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jueves, 25 de junio de 2026

Teoría de la guerra: La tecnología moral

La ventaja “tecnológica” de los valores morales

Por EMcL





Imaginemos una situación extrema. Dos bandos se enfrentan en una contienda prolongada. Uno de ellos acepta restricciones morales: no atacar deliberadamente a civiles, no torturar prisioneros, no emplear escudos humanos, no destruir indiscriminadamente aquello que dice querer salvar. El otro, en cambio, se considera libre de esas limitaciones. Puede mentir sin freno, intimidar, infiltrar, secuestrar, aterrorizar, manipular a la población civil o convertir la ambigüedad moral en un arma. La pregunta surge casi de inmediato: ¿no tiene este segundo bando una ventaja decisiva? ¿No posee, por así decirlo, una “tecnología moral” superior, entendida no como virtud, sino como libertad de acción?

La intuición inicial parece favorecer al actor sin restricciones. En términos estrictamente tácticos, quien se libera de ciertos frenos dispone de un menú más amplio de acciones. Puede hacer cosas que el adversario no puede o no quiere hacer. Puede ocultarse entre civiles porque sabe que el enemigo vacilará antes de disparar. Puede usar hospitales, escuelas o templos como cobertura porque explota deliberadamente la inhibición moral del otro. Puede recurrir al terror selectivo para disciplinar poblaciones, asesinar colaboradores, sabotear infraestructuras críticas o producir efectos psicológicos desproporcionados con recursos relativamente escasos. Desde esta perspectiva, la moral aparece como una carga operativa: una fricción adicional en el campo de batalla, una demora en la cadena de mando, una limitación autoimpuesta en el uso de la fuerza.

Esta es la dimensión más inquietante del problema. Las normas morales, cuando son respetadas por un solo lado, pueden ser explotadas por quien no las respeta. Allí nace la idea de una asimetría moral: no simplemente una diferencia de armamento, presupuesto o tecnología, sino una diferencia en los límites de lo concebible. Para un actor, ciertas acciones están prohibidas; para el otro, están disponibles. En ese sentido preciso, el bando menos escrupuloso parece poseer una ventaja “tecnológica”: no porque tenga mejores máquinas, sino porque su arquitectura moral le habilita procedimientos vedados al adversario.

La guerra asimétrica ha ofrecido innumerables ejemplos de este fenómeno. Las insurgencias suelen operar en un terreno donde la distinción entre combatiente y no combatiente se vuelve difícil, a veces deliberadamente difícil. La población civil se transforma en refugio, fuente de información, escudo, base logística y escenario propagandístico. El adversario regular, especialmente si pertenece a una democracia liberal o a una coalición internacional, no sólo combate contra una fuerza armada; combate también contra la mirada de su propia opinión pública, de los medios, de los tribunales, de los aliados y de la historia. Cada error táctico puede convertirse en derrota política. Cada víctima civil puede tener un efecto estratégico superior al de una batalla perdida.

Pero esta ventaja inicial es menos sólida de lo que parece. La ausencia de restricciones morales amplía el espacio de acción, sí, pero también contamina el espacio político en el que toda guerra finalmente se decide. La brutalidad puede producir obediencia inmediata, pero rara vez produce lealtad estable. Puede conquistar una ciudad, pero no necesariamente gobernarla. Puede sembrar miedo, pero también odio. Puede desorganizar al enemigo, pero también unificarlo. Puede destruir la resistencia visible, pero alimentar una resistencia más profunda, más paciente y más radicalizada.

Por eso la moral no debe entenderse sólo como restricción. También puede funcionar como una tecnología de coordinación, legitimidad y supervivencia institucional. Un ejército que acepta límites no siempre es más débil; a veces es más confiable, más disciplinado y más capaz de sostener alianzas. Una sociedad que cree combatir por una causa justa puede soportar costos que serían intolerables si la guerra apareciera como mero saqueo o exterminio. Un Estado que respeta ciertas reglas preserva mejor su autoridad, incluso cuando pierde batallas. La moral, en este sentido, no es una decoración humanitaria colocada sobre la estrategia. Es parte de la estrategia misma.

La Segunda Guerra Mundial ofrece un caso extremo. Las potencias del Eje, en particular el régimen nazi y el militarismo japonés, llevaron adelante formas de guerra y dominación de una brutalidad sistemática: exterminio, trabajo esclavo, masacres, experimentación humana, castigos colectivos, desprecio generalizado por la vida de prisioneros y civiles. Esa ausencia de límites produjo efectos tácticos y políticos inmediatos. El terror desorganiza. La crueldad paraliza. La guerra total permite movilizar recursos humanos y materiales sin consideración por el costo moral. Pero esa misma lógica contribuyó a crear una resistencia feroz en los territorios ocupados, a cohesionar a sus enemigos y a justificar una guerra de aniquilación contra sus propios sistemas políticos. La violencia sin límites no sólo destruyó a sus víctimas; también erosionó las condiciones de posibilidad de una victoria duradera.

La comparación, por supuesto, no debe idealizar a los Aliados. Los bombardeos estratégicos sobre ciudades, desde Dresde hasta Tokio, muestran que incluso los actores que se presentan como defensores de un orden moral pueden transgredirlo gravemente. Pero justamente allí aparece un punto crucial: la fuerza de la moral como tecnología estratégica no depende sólo de proclamar normas, sino de sostenerlas con cierta consistencia. Cuando el bando que invoca la justicia viola sus propios principios, pierde parte de su ventaja simbólica. La moral no funciona como escudo retórico automático. Exige credibilidad.

Vietnam muestra una dinámica distinta, más ambigua y más moderna. Las fuerzas norvietnamitas y el Viet Cong explotaron con notable eficacia las ventajas de la guerra irregular: movilidad, ocultamiento, conocimiento del terreno, inserción entre la población, ataques sorpresa, túneles, emboscadas y una extraordinaria capacidad para convertir la supervivencia en victoria política. Estados Unidos y Vietnam del Sur, aunque contaban con superioridad material abrumadora, estaban condicionados por reglas de enfrentamiento, presión mediática, límites diplomáticos y una opinión pública cada vez menos dispuesta a aceptar los costos de la guerra. La ofensiva del Tet, militarmente costosísima para los comunistas, fue sin embargo una victoria estratégica en el plano perceptivo: mostró que el enemigo no estaba derrotado y quebró la confianza pública en el relato oficial de progreso.

Pero Vietnam también advierte contra una lectura demasiado simple. Estados Unidos cometió graves violaciones, desde matanzas como My Lai hasta campañas de bombardeo de enorme impacto civil. El problema no fue que un bando tuviera moral y el otro no. El problema fue que la legitimidad se volvió un campo de batalla en sí mismo. La insurgencia entendió que no necesitaba derrotar militarmente a Estados Unidos en sentido convencional; necesitaba hacer políticamente insostenible su permanencia. Allí la “tecnología moral” no consistió únicamente en carecer de límites, sino en explotar las contradicciones del adversario: obligarlo a elegir entre eficacia militar inmediata y legitimidad política de largo plazo.

Las guerras de Irak y Afganistán después de 2001 llevaron esta tensión a un nuevo nivel. Grupos como Al Qaeda, los talibanes o ISIS recurrieron a atentados suicidas, ejecuciones filmadas, bombas en mercados, uso de civiles como cobertura, destrucción patrimonial y violencia ejemplarizante. Esa brutalidad tuvo una eficacia táctica evidente: con recursos limitados, podían generar efectos psicológicos, mediáticos y políticos enormes. Una bomba improvisada podía alterar una campaña electoral, condicionar la estrategia de una coalición o forzar cambios doctrinarios en ejércitos enteros. En términos de costo-beneficio inmediato, la crueldad podía parecer racional.

Sin embargo, la misma brutalidad que les otorgó visibilidad también les impuso límites. ISIS, por ejemplo, logró una expansión territorial vertiginosa, pero su régimen de terror produjo rechazo local, coaliciones internacionales, rebeliones internas y una movilización militar sostenida contra su proyecto. La violencia extrema puede servir para capturar poder; es mucho menos eficaz para institucionalizarlo. Gobernar exige previsibilidad, extracción regular de recursos, administración, alianzas, obediencia no puramente coercitiva. La amoralidad puede ganar espacio; rara vez construye orden estable.

Algo semejante puede observarse en las guerras coloniales. En Argelia, el FLN recurrió al terrorismo urbano y a la guerra de guerrillas, mientras Francia respondió con tortura, desapariciones y represión sistemática, especialmente durante la Batalla de Argel. Desde el punto de vista táctico, la tortura produjo información. Desde el punto de vista estratégico, destruyó legitimidad. Francia podía ganar operaciones, desmontar células y controlar barrios; pero cada victoria obtenida mediante métodos moralmente corrosivos debilitaba la justificación misma de su presencia. El resultado fue una paradoja recurrente: el poder colonial podía imponerse militarmente y, al mismo tiempo, perder políticamente.

Roma ofrece una lección más antigua y quizá más profunda. Los romanos no fueron un pueblo sentimental ni ajeno al terror. Destruyeron ciudades, esclavizaron poblaciones y castigaron rebeliones con ferocidad. Pero su grandeza imperial no se sostuvo sólo en la violencia. También dependió de una formidable capacidad de integración: derecho, ciudadanía progresiva, cooptación de élites locales, infraestructura, rituales compartidos, administración. Roma entendió que la dominación duradera requiere algo más que miedo. Requiere convertir enemigos en subordinados, subordinados en aliados y aliados en romanos. Su “tecnología moral” no fue humanitaria en el sentido moderno, pero sí institucional: supo combinar coerción con incorporación. Allí donde otros actores sólo destruían, Roma absorbía.

