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lunes, 2 de noviembre de 2026

Conducta militar: Sobreconfianza y derrota

Generales bocones: Sobreconfianza militar basada en infravaloración de las capacidades del adversario 


La literatura académica da cierto respaldo general a la asociación entre “los soberbios pierden”. Jack Levy identifica la sobreconfianza militar basada en infravalorar las capacidades del adversario como una de las percepciones erróneas capaces de contribuir al estallido y desarrollo de guerras: puede inducir a rechazar compromisos, aumentar compromisos propios, emplear coerción que falla o prepararse inadecuadamente. (Cambridge) Dominic Johnson desarrolla algo similar bajo el concepto de positive illusions: dirigentes que sobreestiman su capacidad de controlar acontecimientos y subestiman al contrario pueden asumir riesgos que una evaluación más realista desaconsejaría. (CISAC)

Y hay incluso evidencia experimental. En juegos de guerra controlados, los participantes tendían a sobreestimar su probabilidad de éxito, y cuanto mayor era esa sobreconfianza, mayor era su propensión a atacar. Eso no demuestra directamente cómo se comporta un Estado Mayor real, pero sí proporciona un mecanismo psicológico plausible independiente de las anécdotas históricas. (PubMed Central (PMC))

Para mí, de estos ejemplos surge una distinción especialmente fértil: el peligro no está necesariamente en insultar al enemigo; está en empezar a creer el insulto. La propaganda puede llamar cobarde, atrasado o incompetente al adversario sin alterar los planes propios. El problema militar aparece cuando esas categorías entran en el modelo mental del mando: “no puede mover artillería hasta allí”, “no intervendrá”, “sus pequeñas unidades carecen de iniciativa”, “sus irregulares no pueden afectar a tropas profesionales”. En Braddock, Bennett, MacArthur y Navarre se puede observar justamente ese paso de la retórica o prejuicio a una restricción imaginaria sobre lo que el adversario es capaz de hacer. Y el adversario obtiene entonces una ventaja enorme simplemente haciendo aquello que el otro había descartado.

Hay además un problema de retroalimentación: una gran victoria propia puede hacer más peligrosa la situación. MacArthur venía de Inchon; los franceses recordaban Na San; los rusos daban por sentada su condición de gran potencia europea. El éxito previo proporciona “evidencia” aparente para la superioridad, y la información contradictoria empieza a interpretarse como anomalía. Esto encaja bien con la literatura sobre sobreconfianza, aunque cada caso necesita un análisis causal particular. (Sage Journals)

Si hubiera que convertir todo esto en una hipótesis histórica comprobable, yo la formularía no como “los generales bocones pierden”, sino como: “el desprecio por el adversario aumenta el riesgo de fracaso cuando reduce el conjunto de capacidades enemigas que el mando considera plausibles, y por tanto deteriora inteligencia, planificación de contingencias y adaptación una vez iniciado el combate.” Los casos Braddock–Bennett–MacArthur–Navarre son especialmente buenos para poner esa proposición a prueba.


  1. Mayor general Edward Braddock — Monongahela, 1755. Este es probablemente uno de los ejemplos históricos más puros. Benjamin Franklin le advirtió que guerreros indígenas podían emboscar la larga columna británica durante la marcha hacia Fort Duquesne. Según el propio Franklin, Braddock respondió que podían ser peligrosos para milicianos coloniales, pero que era “imposible” que causaran impresión sobre tropas regulares británicas disciplinadas. (Biblioteca del Congreso de EE. UU.) El 9 de julio, una fuerza francesa e indígena atacó precisamente de esa manera. La columna cayó en desorganización; de unos 1.400 británicos empeñados hubo más de 900 bajas y Braddock recibió una herida mortal. (Servicio Nacional de Parques) Aquí la relación es mucho más fuerte que la mera ironía: Braddock desestimó explícitamente el tipo de amenaza que terminó destruyendo su formación.


  2. Mayor general John Pope — Segunda batalla de Bull Run/Manassas, 1862. Al tomar el mando del Army of Virginia, Pope publicó una proclama bastante espectacular. Dijo que venía del Oeste, donde habían visto siempre “las espaldas de nuestros enemigos”, y recomendó olvidarse de expresiones como “líneas de retirada” y “bases de suministros”: había que estudiar la retirada del enemigo y dejar que la propia “se cuidara sola”. (Cuaderno de la Guerra Civil) Unas seis semanas después, Pope interpretó erróneamente que Stonewall Jackson se retiraba, atacó repetidamente su posición sin advertir que Longstreet ya estaba desplegado en su flanco, y sufrió una derrota decisiva en Second Manassas; el ejército terminó retirándose hacia Washington. (Servicio Nacional de Parques) Aquí sería excesivo decir que perdió porque era bocón. Pero la proclama refleja bastante bien un problema real de su mando: confianza excesiva en la ofensiva, desprecio por la prudencia operacional y una estimación muy optimista de lo que estaba haciendo el adversario.


  3. Generales Viktor Sakharov y Aleksei Kuropatkin / alto mando ruso — guerra ruso-japonesa, 1904-1905. Es un caso menos individual y más institucional. Al comienzo de la guerra, el jefe del Estado Mayor y luego ministro de Guerra Viktor Sakharov estimaba que Japón no podría poner mucho más de 200.000 hombres en campaña y concedía escasa importancia a sus reservas. Una fuente contemporánea ya advertía que estaba infravalorando seriamente la capacidad japonesa. (Wikimedia Commons) Después de la guerra, el propio Kuropatkin escribió algo mucho más revelador: Rusia había subestimado el poder japonés, especialmente su “fuerza moral”, y había entrado en la guerra con demasiada ligereza. (Literatura Clásica) Investigaciones modernas encuentran además que los estereotipos raciales dentro de la elite y del cuerpo de oficiales rusos contribuyeron a esas percepciones de inferioridad japonesa. (Direct MIT) El resultado fue derrota rusa tanto en grandes batallas terrestres como en la guerra naval. Éste es un caso especialmente útil porque muestra que el menosprecio cultural puede contaminar inteligencia, movilización y cálculo de fuerzas, no sólo generar frases desafortunadas.


  4. Mayor general Gordon Bennett — Malaya y Singapur, 1941-1942. Bennett, comandante de la 8.ª División australiana, impartió antes de la campaña una instrucción que suponía que el japonés estaba poco acostumbrado a los ataques por sorpresa, reaccionaba mal a ellos y era débil en iniciativa y entrenamiento de pequeñas unidades. El Australian Army Research Centre documenta esa apreciación y señala que formaba parte de un ambiente más amplio de subestimación británica de las fuerzas japonesas. (CIEA) El problema es que las características que Bennett consideraba débiles —iniciativa táctica, infiltración, sorpresa y maniobra— resultaron precisamente fortalezas japonesas. El mismo estudio muestra cómo Bennett descartó posibilidades de maniobra enemiga que luego se materializaron y cómo sus despliegues contribuyeron a que le giraran el flanco. Malaya cayó en setenta días y Singapur capituló el 15 de febrero de 1942. (CIEA) Este es otro caso muy fuerte para tu hipótesis: la opinión despectiva aparece directamente conectada con supuestos de entrenamiento y despliegue.


  5. General Douglas MacArthur — intervención china en Corea, 1950. Después de Inchon, MacArthur desarrolló una confianza enorme en una victoria rápida. En la reunión de Wake Island aseguró que la resistencia norcoreana organizada terminaría pronto, que buena parte de las tropas podría volver a casa para Navidad, y desestimó la advertencia china: si Pekín intervenía, creía que lo haría en cantidades limitadas que serían destruidas. (Historia de la Marina) Incluso después de que aparecieran tropas chinas, el 4 de noviembre consideraba improbable una intervención a gran escala. (Oficina del Historiador) Pero China ya estaba introduciendo grandes fuerzas clandestinamente al otro lado del Yalu. La ofensiva china de fines de noviembre convirtió la situación; el propio MacArthur informó el 28 de noviembre que enfrentaban “una guerra enteramente nueva”, con fuerzas chinas cercanas a 200.000 hombres según las estimaciones de entonces. (Oficina del Historiador) Historias oficiales estadounidenses describen el avance de las fuerzas de la ONU hacia el norte como realizado sin conocer la magnitud de las tropas que las esperaban y califican el resultado inmediato como una derrota devastadora. (JCS) Probablemente sea uno de los mejores ejemplos modernos de éxito previo → exceso de confianza → filtrado de inteligencia adversa → ampliación de objetivos → sorpresa operacional.

  6. General Henri Navarre — Dien Bien Phu, 1954. Éste es casi experimental. El 8 de febrero de 1954 Navarre le dijo al embajador estadounidense Donald Heath que lamentaba que el Viet Minh aparentemente hubiese desistido de atacar Dien Bien Phu, porque allí tenía la posibilidad de infligirle una derrota “sustancial, si no decisiva”. (Oficina del Historiador) El concepto francés dependía de que Giáp aceptara una batalla convencional en condiciones favorables a la artillería y aviación francesas. Pero los franceses infravaloraron extraordinariamente la capacidad logística del Viet Minh para transportar artillería pesada, munición y defensa antiaérea hasta las alturas que dominaban el valle; análisis militares posteriores identifican precisamente la subestimación de las capacidades enemigas como un error capital. (War Room - U.S. Army War College) Cuando comenzó el sitio, la artillería vietnamita resultó una enorme sorpresa. Dien Bien Phu cayó el 7 de mayo de 1954. (Ministerio de Defensa) Otra vez: “ojalá me ataque aquí porque lo voy a destrozar” es particularmente peligroso cuando uno no entiende cómo piensa librar la batalla el adversario.



