Es un kit de guiado desarrollado por CITEDEF para convertir cohetes de artillería de 122 mm y 127 mm en proyectiles de precisión. Utiliza un sistema de navegación GPS/INS y aletas de control para corregir la trayectoria en vuelo.
Esto permite alcanzar blancos específicos a distancias de hasta 70 km, duplicando el alcance de los cohetes convencionales.
Su diseño se basa en una arquitectura de bajo costo mediante componentes electrónicos comerciales (COTS), buscando independencia tecnológica para el EA
Aunque ha superado etapas de túnel de viento y simulaciones computacionales, el proyecto requiere de financiamiento sostenido para completar los ensayos de vuelo real y pasar a la fase de producción en serie en Fabricaciones Militares.
El Proyecto se encuentra hoy PARALIZADO
Decreto que crea la Comandancia Militar de las Islas Malvinas y costas adyacentes
Copia manuscrita del Decreto que instituye una Comandancia Militar en las Islas Malvinas y costas adyacentes, Buenos Aires - Año: 10 de Junio de 1829.
TRANSCRIPCIÓN:
Cuando por la gloriosa revolución de 25 de Mayo de 1810 se separaron estas provincias de la dominación de la Metrópoli, la España tenía una porción material de las Islas Malvinas y de todas las demás que rodean el Cabo de Hornos, incluso la que se conoce bajo la denominación de Tierra del Fuego, hallándose justificada aquella porción por el derecho de primer ocupante, por el convencimiento de las principales potencias marítimas de Europa, y por la adyacencia de estas Islas al continente que formaba el Virreinato de Buenos Aires, de cuyo Soberano dependían. Por esta razón habiendo entrado el Gobierno de la República en la sucesión de todos los derechos que tenía sobre estas provincias la antigua Metrópoli y de que gozaban sus virreyes, ha seguido ejerciendo actos de dominio en dichas islas, sus puertos y costas; a pesar de que las circunstancias no han permitido hasta ahora dar a aquella parte del territorio de la República la atención y cuidados que su importancia exige.
Pero siendo necesario no demorar por más tiempo las medidas que puedan poner a cubierto los derechos de la República haciéndole al mismo tiempo gozar de las ventajas que pueden dar los productos de aquellas islas y asegurando la protección debida a su población, el Gobierno ha acordado decretar:
Artículo 1º. Las Islas Malvinas y las adyacentes al Cabo de Hornos en el Mar Atlántico serán regidas por un comandante político y militar nombrado inmediatamente por el Gobierno de la República.
Artículo 2º. La residencia del comandante político y militar será en la Isla de la Soledad y en ella se establecerá una batería bajo el pabellón de la República.
El 2 de abril y el plan que cambió la historia argentina: cómo se gestó y ejecutó la recuperación de las Islas Malvinas
El 2 de abril de 1982, Argentina le puso fin a la usurpación británica en las Islas Malvinas y, como si eso no fuera poco, desafió -aún con desventaja de medios- a una de las mayores potencias del mundo. ¿Qué ocurrió en aquella jornada que marcó para siempre el ADN nacional?
Además,
había que ganarle al invierno. Por eso, en pocos días, se creó una
Fuerza de Tareas Anfibia: hombres del Ejército y de la Armada, con
buques y equipos de guerra, debían estar listos para desafiar las
indómitas aguas del Atlántico en una audaz operación (Fotos: archivo
DEF)
En Argentina, el otoño ya se había instalado. Corría 1982 y, como suele pasar en esos meses en Buenos Aires, los días eran cálidos y agradables. Faltaba poco para Semana Santa, pero, en las calles, el tema dominante era la movilización convocada por la CGT para el 30 de marzo, bajo la consigna “Paz, pan y trabajo”.
Dentro de los edificios del Estado, la palabra “paz” estaba lejos de ser protagonista. Por entonces, el 26 de marzo, y en el ámbito reservado del poder, la Junta Militar tomó una decisión que marcaría un antes y un después en la historia de nuestro país: ordenar a las Fuerzas Armadas la recuperación de las islas Malvinas, usurpadas por el Reino Unido desde 1833. Tenían pocos días, apenas una semana para llevar adelante la operación.
El día D también fue definido en ese encuentro: la noche del 1 de abril.
Aunque, considerando que se esperaba mal tiempo en el Atlántico Sur,
los movimientos podrían demorarse uno o dos días más. Además, había que
ganarle al invierno. Por eso, en pocos días, se creó una Fuerza de
Tareas Anfibia: hombres del Ejército y de la Armada, con buques y
equipos de guerra, debían estar listos para desafiar las indómitas
aguas del Atlántico en una audaz operación. Convocados en la más estricta reserva, los protagonistas sellaron un compromiso inquebrantable: no revelar, bajo ninguna circunstancia, la misión que estaban por emprender.
Finalmente,
el mal tiempo definió la fecha final: la operación, bautizada en un
inicio como “Azul”, se agendó para la noche del 2 de abril. Además, la
misión fue clara: los efectivos militares debían doblegar toda resistencia, tomar la gobernación y Puerto Argentino, y asegurar el aeródromo, llave vital para consolidar la presencia argentina en el archipiélago. ¿Qué pasó entonces?
El 2 de abril de 1982, la operación “Rosario” cumplió su cometido con una eficacia casi quirúrgica
Misión cumplida: ¿qué ocurrió el 2 de abril en las islas Malvinas?
En la madrugada del 2 de abril de 1982, a las 00:30,
se inauguró una nueva etapa de la historia argentina. A cuatro
kilómetros de Puerto Argentino, las sombras cobraron vida: las tropas
especiales de la Armada avanzaron, silenciosas para reducir a los marines británicos y terminar así con la usurpación.
Tres horas más tarde, desde las profundidades del Atlántico Sur, emergieron los buzos tácticos (a bordo del submarino ARA “Santa Fe”). ¿El motivo? Asegurar el faro y allanar el camino para la llegada del buque de transporte “Cabo San Antonio”, con los hombres del Batallón de Infantería de Marina 2 y los del Regimiento de Infantería 25.
Estos soldados, sin titubeos y con total profesionalismo, avanzaron
sigilosos hacia el aeródromo y lo tomaron. Luego, marcharon sobre Puerto
Argentino y cercaron la gobernación desde el este. Al mismo tiempo, los buzos tácticos convergieron desde el oeste. Fue una coreografía precisa de absoluta estrategia. Los militares se movían conscientes de que en ese momento no había margen de error ni lugar para la emoción; los sentimientos llegarían luego, al ver flamear la bandera argentina en las islas Malvinas. Lo que siempre debió haber sido.
