Ni la Armada Argentina ni la Royal Navy se encontraban preparadas para la guerra en el Atlántico Sur. La ARA tenía en mente un conflicto regional contra Chile, la RN un conflicto global en el Atlántico Norte, donde operaría principalmente como fuerza antisubmarina y bajo cobertura OTAN.
El COAN (Comando de Aviación Naval) de la ARA dispuso todos sus medios aeronavales para el combate. Los probados A-4Q Skyhawk (con sus tácticas antibuque ensayadas hace tiempo), los nuevos Super Étendard con sus poderosos Exocet y hasta los Macchi MBB-339 de entrenamiento.
Cada escuadrilla tenía sus tácticas. Los Étendard atacarían a largo alcance y silenciosamente, los A-4Q con sus tácticas de atacar por divisiones, saturar al objetivo y lanzarle bombas frenadas Snakeye. Los Macchi atacarían con cohetes y cañones.
La RN se defendería con una defensa en capas, que los argentinos deberían atravesar para lograr impactar a las unidades capitales. Alerta temprana, radares, misiles de zona, misiles puntuales, guerra electrónica. De todo. Pero mucho de ello pensado para combatir soviéticos.
No hubo demasiado tiempo para adaptaciones. Se combatió como se entrenó. El 4 de mayo el COAN logró el primer golpe aeronaval, impactando al destructor HMS Sheffield con un misil #Exocet Un logro por un lado, pero no se impactó al objetivo deseado, a los portaaviones.
El COAN volvió a combatir el 21.5 en San Carlos. Primero el TN Crippa descubriendo con un Macchi el desembarco y dañando a la Argonaut. Luego los Skyhawk navales, atacando en dos oleadas a la Ardent, que se hundiría. Otra vez, un ataque "de manual".
El COAN volvería a atacar el 23.5 (dañado a la Broadsword en San Carlos) y con los Étendard (sin lanzar). El 25.5 los Étendard, aprovechando puntos ciegos de cobertura radar, lograrían impactar dos misiles al Atlantic Conveyor. No serían sus últimas misiones antibuque.
Ambos bandos combatieron con honor y profesionalismo. Esta es una historia de coraje bajo fuego, en un momento que la tecnología avanzaba, pero en el cual todavía la astucia y la destreza humana podían hacer una diferencia. FIN.
En Rosario del Tala, de donde era oriundo el Halcón Juan Domingo Bernhardt, piloto de la Fuerza Aérea caído el 29 de mayo de 1982, se emplazó un avión M5 Dagger en su homenaje. El acto contócon la presencia de numeroso público, de camaradas del oficial, y de integrantes de su familia, entre los cuales se encontraba su hermano gemelo. El "Pollo" Bernhardt había cumplido varias peligrosas misiones atacando a la escuadra británica en el Estrecho de San Carlos. Pero en la última su hermano gemelo sintió una misteriosas conexión. El teniente coronel José Alberto Bernhardt habla sobre lo que ocurrió y también describen al "Pollo" como combatiente su jefe de Escuadrón, su jefe de Escuadrilla y un camarada.
13 de Junio de 1982, 22:00 hs, cerro Tumbledown mirando al valle del arroyo de Moody Brook, a la izquierda el Longdon; enfrente el Regimiento 7 de Infantería de La Plata estaba recibiendo fuego intensivo desde hacía dos días el 11 y el 12 de Junio, era un infierno, estábamos unos cien metros en altura más arriba que ellos y allá a 5 Kms de distancia; día y noche el enemigo inglés no dejaba un centímetro sin castigar con fuego naval, artillería y morteros; estaba claro que preparaba el ataque sobre las alturas del Regimiento, de vez en cuando nos atendían a nosotros como para avisarnos que se vendrían luego hacia el Tumbledown. Debajo del Longdon el capitán Soloaga, héroe en la guerra que supo trasladar sus valores sanmartinianos a la paz, “se aferraba como una ostra” a las rocas; ellos ya estaban en combate resistiendo el cañoneo infernal al que eran sometidos día y noche; veíamos como espectadores privilegiados y azorados su resistencia, algunas patrullas se desprendían...; pero para sacar sus muertos y depositarlos en una ambulancia abandonada y empantanada en el medio del Valle y volvían al combate! El solo verlos marchar nuevamente a esa ducha de artillería, conmovía. Eran las 22 hs del 13 de junio, me llama el Capitán Zunino, jefe de la Compañía A Tacuarí del 3 de Oro, un capitanazo de aquellos para tenerlo de jefe en la guerra; nos convoca al Tte. Dobrovevic Jefe del grupo apoyo, al Tte. Mones Ruiz jefe de la 2da sección de tiradores, al Subte. Aristegui jefe de 3ra sección y a mi que era jefe de la 1ra sección.
“Debemos ir a apoyar al Regimiento 7 que está siendo atacado en aquella altura”.
No conocíamos el terreno sino por las vistas, nunca habíamos hecho un reconocimiento, ya que el día anterior nos habíamos desplegados en Tumbledown abandonando nuestras antiguas posiciones, no estaba previsto nuestro empleo en esa dirección, nos estábamos preparando para sostener nuestra posición contra el ataque que sería al otro día, sobre nuestras posiciones que no eran otras que unas pocas piedras bajas, ya que las palas Tempex que llevamos se rompieron antes de cumplir una semana; eran de aluminio roscado y la presión de la greda las hacía polvo, no teníamos con qué hacer pozos. Equipo.... manta y paño de carpa terciado, solo 5 cargadores. Infrarrojo... uno solo, el del Capitán. Radios, ninguna, sin pilas, sin comunicación con el jefe de compañía ni entre nosotros. Porque solo teníamos 5 cargadores, entonces ordené llevar munición dentro de medias que uníamos y nos las poníamos sobre el cuello...
Hablamos con Aristegui, era un cadete de 4to año “comisionado subteniente” para Malvinas, de la misma edad que sus soldados, no obstante siempre un ejemplo. “Aristegui, formemos en cadena Ud. a la derecha yo a la izquierda, salgamos cuanto antes del valle, vamos a atravesarlo a paso firme para llegar a las alturas cuanto antes”. El campo de combate era un infierno, todo rugía, todo era incandescente, el Longdon , el valle, Wirelles Ridge donde estaba el R I 7, Puerto Argentino, el Williams, las trazantes, los lanzacohetes, toda la guerra a pleno, el asalto final a full. Hacha y tiza de los dos lados. Cruzamos el arroyo donde nos mojamos hasta la cintura, nevaba..., frío... no me acuerdo, la adrenalina a mil calentaba nuestros cuerpos. De pronto observamos desde el valle, que donde debía estar el Regimiento 7 esperándonos, había ingleses allá arriba que estaban tirando con fuego de fusil y de cohetes sobre los ex cuarteles de los Royal Marines; nada entendíamos, sin comunicaciones solo podíamos resolver sin esperar órdenes de nadie. “Aristegui, arriba está el enemigo tratemos de sorprenderlo, no siga derecho para no chocar, gire a su derecha y ganémosle la altura” luego de esa conversación de combate el joven oficial camina cinco metros y me gritan... "¡el subteniente cayó herido en el cuello!". Corrí hasta el lugar y luego de tocar su cuello ensangrentado escucho que uno de sus hombres le dice... golpeándolo en la mejilla con su palma de la mano... “Vos te portaste muy bien con nosotros pendejo, nosotros te vamos a sacar de acá” y rápidamente se lo llevaron para abajo.
