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viernes, 2 de octubre de 2026

ARA San Juan: ¿Accidente o fue hundido?

¿El ARA San Juan naufrago o fue hundido?

Uno estaba colgado del fondo del Atlántico cerca de la Isla Ascensión, una montaña volcánica británica a medio camino entre África y Sudamérica. El otro, en las Islas Crozet, en el Índico subantártico francés, frente a la Antártida. Ambos forman parte de una red secreta hasta hace pocos años: once estaciones distribuidas por los océanos del mundo, diseñadas para detectar la firma acústica de un ensayo nuclear submarino.

Esa mañana, los hidrófonos no captaron una bomba. Captaron un evento corto, violento y singular, originado a unas mil millas náuticas de la costa patagónica. Tres horas y media antes, en el mismo lugar, un submarino argentino con cuarenta y cuatro tripulantes a bordo había enviado su último mensaje.

Casi nueve años después, con el juicio oral en marcha en Río Gallegos, ese ruido sigue siendo la pieza más importante — y la peor entendida — del expediente. Este artículo se propone explicarla.

La pregunta sin responder

La causa por el hundimiento del ARA San Juan llegó a juicio con un agujero conspicuo: nunca se realizó una pericia técnica integral sobre los restos del submarino. Sobre esa ausencia se construyeron, durante años, dos relatos paralelos.

El relato oficial, sostenido por la Armada y refinado por la Comisión Bicameral del Congreso en 2019, describe una concatenación de fallas: ingreso de agua de mar al tanque de baterías Nº 3, cortocircuito, principio de incendio, operación con la mitad de la energía disponible en mar adverso, pérdida de control de plano e implosión al sobrepasar la profundidad de colapso del casco. “Normalmente estas cosas ocurren de manera multicausal”, declaró en marzo el contralmirante retirado Eduardo Pérez Bacchi durante el juicio. “No es una causa, sino una concatenación de causas”.

El relato alternativo, alimentado desde fines de 2017 por el peritaje del ingeniero Ariel Garbarz y por algunos analistas vinculados a la Red Federal de Investigación, sostiene que el submarino fue hundido por un ataque externo — uno o dos torpedos disparados por un submarino nuclear británico que habría estado vigilando la zona de exclusión alrededor de las Malvinas.

La diferencia entre ambos relatos importa, y mucho. Importa para los familiares de las víctimas, para la justicia que debe dictar sentencia, y para entender qué clase de país somos: uno donde un submarino se hunde por desidia institucional, o uno donde una potencia extranjera asesinó a cuarenta y cuatro marinos en aguas propias y nadie respondió.

La red que escucha los océanos

El ruido del 15 de noviembre llegó a la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares — la CTBTO, con sede en Viena — apenas unas horas después del evento. La organización monitorea el planeta con cuatro tecnologías complementarias: sismógrafos para detectar explosiones bajo tierra, sensores de infrasonido para detonaciones atmosféricas, radionucleidos para residuos nucleares en el aire, e hidroacústica para todo lo que pasa bajo el agua.

La parte hidroacústica es la más eficiente de las cuatro. Un sonido de baja frecuencia generado en el océano se propaga por una capa especial llamada canal SOFAR — situada a unos mil metros de profundidad — con tan poca atenuación que puede recorrer miles de kilómetros casi sin debilitarse. Por eso a la CTBTO le bastan once estaciones para vigilar los océanos del mundo.

Cada estación es en realidad un conjunto de tres hidrófonos suspendidos en el canal SOFAR, separados por unos dos kilómetros entre sí. Esa geometría — un “triplet” — permite no solo registrar el sonido, sino estimar la dirección desde la cual proviene mediante interferometría. Dos triplets distantes que captan el mismo evento alcanzan para localizarlo por triangulación.

El 15 de noviembre de 2017 dos triplets registraron el evento del Atlántico Sur: uno en Ascensión, llamado HA10, a unos seis mil kilómetros del epicentro; otro en Crozet, llamado HA04, a unos ocho mil kilómetros. La señal viajó durante una hora antes de llegar a Ascensión y casi dos horas hasta Crozet. Cuando los datos terminaron de procesarse en Viena, la organización pudo informar a la Armada Argentina la posición estimada del evento — una elipse de incertidumbre de unos trece mil kilómetros cuadrados con su centro muy cerca de la última posición conocida del submarino.

El experimento que casi nadie recuerda

Dos semanas después del siniestro, el 1 de diciembre de 2017, mientras los familiares de los tripulantes acampaban en Mar del Plata exigiendo respuestas, sucedió algo que la cobertura periodística pasó por alto: la Armada Argentina coordinó con la CTBTO un experimento técnico decisivo.

Una aeronave dejó caer una carga de profundidad — un explosivo submarino estándar, con peso, energía y profundidad de detonación conocidos al detalle — en una posición cercana al lugar del evento original. Los mismos hidrófonos de Ascensión y Crozet, sintonizados a las mismas frecuencias, registraron la explosión controlada.

Visto desde la perspectiva de un investigador forense, esto cambia todo. Una grabación aislada es difícil de interpretar: los algoritmos que procesan señales submarinas tienen incertidumbres considerables sobre la naturaleza, la profundidad y la energía de una fuente desconocida. Pero cuando se tiene una grabación de referencia — una fuente conocida en condiciones similares — el problema se simplifica radicalmente. Ya no hay que caracterizar el evento del 15 de noviembre desde cero. Hay que compararlo con el del 1 de diciembre.

Cuatro hallazgos, una conclusión

En 2021, dos equipos de investigadores publicaron en la revista científica Pure and Applied Geophysics los resultados del análisis comparativo. El primero, liderado por Julien Vergoz desde la sede técnica de la CTBTO en París, aplicó un algoritmo llamado PMCC — Progressive Multi-Channel Correlation, una herramienta estándar para discriminar fuentes acústicas múltiples — sobre los datos crudos de los hidrófonos. El segundo, encabezado por Peter Nielsen, comparó las señales del 15 de noviembre y del 1 de diciembre punto por punto.

Cuatro hallazgos se desprenden de esa comparación. Cada uno es interesante por separado. Juntos, son demoledores.

Primero: la naturaleza del evento

Las dos señales — la del submarino y la de la carga de calibración — tienen formas y duraciones similares. Ambas son lo que en jerga técnica se llama un evento impulsivo: una liberación de energía rápida y concentrada en pocos segundos, no un proceso prolongado como una erupción volcánica submarina o un colapso lento de talud continental. El San Juan no se desinfló: estalló o implosionó.