El 2 de abril de 1982, la operación “Rosario” cumplió su cometido con una eficacia casi quirúrgica. Para las siete de la mañana, el aeródromo ya estaba bajo control argentino y el puente aéreo, en funcionamiento. A las 9:15, el gobernador Rex Hunt se rindió. En cuestión de horas, las Fuerzas Armadas protagonizaron momentos clave para la soberanía argentina.
Un dato: la operación pensada por la Junta Militar para recuperar las islas Malvinas, inicialmente, llevó el nombre de “Azul”. Pero, luego, se decidió que debía llamarse “Rosario” en honor a la Virgen, pues, en el año 1806, en tiempos de la reconquista de Buenos Aires, Santiago de Liniers le
rezó a ella para vencer al enemigo británico. Por eso, los trofeos de
guerra obtenidos en aquella oportunidad hoy acompañan a la imagen de
María en el Convento Santo Domingo. Al igual que en aquellos años (y que en Vuelta de Obligado), en Malvinas, Argentina volvía a enfrentar a los ingleses.
Tras la usurpación británica, las razones del reclamo argentino
“Las islas Malvinas” es un texto de Paul Groussac que
data de comienzos del siglo XX. En sus páginas, el escritor
francoargentino fundamenta los derechos argentinos sobre el
archipiélago. De hecho, cuando –desde el Congreso Nacional– le pidieron
que se encargase del compendio para difundirlo en las escuelas, Groussac
escribió: “A la Argentina, esta evidencia de su derecho”.
Para el desembarco, el Regimiento 25 organizó a una de las compañías más emblemáticas del Ejército, la “C”
En
su investigación, relata que, a raíz de una expedición del militar
francés Louis Antoine de Bougainville –quien instaló una colonia en las
Islas–, España reivindicó las Malvinas y el marino debió
desmantelar las reducidas instalaciones. De acuerdo con Groussac, el
gobierno español consideraba al archipiélago como dependencia de sus
dominios continentales.
“Este derecho superior invocado por España y reconocido por Francia
es el eje mismo del litigio que, opuesto 17 años antes (1748) a una
veleidad de ocupación de las Malvinas por Inglaterra, había bastado para
detenerla.. Dicha conexión geográfica y geológica se ha vuelto hoy una noción trivial, admitida en las obras de más alta autoridad científica” (sic), explica Groussac a favor del reclamo argentino.
Años después, en 1828, asumió como gobernador argentino en las Malvinas Luis Vernet. Su objetivo fue fundar una colonia, por eso se organizaron expediciones y se instalaron familias y gauchos (para el manejo de ganado). Pero la iniciativa no prosperó y el funcionario debió precipitar su salida:
tras la captura de tres embarcaciones de Estados Unidos por pesca
ilícita, el capitán Silas Duncan desembarcó con el USS Lexington en
Puerto Soledad, con la orden de proteger los derechos de los
norteamericanos “que pesquen y comercialicen”, redujo a las autoridades y
destruyó la colonia.
Más tarde, el gobierno de Buenos Aires –en un decreto del 10 de septiembre de 1832– nombró a Juan Mestivier como comandante interino de las Malvinas. También duró poco: fue asesinado en un motín que tuvo lugar poco tiempo antes de la usurpación de las Islas por parte del Reino Unido, hecho que ocurrió el 3 de enero de 1833. Desde entonces, Argentina denuncia la usurpación y reclama sus derechos sobre las Malvinas.
Un detalle: la esposa de Mestivier dio a luz a su único hijo en las Malvinas; el niño se convirtió –junto con otros, como Malvina Vernet y Sáez– en uno de los pocos argentinos nacidos en ese territorio antes de 1833.
Coronel Daniel Esteban: “Una sola compañía iba a desembarcar el día de la operación”
Para reconstruir la recuperación de las islas Malvinas, DEF dialogó con Carlos Daniel Esteban, coronel retirado del Ejército Argentino y secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación en la Universidad de la Defensa (UNDEF).
¿El detalle? El coronel, además de haber sido uno de los protagonistas
de la Operación “Rosario”, fue distinguido con la medalla “La Nación Argentina al Valor en Combate”,
una de las máximas condecoraciones que entregó el país para reconocer a
quienes se destacaron por sus méritos, valor y heroísmo en defensa de
la Patria.
En otoño de 1982, Esteban apenas era un joven teniente primero del Regimiento de Infantería 25 (con
asiento de paz en la localidad chubutense de Colonia Sarmiento,
provincia de Chubut) cuando fue convocado para vivir un momento
histórico junto a otros oficiales, suboficiales y soldados que participaron del desembarco del 2 de abril.
“Nosotros no teníamos ninguna información de que se estaban por iniciar
las operaciones para recuperar la soberanía de Malvinas. El teniente
coronel Seineldín, jefe del Regimiento, había viajado a Bahía Blanca y a
él le habían dado algún tipo de orden preparatoria o información previa.
Mientras, con nuestros soldados, seguíamos con la instrucción habitual
de siempre”, relata, antes de describir que, al regresar, Seineldín los
reunió a todos: “Una sola compañía iba a desembarcar el día de la operación. Las otras iban a llegar después, por modo aéreo. Además, nos pidió estricto secreto; incluso con nuestras familias. Y, por supuesto, hacia abajo en la cadena de comando, nada. Nuestros suboficiales y oficiales se enteraron de la operación cuando estábamos embarcados”.
En la madrugada del 2 de abril de 1982, a las 00:30, se inauguró una nueva etapa de la historia argentina
Los soldados más calificados para recuperar las islas Malvinas
Para el desembarco, el Regimiento 25 organizó a una de las compañías más emblemáticas del Ejército, la “C”. No tenían armas pesadas, pero sí contaban con los mejores soldados, suboficiales y oficiales.
Estaba conformada por tres secciones: “La idea es que la única compañía
del Ejército que iba a desembarcar representase a todo el Regimiento.
Para eso, se eligió a una sección de cada una de las compañías de la
Unidad”.