Hoy es un ejemplar oficial malvinero, el “Nono” Aristegui, que supo ganarse el respeto de sus soldados con solo 19 años, el disparo le atravesó el cuello detrás de la columna vertebral. El enemigo nos detecta y nos ilumina con bengalas aéreas, todavía estábamos en el valle, con cuarenta hombres de Aristegui y cuarenta míos; advirtiendo que harían fuego de eficacia mandé el asalto sobre sus posiciones que estaban unos cien metros arriba del cerro, en la alturas de Wirelles Ridge. Segundos después caía sobre el lugar donde estábamos antes una barrera de fuego de artillería de aquellas... No me entraba en la cabeza que mis hombres iban a contraatacar en el medio de esas bombas que conocimos esa misma noche, explotaban cincuenta metros arriba de nuestras cabezas y caían las esquirlas con una ducha encendida para destruir todo lo que tocaban.
¡Al asalto!.... ordené; no había opción para llegar arriba y apoyar al RI 7, que alegría, que emoción ver mis soldados y los de Aristegui con todos los suboficiales a la carrera que llegaban arriba, era increíble verlos al “Cata” Carballo mi estafeta veloz, al “Mono” Paz mi radiooperador sin radio, Aumasane, Izaguirre, “Bombón Díaz”, Juan Fernández, todos soldados porteños impulsados por el amor a la Patria pechando desde el valle la pulseada con los ingleses por ése pedazo de tierra malvinera. Y tenían solo 18 años y hambre y frío y sin comunicaciones, pensar que la prensa amarilla los Llamó “chicos de la guerra”;
Guerra de Malvinas: El despliegue de la Flota de Mar— Unidades participantes durante el conflicto del Atlántico Sur
Según informa la Armada Argentina a través de su medio oficial, Gaceta Marinera, la decisión de recuperar las Islas Malvinas para su incorporación definitiva a la soberanía nacional ya había sido tomada. Tras un incidente en el que operarios de una empresa argentina izaron una bandera nacional atada a un remo, el Gobierno Nacional usó este hecho como argumento para interrumpir las negociaciones diplomáticas y lanzar un asalto directo y sorpresivo sobre la capital, Puerto Argentino. El objetivo era generar un impacto político internacional tan fuerte que forzara al Reino Unido a negociar seriamente la soberanía del archipiélago, en línea con las resoluciones de Naciones Unidas.
A la Armada se le asignó la responsabilidad de reconquistar y asegurar Puerto Argentino sin recurrir a la violencia, protegiendo en todo momento la seguridad de las personas, los bienes y los habitantes de la ciudad, en lo que sería conocido históricamente como Operación Rosario.
Así comenzó el despliegue de más de diez buques organizados en diversos grupos de tareas. Durante los 74 días que duró el conflicto, su acción fue esencial, eficaz y heroica.
En la toma de Puerto Argentino, el destructor ARA “Santísima Trinidad” fue pieza clave, ya que sus capacidades permitieron el desembarco de fuerzas especiales durante la Operación Rosario, junto con el submarino ARA “Santa Fe”. El ARA “Santísima Trinidad” fue escoltado por el ARA “Hércules”, que lideró el avance de la fuerza anfibia hacia tierra. Por su parte, los destructores ARA “Domecq García”, ARA “Seguí”, ARA “Bouchard”, ARA “Py” y ARA “Piedrabuena” se encargaron del patrullaje marítimo, vigilando la zona para impedir el paso de unidades enemigas.
En esta misma operación, el portaviones ARA “25 de Mayo” tuvo un rol destacado como buque de control de aeronaves de ataque y supervisión aérea. Gracias a su intervención, la Armada Argentina pudo desplegar eficazmente su GAE (Grupo Aéreo Embarcado), algo que no habría sido posible desde tierra. Por su desempeño, esta unidad recibió la condecoración “Operaciones de Combate”.
El rompehielos ARA “Almirante Irízar” comenzó como puente logístico, transportando tropas y pertrechos junto al buque de desembarco ARA “Cabo San Antonio”. En las etapas más intensas de la guerra, el Almirante Irízar fue transformado en buque hospital, al igual que el buque polar ARA “Bahía Paraíso”. El enorme rompehielos llegó cerca del teatro de operaciones repintado completamente de blanco y con cruces rojas que señalaban su misión sanitaria. Zarpó equipado con más de 200 camas, quirófanos, laboratorios, salas de terapia intensiva, servicios de rayos X, traumatología, unidades para quemados, helicópteros embarcados y decenas de profesionales de la salud.
La División de Corbetas estuvo integrada por las corbetas ARA “Drummond”, ARA “Granville” y ARA “Guerrico”. Las dos primeras formaron parte de la fuerza de tareas anfibia, dando protección y apoyo a las unidades de desembarco el 2 de abril, mientras que la ARA “Guerrico” integró el grupo encargado de recuperar las Islas Georgias del Sur.
Cabe mencionar también que la Prefectura Naval Argentina y la Marina Mercante operaron en los mares del sur cumpliendo múltiples misiones, aportando de manera valiosa al esfuerzo de las fuerzas nacionales.
Finalmente, es imprescindible recordar al crucero ARA “General Belgrano” y al aviso ARA “Alférez Sobral”, que vivieron sus jornadas más trágicas los días 2 y 3 de mayo, respectivamente, cuando las aguas del Atlántico Sur se tiñeron con la sangre de los marinos argentinos, marcando para siempre la memoria de los héroes que regresaron.
Para citar este artículo:
Hart, Steve, “Una abstracción omnipotente: ¿Qué lecciones nos deja la
guerra de las Malvinas para el nivel operacional de la guerra?”,
Operaciones Militares, Volumen 3, Número 1, primavera de 2015, páginas
9-12.
Tesis central
Steve Hart argumenta que el nivel operacional de la guerra es un concepto confuso y obsoleto, que entorpece la conexión entre estrategia y táctica en lugar de facilitarla. A través del caso de la Guerra de Malvinas, sostiene que la guerra puede ser dirigida eficazmente sin necesidad de establecer un "nivel operacional" como tal.
Crítica al concepto de nivel operacional
El nivel operacional, según la doctrina británica, busca actuar como un "puente" entre estrategia y táctica.
Hart critica este concepto, llamándolo una "abstracción omnipotente" que enmascara ambigüedad doctrinal y carece de claridad en la práctica.
Utiliza la metáfora de Basil Liddell Hart sobre la futilidad de encontrar principios simplificados que luego requieren miles de palabras para explicar.
Origen del concepto
No proviene del pensamiento soviético, aunque este sí desarrolló el concepto de arte operacional.
Surge del manual FM100-5 del Ejército de EE.UU. en 1982, como respuesta a la amenaza soviética en Europa, y luego fue adoptado por los británicos.
