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viernes, 2 de octubre de 2026

ARA San Juan: ¿Accidente o fue hundido?

¿El ARA San Juan naufrago o fue hundido?

Uno estaba colgado del fondo del Atlántico cerca de la Isla Ascensión, una montaña volcánica británica a medio camino entre África y Sudamérica. El otro, en las Islas Crozet, en el Índico subantártico francés, frente a la Antártida. Ambos forman parte de una red secreta hasta hace pocos años: once estaciones distribuidas por los océanos del mundo, diseñadas para detectar la firma acústica de un ensayo nuclear submarino.

Esa mañana, los hidrófonos no captaron una bomba. Captaron un evento corto, violento y singular, originado a unas mil millas náuticas de la costa patagónica. Tres horas y media antes, en el mismo lugar, un submarino argentino con cuarenta y cuatro tripulantes a bordo había enviado su último mensaje.

Casi nueve años después, con el juicio oral en marcha en Río Gallegos, ese ruido sigue siendo la pieza más importante — y la peor entendida — del expediente. Este artículo se propone explicarla.

La pregunta sin responder

La causa por el hundimiento del ARA San Juan llegó a juicio con un agujero conspicuo: nunca se realizó una pericia técnica integral sobre los restos del submarino. Sobre esa ausencia se construyeron, durante años, dos relatos paralelos.

El relato oficial, sostenido por la Armada y refinado por la Comisión Bicameral del Congreso en 2019, describe una concatenación de fallas: ingreso de agua de mar al tanque de baterías Nº 3, cortocircuito, principio de incendio, operación con la mitad de la energía disponible en mar adverso, pérdida de control de plano e implosión al sobrepasar la profundidad de colapso del casco. “Normalmente estas cosas ocurren de manera multicausal”, declaró en marzo el contralmirante retirado Eduardo Pérez Bacchi durante el juicio. “No es una causa, sino una concatenación de causas”.

El relato alternativo, alimentado desde fines de 2017 por el peritaje del ingeniero Ariel Garbarz y por algunos analistas vinculados a la Red Federal de Investigación, sostiene que el submarino fue hundido por un ataque externo — uno o dos torpedos disparados por un submarino nuclear británico que habría estado vigilando la zona de exclusión alrededor de las Malvinas.

La diferencia entre ambos relatos importa, y mucho. Importa para los familiares de las víctimas, para la justicia que debe dictar sentencia, y para entender qué clase de país somos: uno donde un submarino se hunde por desidia institucional, o uno donde una potencia extranjera asesinó a cuarenta y cuatro marinos en aguas propias y nadie respondió.

La red que escucha los océanos

El ruido del 15 de noviembre llegó a la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares — la CTBTO, con sede en Viena — apenas unas horas después del evento. La organización monitorea el planeta con cuatro tecnologías complementarias: sismógrafos para detectar explosiones bajo tierra, sensores de infrasonido para detonaciones atmosféricas, radionucleidos para residuos nucleares en el aire, e hidroacústica para todo lo que pasa bajo el agua.

La parte hidroacústica es la más eficiente de las cuatro. Un sonido de baja frecuencia generado en el océano se propaga por una capa especial llamada canal SOFAR — situada a unos mil metros de profundidad — con tan poca atenuación que puede recorrer miles de kilómetros casi sin debilitarse. Por eso a la CTBTO le bastan once estaciones para vigilar los océanos del mundo.

Cada estación es en realidad un conjunto de tres hidrófonos suspendidos en el canal SOFAR, separados por unos dos kilómetros entre sí. Esa geometría — un “triplet” — permite no solo registrar el sonido, sino estimar la dirección desde la cual proviene mediante interferometría. Dos triplets distantes que captan el mismo evento alcanzan para localizarlo por triangulación.

El 15 de noviembre de 2017 dos triplets registraron el evento del Atlántico Sur: uno en Ascensión, llamado HA10, a unos seis mil kilómetros del epicentro; otro en Crozet, llamado HA04, a unos ocho mil kilómetros. La señal viajó durante una hora antes de llegar a Ascensión y casi dos horas hasta Crozet. Cuando los datos terminaron de procesarse en Viena, la organización pudo informar a la Armada Argentina la posición estimada del evento — una elipse de incertidumbre de unos trece mil kilómetros cuadrados con su centro muy cerca de la última posición conocida del submarino.

El experimento que casi nadie recuerda

Dos semanas después del siniestro, el 1 de diciembre de 2017, mientras los familiares de los tripulantes acampaban en Mar del Plata exigiendo respuestas, sucedió algo que la cobertura periodística pasó por alto: la Armada Argentina coordinó con la CTBTO un experimento técnico decisivo.

Una aeronave dejó caer una carga de profundidad — un explosivo submarino estándar, con peso, energía y profundidad de detonación conocidos al detalle — en una posición cercana al lugar del evento original. Los mismos hidrófonos de Ascensión y Crozet, sintonizados a las mismas frecuencias, registraron la explosión controlada.

Visto desde la perspectiva de un investigador forense, esto cambia todo. Una grabación aislada es difícil de interpretar: los algoritmos que procesan señales submarinas tienen incertidumbres considerables sobre la naturaleza, la profundidad y la energía de una fuente desconocida. Pero cuando se tiene una grabación de referencia — una fuente conocida en condiciones similares — el problema se simplifica radicalmente. Ya no hay que caracterizar el evento del 15 de noviembre desde cero. Hay que compararlo con el del 1 de diciembre.

Cuatro hallazgos, una conclusión

En 2021, dos equipos de investigadores publicaron en la revista científica Pure and Applied Geophysics los resultados del análisis comparativo. El primero, liderado por Julien Vergoz desde la sede técnica de la CTBTO en París, aplicó un algoritmo llamado PMCC — Progressive Multi-Channel Correlation, una herramienta estándar para discriminar fuentes acústicas múltiples — sobre los datos crudos de los hidrófonos. El segundo, encabezado por Peter Nielsen, comparó las señales del 15 de noviembre y del 1 de diciembre punto por punto.

Cuatro hallazgos se desprenden de esa comparación. Cada uno es interesante por separado. Juntos, son demoledores.

Primero: la naturaleza del evento

Las dos señales — la del submarino y la de la carga de calibración — tienen formas y duraciones similares. Ambas son lo que en jerga técnica se llama un evento impulsivo: una liberación de energía rápida y concentrada en pocos segundos, no un proceso prolongado como una erupción volcánica submarina o un colapso lento de talud continental. El San Juan no se desinfló: estalló o implosionó.

Segundo: la energía

La señal del 15 de noviembre fue más intensa que la de la carga de calibración — hasta ocho decibelios más fuerte en frecuencias bajas, lo que en términos de amplitud equivale a un evento dos veces y media más potente. El submarino liberó significativamente más energía acústica que la carga de profundidad estándar usada como referencia.

Tercero: la profundidad

Toda explosión o implosión submarina genera una burbuja de gas que oscila brevemente antes de colapsar. La frecuencia de esa oscilación — el llamado bubble pulse — depende de la presión hidrostática en el punto donde se produce el evento. A más profundidad, más presión, y más alta la frecuencia.

El bubble pulse del evento del 15 de noviembre fue de aproximadamente 4,4 hertzios. Aplicando una ecuación clásica de hidroacústica — la ecuación de Rayleigh-Willis — esa frecuencia se traduce en una profundidad estimada de unos 388 metros. La presión del agua a esa profundidad es de unos 39 bar, casi cuarenta veces la atmosférica.