Segundo: la energía

La señal del 15 de noviembre fue más intensa que la de la carga de calibración — hasta ocho decibelios más fuerte en frecuencias bajas, lo que en términos de amplitud equivale a un evento dos veces y media más potente. El submarino liberó significativamente más energía acústica que la carga de profundidad estándar usada como referencia.

Tercero: la profundidad

Toda explosión o implosión submarina genera una burbuja de gas que oscila brevemente antes de colapsar. La frecuencia de esa oscilación — el llamado bubble pulse — depende de la presión hidrostática en el punto donde se produce el evento. A más profundidad, más presión, y más alta la frecuencia.

El bubble pulse del evento del 15 de noviembre fue de aproximadamente 4,4 hertzios. Aplicando una ecuación clásica de hidroacústica — la ecuación de Rayleigh-Willis — esa frecuencia se traduce en una profundidad estimada de unos 388 metros. La presión del agua a esa profundidad es de unos 39 bar, casi cuarenta veces la atmosférica.

Esa cifra coincide casi exactamente con la profundidad de colapso esperable del casco resistente de un submarino TR-1700 ya con limitaciones operativas. Y, crucialmente, no coincide con la profundidad típica de detonación de un torpedo moderno, que opera contra blancos a profundidades operativas mucho más comunes.

Cuarto: lo que pasó después

El hallazgo más revelador no fue el evento principal sino lo que vino detrás. En los quince minutos posteriores al estallido, los hidrófonos registraron trece arribos secundarios — trece eventos acústicos distintos, espaciados a lo largo del cuarto de hora siguiente.

Ningún arma antisubmarina conocida produce esa secuencia. Un torpedo pesado — el Spearfish británico, el Mk-48 estadounidense — detona una vez. Si la doctrina exige un disparo doble, los dos torpedos se separan por entre diez y treinta segundos, no por noventa, y no van seguidos por once eventos adicionales repartidos en quince minutos.

Lo que sí produce esa secuencia es un proceso que ya conocemos por simulaciones supercomputacionales: una implosión de casco resistente seguida por la fragmentación progresiva del submarino mientras desciende, y por el impacto sucesivo de los restos contra el fondo marino. Los grandes pedazos del SUSJ encontrados por Ocean Infinity en noviembre de 2018 estaban dispersos sobre ocho mil metros cuadrados de lecho oceánico a 907 metros de profundidad. La distribución de ese campo de escombros, leída en clave acústica, es exactamente la firma de los trece arribos secundarios.

¿Y el peritaje que decía lo contrario?

Durante años, la hipótesis del ataque externo se sostuvo en el peritaje del ingeniero Ariel Garbarz, director del Laboratorio de Seguridad de las Comunicaciones de la UTN. En diciembre de 2017 Garbarz informó al ministro de Defensa Oscar Aguad que la explosión había sido “externa al casco” del submarino. En agosto de 2018 ratificó esa conclusión ante la Comisión Bicameral del Congreso.

Garbarz nunca fue convocado por la justicia. Esa exclusión alimentó, comprensiblemente, sospechas de encubrimiento. Pero la pregunta técnica es otra: ¿se sostiene su análisis frente a la evidencia disponible hoy?

Tres elementos sugieren que no. Primero, Garbarz trabajó con los espectrogramas que la CTBTO publicó en su sitio web — gráficos de baja resolución temporal y espectral — y no con los datos crudos de los hidrófonos, que la organización entrega a los Estados firmantes que los pidan. La diferencia entre uno y otro material es comparable a la diferencia entre una fotografía publicada en un diario y el archivo RAW original. Segundo, no aplicó procesamiento PMCC ni análisis multi-triplet, que son las herramientas estándar para discriminar entre fuentes acústicas reales múltiples y trayectorias de propagación múltiples de una sola fuente. Y tercero, ante la propia Comisión Bicameral no pudo responder preguntas básicas de método sobre su triangulación, según consta en la documentación parlamentaria.

Esto no descalifica a Garbarz como profesional ni invalida su intuición inicial. Pero su peritaje de 2017–2018 hoy no puede sostenerse frente al cuerpo de literatura técnica posterior. Cualquier análisis serio del evento debe partir de Vergoz et al. y Nielsen et al., no del peritaje original.

Lo que un submarino bajo amenaza no hace

Hay una segunda línea de evidencia que el debate público pasó por alto: el comportamiento del propio submarino en sus últimas horas.

En la guerra antisubmarina hay reglas básicas que un comandante experimentado conoce de memoria. Un submarino que detecta amenaza hostil — un sonar enemigo activo, un ruido de hélice próximo, un transitorio mecánico de origen no propio — pasa inmediatamente a una condición conocida como EMCON estricto. Apaga emisores radioeléctricos, reduce velocidad para minimizar ruido propio, cambia profundidad y rumbo de manera errática para complicar la solución de tiro del adversario, y se mantiene en silencio acústico tanto como sea posible. La regla doctrinal es simple: bajo amenaza, hay que ser invisible e inaudible.

Lo que sabemos del ARA San Juan en sus últimas horas es exactamente lo opuesto. El comandante reportó la avería por teléfono satelital IRIDIUM. Salió a superficie para ventilar — la peor posición posible si hay un submarino enemigo cerca. Aceptó la orden de regresar a Mar del Plata navegando por superficie. Se comunicó hasta el último mensaje a las 07:19 del 15 de noviembre, y tenía planeado seguir comunicándose.

Estas no son conductas de un buque que se sabe amenazado. Son las conductas de un buque que está lidiando con una avería técnica seria pero no con un enemigo. El propio comportamiento del submarino, antes incluso del análisis hidroacústico, es difícil de reconciliar con cualquier hipótesis de ataque.

La pericia faltante: por qué la ventana ya se cerró

Llegado este punto, alguien podría preguntarse por qué — si la evidencia es tan clara — la justicia no resuelve la cuestión simplemente peritando los restos. La respuesta involucra una mezcla incómoda de límites técnicos y omisiones políticas.

Los restos del ARA San Juan yacen a 907 metros de profundidad, dispersos en un campo de unos ocho mil metros cuadrados sobre el lecho del Atlántico Sur. Una pericia forense seria — cartografía tridimensional del campo de escombros, análisis direccional de las deformaciones del casco, muestreo químico in situ para detectar residuos de explosivos militares como el RDX, el HMX o el PBX — exige medios que la Armada Argentina no tiene y que casi ninguna marina del mundo posee.