De
esa manera, los mejores efectivos fueron los elegidos para integrar las
secciones que participarían de la operación: “La del subteniente Roberto Oscar Reyes, que era de mi compañía. Luego, la del subteniente Juan José Gómez Centurión, de la Compañía B; y, finalmente, la del teniente Roberto Estévez –fallecido en Malvinas–, que era de la compañía A”.
Sobre la orden que habían recibido, el coronel es contundente: debían desalojar a los Royal Marines y, posteriormente, esperar la llegada de una fuerza de seguridad. Luego, regresaban al continente.
¿Por qué el Regimiento 25 había sido el elegido para protagonizar aquel histórico momento? “Creo
que por el prestigio y porque estaba cerca de la zona. Además, son
tropas que están aclimatadas al frío y al viento”, responde el oficial,
al tiempo que rescata que, además, la cúpula del Ejército había decidido
enviar a sus mejores oficiales al sur: “Eso lo hizo el general Galtieri, porque sabía lo que iba a pasar. Nosotros no”.
Finalmente,
los efectivos del 25 partieron hacia las Malvinas. Antes de dejar el
continente, el comandante de la Fuerza de Desembarco, el contraalmirante Carlos Alberto Büsser, los arengó: “Nos pidió, dentro de lo posible, cumplir con la misión sin generar daños innecesarios. Lo llamó una operación incruenta”.
Con
el aeródromo asegurado por los efectivos del Ejército, un Hércules
C-130 de la Fuerza Aérea Argentina pudo llegar a las islas Malvinas con
el objetivo de establecer el puente aéreo con el continente
A
bordo del buque de la Armada, se escuchaba la bravura del mar. Sin
embargo, relata Esteban, los efectivos estaban orgullosos. “Uno sentía
el peso de la importancia de lo que íbamos a hacer. Pero los más
experimentados teníamos la responsabilidad de pensar otras cosas y, a su
vez, cuidar el bienestar de los subalternos”, recuerda.
Finalmente, los del 25 pudieron desembarcar:
“A las 6 de la mañana, los comandos anfibios estaban llegando a la
costa. Salimos con lanchones para arribar a lo que iba a ser la zona del
aeropuerto”.
Así desembarcó la Armada
Además, tiempo atrás, DEF pudo dialogar con el capitán de navío retirado (y veterano de guerra de Malvinas) Bernardo Schweizer, quien, en 1982, tenía 24 años y el grado de teniente de corbeta. Él, junto al cabo principal Sequeira, fue el primer argentino que desembarcó en las Islas durante aquella madrugada histórica de 1982.
“La navegación fue muy dificultosa. Pero, de cualquier manera, llegamos a un punto en el que yo, con el único visor nocturno que teníamos, divisé la línea de olas adelante, a unos 100 metros, y decidí pasar al kayak, junto a Carlos Sequeira”, comenta y agrega que pensó que “por una bengala” había sido descubierto.
“La
técnica en esa circunstancia es agacharse, ofrecer la menor silueta.
Así que los dos nos tiramos hacia delante sentados, digamos, doblando el
torso, y yo continué mirando a ver de dónde podían venir los tiros,
porque a partir de eso era cuestión de segundos, pero no pasó nada”,
cuenta y agrega que, inmediatamente, ambos buscaron llegar a las playas
con la mayor rapidez posible para evitar ser detectados: “En ese momento, dije: ‘Mejor llegar vivo, antes que llegar muerto y tarde’”.
El Hércules C-130 de la Fuerza Aérea en las islas argentinas
Con el aeródromo asegurado por los efectivos del Ejército, un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina pudo llegar a las islas Malvinas con el objetivo de establecer el puente aéreo con el continente.
El brigadier retirado Ernesto Osvaldo París,
en aquel entonces teniente de la Fuerza Aérea Argentina y con 26 años,
recuerda que, en otoño del 82, les informaron a él y a otros 28
efectivos del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) de la Fuerza que iban a participar de una misión secreta en el sur.
En
diálogo con DEF, el oficial contó que llegó en el primer vuelo que
aterrizó en el archipiélago tras haber recuperado las islas Malvinas. De
acuerdo con su relato, cuando la aeronave tocó tierra, bajó la rampa de
lanzamiento y los comandos del GOE debieron ser los primeros en descender.
Por delante, estas fuerzas especiales tenían un gran desafío:
protagonizar misiones de exploración y reconocimiento con el objetivo de
conocer los movimientos británicos.
“Haber visto flamear la bandera en las islas me produjo una emoción tremenda”
“La Operación Rosario fue perfecta.
Estuvo bien concebida. Fue conjunta, con movimientos navales, aéreos y
terrestres. La planificación se dio como se la había pensado. Ejemplar.
Por supuesto que, después, vinieron las improvisaciones, pero no fueron
durante la Operación Rosario; llegaron después, cuando se dio lo de
Plaza de Mayo”, explica Daniel Esteban.
“La
Operación Rosario fue perfecta. Estuvo bien concebida. Fue conjunta,
con movimientos navales, aéreos y terrestres. La planificación se dio
como se la había pensado", cuenta Daniel Esteban (Fotos: archivo DEF)
Y, si bien esos militares aún tenían mucho por delante, cerraron la jornada con la más plena emoción: fueron los protagonistas del arrío de la bandera británica y del izamiento del pabellón argentino.
“El hecho de haber visto flamear la bandera en las islas me produjo una emoción tremenda e indescriptible.
Estar en esa oportunidad, y compartirla al lado de mis compañeros y del
subteniente Reyes y todos los hombres de su sección, fue un muy lindo
momento, algo emocionante”, recuerda el teniente coronel retirado Abel Aguiar,
quien también describe que los recuerdos de aquella jornada están
grabados en su memoria: “Yo había llegado en el tercer Hércules al
aeropuerto y, cuando descendimos de la aeronave, todavía se escuchaban
disparos en la zona de la ciudad de Puerto Argentino. Para el momento en
el que arribamos a la casa del gobernador de las islas, pude ver a los
soldados ingleses prisioneros. Después de esos movimientos, preparamos
la formación para el izamiento de la bandera. Ese día, se había trabado la driza del mástil y el subteniente Roberto Reyes se subió para poder resolver aquel inconveniente”.
Por su parte, el general (retirado) Roberto Reyes compartió con DEF el sentimiento en torno a la presencia de la celeste y blanca en Malvinas: “La bandera argentina es, de todos los símbolos nacionales, el más representativo.