La cuestión filosófica de fondo es si la moral en la guerra es una ilusión, un lujo de los fuertes o una condición de racionalidad estratégica. El realismo político, desde Maquiavelo en adelante, ha insistido en que el poder no puede ser juzgado con la ingenuidad de la moral privada. El gobernante que se ata las manos frente a enemigos despiadados puede condenar a su comunidad. Hay en ese argumento una verdad incómoda: ninguna sociedad sobrevive si convierte sus principios en una forma de suicidio. Pero también hay una verdad opuesta, igualmente severa: ninguna comunidad política sobrevive indemne si, para vencer, destruye todos los principios que justificaban su existencia.

Autores contemporáneos como Jeff McMahan han insistido en que la guerra no suspende la moralidad. Los actos siguen siendo evaluables; los individuos siguen siendo responsables; la pertenencia a un bando no absuelve automáticamente. Esta perspectiva obliga a rechazar la idea de que la guerra sea una zona moralmente vacía. Pero incluso si uno adoptara un enfoque más realista, menos normativo, la conclusión no sería muy diferente: la moral tiene consecuencias estratégicas. No es sólo un deber; es también un recurso. Produce confianza, reputación, obediencia voluntaria, alianzas, disciplina y continuidad institucional.

Aquí resulta útil volver a Shannon Vallor y a la idea de virtudes tecnomorales. En sociedades tecnológicamente complejas, virtudes como honestidad, humildad, justicia, autocontrol, prudencia y responsabilidad no son adornos éticos. Son capacidades operativas. Una comunidad científica no puede funcionar sin confianza epistémica. Una alianza militar no puede sostenerse sin credibilidad. Un sistema de inteligencia artificial no puede desplegarse socialmente si se percibe como arbitrario, opaco o abusivo. Una economía de innovación no prospera donde cada actor espera ser traicionado por el otro. La moral, en estos contextos, no reduce simplemente el conjunto de acciones disponibles; estructura las condiciones bajo las cuales la cooperación compleja se vuelve posible.

Esta es la inversión conceptual decisiva. El actor sin restricciones parece más libre porque puede hacer más cosas. Pero muchas de esas cosas destruyen las condiciones que permiten hacer cosas más difíciles: coordinar, innovar, gobernar, persuadir, reconstruir, heredar legitimidad. La amoralidad expande el repertorio táctico y empobrece el horizonte estratégico. Permite golpear con menos freno, pero dificulta construir con mayor profundidad. En el corto plazo, la restricción moral puede parecer una desventaja; en el largo plazo, puede ser una forma superior de tecnología social.

La historia militar, la política internacional y la competencia económica muestran una regularidad persistente: quienes renuncian a todo límite pueden ganar ventaja inicial, pero pagan costos acumulativos en legitimidad, cohesión y sostenibilidad. La moral no garantiza la victoria. Ningún principio detiene por sí solo a un ejército, a una insurgencia o a una corporación depredadora. Pero la ausencia de moral tampoco garantiza eficacia duradera. A menudo produce victorias huecas, territorios ingobernables, alianzas imposibles, sociedades quebradas y enemigos más determinados.

La pregunta inicial, entonces, debe reformularse. No se trata de saber si el bando sin restricciones tiene más opciones. Las tiene. La verdadera cuestión es qué tipo de opciones son esas, qué destruyen al ser usadas y qué clase de orden permiten construir después. La moral es una restricción, sin duda. Pero también es una tecnología de largo plazo: una arquitectura invisible que permite sostener confianza, coordinar esfuerzos, limitar la autodestrucción y convertir la fuerza en autoridad legítima. Quien carece de ella puede ganar una batalla con menos escrúpulos. Quien logra incorporarla de manera consistente puede estar mejor preparado para ganar la paz, que es siempre la forma más exigente de la victoria.

domingo, 10 de mayo de 2026

Ética: Los valores de Cincinnatus y San Martín


Cincinnatus y San Martín: Paralelismos en el renunciamiento



 
Cincinnato acepta la designación de emperador


En el 458 a. C., Roma estaba al borde del colapso.

Un ejército invasor había atrapado al cónsul romano y su legión en un paso de montaña. El pánico se extendió por la ciudad. El Senado hizo lo único que se le ocurrió:

Enviaron mensajeros para encontrar a un agricultor de 60 años que araba su campo.

Su nombre era Lucius Quinctius Cincinnatus. Había sido senador en una ocasión, luego perdió su fortuna pagando la fianza de su hijo. Ahora trabajaba su propia parcela de cuatro acres solo para alimentar a su familia.

Cuando llegaron los enviados del Senado, lo encontraron sudando detrás de un arado. Le pidieron que se pusiera la toga para poder entregarle un mensaje oficial.

El mensaje: Roma lo estaba nombrando dictador. Poder absoluto. Mando total del ejército. Sin contrapesos. Sin supervisión. Sin límite inmediato, salvo el marco excepcional de la emergencia.

Aceptó.

En 16 días, Cincinnatus había reclutado un ejército, marchado, rodeado al enemigo y forzado su rendición. La república estaba salvada.


Tenía autoridad legal para gobernar durante seis meses. Podría haberse quedado. Podría haber expandido su poder. Podría haber hecho lo que tantos otros gobernantes en la historia humana hicieron cuando les entregaron un control extraordinario.

En cambio, renunció el día 16.

Se quitó la toga, caminó de regreso a su granja y terminó de arar el campo que había dejado a medias.

Veinte años después, cuando Roma enfrentó otra crisis, lo llamaron de nuevo. Tenía 80 años. Tomó el mando, aplastó la conspiración y renunció otra vez, esta vez después de solo 21 días.

Murió pobre. En su granja.

2.200 años después, cuando a George Washington le ofrecieron una corona simbólica tras ganar la Revolución Americana, rechazó la idea de convertirse en rey y regresó a casa, a Mount Vernon. La razón por la que lo aclamaron como “el Cincinnatus americano” es porque los europeos literalmente no podían creer que un hombre que había ganado renunciara voluntariamente al poder.

El rey Jorge III, al enterarse de que Washington renunciaría en lugar de gobernar, dijo: “Si hace eso, será el hombre más grande del mundo”.

La lección no es que Cincinnatus fuera humilde.

La lección es que durante la mayor parte de la historia humana, las personas más calificadas para liderar eran las que no querían hacerlo. Y el momento en que una sociedad comienza a recompensar a aquellos que persiguen el poder en lugar de a aquellos que huyen de él es el momento en que la república comienza a morir.

Cincinnati, Ohio, lleva su nombre.

La mayoría de las personas que viven allí no tiene idea de por qué.


El paralelo con San Martín

Y si esa historia parece lejana, romana, casi mitológica, América del Sur tuvo también su propio ejemplo de renunciamiento al poder después del deber cumplido.

José de San Martín no volvió a su chacra como Cincinnatus, pero sí volvió al silencio. Y, en términos políticos, eso fue todavía más difícil. Porque San Martín no era un general cualquiera: había organizado el Ejército de los Andes, cruzado una cordillera que parecía infranqueable, liberado Chile, entrado en Lima y proclamado la independencia del Perú. Tenía gloria militar, prestigio continental y una autoridad moral que pocos hombres de su tiempo podían disputar.

Podría haberse quedado.

Podría haber reclamado para sí un poder permanente. Podría haber usado el ejército como base de mando personal. Podría haber gobernado el Perú, intervenir en las disputas internas del Río de la Plata, imponer su voluntad en Chile o convertirse en árbitro armado de la revolución americana. Tenía las credenciales, las victorias y el ascendiente sobre sus soldados.

Pero San Martín entendía el poder como un instrumento, no como una propiedad.

Ese es el punto que lo emparenta con Cincinnatus: ambos aceptaron el mando cuando el deber lo exigía, pero no confundieron la misión con la posesión del mando. Cincinnatus tomó la dictadura para salvar a Roma y la devolvió cuando Roma estuvo a salvo. San Martín tomó el mando militar para liberar pueblos y lo dejó cuando comprendió que su permanencia podía convertirse en obstáculo para la causa.

La entrevista de Guayaquil con Simón Bolívar, en 1822, fue su momento decisivo. Allí San Martín advirtió que no había lugar para dos conducciones continentales. Podía disputar, dividir fuerzas, exigir reconocimiento, encender una rivalidad entre libertadores. Eligió lo contrario. Renunció al Protectorado del Perú, se retiró de la escena política y dejó que Bolívar concluyera la guerra de independencia sudamericana.

Ese acto no fue debilidad. Fue dominio de sí mismo.

Porque renunciar al poder cuando uno ha fracasado es resignación. Renunciar cuando uno ha triunfado es grandeza. Cincinnatus podía haberse quedado seis meses y eligió dieciséis días. San Martín podía haber convertido su prestigio en poder personal y eligió el exilio, la pobreza relativa, la ingratitud pública y la distancia.

También los une el desapego a lo material. Cincinnatus no aparece como un aristócrata aferrado al lujo, sino como un hombre reducido a su parcela, trabajando la tierra con sus propias manos. San Martín, aunque nacido en otro mundo y formado como militar profesional, tampoco persiguió fortuna. Vivió años de estrecheces, vendió bienes, dependió de ayudas y terminó sus días lejos del poder, en Francia, más preocupado por el destino de su hija y por la suerte de América que por acumular riqueza o honores.

Ambos entendieron algo que muchos líderes no entienden: el poder corrompe menos por su ejercicio que por la incapacidad de soltarlo.

La verdadera prueba del mando no está solo en ganar batallas, firmar decretos o recibir aclamaciones. Está en saber cuándo retirarse. En no transformar el reconocimiento público en derecho personal. En no creer que la patria le pertenece al hombre que la salvó.

Cincinnatus volvió al arado.

San Martín se fue al exilio.