Esa cifra coincide casi exactamente con la profundidad de colapso esperable del casco resistente de un submarino TR-1700 ya con limitaciones operativas. Y, crucialmente, no coincide con la profundidad típica de detonación de un torpedo moderno, que opera contra blancos a profundidades operativas mucho más comunes.

Cuarto: lo que pasó después

El hallazgo más revelador no fue el evento principal sino lo que vino detrás. En los quince minutos posteriores al estallido, los hidrófonos registraron trece arribos secundarios — trece eventos acústicos distintos, espaciados a lo largo del cuarto de hora siguiente.

Ningún arma antisubmarina conocida produce esa secuencia. Un torpedo pesado — el Spearfish británico, el Mk-48 estadounidense — detona una vez. Si la doctrina exige un disparo doble, los dos torpedos se separan por entre diez y treinta segundos, no por noventa, y no van seguidos por once eventos adicionales repartidos en quince minutos.

Lo que sí produce esa secuencia es un proceso que ya conocemos por simulaciones supercomputacionales: una implosión de casco resistente seguida por la fragmentación progresiva del submarino mientras desciende, y por el impacto sucesivo de los restos contra el fondo marino. Los grandes pedazos del SUSJ encontrados por Ocean Infinity en noviembre de 2018 estaban dispersos sobre ocho mil metros cuadrados de lecho oceánico a 907 metros de profundidad. La distribución de ese campo de escombros, leída en clave acústica, es exactamente la firma de los trece arribos secundarios.

¿Y el peritaje que decía lo contrario?

Durante años, la hipótesis del ataque externo se sostuvo en el peritaje del ingeniero Ariel Garbarz, director del Laboratorio de Seguridad de las Comunicaciones de la UTN. En diciembre de 2017 Garbarz informó al ministro de Defensa Oscar Aguad que la explosión había sido “externa al casco” del submarino. En agosto de 2018 ratificó esa conclusión ante la Comisión Bicameral del Congreso.

Garbarz nunca fue convocado por la justicia. Esa exclusión alimentó, comprensiblemente, sospechas de encubrimiento. Pero la pregunta técnica es otra: ¿se sostiene su análisis frente a la evidencia disponible hoy?

Tres elementos sugieren que no. Primero, Garbarz trabajó con los espectrogramas que la CTBTO publicó en su sitio web — gráficos de baja resolución temporal y espectral — y no con los datos crudos de los hidrófonos, que la organización entrega a los Estados firmantes que los pidan. La diferencia entre uno y otro material es comparable a la diferencia entre una fotografía publicada en un diario y el archivo RAW original. Segundo, no aplicó procesamiento PMCC ni análisis multi-triplet, que son las herramientas estándar para discriminar entre fuentes acústicas reales múltiples y trayectorias de propagación múltiples de una sola fuente. Y tercero, ante la propia Comisión Bicameral no pudo responder preguntas básicas de método sobre su triangulación, según consta en la documentación parlamentaria.

Esto no descalifica a Garbarz como profesional ni invalida su intuición inicial. Pero su peritaje de 2017–2018 hoy no puede sostenerse frente al cuerpo de literatura técnica posterior. Cualquier análisis serio del evento debe partir de Vergoz et al. y Nielsen et al., no del peritaje original.

Lo que un submarino bajo amenaza no hace

Hay una segunda línea de evidencia que el debate público pasó por alto: el comportamiento del propio submarino en sus últimas horas.

En la guerra antisubmarina hay reglas básicas que un comandante experimentado conoce de memoria. Un submarino que detecta amenaza hostil — un sonar enemigo activo, un ruido de hélice próximo, un transitorio mecánico de origen no propio — pasa inmediatamente a una condición conocida como EMCON estricto. Apaga emisores radioeléctricos, reduce velocidad para minimizar ruido propio, cambia profundidad y rumbo de manera errática para complicar la solución de tiro del adversario, y se mantiene en silencio acústico tanto como sea posible. La regla doctrinal es simple: bajo amenaza, hay que ser invisible e inaudible.

Lo que sabemos del ARA San Juan en sus últimas horas es exactamente lo opuesto. El comandante reportó la avería por teléfono satelital IRIDIUM. Salió a superficie para ventilar — la peor posición posible si hay un submarino enemigo cerca. Aceptó la orden de regresar a Mar del Plata navegando por superficie. Se comunicó hasta el último mensaje a las 07:19 del 15 de noviembre, y tenía planeado seguir comunicándose.

Estas no son conductas de un buque que se sabe amenazado. Son las conductas de un buque que está lidiando con una avería técnica seria pero no con un enemigo. El propio comportamiento del submarino, antes incluso del análisis hidroacústico, es difícil de reconciliar con cualquier hipótesis de ataque.

La pericia faltante: por qué la ventana ya se cerró

Llegado este punto, alguien podría preguntarse por qué — si la evidencia es tan clara — la justicia no resuelve la cuestión simplemente peritando los restos. La respuesta involucra una mezcla incómoda de límites técnicos y omisiones políticas.

Los restos del ARA San Juan yacen a 907 metros de profundidad, dispersos en un campo de unos ocho mil metros cuadrados sobre el lecho del Atlántico Sur. Una pericia forense seria — cartografía tridimensional del campo de escombros, análisis direccional de las deformaciones del casco, muestreo químico in situ para detectar residuos de explosivos militares como el RDX, el HMX o el PBX — exige medios que la Armada Argentina no tiene y que casi ninguna marina del mundo posee.

El paralelo con el ARA General Belgrano es ilustrativo. El Belgrano yace en el Banco Burdwood a unos cuatro mil metros de profundidad. Nadie en Argentina reclama hoy peritar sus restos para confirmar técnicamente lo que ya sabemos: que fue hundido por torpedos del HMS Conqueror el 2 de mayo de 1982. La ausencia de pericia no obedece a desinterés ni encubrimiento, sino a que la operación es inviable.

Pero hay un segundo elemento, técnicamente más importante. Aún si la operación fuera viable hoy, los residuos químicos de un eventual explosivo militar probablemente ya serían indetectables. Los compuestos como el RDX y el PBX se degradan en agua de mar fría a alta presión por hidrólisis, biodegradación bacteriana y disolución progresiva. La literatura sobre detección forense de explosivos en ambientes marinos sugiere que la ventana útil para muestreo concluyente se sitúa típicamente entre los doce y los veinticuatro meses posteriores al evento.

El submarino fue hallado en noviembre de 2018, exactamente un año después del hundimiento. El pedido conjunto de pericia integral — un caso poco habitual en derecho penal, firmado en un mismo escrito por la querella encabezada por Luis Tagliapietra y por las defensas de dos imputados — se presentó en junio de 2020. La causa estuvo trabada por razones políticas y administrativas exactamente durante el período en que la pericia química probatoria todavía podía haber producido resultados.

Esta distinción importa, y mucho. Mueve la responsabilidad desde lo técnico-presente hacia lo político-pasado, que es donde corresponde. Y aclara una cosa fundamental: la conclusión técnica del análisis hidroacústico no depende de esa pericia. La firma calibrada del IMS — la naturaleza impulsiva confirmada, la frecuencia del bubble pulse, la profundidad estimada de implosión, los trece arribos secundarios — es por sí sola suficientemente robusta. La pericia hubiera sido el sello probatorio definitivo. Su ausencia no convierte el caso en irresoluble.