Representa a cada uno de los ciudadanos que habita este suelo y a cada
uno de los lugares que compone nuestro territorio. Por eso, las islas
Malvinas son parte de nuestro país, de nuestro territorio y de nuestro
ser nacional”.
Por pedido de los fiscales, el Ejército dio de baja a 34 militares con condena firme por delitos de lesa humanidad
Lo dispuso el jefe de la fuerza, general de división Oscar Santiago Zarich, por pedido de la Procuraduría de Investigaciones Administrativas; el efecto inmediato es que dejarán de percibir retiros, pensiones y la cobertura de la obra social
El
jefe del Ejército, general de división Oscar Santiago Zarich, junto al
presidente Javier Milei, en el Regimiento de Granaderos Presidencia
En la misma semana en que se cumplieron 50 años del golpe de Estado de 1976, el jefe del Ejército, general de división Oscar Santiago Zarich, ordenó dar de baja a 34 militares que recibieron condenas firmes por delitos de lesa humanidad. Entre ellos se encuentra el teniente coronel retirado Juan Daniel Amelong, que acumula siete sentencias en su contra, y 33 suboficiales.
La decisión del jefe militar fue en respuesta a un informe de la Procuración de Investigaciones Administrativas (PIA), que hace dos semanas había detectado 78 casos de miembros de las Fuerzas Armadas y de las fuerzas de seguridad con sentencia firme que no habían sido desafectados, como ordena la ley vigente.
En los casos de militares condenados en causas de lesa humanidad corresponde aplicar la baja, que significa la pérdida del estado militar. Eso implica que dejan de percibir el cobro de pensiones y el acceso a la obra social, beneficios que en estos casos se mantenían.
A comienzos de 2025, el entonces ministro de Defensa Luis Petriordenó la baja de 23 militares condenados por la Justicia con sentencia firme, lo que en su momento generó inquietud en el Ejército. En ese momento el jefe de la fuerza era el teniente general Carlos Alberto Presti, actual ministro y sucesor de Petri.
El teniente coronel retirado Juan Daniel Amelong Archivo
El caso Amelong
Entre los militares dados de baja ahora se encuentra el teniente coronel Amelong, cuyo nombre se mencionó en noviembre de 2023 durante el debate entre los candidatos a vicepresidente de la Nación, cuando Agustín Rossi (Unión por la Patria) le planteó a Victoria Villarruel (La Libertad Avanza) la necesidad de conocer su posición sobre la situación de los militares detenidos por su actuación en la dictadura militar.
La actual titular del Senado consideró injusta la detención de Amelong, al recordar que su padre, que era ingeniero y tenía 11 hijos, fue asesinado por Montoneros en Rosario en 1974, durante un gobierno constitucional. “Hoy su hijo está preso por delitos de lesa humanidad. Yo me pregunto: ¿por qué no están presos los que asesinaron al ingeniero Amelong?”, dijo Villarruel.
Con condenas en cinco causas por delitos de lesa humanidad, tres de ellas perpetuas, según los expedientes Amelong integró en los años 70 grupos de tareas que dependían del Destacamento 121 de Inteligencia del Ejército.
Los militares que fueron dados de baja en la nueva resolución firmada por el jefe del Ejército son los tenientes coroneles Juan Daniel Amelong, Rafael Mariano Braga, Jorge Alberto Fariña, Héctor Mario Juan Filippo, Marino Héctor González, Aníbal Alberto Guevara Molina, Ernesto Hugo Kishimoto, Dardo Migno Pipaon, Enrique Pedro Mones Ruiz, Alberto Rivas, Alberto Tadeo Silveyra Ezcamendi y Emilio Juan Huber, los mayores Gustavo Adolfo Alsina, Jorge Humberto Appiani, Leopoldo Norberto Cao, Carlos Antonio Españadero, Norberto Raúl Tozzo, Armando Nicolás Martínez y Domingo Morales, los capitanes Enrique José Berthier, Walter José Grosse, José Eduardo Bulgheroni, Héctor Pedro Vergez, Juan Carlos De Marchi y Víctor Alejandro Gallo, el teniente primero Horacio Rubén Leitesm los suboficiales mayores Carlos Ibar Pérez, Luis José Ricchiuti, Oscar Ramón Obaid, César Darío Díaz, José Anselmo Appelhans, José Luis Ojeda y los suboficiales principales Alberto Callao y Enrique Charles Casagrande. Ausencia de registros
El informe de la PIA, cuyo director es el doctor Sergio Leonardo Rodríguez, se sustenta en “un marco jurídico claro que impone al Estado la obligación de disponer la baja administrativa definitiva de las personas condenadas por delitos de lesa humanidad que integraron fuerzas de seguridad o fuerzas armadas, una vez adquirida firmeza la sentencia penal”.
En octubre de 2024, la PIA solicitó a la Armada que la propia fuerza requiriera al ministro de Defensa que se dispusiera la baja de siete oficiales superiores con sentencia firme y cursó un pedido similar a la Fuerza Aérea para solicitar la baja de dos oficiales.
El organismo advirtió en s informe sobre “la ausencia de una política estatal coordinada que asegure el cumplimiento oportuno e integral de las consecuencias jurídicas derivadas de las condenas penales firmes”. Observó, al respecto, “respuestas fragmentadas, dilaciones injustificadas y, en algunos casos, reticencias institucionales que obstaculizan la finalización de los procedimientos administrativos de baja, a pesar de la inexistencia de controversias judiciales pendientes”.
También alertó sobre la inexistencia de mecanismos adecuados, actualizados y articulados de registro, seguimiento y control, tanto en las dependencias estatales con competencia en la administración del personal de las fuerzas como en las instancias vinculadas a la ejecución de las sentencias judiciales.
Todo falló, menos su valor: el último vuelo del piloto que murió tras regresar de una misión en Malvinas
El capitán de navío Zubizarreta partió hacia las islas el 23 de mayo de 1982 con su A-4Q Skyhawk. Sobre la flota, no pudo lanzar sus bombas por un desperfecto técnico. Cargado con los explosivos, casi sin combustible regresó al continente. aterrizó en ´la pista mojada y resbaladiza de Río Grande. Debía eyectarse, pero el mecanismo también falló. Los instantes finales de un héroe
El Capitán de Corbeta Carlos Maria Zubizarreta junto al piloto Teniente de Corbeta Gustavo Diaz (castrofox.blogspot)
El 23 de mayo, la guerra que se vivía en el cielo de las Malvinas,
a mil kilómetros por hora, a 480 millas del continente, llegaría a la
base de Río Grande. Tomaría otra dimensión, más cercana, más
brutal. Mostraría su cara en el asfalto húmedo, a la vista de todos.