Uno regresó a su campo; el otro, al silencio. Pero los dos dejaron la misma enseñanza: el poder es legítimo cuando sirve a una causa superior y se vuelve peligroso cuando empieza a servirse a sí mismo.

Por eso San Martín pertenece a esa rara familia de hombres que vencieron no solo a sus enemigos, sino también a la tentación más antigua de la política: quedarse.

miércoles, 2 de julio de 2025

Granaderos a Caballo de San Martín: Coraje, valor y audacia


San Martín y la creación de Los Granaderos a Caballo: el reclutamiento, una rigurosa disciplina y el “fanatismo frío del coraje”

Hace 213 años se inició la creación de una unidad militar emblemática del país. Diseñada y moldeada en cada detalle por José de San Martín, sus hombres demostraron gran valentía en la lucha por la independencia
Adrián Pignatelli || Infobae




Llegó el lunes 9 de marzo de 1812, luego de cincuenta días de navegación en la fragata George Canning, que había partido de Gran Bretaña el 19 de enero de ese año. Regresaba a América después de casi 30 años, cuando su familia se había radicado en España. Ahora, con 34 años, volvía convertido en un teniente coronel de caballería y una amplia experiencia militar.


Había hecho carrera militar en España y en nuestro país crearía una unidad que haría historia

En el ejército español, combatió en cinco campañas y participó en 17 acciones de guerra, destacándose por su arrojo e inteligencia, especialmente en el combate de Arjonilla y en la derrota del ejército francés en Bailén.

San Martín no venía solo. Lo acompañaban oficiales como: el capitán de infantería Francisco de Vera; el alférez de navío José Zapiola; el capitán de milicias Francisco Chilavert; el alférez de carabineros reales Carlos de Alvear y Balbastro; el subteniente de infantería Antonio Arellano y el primer teniente de guardias walonas barón Eduardo de Holmberg.


Noticia publicada en La Gaceta con la llegada de San Martín a Buenos Aires

Traía en mente un plan para libertar a América del dominio español.

No hubo en la ciudad de Buenos Aires quien no lo mirase con recelo. Era un perfecto desconocido, con un fuerte acento español y sin un peso en el bolsillo. Para colmo llevaba un sable corvo o mameluco, comprado en segunda mano en Londres, que era de confección oriental, difundido por los ingleses y muy parecido a los usaban los corsarios y no descartaban que fuese un espía británico.

Temerarios se buscan

El 16 de marzo de 1812 el Primer Triunvirato le ordenó la constitución de un cuerpo de caballería. Su proyecto fue formar una unidad de elite y tuvo donde inspirarse. En 1667 por orden de Luis XIV había sido creado los Granaderos de Infantería, los “enfant perdus”, por los temerarios que eran. Ocupaban siempre la primera línea de combate y eran los que encabezaban los asaltos.


Descripción del uniforme, tal como lo había diseñado San Martín (Guillermo Centeno - GDC Dreams www.gdcdreams.com.ar)

Eran altos, corpulentos, ágiles y arriesgados. Armados con sable y hacha, llevaban colgando un saco llamado granadera, que contenía una docena de granadas, una suerte de proyectiles huecos de hierro fundido, redondos, con un agujero por donde se les introducía la carga. Las arrojaban con la mano, con una honda o con una cuchara.

El 17 de marzo, San Martín elevó su plan para la formación del Escuadrón de Granaderos a Caballo. El 21 de marzo el Triunvirato lo aprobó y lo instó a ejecutarlo “sin pérdida de tiempo”. En Buenos Aires ya existía el Regimiento de Dragones de la Patria, que había sido organizado por el coronel José Rondeau, y que tenía su cuartel donde se levantan las Galerías Pacífico.

El 27 de marzo el gobierno impartió órdenes a Córdoba, La Rioja y San Luis para que cada provincia enviase 100 hombres cada una. Debían ser de regular estatura y con caballo.


Quince minutos al alba del 3 de febrero de 1813: el bautismo de fuego de los Granaderos, en San Lorenzo

Era preciso armar el primer escuadrón de los cuatro que tendría. Nombró a José Zapiola capitán de la primera compañía y Alvear fue ascendido a sargento mayor. Sus cuñados Mariano y Manuel de Escalada también fueron de la partida.

La primera docena de hombres que se integraron a esta unidad fueron soldados, cabos y sargentos de los Dragones de la Patria. También recibieron a 14 soldados pertenecientes al Regimiento 1 Patricios, que se habían sublevado en el Motín de las Trenzas, en diciembre del año anterior.

Envió a Francisco Doblas a Misiones, a quien le dio tres meses para que le llevase 300 guaraníes altos y robustos. De los 80 candidatos que el teniente José Ruiz trajo de Córdoba, San Martín descartó solo tres. Por el litoral estuvo el teniente coronel Toribio de Luzuriaga, quien reclutó, entre otros al correntino Juan Bautista Cabral. También se incorporaron hombres provenientes de San Isidro, Morón, Pilar y San Luis, entre otros.


El famoso sable corvo de San Martín, quien lo acompañó en su campaña libertadora (Adrián Escandar)

En agosto llegaron unos cincuenta riojanos que, sumados a la tropa que ya había reunido, completó el primer escuadrón con dos compañías de 70 hombres cada una. Cuando en septiembre llegaron los puntanos, se armó el segundo escuadrón.

La primera baja que sufrió la incipiente fuerza fue por invalidez, la del sargento primero de la segunda compañía del primer escuadrón Gregorio Miltos, enfermo de tuberculosis, que tenía una brillante foja de servicios.

Cada escuadrón tenía un capitán, dos tenientes, un subteniente, un sargento primero, tres sargentos segundos, un trompeta, cuatro cabos primeros, 70 soldados montados y seis soldados desmontados. La plana mayor incluía un comandante, un sargento mayor, un ayudante, un porta estandarte, un capellán, un trompeta, un sillero y un herrador, tal como describe Camilo Anschütz en su historia del regimiento.

San Martín asumió la responsabilidad de la organización, la disciplina, la instrucción, el vestuario y el equipo. Debía pasar los requerimientos al Estado para la provisión de todo lo que necesitase.

De todas formas, San Martín se encontró con que el Estado tenía las arcas casi vacías y dependió bastante de donaciones de particulares. De su primer sueldo donó 50 pesos, mientras que Alvear lo cedió íntegro.


Disciplinados, aguerridos, fueron instruidos bajo la atenta supervisión de San Martín (Revista Caras y Caretas)

La organización fue lenta porque el propio San Martín seleccionó uno por uno a sus oficiales. Tuvo el percance de no contar con la ayuda de su segundo, el sargento mayor Alvear, arrestado en su casa por haber sableado a un grupo de ingleses y por abrirle la cabeza a uno de ellos, el comerciante Diego Winthon. Para colmo Zapiola, el capitán de la primera compañía, era un marino de formación que de pronto tuvo que adaptarse como oficial de caballería. En lugar de ayudar a su jefe, se convirtió en otro de sus alumnos.

El 23 de abril presentó la lista de oficiales para que se les extendieran los despachos correspondientes. También se incorporaron, en calidad de cadetes 16 niños, provenientes de las mejores familias de la ciudad.

Sables de latón y lanzas

Como primer cuartel se usó el de la Ranchería, ubicado en Perú y Alsina y cuando en mayo los Dragones de la Patria partieron a la Banda Oriental, ocuparon su cuartel, junto al Parque de Artillería. Como caballerizas se usó las instalaciones de la Plaza de toros, que se levantaba más sobre la actual Avenida Santa Fe y Marcelo T. de Alvear. El resto de lo que es plaza San Martín se usaba para prácticas de combate.

Desde entonces se llamó Plaza de Marte y no importaba el momento del día, siempre se escuchaba el estridente sonido de clarines.


Los granaderos se ocupan de la custodia de la Casa Rosada, del mausoleo de su jefe en la Catedral, el izamiento y arrío de la bandera en Plaza de Mayo y en la participación en actos oficiales (AP)

En sus comienzos, los sables que colgaron de sus cinturas eran de latón de 36 pulgadas y si en un principio usaron lanzas fue por la escasez de ellos. Fueron hechas según las especificaciones dadas por San Martín: cortas con asta de madera dura. También los granaderos usaban carabinas de chispa con 10 cartuchos o tercerolas, una suerte de carabina pero más corta. Por lo general, eran los oficiales que usaban pistolas, que debían adquirir con su propio dinero.

Pero como nada parecía alcanzar, se requisaron a particulares sables y pistolas.

Tanto las técnicas de ataque y defensa con el sable y la lanza las enseñaba, con paciencia y claridad, el propio jefe, que solía aparecerse montado en un alazán tostado o un zaino oscuro de cola larga y abundante. “San Martín formó soldado por soldado, oficial por oficial, apasionándolos con el deber, y les inoculó ese fanatismo frío del coraje que se considera invencible y es el secreto de vencer”, escribió Bartolomé Mitre en la biografía del prócer.

Los primeros caballos fueron comprados gracias a donaciones de dinero de varios vecinos de la ciudad y del interior.

El uniforme pensado por San Martín constaba de fraque, forro, pantalón, capote, maleta, chaqueta de cuartel y gorra, todo en azul. Además, cuellos carmesí, chaleco blanco, botones cabeza de turco blancos (usados por los Húsares y Cazadores), casco con carrilleros o gorra y botas altas con espuelas.

El morrión era alto y tenía en la frente una granada y alrededor la leyenda “Libertad y Gloria”.

San Martín era obsesivo, minucioso para imbuir a cada uno de los granaderos “el espíritu de cuerpo, de orden, de aseo y de disciplina”. Todo era revisado por el jefe: la comida, la ropa y el cuidado del caballo. Todos los días a la misma hora se lo limpiaba, se los alimentaba y se les daba agua. Todas las actividades con toques de corneta.