  7. General William Westmoreland — Vietnam, vísperas del Tet, 1967-1968. Este caso necesita una precisión importante porque Tet no fue una victoria táctica vietnamita simple. El 21 de noviembre de 1967 Westmoreland anunció que el enemigo estaba “ciertamente perdiendo”, que sus esperanzas estaban prácticamente agotadas y que comenzaba a verse el final de la guerra. (Consejo de Relaciones Exteriores) Unas diez semanas después, las fuerzas comunistas lanzaron la ofensiva del Tet contra más de cien ciudades, instalaciones y posiciones de Vietnam del Sur. Militarmente sufrieron pérdidas enormes y no consiguieron la insurrección general que buscaban; políticamente, sin embargo, el tamaño y simultaneidad de la ofensiva hicieron que las afirmaciones previas de progreso estadounidense parecieran profundamente equivocadas y dañaron la credibilidad de la conducción de la guerra. (DocsTeach) Es un magnífico ejemplo de quedar mal parado por haber definido públicamente expectativas demasiado fuertes, aunque no corresponda describir Tet simplemente como una derrota militar estadounidense.

  8. Mayor general John Sedgwick — Spotsylvania, 1864. Es el ejemplo perfecto de “boconeada” en miniatura, aunque no sirve tanto para estudiar resultados de campañas. Bajo fuego de francotiradores confederados, Sedgwick reprendió a soldados que se cubrían diciendo que los enemigos no podían “acertarle a un elefante a esta distancia”. Un testimonio de su estado mayor conserva la frase; segundos después, un tirador confederado lo mató de un disparo. (American Battlefield Trust) Es irresistible como anécdota sobre exceso de confianza, pero metodológicamente no demuestra que el menosprecio reduzca el desempeño de un ejército: demuestra sólo que incluso un oficial experimentado puede valorar mal un riesgo inmediato.


jueves, 23 de julio de 2026

Golfo Pérsico: ¿Asalto aerotransportado a Irán?

Sombra sobre el Golfo Pérsico: Una perspectiva estratégica sobre la posible invasión de Irán por parte de la 82.ª División Aerotransportada.







En marzo de 2026, el mundo volvió a situarse al borde de una posible escalada militar de gran envergadura. El Pentágono ordenó el traslado a Oriente Medio de un elemento de mando de la 82.ª División Aerotransportada, mientras que una de sus brigadas, integrada por aproximadamente 3.000 soldados, fue desplegada en la región junto con más de 5.000 infantes de marina. Oficialmente, el movimiento fue presentado como una medida de preparación ante «posibles operaciones terrestres». Sin embargo, fuera del discurso formal, pocos dudaban de que el principal escenario contemplado era Irán.

La noticia merece especial atención no solo por las capacidades militares de la unidad involucrada, sino también por su dimensión histórica y simbólica. La 82.ª División Aerotransportada es mucho más que una formación de combate: representa uno de los emblemas más reconocibles del poder militar estadounidense, construido a lo largo de dos guerras mundiales, numerosas intervenciones regionales y una extensa presencia en la cultura popular y el cine de Hollywood.

Comprender qué representa esta división permite entender también la lógica estratégica de las operaciones para las cuales Washington se prepara. Su despliegue no constituye únicamente un movimiento de tropas, sino una señal política y militar: la disponibilidad de una fuerza concebida para intervenir con rapidez, penetrar en territorio hostil, capturar objetivos estratégicos y establecer las condiciones necesarias para el ingreso de contingentes de mayor envergadura.


De regimiento de infantería a división "totalmente estadounidense".

La 82.ª División fue creada en 1917, en el estado de Georgia, poco después del ingreso de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. En sus orígenes no se diferenciaba demasiado de otras formaciones de infantería, salvo por una característica singular: reunía soldados procedentes de los entonces 48 estados de la Unión. Esa composición nacional le valió el sobrenombre de «All American».

Su emblema quedó conformado por un cuadrado rojo, un círculo azul y las letras blancas «AA», mientras que su lema, «All the Way!», expresaba la determinación de llegar hasta el final.

En 1918, la división fue enviada a Francia, donde participó en intensos combates y sufrió numerosas bajas. Finalizada la guerra, fue desmovilizada y pasó a integrar la reserva. Su historia podría haber concluido allí, pero en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, fue reactivada y convertida en una división aerotransportada, una transformación que redefiniría por completo su identidad y su función militar.

A partir de entonces, la 82.ª participó en algunas de las campañas más importantes del conflicto: los desembarcos en Sicilia, la campaña de Italia, las operaciones en Normandía, la ofensiva de las Ardenas y la Operación Market Garden en los Países Bajos. Su desempeño llevó al general George Patton a describirla como «la guardia de honor de Estados Unidos».

Sin embargo, detrás de esa reputación se encontraba un elevado costo humano. Durante la campaña de Normandía, la división sufrió miles de bajas entre muertos, heridos y desaparecidos, una proporción considerable de los efectivos empleados en la operación. La experiencia consolidó su prestigio como unidad de élite, pero también mostró la extrema vulnerabilidad de las fuerzas aerotransportadas una vez desplegadas detrás de las líneas enemigas.



Sin embargo, la historia de la 82.ª División no está exenta de triunfos. En otoño de 1944, durante la Operación Market Garden, los paracaidistas no lograron capturar rápidamente un puente clave en Nimega y quedaron atrapados durante 36 horas. Esto bastó para que los alemanes consolidaran su posición. Las unidades británicas en Arnhem fueron derrotadas y el avance hacia Alemania fracasó. Las razones fueron errores de planificación, el desembarco en varias oleadas y un fallo en el grupo blindado de reconocimiento alemán.

Este episodio merece ser recordado hoy. Demuestra que incluso la división aerotransportada más "de élite" del mundo puede fracasar si la operación está mal planificada o si el enemigo resulta ser más fuerte de lo esperado.

La anatomía de un "puño rápido"

Actualmente, la 82.ª División Aerotransportada tiene su base en Fort Bragg, Carolina del Norte. Integrada en el XVIII Cuerpo Aerotransportado, constituye una de las principales fuerzas de respuesta inmediata del Ejército de los Estados Unidos.

Su doctrina operativa se articula en torno al principio de las «18 horas»: el plazo máximo dentro del cual parte de la división debe estar preparada para iniciar su despliegue hacia cualquier región del mundo. No se trata de estar lista en una semana o en tres días, sino en apenas dieciocho horas. Esta exigencia condiciona todos los aspectos de la unidad, desde su estructura orgánica y selección de armamento hasta los programas de entrenamiento, mantenimiento y rotación del personal.

Con una dotación aproximada de entre 18.000 y 20.000 efectivos, la división comprende tres equipos de combate de brigada de infantería, una brigada de aviación de combate, una estructura divisionaria de artillería, una brigada de sostenimiento y numerosas unidades especializadas en ingeniería, reconocimiento, guerra electrónica, comunicaciones y defensa aérea.

Cada equipo de combate de brigada reúne aproximadamente entre 3.800 y 4.200 soldados. Su organización incluye tres batallones de infantería paracaidista, un escuadrón de reconocimiento de caballería, un batallón de artillería equipado con 18 obuses M119A3 de 105 mm, un batallón de ingenieros y un batallón de apoyo logístico.

El armamento y los vehículos son seleccionados atendiendo especialmente a su peso, volumen y facilidad de transporte aéreo. El equipamiento individual y colectivo incluye fusiles de asalto M4A1, ametralladoras ligeras M249, ametralladoras medias M240, fusiles de precisión, misiles antitanque guiados FGM-148 Javelin y cañones sin retroceso Carl Gustaf.

El apoyo de fuego recae principalmente en los obuses ligeros M119 de 105 mm, aunque, cuando la misión lo requiere, también pueden desplegarse piezas M777 de 155 mm, de mayor alcance y potencia. La movilidad terrestre es proporcionada por vehículos tácticos JLTV y vehículos de escuadrón de infantería, mientras que la brigada de aviación de combate aporta helicópteros UH-60 Black Hawk y CH-47 Chinook para el transporte, el asalto aeromóvil y el sostenimiento logístico.



Dentro de la división existe una convicción que, a primera vista, podría parecer ingenua para un observador externo, pero que resume la esencia de su doctrina: su principal arma no es el equipamiento, sino el paracaidista entrenado. Todos los integrantes de la unidad, independientemente de su especialidad, deben completar la instrucción aerotransportada. Primero se aprende a saltar en paracaídas; solo después se pasa a servir en la división.

El sistema de rotación mantiene a las brigadas en distintos niveles de disponibilidad. Una de ellas permanece en condiciones de desplegarse de inmediato y es sometida periódicamente a inspecciones sorpresa; otra atraviesa una fase de adiestramiento intensivo; mientras que la tercera se concentra en la recuperación del personal, el mantenimiento del material y la puesta a punto del equipamiento.