Sucedió en el regreso de una misión que había conducido el jefe de la Tercera Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque, el capitán Rodolfo Castro Fox, con los aviones A-4Q.
Castro Fox había sufrido un accidente nueve meses antes. La
tardía expulsión del asiento eyectable en una jornada de entrenamiento
en el portaviones 25 de Mayo hizo que cayera al mar con su avión desde
13 metros de altura y perdió el conocimiento tras el impacto contra el
agua. Lo trasladaron al hospital en helicóptero. Sufrió dos paros cardiorrespiratorios y la fractura de su brazo izquierdo.
No había vuelto a volar hasta abril de 1982, cuando se declaró la
guerra, pero estaba inhabilitado para realizar misiones de combate. Sin
embargo, Castro Fox informó a sus superiores que se sentía obligado a
desobedecer la prohibición: no podía mandar a sus pilotos al combate
aéreo si él no lo hacía. Su disminución física le impedía
operar el avión con normalidad. Un mecánico debía ayudarlo para abrir
y cerrar la cabina; tampoco podía accionar la palanca del tren de
aterrizaje con la mano izquierda, debía hacerlo cruzando el brazo
derecho.
Por su parte, al inicio de la guerra, el
estado de los aviones de la escuadrilla era desolador. Los A-4Q ya
habían excedido su vida útil, tenían las alas fisuradas, los cañones
registraban problemas técnicos para impactar sus proyectiles, y los
cohetes de los asientos eyectores estaban vencidos, con un margen de
seguridad limitado.Con el esfuerzo logístico del
personal de mantenimiento se reemplazaron alas y también se
incorporaron otros pilotos de otras unidades. La escuadrilla quedó
conformada por doce pilotos con ocho A-4Q preparados para atacar las
unidades de superficie del enemigo.
Castro
Fox había sufrido un grave accidente meses antes y dos infartos, sin
embargo informó a sus superiores que se sentía obligado a desobedecer
la prohibición: no podía mandar a sus pilotos al combate aéreo si él
no lo hacía (castrofox.blogspot)
El 23 de mayo, en su misión hacia Malvinas, a Castro Fox lo acompañaban el capitán Carlos Zubizarreta, el teniente Carlos Oliveira y el teniente Marcos Benítez.
El objetivo había sido el de todas las misiones: atacar las naves que encontraran en la bahía San Carlos y, si no encontraban nada, hacerlo sobre las instalaciones del puerto.
Partieron pasado el mediodía. Volaban juntos, en formación, para no perderse de vista. Pronto Oliveira tendría fallas en el traspaso de combustible y regresaría a la base. Cuando divisaron Gran Malvina, se elevaron por los cerros y luego bajaron, navegación rasante, pegados al agua. El capitán Pablo Carballo, que lideraba la misión de A-4B Skyhawk,
los había precedido en la incursión, dos minutos antes. Les
transmitió por radio la posición actualizada de las naves de
superficie y de los Sea Harrier. Carballo estaba en el vuelo de
regreso; su avión había recibido un misil en el ala derecha disparado
desde tierra y otro había pasado muy cerca de su cabina cuando
atravesaba Pradera del Ganso, para girar y volver a atacar. Pensó en
eyectarse, pero sentía que podía dominar el avión y confiaba en que
aterrizaría en Río Gallegos. Otro A-4B de su formación no había
lanzado, del otro no tenía novedades, y había perdido a un piloto, al primer teniente Luciano Guadagnini, que había descargado su bomba sobre la HMS Antelope, una fragata de tipo 21 que había sustituido a Ardent como muralla, dispuesta a atacar con sus cañones y a atajar todo lo que le arrojaran.
Un
proyectil lanzado desde la fragata impactó sobre el ala del A-4B de
Guadagnini, y ya estaba a punto de caer al agua, pero en un esfuerzo
soberbio el piloto giró e impactó sobre el mástil de Antelope. Su avión se desintegró y cayó al mar. (Después del cuarto intento frustrado por desactivarla, una de sus bombas explotaría en la sala de máquinas. Antelope quedaría envuelta en una bola de fuego, mientras los tripulantes abordaban un bote del Intrepid.
Cuando estaban a mil metros se produjo la explosión, que quedaría
registrada como una de las imágenes más dramáticas de la guerra por
las Malvinas. El casco de Antelope se partiría en dos y la nave se hundiría).
La HMS Antelope se hunde luego de haber sido atacada por los pilotos argentinos en el Estrecho de San Carlos (AP)
Este
era el reporte de Carballo sobre el estrecho San Carlos pasado el
mediodía del 23 de mayo. Antes de ingresar a la zona caliente, Castro
Fox puso su A-4Q a cien metros del agua y deseó suerte a sus numerales,
que venían detrás. La pasada aérea por el estrecho no tomaba más de
un minuto. El minuto decisivo. El sol brillaba, pero el cielo se veía negro por el humo de las explosiones y el fuego de los cañones.
Cuando
vio a su blanco, el Intrepid, en la boca de la bahía, también vio una
especie de luz que salía desde la proa y se dirigía hacia él. Era un misil. Giró rápido a la derecha y enfiló hacia la nave, descargó sus bombas y fue saliendo del estrecho en vuelo rasante,
moviendo su avión de un lado a otro para escapar hacia la base.
Detrás de él venían sus dos numerales, Benítez y Zubizarreta. Les habían tirado dos misiles desde tierra, que pasaron entre sus dos aviones, pero habían superado sin daños la barrera antiaérea. Benítez había descargado sus bombas sobre Antelope. Aunque no escuchó su explosión, había quedado alojada en la fragata. Zubizarreta no había podido lanzar por una falla en el sistema.
En su regreso, Castro Fox advirtió que se quedaba sin combustible;
los tanques externos no transferían en forma normal. Optó por un
perfil de vuelo diferenciado, a más de 12 mil metros de altura. No sabía si llegaría a aterrizar o se eyectaría en el mar. Lo iría evaluando. Les dijo a sus pilotos que no lo acompañaran: quería quedarse solo.
