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miércoles, 25 de febrero de 2026

Francia: Los escenarios de guerra para los próximos 10 años

Cañones láser, drones, MBT… Armas para Francia en el período 2035-2040.

Teatrum Belli




Crédito: DR.

El 28 de noviembre, el Grupo Ariane y la DGA (Dirección General de Armamento de Francia) lanzaron con éxito el cohete Sylex (sistema de lanzamiento experimental), esencial para el desarrollo de las futuras armas hipersónicas francesas. Este discreto pero simbólico logro tecnológico refleja los esfuerzos de la base industrial y tecnológica de defensa francesa (BITD) por diseñar y probar armas que podrían entrar en servicio en la próxima década. 

***

Desde la primavera de 2022 y el ataque ruso en Ucrania, la base industrial y tecnológica de defensa francesa (BITD) ha trabajado incansablemente para fortalecer las capacidades militares nacionales y europeas, tanto con fondos propios como con el apoyo de presupuestos militares en rápido crecimiento. Este año, el presupuesto de defensa ha aumentado en 6.700 millones de euros. Si bien 3.200 millones de euros ya estaban asignados en la ley de programación militar (LPM) para el período 2024-2030, se han incluido 3.500 millones adicionales en el presupuesto de 2026.

Los esfuerzos se centran tanto en el desarrollo de la capacidad industrial para acelerar la producción y reponer las existencias como en la introducción de nuevos equipos (como el SAMP/T NG, que completó con éxito dos pruebas consecutivas en diciembre de 2025) para abordar las deficiencias de capacidad identificadas. Sin embargo, las ambiciones de nuestros fabricantes van más allá del corto plazo, ya que parte de su trabajo, financiado internamente o con el apoyo de la DGA (ahora dirigida por Patrick Pailloux), se centra en la preparación para la próxima década y en garantizar el lugar de Francia entre los principales fabricantes de armas del mundo. Algunos ejemplos ilustran este enfoque, caracterizado por la excelencia tecnológica, pero también por las incertidumbres inherentes a cualquier innovación.

Armas de energía dirigida y guerra antidrones (CDW)

Los láseres y otras armas de energía dirigida dejaron de ser instrumentos de laboratorio hace tiempo, y los desarrollos militares en este campo están experimentando una aceleración drástica debido a una observación muy pragmática: el insuperable coste unitario de un  disparo láser  , del orden de unos pocos céntimos. Ante la amenaza de los drones, que cuestan varios cientos de euros, el coste de la munición destinada a neutralizarlos es, sin duda, un factor crucial en esta batalla tecnológica y financiera. Es importante recordar que la situación es urgente, no solo en Ucrania: el otoño pasado, se registraron unos cuarenta sobrevuelos sospechosos de drones en Europa, la mayoría sobre infraestructuras críticas.

Se están estudiando láseres de muy alta energía (hasta 100 kW) en el marco de la Cooperación Estructurada Europea (PESCO). Actualmente, hay dos proyectos principales sobre la mesa. El primero está en fase de pruebas, con DragonFire desarrollado por MBDA UK, Leonardo UK y QuinetiQ, y ya evaluado en 2024 por el Ejército Británico. Debería entrar en servicio en 2027, cinco años antes de lo previsto. Un segundo proyecto, más lejano y potente, TALOS-TWO ( Sistema Óptico Láser Avanzado Táctico ), está siendo diseñado por Cilas, una empresa francesa asociada con una veintena de socios de ocho países europeos; Las primeras pruebas no se esperan hasta 2030. En Francia, los fabricantes están trabajando actualmente en SYDERAL (Sistema de Defensa de Energía Reactiva para Aplicaciones Láser), un demostrador de alta potencia encargado por la DGA (Dirección General de Armamento de Francia) a un consorcio que incluye a MBDA, Safran Electronics & Defense, Thales y Cilas, con un objetivo de despliegue operativo alrededor de 2030. Sin embargo, aún quedan algunos desafíos inherentes a los sistemas láser por abordar para pasar del demostrador al arma operativa: generación de energía y eficiencia en plataformas ligeras, y ergonomía (compacidad, facilidad de uso e incluso automatización). Pero la necesidad urgente de encontrar una solución efectiva y rentable para los drones FPV está impulsando la I+D en esta área, y ya se han logrado avances considerables en menos de una década . Por otra parte, como ocurre con los drones, los industriales y los militares deben tener cuidado de no haber encontrado en el láser una especie de varita mágica: las limitaciones físicas, como las de las máscaras meteorológicas y del terreno (vegetación, relieve…) no permiten convertirlo en un arma universal, sino integrarlo en una gama de efectores complementarios.

En el mar: la carrera por el despliegue de drones y la autonomía controlada 

Si bien la guerra en Ucrania puso los drones en el campo de batalla en primer plano, con su devastador impacto en las fuerzas de combate de ambos bandos, el sector marítimo no se queda atrás en innovaciones que amplifican los efectos operativos, tanto cuantitativos como cualitativos. El campo de experimentación es vasto y complejo, dada la naturaleza multientorno del ámbito marítimo, con sus segmentos superficiales y subterráneos, y los desafíos, en particular, de la recopilación y transmisión de datos en dicho contexto.

A corto plazo, podemos citar el progreso continuo en la robotización de la guerra contra minas, que permite, por un lado, desplegar buques dedicados más lejos de las zonas más peligrosas y, por otro, un ritmo operativo acelerado al disponer de una flota de efectores robóticos coordinados por el buque nodriza. En concreto, el Mine Countermeasures System – Future (SLAM-F) , un proyecto franco-británico liderado por Thales como integrador, utiliza un conjunto de sensores y efectores transportados por drones de superficie ( Unmanned Surface Vessels ), drones submarinos ( Autonomous Underwater Vehicles ) y robots submarinos operados a distancia ( Remotely Operated Vehicles ), cuyo uso combinado asegura la continuidad de la guerra contra minas: detección, clasificación y neutralización. Los primeros buques nodriza en beneficiarse de esto son los nuevos buques belga-holandeses diseñados específicamente para la implementación de estos drones, fruto de la cooperación entre Naval Group, Piriou y Exail, entre otros.

Más avanzado en la línea y más ambicioso, el proyecto UCUV (Unmanned Combat Underwater Vehicle), objeto de una colaboración firmada en 2023 entre la DGA (Dirección General de Armamento francesa) y Naval Group, tiene como objetivo diseñar un demostrador de un vehículo de combate submarino autónomo capaz de realizar una multitud de misiones. Más allá de los aspectos técnicos e industriales relacionados con la robótica submarina, el principal desafío operativo, dadas las limitaciones del entorno, es confiar, en el sentido más estricto de la palabra, la ejecución de misiones autónomas de larga duración a un sistema que funcione sin intervención humana regular. Para ello, Naval Group ha diseñado y desarrollado continuamente, en línea con los avances en inteligencia artificial, una solución de autonomía de decisión controlada (ADC©) que permite al sistema autónomo evaluar la situación táctica utilizando sus sensores y reconfigurar las condiciones de la misión sin intervención humana hasta su finalización. Estos avances se beneficiarán próximamente de las contribuciones de CortAIx France , una iniciativa de Thales diseñada para acelerar la introducción de avances de IA en las soluciones operativas de las fuerzas armadas, en cuyo capital Naval Group acaba de adquirir una participación .

