Luego del combate de la Vuelta de Obligado, las fuerzas aliadas que allí desembarcaron con el designio de internarse, habían sido arrolladas en los meses de diciembre y de enero por las del coronel Thorne, que comandaba la línea de observación sobre la costa. El 2 de febrero de 1846 los aliados desembarcaron 300 soldados protegidos por la artillería de sus buques fondeados en la costa. Thorne desplegó contra ellos una fuerte guerrilla, y después de un fuerte tiroteo se les fue encima con dos compañías de artillería y 50 lanceros, obligándolos a reembarcarse.(1) El mismo día enfrentó a Obligado un convoy de más de 50 barcos mercantes, armados y cargados por los interventores y por el gobierno y negociantes de Montevideo, y para seguir aguas arriba con el auxilio de los buques de guerra.
El general Mansilla colocó convenientemente su artillería volante en la costa de San Nicolás del Rosario, San Lorenzo y Tonelero, y se vino a dirigir personalmente la resistencia al pasaje del convoy de los que especulaban con la guerra y al favor de los avances de la intervención. El 9 de enero llegaron los barcos del convoy a la altura del puerto de Acevedo. Mansilla enfiló contra ellos sus cañones. Cuatro buques británicos y franceses fondearon a su frente respondiéndole con su artillería de grueso calibre. Así protegieron el paso del convoy, el cual se alejó de la costa y hacia una isla interpuesta frente a la posición de Mansilla. En la imposibilidad de hostilizarlo al través de las islas que se levantaban entre ambas costas a esa altura del Paraná, Mansilla fue siguiendo por tierra el convoy para verificarlo donde se pusiese a tiro.
En los barrancos de la costa comprendida entre el convento de San Lorenzo y la punta del Quebracho, Mansilla había colocado ocho cañones ocultos bajo montones de maleza, 250 carabineros y 100 infantes en los barrancos de la costa comprendida entre el convento de San Lorenzo y la punta del Quebracho.
A mediodía del 16 de enero aparecieron el vapor Gorgon, la corbeta Expeditive, los bergantines Dolphin, King y dos goletas armadas en la Colonia, los cuales montaban 37 cañones de grueso calibre y acompañaban 52 barcos mercantes. Al enfrentar a San Lorenzo, la Expeditive y el Gorgon hicieron tres disparos a bala y metralla sobre la costa para descubrir la fuerza de Mansilla. Los soldados argentinos permanecieron ocultos en su puesto, según la orden recibida. Cuando todo el convoy se encontraba en la angostura del río que se pronuncia en San Lorenzo arriba, Mansilla mandó romper el fuego de sus baterías dirigidas por los capitanes José Serezo, Santiago Maurice y Alvaro de Alzogaray. El ataque fue certero; los buques mercantes rumbeaban desmantelados hacia dos arroyos próximos, aumentando con el choque de los unos con los otros las averías que les hacían los cañones de tierra.
A las cuatro de la tarde el combate continuaba recio todavía, y el convoy no compensaba lo andado con sus grandes averías. Favorecido por el viento de popa y tras los buques que vomitaban sin cesar un fuego mortífero, se aproximó al Quebracho. Aquí reconcentró sus fuerzas Mansilla y batalló hasta la caída de la tarde, cuando desmontados sus cañones y neutralizados sus fuegos de fusil por el cañón enemigo, el convoy pudo salvar la punta del Quebracho, con grandes averías en los buques de guerra, pérdidas de consideración en las manufacturas y 50 hombres fuera de combate. El contralmirante Inglefield, en su parte oficial al almirantazgo británico dice que “los vapores ingleses y franceses sostuvieron el fuego por más de tres horas y media; y apenas un solo buque del convoy salió sin recibir un balazo”.