El paralelo con el ARA General Belgrano es ilustrativo. El Belgrano yace en el Banco Burdwood a unos cuatro mil metros de profundidad. Nadie en Argentina reclama hoy peritar sus restos para confirmar técnicamente lo que ya sabemos: que fue hundido por torpedos del HMS Conqueror el 2 de mayo de 1982. La ausencia de pericia no obedece a desinterés ni encubrimiento, sino a que la operación es inviable.

Pero hay un segundo elemento, técnicamente más importante. Aún si la operación fuera viable hoy, los residuos químicos de un eventual explosivo militar probablemente ya serían indetectables. Los compuestos como el RDX y el PBX se degradan en agua de mar fría a alta presión por hidrólisis, biodegradación bacteriana y disolución progresiva. La literatura sobre detección forense de explosivos en ambientes marinos sugiere que la ventana útil para muestreo concluyente se sitúa típicamente entre los doce y los veinticuatro meses posteriores al evento.

El submarino fue hallado en noviembre de 2018, exactamente un año después del hundimiento. El pedido conjunto de pericia integral — un caso poco habitual en derecho penal, firmado en un mismo escrito por la querella encabezada por Luis Tagliapietra y por las defensas de dos imputados — se presentó en junio de 2020. La causa estuvo trabada por razones políticas y administrativas exactamente durante el período en que la pericia química probatoria todavía podía haber producido resultados.

Esta distinción importa, y mucho. Mueve la responsabilidad desde lo técnico-presente hacia lo político-pasado, que es donde corresponde. Y aclara una cosa fundamental: la conclusión técnica del análisis hidroacústico no depende de esa pericia. La firma calibrada del IMS — la naturaleza impulsiva confirmada, la frecuencia del bubble pulse, la profundidad estimada de implosión, los trece arribos secundarios — es por sí sola suficientemente robusta. La pericia hubiera sido el sello probatorio definitivo. Su ausencia no convierte el caso en irresoluble.

El balance, en una tabla

Si se aplica el filtro doctrinal que cualquier oficial de guerra antisubmarina conoce — los cuatro elementos que un escenario ASW real deja inevitablemente: plataforma atacante detectable, trazado bilateral, firma de arma, restos forenses — el balance es el siguiente:

La columna del medio — “Ataque externo” — registra apoyo solo en una fila, y lo hace con calificación débil. La columna de la izquierda registra apoyo fuerte en seis. Es un veredicto, en términos forenses, bastante claro.

Lo que queda

Cualquier análisis honesto de un caso así debe terminar reconociendo lo que no se sabe y lo que no se puede saber. No se sabe con certeza absoluta cuál fue la cadena exacta de eventos entre las 07:19 y las 10:51 del 15 de noviembre de 2017 — el perito naval Gerardo Bellino, en informe incorporado a la causa, formuló cinco escenarios posibles y consideró “altamente probable” una combinación de ellos. No se sabe qué información de inteligencia británica o estadounidense permanece clasificada. No se sabe si una pericia hecha en 2018 hubiera arrojado evidencia material concluyente.

Pero hay cosas que sí se saben, y este artículo las ha descripto. La señal hidroacústica registrada por la CTBTO el 15 de noviembre de 2017, comparada con la señal calibrada del 1 de diciembre, leída con las herramientas técnicas correctas y publicada en literatura científica revisada por pares, es consistente con una implosión hidrostática del casco resistente del ARA San Juan a unos 388 metros de profundidad, seguida por la fragmentación progresiva de la nave durante su descenso final. No es consistente con un ataque por torpedos.

El ARA San Juan se hundió porque una serie de fallas técnicas, mantenimiento postergado por años y un mar adverso convergieron en una mañana de noviembre, y porque la tripulación — pese a su esfuerzo — no pudo contener la cadena de eventos que se desató esa madrugada. No fue un acto de guerra. Fue un acto de desidia institucional acumulada durante décadas, que costó cuarenta y cuatro vidas.

Esa es la conclusión técnica. La conclusión política — qué hizo o dejó de hacer cada cadena de mando antes, durante y después del siniestro — es lo que el Tribunal Oral Federal de Santa Cruz tiene que dictaminar en los próximos meses. La evidencia hidroacústica, al menos, ya habló.

Fuentes

Este análisis se basa exclusivamente en fuentes abiertas. Las principales son:

Literatura técnica peer-reviewed: Vergoz, J., Cansi, Y., Cano, Y., y Gaillard, P. (2021). Analysis of Hydroacoustic Signals Associated to the Loss of the Argentinian ARA San Juan Submarine. Pure and Applied Geophysics, 178. Nielsen, P. L. y otros (2021). CTBTO’s Data and Analysis Pertaining to the Search for the Missing Argentine Submarine ARA San Juan. Pure and Applied Geophysics, 178. Wei, X. y otros (2020). Implosion of the Argentinian submarine ARA San Juan S-42 undersea: Modeling and simulation. Communications in Nonlinear Science and Numerical Simulation.

Documentación oficial: Comunicados públicos y reportes técnicos de la CTBTO sobre el evento del 15 de noviembre de 2017. Informe final de la Comisión Bicameral del Congreso de la Nación Argentina (2019). Informe pericial del Capitán de Navío (Ing.) Gerardo Bellino. Peritaje del Ing. Ariel Garbarz (UTN, 2017–2018) y su declaración ante la Comisión Bicameral.

Cobertura del juicio oral: Tribunal Oral Federal de Santa Cruz, Río Gallegos (2026), incluyendo la declaración del contralmirante (R) Eduardo Pérez Bacchi en marzo de 2026.

Documentación periodística: Infobae, La Nación, Página/12, Perycia, MisionesOnline, Zona Militar y la entrada “Hundimiento del ARA San Juan (S-42)” de Wikipedia en sus versiones contrastadas.


domingo, 30 de agosto de 2026

Argentina: Sin BAPI ni SuE, ¿para qué tenemos al COAN o a la misma ARA?

¿Qué COAN queda después de Punta Indio?

Esteban McLaren




El 20 de agosto de 2026, la Armada Argentina anunció el Plan Dédalo, presentado oficialmente como una reestructuración y modernización integral de su Aviación Naval. La palabra elegida fue “modernización”. Sin embargo, la medida más inmediata no fue la incorporación de un sistema de combate, sino la reducción de una base histórica.