Ataques profundos: disuasión “ convencional”

Fortalecer las defensas requiere afinar las armas para disuadir a un adversario potencial de asumir el riesgo. Esto implica la capacidad de atacar con fuerza y ​​a distancia, con sistemas de lanzamiento que penetren las defensas de forma fiable. Por ello, Francia trabaja en la puesta en servicio de misiles de crucero de nueva generación, desde el misil de crucero terrestre (LCM) , derivado del misil de crucero naval (MdCN), hasta el Stratus franco-ítalo-británico , a la vez que reinicia la producción del Scalp/ Storm Shadow , muy demandado para la exportación, como lo demuestra el reciente pedido de la India, impulsado por los éxitos operativos de Delhi. Pero también se están considerando otras capacidades. El misil balístico terrestre (MBT) es un proyecto del Grupo Ariane diseñado para atacar objetivos a una distancia de al menos 2.000 km , complementando los misiles de crucero actualmente en servicio o en desarrollo. La guerra en Ucrania, los enfrentamientos entre Israel e Irán, y entre India y Pakistán han demostrado la importancia de este campo de capacidades, que se ha convertido en una prioridad a nivel europeo.

Desde un punto de vista militar, esto representa una innovación total para las fuerzas armadas francesas, y especialmente para el ejército, a quien se destinaría el arma. El reto industrial también es significativo, ya que implicaría producir no solo unos pocos ejemplares de un arma disuasoria de "no uso  ", como los misiles M51, sino grandes cantidades de municiones diseñadas para un uso masivo en el campo de batalla . Además, tanto las fuerzas armadas como la industria francesa parten prácticamente de cero en el diseño de todo el sistema. Si bien el misil es el componente principal, requiere vehículos de lanzamiento y una infraestructura logística y de protección integral para optimizar el uso operativo de lo que se convertiría en un objetivo prioritario para el adversario.

Este programa es, por lo tanto, un proyecto a largo plazo, como se refleja en su financiación por fases. Si bien se ha mencionado un presupuesto de mil millones de euros , la mayor parte, más de 800 millones, solo se liberará a partir de 2028, mientras que el presupuesto de 2026 asigna "  solo  " 15,6 millones para la fase inicial de evaluación de riesgos tecnológicos. Mientras tanto, el Estado Mayor Conjunto (EMA) continuará trabajando para definir mejor este complejo requisito, y el Jefe del Estado Mayor de la Defensa, Fabien Mandon, enfatizó ante los parlamentarios la necesidad de estudiar cuidadosamente las opciones disponibles para ataques en profundidad. No se espera que el MBT, si finalmente se adopta, entre en servicio antes de mediados de la década de 2030, como muy pronto, dados los plazos de desarrollo para este tipo de misil y en función de las prioridades que le asigne la futura Ley de Programación Militar (LPM).

Espacio e hipersónicos

El MBT también podría beneficiarse de las sinergias con la investigación francesa sobre lanzadores espaciales y misiles hipersónicos, que se ha acelerado desde 2023, en particular para reducir la dependencia de Estados Unidos. El éxito de la prueba del cohete SyLEx es un hito clave para la soberanía francesa, en particular para los planeadores hipersónicos. SyLEx abre claramente perspectivas militares, como lo indica claramente la ministra de Defensa , Catherine Vautrin : « Este cohete permitirá a Francia beneficiarse de una capacidad de experimentación en la atmósfera superior », y más concretamente en la envolvente de vuelo de los planeadores hipersónicos. El principal proyecto en este ámbito es el VMaX, desarrollado por ArianeGroup a petición de la DGA (Dirección  General de Armamento de Francia). Este planeador, probado por primera vez en 2023, posee las cualidades de un misil balístico hipersónico (superior a Mach-5), pero presenta una ventaja: su maniobrabilidad, con un control de trayectoria muy preciso, que le permite « burlar la capacidad de interceptación de las defensas enemigas  », según la DGA.

Por lo tanto, es posible que las fuerzas armadas se interesen en un misil balístico hipersónico, equipado con una ojiva convencional derivada del VMaX, lo que refleja los esfuerzos que aún se requieren en términos de dominio tecnológico, a pesar de los enormes avances logrados en poco tiempo. Estos esfuerzos deben guiarse por una visión clara de cómo las fuerzas armadas utilizarán estas nuevas armas y deben desarrollarse en un marco europeo para optimizar los limitados recursos presupuestarios. Esta cooperación estaría en consonancia con la postura del presidente de la República, quien ha expresado claramente la necesidad de desarrollar una respuesta colectiva a los desarrollos rusos, como el misil Oreshnik.

Balduino de Amayé

lunes, 12 de enero de 2026

Operación Absolute Resolve: El rol preponderante de la guerra electrónica

La guerra electrónica en la operación Resolución Absoluta

 @FSupervielleB


1/30 🛡️ La guerra electrónica 🇺🇸 allanó el camino para los Nightstalkers y los Delta, pero toda moneda tiene dos caras. ¿Qué falló en las defensas aéreas venezolanas? Y no, no es que no se defendieran. ¡Tira del hilo!


2/30 📉 Al final del hilo te demuestro cómo sabemos que los venezolanos sí se defendieron, porque es muy llamativo que sistemas «avanzados» de defensa aérea no lograran hacer nada. ¿Cómo pudo ocurrir esto? 

 

3/30 📡 Defensa aérea no es solo tecnología: es guerra electrónica, coordinación, adiestramiento y sobre todo, alerta temprana eficaz. 


4/30 🚨 Alerta temprana significa tener sensores que detecten un ataque con suficiente antelación para generar una respuesta coordinada. Si no hay detección, no hay defensa.


5/30 📊 Venezuela contaba con sistemas como S-300VM rusos, Buk-M2 y radares chinos JY-27, que en teoría debían formar un paraguas defensivo.


6/30 🤔 Entonces, ¿por qué fallaron?
👉 Parece ser que los radares chinos no se integraban con las defensas rusas… con lo que no servía de nada que los radares detectaran la amenaza. Falta de coordinación.


7/30 📡 Parte del problema fue la guerra electrónica desplegada por EEUU: aviones como los EA-18G Growler actuaron de forma que saturaron y bloquearon señales, forzando al sistema venezolano a apagarse o volverse inútil.
8/30 📉 Sin alerta temprana, ¿cómo iban a saber los demás que los estaban atacando? Los pocos que vieron, solo unos segundos, helicópteros, pensarían que eran de los suyos. Desde luego, nadie pensó que eran enemigos y que habían llegado hasta allí sin que se dieran cuenta.


9/30 ⏳ En defensa aérea, cada segundo cuenta. Nadie se atreve a dispararle a un helicóptero desconocido sin saber que está en guerra. Nadie tiene un MANPAD armado y apuntando al cielo, esperando que aparezca una sombra. En el mundo real, los malos no aparecen rodeados de un halo rojo. Esto no es el Call of Duty.


10/30 🧠 Además de material, se necesita adiestramiento exhaustivo para interpretar la información en tiempo real y tomar decisiones rápidas. ¿Cómo se obtiene? Pues el mejor se obtiene en ejercicios internacionales, preferiblemente con los que tienen experiencia real.



11/30 🏋️‍♂️ El adiestramiento no es leer manuales… y los mejores manuales están escritos por los que más experiencia tienen. Se trata de practicar escenarios, simulaciones, coordinación real entre sensores, equipos y cadenas de mando. Y eso es casi imposible en unas FAS que viven aisladas.