La pérdida de los argentinos fue esta vez insignificante, y Mansilla pudo decir con propiedad que habíale tocado el honor de defender el pabellón de su patria en el mismo paraje de San Lorenzo que regó con su sangre San Martín al conducir la primera carga de sus después famosos Granaderos a Caballo.(2)
Como se ve, los aliados no continuaban impunemente su conquista en las aguas interiores argentinas. Verdad es que Mansilla, cumpliendo órdenes terminantes del gobierno, recorría incesantemente la extensa costa que defendía, haciendo tronar sus pocos cañones allí donde aquéllos a tiro se presentaban. Así fue como los burló en sus tentativas de desembarque después de Obligado y San Lorenzo. El 10 de febrero, en seguida de fracasar en una de esas tentativas, los buques de guerra ingleses Alecto y Gordon bombardearon durante tres horas el campo del Tonelero con balas a la Paixhans 64. La artillería e infantería de los argentinos mandados por el mayor Manuel Virto les respondió con denuedo, y no consiguieron más que matar algunos milicianos, incendiar dos armones y destrozar los ranchos y árboles que había. (3) Pocos días después renovaron las hostilidades sin mayor éxito. El 2 de abril llegó el Philomel frente al Quebracho. El teniente coronel Thorne les asestó sus cañones, mas como el Philomel huyese aguas abajo, ató tres piezas de a 8 a la cincha de sus caballos y corrió por la costa a darle alcance; lo que no pudo verificar porque el buque francés iba a toda vela y corriente. El día 6 la misma batería de Thorne sostuvo otro combate con el buque de guerra inglés Alecto, que pasó por el Quebracho remolcando tres goletas. Los ingleses tuvieron algunos muertos y su buque salió bastante descalabrado.
El 19, después de otro combate, Mansilla consiguió represar el pailebot Federal, tomado por los aliados en Obligado. Al dar cuenta al gobierno de este suceso, remitiendo la bandera inglesa conquistada, y bajo la relación, todo el equipaje de cámara del ex comandante del preciado pailebot Carlos G. Fegen, Mansilla agregaba en su nota: “Los anglofranceses verán la diferencia que existe entre el saqueo de los equipajes de los valientes de Obligado que hicieron los hombres que se llaman civilizadores, y la conducta de los federales que defienden su patria y respetan hasta los despojos de sus enemigos”. El día 21 le cupo todavía a Thorne sostener otro combate de dos horas con el buque inglés Lizard, el cual acribilló a balazos, volteándole el pabellón que flameaba al tope mayor y dejándole casi inservible para nuevas operaciones. “El enemigo, dice el teniente Tylden, que mandaba el Lizard, en su parte al capitán Hotham, volteó nuestra pieza del castillo de proa; y su terrible fuego de metralla y fusilería, cribando al buque de proa a popa me obligó a ordenar a oficiales y tripulación que bajasen…. El Lizard recibió treinta y cinco balas de cañón y metralla, La lista de los muertos y heridos van al margen….”(4)
Simultáneamente con estos combates en la costa norte, los barcos bloqueadores de la costa sur forzaron el puerto de la Ensenada en la madrugada del 21 de abril y organizaron una columna de desembarco, la cual fue rechazada por las baterías de esa costa al mando del general Prudencio de Rozas. Entonces los aliados penetraron en la bahía a sangre y fuego; se apoderaron de lo mejor que encontraron a bordo de los buques neutrales allí surtos, e incendiaron varios de estos buques con la carga que contenían. Cuatro días después un guardiamarina inglés encargado de practicar un reconocimiento, penetró en el puerto cercano de la Atalaya en un bote con un cañón chico a proa y 15 hombres armados, y sostuvo un tiroteo con la partida que guarnecía el punto. Como varase al querer retirarse, levantó bandera de parlamento y fue recibido en tierra por el jefe argentino, quien mandó un bote con ocho hombres a traer la tripulación inglesa. Esta hizo fuego que le fue contestado, y en la confusión quedó muerto el oficial.(5)