Zubizarreta y Benítez continuaron vuelo. En la base estaban contentos porque sabían que volvían los tres A-4Q de San Carlos.
Lo habían verificado con el radar en tierra. Los pilotos y mecánicos
de las escuadrillas los habían despedido y ahora estaban en la
plataforma del hangar para recibirlos, como se hacía siempre en cada
misión. El aterrizaje era inminente. En ese momento empezó a lloviznar, una garúa muy tenue, con un fuerte viento.
El capitán Roberto Curilovic, que tenía experiencia porque era señalero en portaviones de A-4Q, salió corriendo a la pista y ordenó que se armase el sistema de frenado. El A-4Q, sobre pista mojada y semihelada, corría el riesgo de hacer aquaplaning.
Tenía ruedas muy finas, para aterrizaje en portaviones, y con la alta
presión de inflado perdía adherencia y podía hacer deslizar al avión
sin control. Entonces, si el gancho de cola del avión lograba
enganchar el cable que atravesaba la pista y empezaba a arrastrarlo, el
propio cable le daba estabilidad y frenaba la carrera de la aeronave.
Pero no llegaron a armarlo a tiempo.
El avión de Zubizarreta regresaba casi sin combustible. No había podido lanzar las bombas; sobrevoló un barco y el eyector no funcionó.
Existe un sistema de emergencia que permite que se las tire inertes. El
lanzador y las bombas se arrojan sobre el mar y no explotan. Pero
Zubizarreta no las quiso tirar, no quiso perder el armamento; prefirió
regresar con las bombas a la base para preservarlas.
Tercera
Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque, fotografiados el 20 de Mayo de
1982: Sylvester, Medici, Lecour, Oliveira, Carlos Zubizarreta, Olmedo,
Arca, Alberto Phillippi, Castro Fox, Rótolo, Benítez y Alejandro Diaz
Su
A-4Q aterrizó en la pista húmeda con viento cruzado, perdió el
control, empezó a viborear y se fue a un costado de la pista
delante de los pilotos y mecánicos, de todo el personal de la base. Se
fue detrás de un montículo y se incrustó sobre el barro. Al irse de pista con las bombas abajo, Zubizarreta debía eyectarse hacia arriba.
En
situaciones normales, el asiento sube a determinada altura, la capota
de la cabina se dispara y se abre. Y si no se dispara el asiento, tiene
clavijas que rompen la cabina. Pero el cartucho del asiento no lo despidió a la altura necesaria. No lo expulsó con suficiente energía. Había fallado el cohete del asiento; estaba vencido y se había prorrogado su uso.
Zubizarreta cayó al pavimento de la pista desde considerable altura sin el paracaídas desplegado. Las bombas no explotaron y solo quedó afectada la nariz del avión. A la semana el A-4Q estaba volando otra vez. Pero Zubizarreta falleció por el impacto pocas horas después.
Su féretro fue subido a un avión Fokker F-28 de la Armada. Una formación lo despidió con honores.
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Marcelo Larraquy es periodista e historiador (UBA) Su último libro
publicado es “La Guerra Invisible. El último secreto de Malvinas”. Ed.
Sudamericana.
Argentina anuncia que destinará el 10 % de las privatizaciones a compras para defensa: ¿reordenamiento del Estado o gran negocio en marcha?
En una conferencia realizada hoy, 25 de marzo, el jefe de Gabinete del gobierno argentino, Manuel Adorni, anunció que el 10 % de lo recaudado por la venta de empresas estatales será destinado a la compra de equipamiento para las Fuerzas Armadas. La medida fue presentada como una decisión administrativa más, casi técnica. Pero la pregunta inevitable es otra: ¿por qué privatizar justamente ahora, y quiénes serán los verdaderos beneficiarios de ese proceso?
Aunque Adorni no lo dijo públicamente, fuentes oficiales deslizaron extraoficialmente que ese mismo porcentaje también podría aplicarse a la venta de inmuebles del Estado. Es decir: no solo se rematarían empresas estratégicas, sino también patrimonio público, mientras una parte de ese dinero se canalizaría hacia adquisiciones militares. ¿Estamos ante una política de fortalecimiento nacional o frente a una gigantesca redistribución de activos, contratos y poder?
¿Por qué se financian compras militares con stocks (venta de inmuebles que sólo generan ingresos por la misma venta) y no por flujos (porcentaje de la venta periódica de un bien o servicio? Con el financiamiento por medio de stocks, una vez que se gaste ese fondo NO HABRÁ MÁS FONDOS para seguir el reequipamiento que, por cierto, está lejísimos de estar acotado. Son muchísimas las capacidades que se deben recuperar. Financiar reequipamiento con una venta de una sola vez es pan para hoy, hambre para mañana. Si se adquieren dos fragatas... ¿de donde saldrán los fondos para salarios, respuestos, dique seco, armas, mantenimiento? ¿Está garantizado eso? O tendremos, como ha sido la tristísima tradición, comprar fierros nuevos oxidándose mientras los paseamos para los días patrios.
La lista de empresas que el Gobierno pretende vender en el corto plazo no es menor: Energía Argentina (Enarsa), Intercargo, Corredores Viales, Belgrano Cargas y Logística, ARSAT, Correo Argentino, Aerolíneas Argentinas, Transener y AySA. A eso se suman represas vinculadas a AES Argentina (Alicurá), Enel (El Chocón y Arroyito), Central Puerto (Piedra del Águila) y Orazul (Cerros Colorados). Demasiados nombres, demasiados sectores clave, demasiados intereses en juego como para pensar que se trata solo de una simple “modernización” del Estado. ¿A qué no adivinan quién se va a quedar con todas estas empresas?
Porque cuando se privatizan energía, transporte, comunicaciones, logística, agua e infraestructura, la discusión ya no pasa únicamente por la eficiencia. La verdadera pregunta es: ¿quiénes ganarán esas licitaciones? ¿Qué grupos económicos están preparados para quedarse con esos activos? ¿Habrá competencia real o nombres ya anotados de antemano?
Además, los tiempos propios de los procesos de privatización hacen que el dinero no llegue de inmediato a las Fuerzas Armadas. Los ingresos, en caso de concretarse, se verían recién en los próximos años. Y aun así, no se espera que sean montos realmente significativos frente a la magnitud de la inversión necesaria para recomponer la capacidad de defensa argentina. Entonces surge otra duda incómoda: si el beneficio militar no será inmediato ni decisivo, ¿es realmente la defensa el objetivo central de esta política, o apenas el argumento perfecto para justificar una nueva ola de ventas?