El balance, en una tabla

Si se aplica el filtro doctrinal que cualquier oficial de guerra antisubmarina conoce — los cuatro elementos que un escenario ASW real deja inevitablemente: plataforma atacante detectable, trazado bilateral, firma de arma, restos forenses — el balance es el siguiente:

La columna del medio — “Ataque externo” — registra apoyo solo en una fila, y lo hace con calificación débil. La columna de la izquierda registra apoyo fuerte en seis. Es un veredicto, en términos forenses, bastante claro.

Lo que queda

Cualquier análisis honesto de un caso así debe terminar reconociendo lo que no se sabe y lo que no se puede saber. No se sabe con certeza absoluta cuál fue la cadena exacta de eventos entre las 07:19 y las 10:51 del 15 de noviembre de 2017 — el perito naval Gerardo Bellino, en informe incorporado a la causa, formuló cinco escenarios posibles y consideró “altamente probable” una combinación de ellos. No se sabe qué información de inteligencia británica o estadounidense permanece clasificada. No se sabe si una pericia hecha en 2018 hubiera arrojado evidencia material concluyente.

Pero hay cosas que sí se saben, y este artículo las ha descripto. La señal hidroacústica registrada por la CTBTO el 15 de noviembre de 2017, comparada con la señal calibrada del 1 de diciembre, leída con las herramientas técnicas correctas y publicada en literatura científica revisada por pares, es consistente con una implosión hidrostática del casco resistente del ARA San Juan a unos 388 metros de profundidad, seguida por la fragmentación progresiva de la nave durante su descenso final. No es consistente con un ataque por torpedos.

El ARA San Juan se hundió porque una serie de fallas técnicas, mantenimiento postergado por años y un mar adverso convergieron en una mañana de noviembre, y porque la tripulación — pese a su esfuerzo — no pudo contener la cadena de eventos que se desató esa madrugada. No fue un acto de guerra. Fue un acto de desidia institucional acumulada durante décadas, que costó cuarenta y cuatro vidas.

Esa es la conclusión técnica. La conclusión política — qué hizo o dejó de hacer cada cadena de mando antes, durante y después del siniestro — es lo que el Tribunal Oral Federal de Santa Cruz tiene que dictaminar en los próximos meses. La evidencia hidroacústica, al menos, ya habló.

Fuentes

Este análisis se basa exclusivamente en fuentes abiertas. Las principales son:

Literatura técnica peer-reviewed: Vergoz, J., Cansi, Y., Cano, Y., y Gaillard, P. (2021). Analysis of Hydroacoustic Signals Associated to the Loss of the Argentinian ARA San Juan Submarine. Pure and Applied Geophysics, 178. Nielsen, P. L. y otros (2021). CTBTO’s Data and Analysis Pertaining to the Search for the Missing Argentine Submarine ARA San Juan. Pure and Applied Geophysics, 178. Wei, X. y otros (2020). Implosion of the Argentinian submarine ARA San Juan S-42 undersea: Modeling and simulation. Communications in Nonlinear Science and Numerical Simulation.

Documentación oficial: Comunicados públicos y reportes técnicos de la CTBTO sobre el evento del 15 de noviembre de 2017. Informe final de la Comisión Bicameral del Congreso de la Nación Argentina (2019). Informe pericial del Capitán de Navío (Ing.) Gerardo Bellino. Peritaje del Ing. Ariel Garbarz (UTN, 2017–2018) y su declaración ante la Comisión Bicameral.

Cobertura del juicio oral: Tribunal Oral Federal de Santa Cruz, Río Gallegos (2026), incluyendo la declaración del contralmirante (R) Eduardo Pérez Bacchi en marzo de 2026.

Documentación periodística: Infobae, La Nación, Página/12, Perycia, MisionesOnline, Zona Militar y la entrada “Hundimiento del ARA San Juan (S-42)” de Wikipedia en sus versiones contrastadas.


lunes, 23 de febrero de 2026

US Navy: El salvamento desastroso del H-3 y el Milwuakee

Un salvamento memorable

Por Luis Jar Torres

Publicado en la Revista General de Marina, en el número de Noviembre de 2000 y en http://www.grijalvo.com/index.htm y publicado aqui por permiso del autor. Revista General de Marina 


Hace ya muchos años una historieta estuvo a punto de matarme de risa. Trataba de una anécdota real ocurrida durante una solemne procesión religiosa en la que sus no menos solemnes participantes marchaban en fila india, un tanto rígidos y saturando la atmósfera con sus cánticos. Entre nota y nota, una encopetada señora se las arregló para introducir el altísimo tacón de aguja de uno de sus zapatos hasta el fondo de una rejilla y, tras intentar en vano extraerlo discretamente con el pie, optó por no perder paso, nota ni compostura y continuar la procesión semidescalza. Pero el caballero que la seguía se había hecho cargo de la situación en décimas de segundo: en un habilísimo quiebro asió el zapato, lo recuperó de un fuerte tirón y siguió marchando sin dejar de cantar ni hacer apenas extraños con el paso aunque, eso sí, con la postura un tanto forzada a causa de la aparatosa rejilla adherida al zapato que ahora atenazaba firmemente en su mano. Y así, con toda solemnidad, siguiendo el paso mientras cantaba y con la mirada al frente, la señora que seguía al gentil caballero se fue por el agujero.

El año pasado, leyendo una monografía sobre accidentes marítimos en la armada norteamericana, volví a reír con ganas ante uno en concreto cuya “divertida” concatenación de errores me trajo a la memoria la historia anterior. Soy consciente de que, en su momento, tal accidente no debió resultar especialmente divertido a sus protagonistas, pero hablamos de un suceso ocurrido hace casi un siglo cuyas únicas víctimas fueron los egos de los afectados. A fin de cuentas la risa, aunque objetivamente beneficiosa, va asociada de modo casi infalible a la exposición de un congénere a una situación ridícula si no a algo peor, no hay más que oír cualquier chiste. O sin ir más lejos, repasar la historia anterior. Muy gracioso el caballero públicamente abochornado y desfilando rejilla en mano, para mondarse de risa la pobre señora partiéndose la crisma. Confío por tanto en que nadie que haya reído con chistes en los que el protagonista cae por un precipicio o es perseguido por un león me acuse de crueldad por encontrar elementos cómicos en una historia en la que no hubo descalabros corporales. Como se verá en la bibliografía, este artículo, aunque contrastado y enriquecido con otras fuentes, se basa esencialmente en un relato de Kit y Carolyn Bonner subtitulado “A $7 Million Comedy of Errors”. En su honor estructuraré la “comedia” en actos y... ¡que se alce el telón!