En presencia del incendio y violencias que perpetraron los aliados en la Ensenada, el gobierno argentino expidió un decreto de represalias, en el que “constituyéndose en el deber de poner a salvo esta sociedad, no menos que las propiedades neutrales y argentinas de tales incendios y depredaciones” proscriptas por la civilización; y sin perjuicio de adoptar para lo futuro otras medidas en caso de que se repitan iguales escandalosas agresiones por las fuerzas navales de Inglaterra y Francia, establecía que los comandantes, oficiales o individuos de las tripulaciones de los buques o embarcaciones de guerra de dichas dos potencias, que fueron aprehendidos en cualesquiera de los puertos y ríos de la Provincia, bien para sacar violentamente los buques nacionales o extranjeros, bien para incendiarlos o saquearlos, serían castigados como incendiarios con la pena prescripta para éstos en las leyes generales.(6)
La intervención bélica no resolvía, pues, la situación a favor de los aliados, por mucho que la Gran Bretaña y la Francia confiasen en sus poderosos elementos militares, en los recursos de su diplomacia y en la propaganda y los esfuerzos de los emigrados unitarios y el gobierno de Montevideo. El gobierno argentino permanecía firme defendiendo el suelo y los derechos de la Confederación; y la intervención ya no tenía medida de rigor que emplear contra él para reducirlo. No quedaba más que duplicar o triplicar las fuerzas navales de ambas potencias, y bombardear y ocupar Buenos Aires. Esto último había sido materia de consulta a Londres y París; y si los almirantes Lainé e Inglefield no lo habían llevado a cabo era porque no se resignaban a presentar en seguida la prueba de una impotencia muy parecida a la derrota, cuando en su orgullo inconmensurable no cabía la magnitud de sus hazañas en Malta, en Acre, en Mojador, en San Juan de Ulloa. Ya no se engañaban acerca de esto; y la misma opinión se había generalizado entre los oficiales ingleses y franceses, a tal punto que varios de éstos no ocultaban sus temores de que sufriese un desastre la expedición mercantil que debía bajar el Paraná protegida por las escuadras de las potencias interventoras. “Rosas está levantando baterías a lo largo de las barrancas entre nosotros y Obligado”, escribía el teniente Robins, de la fragata Firebrand surta en la bajada de Santa Fe; “si no hay una poderosa división abajo con fuerzas de tierra para sacar los hombres de la barranca, ellos echarán a pique algunos de los buques del convoy y probablemente harán gran daño a los de guerra. Nos hemos internado muy pronto río arriba. Hemos tomado una posición que no podemos sostener sin muchas posiciones fortificadas. Si la Provincia de Buenos Aires es atacada, el ataque debe ser hecho en Obligado. El país es abierto y propio para reorganizar tropas…” “El San Martín -escribía el teniente Marelly- surto en la bajada de Santa Fe a la espera del convoy que debía salir de Corrientes, después de esta campaña no podrá hacer mayores servicios sin muy costosas reparaciones. Nosotros nos preocupamos mucho de las baterías que Rosas levanta contra nosotros en San Lorenzo…”. (7)
La exactitud de estas observaciones se reveló muy luego. Los buques que habían pasado para Corrientes cargaron juntamente con otros, por cuenta de comerciantes de allí y de Montevideo y aun del gobierno de esta plaza y de los ministros interventores, y se dieron a la vela para bajar el Paraná protegidos por las escuadras combinadas. El 9 de mayo fondearon en una ensenada como a dos leguas de las posiciones que tomó Mansilla en el Quebracho. El 28, Mansilla se corrió por la costa con dos obuses, y les asestó algunas balas obligándolos a retirarse aguas arriba, en medio de la confusión consiguiente a esta operación, cuyo objeto principal era templar los bríos de los soldados noveles que la ejecutaron. El 4 de junio, favorecido por el viento norte, enfrentó la posición del Quebracho todo el convoy de los aliados, compuesto de 95 barcos mercantes y de 12 de guerra a saber: vapores Firebrand, Gorgon, Alecto, Lizard, Harpy, Gazendi y Fulton; bergantines goletas Dolphin y Procida; bergantines San Martín y Fanny, y corbeta Coquette, los cuales montaban 85 cañones de calibre 24 hasta 80, con más una batería de tres cohetines a la Congreve que habían colocado la noche anterior en un islote hacia la izquierda de aquella posición.