Su propósito inicial fue coordinar grandes batallas terrestres, delimitar responsabilidades militares y conectar táctica con estrategia.
🇦🇷 Aplicación al caso de Malvinas
La campaña de Malvinas no tuvo un "nivel operacional" formal ni doctrinas que lo exigieran, pero sí se practicó exitosamente el arte operacional.
El comandante británico de mayor nivel, Almirante John Fieldhouse, no operaba con autonomía estratégica. Fue más bien un facilitador entre el liderazgo político y los comandantes tácticos.
Las decisiones estratégicas influyeron directamente en acciones tácticas (como el ataque a Goose Green), lo que muestra una relación fluida entre estrategia y táctica sin necesidad de una estructura intermedia formalizada.
Lecciones del conflicto
El éxito estratégico no requiere un nivel operacional. La victoria británica en Malvinas demostró que una conducción clara, sin compartimentalizar la guerra en niveles rígidos, puede ser efectiva.
La integración entre líderes políticos y militares fue clave. La presencia del Jefe del Estado Mayor Conjunto, Almirante Lewin, en el gabinete de guerra permitió que se entendieran mutuamente las limitaciones tácticas y los objetivos estratégicos.
El concepto de “niveles de guerra” puede generar irresponsabilidad fragmentada. Al dividir la guerra en niveles autónomos, se corre el riesgo de que nadie tenga responsabilidad completa sobre el resultado global.
Conclusión
Hart concluye que el nivel operacional no es necesario ni deseable para conducir guerras complejas. La Guerra de Malvinas prueba que una comunicación eficaz entre estrategia y táctica, a través de una cadena de mando funcional y no de niveles doctrinales artificiales, es suficiente para alcanzar objetivos estratégicos. El concepto del "nivel operacional" debería ser eliminado de la doctrina británica actual.
El teniente coronel Steve Hart, de la Marina Real, es
instructor del Curso Inicial de Mando y Estado Mayor (Terrestre) en la
Academia de Defensa del Reino Unido.
Por el operador de cámara: PH2 DIDAS [Dominio público], vía Wikimedia Commons
“La
Guerra de las Malvinas muestra algunas características de la guerra
moderna que deben tenerse en cuenta en la evolución futura del arte
operacional”.[i]
A
partir del estudio de caso de la Guerra de las Malvinas, este artículo
argumentará que el nivel operacional de la guerra es un concepto confuso
que dificulta, en lugar de reforzar, el vínculo entre estrategia y
táctica. Si bien el nivel operacional de la guerra pudo haber sido útil
para el carácter específico para el que fue diseñado, es hora de que la
Doctrina de Defensa Británica lo descarte. En cambio, debería reformular
los análisis de la guerra utilizando un marco que acepte la totalidad
de la guerra, en lugar de intentar compartimentarla en niveles. El
argumento comenzará describiendo cómo el nivel operacional es un
concepto mal explicado dentro de la Doctrina de Defensa Británica. A
continuación, describirá su propósito y contrastará estas afirmaciones
con el caso de la Guerra de las Malvinas.
El nivel operacional cae en una trampa que Basil Liddell hart describió: “La
tendencia moderna ha sido buscar principios que puedan expresarse en
una sola palabra, y luego necesitar varios miles de palabras para
explicarlos… Cuanto más se continúa la búsqueda de tales abstracciones
omnipotentes, más parecen un espejismo, ni alcanzable ni útil, excepto
como un ejercicio intelectual
”. [ii] Desde el principio, debe trazarse una clara distinción entre el
nivel operacional y el arte operacional. El nivel operacional se define
en la doctrina militar británica como: “ el
nivel de guerra en el que se planifican, conducen y sostienen las
campañas y las operaciones principales, dentro de los teatros o áreas de
operación, para lograr objetivos estratégicos ”. [iii] Se describe además como proporcionar “…el puente bidireccional entre los niveles estratégico y táctico ”. El arte operacional se define como: “ la
orquestación de una campaña, en concierto con otras agencias,
involucradas en la conversión de objetivos estratégicos en actividad
táctica para lograr un resultado deseado ”. [iv] El arte operacional es la habilidad requerida de los militares, y el nivel operacional es el constructo habilitador.
Estas
definiciones sugieren que existe claridad sobre qué es el nivel
operacional, cuál es su propósito y cómo debe lograrse. Sin embargo, el
nivel operacional de la guerra cae en la trampa de la simplicidad
superficial, enmascarando un concepto confuso y contradictorio que es
interpretado de forma diferente por distintos grupos. La interpretación
doctrinal imprecisa del nivel operacional se ilustra mejor con dos
diagramas, ambos extraídos de la Doctrina de Defensa Británica vigente:
Los
dos diagramas, aunque comparten el mismo título, muestran una
interpretación marcadamente distinta de la relación entre los tres
niveles de guerra. La representación en JDP 01 (2011) sugiere que cada
uno de los tres niveles de guerra tiene áreas de exclusividad. Es decir,
existen esferas de responsabilidad únicas para cada nivel. Por el
contrario, JDP 01: Campañas describe la relación de tal manera que no
existen áreas de responsabilidad táctica u operativa exclusiva. En
cambio, cada nivel de guerra subordinado se encuentra anidado dentro del
nivel estratégico. Por lo tanto, la Doctrina de Defensa Británica no
presenta una comprensión clara de los niveles de guerra.
El arte operacional y el surgimiento del nivel operacional.
Un
nivel operacional definido fue una adición tardía a la publicación de
doctrina del Ejército de los EE. UU. FM100-5 publicada en 1982. El
propósito original del nivel operacional era posibilitar tres cosas: el
comando y control de las batallas terrestres a gran escala previstas
para derrotar la amenaza soviética; delinear una esfera de
responsabilidad para la profesión de las armas; y posibilitar la
conversación entre la táctica y la estrategia.
Dentro
de la doctrina militar soviética, el concepto de «arte operacional» se
acuñó entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Para la teoría
soviética, el arte
operacional consistía en la secuenciación de una serie de batallas que
permitían una penetración profunda en la retaguardia enemiga, lo que
conducía al cerco y la posterior destrucción física (aniquilación) de la
fuerza enemiga. Este concepto doctrinal constituía un esfuerzo por
superar el estancamiento evidente en la Primera Guerra Mundial y por
aprovechar la maniobra y la movilidad para alcanzar objetivos
estratégicos.[v] Para los soviéticos, el arte operacional era el puente
entre la táctica y la estrategia. En la concepción soviética, el arte
operacional se asociaba con operaciones a gran escala. No existía un
«nivel de guerra» que fuera el único responsable de esta función. Si
bien el arte operacional es obligatorio, no se requiere construir un
«nivel de guerra» para llevar a cabo esta función artística.