Primer acto: Perder un submarino

Supongo que, quien más quien menos, sitúa San Francisco de California en el mapa. Si salimos del Golden Gate y navegamos unos 360 km a vuelo de pájaro hacia el NNE llegaremos a la ciudad de Eureka, cerca ya del límite de California con Oregón. Es un importante centro maderero situado en el interior de Humboldt Bay, una bahía donde, por desgracia, los buques no pueden acceder a vuelo de pájaro como nosotros, sino apuntando correctamente a su más o menos estrecha entrada. Y en verdad que es una desgracia, pues los navegantes locales padecen bancos de arena que navegan por su cuenta, traicioneras corrientes, nieblas de aúpa, rompientes de notable fama y renombre y, finalmente, el mal carácter e imprevisibilidad de las aguas locales. Todo esto, y las arruinadas carreras de 27 colegas que por aquellas fechas ya habían perdido su buque en la zona, debía ocupar los pensamientos del agobiado Comandante del submarino USS H-3 cuando, a primera hora de la mañana del sábado 16 de diciembre de 1916, intentaba “apuntar correctamente” hacia la entrada de Humboldt Bay recalando entre una densa niebla y la humareda producida por la industria maderera local.

Tras considerable desgaste de pestañas uno de los serviolas anunció, para alivio del Comandante, que veía “humo por la proa” (algo que en 1916 solía significar “vapor a proa”). La presencia de compañía parecía indicar que iban por buen camino, fue una pena que el humo anunciado por el serviola procediera de la chimenea del aserradero Hammond que, como atinadamente señalan en su relato Kit y Carolyn Bonner, estaba situado en tierra. Pero todavía fue más penoso que, con niebla y el sol de cara, las dunas que tenían ante sus narices se confundieran con la mar y que el ruido de los diesel camuflara el de las rompientes. Un minuto más tarde el submarino, al igual que la chimenea de la serrería, también estaba en tierra, sólidamente clavado en la playa y “sumergido” en un turbador vapuleo de rompientes. Mientras bajaba presto por la escotilla de la vela huyendo de las “aguadillas” y en compañía de la guardia de puente, su desdichado Comandante ya debía tener dos cosas claras, que había “recalado” en Samoa Beach (un pelín al N) y que se había convertido en el "colega nº 28”.

El submarino H-3 poco después de varar en la playa (Foto Treasure Island Museum/San Francisco Call Bulletin)


Aunque se trató de enviar una petición de auxilio por radio, al poco falló la energía eléctrica y el auxilio acabó llegando por una vía más acorde con el espíritu de esta historia: tres niños que iban a la escuela vieron el submarino en la playa y, alucinados, se lo contaron a su maestro, quien les indicó que avisaran desde el teléfono del aserradero a la estación de salvamento del Coast Guard en Humboldt Bay. Inicialmente, el personal del Coast Guard consideró muy peligroso un salvamento desde la mar pero, hacia las 1500, tras colocar tres guías a bordo desde tierra con cañón lanzacabos y cosechar tres fracasos al intentar tender el andarivel por los movimientos del submarino y la precaria situación de su dotación, barrida por las olas, el equipo de salvamento obsequió al público con una exhibición de virtuosismo botando una embarcación desde la playa, cruzando las rompientes con ella y consiguiendo colocar un andarivel en el submarino. Poco después toda la dotación estaba en tierra, con la faz un tanto verdosa tras las emociones del día si hemos de creer el relato.

El H-3 había entrado en servicio el 16 de enero de 1914, tenía 30 mts de eslora y apenas si desplazaba 358 tons en superficie. La armada norteamericana debió razonar que a): dado que ni siquiera habían disfrutado tres años del juguete no procedía “olvidárselo” en la playa, b): dado que era más bien pequeñajo con un pequeño tironcito volvería a estar a flote y c): dada la proverbial resistencia al vapuleo del casco de un submarino, con una capa de pintura quedaría como nuevo. No era un mal razonamiento y de hecho dos de las tres premisas se demostraron correctas, pero aún faltaban treinta y dos años para que naciera (casualmente en California) el descubridor de “La Ley de Murphy” y, por ello, en este asunto la US Navy jugaba con desventaja. En pocos días se presentaron ante la playa el remolcador USS Iroquois y el monitor costero USS Cheyenne (nodriza del H-3) para intentar dar al pequeño submarino el “tironcito” del apartado b) con los 3.400 HP que sumaban entre ambos antes de que la arena, que ya se lo estaba comiendo, se lo tragara del todo. Tras ímprobos esfuerzos para Navidades sólo habían conseguido revirarle un poco la popa y el H-3 dio la bienvenida a 1917 tomando las uvas en la playa.

Como todo el mundo tiene derecho a una oportunidad la marina recibió por entonces una de esas propuestas que un inglés fino calificaría como “shocking”: con un enfoque ciertamente radical, la Mercer-Fraser Lumber Co (unos madereros locales), ofertaba sacar el submarino por tierra y transportarlo a buen puerto como un simple bulto por apenas 18.000 dólares. No sé si “to scoff” resulta fino en “americano”, pero en mis fuentes hay un “the Navy scoffed at this plan” que mi cibernético diccionario se empeña en traducir como “se burlaron”. Bueno, puede que pensaran que era un simple problema de caballos y en las películas de John Wayne la caballería en cantidad siempre salva la situación (¡más madera!, que diría Groucho Marx). Pero hablando de madera, ahora recuerdo que en otra película unos madereros norteamericanos se lo montaban de fábula transportando por aire, tierra y agua (en esta secuencia) enormes y pesadísimos troncos a las órdenes de Paul Newman. Si exageramos un poco, un submarino pequeño podría considerarse como un tronco descomunal ¿no?. Pues no, se optó por la más ortodoxa caballería. Concretamente por los veintiún mil caballos del Milwaukee.

Segundo acto: Perder el crucero

El USS Milwaukee (C-21) ya había nacido con vocación de segundón y, además de ser el segundo de su nombre en la marina de los Estados Unidos, era el segundo de los tres cruceros protegidos de la clase St. Louis, una familia poco exitosa armada con un batiburrillo de piezas cuya disposición podría considerarse un paso atrás con respecto al Brooklyn (sí, el que nos vapuleó en Santiago) y cuya protección de “celulosa” (léase madera) podría considerarse una mala herencia del Olympia (sí, el que nos vapuleó en Cavite). Como además le habían puesto la quilla en 1902, cabe pensar que en su diseño habrían influido las “lecciones” de la Guerra Hispano-Norteamericana, tan obsoletas como las escuadras que allí nos fueron machacadas. En esta tesitura tiene su gracia imaginarnos al Milwaukee como una secreta venganza de Montojo, lo cierto es que entró en servicio en diciembre de 1906, pasó a la reserva en 1908 y fue decomisionado en 1910. Tras volver al servicio activo en 1913, estaba siendo reacondicionado como nodriza de submarinos en el Arsenal de Mare Island cuando la quilla del H-3 estableció contacto con la patria por lo que, sin haber terminado su reconversión en buque nodriza, el desconcertado crucero hubo de emprender viaje el 6 de enero hacia Humboldt Bay, ahora reconvertido en buque de salvamento. No parece una unidad a la que se tomara muy en serio, leo que “in command of the overall expedition” figuraba el “Lieutnant W.F.Newton”, al que quiero suponer más bien “Lt. Cdr.” que “Lt. Jr. Gr.”, y ¡horror!, que “no one in the expedition was familiar with large-scale salvage”.