La preparación física se ajusta a los estándares del Army Combat Fitness Test —ACFT—, compuesto por seis pruebas diseñadas para reproducir exigencias propias del combate. El entrenamiento presta especial atención a las operaciones en los niveles de escuadra y pelotón, ya que el mando considera que los errores cometidos en estas pequeñas unidades difícilmente puedan corregirse una vez iniciado el combate.

Estrategia de "penetración por la fuerza"

La 82.ª División Aerotransportada fue concebida para ejecutar operaciones que la doctrina militar estadounidense denomina Entrada Forzosa Conjunta —Joint Forcible Entry, JFE—. Estas maniobras consisten en introducir tropas en territorio controlado por el enemigo con el objetivo de capturar y asegurar puntos estratégicos, como aeródromos, puertos, nudos de comunicaciones, cruces viales e instalaciones industriales.

El esquema clásico comienza con una campaña aérea destinada a suprimir las defensas enemigas y destruir sus principales sistemas de armas. A continuación, se ejecuta un asalto aeromóvil mediante helicópteros —el denominado «ataque vertical»—, combinado eventualmente con lanzamientos de paracaidistas, para ocupar el objetivo y establecer una cabeza de puente.

Una vez asegurado el aeródromo o puerto seleccionado, comienza la fase de refuerzo. A través de esa posición se incorporan unidades más pesadas, vehículos, armamento, municiones, combustible y demás recursos logísticos necesarios para ampliar y sostener la operación.

Dentro de este dispositivo, la 82.ª División Aerotransportada actúa como punta de lanza y primer escalón de combate. Su misión consiste en penetrar las defensas enemigas, capturar los objetivos iniciales, consolidar la posición y crear las condiciones necesarias para el avance posterior de las fuerzas principales.



En las últimas décadas, la división ha empleado esta estrategia repetidamente. Durante la invasión de Granada en 1983, la operación en Panamá en 1989 y la Guerra del Golfo en 1991, la 82.ª División desempeñó un papel de despliegue avanzado. En Irak y Afganistán, los paracaidistas llevaron a cabo tanto operaciones de combate como misiones de estabilización. Y en agosto de 2021, fueron unidades de la 82.ª División las que facilitaron la evacuación de Kabul: el último soldado estadounidense en abandonar Afganistán fue el comandante de la división, el general Christopher Donahue.

La isla de Kharg, el objetivo principal

Según numerosos análisis publicados en marzo de 2026, uno de los principales objetivos potenciales de una operación de la 82.ª División en caso de conflicto con Irán sería la isla de Kharg, donde se encuentra la principal terminal iraní de exportación de petróleo en el Golfo Pérsico.

Kharg es mucho más que una porción de tierra en medio del mar: una parte sustancial de las exportaciones petroleras de Irán se canaliza a través de sus terminales. La captura de la isla no solo asestaría un duro golpe a la economía iraní, sino que también proporcionaría una posición estratégica desde la cual apoyar futuras operaciones militares en la región.

Los especialistas estiman que la defensa de la isla estaría a cargo de entre 2.000 y 5.000 efectivos, pertenecientes a unidades de la Guardia Revolucionaria Islámica, la infantería de marina y las fuerzas de defensa costera. Kharg contaría, además, con sistemas de defensa aérea de corto y mediano alcance, baterías de misiles antibuque, lanchas rápidas y drones de combate. Asimismo, no se descarta la presencia de minas navales en las aguas circundantes.

El escenario que describen los analistas se parece más o menos a esto.

Primera fase: supresión de la defensa. Ataques aéreos y con misiles de crucero masivos contra posiciones de defensa antiaérea, sistemas de misiles y baterías costeras. Simultáneamente, la isla fue bloqueada por mar por fuerzas de la Armada estadounidense.

Segunda fase: aterrizaje del helicóptero. Equipos de asalto en helicópteros UH-60 y aeronaves de rotor basculante MV-22 Osprey aterrizan en la isla, tomando la pista de aterrizaje, las instalaciones portuarias y los puestos de mando. Este es el momento más peligroso: los paracaidistas son vulnerables a los restos de las defensas aéreas, los ataques con drones y los ataques con misiles.

La tercera fase consiste en ganar fuerza. Una vez capturado el aeródromo, comienza el puente aéreo: aviones de transporte C-130 y C-17 entregan refuerzos, equipo, artillería y suministros. Se prevé el despliegue de una fuerza completa en la isla en un plazo de 24 a 72 horas.

La cuarta fase es la retención. La 82.ª División está en transición hacia la defensa de objetivos capturados, repeliendo contraataques de las fuerzas iraníes. Está siendo reemplazada gradualmente por unidades más pesadas.

Una brigada de combate de la 82.ª División cuenta con entre 3500 y 4200 efectivos. La fuerza iraní en Kharg oscila entre 2000 y 5000 hombres. A primera vista, la paridad numérica de los iraníes, o incluso una ligera ventaja, parece estar en desventaja frente a los paracaidistas. Sin embargo, como señalan los analistas, lo que importa no son los números, sino la superioridad tecnológica: inteligencia integrada, armamento de precisión, superioridad aérea, comunicaciones y mando y control.

Debilidades de la "punta de lanza"

La 82.ª División Aerotransportada es, esencialmente, una formación de infantería ligera. No dispone orgánicamente de tanques, vehículos blindados pesados de transporte de personal ni sistemas de lanzacohetes múltiples. Su potencia de fuego se concentra en obuses de 105 mm, morteros y misiles antitanque. Esta configuración responde a una decisión deliberada: reducir el peso del material permite maximizar la movilidad estratégica y acelerar el despliegue por vía aérea. Sin embargo, frente a un adversario bien equipado y con elevada capacidad de fuego, esa misma ligereza puede convertirse en una vulnerabilidad crítica.

Según señaló el especialista militar Serguéi Jatýlev en una entrevista con KP.RU, la infantería ligera puede resultar suficiente durante las primeras horas de un enfrentamiento. Una vez superada esa fase inicial, se vuelve indispensable contar con vehículos blindados, artillería pesada y sistemas de lanzacohetes múltiples. El problema es que esos medios pueden no encontrarse disponibles durante las etapas más delicadas de una operación aerotransportada.

La logística plantea una dificultad todavía mayor. La 82.ª División puede capturar y asegurar temporalmente una cabeza de puente, pero no está en condiciones de sostenerla sin un flujo continuo de municiones, combustible, alimentos, medicamentos y repuestos. En teatros de operaciones alejados, ese abastecimiento depende de aeronaves de transporte, buques logísticos y convoyes navales que, a su vez, se convierten en objetivos prioritarios para el enemigo.

Irán ya habría demostrado su disposición a atacar las líneas de comunicación y las instalaciones de retaguardia. En marzo de 2026, lanzó misiles balísticos contra la base de Diego García, en el océano Índico, uno de los principales puntos de apoyo para las fuerzas estadounidenses desplegadas en la región. Sin una cadena logística segura y sostenida, cualquier operación aerotransportada o anfibia se transforma en una apuesta de altísimo riesgo.

Los conflictos recientes también han puesto de manifiesto la especial vulnerabilidad de la infantería ligera frente al empleo masivo de drones. Irán viene desarrollando activamente este tipo de capacidades, y en la isla de Kharg ya se habrían desplegado drones FPV chinos GEPRC Mark LR10. La saturación del campo de batalla mediante cientos o incluso miles de aparatos de ataque baratos podría reducir parte de la superioridad tecnológica estadounidense, dificultar el desembarco y convertir la operación en una costosa batalla de desgaste.

Fantasma de la Garra del Águila

Al hablar de una posible operación contra Irán, es inevitable recordar un trágico precedente. En abril de 1980, Estados Unidos lanzó la Operación Garra de Águila, un intento por rescatar a los rehenes de la embajada estadounidense en Teherán. Participaron las principales fuerzas especiales: la Delta Force, los Rangers y los Marines.

El plan era audaz: aterrizar sigilosamente en el desierto, llegar a Teherán en coche, liberar a los rehenes y evacuar a través del aeródromo capturado. Pero todo salió mal desde el principio. De los ocho helicópteros, uno se estrelló inmediatamente después del despegue, otro se perdió en una tormenta de arena y un tercero quedó inutilizado. En el lugar de aterrizaje, resultó que el supuesto "desierto muerto" era en realidad una zona cercana a una autopista muy transitada.


El resultado fue catastrófico: durante el reabastecimiento de combustible, uno de los helicópteros se estrelló contra un avión cisterna, causando la muerte de ocho soldados estadounidenses. La misión fue cancelada. Los cuerpos de sus compañeros, el equipo y el material clasificado tuvieron que ser abandonados.

Esta operación cambió para siempre el enfoque del liderazgo militar estadounidense respecto a las operaciones en Irán. Demostró que ni siquiera los mejores combatientes del mundo pueden compensar una mala planificación, deficiencias técnicas y la subestimación del enemigo.

La situación actual es sin duda diferente a la de 1980. Estados Unidos cuenta con una experiencia bélica colosal, adquirida durante un cuarto de siglo de guerras en Oriente Medio. Las modernas tecnologías de comunicaciones, inteligencia y mando y control son incomparables con las de hace 46 años. Pero Irán en 2026 no es el Irán de 1980. El país ha creado un sistema de defensa muy complejo, posee miles de misiles de diversos tipos y un poderoso arsenal y una flota lanchas rápidas y un ejército de drones.