Por
lo tanto, el nivel operacional no surgió del pensamiento militar
soviético. El nivel provino de la doctrina estadounidense y
posteriormente fue adoptado por los británicos. La Doctrina
Estadounidense FM100-5, donde se codificó por primera vez el nivel
operacional, compartimentó las batallas requeridas para contrarrestar el
avance y el escalonamiento de las fuerzas soviéticas. Las divisiones,
brigadas y batallones tenían la responsabilidad de la "batalla cuerpo a
cuerpo" con los primeros escalones soviéticos; mientras que, a nivel de
Cuerpo, la artillería orgánica y los recursos aéreos permitirían la
prosecución de una "batalla profunda" enfocada contra los escalones
posteriores.[vi] La coordinación de esta campaña se lograría a través de
un "nivel operacional de guerra". Este fue entonces el propósito
central del nivel operacional original, como se describe en el documento
original: "en términos simples, es la teoría de operaciones de unidades
mayores".[vii] Fue una doctrina diseñada para facilitar las operaciones
de la OTAN contra la Unión Soviética en el entorno terrestre europeo.
Otro
propósito del nivel operacional era delinear una esfera de
responsabilidad para los comandantes militares. Al dividir la guerra en
"niveles", cada uno de estos niveles pasa a ser responsabilidad de un
grupo diferente de tomadores de decisiones. El nivel estratégico es
responsabilidad de los políticos, el nivel operacional es
responsabilidad de los generales, almirantes y mariscales aéreos, y el
nivel táctico es responsabilidad de los comandantes militares
subordinados. Con los errores de Vietnam aún presentes, los redactores
de doctrina estadounidenses de principios de la década de 1980 debieron
encontrar atractiva la idea de describir una esfera de responsabilidad
para las fuerzas armadas que aislara eficazmente las decisiones
militares de la "interferencia" política.
Por lo tanto, los niveles de guerra proporcionan un concepto esencial no solo de las responsabilidades de los comandantes , sino también de las que no
. Mientras la estrategia, las operaciones y las tácticas se consideren
partes separadas de la guerra en su conjunto, no hay responsabilidad por
la totalidad de la guerra en ningún nivel. Cada "nivel" está separado
del conjunto, pudiendo eludir la responsabilidad de decisiones que
exceden su ámbito de responsabilidad. Este concepto de quienes toman las
decisiones militares a nivel operativo, escudándose en la estrategia
política, tiene resonancia en el contexto contemporáneo. Como dijo el
excomandante de las fuerzas estadounidenses en Irak, el general Tommy
Franks: «Mantengan a Washington centrado en la política y la estrategia.
Déjenme dirigir la guerra en paz».[viii]
La
tercera razón para un nivel operacional es vincular la acción táctica
con los objetivos estratégicos. El nivel operacional describe una esfera
clara de responsabilidad para las fuerzas armadas y crea un puente
único entre la actividad militar y la toma de decisiones estratégicas.
Esta "conexión" entre la estrategia y la táctica es, por definición, el
propósito del arte operacional. Por lo tanto, el nivel operacional es
donde se practica el arte operacional. Se argumenta que imponer un
"nivel de guerra" entre la táctica y la estrategia facilita la
interacción entre ambas. El riesgo es evidente: las victorias tácticas
que no se ajustan al propósito son estratégicamente estériles. Esto se
demuestra con mayor claridad en la anécdota de un general estadounidense
hablando con el comandante del Ejército de Vietnam del Norte: El
estadounidense afirma al general Giap que el EVN nunca había derrotado
al Ejército de EE. UU. en el campo de batalla. La respuesta del general
Giap fue: "Eso es cierto, pero también irrelevante".[ix]
Sin
embargo, resulta una extraña presunción exigir un nuevo nivel de guerra
para posibilitar la expresión del arte operacional. El ejército
funciona, y de hecho siempre ha funcionado, mediante niveles de mando.
Cada nivel de mando debe comprender los requisitos de los niveles
superiores y, por lo tanto, garantizar una acción coherente en el
conjunto. Cabe preguntarse razonablemente en qué etapa un nivel de mando
se convierte en un nivel de guerra. Es una arrogancia enorme por parte
de cualquier nivel de mando que se arroga tal autoridad que no solo es
superior en términos de mando, sino también en términos de combate en un
nivel de guerra específico.
El nivel operacional en la Campaña de las Malvinas.
Hay
tres propósitos claros para un nivel operacional de guerra: abordar los
desafíos de las operaciones terrestres a gran escala; delinear una
esfera de responsabilidad militar; y tender un puente entre la táctica y
la estrategia. Cada una de estas justificaciones puede refutarse
utilizando el caso práctico de la Guerra de las Malvinas. Si bien es
indiscutible que las Malvinas constituyen una analogía perfecta para la
guerra futura, el conflicto posee características que lo convierten en
una alegoría adecuada para el análisis del nivel operacional. Fue un
conflicto expedicionario llevado a cabo a miles de kilómetros del Reino
Unido, una campaña conjunta que requirió la coordinación de las tres
fuerzas armadas y fue un éxito rotundo. Además, se llevó a cabo sin
ninguna doctrina que requiriera la imposición de un nivel operacional de
guerra; aun así, el arte operacional se practicó con éxito.
Si
bien no hubo nivel operativo en la Guerra de las Malvinas, sí existía
un "comandante operativo" general. Este comandante era el almirante Sir
John Fieldhouse, y la responsabilidad principal de planificar y dirigir
la campaña recaía en su cuartel general.[x] Una posible interpretación
de este acuerdo es que el mando del almirante Fieldhouse en Northwood
era el "nivel operativo" de facto. Sin embargo, el argumento de que el
comandante militar de mayor rango es necesariamente un comandante de
"nivel operativo" malinterpreta la naturaleza de un nivel de guerra en contraposición a un nivel de mando . El almirante Fieldhouse tenía el mando militar, pero no presidía un "nivel" de guerra con autonomía
para la planificación de la campaña y, por lo tanto, el arte
operacional. Por encima de él, el liderazgo político británico
participaba estrechamente en la planificación y ejecución de la campaña,
y por debajo de él, sus comandantes subordinados en el mar y en tierra
eran igualmente responsables de la expresión del arte operacional. El
almirante Fieldhouse no tenía autonomía sobre la planificación de la
campaña: facilitaba el control político-estratégico de la misma; por lo
tanto, no hubo "nivel operativo" en la campaña de las Malvinas.
El
enemigo argentino al que se enfrentaron los británicos en la campaña de
las Malvinas no igualaba ni la escala ni la sofisticación doctrinal de
la amenaza soviética. Sin embargo, los británicos aún debían gestionar
la escala y la complejidad. Las justificaciones contemporáneas del nivel
operacional se han alejado de las justificaciones basadas en la escala y
se han acercado a las explicaciones que se apoyan en la complejidad.
Sin embargo, la planificación y conducción de la Campaña de las Malvinas
demuestra que la gestión de la escala y la complejidad no requiere un
"nivel de guerra" independiente: requiere niveles de mando claramente
definidos. No se requería un comandante de nivel operacional para que la
Fuerza de Tareas británica pudiera contrarrestar la amenaza enemiga o
gestionar la escala y la complejidad de la Fuerza de Tareas. De hecho,
dicho nivel habría interferido con los sistemas ad hoc establecidos
durante la campaña. Tras la campaña, los comandantes militares
británicos reflexionaron que un "Comandante de la Fuerza de Tareas
Conjunta" desplegado habría ayudado a coordinar las actividades de los
distintos elementos. Esto no implica que desearan un nivel operacional,
sino un nivel de mando adicional.