Los granaderos participaron de toda la campaña libertadora. Del millar inicial, regresaron unos ochenta

Diariamente se hacía una revista del aseo y antes de que los soldados abandonaran el cuartel, en la puerta un suboficial revisaba a uno por uno.

Cada granadero recibía un nombre de guerra por el que debía contestar cuando se pasaba lista; debían sostener la mirada un poco más arriba del horizonte. Domingo F. Sarmiento escribió que de diez cuadras se distinguía un oficial de Granaderos, porque llevaba la cabeza erguida con exageración e inclinaba el pecho hacia adelante con altanería. San Martín había dispuesto que lucieran, en sus orejas, aros metálicos.

El jefe les preparaba emboscadas y ataques nocturnos. “Prueba del miedo”, los llamaba.

San Martín redactó un severo código de conducta que todo oficial debía cumplir. Era tomado como cobardía el solo hecho de agachar la cabeza en batalla; constituía un delito no admitir un desafío y no exigir satisfacción ante un insulto, así como no defender el honor del regimiento, por falta de integridad y por hablar mal de compañeros con terceras personas. Asimismo, estaba penado revelar disposiciones internas; por familiarizarse “en grado vergonzoso” con los sargentos, cabos y soldados, por pegarle a una mujer aun cuando ella lo hubiera insultado; por no ayudar a un compañero en batalla; por presentarse en público con una prostituta; por asistir a casas de juegos que no pertenezcan a la clase de los oficiales y por el uso inmoderado de la bebida.

El primer domingo de cada mes San Martín reunía en su casa a los oficiales del regimiento, y en unas tarjetas en blanco escribían los hechos que merecían ser discutidos. En caso de haber algún acusado, se lo hacía salir y se deliberaba cómo proceder.

Su primer combate fue San Lorenzo el 3 de febrero de 1813 y el último Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Los últimos granaderos regresaron a Buenos Aires en 1826 y de ellos solo siete habían estado desde un principio. Entonces esta unidad fue disuelta.

En el parte del combate de San Lorenzo, San Martín escribió que “el valor e intrepidez que han manifestado la oficialidad y tropa de mi mando los hace acreedores a los respetos de la patria”.

De esa unidad, en sus 13 años de vida, surgieron 19 generales, 60 coroneles y más de 200 oficiales, que le haría decir a su jefe que “de lo que mis muchachos son capaces, solo lo sé yo. Quien los iguale habrá, quien los exceda no”.

El regimiento fue reorganizado el 25 de mayo de 1903 por disposición del presidente Julio A. Roca. “Queda reconocido como cuerpo permanente del Ejército, el Regimiento de movilización creado por resolución ministerial del 3 de febrero del corriente año, el cual se denominará, en homenaje a su antecesor, “Regimiento de Granaderos a Caballo”, establece el decreto. Y así, diez de ellos combatieron en Monte Harriet y Monte Longdon en Malvinas donde, una vez, revelaron ese alma guerrera de cuando su jefe los educó en el arte de la guerra.


Fuentes: Historia del Regimiento de Granaderos a Caballo (1812-1826), de Camilo Anschütz; Historia de San Martín y la emancipación americana, de Bartolomé Mitre; San Martín. La fuerza de la misión y la soledad de la gloria, por Patricia Pasquali.

sábado, 10 de febrero de 2024

Malvinas: Mate de soldados

1982. Recuerdo de nuestros muchachos en Malvinas, el mate infaltable compartiendo lo poco que había...




Gracias: VGM Eduardo Frecha



martes, 29 de diciembre de 2020

Planificación militar: (Exceso de) Optimismo y autoengaño

El autoengaño y la "conspiración del optimismo"

Charles Vandepeer || War on the Rocks


Durante su cautiverio, el teniente Vincent Eyre, uno de los pocos supervivientes de la aniquilación del ejército británico en Afganistán en 1842, escribió un relato de la desastrosa campaña que todavía sirve como advertencia contra el optimismo indebido en las operaciones militares. Eyre señaló que, antes de la masacre de unos 4.500 soldados y 12.000 civiles, los líderes superiores ignoraron en gran medida las advertencias sobre la situación de seguridad sobre el terreno y la falta de preparación de los militares en Kabul. Como resultado, concluyó: "Fue necesaria una lección terriblemente severa para quitar el velo de los ojos de aquellos que, sacando sus conclusiones de sus deseos, considerarían Afganistán como un país asentado".

La tendencia a percibir nuestras acciones y desempeño actuales y futuros de una manera demasiado positiva es una forma de autoengaño común en el comportamiento humano, incluida la historia militar. Que tendemos a calificarnos a nosotros mismos como "mejores que el promedio" es un fenómeno bien investigado. También son bien reconocidas las inclinaciones humanas hacia juicios demasiado optimistas sobre el futuro, inflando los beneficios potenciales y minimizando los riesgos. Las ilusiones positivas sobre nuestro propio desempeño y sobre el futuro son posiblemente importantes para la salud física y mental, pero causan problemas cuando se alejan demasiado de la realidad.

Norman Dixon identificó cuatro factores comunes de fallas militares: exceso de confianza; subestimar al enemigo; ignorar los informes de inteligencia; y desperdiciar la mano de obra. Si bien las estimaciones demasiado pesimistas de un adversario son seguramente problemáticas, sobrestimar las propias capacidades y el desempeño de uno parece ser el valor predeterminado más consistente y costoso. Una revisión de las operaciones militares desde las guerras mundiales hasta Corea, Vietnam, Irak y Afganistán proporciona información sobre cómo los individuos y las organizaciones albergan percepciones demasiado optimistas, minimizan las amenazas y hacen suposiciones inválidas sobre sus propias capacidades. Tal autoengaño tiene consecuencias en el campo de batalla y no se limita necesariamente a un nivel de rango, unidad, servicio o nación específicos. En contraste prometedor con esta tendencia histórica, la actual Estrategia de Defensa Nacional de los Estados Unidos brinda la oportunidad de considerar de manera realista el fracaso en el campo de batalla y evitar un optimismo infundado y una falta de preparación intelectual para la próxima guerra.

Percepción errónea motivada

Toda guerra se basa en el engaño, dice el adagio. Esto parece aplicarse tanto al engaño de un adversario como al engaño de nosotros mismos. Barton Whaley, un líder en el estudio del engaño militar, define el autoengaño como "puedo ver pero no puedo". De esta manera, el autoengaño es una percepción errónea motivada: las personas mantienen una narrativa preferida incluso frente a información contradictoria. La motivación podría ser incentivos para informar noticias positivas, el esfuerzo y la incomodidad de cambiar de opinión, la inversión personal y el ego adjunto a las primeras declaraciones, o simplemente arrogancia.

En octubre de 1950, el general Douglas MacArthur le aseguró al presidente Harry Truman que los chinos no intervendrían militarmente en la Guerra de Corea y, si lo hacían, lo harían en un número tan reducido de personas que serían fácilmente derrotados. A pesar de las múltiples advertencias de la intención de China de actuar y de la evidencia de las fuerzas chinas que operan en Corea del Norte, MacArthur y su oficial superior de inteligencia ignoraron esas advertencias, aislados por un personal del cuartel general que parecía haber incumplido el acuerdo con el comandante. La derrota del 8. ° Ejército en el río Yalu, seguida de una retirada combativa de Corea del Norte que costó la vida a miles de soldados estadounidenses y de la ONU, mostró cuán poco preparados estaban MacArthur y su personal para la escala y severidad de las operaciones ofensivas chinas. Este "desastre autoimpuesto" no se basó en la ausencia de información, sino en un descuido de la información que no se ajustaba a la perspectiva favorita del comandante: puede ver pero no puede ver.

Sesgo de optimismo

La Investigación sobre Irak del Reino Unido, publicada en 2016, es particularmente crítica con los informes optimistas del Ministerio de Defensa y el desprecio de la información que entra en conflicto con una narrativa demasiado positiva. A lo largo del compromiso de Gran Bretaña en Irak, señala la investigación, los líderes mostraron "una tendencia a centrarse en la interpretación más positiva de los hechos". Si bien elogió la actitud positiva de los militares británicos, la investigación argumentó que este sesgo de optimismo hizo que muchos en el liderazgo ignoraran los informes negativos dentro de las filas, lo que a su vez condujo a una comprensión inexacta de la situación de seguridad, malas decisiones y oportunidades perdidas. Las visitas a Irak del primer ministro, el secretario de Relaciones Exteriores y el jefe del Estado Mayor de Defensa revelaron una situación muy diferente a la que se había informado.

El problema no es la ausencia de información, sino cómo se interpreta y se entiende esa información. El liderazgo vio los eventos negativos como sucesos aislados en lugar de indicaciones de una tendencia más amplia. A finales de 2003 y principios de 2004, por ejemplo, el aumento de los ataques en todo Iraq no se reconoció como parte de una insurgencia violenta que afectaría directamente al despliegue británico en el sur de Iraq. En cambio, el enfoque británico se centró en retirarse y entregar el control a las fuerzas de seguridad iraquíes, justo cuando la situación de seguridad se deterioraba. Los altos mandos civiles y militares estaban al tanto de las tensiones en el despliegue simultáneo de las fuerzas del Reino Unido en Afganistán e Irak, con evaluaciones de la situación de seguridad en Irak influenciadas por el deseo de reducir el número de tropas.