En ese contexto, el anuncio deja más interrogantes que certezas. ¿Se busca fortalecer al país o abrir una nueva etapa de transferencia de recursos estratégicos al sector privado? ¿Quién decide qué se vende, a qué precio y para beneficio de quién? Porque cuando el Estado empieza a desprenderse de piezas clave de su estructura, la historia muestra que rara vez se trata solo de números. Casi siempre hay algo más detrás.
Miguel Vicente Guerrero, el patriota que soñó una Argentina fuerte: vida, ciencia y soberanía del “padre” del Cóndor II
Hablar del Comodoro Miguel Vicente Guerrero es hablar de una de esas figuras argentinas extraordinarias que, aun habiendo entregado su inteligencia, su vocación y su vida al servicio de la Nación, no siempre recibieron en su tierra el reconocimiento que merecían. Militar, científico, estratega, docente y nacionalista, Guerrero fue mucho más que el principal impulsor del proyecto misilístico Cóndor II: fue un hombre convencido de que la Argentina debía desarrollar poder propio, tecnología propia y capacidad de defensa propia para dejar de depender de otros y actuar en el mundo con dignidad soberana.
Nacido el 26 de julio de 1943 en Caucete, San Juan, su vida quedó marcada desde la infancia por una tragedia nacional: el devastador terremoto de San Juan del 15 de enero de 1944. Guerrero fue sobreviviente de aquel desastre que destruyó la provincia y se llevó la vida de miles de argentinos, entre ellos dos de sus hermanas pequeñas. Esa herida temprana, atravesada por el dolor, la pérdida y la dureza de un país que tantas veces obligó a sus hijos a levantarse entre ruinas, parece haber forjado en él una fortaleza singular. Desde muy joven entendió que la vida exigía temple, sacrificio y misión.
Estudió con beca en el Liceo Militar de Mendoza y luego ingresó a la Fuerza Aérea Argentina, donde comenzó una carrera brillante. Se recibió como ingeniero electrónico y aeronáutico, egresado de la Escuela de Aviación Militar, y su desempeño sobresaliente lo ubicó rápidamente entre los oficiales más prometedores de su generación. En 1964, siendo alférez, viajó becado a los Estados Unidos para profundizar su formación. Años más tarde, en 1974, regresó para especializarse en tecnología misilística en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), una de las instituciones más prestigiosas del mundo, donde se graduó con altísimo mérito académico. Ese paso por el exterior no lo convirtió en un técnico al servicio de intereses ajenos: por el contrario, reforzó su convicción de que el conocimiento más avanzado debía estar puesto al servicio de la Argentina.
Guerrero fue ingeniero electrónico y aeronáutico, egresado de la Escuela de Aviación Militar
Guerrero pertenecía a esa rara estirpe de hombres que comprendían que la ciencia y la defensa nacional no eran mundos separados, sino partes de una misma tarea histórica. Para él, una Nación sin capacidad tecnológica propia era una Nación vulnerable. Y una Nación vulnerable, tarde o temprano, queda sometida a la voluntad de otros. Esa idea se volvería central en su obra.
Su nombre quedó para siempre asociado al proyecto Cóndor, y en especial al Cóndor II, uno de los mayores desarrollos tecnológicos alcanzados por la Argentina en materia estratégica. En las instalaciones de Falda del Carmen, en Córdoba, dentro de un complejo de altísimo secreto y bajo conducción de la Fuerza Aérea, Guerrero encabezó junto a técnicos, científicos y militares argentinos una empresa de enorme envergadura: desarrollar un vector con capacidad de proyección propia, que combinara aplicaciones espaciales, científicas y de disuasión militar.
El proyecto no surgió de la nada ni fue un simple capricho castrense. Respondía a una visión integral de país. Por un lado, buscaba dotar a la Argentina de capacidades para colocar satélites en órbita con medios nacionales, es decir, avanzar hacia la autonomía espacial. Por otro, ofrecía una herramienta concreta de disuasión frente a amenazas externas, especialmente tras la guerra de Malvinas, cuando quedó dolorosamente expuesta la brutal asimetría entre la Argentina y una potencia de la OTAN como el Reino Unido.
Miguel Vicente Guerrero en su época del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts), donde se graduó en 1974 en Tecnología Misilística
Guerrero comprendió con claridad algo que muchos dirigentes nunca quisieron entender: la recuperación de capacidad negociadora frente al ocupante británico no podía basarse solamente en declaraciones diplomáticas, sino también en la construcción de poder nacional. Su razonamiento era de una lógica geopolítica impecable. Si la Argentina contaba con un sistema capaz de representar una amenaza real sobre el dispositivo militar británico en el Atlántico Sur, Londres se vería obligado a incrementar de manera enorme el costo de sostener su ocupación en las islas. Y cuando el costo de una ocupación se vuelve demasiado alto, la política empieza a cambiar. No se trataba de un impulso temerario, sino de una estrategia de disuasión orientada a reducir la brecha militar y a sentar al Reino Unido a una mesa de negociación desde otra posición.
Por eso, con justicia, muchos lo consideran el “padre del Cóndor II”. Porque no fue un actor secundario ni un mero administrador: fue uno de sus cerebros centrales, uno de los hombres que le dieron dirección, forma y sentido estratégico a uno de los proyectos más ambiciosos de la historia tecnológica argentina.
Su trayectoria, sin embargo, no se agotó allí. Guerrero también fue presidente de la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE) y precursor de las telecomunicaciones satelitales argentinas, además de desempeñarse como docente universitario y más tarde como Decano de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del Salvador. Es decir, no solo pensó en la defensa: también sembró conocimiento, formó profesionales y ayudó a construir capacidades científicas duraderas para el país. Su patriotismo no era declamativo; era concreto, técnico, institucional y profundamente argentino.
Durante la guerra de Malvinas, además, revistó como Mayor de la Fuerza Aérea Argentina y tuvo participación en la planificación de misiones aéreas. Finalizado el conflicto, integró la Comisión Rattenbach, encargada de analizar responsabilidades y evaluar el desarrollo de la guerra. Había combatido, había pensado la defensa, había contribuido a la evaluación crítica posterior. Era, en definitiva, un militar íntegro: comprometido con la Nación antes que con las conveniencias del momento.