Durante
la campaña de las Malvinas no hubo una esfera definida de
responsabilidad militar exclusiva; de hecho, en ocasiones, el liderazgo
estratégico británico dirigió las acciones de aviones, buques y grupos
de combate individuales para lograr un objetivo estratégico.[xi] A lo
largo de la campaña, la estrategia y la táctica se combinaron
libremente, dominando la primera sobre la segunda. Existió una
comunicación clara y constante entre táctica y estrategia, libre de la
estructura doctrinal de niveles.
El
ataque a Goose Green ofrece un claro ejemplo de la fluida relación
entre estrategia y táctica en la Campaña de las Malvinas. Max Hastings
observó: « Tras
cuatro días de malas noticias casi ininterrumpidas, Londres necesitaba
una victoria tangible. Si alguna vez hubo una batalla política, esa era
Goose Green
».[xii] Londres necesitaba una victoria en tierra poco después de que
la fuerza de desembarco desembarcara para reforzar el apoyo popular en
el Reino Unido. A nivel táctico, el brigadier Julian Thompson no quería
distraerse del objetivo principal de Puerto Stanley librando batallas en
sus flancos. Fue, con razón, el propósito estratégico el que
prevaleció. Existe cierta confusión sobre quién dio la orden al 3.er
Comando de la Brigada para que realizara el ataque. Sin embargo, no cabe
duda de que dicha orden reflejó la voluntad del Gabinete de Guerra. A
pesar de la resistencia del brigadier Julian Thompson a lanzar el
ataque, el hecho de que se le diera esa orden indica que, durante la
Campaña de las Malvinas, la acción táctica estaba subordinada a la
estrategia y no existía un ámbito de autonomía militar. Es esta
naturaleza "libre de niveles" de la guerra la que la doctrina británica
moderna debe tratar de imitar.
La
tercera razón para la creación de un nivel operativo fue su necesidad
de servir de puente entre la táctica y la estrategia. Un análisis
superficial del propósito estratégico de la campaña de las Malvinas
podría sugerir que el objetivo era recuperar las tierras conquistadas
por Argentina. Sin embargo, había una cuestión más importante en juego
que la posesión de las rocas en el Atlántico Sur. Fue el almirante Sir
Henry Leach quien señaló con mayor claridad el objetivo estratégico
británico. En una reunión con la Primera Ministra y su Secretario de
Defensa —una reunión a la que el Almirante Leech no había sido invitado,
pero a la que por casualidad se encontró asistiendo— declaró: «Si no
[recuperamos las Islas Malvinas], si nos andamos con rodeos, si andamos
con cuidado, si no nos movemos muy rápido y no tenemos un éxito total,
en muy pocos meses estaremos viviendo en un país diferente cuya palabra
contará poco».[xiv] Por su parte, la Primera Ministra: «esbozó una
sonrisa, porque era exactamente… lo que quería oír».[xv] A pesar de ser
el Primer Lord del Mar en ese momento y no un político, la comprensión
del Almirante Leach de la realidad estratégica de Gran Bretaña fue
profética. Comprendió que Gran Bretaña era una fuerza menguante en el
mundo. Una serie de importantes desafíos económicos y sociales durante
la década de 1970 habían dejado al león británico lejos de la rugiente
potencia colonial que había sido en la primera mitad del siglo. Por lo
tanto, el objetivo estratégico no era simplemente recuperar la posesión
de las Islas, sino hacerlo con enfáticamente; y, al hacerlo, contribuir
en cierta medida a restaurar la reputación de Gran Bretaña como potencia
mundial.
A
nivel táctico, las limitaciones de la Fuerza de Tareas eran
considerables. A pesar de la confianza expresada por el Servicio de la
Marina Real en su capacidad para defender una Fuerza de Tareas contra
una amenaza moderna y capaz de superficie, submarina y aérea en el
Océano Antártico, ese hecho estaba lejos de ser cierto. Como afirma Max
Hastings: «La Marina Real en 1982 era abrumadoramente una fuerza
antisubmarina diseñada para la guerra en el Atlántico [Norte] contra la
Unión Soviética».[xvi] No estaban entrenados ni equipados para una
operación fuera de área. Sin embargo, la Marina Real de principios de
los ochenta mantuvo una vena belicosa «nelsoniana»;[xvii] así que cuando
el Primer Ministro lo presionó sobre cuál sería su reacción ante la
llegada de una Fuerza de Tareas de la Marina Real, el Almirante Leach
respondió que si él hubiera estado al mando de las fuerzas argentinas:
«Regresaría a puerto inmediatamente».[xviii] Desde el principio se
estableció una línea clara de comunicación entre táctica y estrategia.
El mensaje estratégico y táctico clave fue que el liderazgo político y
el ejército británicos tenían la voluntad de luchar.
Comprender
la eficacia del diálogo bidireccional entre táctica y estrategia en la
campaña de las Malvinas es, sin duda, solo una parte del problema.
Comprender por qué fue tan eficaz es esencial para extraer lecciones del
futuro. Sir John Nott ha declarado que fue la presencia del almirante
Lewin, el comandante en jefe británico, en el gabinete de guerra lo que
permitió al liderazgo estratégico comprender las limitaciones tácticas y
comunicar el propósito estratégico: "La presencia de Lewin en el
Gabinete de Guerra fue lo más importante de todo el asunto. Comprendía
las presiones políticas a las que estábamos sometidos y Lewin fue quien
lo discutió con Fieldhouse".[xix] Otro miembro del Gabinete de Guerra,
Cecil Parkinson, recuerda de forma similar el enfoque militar en el
Gabinete de Guerra: "Una de las características del funcionamiento del
Gabinete de Guerra era que los militares marcaban el ritmo... eran los
miembros militares del Gabinete de Guerra quienes marcaban el ritmo y
nos decían lo que era posible".[xx] La cohesión entre táctica y
estrategia se impulsaba, por lo tanto, no separando los niveles de
guerra, sino a la inversa: incluyendo a los militares en las discusiones
estratégicas y a los políticos en las tácticas. No había un único
puente entre táctica y estrategia; en cambio, el vínculo entre ambas se
formaba a través de la cascada adecuada de niveles de mando.
Conclusión
La
doctrina británica actual plantea la hipótesis de una "victoria
estratégicamente estéril" en ausencia de un nivel operativo
efectivo.[xi] La planificación y conducción de la campaña de las
Malvinas refutan esta afirmación. No existía un nivel operativo
definido; los militares no tenían autonomía sobre la planificación ni la
ejecución de la campaña; sin embargo, a pesar de ello, las acciones
tácticas se integraron eficazmente en un todo estratégicamente
coherente. La influencia del nivel estratégico de mando estuvo presente
en las acciones de los batallones, los buques y las aeronaves
individuales; y, en todo momento, los estrategas comprendieron las
limitaciones de las acciones tácticas y ajustaron sus decisiones
basándose en dicho asesoramiento. El vínculo no se formó mediante la
creación y la dotación de recursos de un gigantesco "cuartel general de
nivel operativo", sino mediante la progresión normal de una cadena de
mando. Ningún eslabón de la cadena era más importante que otro, y cada
eslabón contribuía a comprender las intenciones de los eslabones
superiores y las capacidades de los inferiores. Incluso sin un nivel
operativo, la victoria en la campaña de las Malvinas no fue
estratégicamente estéril. Todo lo contrario; Fue una victoria que logró
no sólo el objetivo militar inmediato de recuperar las islas, sino
también el propósito estratégico más amplio de conservar el estatus
global de Gran Bretaña.