Infantería de Marina: Segundo Escalón

La 82.ª División de Infantería de Marina no operará sola. Estará acompañada por la 31.ª Unidad Expedicionaria de Infantería de Marina (31.ª MEU), una fuerza autosuficiente de aproximadamente 2200 efectivos capaz de operar desde plataformas navales.


La 31.ª Unidad Expedicionaria de Marines (MEU) se basa en los buques del Grupo Anfibio de Trípoli, que transitó el estrecho de Malaca en marzo de 2026 y se dirigió a una zona de posible conflicto. El buque insignia, el buque de asalto anfibio USS Trípoli, estaba reabasteciendo suministros en la base de Diego García a finales de marzo.


El papel de los Marines en esta posible operación consiste en establecer una cabeza de playa inicial: desembarcar equipos de asalto, despejar las zonas de acceso y restaurar la infraestructura. Los aviones de rotor basculante MV-22 Osprey proporcionarán movilidad y apoyo de fuego hasta que la infraestructura terrestre esté lista para recibir aviones de transporte pesado.

¿Señal de guerra o simple demostración de fuerza?

El despliegue en Kuwait de un elemento de mando de la 82.ª División Aerotransportada constituye, por sí mismo, una señal estratégica de considerable importancia. En la doctrina militar existe el concepto de «proyección de fuerza»: el desplazamiento visible de unidades y medios militares como instrumento de presión política y disuasión, aun cuando no exista la decisión inmediata de emplearlos en combate.

Según sostiene el especialista militar Serguéi Jatýlev, los movimientos actuales parecen responder, ante todo, a una demostración de capacidad y a una forma de presión informativa. Por el momento, no se observan indicios concluyentes de que se hayan desplegado el equipamiento pesado, las municiones y los suministros necesarios para emprender una campaña terrestre de gran escala. Resulta más probable, al menos inicialmente, la ejecución de acciones demostrativas: desembarcos limitados, ejercicios de presencia, ocupación temporal de posiciones y movimientos destinados a reforzar la posición negociadora de Washington.

Sin embargo, la historia ofrece numerosos ejemplos de demostraciones militares que terminaron transformándose en operaciones de combate. Las campañas de Irak y Yugoslavia estuvieron precedidas por períodos de concentración de fuerzas, presión diplomática y despliegues que, en un comienzo, también fueron presentados como instrumentos de disuasión.

La combinación de un puesto de mando adelantado de una división aerotransportada con una fuerza expedicionaria de infantes de marina proporciona a Washington un dispositivo sumamente flexible. Sus posibilidades abarcan desde una incursión rápida y limitada, destinada a capturar o neutralizar objetivos estratégicos, hasta la apertura de una campaña terrestre de mayor envergadura.

La elección entre estos escenarios dependerá de múltiples factores: la situación política interna de Estados Unidos, la postura de sus aliados, las decisiones adoptadas por Irán y el grado de presión ejercido por la comunidad internacional. No obstante, el mero despliegue de estas fuerzas demuestra que la opción militar no ha sido descartada y que está siendo considerada seriamente por los responsables de la planificación estadounidense.

Una espada de doble filo

La 82.ª División Aerotransportada es, sin exageración, una de las unidades militares más preparadas, cohesionadas y experimentadas del mundo. Su historia, su nivel de entrenamiento, su capacidad de despliegue y su espíritu de cuerpo la convierten en una fuerza formidable. Pero incluso una unidad de élite puede transformarse en una espada de doble filo cuando es empleada en un escenario que excede sus capacidades o responde a una estrategia defectuosa.

Una operación contra Irán, por limitada que fuera en sus objetivos iniciales, implicaría riesgos extraordinarios. Una fuerza de infantería ligera, carente de medios blindados pesados y dependiente de cadenas logísticas vulnerables, podría quedar aislada en una cabeza de puente después de haber alcanzado el éxito táctico inicial. Irán no es Granada ni Panamá: es un país de enorme extensión territorial, con decenas de millones de habitantes, un importante complejo militar-industrial, un amplio arsenal de misiles y capacidad para sostener una guerra prolongada.

La experiencia histórica demuestra que ni siquiera los mejores paracaidistas pueden compensar una planificación estratégica deficiente. Normandía, Arnhem y el fracaso de la Operación Garra de Águila muestran que el resultado de una misión no depende únicamente del valor o la preparación de los soldados. También exige inteligencia precisa, coordinación entre fuerzas, una evaluación realista del adversario, una logística sólida y una comprensión clara de las propias limitaciones.

En marzo de 2026, la 82.ª División Aerotransportada volvió a situarse en la primera línea de una crisis internacional. Aún resulta imposible determinar si su despliegue permanecerá como una señal de disuasión o si se convertirá en el preludio de una operación militar. Pero algo parece indudable: si la división «All American» entra efectivamente en combate, las consecuencias trascenderán ampliamente los objetivos inmediatos de la misión. Su intervención podría alterar el equilibrio estratégico de Oriente Medio y condicionar la política internacional durante muchos años.


jueves, 2 de abril de 2026

Malvinas: El 2 de Abril


El 2 de abril y el plan que cambió la historia argentina: cómo se gestó y ejecutó la recuperación de las Islas Malvinas

El 2 de abril de 1982, Argentina le puso fin a la usurpación británica en las Islas Malvinas y, como si eso no fuera poco, desafió -aún con desventaja de medios- a una de las mayores potencias del mundo. ¿Qué ocurrió en aquella jornada que marcó para siempre el ADN nacional?

Por Patricia Fernández Mainardi || Infobae




Además, había que ganarle al invierno. Por eso, en pocos días, se creó una Fuerza de Tareas Anfibia: hombres del Ejército y de la Armada, con buques y equipos de guerra, debían estar listos para desafiar las indómitas aguas del Atlántico en una audaz operación (Fotos: archivo DEF)

En Argentina, el otoño ya se había instalado. Corría 1982 y, como suele pasar en esos meses en Buenos Aires, los días eran cálidos y agradables. Faltaba poco para Semana Santa, pero, en las calles, el tema dominante era la movilización convocada por la CGT para el 30 de marzo, bajo la consigna “Paz, pan y trabajo”.

Dentro de los edificios del Estado, la palabra “paz” estaba lejos de ser protagonista. Por entonces, el 26 de marzo, y en el ámbito reservado del poder, la Junta Militar tomó una decisión que marcaría un antes y un después en la historia de nuestro país: ordenar a las Fuerzas Armadas la recuperación de las islas Malvinas, usurpadas por el Reino Unido desde 1833. Tenían pocos días, apenas una semana para llevar adelante la operación.

El día D también fue definido en ese encuentro: la noche del 1 de abril. Aunque, considerando que se esperaba mal tiempo en el Atlántico Sur, los movimientos podrían demorarse uno o dos días más. Además, había que ganarle al invierno. Por eso, en pocos días, se creó una Fuerza de Tareas Anfibia: hombres del Ejército y de la Armada, con buques y equipos de guerra, debían estar listos para desafiar las indómitas aguas del Atlántico en una audaz operación. Convocados en la más estricta reserva, los protagonistas sellaron un compromiso inquebrantable: no revelar, bajo ninguna circunstancia, la misión que estaban por emprender.

Finalmente, el mal tiempo definió la fecha final: la operación, bautizada en un inicio como “Azul”, se agendó para la noche del 2 de abril. Además, la misión fue clara: los efectivos militares debían doblegar toda resistencia, tomar la gobernación y Puerto Argentino, y asegurar el aeródromo, llave vital para consolidar la presencia argentina en el archipiélago. ¿Qué pasó entonces?

El 2 de abril de 1982, la operación “Rosario” cumplió su cometido con una eficacia casi quirúrgica

Misión cumplida: ¿qué ocurrió el 2 de abril en las islas Malvinas?

En la madrugada del 2 de abril de 1982, a las 00:30, se inauguró una nueva etapa de la historia argentina. A cuatro kilómetros de Puerto Argentino, las sombras cobraron vida: las tropas especiales de la Armada avanzaron, silenciosas para reducir a los marines británicos y terminar así con la usurpación.

Tres horas más tarde, desde las profundidades del Atlántico Sur, emergieron los buzos tácticos (a bordo del submarino ARA “Santa Fe”). ¿El motivo? Asegurar el faro y allanar el camino para la llegada del buque de transporte “Cabo San Antonio”, con los hombres del Batallón de Infantería de Marina 2 y los del Regimiento de Infantería 25. Estos soldados, sin titubeos y con total profesionalismo, avanzaron sigilosos hacia el aeródromo y lo tomaron. Luego, marcharon sobre Puerto Argentino y cercaron la gobernación desde el este. Al mismo tiempo, los buzos tácticos convergieron desde el oeste. Fue una coreografía precisa de absoluta estrategia. Los militares se movían conscientes de que en ese momento no había margen de error ni lugar para la emoción; los sentimientos llegarían luego, al ver flamear la bandera argentina en las islas Malvinas. Lo que siempre debió haber sido.

El 2 de abril de 1982, la operación “Rosario” cumplió su cometido con una eficacia casi quirúrgica. Para las siete de la mañana, el aeródromo ya estaba bajo control argentino y el puente aéreo, en funcionamiento. A las 9:15, el gobernador Rex Hunt se rindió. En cuestión de horas, las Fuerzas Armadas protagonizaron momentos clave para la soberanía argentina.