La línea de Mansilla se apoyaba en 17 cañones, 600 soldados de infantería y 150 carabineros, así colocados: a la derecha una batería y piquetes del batallón de San Nicolás y Patricios de Buenos Aires al mando del mayor Virto; en el centro dos baterías y dos compañías de infantería al mando del coronel Thorne; a la izquierda otra batería y el resto del regimiento Santa Coloma, al mando de este jefe; en la reserva 200 infantes, dos escuadrones de lanceros de Santa Fe y la escolta del general. En tales circunstancias, Mansilla les recordó a sus soldados el deber de defender los derechos de la patria, ya cumplido en Obligado, Acevedo y San Lorenzo. Y tomando la bandera nacional y al grito de “¡Viva la soberana independencia argentina!” mandó que por sus cañones tronase la voz de la patria, cuando ya las escuadras aliadas habían enfilado contra él su poderosa artillería para que por retaguardia pasasen los barcos del convoy. El fuego sostenido de los argentinos hizo vacilar a los aliados y llevó el estrago a los barcos mercantes, algunos de los cuales vararon por ponerse a salvo, o se despedazaron al chocar entre sí en las angosturas del río por huir pronto. A la 1 p.m., después de dos horas de combate, el convoy no podía todavía salvar los fuegos de las baterías de Thorne.
El Firebrand, Gazendi, Gorgon, Harpy y Alecto retrocedieron para cubrir la línea de barcos más comprometidos. Pero, viendo, después de una hora más de encarnizado combate, que ello era infructuoso y que todos corrían gran riesgo, incendiaron allí los que pudieron y bajaron el río precipitadamente con los restantes. Este combate fue una derrota de trascendencia para los aliados; pues no sólo sufrieron pérdidas más considerables que en Obligado, sin inferirlas de su parte a los argentinos, sino que se convencieron de que no podían navegar impunemente por la fuerza las aguas interiores de la Confederación. Contaron cerca de 60 hombres fuera de combate y perdieron una barca, tres goletas y un pailebot cargados con mercaderías valor de cien mil duros, parte de las cuales salvó Mansilla consiguiendo apagar el fuego del pailebot. De los argentinos sólo cayeron Thorne, herido en la espalda por un casco de metralla y algunos soldados. “El fuego fue sostenido con gran determinación, –dice el teniente Proctor en su parte al capitán Hotham- fuimos perseguidos por artillería volante y por considerable número de tropas que cubrían las márgenes haciéndonos un vivo fuego de fusilería. El Harpy está bastante destruido; tiene muchos balazos en el casco, chimeneas y cofas” El mismo capitán Hotham, en su parte al almirante Inglefield datado a 30 de mayo de a bordo del Gorgon, acompañando la lista de muertos y heridos ingleses y franceses en el Quebracho, declara que “los buques han sufrido muchos”. (8)
El convoy de los aliados era esperado con vivísimo interés por los negociantes de Montevideo, quienes se prometían pingües ganancias dada la escasez que se sentía en esa plaza de muchos de los productos de Corrientes y de Paraguay. Las pérdidas y averías sufridas en el Quebracho aumentaron visiblemente el descontento de los principales comerciantes en cuyas manos estaba hasta cierto punto la suerte del gobierno de Montevideo, y quienes, como accionistas de la compañía compradora de los derechos de aduana bajo la garantía de los ministros Ouseley y Deffaudis, habían ya protestado del nuevo contrato hecho por el ministro Vásquez hasta el año 1848. (9) A fin de cubrir en lo posible esas pérdidas impusieron una fuerte suba en los precios; y el gobierno les ofreció prontas ganancias que facilitaría Rivera, como se va a ver.
Rivera se había puesto en campaña y sus primeras operaciones habían sido tan felices como rápidas. Con poco más de 400 hombres, entre los que se encontraban buenos oficiales como el coronel Mundelle, el cual le fue recomendado por el ministro Ouseley y, auxiliado por una flotilla anglofrancesa al mando de Garibaldi, Rivera se plantó en la Colonia, pasó al Carmelo y lo fortificó después de batir fuerzas del comandante Caballero. Sobre la marcha entró en las Víboras a sangre y fuego, apoderándose de todo cuanto encontró. A pesar de las disposiciones del coronel Montoro, se dirigió a Mercedes, se apoderó de esta ciudad el 14 de junio y derrotó a Montoro tomándole 400 prisioneros, 2.000 caballos y mucho armamento.