Referencias
[i] Kelly, Justin and Brennan, Mike, ‘Alien: How operational art
devoured strategy.’ (Strategic Studies Institute of the United States
Army War College, 2009).
http://www.strategicstudiesinstitute.army.mil/pubs/display.cfm?pubID=939
Accessed on Jan 23 2014. P73.
[ii] Liddell-Hart, Basil ‘Strategy’ (London, Meridian, 1954, second revised edition) P334.
[iii] British Defence Doctrine Joint Doctrine Publication 01, ‘Campaigning’ second edition, Lexicon-11.
[iv] Ibid.
[v] Glantz, David M ‘The Intellectual Dimension of Soviet (Russian)
Operational Art’ in McKercher and Hennessy [eds] ‘The Operational Art:
Developments in the Theories of War’ (Royal Military College Canada,
1996) p128.
[vi] Swain, Richard M ‘Filling the void: The operational art and the US Army’ in McKercher and Hennesy, op cit, p157.
[vii] FM100-5 (1983) P2-3.
[viii] Franks, Tommy R ‘American Soldier’ (New York, Harper Collins, 2004), P440.
[ix] Griffin, Stuart, ‘Joint Operations: A short History’ (Defence Academy Library, 2005) P16.
[x] Griffin. P139.
[xi] 2 PARA at Goose Green, HMS CONQUEROR sinking the Belgrano and a Vulcan bomber on the BLACKBUCK raids.
[xii] Hastings, Max, P231
[xiii] For a detail on the process for ordering the attack on Goose
Green see the discussions in the ‘The Falklands Witness Seminar’ (The
Occasional, Number 46.) P39-50.
[xiv] Leach, Admiral Sir Henry, as quoted in Ibid, P19.
[xv] Ibid, P19.
[xvi] Hastings, Max and Jenkins, Simon, ‘The Battle for the Falklands’ (Michael Joseph Ltd, London, 1983), P83.
[xvii] See Griffin for further discussion of the Royal Navy’s ‘offensive’ spirit.
[xviii] ‘The Falklands Witness Seminar’ (The Occasional, Number 46.) P67.
[xix] Nott, Sir John as quoted in Ibid, P44.
[xx] Lord Parkinson of Carnforth, as quoted in Ibid. P44.
[xxi] British Defence Doctrine, JDP 01, “Campaigning”, P2-3.
La soberanía británica en el Atlántico Sur pende de un hilo que no se
maneja en Londres, sino en el Despacho Oval. Tras la reciente captura
de Nicolás Maduro en Venezuela y las amenazas de anexión militar de Groenlandia, el gobierno de Donald Trump ha dejado claro que el derecho internacional es secundario frente a sus intereses estratégicos. En este nuevo orden, las Islas Malvinas emergen como la posible moneda de cambio en la alianza transaccional entre Trump y el presidente argentino Javier Milei.
El fin del “paraguas” estadounidense para Gran Bretaña
Históricamente, el Reino Unido ha dependido de la infraestructura de
inteligencia y logística de los Estados Unidos para mantener su enclave
colonial en el Atlántico Sur. Sin embargo, analistas de defensa
advierten hoy que esa garantía ha expirado. Según expertos consultados
por Sky News, la retórica expansionista de Trump y su desprecio
por los compromisos de la OTAN sitúan a las Malvinas en una zona de
peligro sin precedentes desde 1982.
“Nadie sugiere que las islas estén en la lista de compras directa de
Trump, pero sí están en la de Milei”, señalan las fuentes. La diferencia
crítica es que, mientras en el pasado Washington actuó como mediador o
aliado británico, hoy Trump ve en Milei a su socio más leal en el
hemisferio. La pregunta ya no es si Argentina tiene la capacidad
militar, sino si Estados Unidos simplemente permitirá una nueva configuración del territorio a cambio de lealtad absoluta y recursos naturales.
El factor Milei: ¿Socio estratégico o satélite favorecido?
El escenario es sombrío. Argentina, bajo la administración de Milei,
ha alineado su política exterior de forma total con la Casa Blanca,
permitiendo incluso la instalación de bases operativas estadounidenses
en suelo austral. Este servilismo geopolítico parece tener un objetivo
claro: obtener el “visto bueno” de Washington para avanzar sobre las
islas.
Por otro lado, el Reino Unido representa un colonialismo anacrónico que se aferra a la autodeterminación de una población implantada para asegurar el control del petróleo en el proyecto Sea Lion.
Sin embargo, sin el apoyo de la Marina de EE. UU., la capacidad de la
Royal Navy para defender un territorio a 13.000 kilómetros de distancia
es, en el mejor de los casos, cuestionable.
El espejo de Groenlandia y el colapso de la OTAN
La amenaza de Trump contra Dinamarca por Groenlandia ha servido como
un “aviso de incendio” para el Foreign Office británico. Si Trump está
dispuesto a romper la OTAN para apoderarse de un territorio ártico, no
tendría reparos en abandonar a un aliado europeo para favorecer a su
“amigo” Milei en el sur.
La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, fue
tajante: “Utilizar las fuerzas armadas siempre es una opción”. Esta
doctrina de la fuerza bruta invalida cualquier tratado diplomático
previo. Para el Reino Unido, esto significa que las Malvinas son hoy más
vulnerables que nunca, no solo por la presión argentina, sino por la volatilidad imperialista de su supuesto mejor aliado.
Recursos y Geopolítica: El botín del Atlántico Sur
Detrás de la bandera y el orgullo nacional, subyace la verdadera
motivación: el control del petróleo y la proyección hacia la Antártida.
El imperialismo extractivista: Tanto Londres como Washington ven en las aguas circundantes a las Malvinas una fuente de recursos energéticos vitales.
El control militar: Para Trump, las islas podrían
funcionar como un punto de control estratégico que, en manos de un
aliado dócil como Milei, serviría a los intereses estadounidenses sin el
costo político de mantener una colonia propia.
Las Islas Malvinas se encuentran atrapadas entre dos fuegos: un
imperio británico en decadencia que se resiste a abandonar sus últimas
joyas coloniales, y un imperio estadounidense resurgente que no tiene
aliados, sino intereses. En enero de 2026, el futuro de las islas no
parece decidirse en las urnas ni en los foros internacionales, sino en
la sintonía personal de dos líderes decididos a redibujar el mapa del
mundo a cualquier costo.