A partir de enero de 2027, la Base Aeronaval Punta Indio dejará de funcionar como tal y será convertida en una estación aeronaval. La Escuela de Aviación Naval y la Escuadrilla Aeronaval de Vigilancia Marítima serán trasladadas a la Base Aeronaval Comandante Espora, mientras la Escuadra Aeronaval N.º 1 pasará a reserva. La pista principal de Punta Indio está muy deteriorada, la infraestructura requiere inversiones importantes y la cantidad actual de aeronaves ya no justificaría mantener dos estructuras semejantes.

Punta Indio no desaparecerá físicamente. Pero dejará de ser lo que fue durante más de un siglo. Esa diferencia administrativa no debería ocultar el hecho militar: la Aviación Naval pierde una base operativa, concentra más medios en Comandante Espora y reduce la dispersión territorial que alguna vez sostuvo su capacidad de despliegue.

La decisión puede ser comprensible desde la administración de recursos escasos. Mantener hangares, talleres, pistas y dotaciones para una fuerza que ya no posee decenas de aeronaves cuesta dinero. El propio jefe de la Armada, almirante Juan Carlos Romay, explicó que cuarenta años de reducción presupuestaria, pérdida de medios y deterioro de la infraestructura obligaron a establecer prioridades. También reconoció que la pista de Punta Indio necesitaría una inversión considerable y que Espora dispone de hangares liberados por la desaparición de otros sistemas, como los Tracker. La explicación oficial es clara.

El problema es que achicar una estructura no equivale, por sí mismo, a modernizarla. Puede ser el primer paso de una transformación razonable o la formalización ordenada de una decadencia. La diferencia depende de los medios que lleguen después.

Del portaaviones ausente al avión de ataque ausente

Durante años, la discusión sobre el futuro del Comando de la Aviación Naval giró alrededor de una pregunta equivocada: ¿para qué necesita la Argentina una aviación naval si ya no tiene portaaviones?

El razonamiento confunde plataforma con función. El COAN no existe para justificar la cubierta de un portaaviones, sino para extender el poder de la Armada sobre el mar. Un avión que despega desde Río Grande, Espora o Almirante Zar sigue siendo un medio naval cuando explora el océano, busca submarinos, identifica blancos de superficie, protege una agrupación naval o ejecuta un ataque antibuque.

La experiencia argentina de 1982 demostró precisamente eso. Los Super Étendard operaron desde tierra y alcanzaron objetivos británicos a grandes distancias. No necesitaron despegar desde el ARA 25 de Mayo para producir efectos estratégicos sobre la flota enemiga. La ausencia de un portaaviones imponía restricciones, pero no anulaba la capacidad aeronaval.

Hoy, sin embargo, la pregunta es más grave. Ya no se trata de saber si el COAN puede existir sin portaaviones. Se trata de determinar si puede conservar su condición de fuerza de combate sin aviones de ataque, sin helicópteros antisubmarinos modernos y con una flota de superficie cada vez más reducida.

El Plan Dédalo confirma el retiro definitivo de los Super Étendard durante 2026. Los aparatos originales llevaban años sin volar. Los cinco Super Étendard Modernisé comprados a Francia y recibidos en 2019 nunca pudieron entrar en servicio en la Argentina. Las dificultades con los componentes pirotécnicos de los asientos eyectables, las certificaciones vencidas, la imposibilidad de conseguir determinados repuestos y el paso del tiempo terminaron por volver inviable su recuperación.

La sospecha más amarga quedó así confirmada: los SEM llegaron al país, fueron pagados, trasladados, almacenados y sometidos a distintos intentos de recuperación, pero nunca volaron con la Aviación Naval Argentina. El propio almirante Romay admitió que “nunca pudieron ponerse en servicio” y que, cuanto más tiempo pasaba, más difícil resultaba activarlos. También señaló que su reemplazo continúa en evaluación, aunque las prioridades actuales son los submarinos y los buques.

No hay evidencia de que la desaparición de esta capacidad sea un castigo deliberado contra la Armada. Pero resulta inevitable observar la paradoja. Una de las pocas aviaciones navales latinoamericanas con experiencia real de combate, y la única que lanzó misiles antibuque en guerra, termina perdiendo su aviación de ataque sin tener un sucesor definido.

El sistema que hundió al HMS Sheffield y al Atlantic Conveyor no es reemplazado por otro sistema de armas. Simplemente desaparece.

Los ojos llegan; el puño no aparece

El Plan Dédalo no contiene solamente bajas y traslados. También anuncia incorporaciones valiosas. La Armada espera completar la flota de cuatro P-3C Orion, recuperar la exploración marítima de largo alcance, reemplazar gradualmente los B-200 por B-360, incorporar cuatro helicópteros Leonardo AW109 y recibir cuatro UAV Shield AI V-BAT entre 2028 y 2029. Estos últimos podrán operar desde las cubiertas de los buques de superficie, incluidos los patrulleros oceánicos clase Bouchard. El cronograma oficial también contempla mejoras en los T-34 Mentor y en los sistemas de vigilancia de un B-200M.

Los V-BAT representan una incorporación adecuada. Un UAV de despegue y aterrizaje vertical puede ampliar considerablemente el horizonte de vigilancia de un patrullero, seguir contactos, reconocer embarcaciones y transmitir información sin exponer una aeronave tripulada. Para el control de la zona económica exclusiva, la búsqueda de buques con comportamientos anómalos y las operaciones de presencia, su utilidad es evidente.

Pero un dron de vigilancia no transforma a un patrullero oceánico en una fragata. Tampoco reemplaza un helicóptero antisubmarino, un avión de ataque ni un sistema de armas capaz de actuar sobre el blanco detectado. Los OPV clase Bouchard fueron construidos para patrullar, identificar e interceptar embarcaciones en situaciones de baja amenaza. No poseen las capacidades antiaéreas, antisubmarinas y antisuperficie de un escolta moderno.

La tecnología no elimina esa diferencia. Un sensor puede encontrar el blanco, pero no necesariamente puede neutralizarlo. Si no existe un medio de combate conectado al sensor, la cadena queda incompleta.

El COAN que surge del Plan Dédalo parece orientarse hacia la exploración marítima, la vigilancia, el entrenamiento, el enlace, el sostén logístico y la operación de vehículos no tripulados. Son funciones necesarias. Algunas habían quedado peligrosamente degradadas y la llegada de los P-3C Orion constituye una recuperación concreta. Sin embargo, esa estructura se parece cada vez menos a una aviación naval capaz de disputar el control del mar.

Tendrá mejores ojos, pero no se ha definido con qué puño golpeará.

