Gran Bretaña. Los nombres de Domingo Cavallo, Guido Di Tella y las presiones ejercidas desde la embajada norteamericana quedaron asociados a aquella decisión que canceló uno de los desarrollos estratégicos más prometedores del país.


Estudió con una beca en el Liceo Militar de Mendoza y luego se incorporó a la Fuerza Aérea

No fue solamente el cierre de un programa: fue la renuncia deliberada a una posibilidad histórica de autonomía. Y como si eso no bastara, a Guerrero no se lo homenajeó por haber cumplido con excelencia la misión que el propio Estado le había encomendado, sino que se lo castigó con el pase a retiro, mientras los equipos de técnicos y científicos que habían hecho posible aquella proeza eran desarticulados. La paradoja fue escandalosa: la Argentina sancionó a uno de sus oficiales más capaces por haber tenido éxito en una tarea clave para el interés nacional.


La Asociación Civil Amigos de Cabo Raso fueron los promotores del homenaje y además construyeron un cenotafio en memoria del Comodoro Guerrero.

Aun así, Guerrero no claudicó. Y allí vuelve a aparecer la dimensión moral de su figura. Tras su retiro, recibió ofertas para continuar su carrera en los Estados Unidos, incluso en el ámbito académico. Habría podido elegir el prestigio exterior, el confort del reconocimiento ajeno o la comodidad de una vida desligada de las frustraciones argentinas. No lo hizo. Eligió quedarse en su país y volcar su conocimiento en la formación de nuevas generaciones. Fue docente, decano, director, maestro. Siguió sirviendo a la Nación desde las aulas y desde la ciencia, con la misma lealtad con la que había servido desde el uniforme.



Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre noble, brillante, sobrio y profundamente comprometido con la Patria. No era un improvisado ni un aventurero: era un profesional de altísimo nivel, un estratega serio, un científico respetado y un argentino convencido de que la soberanía no se mendiga, se construye. En tiempos de dependencia cultural, él defendía el desarrollo nacional. En tiempos de subordinación política, él pensaba en grande. En tiempos de resignación, él apostaba a una Argentina capaz.

Su fallecimiento, en agosto de 2019, pasó para muchos casi en silencio, como si la desmemoria nacional insistiera en repetir una de sus peores costumbres: olvidar a los mejores. Sin embargo, la figura de Miguel Vicente Guerrero resiste ese olvido. Sobrevive en cada argentino que entiende que no hay independencia sin ciencia, que no hay diplomacia eficaz sin poder propio, y que no hay futuro para la Nación si se desprecia a quienes trabajaron para hacerla más libre, más fuerte y más respetada.



Recordar al Comodoro Miguel Vicente Guerrero no es solo hacer justicia con un hombre excepcional. Es también recuperar una enseñanza central para la Argentina contemporánea: los países que renuncian a su talento estratégico, que castigan a sus patriotas y que entregan sin resistencia sus capacidades tecnológicas, se condenan a la impotencia. En cambio, los pueblos que honran a sus hombres de ciencia, a sus militares honestos y a sus constructores de soberanía, mantienen viva la posibilidad de ponerse nuevamente de pie.


El Cóndor II en su torre de servicio.


Miguel Vicente Guerrero fue uno de esos argentinos imprescindibles. Un sanjuanino marcado por la tragedia, formado en la excelencia, consagrado al servicio, protagonista de la defensa nacional, impulsor del desarrollo espacial y misilístico, y ejemplo de fidelidad a la Patria. Su vida demuestra que la grandeza argentina no es una nostalgia vacía: es una posibilidad concreta cuando aparecen hombres dispuestos a pensar, trabajar y sacrificarse por ella.



Y si la Argentina alguna vez decide reencontrarse con su destino de Nación soberana, industrial, científica y respetada, deberá volver la vista hacia figuras como la suya. Porque allí, en hombres como Guerrero, late todavía una idea de país que no se rindió jamás.


En el 2016 recibió una distinción por su carrera en la Fuerza Aérea

lunes, 16 de febrero de 2026

EA: Maniobras de la IV Brigada Paracaidista

Primera actividad de adiestramiento operacional del año de la IVta Brigada Aerotransportada del año con más de 600 lanzamientos en Córdoba



En el marco de su programa anual de adiestramiento, la IVta Brigada Aerotransportada, con la aerocooperación de la Fuerza Aérea Argentina, ejecutó una operación aerotransportada que incluyó 576 lanzamientos automáticos, 24 con apertura manual, lanzamientos de cargas preparadas y el despliegue de sus elementos en el terreno para la conquista simultánea de objetivos mediante el empleo de los distintos sistemas de armas combinadas.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Malvinas: Piloto Juan Domingo Bernhardt, la telepatía del hermano gemelo