"Doblar la esquina"

En 2017, el general John Nicholson, entonces jefe de las fuerzas estadounidenses y de la OTAN en Afganistán, afirmó que Estados Unidos y Afganistán habían "doblado la esquina" y estaban "en camino de ganar". Su afirmación fue recibida con escepticismo dada la situación de seguridad sobre el terreno, y algunos observadores señalaron que sus predecesores habían hecho esas declaraciones durante todo el conflicto. Las declaraciones positivas de los líderes senior sobre el progreso operativo no pueden evitar influir en el pensamiento dentro de sus organizaciones y, ya sea intencionalmente o no, impactar la forma en que los subordinados informan. A pesar de los esfuerzos por ir más allá del método inflado e inexacto de la era de Vietnam para estimar el número de insurgentes muertos, los militares lucharon por identificar formas útiles de medir el éxito de las operaciones de contrainsurgencia. La falta de métricas inequívocas dificulta la superación de la tendencia hacia evaluaciones optimistas o interpretación positiva de los datos. Un informe de RAND que revisa las evaluaciones de la contrainsurgencia en Afganistán e Irak sugiere que los altos líderes enfatizaron los aspectos más positivos de los informes, tanto si ese optimismo estaba justificado como si no. En un hallazgo que se hace eco de la experiencia británica, un informe de la CNA sobre las evaluaciones de las operaciones militares argumentó que los informes de los comandantes militares a los responsables de la formulación de políticas "a menudo reflejan un optimismo que no está presente en las evaluaciones internas de abajo hacia arriba o incluso es contrario a ellas". También se observó una presión abierta para demostrar el progreso en Afganistán durante las reuniones del Grupo de Operaciones Interagencial afgano, con evaluaciones modificadas "para indicar en la cadena de mando que sin duda se estaban haciendo progresos".


"Conspiración del optimismo"

Los juicios demasiado optimistas no se limitan a las operaciones militares. Un discurso reciente de un exministro de defensa australiano señaló que a mediados de la década de 2000, el liderazgo superior de la Fuerza de Defensa Australiana estaba brindando orientación al gobierno sobre las fechas de entrega de Joint Strike Fighter y la viabilidad de mantener operativa una flota de aviones F-111 envejecida. El ministro observó que la fecha de retiro del F-111 "muerto" se extendió incluso ante los nuevos problemas que surgían con la flota, mientras que el plan para entregar el primer escuadrón F-35 a Australia para 2012 se basaba en una serie de suposiciones cuestionables. . En lugar de evaluaciones realistas, el ministro describió enfrentarse a "una conspiración de optimismo". Haciendo caso omiso de este consejo de "sin problemas" de la Fuerza de Defensa Australiana y reconociendo los probables retrasos en el proyecto (que posteriormente ocurrieron), el gobierno australiano inició la adquisición de Super Hornets para evitar una brecha en las defensas aéreas nacionales. En este caso, el ministro evitó los efectos de la conspiración del optimismo al anular la jerarquía de la defensa.

Las conspiraciones de optimismo no son necesariamente deliberadas. En cambio, reflejan una mentalidad militar de "puedo hacerlo" y un espíritu de optimismo arraigado en la cultura militar. La capacidad de superar las dificultades es fundamental para el éxito militar, pero presenta problemas cuando dicha perspectiva se divorcia de la realidad. Los incentivos organizativos para informes positivos, cero defectos y verificación de casillas se refuerzan mediante el avance profesional o simplemente evitando la atención negativa, un punto reconocido desde hace mucho tiempo como un problema en el ejército de los EE. UU. esto se ve agravado por la tendencia humana a seleccionar información de fuentes positivas en lugar de negativas, lo que refuerza un optimismo poco realista. La tendencia cognitiva hacia la evidencia confirmatoria y las preferencias organizacionales por informes positivos hacen que las organizaciones sean más propensas a favorecer las fuentes de información que apoyan la opinión de que un proyecto está en camino; un plan está funcionando; o una iniciativa es eficaz. La preferencia por evitar la información y la retroalimentación negativas resulta en un silencio organizacional, en el que las personas evitan denunciar inquietudes o problemas.

Evitar comentarios negativos

Un informe de 2015 de la Escuela de Guerra del Ejército de EE. UU. destacó una cultura en la que el Ejército imponía exigencias inalcanzables a las unidades y a los individuos, al mismo tiempo que fomentaba, aunque tácitamente, los informes falsos sobre la finalización satisfactoria de las tareas. Uno de los autores señaló que las reacciones a los hallazgos del informe parecían divididas entre los que se encontraban en el nivel de comandante posterior a la brigada y los que estaban debajo: "Vimos ira y negación de los rangos superiores y 'no es broma' de los rangos inferiores". Tal respuesta del liderazgo superior parece alentar la autocensura o la supresión de cualquier información que no sea demasiado positiva.

Un muy esperado informe sobre las lecciones aprendidas del Ejército de los EE. UU. Sobre la guerra de Irak ha puesto en tela de juicio "la capacidad de todo el sistema de defensa para la autorreflexión y el análisis". Sin embargo, incluso semanas antes de que se publicara el estudio, encargado en 2013 y finalizado en 2016, parecía que todavía había "resistencia institucional a que se ventilara tanta ropa sucia". Esta aversión a las críticas no puede evitar socavar la confianza en todo el proceso de lecciones aprendidas y suscitar sospechas de que la atención se centra en evitar la vergüenza en lugar de mejorar el desempeño militar.

Esto se alinea con el argumento de Micah Zenko de que los jefes no se rodean conscientemente de "sí, hombres" y mujeres, sino que la gente simplemente aprende a decir "sí", permanece en silencio o califica la disidencia hasta el punto de que no hace una diferencia. . En el ejército, tal cultura puede costar vidas y batallas. Teniendo en cuenta la desastrosa Batalla del Somme en la Primera Guerra Mundial, Winston Churchill escribió que la explicación más común para una política equivocada era que el personal les decía a los líderes superiores lo que querían escuchar. En consecuencia, "la perspectiva del líder de cuyas decisiones dependen los acontecimientos fatídicos suele ser mucho más optimista de lo que admiten los brutales hechos". Las preferencias organizacionales para mantener ilusiones positivas significan que es probable que las voces disidentes sigan siendo raras; el deseo de informar positivamente en la parte superior de una organización jerárquica se establece rápidamente en todos los niveles. Pero la disidencia genuina parece resultar en mejores decisiones y una evaluación más crítica de la información y las perspectivas, en contraste con los enfoques disidentes artificiales, como la designación de un "abogado del diablo".


El fracaso es una posibilidad genuina

Si el exceso de optimismo promueve el autoengaño, entonces el reconocimiento de la posibilidad genuina de fracasar en un conflicto fomenta la humildad y el realismo. La última Estrategia de Defensa Nacional ofrece al menos cierto potencial para contrarrestar el autoengaño y el exceso de confianza. En una revisión preliminar, David Barno y Nora Bensahel identificaron la frase más importante del documento: "El ejército de Estados Unidos no tiene un derecho predeterminado a la victoria en el campo de batalla". Describieron el documento como una clara advertencia del entonces secretario de Defensa Jim Mattis. La estrategia deja en claro que Estados Unidos podría perder guerras futuras, una ruptura significativa con las iteraciones anteriores que tendían a reconocer una mayor incertidumbre, complejidad y desafíos de los adversarios estatales y no estatales sin reconocer el potencial de derrota en el campo de batalla. Mattis ha mencionado anteriormente teorías militares que no se alineaban con las realidades del campo de batalla; con suerte, esta perspectiva tan realista continúa con su sucesor.

En ausencia de un combate reciente contra un adversario cercano, el sistema de defensa de Estados Unidos corre el riesgo de reforzar la tendencia hacia el exceso de confianza individual y organizacional. Los ejercicios y simulaciones proporcionan una comprensión útil pero imperfecta de cómo será el conflicto real entre estados, con el potencial de ignorar o minimizar los resultados incómodos. La Estrategia de Defensa Nacional señala que las fuerzas armadas de los Estados Unidos "tendrán que pensar, maniobrar, asociarse e innovar" a los adversarios estatales y no estatales. Lograr tal preparación intelectual requiere la voluntad de enfrentar la realidad, por incómoda que sea.

Tras el colapso de las fuerzas armadas francesas contra los alemanes en 1940 en solo seis semanas, Marc Bloch, un historiador y oficial militar francés convertido en combatiente de la resistencia (fusilado por los nazis en 1944) comenzó a investigar por qué Francia había sufrido una derrota tan rápida y total. Bloch obtuvo relatos de líderes militares en los niveles más altos que se congelaron bajo presión, incapaces de actuar con decisión frente a acciones enemigas inesperadas e imprevistas. Estos ejemplos reforzaron su conclusión de que la dirección militar francesa había demostrado ser incapaz de pensar en términos de una nueva guerra. La victoria alemana fue un triunfo del intelecto; los alemanes habían superado a los franceses en la búsqueda de una nueva forma de luchar. Bloch lamentó que el liderazgo no haya aprendido lecciones obvias de las nuevas tácticas de Alemania contra Polonia, que se utilizarían contra Francia ocho meses después. La sobreestimación de su estrategia defensiva y su capacidad para resistir y contrarrestar un ataque alemán finalmente le costó a los franceses su libertad.
 

Evitando la trampa

La historia ofrece sugerencias para evitar conspiraciones de optimismo. En la Segunda Guerra Mundial, la preparación de los Aliados para la Operación Overlord (la campaña de Normandía) reflejó un reconocimiento genuino del riesgo y las consecuencias del fracaso, las limitaciones de las capacidades militares aliadas y el alcance de las capacidades militares alemanas. Los preparativos aliados aplicaron lecciones duramente ganadas sobre las dificultades prácticas de lograr aterrizajes anfibios exitosos contra un adversario bien preparado. Los arreglos de mando conjunto, el entrenamiento realista, las nuevas tecnologías y una campaña de engaño masiva reflejaron una preparación basada en el realismo más que en el exceso de optimismo.