Una aviación naval no combate sola

La situación del COAN tampoco puede analizarse separada del resto de la Armada. La aviación naval forma parte de un sistema. Explora para los buques, protege sus movimientos, busca submarinos, transmite información y, cuando dispone de armas apropiadas, ataca más allá del horizonte. Su valor depende de la integración entre sensores, aeronaves, submarinos, escoltas, enlaces de datos y armamento.

La Argentina lleva nueve años sin un submarino operativo. El ARA Salta permanece como plataforma de instrucción, pero no navega. Para completar la formación práctica de los nuevos submarinistas, la Armada depende actualmente de la colaboración de la Marina de Guerra del Perú. Se han considerado distintas alternativas, entre ellas el Scorpène francés y propuestas alemanas derivadas del Tipo 209, pero todavía no existe una elección definitiva ni un contrato de adquisición.

El problema no es solamente material. Cada año sin submarinos reduce la experiencia acumulada, dispersa especialistas y vuelve más costosa la recuperación futura. Se puede comprar una unidad, pero no se compra de inmediato una fuerza de submarinos. El conocimiento operativo se forma durante años dentro de los buques.

La flota de superficie enfrenta otro límite. Sus principales destructores y corbetas rondan los cuarenta años. El ARA Heroína fue retirado después de permanecer inmovilizado durante más de quince años y terminó convertido en fuente de repuestos. Otras unidades sobreviven gracias al trabajo de arsenales, personal militar y técnicos civiles que reparan sistemas para los cuales cada vez resulta más difícil obtener componentes.

Existen proyectos para recuperar al ARA Sarandí y modernizar tres corbetas MEKO 140. Esos trabajos pueden extender la vida de algunas unidades y evitar una caída todavía más rápida de la flota. Pero no resuelven la ausencia de un programa firme para incorporar nuevos escoltas. Algunas plataformas todavía pueden recuperarse; otras ya atravesaron el límite económico y técnico que separa una modernización razonable de una reconstrucción demasiado costosa.

El propio jefe de la Armada reconoció que los buques están tecnológicamente desactualizados y que “no queda mucho tiempo más”. También señaló algo que debería encender todas las alarmas: continúan navegando por el esfuerzo del personal, no porque haya desaparecido su obsolescencia. Romay fue igualmente explícito sobre los submarinos: la Armada no puede pensarse sin ellos.

En estas condiciones, los UAV embarcados aportarán información, pero operarán desde una flota que todavía no tiene asegurado su reemplazo. Los P-3C podrán construir una imagen más amplia del Atlántico Sur, pero esa información necesitará submarinos, fragatas, helicópteros y armas modernas para convertirse en disuasión.

Mirar el mar no es lo mismo que controlarlo.

El contraste que incomoda

El silencio naval resulta todavía más notorio cuando se observa lo que ocurre en las otras fuerzas.

La Fuerza Aérea Argentina ya comenzó a volar sus F-16. Las primeras seis aeronaves llegaron en diciembre de 2025; en abril de 2026 comenzaron las operaciones con pilotos argentinos y en julio se habilitó al primer grupo de aviadores. El programa incluye infraestructura, formación técnica, simulación, armamento, mantenimiento y un cronograma para incorporar el sistema completo. No se trata solamente de comprar aviones: se está construyendo una capacidad alrededor de ellos. Los primeros vuelos forman parte del programa Peace Condor.

El Ejército, por su parte, firmó el 21 de agosto de 2026 la aceptación de la oferta estadounidense para avanzar en la incorporación de 235 vehículos blindados Stryker. El paquete contempla transportes de infantería, vehículos de comando, evacuación médica y apoyo de fuego. Todavía deberá atravesar las etapas de implementación y entrega, pero la decisión política y la escala del programa ya están expresadas. La operación amplía considerablemente las ocho unidades incorporadas inicialmente.

Mientras el Ejército avanza hacia una familia de cientos de blindados y la Fuerza Aérea se adapta a un nuevo caza supersónico, la Armada anuncia la reducción de Punta Indio, la puesta en reserva de una escuadra y el retiro del último sistema de ataque del COAN.

La comparación no busca enfrentar a las fuerzas. El reequipamiento del Ejército y de la Fuerza Aérea es necesario y largamente postergado. Lo que muestra es que, cuando existe una decisión, pueden establecerse prioridades, firmarse acuerdos y organizarse programas de incorporación. En la Armada, en cambio, las decisiones cruciales siguen pendientes: qué submarino comprar, con qué reemplazar los destructores, qué escolta moderna necesita la flota y si alguna vez volverá a existir una aviación aeronaval de ataque.

Ese es el silencio ensordecedor. No faltan diagnósticos. Faltan decisiones. ¿No será que es necesario que la Armada no tengo medios aéreos, de superficie o submarinos para que no sobrevuelen la explotación de petróleo de Sea Lion operada por Israel y Gran Bretaña? ¿Conoce la gente que la mínima interferencia armada con una explotación de ese tipo hace caer los seguros por dicha actividad extractiva haciéndolo inviables de operar económicamente? ¿Por qué la Cancillería sale a calmar a un vecino que no nos sirve para nada como Chile mientras que no hace ninguna declaración respecto a Sea Lion? El simple sobrevuelo de un Super Etendard sobre esa explotación o una operación encubierta con un submarino nacional sobre esas instalaciones provocaría un aumento exponencial del riesgo de explotación que se trasladaría automáticamente a las pólizas... Fuimos en 1966 a desembarcar en playa Vaca y ¿no iríamos a ponerle una puta carga explosiva a esas instalaciones en el medio de nuestro propio mar? ¿Ese es el costo a pagar por tener el presidente más extremista de una rama religiosa no contemplada en nuestra constitución nacional?

¿Qué COAN emerge?

El resultado más probable es un COAN más pequeño, concentrado y tecnológicamente orientado hacia la vigilancia. Contará con P-3C Orion para exploración de largo alcance, aviones ligeros para patrulla y enlace, helicópteros AW109 y UAV VTOL embarcables. Podrá controlar mejor la actividad pesquera, detectar comportamientos sospechosos, participar en búsqueda y rescate y sostener operaciones marítimas en tiempos de paz.

Lo que no aparece es una capacidad aeronaval de combate equivalente a la que se pierde. No hay un reemplazo definido para los Super Étendard. No hay una solución moderna de guerra antisubmarina embarcada claramente anunciada. Los Sea King serán retirados a partir de 2031 y los Fennec en 2027. Tampoco existe todavía una flota de superficie renovada que pueda aprovechar plenamente la información generada por los nuevos sensores.