Búnker para el lanzamiento y control del misil Cóndor en Cabo Raso, Chubut.
Pero como tantas veces ocurrió en la Argentina con quienes se atrevieron a construir soberanía real, el destino de Guerrero terminó atravesado por la mezquindad política de una época. El proyecto Cóndor, que había avanzado significativamente y despertaba la preocupación de potencias extranjeras, fue finalmente desmantelado durante el gobierno de Carlos Menem, en el marco del alineamiento automático con Estados Unidos y Gran Bretaña. Los nombres de Domingo Cavallo, Guido Di Tella y las presiones ejercidas desde la embajada norteamericana quedaron asociados a aquella decisión que canceló uno de los desarrollos estratégicos más prometedores del país.
Estudió con una beca en el Liceo Militar de Mendoza y luego se incorporó a la Fuerza Aérea
No fue solamente el cierre de un programa: fue la renuncia deliberada a una posibilidad histórica de autonomía. Y como si eso no bastara, a Guerrero no se lo homenajeó por haber cumplido con excelencia la misión que el propio Estado le había encomendado, sino que se lo castigó con el pase a retiro, mientras los equipos de técnicos y científicos que habían hecho posible aquella proeza eran desarticulados. La paradoja fue escandalosa: la Argentina sancionó a uno de sus oficiales más capaces por haber tenido éxito en una tarea clave para el interés nacional.
La Asociación Civil Amigos de Cabo Raso fueron los promotores del homenaje y además construyeron un cenotafio en memoria del Comodoro Guerrero.
Aun así, Guerrero no claudicó. Y allí vuelve a aparecer la dimensión moral de su figura. Tras su retiro, recibió ofertas para continuar su carrera en los Estados Unidos, incluso en el ámbito académico. Habría podido elegir el prestigio exterior, el confort del reconocimiento ajeno o la comodidad de una vida desligada de las frustraciones argentinas. No lo hizo. Eligió quedarse en su país y volcar su conocimiento en la formación de nuevas generaciones. Fue docente, decano, director, maestro. Siguió sirviendo a la Nación desde las aulas y desde la ciencia, con la misma lealtad con la que había servido desde el uniforme.
Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre noble, brillante, sobrio y profundamente comprometido con la Patria. No era un improvisado ni un aventurero: era un profesional de altísimo nivel, un estratega serio, un científico respetado y un argentino convencido de que la soberanía no se mendiga, se construye. En tiempos de dependencia cultural, él defendía el desarrollo nacional. En tiempos de subordinación política, él pensaba en grande. En tiempos de resignación, él apostaba a una Argentina capaz.
Su fallecimiento, en agosto de 2019, pasó para muchos casi en silencio, como si la desmemoria nacional insistiera en repetir una de sus peores costumbres: olvidar a los mejores. Sin embargo, la figura de Miguel Vicente Guerrero resiste ese olvido. Sobrevive en cada argentino que entiende que no hay independencia sin ciencia, que no hay diplomacia eficaz sin poder propio, y que no hay futuro para la Nación si se desprecia a quienes trabajaron para hacerla más libre, más fuerte y más respetada.
Recordar al Comodoro Miguel Vicente Guerrero no es solo hacer justicia con un hombre excepcional. Es también recuperar una enseñanza central para la Argentina contemporánea: los países que renuncian a su talento estratégico, que castigan a sus patriotas y que entregan sin resistencia sus capacidades tecnológicas, se condenan a la impotencia. En cambio, los pueblos que honran a sus hombres de ciencia, a sus militares honestos y a sus constructores de soberanía, mantienen viva la posibilidad de ponerse nuevamente de pie.
El Cóndor II en su torre de servicio.
Miguel Vicente Guerrero fue uno de esos argentinos imprescindibles. Un sanjuanino marcado por la tragedia, formado en la excelencia, consagrado al servicio, protagonista de la defensa nacional, impulsor del desarrollo espacial y misilístico, y ejemplo de fidelidad a la Patria. Su vida demuestra que la grandeza argentina no es una nostalgia vacía: es una posibilidad concreta cuando aparecen hombres dispuestos a pensar, trabajar y sacrificarse por ella.
Y si la Argentina alguna vez decide reencontrarse con su destino de Nación soberana, industrial, científica y respetada, deberá volver la vista hacia figuras como la suya. Porque allí, en hombres como Guerrero, late todavía una idea de país que no se rindió jamás.
En el 2016 recibió una distinción por su carrera en la Fuerza Aérea
A 43 años del Combate de Monte Longdon recordemos a unos de nuestros Héroes de Malvinas: Sargento Darío Ríos
Avanzada la noche del 11 de junio, el fuego de artillería inglés sobre las posiciones argentinas se hizo más intenso. Las comunicaciones de teléfonos de campaña se cortaron entre las posiciones. Comenzaron a avanzar tropas enemigas en varias direcciones sobre las posiciones de nuestros soldados del Regimiento de Infantería 7. El cabo primero Darío Rolando Ríos, jefe de grupo de tiradores, había rechazado varios avances sobre las posiciones y con el fuego de sus armas había dado cobertura al repliegue de los efectivos de la sección. El ímpetu de su accionar y las enérgicas órdenes que impartían hacía que sus valientes soldados combatieran ferozmente. Habiendo sido rodeada su fracción, acompañó a su jefe de sección, subteniente Juan Domingo Baldini, en un contra ataque nocturno bajo intenso fuego enemigo. Buscaban rechazar a las tropas británicas y poder restablecer las posiciones defensivas en ese lugar. Ambos valientes mueren en la acción. El cabo primero Darío Rolando Ríos, había nacido en Chaco, en una humilde familia de la localidad La Escondida, muy chico había partido a Buenos Aires en busca de trabajo y se había incorporado al Ejército Argentino. Hoy lo recuerdan en Berazategui, donde vivió en Buenos Aires, y una calle con su nombre lo inmortaliza en La Escondida. El Ejército lo ascendió “post mortem” al grado de sargento y la Nación lo condecoró con la Medalla “La Nación Argentina al Valor en Combate” por su heroísmo en Monte Longdon. Humilde, valiente, enérgico y generoso en sangre. Nunca te olvidaremos sargento Ríos!!!