La travesía transcurrió sin novedad y el Milwaukee se reunió frente a Samoa Beach con el Iroquois y el Cheyenne, que ya estaban desarrollando una considerable barba desde el mes anterior por aquellos parajes. El área de trabajo era una playa de orientación NE-SW con fuertes corrientes paralelas a tierra, bancos de arena que cambiaban de situación de un día para otro, una mar de fondo cuyo “fetch” llegaba hasta el Japón y las típicas rompientes a las que se debe que el surf sea un invento californiano. La idea era fondear el crucero con las dos anclas espiadas y tender un grueso cable de acero entre una de las piezas artilleras de popa y el submarino. A la hora H, fijada para la segunda pleamar del día 13 de enero, con el Iroquois firme en la amura de estribor del crucero para evitar que su proa abatiera hacia el SW con la corriente y el más potente Cheyenne por la aleta de babor para ayudar a tirar, se daría avante y se intentaría sacar al submarino. Debo confesar que las dos únicas descripciones detalladas de la maniobra que he podido localizar incurren en una imprecisión importante: el papel de las anclas, que en todo caso trabajarían sobre un fondo de arena.

El “Milwaukee” (a la izda.de la fotografía) preparándose para dar remolque al submarino H-3 varado en la playa (Foto U.S.Naval Historical Center)


El plan de Newton causó una fuerte impresión (negativa) al Coast Guard y a los pescadores locales, cuyas relaciones con Samoa Beach estaban marcadas por el saludable mosqueo que sólo se consigue tras algunos centenares de experiencias desagradables. Y entonces la mar, que debía estar de excelente humor tras zamparse un submarino, concedió a Newton otra oportunidad en forma de serio “toque”. Con el Milwaukee ya fondeado a unas cuatro esloras de la primera línea de rompientes, y justamente cuando la lancha prestada por el Coast Guard estaba a punto de llegar a la playa con el cabo mensajero, una enorme ola levantó al crucero dejando al descubierto sus hélices, e incluso la quilla en buena parte de su eslora. Instantes después mensajero, lancha y lancheros eran indignamente arrojados a la playa en desordenado revoltijo. Cuentan las crónicas que los expertos locales rogaron encarecidamente a Newton que desistiera de su plan, pero a media tarde del día 12 todo estaba preparado, con los 6,5 mts de calado del Milwaukee fondeados en 12,5 de agua y a 500 de las rompientes. También cuentan que una gran multitud de mirones procedente de muchas millas a la redonda se fue concentrando en la playa para no perderse el desastre.

A las 1500 del sábado día 13 comenzó la maniobra y, apenas comenzada, mamá naturaleza ya había dejado al atribulado Newton en un limbo gris cubriendo la zona de espesa niebla. Algo después (es de suponer que tras levar), la proa del crucero comenzó a caer a babor arrastrada por la corriente y, justo entonces, intervino el espíritu de Murphy (que ya debía flotar sobre las aguas) haciendo que el Iroquois se disolviera en la niebla tras hacer trizas su propio remolque con la hélice en lugar de cumplir su parte del plan manteniendo la proa del Milwaukee contra la corriente. Bonita situación, un crucero de 9700 tons y 130 mts de eslora sufriendo una fuerte corriente de costado en medio de la niebla ¡con la popa sólidamente trincada a la playa y a 500 mts de las rompientes!. Antes que nadie comience a dar órdenes conviene considerar, aparte la inexistencia en 1917 de radar y VHF, un pequeño detalle que podemos olvidar hasta los profesionales: si algo trinca realmente la popa, el timón anexo puede ser tan inútil como un destornillador de plastilina, justamente por eso los remolcadores tienen el gancho a media eslora. Y si alguien quiere dar atrás para coger cancha no se olvide que, justo a popa, están la playa y el cable de remolque. ¡Y dónde está ese remolcador! ¡Y dónde estamos nosotros! ¿Y por qué ahora la mar viene de través? Y ya está.

El “Milwaukee” con su dotación agrupada en cubierta poco después de la varada; obsérvese la rompiente y las dos lanchas de la izda., botadas desde tierra por el Coast Guard y con toda probabilidad ocupadas en ayudar a tender el andarivel (Foto Emma B.Freeman/U.S.Naval Historical Center)



Tras recorrer un arco de unos 60º trincada al extremo de un péndulo de 900 mts de cable, la popa del crucero golpeó el fondo a las 1542 y, al poco, la resaca había terminado el trabajo iniciado por la corriente; a las 1610 el Milwaukee estaba atravesado sobre la playa con 20º de escora. Consta que el “Iroquois” se pudo buscar la vida entre la niebla (seguramente navegando a ciegas con rumbo NW), y otro tanto debió hacer el “Cheyenne” tras picar remolque. En cambio, el grueso cable de acero que unía al Milwaukee con la playa lo arrastró directamente a la tumba. Como el crucero tenía dos ejes unidos a sendas máquinas alternativas, es posible que una ciaboga sobre estribor hubiera dado a su comandante los minutos extra necesarios para largar el remolque, pero pontificar sobre el tema es torear a toro pasado. Hay que decir en honor a Newton que, en las fotos tomadas inmediatamente tras la varada, el único escobén visible tiene el ancla fondeada.

Tercer acto: Salvar lo salvable

Cuenta la leyenda que, cuando la enorme resaca llevó en volandas al Milwaukee hasta una sonda de 4 mts y lo dejó tirado a apenas a 300 de la orilla, resonó por la playa un silencioso coro de “I told you so” de los expertos mirones. En un contexto más relajado, su desventurado comandante hubiera podido formular al menos una “cuarta ley de W.J. Newton sobre la atracción universal de los buques”, según la que “todo cable tendido para atraer un submarino hacia un crucero puede atraer igualmente un crucero hacia un submarino” o, alternativamente y en caso de ser de letras, identificar el drástico cambio de papeles entre remolcador y remolcado como una avanzadilla de la inminente “revolución del 17”. Pobre hombre, en realidad y bromas aparte más bien rondaría su cabeza un “pero... ¿cómo ha podido ocurrirme ésto?” si no un “pero... ¿qué es lo que me ha ocurrido?”.

Si algún lector tiene la misma duda le propondré lo que uno de mis ex-comandantes denominaría un “símil hidráulico”, y que mis colegas me perdonen: imaginemos a un buque como un carrito de supermercado a “plena carga” ya que, como los buques, los carritos de supermercado cargados se conducen mejor empujando lateralmente su parte trasera hasta que la delantera apunta en la dirección correcta. Continuemos imaginando que somos un moderno marido-carrista al que le ha tocado en suerte el clásico cascajo con la rueda delantera izquierda fosilizada (la corriente de costado): ahora, si queremos avanzar en línea recta con el carro cargado habremos de chafarnos la espalda haciendo extraños esfuerzos laterales (el timón), un destrozo muscular que yo conjuraría obligando a mi hija (el Iroquois) a tirar de la parte delantera derecha del carro en la dirección adecuada. Y en esto, se nos cuelga de la parte trasera izquierda un niño que quiere ayudarnos (el Cherokee), de la trasera una vaca que no se deja arrastrar (el submarino) y la niña se retira a la pata coja con el dedo meñique lesionado por el carro, que al punto comienza a derivar velozmente hacia la esposa del campeón local de lucha libre. El escándalo está asegurado, y dar “avante toda” solo servirá para que nos partan la cara con más entusiasmo.