La concentración en Comandante Espora puede reducir gastos y mejorar el aprovechamiento de hangares y talleres. También concentra aeronaves, personal e infraestructura en menos puntos. Para una fuerza pensada únicamente para tiempos de paz, eso puede parecer eficiente. Para una fuerza que debe conservar capacidad de combate, la dispersión, las bases alternativas y la redundancia siguen teniendo valor.

El COAN no necesita recuperar un portaaviones para volver a ser relevante. Necesita algo más realista: una arquitectura aeronaval basada en tierra, conectada con submarinos y escoltas modernos, apoyada por P-3C, drones, helicópteros, sensores costeros, enlaces de datos y algún vector capaz de ejecutar ataques antibuque. Sin eso, corre el riesgo de convertirse en una excelente organización de vigilancia incapaz de disputar aquello que vigila.

Punta Indio resume todo el problema. La Armada sostiene que la base no se cierra, sino que cambia de categoría. Es cierto. Pero también es cierto que pierde sus unidades principales, su escuela, su taller y buena parte de su personal. La diferencia entre una base y una estación no es solamente una palabra pintada en la entrada. Expresa la escala de la fuerza que puede operar desde allí.

Tal vez el portaaviones no vuelva nunca. Eso no condenaría al COAN. Lo que sí podría condenarlo es aceptar que la exploración reemplaza al combate, que un UAV sustituye a un sistema de armas o que mantener instituciones sin capacidad ofensiva alcanza para conservar poder naval.

La Aviación Naval Argentina sobrevivió a la desaparición del portaaviones. Ahora debe sobrevivir a algo más peligroso: la posibilidad de quedar reducida a observar el mar que alguna vez estuvo preparada para combatir.

domingo, 23 de agosto de 2026

Malvinas: El heroico desempeño de los buques hospitales argentinos

Barco blanco, cruces rojas: Buques hospitales en la Guerra de las Malvinas. Argentina.



Durante la Guerra de las Malvinas, la Armada Argentina utilizó el rompehielos ARA Almirante Irízar (Q-5), el transporte polar ARA Bahía Paraíso (B-1) y planeó desplegar el buque oceanográfico ARA Puerto Deseado (ARA — La Armada de la República Argentina — Armada Argentina ) como buques hospitalarios.

Naturalmente, en términos de apoyo médico, las fuerzas armadas argentinas en las Malvinas se encontraban en una posición más ventajosa que sus adversarios, al menos durante la fase inicial del conflicto. Mientras que los británicos dependían exclusivamente de los suministros médicos disponibles en sus buques, y los centros logísticos médicos y hospitales se ubicaban a 8000 millas de distancia, las unidades médicas argentinas Compañía de Sanidad IX y Compañía de Sanidad X desplegaron dos hospitales de brigada en las islas. Además, la conveniente proximidad de Argentina permitió la rápida evacuación de los heridos y el reabastecimiento de medicamentos y otros suministros médicos.

El ARA Bahía Paraíso (B-1) desempeñó un papel fundamental como buque hospital durante el conflicto armado. Diseñado para abastecer las estaciones antárticas argentinas, el buque fue construido en el astillero argentino Astilleros Príncipe y Menghi SA y puesto en servicio en la Armada en diciembre de 1981.

Su desplazamiento total era de 9100 toneladas, su potencia de propulsión de 8900 kW, su velocidad de 18 nudos y su capacidad de carga de 3750 m³, de los cuales 250 m³ eran refrigerados. Además, el buque podía albergar 1200 toneladas de combustible. Su pista de aterrizaje y hangar permitían el uso de dos helicópteros pesados. Además de sus 127 tripulantes, podía alojar a 84 pasajeros o 252 militares.


ARA Bahía Paraíso entre los hielos antárticos

A finales de marzo y principios de abril de 1982, el ARA Bahía Paraíso participó en los desembarcos para capturar Georgia del Sur y posteriormente evacuó a 35 infantes de marina británicos capturados al continente.


ARA Bahía Paraíso frente a la costa de Georgia del Sur


Paracaidistas abordan un helicóptero para aterrizar en Georgia del Sur.


Evacuación de un hombre herido del sur de Georgia.

El 27 de abril, el buque hospital ARA Bahía Paraíso zarpó rumbo al teatro de operaciones del Atlántico Sur tras diez días de reacondicionamiento en la base naval de Puerto Belgrano.

Se equiparon dos salas generales con 125 camas cada una y diez camarotes con cuatro camas para pacientes hospitalizados, además de dos centros de recepción y triaje de heridos, uno en la cubierta principal y otro en el hangar. En total, a bordo disponía de 300 camas y cuatro quirófanos, uno de ellos dedicado a cirugía maxilofacial y oftalmológica. Asimismo, las instalaciones del buque se adaptaron para albergar laboratorios de análisis clínicos y hemoterapia; dos salas de rayos X totalmente equipadas; una sala de yesos; una estación de desintoxicación química; y una unidad de cuidados intensivos de 10 camas. El buque también contaba con una unidad de quemados para 20 pacientes y una morgue, y una de sus bodegas se convirtió en una sala de recuperación para lesiones menores. Dos helicópteros —un Puma del Ejército y un Allouette III de la Armada— y dos lanchas ambulancia estaban a bordo.

Se formó una unidad médica en el ARA Bahía Paraíso, integrada por 17 médicos, cuatro dentistas, dos bioquímicos, dos voluntarios (un traumatólogo y un técnico de laboratorio), 73 enfermeras y un capellán naval. El capitán Juan Antonio López, médico de profesión, fue nombrado director del hospital flotante. Dos observadores de la Cruz Roja Internacional llegaron a bordo en Ushuaia.


Buque hospital ARA Bahía Paraíso

La primera misión del Bahía Paraíso fue rescatar a la tripulación del crucero General Belgrano, hundido por un submarino británico. Al llegar a la zona el 4 de mayo, el barco rescató a 71 personas y recuperó 17 cadáveres. También recogió a los heridos rescatados por otros buques, utilizando sus helicópteros para el transporte. El 12 de mayo, el barco regresó a Ushuaia. El 29 de mayo, el ARA Bahía Paraíso partió hacia las islas y entró en Puerto Argentino el 1 de junio para evacuar a los heridos. También recogió a las tripulaciones del buque mercante Río Carcarañá y del transporte ARA Bahía Buen Suceso, que había sido hundido por los británicos. El 3 de junio zarpó de nuevo y el 4 de junio se encontró con el buque hospital británico HMHS Uganda para recibir a los heridos argentinos, principalmente de la Batalla de Goose Green, luego se dirigió a Isla Pebble para evacuar personal y, después de visitar varios puntos de las islas, llegó a Santa Cruz, Argentina, donde algunos de los heridos fueron desembarcados en helicóptero.