El submarino convencional británico de la clase Oberon HMS Onyx “cazado” en superficie por el Boeing 707 "Tronco" de la Fuerza Aérea Argentina el 21 de mayo de 1982. Los Oberon tenían una mayor velocidad en superficie que dando snorkel siendo de elección para navegaciones largas… en aguas seguras. El Onyx realizó la mayoría de su transito del Atlántico norte al Sur en superficie, una navegación meritoria para un submarino convencional y que demostró la limitación que tienen los buques convencionales respecto a los nucleares con los SSN de la Royal Navy realizando un tránsito cómodo (no exento de problemas) a una velocidad media de 23/24 nudos en inmersión Foto: Fuerza Aérea Argentina
Algunas fotos y un perfil de bombas Mk82 con cola Snakeye (Mk15) en aviones Douglas A-4Q Skyhawk de la Armada Argentina. Esta letal combinación fue el arma antibuque preferida del COAN hasta la llegada, en 1982, de los Super Etendard y los misiles Exocet.
Fue
el piloto inglés que más aeronaves argentinas derribó en Malvinas,
sufrió estrés post traumático y se reconcilió con un viejo adversario
David
Morgan piloteó aviones Sea Harrier durante el conflicto de 1982.
Derribó dos aviones y dos helicópteros. El 8 de junio se enfrentó en los
cielos con Héctor Sánchez. Años después, se conocieron, reconstruyeron
la batalla -en la que David mató a dos pilotos- y se hicieron amigos.
Este año publicó Cielos Hostiles, que en su versión en español editó un
argentino
Un Sea Harrier FRS.1 en la cubierta del portaviones HMS Hermes
La cara de David Morgan aparece al otro lado de la pantalla. “Good morning”, dice. Tiene los cachetes colorados, el pelo corto. Usa anteojos y lleva camisa celeste y blanca, pero no es un gesto demagogo sino más bien un uso y costumbre inglés: camisa a rayas y modales perfectos.
Es
moderado y agradable ahora, pero conoce también la ira, el
arrepentimiento, el deseo de matar y lo que es despertar en el infierno.
Este hombre que hoy conversa desde Inglaterra acerca de su libro, Cielos Hostiles, es el mismo que
en 1982 -a bordo de un Sea Harrier de la RAF (Royal Air Force)- realizó
más derribos de aviones argentinos en toda la guerra de Malvinas.
Fueron cuatro: dos aviones Skyhawks, un helicóptero Puma y un Augusta.
Las circunstancias en que logró su récord -triste no solo para nosotros sino, dirá, también para él mismo-
las relata en el ya mencionado libro, que este año fue publicado en la
Argentina (y en español) por la editorial El Cazador. Cualquiera que
quiera leer “Cielos Hostiles- El conflicto de Malvinas a través de los
ojos de un piloto de Sea Harrier” no tiene más que buscarlo en la
librería, pero asombra ver ahora -de vuelta, al otro lado de la
pantalla, vestido de celeste y blanco- la calma y la precisión con que Morgan recupera los hechos en su cabeza.
Un argentino es clave en su propia historia. Se trata del piloto Héctor Sánchez, quien volaba un Skyhawk y se enfrentó frente a frente con Morgan en los cielos. Fue el 8 de junio. Morgan
vio que cuatro aviones argentinos atacaban una bote de desembarco
inglés (lo hundieron, y en el ataque murieron todos los soldados
ingleses a bordo), y se llenó de ira. Pronto se lanzó sobre ellos,
pensando “ese piloto debe morir”, en relación al que había logrado
hundir y matar a sus camaradas. A Héctor Sánchez en cambio no logra derribarlo,
y cada uno seguirá caminos separados después de eso, hasta que un día
se encontraron y, juntos, reconstruyeron lo que había pasado.
David Morgan con los restos del Puma AE-503 que derribó
Pero eso fue mucho después. Antes, Morgan volvió a su país con estrés postraumático, pasó años desesperando en medio de la noche con pesadillas (una, recurrente, lo situaba a él en medio de un ataque, lo derribaban y caía en un lodazal, del que no podía salir).
Su derrotero fue oscuro hasta que decidió hacer algo y contar su
historia. De allí nació el libro, y de allí nació también el comienzo de
su sanación.
-Le dedica el libro a su familia, que lo apoyó “en los momentos más oscuros”, según escribe. ¿Cuáles fueron esos momentos?
-Creo que el peor momento fue después de que la guerra terminó y yo sufrí algunos severos problemas mentales. Estrés postraumático, como muchas otras personas que también lo sufrieron.
-¿Lo sufrió por mucho tiempo?
-Lo
pude tapar al comienzo, y después hubo buenos días y malos días. Y más o
menos diez años después decidí que tenía que hacer algo al respecto.
Después encontré a una gran terapeuta y ella hizo que las cosas fueran
mucho mejor. Y también conocer a Héctor Sánchez fue de gran ayuda.
-Comienza el libro contando una pesadilla que tuvo, y dice que vivió mucho tiempo con ellas. ¿Fue así?
-Sí,
a veces venían. Y esa que cuento fue una particularmente mala. Yo nunca
me tuve que eyectar afortunadamente pero estuve cerca un par de veces. El
primero de mayo, cuando fui alcanzado por disparos mientras hacía un
ataque al aeropuerto en Puerto Stanley, pensé que me iba a tener que
eyectar. Pero por suerte no fue necesario, mi avión resistió. Y
después, en otra ocasión también pensé que me iba a tener que eyectar
porque perdí el control de mi aeronave, pero a último momento pude
evitarlo.
La pista de despegue del portaaviones inglés Hermes, desde el cual salía a sus misiones David Morgan.
-¿Cuáles
eran sus sentimientos hacia la Argentina o hacia los argentinos cuando
venía hacia Malvinas? Uno imagina que si va a pelear una guerra debe
inventarse sentimientos de odio hacia el oponente, cuanto más no sea
para sobrevivir. ¿Tenía algo de esto?
-Bueno, ciertamente estábamos muy enojados, pero no había sentimientos de odio en lo absoluto. Creo
que sabíamos que si nos hubiéramos encontrado con cualquier piloto
argentino en un bar en cualquier otro momento o lugar del mundo
hubiéramos sido grandes amigos. Pero como se dió la política, estábamos en lados opuestos. Así que estábamos enojados de que las islas hubieran sido invadidas. Pero no había odio.
-¿En su cabeza iban a “recuperar” las islas?
-Sí, exactamente.
-Su padre fue piloto de la RAF en la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué le dijo cuando fue usted quien tuvo que ir a la guerra?
-Bueno,
no tuve tiempo de despedirme, porque tuve que irme muy rápido. Pero nos
mandamos muchas cartas durante el tiempo que estuvimos allá. Creo que él estaba nervioso, para empezar, y un poco envidioso también de que yo pudiera estar involucrado en una guerra, que hacía muchos años que él no podía estar en una. Él voló Seafires en la Armada (que eran el equivalente a los Spitfires).
-¿Le dio algún consejo antes de la guerra o en las cartas?
-Hablamos
mucho. Yo había incluso volado con él en la Armada cuando entré, y
después volamos juntos en algunas otras ocasiones. Así que habíamos
hablado de volar.
David Morgan junto a su avión en la guerra de Malvinas.
-Cuenta
en el libro que había sido entrenado para atacar, para pilotear, para
llevar adelante misiones, pero no había sido entrenado para matar a
alguien o para que alguien quisiera matarlo. ¿Cómo fue ese aprendizaje?