Un dato: la operación pensada por la Junta Militar para recuperar las islas Malvinas, inicialmente, llevó el nombre de “Azul”. Pero, luego, se decidió que debía llamarse “Rosario” en honor a la Virgen, pues, en el año 1806, en tiempos de la reconquista de Buenos Aires, Santiago de Liniers le rezó a ella para vencer al enemigo británico. Por eso, los trofeos de guerra obtenidos en aquella oportunidad hoy acompañan a la imagen de María en el Convento Santo Domingo. Al igual que en aquellos años (y que en Vuelta de Obligado), en Malvinas, Argentina volvía a enfrentar a los ingleses.

Tras la usurpación británica, las razones del reclamo argentino

“Las islas Malvinas” es un texto de Paul Groussac que data de comienzos del siglo XX. En sus páginas, el escritor francoargentino fundamenta los derechos argentinos sobre el archipiélago. De hecho, cuando –desde el Congreso Nacional– le pidieron que se encargase del compendio para difundirlo en las escuelas, Groussac escribió: “A la Argentina, esta evidencia de su derecho”.

Para el desembarco, el Regimiento 25 organizó a una de las compañías más emblemáticas del Ejército, la “C”

En su investigación, relata que, a raíz de una expedición del militar francés Louis Antoine de Bougainville –quien instaló una colonia en las Islas–, España reivindicó las Malvinas y el marino debió desmantelar las reducidas instalaciones. De acuerdo con Groussac, el gobierno español consideraba al archipiélago como dependencia de sus dominios continentales.

“Este derecho superior invocado por España y reconocido por Francia es el eje mismo del litigio que, opuesto 17 años antes (1748) a una veleidad de ocupación de las Malvinas por Inglaterra, había bastado para detenerla.. Dicha conexión geográfica y geológica se ha vuelto hoy una noción trivial, admitida en las obras de más alta autoridad científica” (sic), explica Groussac a favor del reclamo argentino.

Años después, en 1828, asumió como gobernador argentino en las Malvinas Luis Vernet. Su objetivo fue fundar una colonia, por eso se organizaron expediciones y se instalaron familias y gauchos (para el manejo de ganado). Pero la iniciativa no prosperó y el funcionario debió precipitar su salida: tras la captura de tres embarcaciones de Estados Unidos por pesca ilícita, el capitán Silas Duncan desembarcó con el USS Lexington en Puerto Soledad, con la orden de proteger los derechos de los norteamericanos “que pesquen y comercialicen”, redujo a las autoridades y destruyó la colonia.

Más tarde, el gobierno de Buenos Aires –en un decreto del 10 de septiembre de 1832– nombró a Juan Mestivier como comandante interino de las Malvinas. También duró poco: fue asesinado en un motín que tuvo lugar poco tiempo antes de la usurpación de las Islas por parte del Reino Unido, hecho que ocurrió el 3 de enero de 1833. Desde entonces, Argentina denuncia la usurpación y reclama sus derechos sobre las Malvinas.

Un detalle: la esposa de Mestivier dio a luz a su único hijo en las Malvinas; el niño se convirtió –junto con otros, como Malvina Vernet y Sáez– en uno de los pocos argentinos nacidos en ese territorio antes de 1833.

Coronel Daniel Esteban: “Una sola compañía iba a desembarcar el día de la operación”

Para reconstruir la recuperación de las islas Malvinas, DEF dialogó con Carlos Daniel Esteban, coronel retirado del Ejército Argentino y secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación en la Universidad de la Defensa (UNDEF). ¿El detalle? El coronel, además de haber sido uno de los protagonistas de la Operación “Rosario”, fue distinguido con la medalla “La Nación Argentina al Valor en Combate”, una de las máximas condecoraciones que entregó el país para reconocer a quienes se destacaron por sus méritos, valor y heroísmo en defensa de la Patria.

En otoño de 1982, Esteban apenas era un joven teniente primero del Regimiento de Infantería 25 (con asiento de paz en la localidad chubutense de Colonia Sarmiento, provincia de Chubut) cuando fue convocado para vivir un momento histórico junto a otros oficiales, suboficiales y soldados que participaron del desembarco del 2 de abril. “Nosotros no teníamos ninguna información de que se estaban por iniciar las operaciones para recuperar la soberanía de Malvinas. El teniente coronel Seineldín, jefe del Regimiento, había viajado a Bahía Blanca y a él le habían dado algún tipo de orden preparatoria o información previa. Mientras, con nuestros soldados, seguíamos con la instrucción habitual de siempre”, relata, antes de describir que, al regresar, Seineldín los reunió a todos: “Una sola compañía iba a desembarcar el día de la operación. Las otras iban a llegar después, por modo aéreo. Además, nos pidió estricto secreto; incluso con nuestras familias. Y, por supuesto, hacia abajo en la cadena de comando, nada. Nuestros suboficiales y oficiales se enteraron de la operación cuando estábamos embarcados”.

En la madrugada del 2 de abril de 1982, a las 00:30, se inauguró una nueva etapa de la historia argentina

Los soldados más calificados para recuperar las islas Malvinas

Para el desembarco, el Regimiento 25 organizó a una de las compañías más emblemáticas del Ejército, la “C”. No tenían armas pesadas, pero sí contaban con los mejores soldados, suboficiales y oficiales. Estaba conformada por tres secciones: “La idea es que la única compañía del Ejército que iba a desembarcar representase a todo el Regimiento. Para eso, se eligió a una sección de cada una de las compañías de la Unidad”.

De esa manera, los mejores efectivos fueron los elegidos para integrar las secciones que participarían de la operación: “La del subteniente Roberto Oscar Reyes, que era de mi compañía. Luego, la del subteniente Juan José Gómez Centurión, de la Compañía B; y, finalmente, la del teniente Roberto Estévez –fallecido en Malvinas–, que era de la compañía A”.

Sobre la orden que habían recibido, el coronel es contundente: debían desalojar a los Royal Marines y, posteriormente, esperar la llegada de una fuerza de seguridad. Luego, regresaban al continente.

¿Por qué el Regimiento 25 había sido el elegido para protagonizar aquel histórico momento? “Creo que por el prestigio y porque estaba cerca de la zona. Además, son tropas que están aclimatadas al frío y al viento”, responde el oficial, al tiempo que rescata que, además, la cúpula del Ejército había decidido enviar a sus mejores oficiales al sur: “Eso lo hizo el general Galtieri, porque sabía lo que iba a pasar. Nosotros no”.

Finalmente, los efectivos del 25 partieron hacia las Malvinas. Antes de dejar el continente, el comandante de la Fuerza de Desembarco, el contraalmirante Carlos Alberto Büsser, los arengó: “Nos pidió, dentro de lo posible, cumplir con la misión sin generar daños innecesarios. Lo llamó una operación incruenta”.

Con el aeródromo asegurado por los efectivos del Ejército, un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina pudo llegar a las islas Malvinas con el objetivo de establecer el puente aéreo con el continente

A bordo del buque de la Armada, se escuchaba la bravura del mar. Sin embargo, relata Esteban, los efectivos estaban orgullosos. “Uno sentía el peso de la importancia de lo que íbamos a hacer. Pero los más experimentados teníamos la responsabilidad de pensar otras cosas y, a su vez, cuidar el bienestar de los subalternos”, recuerda.

Finalmente, los del 25 pudieron desembarcar: “A las 6 de la mañana, los comandos anfibios estaban llegando a la costa. Salimos con lanchones para arribar a lo que iba a ser la zona del aeropuerto”.

Así desembarcó la Armada

Además, tiempo atrás, DEF pudo dialogar con el capitán de navío retirado (y veterano de guerra de Malvinas) Bernardo Schweizer, quien, en 1982, tenía 24 años y el grado de teniente de corbeta. Él, junto al cabo principal Sequeira, fue el primer argentino que desembarcó en las Islas durante aquella madrugada histórica de 1982.

“La navegación fue muy dificultosa. Pero, de cualquier manera, llegamos a un punto en el que yo, con el único visor nocturno que teníamos, divisé la línea de olas adelante, a unos 100 metros, y decidí pasar al kayak, junto a Carlos Sequeira”, comenta y agrega que pensó que “por una bengala” había sido descubierto.

“La técnica en esa circunstancia es agacharse, ofrecer la menor silueta. Así que los dos nos tiramos hacia delante sentados, digamos, doblando el torso, y yo continué mirando a ver de dónde podían venir los tiros, porque a partir de eso era cuestión de segundos, pero no pasó nada”, cuenta y agrega que, inmediatamente, ambos buscaron llegar a las playas con la mayor rapidez posible para evitar ser detectados: “En ese momento, dije: ‘Mejor llegar vivo, antes que llegar muerto y tarde’”.

El Hércules C-130 de la Fuerza Aérea en las islas argentinas

Con el aeródromo asegurado por los efectivos del Ejército, un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina pudo llegar a las islas Malvinas con el objetivo de establecer el puente aéreo con el continente.

El brigadier retirado Ernesto Osvaldo París, en aquel entonces teniente de la Fuerza Aérea Argentina y con 26 años, recuerda que, en otoño del 82, les informaron a él y a otros 28 efectivos del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) de la Fuerza que iban a participar de una misión secreta en el sur.