12/30 🔧 Y aquí viene otro punto: material sin mantenimiento adecuado pierde efectividad. Incluso sistemas modernos requieren un mantenimiento intenso para funcionar como se esperaba. No vale comprar los S-300; hay que mantenerlos y un buen mantenimiento es seña de unas FAS modernas. No me quiero ni imaginar como estaban las defensas venezolanas.



13/30 🧰 En Venezuela, las sanciones y dificultades logísticas dificultaron la llegada de repuestos y técnicos especialistas, reduciendo la disponibilidad operativa de muchos equipos.


14/30 🧩 Integrar sistemas de distintas procedencias (rusa y china) también presenta retos: si las capas de defensa no se comunican bien, la imagen del espacio aéreo nunca se consolida adecuadamente.


15/30 🔗 Esto es crucial: la defensa por capas (radar de vigilancia: detección → identificación → radar de control de tiro: seguimiento → enfrentamiento) solo funciona si hay coordinación total.


16/30 📞 La coordinación exige práctica conjunta constante: entrenar comunicaciones entre unidades para reaccionar rápido ante amenazas verdaderas. ¿Cómo se adiestraban los venezolanos?


17/30 🛫 En #AbsoluteResolve, EEUU supo explotar fallos en esa coordinación, abriendo huecos suficientes para sus helicópteros y fuerzas especiales.


18/30 📡 Además, la tecnología rusa (y la china) no está a la altura de la OTAN y aliados. Ucrania lo ha dejado patente. Décadas de experiencia acumulada no se recuperan en unos años de inversión.


19/30 🎯 El resultado fue que muchos sistemas que en teoría podían interceptar aeronaves simplemente no pudieron hacerlo a tiempo.

20/30 ✈️ Sin embargo, es importante decir que las fuerzas venezolanas sí se defendieron. Hubo fuego contra helicópteros estadounidenses, y un aparato (y su piloto) fue alcanzado.
21/30 ⚠️ Además, hubo bajas entre personal militar venezolano y aliado cubano, y pérdidas de material, incluyendo al menos un radar móvil Buk y baterías antiaéreas destruidos.


22/30 💥 Es muy fácil de desmontar: si hubiese habido orden de no defenderse, lo sabrían cientos, sino miles, de personas. Se habría filtrado ya. Eso no quita que hubiera políticos en el ajo, incluso algún militar. Pero los soldados no tuvieron orden de no defenderse.
23/30 🌐 ¿Por qué nos sorprende todo esto? Porque estamos acostumbrados a los estándares de una gran alianza que practica y opera regularmente con fuerzas de otros países.


24/30 🤝 En alianzas grandes, los ejércitos comparten doctrinas, entrenamiento, simulaciones conjuntas y procedimientos estandarizados, lo que genera respuestas más rápidas y coherentes.



25/30 🧠 Por ejemplo, en la OTAN, todos los días se fusionan datos de múltiples sensores y se reacciona en segundos.

26/30 🔄 Esa practica repetida crea “memoria operativa” colectiva: todos saben lo que los demás van a hacer incluso antes de que ocurra. Y experiencia.


28/30 📈 Las defensas aéreas solo funcionan con mantenimiento riguroso, entrenamiento continuo y coordinación.


29/30 🚀 En resumen: no fue solo el material lo que falló, sino la integración, mantenimiento, adiestramiento y alerta temprana los que fueron superados por una operación coordinada y tecnología sofisticada.


30/30 🧠 Los marinos llamamos a la defensa aérea guerra antiaérea (AAW) y es uno de los capítulos de mi libro: .




viernes, 18 de abril de 2025

Teoría de la guerra: La guerra invisible del futuro

La guerra invisible: una mirada al futuro cercano


Roman Skomorokhov || Revista Militar




Tener un enemigo externo —por contradictorio que suene— es uno de los activos estratégicos más rentables que puede poseer un país. Un adversario visible, reconocible, incluso predecible, mantiene todo en orden. El gobierno justifica sin esfuerzo sus presupuestos de defensa, los generales despliegan planes y tecnologías, y el complejo militar-industrial gira con la precisión de un reloj bien aceitado.

Si ese enemigo, además, se deja ver de vez en cuando cerca de la frontera, aún mejor. Se reactiva la tensión, suben las alertas, y los pedidos de tanques, cazas y radares se aprueban con entusiasmo. Es un equilibrio delicado pero funcional. El ejemplo perfecto: India y Pakistán. Conflictos pasados, roces presentes, pero nunca lo suficiente como para romperlo todo. Solo lo justo para mantener los engranajes girando y los arsenales llenándose.

El problema llega cuando no hay enemigo. Porque sin una amenaza clara, sin esa figura oscura al otro lado del mapa, todo el sistema empieza a desorientarse. La máquina cruje. Y cuando eso pasa, hay que inventar uno.

Estados Unidos lo sabe bien. Su némesis perfecta fue, durante décadas, la Unión Soviética. El antagonista ideal: poderoso, ideológico, omnipresente. Pero cuando la URSS cayó, la narrativa se resquebrajó. La OTAN perdió norte, propósito y razón de ser. ¿Una alianza militar sin enemigo? Difícil de sostener.

Entonces apareció Sadam Husein, y más tarde Bin Laden. Uno con botas y desfile, otro con túnel y video casero. Pero ambos cumplieron su función: mantener viva la amenaza. Reactivar presupuestos. Justificar despliegues. Reavivar operaciones en cada rincón del mapa. El terrorismo, por su propia naturaleza difusa, fue el enemigo ideal por años.

Pero incluso esos rostros se han ido desvaneciendo. Y con ellos, también la narrativa. Sin un enemigo claro, vuelve a surgir el peor de los miedos para cualquier estructura de poder militar: el vacío. El silencio. La posibilidad de que el cañón no se dispare porque ya no hay a quién apuntar.

Y es ahí cuando la maquinaria empieza a mirar hacia adentro… o a fabricar sombras nuevas.



Convertir a China en el enemigo número uno —el villano central, la gran amenaza global, casi una versión moderna de Sauron— fue una jugada tan eficaz como calculada. Porque, a diferencia de enemigos anteriores como Irak o Libia, China no es un blanco fácil. No es un régimen débil que colapsa tras los primeros misiles. Es una superpotencia capaz de responder. Y hacerlo con fuerza.

Y precisamente por eso resulta tan útil. Porque no es lo que China hace, sino lo que puede llegar a hacer lo que le da su valor estratégico para Estados Unidos. Su postura inflexible sobre Taiwán es el pretexto perfecto. Una tensión sin fecha, siempre latente, siempre útil. Porque, seamos honestos, nadie espera un desembarco estadounidense para defender Taipéi llegado el día. Pero eso no importa.

Lo que importa es el guion que puede escribirse a partir de ahí: si caen en Taiwán, mañana estarán cruzando el Pacífico. ¿California? ¿Alaska? Da igual. El lugar es irrelevante. Lo que cuenta es la amenaza percibida, el relato de expansión imparable, el temor a lo desconocido.

Con ese relato, se firman contratos. Se extienden presupuestos. Se despliegan portaaviones y satélites. Porque ahora, el enemigo tiene escala, tiene poder, y sobre todo, tiene rostro. China es lo suficientemente fuerte como para ser una amenaza verosímil, pero no tanto como para ser intocable. El equilibrio perfecto.