-Fue
muy interesante porque nadie allá de quienes fuimos había visto acción
en lo absoluto. Nadie había estado en combate, con la excepción del
Capitán del Hermes, que había volado Seahawks en otro conflicto. Así que
era algo muy nuevo para todos, y estábamos muy nerviosos al principio. Y
después de nuestra primera misión, todos estaban muy exaltados. Y tras
eso se fue haciendo más fácil cada vez por un
par de días, hasta que nos acostumbramos. Psicológicamente hablando,
todos lo vivimos y lidiamos con ello de diferentes maneras. Yo en lo
personal iba a mi camarote y escribía poesía.
-Usted fue el piloto inglés con más derribos en Malvinas, ¿cierto?
-Sí. Derribé dos Skyhawks en la tarde del 8 de junio, un helicóptero Puma y un Augusta 109 en el 23 de mayo creo.
-¿Cómo se siente al respecto? ¿Orgulloso? ¿Culposo? ¿Las dos?
-Orgullo profesional por haber sido capaz de hacerlo, pero muy mezlcado con remordimiento. Especialmente con los helicópteros, porque yo había sido piloto de helicóptero y sabía cómo era. Pero me puse muy muy feliz cuando me enteré, tiempo después, de que toda la tripulación del Augusta había sobrevivido. Con
los Skyhawks el 8 de junio fue diferente porque los encontré atacando
una de nuestras lanchas de desembarco y estaba muy enojado. Eran cuatro
aviones. Cuando derribé al primer avión con un
misil, yo estaba extremadamente feliz, y después derribé al segundo y
estaba aún más feliz. Y después, cuando el piloto del segundo avión se
eyectó y vi su paracaídas pasando por arriba de mi cabeza, tuve un
enorme sentimiento de empatía, y estaba muy feliz de que se las había
arreglado para eyectarse, aunque supe después que no sobrevivió (NdR: se
trataba del piloto Danilo Rubén Bolzán). Y después estaba
enojado otra vez cuando peleaba con el tercer avión. Así que las
emociones iban cambiando hacia adelante y hacia atrás, y creo que eso
causó mis problemas psicológicos después, el enorme cambio de las
emociones.
Los
restos del buque inglés de transporte Atlantic Conveyor luego del
ataque argentino con misiles Exocet. Llevaba helicópteros, aviones y
equipo bélico. Una de las mayores pérdidas de la Task Force (Ministerio
de Defensa (MoD) británico)
-¿Se
sintió comprendido de regreso en Inglaterra? Porque imagino que su
gente lo trataba como a un héroe pero no sé si eran conscientes de estos
dos lados que vivían dentro suyo.
-Tuvimos mucha suerte porque todo
Inglaterra estuvo detrás nuestro y nos trató extremadamente bien cuando
volvimos a casa. A diferencia de los argentinos que pelearon en las
islas, que no fueron bien tratados en lo absoluto, lo cual me produce
una enorme pena. Con nosotros todos eran muy complacientes, y
cuando empecé a tener problemas psicológicos, una vez que lo admití, fui
muy bien ayudado.
-¿Cómo fue que un día decidió conocer algunos ex combatientes argentinos?
-Una
vez volé con un argentino llamado Maxi Gainza, que vivía en Londres y
era un periodista de aviación. El vino a mi base y voló conmigo en un
Harrier. Y me dijo que él había volado con Héctor Sánchez en Argentina.
Me preguntó si quería conocerlo. Yo no estaba seguro en ese momento,
habían pasado pocos años de la guerra y no estaba seguro. Pero después,
en 1993, Héctor estaba en el Medio Oriente como parte de las fuerzas de
paz, y él iba a estar en Inglaterra con su mujer por una semana en su
camino de regreso a la Argentina. Y Maxi Gainza me preguntó otra vez si
quería conocerlo, habían pasado más de diez años de la guerra así que
acepté y nos encontramos en Londres. Y después
vino a quedarse conmigo en Somerset. Y nos emborrachamos mucho, y a eso
de la 1 de la madrugada agarramos un mapa y dos lapiceras de colores y
dibujamos nuestro enfrentamiento del 8 de junio, para reconstruirlo.
-¿Hoy lo considera su amigo?
-Sí, mucho. De hecho, hace dos años nos encontramos en las islas y pasamos unos días juntos allá.
David Morgan junto al piloto argentino Héctor Sánchez (izquierda), y amigos.
-¿Hubo en algún momento, tal vez al comienzo, alguna tensión, algún sentimiento negativo?
-Para nada. Sus primeras palabras fueron: “no te preocupes David, los dos estábamos haciendo nuestro trabajo”. Y nunca hubo ninguna tensión entre nosotros.
-Habla
en el libro del ataque al buque argentino Narwal, y critica algunas de
las acciones cometidas por sus compañeros. Específicamente el ataque a
dos balsas salvavidas en las que la tripulación intentaba sobrevivir
luego del hundimiento, y a las que unos pilotos ingleses dispararon.
Usted estuvo en el ataque al Narwal pero critica esta acción. ¿Cómo fue?
-Yo
estaba muy molesto porque ya nos habíamos asegurado de que el buque no
pudiera ir a ningún lugar, y estos dos pilotos -sin ninguna
autorización- atacaron otra vez. Para ser justos, era muy difícil ver
que habían puestos los botes salvavidas en el agua, y atacaron igual y
algunos de los botes fueron alcanzados y dañados. Ellos no tenían idea
de que los botes estaban ahí, pero igual hubo una investigación muy veloz y fueron llevados a un costado al regresar al portaaviones y se los castigó y explicó que eso no puede pasar.
-¿Qué puede decir de los pilotos argentinos que enfrentó?
-Los pilotos argentinos realmente piloteaban sus aeronaves muy bien. Ciertamente atacaron con gran valentía.
Nuestras tácticas probablemente eran más conocidas que las del ejército
argentino, porque nuestra fuerza ya había volado en otros conflictos y
habíamos revelado bastante nuestra táctica. Pero los pilotos argentinos
eran más desconocidos, e hicieron un trabajo de mucho coraje.
David Morgan en su casa en Inglaterra con la edición argentina de Cielos Hostiles (editorial El Cazador)
-¿Cómo fue la decisión de publicar este libro en la Argentina? ¿Tenía miedo de que fuera mal tomado?
-Me
lo propuso el editor, que quería saber si podría traducirlo. No estaba
seguro al principio porque no quería que fuera visto como una
declaración política. Está escrito puramente como mi historia personal y
traté de mantenerlo tan verdadero como fuera posible. No
quería que la gente en la Argentina pensara que yo estaba tratando de
hacernos quedar como grandiosos a nosotros y mal a ellos. No fue escrito
para eso.
-¿Cambió algo para la edición argentina?
-No,
hice un nuevo prólogo y eso fue todo. Todo lo demás es exactamente
igual. No quería cambiar nada porque me tomó mucho trabajo escribirlo, y
fui muy riguroso, y tal vez alguno de los hechos o datos puede estar
errado, pero realmente hice mi mejor esfuerzo para contar la absoluta
verdad. Por eso no quería cambiar nada. Escribí el libro hace 25 años, y
mis sentimientos desde entonces han cambiado muy poco.