Transporte de los heridos desde la costa en un barco requisado en las Malvinas.



Transporte de heridos en helicóptero: Puma (arriba) y Allouette III (abajo).

El 10 de junio, el ARA Bahía Paraíso se reunió con el vapor Uganda para un nuevo traslado de heridos y el suministro de material médico y sangre al buque británico, cuyas reservas se habían agotado. Posteriormente, se dirigió a Puerto Argentino, desde donde zarpó nuevamente el 12 de junio para reunirse con el Uganda. Desde allí, se dirigió a Isla Bordón (Pebble) para prestar asistencia a los militares que aún se encontraban en la isla, y el 13 de junio partió hacia Argentina.


ARA Bahía Paraíso, HMHS Uganda y HMS Hecla en la zona de la Caja de la Cruz Roja.


Un helicóptero Puma argentino aterriza en una pista de aterrizaje ugandesa.


La tripulación del Puma a bordo del Uganda



Contactos amistosos entre médicos de las partes en conflicto a bordo del Uganda

El 16 de junio, tras la rendición de las fuerzas argentinas, el ARA Bahía Paraíso regresó a las Malvinas, donde se reunió con el Uganda y embarcó a 44 heridos más. Posteriormente, el buque realizó dos viajes entre Puerto Argentino y Argentina, repatriando a aproximadamente 2600 prisioneros de guerra argentinos. En total, 11 845 militares argentinos fueron capturados en las Malvinas, pero la mayoría fueron repatriados a bordo de buques británicos. El 27 de junio, el ARA Bahía Paraíso llegó a Buenos Aires, completando así su misión médica.




Heridos a bordo de buques hospitalarios argentinos

El ARA Almirante Irízar (Q-5) fue construido en Finlandia en 1978 para dar servicio a las estaciones antárticas argentinas. Su desplazamiento total era de 14 140 t, su capacidad de propulsión de dos motores de 5 975 kW, su velocidad de 17,2 nudos y su capacidad de carga de 1 800 m³. Su pista y hangar pueden albergar dos helicópteros pesados. Además de sus 111 tripulantes, puede alojar hasta 202 pasajeros.


Emblema del ARA Almirante Irízar


Rompehielos ARA Almirante Irízar en la Antártida

Durante la invasión de las Malvinas (Operación Rosario) el 2 de abril de 1982, el rompehielos formó parte de la Fuerza de Tareas 40. Sus helicópteros transportaron unidades argentinas para capturar puntos clave cerca de Puerto Argentino.

El 3 de junio, el ARA Almirante Irízar se convirtió en buque hospital, tras una conversión de 48 horas en la Base Naval de Puerto Belgrano. Naturalmente, esto se facilitó gracias a que el rompehielos, incluso en su diseño original, contaba con una sofisticada capacidad médica.


ARA Almirante Irízar en la base naval de Puerto Belgrano junto al portaaviones ARA 25 de Mayo


Buque hospital ARA Almirante Irízar

El hospital del barco estaba equipado con 260 (según otras fuentes, 160) camas para pacientes hospitalizados, dos unidades de cuidados intensivos, dos quirófanos (uno de ellos maxilofacial), una unidad de cuidados intermedios, dos unidades de terapia general, un laboratorio de bioquímica, una sala de rayos X, una sala de yesos (una sala médica especializada donde se aplican y retiran yesos, férulas y vendajes para fracturas y luxaciones), un laboratorio de hemoterapia, una cámara hiperbárica y una unidad de quemados. El equipo médico, dirigido por el Capitán de Corbeta Médico Roberto Sosa Amaya, estaba compuesto por 14 médicos, dos dentistas, dos bioquímicos, un sacerdote y 21 enfermeras.


Personal médico del buque hospital argentino

Además, el 8 de junio, dos helicópteros Sea King de EAH2, junto con siete cirujanos civiles voluntarios, llegaron a bordo del buque procedentes de Comodoro Rivadavia.


Helicóptero ambulancia Sea King

Así describe Hernán Favier lo que sucedió a continuación en el sitio web de Blogspot . (El autor de este artículo ha sustituido los topónimos argentinos por ingleses para mayor claridad para los lectores).

“Alrededor del 9 de junio, el rompehielos, ahora convertido en buque hospital, ancló en la bahía de Port William, frente a Puerto Argentino, en el extremo oriental de la Isla Soledad. Los combates que tuvieron lugar entre las colinas que rodean la capital del archipiélago se sintieron en los mamparos y ojos de buey de acero del rompehielos, que vibraron y se sacudieron violentamente durante varias horas al día. El silencio y la oscuridad absoluta de la noche malvina se rompieron con un rugido ensordecedor, iluminado por explosiones de bombas y el brillo rojizo-amarillento de la munición trazadora de ambos bandos. De vez en cuando, se podían ver bengalas de señalización descendiendo lentamente en paracaídas desde la cubierta del barco . En el apogeo de los combates, los buques de apoyo requisados, como la goleta Penélope y los remolcadores Monsunen, Forrest y Yehuín, que partían del CIMM (Centro Médico Inter-Servicios de las Malvinas) en Puerto Argentino, comenzaron a realizar innumerables viajes entre el El muelle del puerto y el rompehielos.




Traslado de los heridos desde la costa a un buque hospital.

 
Al llegar a los buques, la tripulación del buque de apoyo y el personal del hospital tuvieron que izar a cada paciente a bordo utilizando grandes redes suspendidas por el costado y camillas rígidas izadas por grúas, con el riesgo potencial de quedar atrapados entre los cascos de los dos buques o caer al agua helada.

Una vez en la cubierta principal, los heridos fueron trasladados en camillas al departamento de admisiones, donde se les identificó inicialmente y se registraron sus datos personales y militares, así como los de sus familiares. Posteriormente, fueron examinados y derivados a los distintos niveles de atención dentro del sistema médico a bordo.