El liderazgo del general Dwight Eisenhower reflejó su genuina preocupación por la escala, el alcance y las dificultades de la operación. Eisenhower aplicó activamente las lecciones de unidad de mando a Overlord, basándose en sus propios éxitos y fracasos dirigiendo operaciones y reflejando una apertura a la crítica. El comandante James Goodson, un piloto de combate de la Fuerza Aérea del Ejército de los Estados Unidos, describió el enfoque de Eisenhower como "una lección de liderazgo y motivación". En una reunión para discutir el apoyo a los aviones de combate el Día D, Goodson recordó que Eisenhower buscaba activamente los comentarios de todos: "Ningún oficial era demasiado joven, ningún comentario era demasiado inapropiado para ser escuchado". La filosofía del general hacia la crítica era evidente en palabras y acciones: veía como un deber plantear preocupaciones y nadie estaba por encima de la crítica. De acuerdo con esta actitud, como presidente, Eisenhower expresó su frustración por la falta de voluntad de su personal civil para desafiarlo o estar en desacuerdo con él cara a cara, declarando: “Si hubiera tenido un personal como este durante la guerra, ¡lo habríamos perdido! "

Otro ejemplo de cómo evitar la conspiración proviene de la experiencia británica en las Islas Malvinas. Al principio, los juicios demasiado optimistas del gobierno del Reino Unido de que era poco probable que Argentina emprenda una acción militar sobre las islas en disputa llevaron a decisiones sobre importantes recortes de fondos de defensa, incluida la retirada anunciada del único buque de guerra británico en el Atlántico sur. Al no reconocer cómo se interpretarían estas acciones, los británicos quedaron completamente sorprendidos por la invasión argentina de las islas en 1982. Posteriormente, sin embargo, los británicos pudieron hacer una evaluación realista de los límites de su proyección de fuerzas y reconocieron lagunas en la inteligencia sobre el ejército argentino. El gobierno y el ejército de Gran Bretaña reconocieron los enormes desafíos de desplegar un grupo de trabajo a 8.000 millas de casa con suficientes fuerzas navales, aéreas y terrestres para recuperar con éxito las islas. Los primeros contratiempos y la falta de preparación reconocida reforzaron una perspectiva realista, evitando el exceso de optimismo. En última instancia, la victoria resultó de que los británicos superaron su sesgo cognitivo después de las pérdidas iniciales y, finalmente, superaron a su adversario en condiciones difíciles.

Estos ejemplos tenían en común el reconocimiento genuino de la derrota potencial, la apreciación de los límites de las propias capacidades y el reconocimiento de las capacidades potenciales del adversario. Estos factores moderaron el optimismo y reforzaron un nivel de humildad que condujo a una planificación, preparación y adaptación realistas. En ambos casos, el riesgo inequívoco de fracaso militar superó la inclinación hacia el exceso de optimismo.

La realidad duele

El ejército de los EE. UU. ya lleva a cabo una capacitación y una evaluación realistas del desempeño en combate, además de mostrar una disposición para aprender de las fallas operativas. La respuesta del jefe de personal de la Fuerza Aérea de EE. UU. a una crítica del liderazgo y la gestión también brinda aliento. Sin embargo, esta cultura debe impregnar toda la organización. El ejército estadounidense no debe desperdiciar la oportunidad que brinda la Estrategia de Defensa Nacional para considerar un futuro en el que el fracaso es una opción genuina. Haciendo la pregunta ¿Cómo evitamos nuestra propia conspiración de optimismo? parece un buen lugar para empezar.

A nivel individual, los responsables de la toma de decisiones deben estructurar su entrada de información para evitar interpretaciones demasiado optimistas. A nivel organizacional, los líderes deben asegurarse de que los incentivos para informar malas noticias o opiniones contrarias sean más fuertes que los incentivos para mantener el silencio organizacional. No es suficiente que los líderes digan "Mi puerta siempre está abierta"; una política de puertas abiertas por sí sola es inadecuada para romper las capas jerárquicas y los impedimentos organizativos para obtener fuentes alternativas de información. Los líderes deben reconocer el incumplimiento humano y organizacional hacia las noticias positivas y participar activamente, buscar y recompensar las perspectivas alternativas y contrarias para garantizar que las decisiones se basen en la realidad. Los problemas, problemas y desafíos generalmente se comprenden bien y son bien conocidos dentro de las organizaciones, pero no se informarán si se perciben como negativos o no se adhieren a la narrativa deseada percibida. El desafío para cualquier ejército no es solo evitar ser engañado por sus adversarios, sino también evitar engañarse a sí mismo.

Las ilusiones positivas de las capacidades militares son más fáciles de mantener y reforzar en una cultura que promueve las buenas noticias. Alentar y aceptar solo comentarios y análisis internos positivos puede ser una estrategia cómoda a corto plazo, pero los riesgos sorprenden en el campo de batalla, donde un adversario agradecerá la oportunidad de ofrecer una prueba de la realidad catastrófica e innegable. Los líderes deberían hacer una pausa para considerar lo que supuestamente dijo Mao Zedong sobre MacArthur antes de que los chinos entraran en la Guerra de Corea: "Un enemigo arrogante es fácil de derrotar".

 

Charles Vandepeer adquirió experiencia operativa con despliegues en el Medio Oriente sirviendo como oficial de inteligencia en la Real Fuerza Aérea Australiana. Tiene un doctorado. en ciencias políticas, ha trabajado como científico de defensa civil y ocupa puestos de docencia e investigación en varias universidades de Australia y Estados Unidos. Charles es el autor de Asking Good Questions – A Practical Guide.

martes, 8 de diciembre de 2020

Submarinistas: Trucos para sobrevivir al aislamiento


10 Tips: ¿Cómo hacen los submarinistas para vivir en aislamiento?


El Snorkel


Uno de los efectos que ha producido el COVID-19, es que ciertos gobiernos han decretado cuarentena preventiva en los hogares, objeto disminuir gente en las calles y con esto minimizar los riesgos de contagio. Los submarinistas son profesionales altamente capacitados y entrenados para operar largos períodos de tiempo sumergidos y en un ambiente de aislamiento permanente. Es por esta razón que el presente artículo pretende dar a conocer ciertas características que permiten a los submarinistas sostener el aislamiento.
 
El párrafo siguiente corresponde a un extracto del libro Ataúdes de Acero, el cual cuenta historias de la vida a bordo de los submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial y que en definitiva resume la vida que llevan a cabo los marinos que tripulan los submarinos.

Los hombres, enjaulados en el tambor que no cesaba de sacudirse, tomaban el movimiento y la monotonía con estoicismo. Ocasionalmente, alguien estallaba, pero los ánimos se mantenían bien altos. Todos éramos pacientes veteranos. Todo el mundo a bordo tenía un aspecto similar, olía igual y adoptaba las mismas frases. Aprendimos a vivir juntos en un estrecho cilindro no más largo que dos vagones de ferrocarril. Tolerábamos las fallas de los demás y nos volvimos expertos en los hábitos de los otros: como reía, rezongaba, hablaba y roncaba el otro, como bebía su café y se acariciaba la barba. La presión aumentaba con el paso de cada día sin avances, pero podría ser aliviada en un instante con el avistamiento de un convoy.
(Wegner, 1979).
Las características de operación de un submarino, produce que permanezca largos períodos de tiempo sumergido sin ver la luz del sol, sin comunicaciones telefónicas ni redes sociales, lo que obliga a que los miembros de su dotación ser capaces de adaptarse a una vida en espacios reducidos, sin la comodidad del hogar y sometidos a largas rutinas de mantenimiento y entrenamiento con el propósito de cumplir con los estándares de operación esperados.

Una de las medidas recomendadas para minimizar el contagio por el COVID-19 es el aislamiento parcial de las personas en sus hogares , lo que obliga a trabajar remotamente y a efectuar diversas actividades como parte de una rutina; no obstante, es una situación a la cual la gran mayoría de las personas no están acostumbradas y podría generar más de algún inconveniente.

En base a lo anterior, ¿cómo lo hace un submarinista para adaptarse al aislamiento?

A continuación, se exponen 10 características propias de la vida a bordo de los submarinos que permiten controlar el estrés de estar sometido a un aislamiento permanente, a partir de las cuales, se podrán extraer ciertos consejos y recomendaciones que permitirán sobrellevar un período de cuarentena en el hogar.

Rutina

El medio en el que se desenvuelve un submarino es complejo y presenta múltiples dificultades para la operación; sin embargo, su dotación está sometida a una rutina de trabajo, mantenimiento y entrenamiento muy exigente, programada y dirigida por el segundo comandante , con el propósito operar de manera segura y cumplir con los estándares de operación esperados.

Herramienta contra la ansiedad: Muchos comandantes de submarinos coinciden en que la clave para evitar la sensación de claustrofobia y ansiedad es la rutina, pues mantiene la mente y el cuerpo ocupados.
A modo de ejemplo, la rutina a bordo está compuesta por:
  • Vigilancia permanente del entorno acústico
  • Supervisión de instrumentos y parámetros
  • Rutinas de limpieza de los diferentes departamentos del submarino, de manera muy acuciosa y detallada
  • Ayuda en la preparación de alimentos
  • Ejecución de zafarranchos (simulacros) de emergencias
  • Entrenamiento táctico de lanzamiento de torpedos y operaciones especiales
  • Ejercicios de entrenamiento físico
  • Tiempo de descanso
Lo anterior, permite mantener un equilibrio mental que evita la ansiedad y la sensación de encierro.

Para combatir el aburrimiento, establezca una rutina similar a la de los submarinos, que incluya:

Horario para levantarse y acostarse

  • Limpieza de la casa (aproveche de limpiar los lugares de difícil acceso que normalmente no considera en una limpieza cotidiana)
  • Preparación de las comidas que incluya la participación del grupo que se encuentra con usted
  • Establecimiento de horarios de trabajo y/o estudio
  • Rutina de actividad física
  • Tiempo de descanso y ocio
Distribuya su rutina priorizando las tareas que requieren más tiempo y varíela de vez en cuando con actividades novedosas, objeto no se transforme en una rutina monótona.