Volviendo al caso que nos ocupa, tras recoger del suelo los pedazos de su cara Newton ordenó emitir por radio una petición de auxilio y, como el mes anterior, enseguida se presentó en la playa un equipo de salvamento armado de andarivel y cañón lanzacabos, pero esta vez con 438 potenciales clientes en lugar de los 25 hombres del pequeño H-3. La maniobra de evacuación empezó mal, sólo se consiguió colocar una guía a bordo tras varios intentos y los continuos movimientos del buque hacían difícil mantener tendido el andarivel con seguridad por lo que, como era de temer, el primer aeronauta resultó “catapulted into the surf”. Después que el segundo expedicionario sufriera “the same fate” se enmendó el anclaje del andarivel a un punto más elevado del crucero y, por lo que leo, simultáneamente comenzaron a disminuir los movimientos del buque, un cambio de coyuntura que debió aliviar la ansiedad del siguiente “voluntario” y facilitar el exitoso aterrizaje de los 435 que le seguían en la fila. No olvidemos que la varada había ocurrido en pleamar y que, según bajaba la marea, no solamente el casco estaría mejor asentado en la playa, sino que se trabajaría con un andarivel más corto. Cuando las circunstancias de la marea lo permitieron se finalizó la evacuación mediante barqueo y, ya en tierra, la dotación fue alojada inicialmente en la serrería Hammond, en el Club Sequoia y hasta en domicilios particulares, pues el vecindario se desvivió en hacer entrar en calor a los náufragos mediante hogueras, café, mantas... y generosas raciones de whisky que, según consta, terminaron por animar considerablemente la velada.

Evacuación del “Milwaukee” por andarivel; apréciese el tamaño de los troncos con que tenían que lidiar los madereros locales (Foto CA Ammen C.Farenholt/U.S.Naval Historical Center)

En buena lógica la marina podía haber enviado un acorazado para rescatar al crucero, pero sus mandamases ya debían estar algo escamados con Samoa Beach y al final terminaron enviando a los chatarreros, aunque también con gran estilo. La Mercer-Fraser Lumber Co. (la de los madereros radicales) recibió el encargo de tender un puente de madera desde la playa hasta la cubierta del Milwaukee y la Northwestern Pacific Railroad (la de las películas del Oeste) el de construir un ramal de ferrocarril sobre dicho puente. Y así nació Camp Milwaukee, durante los meses siguientes y a despecho de la condenada playa cientos de toneladas de artillería, munición, suministros y maquinaria de todo tipo abandonaron el crucero por vía férrea hasta quedar éste reducido a un cascarón vacío. En marzo de 1917 la Navy decomisionó por segunda vez al Milwaukee, en noviembre de 1918 un temporal le partió el espinazo y al año siguiente fue dado de baja como unidad naval. Sus restos fueron vendidos por 3.000 dólares en agosto de 1919 pero, durante el siguiente cuarto de siglo, permanecieron tirados en la playa y más o menos de una pieza hasta que, durante la siguiente guerra, la demanda de metal hizo rentable el desguace de la parte aún visible.

Desarme del “Milwaukee”; obsérvese el puente de madera para el ramal de ferrocarril (Foto Treasure Island Museum/San Francisco Call Bulletin)


Pero el puente de madera no fue el único encargo que la Mercer-Fraser recibió de la marina. En apenas un mes, tras un cuidadoso estudio y la cuidadosa colocación de unos rodillos bajo la quilla, los madereros se las arreglaron para extraer el submarino de la playa y llevárselo a rastras sobre las dunas hasta Humboldt Bay donde el 17 de Abril de 1917 ya estaba a flote y listo para dar avante, y todo por unos módicos 18.000 dólares. Con tipos así se comprende que la conquista del oeste fuera un juego de niños. El H-3 permaneció en servicio activo como buque insignia de la SubDiv7 y con base en Los Angeles hasta 1922, año en que se trasladó con el resto de su escuadrilla a Hampton Roads para ser decomisionado; en 1930 causó baja como unidad naval y al año siguiente fue desguazado. Su peculiar programa de extensión de servicio activo había salido por un total de 7.018.000 dólares: 7.000.000 en concepto del coste de un crucero protegido y 18.000 en concepto de gastos varios.

El H-3 “navegando” por la playa bajo el mando de los madereros (Foto Freeman Art Co/U.S.Naval Historical Center)



Para entonces ya hacía un año que también habían sido vendidos como chatarra los dos hermanos del Milwaukee, el St. Louis (C-20) y el Charleston (C-22), y tres que había sido dado de baja, en 1928, el tornadizo remolcador Iroquois. Es curioso comprobar que el monitor Cherokee, ya anacrónico en 1917, todavía figuraba en situación de actividad en un registro de 1936, pero aún lo es más descubrir que el último superviviente de esta historia haya resultado ser el propio Milwaukee, pues la voracidad de las arenas y la parsimonia de sus desguazadores han conseguido que, al día de hoy, el cadáver sin superestructuras del viejo crucero permanezca profundamente enterrado en Samoa Beach a la espera del Juicio Final. Aunque no he podido localizar referencias posteriores acerca del pobre Newton, confío y deseo sinceramente que la suerte le haya tratado el resto de sus días con más consideración que aquel nefasto 13 de enero.

Conclusiones: Salvar la cara

He comenzado este artículo con una historia apócrifa y finalizaré con otra, la de aquel militar golpista del siglo pasado que, tras ver fracasado su pronunciamiento y comparecer ante un consejo de guerra, fue requerido por el fiscal a confesar “qué apoyos esperaba conseguir para su intentona”. Su respuesta (“el suyo, de haber triunfado”) es un buen exponente de la importancia de la suerte. Resultaría divertido constatar cuantas veces una deficiente planificación, marinera o militar, habrán propiciado un improbable éxito en circunstancias desesperadas y el consiguiente reparto de premios. Puedo imaginarme perfectamente a un Newton que hubiera sacado el submarino de un tirón condecorado, ascendido y dando conferencias de maniobra en Annapolis. Su desprecio por la oceanografía no sería otra cosa que audacia, los expertos locales se verían reducidos a pusilánimes provincianos y cualquiera de nosotros que hubiera pedido otros dos remolcadores y quinientos metros adicionales de cable tildado de inseguro mediocre. Y en esto, alguien que es incapaz de mantener su propio remolque a salvo de su propia hélice hace estallar la burbuja originando que, un siglo más tarde, en lugar de dar nombre a una escuela de maniobra, Newton figure asociado a “an amateur approach to salvage”.

De esta aventura yo extraería dos conclusiones, una marinera y otra institucional. La marinera es obvia: si queremos seguir disfrutando de las ventajas de un timón que sirva para algo hay que tener mucho cuidado con lo que hacemos firme a popa. Aunque el problema no resulte evidente en aguas abiertas y en una unidad naval sobrada de caballos, puede darse el caso de que un buque “menos gris” (o un escenario más confinado) nos hagan descubrir nuevos significados para la palabra impotencia. La otra conclusión es más subjetiva. Releyendo un artículo aparecido hace tres años en esta misma revista sobre la pérdida del crucero “Blas de Lezo” (tras comerse en 1932 un pedrusco no cartografiado), se puede observar que gran parte del relato está dominado por el estruendo de otro tipo de pedruscos cayendo sobre el tejado de la empresa.

Por contra, no he podido encontrar entre el material con el que he pergeñado esta historia un solo ataque contra la marina norteamericana más allá de la sana guasa para con alguno de sus componentes. De hecho, y pese a lo espectacular del doble desaguisado, ha sido por auténtica chiripa como me he enterado de un suceso que, tras algunas desinhibidas carcajadas, fue superado sin más. Tiemblo sólo de imaginar que salvamento tan notable hubiera tenido lugar en un país con tan poco sentido del humor como el nuestro. Hasta la marina más potente del mundo está compuesta de simples seres humanos pero mucho me temo que, transcurridos ochenta y tres años, los componentes de la nuestra aún podríamos escuchar la historia (en coplillas populares) al circular por las calles (disfrazados de lagarterana) camino de nuestro destino (una zodiac con tirachinas).