Todo este proceso se complementó con el traslado de los heridos a bordo de helicópteros Sea King, que, a pesar del mal tiempo, continuaron volando más allá de sus límites operativos. En muchos casos, incluso volaron de noche sin el equipo necesario, iluminando la superficie del agua con un reflector montado en la proa. Luego, los camilleros bajaron a los heridos desde la pista de aterrizaje hasta la sala de urgencias, descendiendo las camillas por largas plataformas de madera instaladas en los escalones de rampas metálicas. En los últimos días, los quirófanos del rompehielos trabajaron incansablemente, admitiendo a más de 400 pacientes de todo tipo.




Transporte de los heridos en helicóptero Sea King



Bajar las camillas con los heridos a la bodega donde se encontraba el departamento de terapia.

Durante estos días de intensos combates y trabajo incesante en las salas, quirófanos y laboratorios del buque hospital ARA Almirante Irízar, se produjeron tres contactos directos con el enemigo. Del 10 al 13 de junio de 1982, los británicos solicitaron plasma sanguíneo y morfina al buque hospital argentino para tratar a los heridos graves. Esta solicitud se atendió de conformidad con el Convenio de Ginebra de 1949, y los suministros fueron entregados a la tripulación de un helicóptero de la Royal Navy que aterrizó en la cubierta de vuelo del rompehielos argentino.


Un helicóptero británico aterriza en la pista del aeropuerto ARA Almirante Irízar.


En el quirófano del ARA Almirante Irízar

Tras los primeros rayos de sol del 14 de junio, reinó un silencio opresivo que amplificaba los sonidos de la naturaleza, enmarcados por el viento helado que azotaba el casco del buque con furia.

El ARA Almirante Irízar, que había zarpado de Buenos Aires a principios de noviembre de 1981 para la campaña de verano antártica, regresó a su puerto base a principios de julio de 1982 tras ocho meses interminables y fatídicos. La exitosa campaña de verano antártica culminó con la participación del buque como buque hospital en la Guerra de las Malvinas.
Por sus acciones en dicho conflicto, el buque y su tripulación recibieron la distinción "Operaciones en Combate", otorgada por el Congreso Nacional Argentino.

El 13 de junio, el Almirante Irízar atracó en Puerto Argentino y comenzó a recibir heridos al día siguiente, sumando 165 el primer día. Para el 16 de junio, se habían unido 85 personas más, tras lo cual el barco partió hacia Comodoro Rivadavia, llegando allí el 17 de junio. Dos días después, el buque hospital regresó a las Islas Malvinas, donde se reunió con el Uganda para recibir a los heridos argentinos, utilizando su helicóptero Sea King. Posteriormente, el barco realizó dos viajes más entre las islas y Argentina, repatriando a varios cientos de prisioneros de guerra argentinos.


Prisioneros de guerra argentinos en Puerto Argentino

El tercer buque hospital fue convertido a partir del buque oceanográfico ARA Puerto Deseado (Q-8), propiedad del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONICET) y operado por la Armada como parte del Servicio Hidrográfico Naval.

El buque oceanográfico ARA Puerto Deseado fue construido en 1978 en el astillero argentino Astilleros Argentinos Río de la Plata (Astarsa). Tenía un desplazamiento total de 2400 toneladas, una velocidad de 14 nudos y una autonomía de 12 000 millas náuticas (12 nudos). Además de 60 tripulantes, podía alojar a 20 investigadores.


Buque oceanográfico ARA Puerto Deseado en la Antártida

Tras completarse la conversión del ARA Puerto Deseado, que contaba con 60 camas para pacientes y su casco pintado de blanco con cruces rojas, el lento proceso para que fuera reconocido como buque hospital, y posteriormente los sucesos del 14 de junio, impidieron su traslado al teatro de operaciones del Atlántico Sur.


Buque hospital ARA Puerto Deseado

El destino de los buques ARA Almirante Irízar y ARA Bahía Paraíso tras la guerra fue trágico.

El 28 de enero de 1989, durante un viaje de abastecimiento a la Antártida con turistas a bordo, el ARA Bahía Paraíso chocó contra rocas submarinas, sufrió graves daños, volcó y se hundió. Más de 600 toneladas de diésel y combustible de aviación se derramaron en el océano, el mayor incidente de contaminación en la historia de la Antártida .




La muerte del ARA Bahía Paraíso

El 10 de abril de 2007, mientras navegaba de regreso de la Antártida a su país de origen, se desató un incendio en la sala de máquinas del rompehielos ARA Almirante Irízar. El fuego rápidamente envolvió casi por completo la embarcación, obligando a la tripulación y a los pasajeros (296) a abandonar el barco. Afortunadamente, no hubo víctimas mortales. Las consecuencias del incendio fueron catastróficas, por lo que el ARA Almirante Irízar no volvió a operar hasta 2017, tras una remodelación que requirió 1,2 millones de horas-hombre. Se reemplazó por completo todo el sistema de propulsión.



Incendio en el rompehielos ARA Almirante Irízar

Fuentes:

1. AR Marsh. Una guerra corta pero distante: la Campaña de las Malvinas. Journal of the Royal Society of Medicine. Volumen 76, noviembre de 1983
2. JG Penn-Barwell. La Guerra de las Malvinas: los diarios de los oficiales médicos de la Flota. Journal of the Royal Naval Medical Service 2017; 103(2)
3. Nicci Pugh. Cruces Rojas de Barcos Blancos: Memorias de Enfermería de la Guerra de las Malvinas. Melrose Books, 2012
4. Woodward S. Cien Días. Naval Institute Press, Annapolis, 1997
5. Capitán Roger Villar. Buques Mercantes en Guerra. La Experiencia de las Malvinas. Londres, 1984
6. Malvinas. Portafolio de la Fuerza de Tarea. Partes 1, 2. Maritime Books, Reino Unido
7. HMS Hydra - Ambulance Ship 1982 - folleto en línea 8. Transporte Polar ARA “Bahía Paraíso”: su participación como buque hospital 9. Malvinas 44 años: recuperar y contener al camarada, el trabajo de la sanidad militar y los buques hospital 10. Fernando Bernavé Santos. La larga travesía del transporte polar ARA Bahía Paraíso (Última entrega). La Prensa, 16 de enero de 2022 11. Arthur M. Smith. Logística en la Guerra de Malvinas 12. Los buques hospitales argentinos. https://fdra-malvinas.blogspot.com 13. Incorporación del Rompehielos ARA “Almirante Irízar” como buque hospital 14. Hastings M., Jenkins S. The Battle of the Falklands. Moscú, 2014


Alexander Mitrofanov  || Revista Militar