Estas operaciones fueron acompañadas de depredaciones, en las cuales estaban interesados los comerciantes de Montevideo y principalmente los ministros interventores de Gran Bretaña y Francia, quienes entraban en los negocios de cueros, ganados y frutos del país, que Rivera les enviaba, y daban en cambio recursos y dineros para proseguir una guerra devastadora.
Es necesario verlo así escrito por los mismos hombres del gobierno de Montevideo para que no quede duda del rol que desempeñaba en su impotencia la intervención anglofrancesa en el Plata. El 5 de junio de 1846 le escribía el ministro Magariños a Rivera: “..he hablado con los ministros (interventores) sobre el armamento que se harán cargo de pagarlo, tomando para su reembolso ganado del que usted tiene y les servirá a las estaciones marítimas. También nos darán estos días 20 quintales de pólvora, y ya pusieron en batería dos de los cañones tomados en Obligado; los otros fueron fueron a Londres como trofeos” “Sale don Agustín Almeida -le escribe el mismo Magariños a Rivera el 24 de junio- para que asociado con la persona que usted elija en ésa, se haga cargo de conducir lo que quieran mandar a ésta de lo tomado al enemigo, y según los contratos que fuese conveniente hacer, porque eso ha parecido más arreglado y expeditivo para ir en armonía…”.
El medio de que los interesados vayan en armonía lo da el ministro de Hacienda Bejar, escribiéndole a Rivera en esa misma fecha: “Anteriormente he dicho a usted que la compra del armamento estaba arreglada con los ministros interventores, los cuales me habían dicho del modo de arreglar ese negocio….. Ultimamente han dicho que tomarán ganado para cobrarse su importe….. Para el mejor desempeño en la remisión de cueros, ganado y demás frutos tomados en el territorio que ocupaba el enemigo, el gobierno ha nombrado un comisionado, que lo es don Agustín Almeida, quien procederá en unión de otro que usted nombre. De este modo nos ha parecido que será más conveniente, y que más pronto vendrán a disposición del gobierno esos recursos”. Ratificándole las seguridades de Bejar, le escribe todavía Magariños a Rivera en 5 de julio: “Ayer se acordó avisar a usted que para cubrir el contrato de armamento, se debe entregar su valor en cueros y ganado a orden de los ministros y almirantes”. Con fecha 11 de junio el ministro Bejar le acusa recibo a Rivera de una remesa de cueros, pero le encarece nuevas remesas, “porque usted sabe bien nuestro estado y la necesidad de evitar inconvenientes que puedan presentarse en este asunto”.
Es claro que esto último se refería a las exigencias de los ministros interventores, como que las remesas de cueros y frutos no debían de ser muy abundantes. Es que aunque Rivera hiciese enormes acopios, todo era poco para entretener su sistema de dilapidaciones. Asediado por los que iban al olor de sus larguezas; explotado por los que medraban al favor del desbarajuste que lo caracterizaba, siempre estaba urgido de dinero, que nada reservaba para sí. A fines de agosto ya le pedía más dinero al ministro de Hacienda, y éste al remitírselo no podía menos que pedirle el informe sobre cueros “con los documentos que puedan ilustrar el particular”. Así entretenían la intervención y la guerra los ministros interventores de Gran Bretaña y Francia, cuando el repentino arribo del comisario británico Thomas S. Hood comenzó a imprimirle nuevo giro a la cuestión del Río de la Plata.
Referencias
(1) Véase El Comercio del Plata del 10 de febrero.
(2) Véase este parte del almirante Inglefield que transcribió La Gaceta Mercantil del 8 de enero de 1847, del Morning Herald del 12 de setiembre de 1846. Parte del general Mansilla y carta del capitán Alzogaray en La Gaceta Mercantil del 9 de febrero de 1846. El Nacional y El Comercio del Plata de Montevideo, al referirse al combate de San Lorenzo, silenciaban las averías y pérdidas que sufrió el convoy; pero es lo cierto que muchos de los barcos mercantes quedaron inútiles, y que el Dolphin y Expeditive no pudieron después continuar sus servicios sino a costa de serias refacciones.