Así, el complejo militar-industrial puede seguir operando sin freno. No necesita más justificaciones. Tiene a su villano. Tiene su narrativa. Y mientras tanto, la maquinaria sigue funcionando. Porque nada moviliza más recursos, más tecnología y más decisiones que un buen enemigo… sobre todo si se mueve al ritmo del miedo.



Los titulares recientes en los medios estadounidenses parecen sacados de una novela de ciencia ficción: “China libra una guerra electrónica capaz de apagar, en segundos, el equipo enemigo.”

Y aunque pueda sonar a hipérbole, no es del todo fantasía. Hay algo real detrás del alarmismo.

Porque la guerra, hoy, ya no se libra como antes. Se acabaron las imágenes clásicas de tanques avanzando entre el polvo o cazas rompiendo la barrera del sonido. Ahora, una simple ráfaga electromagnética puede detenerlo todo. Una ciudad, una base aérea, un centro de mando… en silencio y en segundos. Radares apagados. Comunicaciones muertas. Equipos inservibles. Sin humo, sin cráteres, sin explosión. Pero con el mismo —o mayor— efecto paralizante.

La clave, claro, está en la potencia. El pulso electromagnético verdaderamente devastador es el que nace de una detonación nuclear en el aire, a una altitud de uno o dos kilómetros. El tipo de evento que aún pertenece al terreno de lo prohibido... o al menos, al de lo que nadie se atreve a decir en voz alta.

Pero la verdad es que no hace falta llegar tan lejos para cambiar las reglas del juego. Porque la guerra moderna ya no se reduce a lo visible. Hoy se pelea en frecuencias, en códigos, en espectros donde el ojo humano no entra. La guerra ya no necesita proyectiles: necesita software.

Y eso cambia todo. Porque en este nuevo terreno, los ejércitos pueden estar formados por operadores en una consola. Las armas, por algoritmos. Las bajas, por datos. Es un combate que no ruge ni tiembla, pero que puede derrumbar estructuras enteras.

Y en medio de ese silencio estratégico, queda una pregunta que retumba con fuerza:
¿Estamos listos para una guerra que no se ve venir?



Hablamos, sin rodeos, de la nueva dimensión del combate: la guerra electrónica. Lo que hasta hace poco parecía terreno exclusivo de novelas militares futuristas, hoy se ha convertido en una prioridad absoluta. Y no por moda, sino por urgencia. Porque el enemigo ha cambiado de forma: ahora vuela, zumba, se multiplica. Son los UAV, los drones de todos los tamaños, los que han obligado a repensarlo todo.

Por un tiempo breve, pareció que las contramedidas electrónicas de corto alcance funcionaban. Inhibidores, bloqueadores, ataques de interferencia... funcionaban, hasta que dejaron de hacerlo. Porque, como siempre, la guerra se adapta. Y cuando lo hace, escarba en el pasado.

Viejas ideas, como los misiles guiados por cable —tan toscos como letales— han vuelto, pero con nuevo nombre y forma: drones FPV con control por fibra óptica. El principio es el mismo: control directo, sin vulnerabilidades en el espectro. Y eso los hace casi inmunes a los sistemas actuales. Casi. Y en ese “casi” es donde se está librando la próxima batalla.

Hoy, las joyas de este nuevo frente no son tanques ni cazas: son pulsos electromagnéticos (EMP) y microondas de alta potencia (HPM), capaces de apagar, quemar o inutilizar todo lo que dependa de un chip. Pero el verdadero salto no está en la potencia, sino en la inteligencia. Aparecen los sistemas combinados de guerra electrónica (CEW): plataformas que integran sensores, IA y contraataques en un mismo nodo. No interfieren, anulan. No solo bloquean, piensan. Y lo hacen en tiempo real.

En los cuarteles generales del mundo, los ojos ya no están en el misil más grande, sino en el algoritmo más veloz. Porque allí se está decidiendo el futuro del poder militar. Y en este tablero, sorprendentemente, Estados Unidos no lidera.

Un reciente informe del Centro de Evaluaciones Estratégicas y Presupuestarias —a pocos metros de la Casa Blanca— lo admite sin eufemismos: Washington corre desde atrás. Estiman que tomará al menos una década igualar a competidores que ya han tomado la delantera. ¿El nombre que se repite una y otra vez? China.

Y no se trata de sospechas. En noviembre de 2024, un informe oficial de la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad entre Estados Unidos y China advirtió al Congreso: el Ejército Popular de Liberación ya ha desarrollado capacidades electrónicas capaces de detectar y neutralizar algunas de las armas estadounidenses más avanzadas. Ya no es una carrera pareja. Es una carrera que puede haberse perdido.

Y fuera de los grandes nombres, hay más actores en el juego. Grupos insurgentes, milicias, incluso organizaciones terroristas están experimentando con sus propias versiones de guerra electrónica. Con pocos recursos, sí. Pero en algunos casos, con resultados sorprendentes. El campo de batalla se descentraliza, se oculta, se digitaliza.

Porque hoy, más que nunca, la guerra no se libra donde caen las bombas, sino donde se silencian las señales. Y dominar el espectro electromagnético, en esta nueva era, es tan decisivo como lo fue dominar el aire en la Segunda Guerra Mundial.

El que controle las frecuencias, controlará el campo de batalla. Incluso sin poner un solo pie en él.




Durante años, el mundo ha vivido expectante ante una transformación largamente anunciada: la fusión entre el hombre y la máquina en el campo de batalla. No en forma de androides ni de soldados biónicos, sino a través de algo mucho más concreto —y, a la vez, más inquietante—: la incorporación de inteligencia artificial en la toma de decisiones tácticas y estratégicas.

Una guerra donde los datos fluyen en tiempo real, donde el análisis no espera al oficial de inteligencia, y donde la máquina deja de ser una herramienta pasiva para convertirse en un actor operativo. Ese es el horizonte que muchos anticiparon. Y Estados Unidos intentó llegar primero.

En 2017, el Pentágono lanzó el ambicioso Proyecto Maven, con una promesa clara: integrar algoritmos de aprendizaje automático en operaciones reales. Identificación de objetivos, priorización de amenazas, asistencia a la toma de decisiones… todo automatizado. Una revolución que debía transformar la guerra moderna.

Pero la revolución, por ahora, no ha llegado. Lo que hay son avances dispersos, desarrollos parciales, integraciones incompletas. El campo de batalla sigue dependiendo, en gran medida, de la intuición humana, de mandos que todavía se toman segundos —o minutos— para decidir. Y en la guerra moderna, eso ya es demasiado lento.

Sin embargo, algo está cambiando. La guerra electrónica —esa dimensión emergente donde se cruzan señales, frecuencias y algoritmos— ha devuelto urgencia al sueño de la fusión hombre-máquina. Y en ese contexto, aparece un nombre propio: Leonidas.

No es un experimento. Es un sistema real, funcional, desplegable. Montado sobre vehículos militares, Leonidas está diseñado para enfrentar una de las amenazas más disruptivas del presente: los enjambres de drones. ¿Su arma? Microondas de alta potencia. ¿Su efecto? Apagar en cuestión de segundos múltiples blancos aéreos sin disparar una sola bala. Un pulso, y todo lo que vuela cae.

No es fuerza bruta: es precisión energética. Y lo más inquietante, es que este tipo de sistemas ya están integrando IA. Para detectar, priorizar, activar… sin intervención humana directa.