En Rosario del Tala, de donde era oriundo el Halcón Juan Domingo Bernhardt, piloto de la Fuerza Aérea caído el 29 de mayo de 1982, se emplazó un avión M5 Dagger en su homenaje. El acto contócon la presencia de numeroso público, de camaradas del oficial, y de integrantes de su familia, entre los cuales se encontraba su hermano gemelo. El "Pollo" Bernhardt había cumplido varias peligrosas misiones atacando a la escuadra británica en el Estrecho de San Carlos. Pero en la última su hermano gemelo sintió una misteriosas conexión. El teniente coronel José Alberto Bernhardt habla sobre lo que ocurrió y también describen al "Pollo" como combatiente su jefe de Escuadrón, su jefe de Escuadrilla y un camarada.

domingo, 1 de febrero de 2026

Argentina: Familia de bombas FAS

Familia de bombas FAS

MachTres


FAS-250
 
Bomba frenada de 262Kg Pesos: total 262 Kg, explosivo: 96 Kg. Longitud: 216 cm. Rosca ojiva: 2 1/2" - 12 Un-2A. Rosca culote para amarre: M64x1,75-6H. Rosca culote para espoleta: M56x1,5-6H. Acople para espoleta lateral: 2 tornillos M4x0,7. Explosivo: TNT - Tritonal - H6. Anclajes: NATO y WP.

FAS-260


Bomba anti-pista Bomba retardada por paracaídas y acelerada por cohete. Peso: 37kg. Altura mínima de lanzamiento: 80 mts. Velocidad de lanzamiento: 350 a 500 kts. Penetración: 30 cm antes de explotar. Lanzadas en soportes de 9 o 18 bombas. Utilizada por: Lanzabombas con intervalometro LI-18B y LI-9B. Tamaño: Diámetro 10 cm, largo 180 cm.

FAS-280


Bomba  frenada de fragmentación de 34 Kg.  Bomba contra aviones en tierra, personal  y vehículos no blindados y ligeramente blindados. Peso: 34 Kg. Altura mínima de lanzamiento: 80 m. Velocidad de lanzamiento: de 350 a 550 kts. Cabeza Explosiva: 6 Kg de HE y 14Kg de material Fragmentable incluyendo estructura exterior de acero fragmentable en 1500 partes, 2400 bolillas de acero de 8 mm y 2g y 2000 de 9 mm y 3g. Penetración: Placa Blindada de 7 a 20 mm. Utilizada por: LI-18B, LI-9B. Dimensiones: largo 148,4 cm, diámetro 12 cm.

FAS-300 


Bomba Cluster de 250Kg En versiones: FAS-300A con 220 bombetasCAM-1 de los tipos AP, AT o INC con espoleta de impacto y FAS-300B con 88 bombetas con espoleta de retardo de hasta 52 h. Dispersión: 130mx450 (o 100x100m o 7850 m2 a baja altura) o 34.200 m2 o 58.500m2 según DGID. Velocidad de traslado: 600 kts. Velocidad de lanzamiento: 200 a 600 kts. Altura de lanzamiento: 60 a 5000 mts. Peso: 225Kg o 250Kg. Nota: La bomba es frenada y rotada por cohetes y fue fabricada por FM Fray Luis Beltrán. Utilizada por: A-4AR, OA-4AR, IA-58A, M-5A Mara, M-5F Dagger T, M-5F Finger IIIA dimensiones: largo 129,7 cm, diámetro 26,5 cm.

FAS-500

Bomba Cluster de 500Kg Prototipo. Con 1020 CAM 1 (AP y AT) o 176 MOR 1 (granada explosiva fragmentada) y 2 (granada explosiva prefragmentada).

FAS-800A

Bomba de fragmentación de 250 Kg 0 Dispersión: hasta 53.000 m2. 260x100 m. Fragmentos: 38.000 bolillas AP de 9 mm. Espoleta: De proximidad FAS 1020. Cola de Retardo: Puede llevar cola frenada CFP 250. A todos los efectos compatible con la Mk-82. Dimensiones: largo 216,6 cm, diámetro 27,3 cm. Peso: 250Kg . Velocidad máxima de traslado: 600Kts. Velocidad de lanzamiento: entre 250 y 500 Kts. 


FAS-800B

Bomba de fragmentación de 125 Kg Con bolillas AP de 9 mm, espoleta de proximidad FAS 1020 y opcionalmente cola Frenada CFP. A todos los efectos compatible con la Mk-81. Velocidad máxima de traslado: 600Kts. Velocidad de lanzamiento: entre 250 y 500 Kts.

FAS-850 DARDOS I


Bomba Stand-off de 250Kg 1 Prototipo de pruebas sin espoleta ni carga explosiva. La carga teórica serian 91 bombetas AP y AT por un total de 150Kg y un peso total de 250Kg. Alcance 13 Km. Velocidad de lanzamiento: 200-550 Kts. Velocidad de transporte: 600Kts. Dimensiones: largo 220 cm, diámetro 26,5 cm. Varias lanzadas. Primera fase de un proyecto para lograr un arma stand-off de más de 80Km de alcance.