BIBLIOGRAFIA Y FUENTES
Este artículo está basado fundamentalmente en la obra de Kit y Carolyn Bonner “Great Naval Disasters - U.S. Naval Accidents in the 20th Century”, (MBI Publishing Co, Osceola WI 1998). Lo esencial del relato he podido contrastarlo en Internet sobre una recopilación de J. Christley del “U.S. Naval Submarine Force Information Book” y, también en Internet, en una transcripción del vol. 4 de la edición de 1969 del “Dictionary of American Naval Fighting Ships”.

Volviendo al papel, algunos datos proceden de la edición facsímil del Jane’s de 1919 (Studio Ed., London 1990), de “Les Flottes de Combat” (Societé de Editions, Paris 1936) y de la edición española de la obra de Guido Gallupini “Cruceros de Todo el Mundo”, (Espasa-Calpe, Madrid 1984). Los Bonner citan en su bibliografía una obra monográfica que no he podido consultar: “The Loss of the Navy Cruiser USS Milwaukee” (Hillman Raymond, Pride of the River 1994).

jueves, 11 de septiembre de 2025

FFG: clase Fridtjof Nansen (España/Noruega)

FFG clase Fridtjof Nansen



La clase Fridtjof Nansen es una serie de cinco fragatas construidas por Navantia, España para la Armada Real de Noruega.

Génesis del proyecto



KNM Roald Amundsen (F311) junto al USS Harry S. Truman (CVN-75).

En 1999, Noruega, quería dotarse de una fuerza homogénea de buques de alta mar, para ello convocó concurso internacional en el mes de mayo del año de 1999, al que acudieron presentando sus proyectos doce astilleros de otros tantos países, después de ir descartando se quedaron en tres, alemanes, holandeses y españoles, precisamente los tres países que estaban construyendo fragatas, con muy parecidas características a las deseadas por la Armada noruega.


País productor    España

Datos generales

Astillero    Navantia, Ferrol
Países en servicio    Armada Real Noruega
Autorización    23 de junio de 2000
Tipo    Fragata Rápida FFG

Estadísticas

Primera unidad    Fridtjof Nansen (F-310)
Última unidad    Thor Heyerdahl (F-314)
Clase anterior    Clase Oslo
Clase posterior    N/A
Periodo servicio    5 de abril de 2006 - actualidad
Unidades planteadas    5
Unidades concluidas    5
Unidades activas    4
Unidades hundidas    1

Características de la clase

Desplazamiento    5121 t a plena carga
Eslora    132,00 m
Manga    16,80 m
Calado    4,90 m

Armamento    

• 1 cañón de 76 mm OTO Melara super rapad
• 4 ametralladoras de 12,70 mm
• 2 lanzadores dobles de torpedos antisubmarinos Mk 46
• 1 sistema de lanzamiento vertical Mk.41 con 8 celdas para:
  • Misiles superficie-aire Standard SM-2MR Bloque IIIA (1 misil por celda)
  • Misiles superficie-aire RIM-162 Evolved Sea Sparrow (4 misiles por celda)
  • Capacidad para lanzar misiles de crucero superficie-superficie RGM-109 Tomahawk (Noruega no cuenta con estos misiles)
  • O cualquier combinación de los anteriores.

Guerra electrónica    

• Radar multifunción Lockheed Martin AN/SPY-1F 3-D
• Reutech RSR 210N
• Sagem Vigy 20
• sonar de casco MRS 2000
• sonar activo/pasivo Captas MK II V1 
• 2 radares de directores de tiro Mark 82

Propulsión    

CODAG
• 2 Bazán Bravo 12V 4.5 MW diésel para velocidad de crucero
• 1 turbina de gas GE LM2500 21,5 MW para alta velocidad
• 2 hélices de paso valiable
• 1 motor eléctrico retráctil
• 4 generadores diésel MTU 396 Serie 12 V 1250 kVA
Velocidad    27 nudos
Autonomía    4500 nmi a 16 nudos
Tripulación    120 hombres
Aeronaves    1 Helicóptero medio NH-90
Notas    Es un desarrollo ASW de la Clase Álvaro de Bazán


Al abandonar España el tripartito, por no estar a punto el sistema electrónico para los buques y pasar a elegir el sistema AEGIS norteamericano, la entonces Izar presentó su último proyecto incorporando un sistema igual, aunque algo disminuido en sus prestaciones, por ser incorporado a un buque de menores dimensiones y así ser acoplado aún más a las necesidades de Noruega, lo que le permitió llevarse el contrato, por ello se confirmó el contrato el 29 de febrero de 2000 por un importe de 2375 millones de euros​ e incluyó un Acuerdo de Cooperación Industrial (ACI), por el cual Navantia se comprometió a generar retornos industriales, económicos y tecnológicos en Noruega.



El ACI alcanzó un valor aproximado de 1325 millones de euros por cinco barcos, resultando su coste por unidad de 564 millones de euros con mantenimiento y adiestramiento de las tripulaciones incluido. Igualmente se añadió un compromiso de compra de material militar noruego cercano a 375 millones de euros. Cerca de 250 empresas noruegas se vieron favorecidas por la firma de este acuerdo, el cual fue cumplido por Navantia con tres años de antelación a lo previsto inicialmente, confirmándose el contrato definitivo de construcción el día 23 de junio del mismo año, comenzando su construcción en el año 2002.

Los buques

Sus nombres rinden honor a distintos célebres exploradores noruegos: Fridtjof Nansen, Roald Amundsen, Otto Sverdrup, Helge Ingstad y Thor Heyerdahl.

Tienen un desplazamiento de 5121 t, con una eslora máxima de 132 m y de 120,39 m entre perpendiculares, por una manga máxima de 16,80 m en la cubierta principal y de 15,90 m en la línea de flotación, con un calado de 4,90 m.


KNM Fridtjof Nansen (F310) en el Puerto de Oslo.

Su motorización está compuesta por dos motores diésel Bazán Bravo de 12 cilindros, con una potencia de 12 000 Cv y una turbina de gas General Electric LM2500 con 28 832 Cv pudiéndose acoplar los dos sistemas o navegar independientemente, lo que le da una potencia total de 40 832 Cv, que se transmiten a dos hélices, llevando una auxiliar retráctil movida por un motor de 1134 Cv para uso en emergencias o a muy baja velocidad, en torno a 4 nudos, tiene una velocidad máxima de 27 nudos. Utilizando la turbina de gas le permite alcanzar en velocidad de crucero los 20 nudos y con los diésel 16, con estos tiene una autonomía de 4500 mni.



Además para que no le falte energía en ningún momento, lleva en cuatro puntos distintos del buque, cuatro grupos electrógenos diésel MTU 12V 396 de 900 kW cada uno, lo que le hace tener una potencia de reserva de 3600 kW.

Su sistema de defensa es el AEGIS, en su versión de SPY-1F 3-D, aparte de los radares para navegación y directores de tiro, tanto para la artillería como para la dirección de los misiles.


KNM Otto Sverdrup (F312).