Lo que antes era ciencia ficción hoy empieza a asentarse como doctrina. Y lo que hasta hace poco se consideraba futurismo, pronto será norma: decisiones tomadas en milisegundos, ataques invisibles, campos de batalla que ya no responden a lo que podemos ver o tocar.

Cuando la máquina deje de asistir al humano y comience a decidir por él, el rostro de la guerra cambiará para siempre. Y lo que hoy parece una ventaja tecnológica… mañana podría ser una dependencia irreversible.


Primero fue probado sin hacer demasiado ruido, en algún rincón del Medio Oriente. Pero su eco ya resuena en laboratorios militares de medio mundo. Leonidas, desarrollado por la firma estadounidense Epirus, no es simplemente un nuevo sistema de armas: es un cambio de paradigma. Un arma que no lanza misiles ni proyectiles, sino que emite pulsos de microondas de alta potencia capaces de desactivar, en seco, la electrónica de drones enemigos.

Lo más impresionante no es solo lo que hace, sino cómo lo hace. Una antena plana proyecta un haz de energía amplio, capaz de neutralizar enjambres enteros de drones a la vez. No uno, ni dos. Docenas. En un instante. Y lo puede repetir indefinidamente: sin recarga, sin munición, sin necesidad de rearmarse. Solo pulsa y apaga. Una y otra vez. Silencioso, limpio, eficaz.

¿A qué recuerda? Inmediatamente surge un paralelo: el sistema ruso Krasukha. Pero hay diferencias clave. Krasukha fue concebido para otra época, otra lógica. Su haz es más concentrado, pensado para interferir radares, confundir sistemas de guía, cegar misiles de crucero. Porque cuando fue diseñado, los enjambres de drones eran una idea de laboratorio, no una amenaza real. Lo importante era bloquear la visión de un misil antes de que alcanzara su objetivo.

Pero ahora los blancos se han multiplicado, se han miniaturizado y se han hecho autónomos. Y con ellos, también cambió el enfoque. El desarrollo de Leonidas responde directamente a ese nuevo paisaje: más drones, más amenazas dispersas, más velocidad, más urgencia.

¿Podríamos comparar directamente ambos sistemas? Potencia de salida, eficacia, tolerancia operativa… Sería revelador. Pero no podemos. Porque en este terreno, lo esencial no está publicado. Y lo clasificado, por definición, no se comparte.

Mientras tanto, la Fuerza Aérea de EE. UU. ya ha puesto en marcha la siguiente fase. Acaba de firmar un contrato de 6,4 millones de dólares con el Grupo de Guerra Electrónica Avanzada del Instituto de Investigación del Suroeste, en San Antonio. Su objetivo es claro: desarrollar algoritmos que analicen amenazas emergentes con la precisión de un operador humano, pero con una velocidad muy superior.

"Queremos sistemas que comprendan el entorno como lo haría un humano, pero que reaccionen más rápido y con más exactitud", explicó el director del proyecto, David Brown. El anuncio se hizo público en abril. Y aunque la iniciativa suena ambiciosa, la cautela técnica persiste.

Porque una cosa es tener una idea brillante. Otra muy distinta es convertirla en una plataforma robusta, funcional, lista para el despliegue real. Desde el prototipo hasta el campo de batalla pueden pasar años. A veces, una década. Y aunque Estados Unidos avanza, y no lo hace solo, el camino aún es largo. Las promesas de armas inteligentes aún deben traducirse en máquinas confiables, operativas en aire, tierra y mar.

La guerra del futuro ya está tomando forma. Aunque por ahora, esa forma aún es borrosa. Lo único claro es esto: el enemigo ya no tiene que verse. Y el ataque, no tiene por qué hacer ruido.




Superar a los nuevos protagonistas de la guerra electrónica no es simplemente una cuestión de voluntad ni de estrategia: es un desafío gigantesco que exige años de desarrollo, talento técnico, y miles de millones en inversión sostenida. Aun así, no hay garantías. Pero Estados Unidos ya no tiene margen para elegir. Está obligado a competir.

¿Y hacia dónde se orientan ahora los esfuerzos? La brújula apunta, como era previsible, hacia la inteligencia artificial. La prioridad es clara: crear algoritmos capaces de detectar, en tiempo real, señales que indiquen un ataque electrónico inminente. Puede ser un pulso electromagnético, una ráfaga de microondas de alta energía, una alteración sutil del espectro. Identificarlo antes de que impacte es la clave. Y automatizar esa detección es la única forma viable de sobrevivir en el campo de batalla digital.

Porque ahí fuera, cada décima de segundo importa. Si hoy un operador tarda cinco segundos en revisar una anomalía, la inteligencia artificial puede hacerlo en medio segundo. O menos. Y ese margen puede marcar la diferencia entre perder un dron de reconocimiento y salvarlo. Un dron que, en lugar de esperar instrucciones, detecta el riesgo, toma decisiones por sí mismo y sale del área de peligro. Cierra receptores, maniobra, se oculta. Y con él, se protege también todo el flujo de información que transporta.

La otra línea crítica de desarrollo está más cerca de lo físico: la compacidad. Porque el tamaño ahora es cuestión de vida o muerte. Lo ha demostrado el frente ucraniano: los grandes sistemas son blancos fáciles. La guerra electrónica del futuro será portátil, difícil de detectar, fácil de mover, incluso si eso implica reducir temporalmente su potencia. Un sistema pequeño puede operar más tiempo, sobrevivir más misiones… y, en la práctica, ser mucho más útil que uno grande que no dura más de un día bajo fuego enemigo.

Hasta no hace tanto, el gran depredador de estos sistemas era el avión. Por muy sofisticado que fuera un generador de interferencia, su alcance era menor que el de un misil de crucero. Para ser útil, tenía que acercarse al frente. Y ahí lo esperaban misiles con cabezales infrarrojos: detectaban el calor, fijaban el blanco, disparaban. Así de simple.

La respuesta fue el blindaje. Estaciones reforzadas, escapes redirigidos, disipación térmica. Sirvió, por un tiempo. Hasta que llegó la contra-reacción: los misiles antirradiación, diseñados para seguir la firma electromagnética hasta el origen. Armas eficaces, sin duda. Pero ahora, también enfrentan sus propios límites, especialmente con la proliferación de sistemas SAM de largo alcance que obligan a los aviones a mantenerse bien lejos del frente.

Y aquí es donde los números dicen más que cualquier discurso. Pensemos en el Kh-31, uno de los misiles antirradiación más avanzados del mercado. Velocidad, precisión, trayectoria inteligente. Todo está ahí. Pero si su objetivo apaga su señal antes del impacto, o si el sistema cambia de posición en cuestión de segundos, ¿sigue siendo letal? ¿O queda volando hacia el vacío?

La guerra electrónica de hoy ya no es una guerra de potencia bruta. Es una guerra de velocidad, de inteligencia, de adaptabilidad. Es móvil. Es volátil. Es cada vez más autónoma. Y quienes quieran sobrevivir en ese entorno, tendrán que dejar atrás la lógica del siglo XX.

Porque hoy, para dominar el espectro, ya no basta con emitir más fuerte.
Hay que pensar más rápido. Y cada vez, con menos intervención humana.