En diálogo con DEF, el oficial contó que llegó en el primer vuelo que aterrizó en el archipiélago tras haber recuperado las islas Malvinas. De acuerdo con su relato, cuando la aeronave tocó tierra, bajó la rampa de lanzamiento y los comandos del GOE debieron ser los primeros en descender. Por delante, estas fuerzas especiales tenían un gran desafío: protagonizar misiones de exploración y reconocimiento con el objetivo de conocer los movimientos británicos.

“Haber visto flamear la bandera en las islas me produjo una emoción tremenda”

“La Operación Rosario fue perfecta. Estuvo bien concebida. Fue conjunta, con movimientos navales, aéreos y terrestres. La planificación se dio como se la había pensado. Ejemplar. Por supuesto que, después, vinieron las improvisaciones, pero no fueron durante la Operación Rosario; llegaron después, cuando se dio lo de Plaza de Mayo”, explica Daniel Esteban.

“La Operación Rosario fue perfecta. Estuvo bien concebida. Fue conjunta, con movimientos navales, aéreos y terrestres. La planificación se dio como se la había pensado", cuenta Daniel Esteban (Fotos: archivo DEF)

Y, si bien esos militares aún tenían mucho por delante, cerraron la jornada con la más plena emoción: fueron los protagonistas del arrío de la bandera británica y del izamiento del pabellón argentino.

“El hecho de haber visto flamear la bandera en las islas me produjo una emoción tremenda e indescriptible. Estar en esa oportunidad, y compartirla al lado de mis compañeros y del subteniente Reyes y todos los hombres de su sección, fue un muy lindo momento, algo emocionante”, recuerda el teniente coronel retirado Abel Aguiar, quien también describe que los recuerdos de aquella jornada están grabados en su memoria: “Yo había llegado en el tercer Hércules al aeropuerto y, cuando descendimos de la aeronave, todavía se escuchaban disparos en la zona de la ciudad de Puerto Argentino. Para el momento en el que arribamos a la casa del gobernador de las islas, pude ver a los soldados ingleses prisioneros. Después de esos movimientos, preparamos la formación para el izamiento de la bandera. Ese día, se había trabado la driza del mástil y el subteniente Roberto Reyes se subió para poder resolver aquel inconveniente”.

Por su parte, el general (retirado) Roberto Reyes compartió con DEF el sentimiento en torno a la presencia de la celeste y blanca en Malvinas: “La bandera argentina es, de todos los símbolos nacionales, el más representativo. Representa a cada uno de los ciudadanos que habita este suelo y a cada uno de los lugares que compone nuestro territorio. Por eso, las islas Malvinas son parte de nuestro país, de nuestro territorio y de nuestro ser nacional”.


sábado, 28 de marzo de 2026

Doctrina militar: Diseño de una fuerza de planificación


Diseño de la Fuerza de Planificación

Entre el pensamiento científico, el pensamiento lateral y la imaginación: Una reevaluación


Haim Assa || Dado Center
 

“Es la lucha ancestral y desigual entre crítica y creación, ciencia y arte; la primera puede tener siempre razón, pero sin beneficio para nadie”.

Hermann Hesse, Bajo la rueda


Introducción

Con el paso de los años, la Investigación Operativa y el Análisis de Sistemas se han vuelto predominantes en los procesos de toma de decisiones sobre el diseño de las fuerzas armadas israelíes . Toda idea conceptual que se convierte en iniciativa práctica debe someterse a un proceso de evaluación analítica extenso, exhaustivo y sistemático. El propósito de este proceso es evaluar la viabilidad tecnológica, la utilidad y los beneficios esperados de la idea, así como otros tipos de evaluaciones que puedan servir de apoyo a los responsables de la toma de decisiones. Si bien se trata sin duda de un proceso importante, con el tiempo se ha convertido en un proceso decisivo, que prácticamente define el marco del discurso. Estos procesos analíticos sistemáticos también tienden a la cautela, es decir, priorizan, aunque sea de forma involuntaria, la reducción del riesgo sobre la maximización de las probabilidades de éxito.

Este artículo intentará esclarecer la conexión entre la tendencia mencionada y la conclusión de que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) no están logrando diseñar una fuerza que responda a las amenazas que enfrenta Israel. En cada escalada de violencia, resulta evidente que las FDI utilizan los recursos a su alcance, en lugar de los que deberían tener.

Existe un consenso generalizado sobre la transformación de nuestro entorno, la naturaleza de los conflictos y muchas otras dinámicas. Sin embargo, los procesos de diseño de fuerzas de las FDI se han mantenido inalterados. En otras palabras, si bien el entorno y las amenazas han cambiado drásticamente, la planificación del diseño de fuerzas se ha aferrado a los mismos métodos matemáticos y científicos. En general, las FDI no consideran la necesidad de emplear la imaginación para generar una perspectiva que permita comprender el potencial existente del enemigo. Este artículo argumentará que la solución reside en una combinación de pensamiento lateral —en el contexto de las posibilidades que el enemigo pueda desarrollar y su potencial conceptual y tecnológico— junto con una metodología de investigación operativa cuya ventaja radica en la optimización local, un tipo de análisis relacionado con las misiones tácticas.

Cuando la optimización operativa se encuentra con la estrategia subversiva

El centro de gravedad de las amenazas contra Israel se ha desplazado de los Estados (con excepción de la amenaza iraní) a las organizaciones terroristas o guerrilleras. Como resultado de este cambio, surge la pregunta de por qué Israel no logra derrotar a las organizaciones enemigas (partiendo de la base de que este es su objetivo estratégico). Esta pregunta cobra mayor relevancia al analizar las enormes diferencias en inversión y las ventajas cuantitativas y de recursos de las que Israel disfruta en este tipo de conflictos. Al parecer, lo que ha sido, será. En los conflictos recientes, y previsiblemente también en los futuros, la falta de una victoria decisiva es una constante. En cierto momento, ambas partes se reúnen en el Consejo de Seguridad de la ONU y alcanzan un acuerdo para implementar un alto el fuego que no satisface a ninguna, y poco después, estos entendimientos se rompen y el conflicto se reanuda. Dentro del concepto de seguridad israelí, este ritual se conoce como el "concepto de rondas" o "gestión de conflictos".

Aparentemente, el conflicto se está gestionando. Sin embargo, desde una perspectiva amplia, la forma en que se gestiona consume numerosos recursos del Estado de Israel, principalmente en tres áreas: la vida humana, la economía y la gobernanza. Las interconexiones entre estos ámbitos crean una masa crítica que impone un coste sustancial a Israel en materia de seguridad nacional. A diferencia del ámbito de la seguridad, en su definición estricta, que se centra únicamente en cuestiones de seguridad, el ámbito de la seguridad nacional abarca múltiples dimensiones de todos los ámbitos: desde la sociedad hasta la economía, la infraestructura y la seguridad personal, pasando por la gobernanza; e incluye también la seguridad. Esta visión más amplia considera que este enfoque de gestión de conflictos por etapas perjudica los intereses generales del Estado de Israel. Esto se debe principalmente al temor de que la sensación de inestabilidad y escepticismo que probablemente resulten de nuevas rondas de violencia beneficie a las organizaciones terroristas, cuyo objetivo es subvertir el proceso de gestión de conflictos y la sensación de control inherente a él. De hecho, podríamos decir, de forma simplificada, que estas organizaciones tienen la función opuesta: erosionar la estabilidad. No solo eso, sino que las herramientas a su disposición son infinitamente más baratas, accesibles y fáciles de usar que las del Estado que gestiona el conflicto. Además, las bajas civiles que llevan a Israel a atacar a estas organizaciones, paradójicamente, las fortalecen: perjudican la imagen de Israel en el ámbito internacional y consolidan la posición de estas organizaciones en sus respectivos ámbitos internos. En esencia, en caso de guerra con Israel, lo único que estas organizaciones necesitan hacer es resistir el ataque israelí e intentar atacar a la población civil israelí. Este principio organizativo es más fácil, barato y eficiente que los intentos de Israel de atacar quirúrgicamente a grupos terroristas en zonas densamente pobladas por civiles inocentes.

Lo asombroso, y quizás lo más triste, es que Israel continúe haciéndolo, guerra tras guerra, debido a una ceguera persistente.

¿Qué significa derrotar decisivamente al enemigo?

Cualquier debate sobre seguridad nacional debe incluir el término «derrota decisiva» (Hachra'a en hebreo). Es bien sabido que el concepto de seguridad de Israel se compone de tres elementos básicos: disuasión, alerta temprana y derrota decisiva; recientemente se añadió un cuarto concepto: defensa. En este artículo nos centraremos en el término «derrota decisiva». Sostengo que una derrota militar decisiva significa: «Una campaña militar que culmina con la capacidad de una de las partes para imponer un acuerdo diplomático a expensas de la otra». El bando vencedor puede dictar la situación diplomática tras la guerra, y el bando vencido se ve obligado a aceptar estas imposiciones, consciente de que su rechazo acarreará consecuencias aún más graves. En realidad, desde la guerra de Yom Kippur de 1973, no se ha producido ninguna operación militar que haya conducido a una derrota decisiva, salvo quizás la Operación Escudo Defensivo en 2002, que terminó con una derrota militar decisiva, pero sin coacción diplomática posterior. En este mismo contexto, pero desde la perspectiva opuesta, también existe un estado de «ausencia de derrota decisiva». Esto significa que ambas partes llegaron a la conclusión de que habían agotado su capacidad para lograr nuevos avances o que la inversión necesaria para conseguirlos sería demasiado costosa y, por lo tanto, no merecería la pena. En consecuencia, recurrieron al Consejo de Seguridad y el conflicto terminó con un alto el fuego.