Metas: Una de las medidas que permite mantener motivado a los submarinistas es establecer actividades basadas en pequeñas metas.
Las metas en un submarino se materializan, por ejemplo, en la obtención de resultados satisfactorios de ejercicios efectuados, cumplimiento de puntos de control de la navegación, resolución de pequeñas fallas, cumplimiento de tareas dadas por el segundo comandante , entre otras.

Tome ventaja de esta herramienta, ya que por muy pequeña que sea, generará una sensación de satisfacción que contribuirá a mantener motivado al grupo y de esta manera combatir el aburrimiento que se pueda generar por la monotonía de la rutina.

Comunicación

Una de las definiciones que presenta la Real Academia Española sobre esta palabra, hace referencia al “trato o correspondencia entre dos personas”. Desde este punto de vista, la comunicación es fundamental para hacer que el tiempo de aislamiento sea más agradable.


1. Tiempo para conversar: Uno de los beneficios de estar rodeado de un grupo de personas en un entorno cerrado y por un período de tiempo prolongado, es que genera múltiples espacios para conversar. En un submarino, se conversa de diversas materias que incluyen temas personales, profesionales, familiares, de actualidad, anécdotas y chistes, entre otros, lo cual permite estrechar los lazos y conocer mejor a los miembros del equipo.
Aproveche esta situación y dese un tiempo para conversar temas diversos con sus familiares y amigos, temas de los que normalmente no habla; no solo porque lo mantendrá ocupado, sino que también, porque desde una perspectiva psicológica lo transportará a otro contexto, permitiendo que el tiempo pase más rápido; recuerde minimizar los temas de política, religión y fútbol, lo más probable es que genere una discusión innecesaria.

2. Comunicación integral: Una de las características de la comunicación entre submarinistas es que se trata de explotar al máximo el concepto de “hablar menos y escuchar más”, no sólo porque se requiere estar atento a escuchar alguna alarma o ejecutar algún procedimiento, sino porque también, es necesario para comprender de mejor manera lo que la otra persona quiere expresar.
Otro aspecto relevante inmerso en la comunicación integral tiene que ver con la honestidad a la hora de expresar sus inquietudes, es decir, cuando tenga un problema o no esté de acuerdo con algo, no dude en exponerlo, aunque genere una pequeña discusión; al final, el equipo tendrá un mejor pasar y se lo agradecerán.

Vida de cámara

La vida de cámara es un concepto que hace referencia al compañerismo y camaradería que se vive al interior de un submarino. Una cámara es un espacio destinado para compartir (similar a un comedor) en el que los submarinistas arranchan (desayuno, almuerzo y cena), pero también es utilizado para jugar juegos de mesa, ver una película o simplemente disfrutar de conversaciones anecdóticas e historias marineras.

Destine más tiempo a actividades en las que pueda compartir con el grupo que está en su casa, por sobre que el tiempo que utiliza para el monitoreo de las redes sociales. Cambie Facebook, Instagram y Twiter por juegos de mesa, rompecabezas, crucigramas y sudokus.

1.Importancia de las ocasiones especiales:

Los segundos comandantes saben que, en ocasiones, es importante romper la rutina para evitar caer en una monotonía, es por esto que se aprovecha cualquier ocasión especial como: cumpleaños, anuncio del embarazo de la esposa de un miembro de la cámara o fechas que conmemoran algún hecho importante como el aniversario del submarino o el cruce de la línea del Ecuador

Estando en la casa, no deje pasar las fechas importantes, organice actividades que incluyan la preparación de una comida distinta, la confección de un disfraz o pequeñas competencias de dibujos que representen la fecha que se está conmemorando.

Autocuidado
El autocuidado considera ciertos aspectos importantes a la hora de optimizar la energía necesaria para el funcionamiento diario.

Ejercicio físico: A pesar de que el espacio del submarino es muy reducido, con ingenio y voluntad es posible encontrar lugares que permitan ejercitar la musculatura del cuerpo. No es necesario contar con el equipamiento de un gimnasio para generar un desarrollo físico que permita entregar la energía requerida para el trabajo y la rutina diaria.
Maximice el uso de programas de entrenamiento funcional que no requieran elementos adicionales al propio cuerpo y que contemplen el desarrollo de la mayor cantidad de grupos musculares. No olvide hidratarse y elongar antes y después de la ejecución de estos.

Estudio: Mantener la mente activa, es sinónimo de buena salud. Lograr comprender la operación de todos los sistemas a bordo de un submarino requiere de un estudio y capacitación constante, lo cual contribuye al desarrollo mental necesario para la resolución de posibles fallas o situaciones a las que un submarinista se pueda ver enfrentado.
Aproveche este tiempo para efectuar estudios modalidad on-line; existen múltiples plataformas que brindan cursos a distancia de materias entretenidas, que le ayudarán a cultivar su desarrollo intelectual y cultural.

Aseo: Debido a que el agua de un submarino es limitada, se efectúan regímenes de aseo, materializados en duchas periódicas (normalmente cada cuatro días) y la supresión del afeitado diario, con el propósito de optimizar el agua a bordo.
Además, la tenida que debe usarse tiene características especiales que brindan seguridad adicional en caso de un posible incendio, por lo cual, un submarinista normalmente no se cambia de ropa diariamente, sino que de manera periódica al igual que la ducha.

Ya que usted tiene la posibilidad de bañarse y cambiarse de ropa todos los días, aproveche de hacerlo, genera una sensación de limpieza que representa comodidad y bienestar, contribuyendo a vivir el día a día de mejor manera.


Alimentación: La alimentación es considerada uno de los mayores factores de bienestar a bordo un submarino. Es por esto que los submarinos cuentan con una cocina y con un cocinero especialista que se esmera, día a día, por preparar la mejor comida que se pueda con los víveres asignados. En los submarinos se respeta un menú variado, pensando en las calorías necesarias para rendir en las distintas actividades diarias, pero también se basa en un plan nutricional que permita mantener el peso de los miembros de la dotación.
Ya que está en su hogar , aproveche de preparar comidas variadas que normalmente no come, que aseguren mantener el peso recomendado de acuerdo a su estatura. Dado que probablemente no efectuará la actividad física que normalmente hacía, trate de no improvisar con dietas extremistas, ya que pueden ocasionar daños mayores y un sufrimiento adicional (al privarse de la comida que le gusta), situación que no es necesaria para este período.

Respeto

La Real Academia Española, define respeto como: “Miramiento, consideración, deferencia.” Lo anterior es la clave que permite vivir con un grupo de personas aisladas por un periodo de tiempo prolongado.


Privacidad: A diferencia de una casa, en un submarino solamente existen las puertas de los baños, el resto de los departamentos cuentan con cortinas para separarlos y así brindar algo de privacidad.
En ocasiones, especialmente en los horarios de descanso, hay personas que prefieren no hablar ni participar de actividades de camaradería y simplemente quieren estar tranquilos en su litera escuchando música o viendo una película, lo cual no debería representar un problema, dado que al estar sometido a un espacio común la mayor parte del tiempo genera que se quiera buscar un espacio de privacidad.

En base a esto, si en su hogar hay ocasiones en que un miembro del grupo no quiere compartir, no lo obligue a participar de actividades que estén enmarcadas fuera de los deberes y responsabilidades, porque simplemente está buscando un momento de privacidad.


Tolerancia

A medida que transcurre el tiempo de confinamiento, el ser humano tiende a volverse más intolerante. En un aislamiento bajo el mar, cualquier conflicto puede provocar una situación de tensión. Es por esto, que la clave es que todos aprendan a tolerar las manías de sus compañeros. Es normal que en situaciones de aislamiento afloren tics que pueden sacar de quicio a otra persona.

La recomendación es, en primer lugar, identificarlos. Luego, conocer el propio nivel de reacción que se produce, el cual se puede manifestar con un aumento de la temperatura corporal, tensión de los músculos o dolor de cabeza, con el propósito de poder controlarlo antes de llegar a un nivel de ira tal, que desencadene un actuar inapropiado del cual más tarde me podré arrepentir.

Por otra parte, trate de minimizar la atención al comportamiento de los otros compañeros del grupo a través de la lectura de un libro de interés, dado que, al leer, el nivel de concentración aumenta, bloqueando la percepción de tics de otras personas que puedan estar sucediendo paralelamente.


Incertidumbre

Incertidumbre es el antónimo de certidumbre, que es la “firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar” (RAE, 2020). En ese sentido, las misiones a las que debe enfrentarse un submarino junto a su dotación cuentan con un gran componente de incertidumbre. Lo anterior, sustentado por el desconocimiento de lo que rodea al submarino (al ser un tubo de acero cerrado, las personas son incapaces de percibir, con precisión, lo que pasa alrededor del submarino, solo es posible hacerlo a través de los sensores de este, los cuales para operarlos es necesario respetar ciertas restricciones de operación) y también, desde el punto de vista táctico, la presencia de un submarino alertará a toda una fuerza que maximizará el empleo de sus medios y sensores para detectarlo y posteriormente hundirlo. Esta situación genera un alto grado de incertidumbre, dado que se debe trabajar con variables desconocidas y con una permanente sensación de no saber lo que se viene, lo cual, naturalmente, producirá un aumento de la ansiedad de los miembros de la dotación, lo que a su vez incrementa la irritabilidad de estos.

Para mitigar este efecto, los oficiales submarinistas son sometidos a un exigente proceso de entrenamiento, bajo una alta presión psicológica, que les permite manejar el efecto de la incertidumbre. Por otro lado, las operaciones submarinas deben ser provistas de información útil proveniente de fuentes confiables, las que permitirán tomar buenas decisiones y optimizar el resultado de estas a favor del submarino.