El misil Kh-31, uno de los proyectiles antirradiación más conocidos y temidos, tiene un alcance que varía —según la versión— entre 70 y 110 kilómetros. Su velocidad ronda los 1.000 metros por segundo, lo que significa que, desde el momento del lanzamiento hasta el impacto, transcurren entre 80 y 120 segundos.

Y aunque eso suene rápido, en términos militares es una eternidad.

¿Por qué? Porque en esos dos minutos, la tecnología moderna ya ha tenido tiempo suficiente para hacer su trabajo: rastrear el lanzamiento, calcular la trayectoria y predecir el objetivo final. Y con esa información en la mano, también hay margen para actuar. La medida más simple —y más efectiva— es apagar la estación emisora antes del impacto. Sin señal, el misil pierde referencia. Y aunque sufra daño colateral, el golpe ya no es quirúrgico.

Pero hoy, hay una amenaza que puede ser incluso más eficaz. Y sobre todo, mucho más barata: los drones.

La era de los misiles carísimos está siendo desafiada por pequeñas plataformas aéreas no tripuladas, de bajo costo, que pueden cumplir objetivos tácticos con eficiencia notable. Para ponerlo en perspectiva: un solo Kh-31 ronda el medio millón de dólares. Con ese presupuesto, se pueden comprar y equipar entre 30 y 40 drones. Cada uno con su propia carga útil, su propia misión, su propio blanco. No necesitan precisión quirúrgica: la fuerza está en el número, en la saturación, en el caos que generan.

Y el mundo ya ha visto cómo se usan. No hace falta imaginarlo. En Ucrania, esta clase de armas ha reescrito las reglas del combate. Los drones se han convertido en ojos, en proyectiles, en exploradores y hasta en cebos. Vuelan bajo, cambian ruta, se adaptan. Y lo más importante: cuestan lo justo como para perder decenas… y seguir ganando.

En ese contexto, misiles como el Kh-31 siguen teniendo su lugar. Pero ya no son la única opción. Ni la más versátil. Ni la más temida.

Porque hoy, la eficacia no siempre está en el impacto. Está en la capacidad de multiplicar amenazas. De estar en todas partes al mismo tiempo. De obligar al enemigo a mirar al cielo… y no saber cuántos vienen detrás.




Y a propósito: a pesar de su tamaño compacto y su portabilidad, un dron bien dirigido puede ser devastador. Basta con colocar cinco kilos de explosivos sobre el espejo de la antena emisora de un sistema de guerra electrónica. El resultado es simple: antena destruida, sistema inutilizado. Porque sin antenas, no hay guerra electrónica posible. Y lo mismo aplica a las estaciones de contrabatería: un solo impacto bien colocado, y quedan fuera del juego.

Sin embargo, los UAV no son invulnerables. Su talón de Aquiles sigue siendo la detección visual. A menos, claro, que estemos hablando de modelos como el Geranium, que opera sobre blancos con coordenadas fijas. Pero si el dron tiene que buscar su objetivo o moverse en tiempo real, ser visto sigue siendo el mayor riesgo. Eso ha devuelto al camuflaje un rol que parecía haber quedado atrás. Hoy, ocultarse vuelve a ser tan importante como disparar primero.

Lo interesante es que el camuflaje, en esta nueva etapa, ha evolucionado junto con la tecnología. Ya no hablamos solo de redes o pintura. Ahora, los sistemas enteros pueden disfrazarse. Se pueden ocultar misiles dentro de un contenedor marítimo estándar, como en el caso de los “Kalibr” rusos desplegados en una barcaza anónima en medio del lago Peipus. O el ejemplo británico: el sistema Defense Gravehawk, un lanzador de misiles integrado en un simple contenedor de carga, apto para ser transportado en un camión, un vagón de tren o un buque civil.

Es el regreso de lo inesperado. Un lanzador camuflado como carga industrial. Un dron escondido en una mochila. Un radar disfrazado de remolque agrícola. La línea entre lo civil y lo militar, entre lo visible y lo invisible, nunca fue tan delgada.

Y eso cambia las reglas del juego. Porque ahora, detectar una amenaza no es solo cuestión de mirar al cielo. Hay que mirar a todas partes.




La misma lógica se aplica a los sistemas de pulso electromagnético, o más específicamente, a los de alta frecuencia, como el proyecto estadounidense Leonidas. Este sistema, diseñado con una misión clara —neutralizar enjambres de drones—, no solo representa un avance tecnológico, sino también una nueva forma de pensar la defensa moderna.

Leonidas ha sido concebido con una ventaja clave: la compacidad. Lo suficientemente pequeño como para instalarse en un camión de reparto o esconderse dentro de un contenedor de carga estándar. En otras palabras, puede aparecer donde nadie lo espera. Y eso lo convierte en una contramedida particularmente interesante. De hecho, ya se lo empieza a comparar con el sistema ruso "Lever", que, a diferencia de muchos de su clase, no está limitado a plataformas aéreas como helicópteros, sino que puede desplegarse de manera más flexible.

¿Pero por qué tanto énfasis en los enjambres de drones? La respuesta es simple y, al mismo tiempo, alarmante. Lo que China está demostrando en materia de control coordinado de vehículos no tripulados es impresionante. No se trata solo de exhibiciones aéreas con drones dibujando dragones en el cielo —aunque incluso eso ya es técnicamente complejo—, sino del potencial militar real de esa misma tecnología.

Porque si se puede coordinar un espectáculo aéreo con cientos de drones en perfecta sincronía, también se puede aplicar ese mismo principio para lanzar ataques masivos por oleadas, desde distintas altitudes, en múltiples fases. Y en ese escenario, no está garantizado que los sistemas de defensa aérea actuales puedan resistir. Saturar sensores, confundir radares, colapsar capacidades de respuesta… ese es el verdadero poder del enjambre.

Por eso Leonidas no es un experimento más. Es una respuesta directa a una amenaza emergente, y al mismo tiempo, un indicio de hacia dónde se moverá la defensa en los próximos años: oculta, móvil, autónoma… y lista para apagar el cielo antes de que los drones lleguen a tocar tierra.




El pasado abril, Irán atacó a Israel con un total de 300 sistemas de lanzamiento diferentes, desde misiles balísticos hasta vehículos aéreos no tripulados. Israel contó con la asistencia de aeronaves y defensas aéreas navales de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Jordania y Arabia Saudita para repeler el ataque. En general, el ataque fue repelido con éxito, pero varias instalaciones militares resultaron alcanzadas.


El mundo entero contraatacaba. Israel podría haber triunfado solo; la pregunta es a qué precio.

Bien, pero ¿y si no hay 300 drones, sino 3000? Sí, claro, las ojivas de misiles balísticos son un asunto muy serio; pueden causar daños psicológicos. Pero un misil balístico, por ejemplo, destruye una subestación eléctrica en un distrito. Es desagradable, pero el daño se redistribuye entre otras subestaciones. ¿Y qué pueden hacer cien drones que dañen cincuenta subestaciones transformadoras en el mismo distrito? La pregunta es…

El «Epirus Leonidas» puede destruir un enjambre de drones con un pulso electromagnético que desactiva sus componentes electrónicos. De hecho, este es el siguiente paso en la lucha contra los vehículos aéreos no tripulados; la única pregunta es su implementación a tiempo.

Y hay un matiz más: primero la filtración de datos, y luego la de tecnología.