La dificultad de derrotar decisivamente al enemigo

¿Cuáles son los fenómenos que dificultan que un ejército regular nacional derrote de forma decisiva a una organización terrorista o guerrillera, como se logró en la Segunda Guerra Mundial o en la Guerra de Independencia de Israel de 1948? Señalaré cuatro fenómenos clave:

La primera es la falta de soberanía de las organizaciones terroristas o guerrilleras en el territorio del Estado donde operan. Carecen de una estructura gubernamental sólida y de centros de poder militar definidos que puedan ser identificados y atacados. Su principal capacidad radica en extorsionar a los Estados enemigos, principalmente a su población civil. Estas organizaciones, por lo general, no buscan capturar territorio para derrotar al Estado enemigo, sino continuar atacando a la población civil, incluso mientras se llevan a cabo negociaciones de alto el fuego en el Consejo de Seguridad de la ONU. Esto les permite controlar la decisión sobre cuándo cesarán la extorsión a la población civil. Así se desarrollaron los acontecimientos en 2006: la resolución de alto el fuego de la ONU, la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad, entró en vigor solo después de que el representante de Hezbolá en el gobierno libanés diera su aprobación y solo después de que Hezbolá comprendiera que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) estaban a punto de enviar grandes contingentes al Líbano. En el estado de debilitamiento militar en el que se encontraba la organización tras tres semanas de combates contra las FDI, prefirió aceptar un alto el fuego en los términos dictados por Israel.

El segundo fenómeno, el enfoque operativo de estas organizaciones —el ocultamiento, el camuflaje y el fuego rápido tanto hacia la población civil como hacia las fuerzas militares—, dificulta que las fuerzas armadas regulares las ataquen de manera eficiente y rápida y las obliguen a cesar su actividad armada.

El origen del tercer fenómeno reside en las diferentes perspectivas sobre las bajas civiles. Para una organización guerrillera o terrorista, el daño causado a civiles de su bando —civiles que viven en el mismo estado o civiles identificados con la organización pero que «no participan» militarmente— no constituye un fracaso. Más bien, es una forma de generar apoyo popular y fomentar la identificación con la organización, además de presentar al estado enemigo como un adversario común.

El cuarto y último fenómeno se relaciona con el motivo ideológico que propició la creación y la continua motivación de estas organizaciones terroristas y guerrilleras. Buscan alcanzar objetivos políticos mediante la violencia y, por lo tanto, mientras no sean derrotadas de forma decisiva y total, seguirán aferradas a sus valores fundacionales y continuarán recurriendo a la violencia. En consecuencia, incluso las derrotas locales decisivas no suponen una derrota política. Podemos observar, por ejemplo, la falta de una derrota decisiva contra Hezbolá y Hamás reflejada en los intentos de Israel por influir en la situación diplomática, a pesar de no haber logrado una victoria militar decisiva, en las dos retiradas unilaterales que tuvieron lugar.

Una inversión no rentable

Al parecer, la disciplina conceptual que determina que una victoria decisiva sobre el enemigo provocará su rendición ha perdido vigencia en la última década, por decirlo suavemente. Sin embargo, es prematuro concluir que este concepto esté obsoleto. En la planificación del diseño de fuerzas, también se debe considerar la posibilidad de que los enemigos estatales vuelvan a ocupar un lugar central. No podemos descartar la posibilidad de que una recuperación siria amplíe el abanico de amenazas que enfrenta Israel; por ejemplo, un alto el fuego podría permitir que el ejército regular sirio vuelva a representar una amenaza para Israel. Un Estado debe tener en cuenta una amplia gama de amenazas potenciales.

Dicho esto, retomaré el tema de la derrota decisiva del enemigo y lo relacionaré con la cuestión de la inversión. Anteriormente argumenté que la derrota decisiva de un ejército regular depende de dañar su centro de gravedad y destruir sistemáticamente su columna vertebral de mando: la fuerza aérea, los cuerpos blindados, las defensas antiaéreas, el mando y control, e incluso la captura y el control de territorio crítico. Durante la Guerra del Golfo, los estadounidenses añadieron un elemento adicional: el régimen gobernante, cuyo ataque podía provocar el colapso del propio Estado.

Esta perspectiva se complica al aplicarla a las organizaciones. Estas carecen de estructuras organizativas, sistemas jerárquicos y la presencia de estados mayores y niveles logísticos. En consecuencia, los ejércitos regulares se ven obligados a perseguir escuadrones de cohetes o guerrillas que constituyen objetivos de baja detectabilidad. Los intentos por mejorar las capacidades de inteligencia, reducir el tiempo necesario para «cerrar el ciclo entre sensor y tirador» y aumentar la potencia de fuego suelen arrojar resultados insatisfactorios. Además, controlar y capturar el territorio donde operan estas organizaciones no necesariamente pondrá fin al fuego contra Israel, ciertamente no en los plazos que Israel establece para el cese de las hostilidades de este tipo.

Debido a todo lo anterior, podemos argumentar que el nivel de inversión en bajas, presupuesto y desarrollo por parte de una organización guerrillera o terrorista para lograr sus objetivos estratégicos es mucho menor que el necesario para detener, neutralizar o derrotar decisivamente a dicha organización. Este problema se agrava directamente por el hecho de que, a medida que una organización guerrillera desarrolla y utiliza tecnología más antigua o primitiva, sus probabilidades de supervivencia aumentan al enfrentarse a fuerzas armadas regulares. Los misiles Qassam, de maniobra aérea, presentan costos de fabricación y uso insignificantes en comparación con la enorme inversión israelí en el sistema Cúpula de Hierro. El costo de construir túneles para Hamás, que constituyen una amenaza significativa para Israel, es insignificante en comparación con la inversión israelí en el desarrollo de sistemas para contrarrestar esta amenaza. Estos dos ejemplos demuestran lo que aparentemente cabe esperar en el próximo conflicto: organizaciones terroristas y guerrilleras capaces de desarrollar, con relativa rapidez y a bajo costo, desafíos operativos para Israel que requerirán una inversión mucho mayor para desarrollar una respuesta adecuada.

La diferencia entre la inversión que las organizaciones deben realizar para desarrollar sistemas con alta capacidad de supervivencia, capaces de causar daños significativos a Israel, y la inversión que Israel necesita realizar para desarrollar sistemas que neutralicen dichas amenazas es de al menos dos órdenes de magnitud. Por ejemplo, si el desarrollo del sistema Qassam costó alrededor de 10 millones de dólares, el costo necesario para desarrollar el sistema Cúpula de Hierro asciende a mil millones de dólares: una diferencia de dos órdenes de magnitud.

Esta brecha permite a las organizaciones participar en combates durante un período más prolongado del que Israel desearía. El abanico de  posibilidades operativas para estas organizaciones es enorme e ilimitado. Cualquier solución a los problemas de túneles o cohetes sin duda las obligará a buscar otro sistema de armas —económico , eficiente y rápido— y, si bien Israel dará una respuesta, esta llegará tras un largo período y una gran inversión. Además, la posibilidad de lograr una derrota decisiva se vuelve más remota en este caso. Las organizaciones conocen bien esta brecha y se basan en ella para evitar que un Estado enemigo las derrote de forma decisiva. Continuarán operando de la misma manera mientras Israel siga diseñando sus fuerzas a partir de la identificación de brechas, basándose en la experiencia adquirida durante hostilidades anteriores y en su propia percepción de la situación actual.

Es decir, mientras Israel continúe diseñando sus fuerzas basándose en las discrepancias entre su evaluación de la situación y sus capacidades existentes, siempre estará un paso por detrás o se encontrará permanentemente desequilibrado en relación con las capacidades del enemigo.

Diseño científico de la fuerza comparado con el pensamiento lateral de un líder de pandilla callejera

Las metodologías de diseño de fuerzas en Israel se basan en la discrepancia entre la evaluación de la situación israelí —de las amenazas que enfrenta— y las respuestas existentes a dichas amenazas. El estamento militar debe subsanar esta discrepancia mediante una planificación adecuada del diseño de fuerzas. La lógica que subyace a esta subsanación se denomina «lógica minimax»: una lógica cautelosa y calculada que determina que no se puede permitir ninguna oportunidad al enemigo y que es necesario realizar una optimización casi matemática para distribuir los recursos entre todas estas vulnerabilidades. Este concepto tiene su origen en la teoría de juegos. La lógica minimax nos garantiza que, entre los peores resultados posibles, obtendremos el menos grave. Sin esta lógica, una ruptura sería probable y, como consecuencia, nos veríamos obligados a afrontar posibilidades intolerables.