Su armamento consiste un cañón de 76,2 mm OTO Melara super rapid capaz de efectuar 120 disparos por minuto, que es posible sea sustituido por uno de 127 mm. Para defensa cercana cuenta con cuatro ametralladoras pesadas de 12,75 mm, y un grupo de ocho celdas de lanzador vertical Mk 41VLS, con 32 misiles Sea Sparrow avanzado, aunque puede en su momento, pueden ser cambiados cuatro de estos por un Standard SM-2, más dos lanzadores dobles de torpedos contrasubmarinos Mk 46, el hangar y cubierta de vuelo está preparada para operar un helicóptero medio NH90.

Su tripulación está compuesta por 50 oficiales, 40 tripulantes profesionales y 30 de reemplazo.

La Fridtjof Nansen está considerada de forma no oficial como el buque insignia de la Armada Noruega.


Accidentes


El KNM Helge Ingstad varado tras el choque.

La noche del 8 de noviembre de 2018, el petrolero Sola TS tuvo una colisión con la fragata KNM Helge Ingstad. La fragata resultó gravemente dañada mientras que el petrolero perdía su ancla de estribor después de que uno de los brazos dejara un boquete tras la protuberancia del escobén. 


Buques de la clase

Nombre

Numeral

Astillero

Iniciado

Botado

Entregado

Indicativo de llamada

Imagen

KNM Fridtjof Nansen

F 310 Navantia Ferrol 9 de abril de 2003 3 de junio de 2004 5 de abril de 2006

KNM Roald Amundsen

F 311 Navantia Ferrol 3 de junio de 2004 25 de mayo de 2005 21 de mayo de 2007

KNM Otto Sverdrup

F 312 Navantia Ferrol 28 de marzo de 2005 28 de abril de 2006 30 de abril de 2008

KNM Helge Ingstad †

F 313 Navantia Ferrol 28 de abril de 2006 23 de noviembre de 2007 29 de septiembre de 2009.​ Dada de baja el 24 de junio de 2019​ tras un accidente el 8 de noviembre de 2018 en unas maniobras que la dejaron semihundida y vendida para desguace en 2021.

KNM Thor Heyerdahl

F 314 Navantia Ferrol 10 de marzo de 2008 11 de febrero de 2009​ 18 de enero de 2011



KNM Thor Heyerdahl


KNM Helge Ingstad


KNM Otto Sverdrup


KNM Fridtjof Nansen

Reemplazo futuro

En junio de 2023, el Ministerio de Defensa noruego publicó el Consejo Militar del Jefe de Defensa 2023 , en el que el General Eirik Kristoffersen (Jefe de Defensa) recomendó que Noruega reemplazara las fragatas clase Fridtjof Nansen en servicio de la RNoN y aumentara la dotación a seis buques. La entrega de una nueva fragata probablemente será fundamental para el plan a largo plazo del gobierno de construir una nueva estructura de fuerza de superficie dentro de un programa más amplio de renovación de la flota. Es probable que el gobierno enfatice la necesidad de entregar la futura fragata mediante la colaboración con aliados cercanos.

En el Nuevo Plan Noruego a Largo Plazo de Defensa de abril de 2024, se propone reemplazar la clase con cinco nuevas fragatas con el mismo enfoque (ASW) que la clase Nansen.

En agosto de 2025, después de una competencia entre el F126, clase Constellation, y el FDI, se anunció que la fragata británica Tipo 26 sucedería a la clase, y las entregas comenzarían en 2030.



martes, 15 de abril de 2025

Encorazado clase Devastation (UK)

Encorazados de Clase Devastation - Los Trailblazers accionados por el Vapor para las Flota del Futuro

Nikola Budanovic - War History Online



Encorazado HMS Thunderer.de la clase Devastation 


En 1869 hubo un cambio revolucionario en la larga tradición naval británica. La Clase de la Devastación era el primer acorazado que empleaba su armamento principal encima de su casco, en lugar de colocar las armas dentro.
Accionado por el vapor, algo que velas, era el precursor para todos los diseños futuros del acorazado. La HMS Devastation se completó en 1871, pero una serie de ajustes duró hasta 1877.


Una vista interior de una de las dos torres principales de la batería de la devastación, mostrando una vista posterior de los dos rifles de la muleta-carga de 12 pulgadas (305 milímetros) de la torreta. Estas armas fueron reemplazadas en 1891 por rifles de 10 pulgadas (254 mm) de carga de culata.

El barco fue comisionado por el Primer Lord del Almirantazgo Hugh Childers, quien requirió una versión mejorada del anterior monitor de cerco de Cerberus. Era asumir el papel de un buque capitalista oceánico de la Armada británica.

Aunque el diseño era defectuoso, representó un paso significativo adelante en la modernización de la fuerza naval más grande de ese tiempo.


Insignia heráldica utilizada en papelería

El armamento del buque estaba compuesto de cuatro cañones de 12 pulgadas (305 mm) estacionados en torretas blindadas en cubierta. En 1890 se añadieron cuatro más 10 pulgadas (254 mm) armas de fuego para el apoyo.

La armadura de la devastación fue capaz de soportar un golpe de una pistola de 25 toneladas a una distancia de 200 yardas (180 mm). Se montó a partir de una placa de armadura de 11 pulgadas (280 mm) respaldada por 380 mm (15 pulgadas) de teca y una piel de metal de 1,25 pulgadas (32 mm).


HMS Devastation

El HMS Devastation se utilizó principalmente para patrullar las aguas costeras en todo el Reino Unido y también formaba parte de la Flota Mediterránea. La ausencia de mástiles y velas permitió un mayor campo de fuego para las armas. Sin embargo, como el buque dependía únicamente de sus motores de carbón, sólo podía operar en las proximidades de las estaciones de carbón amigables.

No obstante, el buque transportó más de 1.780 toneladas de carbón, lo que permitió viajar alrededor de 6.570 km (4.090 millas) a una velocidad máxima de 12 nudos (22 km / h).

Al mismo tiempo se estaba construyendo la Devastación HMS, se ordenó un barco de la misma clase para la producción.

El HMS Thunderer entró en servicio en 1872. El buque fue desafortunado. En 1876 una explosión desastrosa de la caldera dentro del casco de la nave demandó las vidas de 45 hombres, incluyendo al oficial al mando.

Para la Armada Británica, fue el accidente naval del siglo. La nave fue restaurada al año siguiente y fue puesta en reserva.



Una ilustración de la inspección de la inspección de las calderas, después de su explosión; Fuente de fotos

Sólo dos años después, en enero de 1879, el HMS Thunderer sufrió otro terrible accidente. Uno de sus cañones de 12.5 pulgadas explotó durante un ejercicio naval en el Mar de Mármara (ahora Turquía). El número de muertos fue de 11 hombres y 35 resultaron heridos. Aunque se alegó que la negligencia humana causó la explosión, algunos expertos culparon el diseño.

Estos infames accidentes de monstruos influyeron en el desarrollo del diseño de clase Devastation. Los barcos pasaron por una serie de mejoras, incluyendo la instalación de varios lanzadores de torpedos para servir como armamento secundario a las molestas armas de 12 pulgadas.

Los dos depósitos de la clase Devastation, el HMS Devastation y HMS Thunderer, permanecieron en servicio hasta 1908 y 1909, respectivamente, cuando fueron desmantelados y vendidos para la chatarra.