En Estados Unidos, existe el Departamento de Seguridad Nacional, una agencia responsable de la implementación de las políticas de inmigración, aduanas y fronteras, la ciberseguridad interna nacional, algunos aspectos de la seguridad nacional estadounidense, así como de la coordinación de la lucha contra el terrorismo, las emergencias y los desastres naturales en el territorio estadounidense.

Un informe de 2022 del Departamento de Seguridad Nacional de EE. UU. analizó los riesgos que representan los terroristas que utilizan "tecnologías disponibles comercialmente". Resaltó la posibilidad real de que los grupos insurgentes accedan a drones y señaló que tecnologías como los pulsos electromagnéticos podrían representar una amenaza creciente en manos de estos grupos.

Históricamente, las organizaciones insurgentes y terroristas han tenido que utilizar armas menos sofisticadas, recurriendo a dispositivos explosivos improvisados ​​(IED), armas pequeñas y tácticas de guerrilla. Sin embargo, la barrera de entrada para la guerra electrónica se está reduciendo. A diferencia de los tanques o los aviones de combate, que requieren una logística y un entrenamiento exhaustivos, un arma EMP oculta en un camión puede operarse con un entrenamiento mínimo.

Pues bien, Ucrania ha demostrado al mundo entero cómo es posible producir miles de drones en unas condiciones de “montaje de garaje”.


Un dron que lanza a un punto con coordenadas específicas no 5 kg de explosivos, sino una unidad de interferencia que se activa en el momento oportuno o emite un único pulso de energía que desactiva todos los dispositivos electrónicos de cierta naturaleza dentro de su radio de acción. Una bomba electrónica puede, en algunos casos, ser significativamente más efectiva que una bomba convencional.

Dado que estos ataques electrónicos no dejan rastros de explosivos, disparos ni señales tradicionales de un ataque, complican las respuestas. Sería difícil para las autoridades determinar si se trata de un ataque militar, un ciberataque o un simple fallo técnico.

A medida que la IA continúa mejorando la toma de decisiones autónoma en la guerra electrónica, estos sistemas serán cada vez más eficaces y difíciles de contrarrestar. En un futuro donde los grupos puedan desplegar inhibidores controlados por IA, armas electromagnéticas y sabotaje electrónico desde cualquier parte del mundo, como ocurre actualmente con el hackeo de, por ejemplo, instituciones bancarias, las estrategias de defensa deben evolucionar para detectar y neutralizar estas amenazas invisibles antes de que ocurran.

Ejércitos de todo el mundo ya están invirtiendo en contramedidas de guerra electrónica, incluyendo electrónica reforzada contra la radiación que puede soportar altos niveles de radiación, algoritmos de defensa basados ​​en IA y cifrado cuántico para mejorar la seguridad contra ataques EMP. Sin embargo, la historia demuestra que las medidas defensivas a menudo van a la zaga de la innovación ofensiva.

El futuro de la guerra podría ser tranquilo, al menos en parte. En lugar de explosiones, los campos de batalla del mañana podrían ver cortes de energía instantáneos, aeronaves en tierra y defensas inutilizadas, todo gracias a ataques electrónicos impulsados ​​por inteligencia artificial. Dado que ocultar armas ya es una estrategia militar probada, es solo cuestión de tiempo antes de que los pulsos electromagnéticos y los sistemas de armas electrónicas convencionales sigan la misma trayectoria: ocultos en contenedores, automóviles, calles de la ciudad, distribuidos por drones o cualquier otra cosa que se les ocurra a quienes los necesitan.

¿Qué ocurrirá cuando la guerra deje de ser como las guerras que conocemos? El mundo está a punto de descubrirlo, y la renovación está en pleno apogeo. Muchos sistemas de armas han alcanzado la cima, y ​​los que representaban el poder hace apenas diez años ahora son simplemente innecesarios debido a su ineficacia.

Y aquí la pregunta es: ¿quién liderará este proceso?


sábado, 30 de enero de 2021

La guerra electrónica en Malvinas

Malvinas-82. Guerra electrónica

Revista Militar







Exocet AM-39: la principal amenaza para los británicos flota en las Malvinas en 1982. Fuente: artstation.com



Atlántico sur conectado
Material "Malvinas-82. Suicidio argentino " despertó un interés considerable entre los lectores de "Military Review", por lo que un análisis más detallado historias El enfrentamiento feroz parece bastante lógico.

Las Fuerzas Armadas de Argentina para la Armada Británica eran una fuerza bastante seria, para una reunión con la que debían prepararse. El enemigo estaba armado con sistemas de misiles antiaéreos y misiles antibuque AM-39 Exoset bastante modernos de fabricación francesa. Los helicópteros británicos Boeing CH-47 Chinook, Sikorsky S-61 Sea King, Sud-Aviation Gazelle, Westland Wessex, Scout y Lynx estaban equipados con reflectores de radio dipolo, emisores de infrarrojos y bloqueadores desechables antes de la batalla.



Sikorsky S-61 Sea King. Uno de los seis modelos de helicópteros utilizados por los británicos en la guerra con Argentina. Fuente: war-book.ru

De prisa, el impacto y el reconocimiento aviación grupo, que incluía Phantom FGR.2, Sea Harrier, Harrier GR.3 y reconocimiento aéreo Nimrod MR.1 / 2. Los bombarderos Vulcan B2 fueron equipados con los bloqueadores de radio estadounidenses AN / ALQ-101, que fueron retirados del avión de ataque Blackburn Buccaneer.

Los británicos se tomaron en serio el camuflaje de radio en el área de la operación. Las comunicaciones aéreas se redujeron al mínimo y los modos de radiación de los radares, los sistemas de guía y supresión fueron estrictamente regulados. Es de destacar que una de las razones de tal silencio fue la presencia invisible de terceras fuerzas.

Según varios autores, en particular Mario de Archangelis en el libro "Guerra electrónica: de Tsushima al Líbano y la guerra de las Malvinas", la Unión Soviética supervisó activamente la situación durante el conflicto. El avión de reconocimiento marítimo Tu-95RT se enviaba regularmente al Atlántico sur, y los británicos iban acompañados de inofensivos arrastreros de pesca a lo largo de la ruta de los escuadrones de la Royal Navy. Estos últimos eran barcos espías soviéticos disfrazados.

El aeródromo de salto para aviones de reconocimiento naval estaba ubicado en Angola (en ese momento controlado por los cubanos). Un grupo de satélites de reconocimiento soviéticos del tipo "Cosmos" trabajaba continuamente sobre el Atlántico Sur. Interceptaron la radiación de los radares británicos, cifraron mensajes de radio y tomaron fotografías de las Islas Malvinas.

Incluso, se asume que el Estado Mayor del Ministerio de Defensa de la Unión Soviética, recibiendo datos sobre el desarrollo de los hechos en el otro hemisferio casi en vivo, compartió esta información con Buenos Aires. Además, la URSS, especialmente para el conflicto de las Malvinas, lanzó muchos satélites en órbita en el transcurso de varios años, cuyo intervalo de vuelo sobre la zona de conflicto fue de menos de 20 minutos.

El sistema soviético de reconocimiento espacial naval y la designación de objetivos "Legend", que consiste principalmente en naves espaciales de la serie "Kosmos", incluso permitió predecir el momento del aterrizaje del aterrizaje británico en las islas ocupadas por Argentina.