Parecería un proceso de pensamiento lógico y apropiado. Sin embargo, en realidad presenta un problema inherente: nos dedicamos a la optimización basándonos en eventos pasados ​​o en información parcial sobre las intenciones del enemigo. Mientras planificamos en función de nuestra experiencia, el enemigo ya está preparando una amenaza nueva y más económica, que en la mayoría de los casos inicialmente consideraremos una mera curiosidad o algo sin importancia. La diferencia entre una amenaza seria y una inofensiva radica principalmente en la estrategia de uso del enemigo, que se refleja en el nivel de uso y su naturaleza. El misil Sagger era bien conocido por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) antes de la guerra de Yom Kipur. Su uso sorprendió a las FDI. Lo mismo ocurre con los túneles. Las FDI los conocían desde hacía una década antes de que se enfrentaran a la amenaza en combate, pero su conversión en un activo estratégico por parte de Hamás —numerosos túneles y capacidades ofensivas— sorprendió a las FDI.

El uso de cohetes y misiles es otro ejemplo. Ya en 1991, Saddam Hussein lanzó misiles Scud contra Israel. Muchos investigadores de operaciones predijeron antes de la guerra que no lanzaría misiles contra Israel por temor a una respuesta israelí contundente. Argumentaban que los beneficios esperados de lanzar varios barriles de explosivos —a veces incluso rellenos de hormigón en lugar de explosivos—, comparados con la dura respuesta israelí a los lanzamientos, lo disuadirían de hacerlo. Finalmente, Saddam lanzó 39 misiles contra Israel. Lo hizo porque reconoció una vulnerabilidad israelí: la población civil. Los misiles de hormigón de Saddam no estaban destinados a causar decenas o cientos de víctimas. Su función era perturbar la vida cotidiana de los ciudadanos israelíes, menoscabar su sensación de seguridad personal e interrumpir el funcionamiento continuo de los sistemas existentes. En esencia, Saddam pensaba que estos misiles tenían como objetivo generar una ventaja estratégica al desestabilizar la coalición occidental en su contra y unificar a la opinión pública árabe a su favor. Esta idea se popularizó y, por razones similares, las organizaciones terroristas se equiparon con numerosos cohetes y misiles de gran precisión que transportan explosivos convencionales. Esto generó un nuevo problema para Israel que requirió una enorme inversión.

Hasta hace veinte años, Siria solo contaba con unas pocas docenas de misiles de superficie. Durante ese mismo período, los investigadores encargados del diseño de fuerzas consideraban esta amenaza como de muy bajo nivel. Veían los cohetes como un problema limitado que posiblemente podría convertirse en una amenaza sustancial en el futuro, pero en aquel entonces existían amenazas mayores que requerían inversión. La mentalidad israelí se guía por herramientas de investigación operativa y sigue la lógica de invertir en lo que es claramente visible. Lo que el enemigo pueda hacer en el futuro tiene baja prioridad. El problema radica en los distintos procesos de pensamiento del enemigo, en su lógica diferente: elegiré algo que sorprenda a Israel y lo obligue a luchar durante un largo período, impidiendo que me derrote decisivamente, hasta que se imponga un alto el fuego. El proceso de pensamiento del enemigo no es militar. Es similar al de una organización criminal local: dos entran a un banco, otros dos distraen a la policía y luego todos escapan.

Ante este tipo de pensamiento, contamos con planificadores de fuerzas inteligentes y talentosos que utilizan modelos matemáticos para generar optimizaciones basadas en los tipos de conflicto a los que nos hemos acostumbrado. Estos organismos de planificación no logran comprender la mentalidad de los cabecillas del crimen organizado local. Esta enorme brecha solo puede superarse evaluando las diferentes proporciones de inversión que cada parte necesita para alcanzar sus objetivos. Peor aún, si estas dos líneas de pensamiento coexisten, los delincuentes seguirán teniendo ventaja, llegando a un alto el fuego impuesto sin que el Estado pueda derrotarlos de forma decisiva.

¿Dónde está el problema?

Normalmente podemos encontrar el final del hilo, pero no podemos estimar su longitud, importancia ni naturaleza. En otras palabras, podemos identificar el comienzo de una nueva amenaza para Israel, pero no somos capaces de estimar su verdadera importancia debido a nuestra adhesión al pensamiento y la planificación científica, o al pensamiento dirigido por la investigación operativa. Nos resulta difícil pensar como el líder de una pandilla callejera y, por lo tanto, nos sorprende el "ladrón" enemigo. Necesitamos liberarnos de nuestra esclavitud al pensamiento contable/de investigación operativa y empezar a pensar de forma "lateral". Pensar como ellos. Invertir en posibles situaciones que puedan surgir y que no sean las que ya hemos enfrentado.

El enfoque de la investigación operativa es relevante para evaluar los componentes de la fuerza en una misión definida, una vez que se conocen y definen todos los componentes del enemigo. Sin embargo, para obtener una visión completa, se requiere un enfoque diferente, innovador, centrado en el próximo movimiento del enemigo y en la decisión de invertir con anticipación para detenerlo.

El precio de este enfoque es evidente. Tras identificar el límite de la línea de defensa, necesitamos la capacidad de predecir los pasos lógicos que el enemigo podría dar, lo que obligará a Israel a realizar una inversión considerable para garantizar una cobertura integral, cuando en realidad es probable que no todos estos pasos se materialicen. Sin embargo, sigue siendo conveniente invertir en todas estas posibilidades. Incluso si el enemigo no ha renovado sus capacidades, crearemos un nuevo campo en el que tendremos una ventaja cualitativa preventiva, no como respuesta a una deficiencia, sino en un ámbito de capacidad operativa que nos permitirá tomar la iniciativa de una manera para la que el enemigo aún no ha desarrollado una respuesta adecuada. Y si el enemigo renueva sus capacidades, esta opción se habrá tenido en cuenta en la planificación del diseño de la fuerza. Este resultado es muy significativo e incluso podría permitir la derrota decisiva de un enemigo con capacidades organizativas limitadas.

Dado que el número de "extremos de hilo" no es grande, la inversión siempre valdrá la pena. La lógica que guía este proceso es la siguiente: ¿Cómo puede el enemigo utilizar las nuevas capacidades que surjan y aprovecharlas para convertirlas en una plataforma estratégica que le permita obtener logros (desde su perspectiva)?

El primer elemento de esta lógica consiste en evaluar la capacidad del enemigo para equiparse con armamento y entrenar a técnicos o combatientes en dichas tecnologías. Es evidente que los esfuerzos de inteligencia estatales se centran precisamente en este asunto, pero el punto crucial es el siguiente: incluso si no existen pruebas suficientes de que una nueva plataforma se convierta en un elemento ofensivo estratégico, pero existe la posibilidad de que se extienda hasta el punto de servir a Hamás o Hezbolá, la planificación del diseño de fuerzas debe tratar la amenaza como si dicha capacidad existiera y deben realizarse esfuerzos para neutralizarla lo antes posible.

Una y otra vez, el largo período de tiempo que Israel tarda en encontrar una respuesta a los nuevos acontecimientos de las organizaciones permite a estas resistir, evitar una derrota decisiva y crear una situación en la que Israel prefiere un alto el fuego.

La capacidad de una organización enemiga para sorprender y reorganizarse podría convertirse en un arma de doble filo si el diseño de las fuerzas de las FDI logra reducir la preponderancia del enfoque científico tradicional en sus procesos de planificación. No toda inversión en el diseño de fuerzas requiere pruebas físicas y de inteligencia sólidas, como las exigidas en un juicio penal. El enemigo no es inocente hasta que se demuestre su culpabilidad, y su inclinación natural es aprovechar cualquier oportunidad tecnológica para dificultarnos las cosas, sin restricciones organizativas ni procesos de minimización de riesgos ni estudios de viabilidad. El pensamiento y la imaginación son fundamentales, y debemos derivar de ellos las vías de inversión para el diseño de fuerzas. Si bien hemos aprendido que se necesitan pruebas sólidas —base de toda ciencia, excepto la ciencia de la guerra— , en la guerra hay lugar para el pensamiento lateral, que suele ser decisivo.

Conclusión

Invertir en soluciones para nuevos desafíos innovadores, con los que el enemigo pretende sorprendernos, tiene valor estratégico incluso si resulta que Israel invirtió en estrategias ilusorias. La capacidad de Israel para neutralizar el factor sorpresa del enemigo al inicio de las hostilidades también reviste una enorme importancia para su capacidad de derrotarlo decisivamente.

La posibilidad de lograrlo no reside en los procesos de diseño de fuerzas basados ​​en la investigación operativa, sino en aquellos que se fundamentan en la capacidad de imaginar y de pensar como el adversario. El personal involucrado en estos procesos debe adaptarse a una forma de pensar basada en una profunda comprensión de la lógica del sistema enemigo: la lógica del líder de una banda callejera de ladrones. Deben centrarse en cómo las organizaciones que piensan como una banda callejera conciben el éxito en un conflicto contra un Estado. Existe una considerable similitud entre este nuevo mundo y el ciberespacio. El análisis de las posibles acciones del enemigo resulta más apropiado para los «hackers» que para los intelectuales del ámbito académico. Las herramientas de la investigación operativa son cruciales para el diseño de fuerzas, pero no son las óptimas ni las más relevantes para los contextos estratégicos y operacionales. Debemos limitar su uso a los casos en que la misión esté claramente definida y se conozcan la mayoría de los aspectos clave.

[1]  El teniente coronel (res.) Dr. Haim Assa es el jefe del laboratorio de simulación Simlab en el Taller Yuval Ne'eman de Ciencia, Tecnología y Defensa de la Universidad de Tel Aviv.