Sin duda, una sensación de alta incertidumbre reina en los hogares, producto del CODIV-19, al no tener claro cuánto durará esta pandemia. Para minimizar esta situación, procure seleccionar fuentes de información confiables y evitar las llamadas fake news. Finalmente, al igual que un submarinista, no se desespere, tome decisiones basadas en la información certera que tiene. Confíe en sus instintos y no deje que la presión de la situación le lleve a tomar decisiones erradas, sea prudente y actúe con inteligencia racional.

Descanso

El estar sometido a un confinamiento permanente y ser partícipe de una rutina exigente, genera un cansancio físico y mental en los submarinistas, por lo que se hace necesario tener espacios para dormir y recuperar la energía invertida en el quehacer diario.

En los submarinos, al estar en un tubo de acero sin ventanas, las 24 horas del día transcurren bajo la luz eléctrica; no obstante, para colaborar con el descanso y permitir un adecuado ciclo del sueño, es que se efectúa un juego de luces que permite diferenciar el día de la noche. Cuando las luces de color blanco están encendidas significa que en el exterior es de día y, cuando éstas se tornan rojas, significa el sol se escondió y reina la oscuridad en la superficie.

Aproveche este tiempo de permanencia en su casa para descansar, dormir y recuperar la energía gastada producto del estrés de la crisis y lo agotador del trabajo y la rutina.

Trate de generar ambientes armónicos de descanso, considerando detalles como apagar la luz y la ventilación del espacio de descanso.

Trabajo en equipo

“Cuando se trabaja en equipo, los esfuerzos de los miembros se potencian, disminuyendo el tiempo de acción y aumentando la eficacia de los resultados.”(Gómez, 2020).

La operación de un submarino se basa en el trabajo en equipo, pues el error de un miembro de la dotación puede provocar que, desde el comandante hasta el último marinero, no vean la luz del sol nunca más.

Cada miembro de la dotación cumple un rol dentro del equipo. A bordo se cuenta con operadores de sonar, mecánicos, comunicantes, electricistas y cocineros, entre otros. A pesar de que cada uno cumple funciones de acuerdo con su especialidad, existe un característico espíritu de cuerpo y compañerismo marcado por la ayuda constante al que lo necesite.

El segundo comandante junto a los jefes de departamento, procuran siempre distribuir los trabajos de acuerdo al tiempo y a las capacidades de cada uno, de manera de optimizar el rendimiento del equipo en general.

En su casa, explote al máximo las virtudes de los miembros de su familia, todos de alguna u otra forma aportarán al diario vivir.

Liderazgo

El comandante es la persona que carga con la responsabilidad absoluta del submarino, tanto del punto de vista del material como del personal. Es la persona que tiene más experiencia a bordo y, por lo tanto, es el que toma las decisiones finales sustentado por la confianza que deposita cada submarinista en el.

En este sentido, el comandante transmite una sensación de serenidad y control, que es fundamental para el desarrollo de actividades de alto riesgo, y la resolución de situaciones de tensión que se puedan generar entre los miembros de la dotación.

Dentro del hogar hay líderes naturales, normalmente personificados en la figura de los padres o hermanos mayores, quienes, al igual que los comandantes de los submarinos, deben procurar mantener un ambiente tranquilo y sereno al interior de la casa. Por otra parte, deben promover las características de solidaridad, al brindar la ayuda del que más lo necesite en determinados momentos. Finalmente, esta responsabilidad no es delegable, traspasable ni eludible, por lo que también requiere de un esfuerzo mayor por parte del líder, para lograr mantener un ambiente de armonía.

Conclusiones

Si los submarinistas son capaces de vivir en condiciones de aislamiento, sin comunicaciones ni redes sociales, es porque maximizan las características expuestas en los párrafos anteriores, las que, a su vez, permiten controlar la ansiedad y la sensación de claustrofobia.

Lo invito a considerar estas características y aplicarlas en su hogar mientras dure su aislamiento, le aseguro que traerá múltiples beneficios y evitará más de algún episodio de incomodidad.

Finalmente, recuerde que este es un aislamiento parcial y así como los submarinistas anhelan en lo más profundo de su interior aflorar, disfrutar de la brisa, la luz del sol y ver en el horizonte el puerto que los espera, nunca pierda la perspectiva de que en un futuro cercano volverá a su vida cotidiana normal.

lunes, 10 de agosto de 2020

¿Cómo se prepara el soldado para el combate?

¿Cómo se prepara realmente para el combate?


Morgan Smiley || Small War Journal




La "mirada de mil yardas" de un oficial de infantería hablando de su tiempo en Irak; estallidos de ira de rutina de un ex soldado que mira a su amigo pisar un IED; un suboficial experimentado que salió de su pista solo para darse la vuelta y gritar desesperadamente para volver a entrar. A pesar de la gran cantidad de maniobras de entrenamiento, rotaciones de centros de entrenamiento a gran escala, ejercicios de fuego de vida, ejercicios de tiro, etc., nada en el entrenamiento realmente prepara a uno para la fealdad visceral del combate. Suponiendo que sea posible, ¿cómo se corrige esto para preparar mejor a nuestras fuerzas para su eventual despliegue en una zona hostil? ¿Cómo se replican los escenarios complejos y las decisiones posteriores involucradas cuando las vidas realmente no están "en juego"?

Recuerdo haber hablado con un compañero mayor de infantería que había servido como comandante de la compañía en Irak en algún momento en 2004-2005. Nos estaba contando acerca de un día en particular cuando se ordenó a su compañía que mantuviera una parte de un pequeño pueblo. Nos habló de un niño, de unos 10 u 11 años, que llevaba un chaleco suicida controlado por radio y se acercaba al punto de control en el que estaba con sus soldados. En este punto, pude ver que ya no nos miraba sino que miraba hacia atrás a mil metros.

El niño continuó acercándose a pesar de que sus soldados e intérpretes le gritaban que se detuviera. Algunos soldados exigían abrir fuego mientras que otros gritaban que disparar a un niño era ilegal. El comandante dio la orden de disparar. Después de que el niño cayó, detonó. El comandante hizo una buena llamada, salvó a sus hombres. Pero eso no era lo que recordaba, solo las voces de quienes lo criticaron por dispararle a un niño.

Eventualmente se enteraron de que la familia del niño había sido secuestrada, y el niño ordenó usar el chaleco para matar estadounidenses o la familia sería asesinada. De cualquier manera, ese niño estaba destinado a morir, ya sea por bala o bomba. Pero nadie se prepara para eso en el entrenamiento.

El ex soldado que vio explotar a su mejor amigo era el hijo de nuestro vecino. Había regresado de Afganistán un par de años antes y estaba lidiando con problemas relacionados con el despliegue. Finalmente dejó el ejército activo y se unió a la Guardia Nacional. Antes de desplegarse, este soldado había sido un niño bastante tranquilo. Pero desde este incidente, ha sido propenso a rápidos estallidos de ira, de cero a sesenta en segundos. Aparentemente, su esposa trabaja horas extras para asegurarse de que no se lastime a sí mismo ni a los demás cuando está furioso. Él es conocido en su unidad de Guardia como muy tenso con respecto al PT y la preparación para el combate (comprensiblemente, supongo). Parece que tiene problemas para deshacerse de la imagen de su amigo dando el último paso.

Durante mi último despliegue en Irak, uno de nuestros suboficiales nos contó sobre un suboficial experimentado en una unidad anterior que no parecía haber experimentado durante su primer despliegue. Estaban en una unidad mecanizada y desmontaron en una intersección mientras estaban bajo fuego. El suboficial salió con sus soldados y la rampa subió. A medida que los soldados avanzaban, este suboficial experimentado se escuchó gritarle a Bradley que bajara la rampa y lo dejara entrar. Eventualmente comenzó a golpearlo exigiendo que lo dejaran entrar, lo cual era. Nos dijeron que finalmente superó su miedo, incluso desplegándose nuevamente, solo para morir durante ese despliegue posterior.

Nunca he experimentado los dilemas morales, o la pérdida desgarradora, o el miedo absoluto descrito anteriormente. Recuerdo que estaba un poco preocupado por los cohetes que aterrizaban cerca de nosotros o me preguntaba si el fuego de la máquina que estaba escuchando iba a ser seguido por rondas que impactarían a nuestro alrededor. Pero nada cambia la vida. El entrenamiento que recibí durante mi carrera se ajustaba a lo que experimenté en "combate". Pero no todos pueden decir eso.

En artículos anteriores para Small Wars Journal, intenté presentar una posible solución a las ideas que expuse en mis escritos. Como suelen decir los comandantes y los líderes, "Acércate a mí con soluciones, no problemas". Pero esta vez, no tengo ninguna solución, y espero escuchar de aquellos más inteligentes que yo que puedan tener algunas buenas ideas sobre cómo preparar mejor a los que se pondrán en peligro.

Ojalá pudiera pensar en formas de permitir que los soldados en tiempo de paz aprendan e incluso experimenten (de manera segura) estos increíbles espectáculos ... tal vez a través de reuniones rutinarias e interactivas con soldados activos y ex soldados dispuestos a compartir sus recuerdos; o a través de un entorno inmersivo (¿programas de realidad virtual?) que muestran los horrores de un tiroteo o una explosión de IED, o el momento en que un niño se convierte en un peligro claro y presente para ser neutralizado.

Estoy seguro de que tales eventos están presentes en guerras a gran escala, así como en pequeñas como Afganistán e Irak. Ambos, estoy seguro, exponen uno a acciones que ninguno de nosotros entrenamos ni anticipamos. Quizás un combatiente experimentado pueda proporcionar algunas soluciones para un entrenamiento mejor y más realista. Ciertamente lo espero porque mirar hacia atrás mil yardas no parecía una experiencia agradable.