Argentina todavía considera a las Malvinas como propias e incluso las llama archipiélago de las Malvinas. Fuente: en.wikipedia.org


El interés de Moscú por la guerra en el otro lado del mundo no fue accidental.

Una escaramuza local que involucraba a un gran grupo de barcos de un enemigo potencial no podía pasar por el liderazgo soviético. Además, los británicos no iban a luchar en absoluto con la república bananera, sino con el ejército más fuerte de América del Sur.

Los británicos fueron informados sobre la estrecha observación del grupo espacial soviético por parte de sus socios estadounidenses. Estados Unidos en el Atlántico Sur operó los satélites KH-9 Hexagon y KH-11 con el último sistema de transmisión de datos digitales. En particular, durante el paso del satélite soviético sobre el escuadrón británico, los británicos intentaron minimizar el trabajo en el alcance de la radio.

Trucos de magia británicos

Las fuerzas argentinas descuidaron descaradamente la guerra electrónica y las técnicas de camuflaje. En gran parte debido no al equipo técnico más avanzado, sino principalmente a su propio descuido. En particular, el trágicamente perdido crucero General Belgrano no limitó de ninguna manera el funcionamiento de sus sistemas de radar y radiocomunicación, lo que simplificó enormemente su propia detección y seguimiento.

Los británicos fueron mucho más cuidadosos y sofisticados.

Los analistas militares modernos identifican tres técnicas tácticas principales para llevar a cabo la guerra electrónica por parte de las fuerzas británicas.



Sheffield está condenado. Fuente: warspot.ru

En primer lugar, las naves crearon una interferencia pasiva de enmascaramiento para las cabezas de los misiles AM-39 Exoset. Tan pronto como los localizadores detectaron la proximidad de misiles antibuque, los lanzadores a bordo dispararon misiles no guiados llenos de reflectores de radio.

Por lo general, a una distancia de 1 a 2 kilómetros de la embarcación atacada, se formaron hasta cuatro blancos falsos a partir de reflectores, cuya vida útil no excedió los 6 minutos. Lo principal es que no hay tormenta en este momento.

Se utilizaron diversos materiales para la fabricación de reflectores: tiras de papel de aluminio, hilos de fibra de vidrio en aluminio, así como hilos de nailon recubiertos de plata. Los británicos tenían tanto miedo de los ataques con misiles dirigidos que incluso se acostumbraron a lanzar reflectores con gases de escape a través de las tuberías del barco por si acaso.

El pánico en la Royal Navy se produjo después de que los argentinos dañaron fatalmente un destructor Sheffield Tipo 4 con un desplazamiento de 1982 toneladas el 42 de mayo de 4100 con un misil antibuque francés. Plessey Aerospace, un fabricante de reflectores de radio Doppler, se vio obligado a cumplir las órdenes de defensa durante todo el día.



Salva al Hermes

La trampa electrónica pasiva británica funcionó eficazmente por primera vez en medio del conflicto el 25 de mayo, cuando el buque insignia del portaaviones antisubmarino del grupo de trabajo, el Centauro Hermes R-12, fue atacado. Fue abordado por Super Etendards argentinos (producción francesa) del 2º Escuadrón de Cazas-Asalto y disparó tres AM-45 Exosets desde una distancia de 39 km.

El destructor Exeter D-89 fue el primero en detectar la activación a corto plazo de los radares a bordo de aviones enemigos. Dieron la alarma: no pasaron más de 6 minutos antes de que los misiles impactaran.

Hermes y otro portaaviones, Invincible, levantaron urgentemente varios helicópteros Lynx para bloquear los cabezales de los misiles. Las naves también formaron varias nubes grandes con reflectores dipolos a su alrededor.

Como resultado, un cohete picoteó el cebo, se desvió del objetivo y fue destruido por el cañón antiaéreo Sea Wolf de uno de los barcos. Las historias sobre el destino de los cohetes restantes difieren.

Según una versión, ambos fueron redirigidos al Atlantic Conveyor, que había sido requisado al portacontenedores civil, convertido en transporte aéreo.



Quemándose el Atlantic Conveyor. Fuente: thinkdefence.co.uk

La nave no tenía ninguna posibilidad en esta fugaz guerra electrónica: tan pronto como Exoset perdió de vista los objetivos principales, se encontraron con los más grandes.

Un enorme buque portacontenedores con helicópteros Chinook, Wessex y Lynx intentó situarse a popa en la dirección del ataque, pero no tuvo tiempo y recibió dos misiles a la vez.

La explosión y el incendio posterior mataron a 12 miembros de la tripulación, incluido el comandante del barco. 130 personas lograron evacuar del vehículo en llamas, así como un Chinook y Wessex.

El Atlantic Conveyor se quemó y explotó durante dos días más antes de hundirse hasta el fondo con una gran cantidad de MTO y diez helicópteros a bordo.

Según otra versión, el transporte aéreo recibió solo un misil antibuque, y el último de los tres se desvió tanto que cayó al mar tras quedarse sin combustible. Amarga experiencia para los británicos al enfrentarse a la brazos demostró que incluso un misil desviado del curso sigue siendo un peligro muy grave.

Trucos contra el Exocet

En la parte final del conflicto, los británicos mejoraron cada vez más los métodos para hacer frente a la principal amenaza para ellos mismos: el Exoset anti-barco.

Aún no hay datos exactos sobre la cantidad de misiles utilizados por los argentinos, pero apenas hubo más de 10-15 lanzamientos. De hecho, los británicos tuvieron suerte: el enemigo tenía un poco de esta costosa arma, así como los medios de lanzamiento. Los aviones Super Etendard pudieron realizar solo seis lanzamientos de misiles, de los cuales solo tres o cuatro alcanzaron los objetivos.

La segunda contramedida de misiles fue la interrupción del seguimiento automático del objetivo con el cabezal de referencia Exoset después de que el objeto fue capturado. La nave atacada durante 2-4 minutos creó una nube de reflectores dipolos a una distancia de 2 km directamente a lo largo de la trayectoria de vuelo del misil. Como resultado, la nube, junto con la nave, estaba dentro de la luz estroboscópica de la cabeza direccional, el misil apuntaba al obstáculo y la nave salió de él con una maniobra antimisiles.

El destructor Glamorgan D-19, que fue alcanzado por cuatro misiles Exoset el 12 de junio de 1982, fue relativamente exitoso de esta manera. Fue en la zona costera de Port Stanley, el destructor disparó contra los argentinos atrincherados en el puerto y en respuesta se dispararon misiles desde instalaciones terrestres. Tres misiles fueron engañados por la maniobra indicada, y el cuarto atravesó el lado izquierdo de la embarcación, rebotó en el hangar, destruyó el helicóptero Wessex y provocó un incendio masivo. Para una gran suerte en inglés, Exoset no explotó. Sin embargo, 13 miembros de la tripulación del destructor murieron.


Consecuencias del impacto del misil Exocet en el destructor Glamorgan D-19. Fuente: reddit.com

Y, finalmente, el tercer medio de guerra electrónica contra los misiles antibuque fue el uso conjunto de interferencias pasivas y activas a lo largo de la trayectoria de vuelo.

Simultáneamente con la exposición de los reflectores dipolo, la nave activó la interferencia de radio activa en el modo de retirada Exoset a las nubes reflectoras.

Sin embargo, ese apoyo solo fue posible en caso de un solo ataque con misiles.

Cuán efectiva fue esta técnica, la historia está en silencio.