(3) Parte del teniente Austen del Alecto al capitán Hotham, transcripto en La Gaceta Mercantil; idem de Virto a Mansilla.
(4) Este parte se publicó en el Morning Herald de Londres del 12 de setiembre de 1846. Véase los partes de Mansilla, Thorne y Santa Coloma, relativos a estos cuatro combates, en la Gaceta Mercantil del 14 de mayo de 1846. Véase también las cartas de los marinos ingleses y franceses, tomadas con la correspondencia de pailebot Federal, y en las que éstos sienten la necesidad de aumentar sus fuerzas marítimas contra la Confederación, y descubren todos los descalabros y pérdidas que sufrió en San Lorenzo la expedición mercantil de los aliados.
(5) Véase la Gaceta Mercantil del 2 de mayo de 1846. La muerte del guardiamarina Wardlaw dio tema a El Comercio del Plata para un romance heroico, en el que los soldados argentinos aparecían como asesinando a ese oficial poco menos que a mansalva.
(6) Decreto de 1º de mayo de 1846.
(7) Correspondencia tomada a los aliados juntamente con el pailebot Federal. Véase la Gaceta Mercantil del 2 de mayo de 1846.
(8) Estos partes los transcribió La Gazeta Mercantil del 8 de enero de 1847, del Morning Herald de Londres de 12 de setiembre de 1846. Parte oficial de Mansilla en la Gaceta Mercantil del 12 de junio de 1846. Véase El Comercio del Plata del 3 y 4 de junio de 1846 y lo que al respecto dice Bustamante (equivocando el combate de San Lorenzo con el de Quebracho) en su libro los Errores de la Intervención, página 114.
(9) Esta protesta se insertó en El Nacional de Montevideo de 17 de enero de 1846.
Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Rozas y el Brasil – Ed. Americana – Buenos Aires (1945)
Turone, Oscar A. – Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Decreto que crea la Comandancia Militar de las Islas Malvinas y costas adyacentes
Copia manuscrita del Decreto que instituye una Comandancia Militar en las Islas Malvinas y costas adyacentes, Buenos Aires - Año: 10 de Junio de 1829.
TRANSCRIPCIÓN:
Cuando por la gloriosa revolución de 25 de Mayo de 1810 se separaron estas provincias de la dominación de la Metrópoli, la España tenía una porción material de las Islas Malvinas y de todas las demás que rodean el Cabo de Hornos, incluso la que se conoce bajo la denominación de Tierra del Fuego, hallándose justificada aquella porción por el derecho de primer ocupante, por el convencimiento de las principales potencias marítimas de Europa, y por la adyacencia de estas Islas al continente que formaba el Virreinato de Buenos Aires, de cuyo Soberano dependían. Por esta razón habiendo entrado el Gobierno de la República en la sucesión de todos los derechos que tenía sobre estas provincias la antigua Metrópoli y de que gozaban sus virreyes, ha seguido ejerciendo actos de dominio en dichas islas, sus puertos y costas; a pesar de que las circunstancias no han permitido hasta ahora dar a aquella parte del territorio de la República la atención y cuidados que su importancia exige.
Pero siendo necesario no demorar por más tiempo las medidas que puedan poner a cubierto los derechos de la República haciéndole al mismo tiempo gozar de las ventajas que pueden dar los productos de aquellas islas y asegurando la protección debida a su población, el Gobierno ha acordado decretar:
Artículo 1º. Las Islas Malvinas y las adyacentes al Cabo de Hornos en el Mar Atlántico serán regidas por un comandante político y militar nombrado inmediatamente por el Gobierno de la República.
Artículo 2º. La residencia del comandante político y militar será en la Isla de la Soledad y en ella se establecerá una batería bajo el pabellón de la República.
El 3 de febrero de 1852 la Patria Triunfo, el Ejercito Grande al mando del Gral Justo Jose de Urquiza vence a las tropas del tirano cipayo de Juan Manuel de Rosas, logrando asi el fin de la tiranía por mas de 20 años y logrando el comienzo de la Organización Nacional del país. El cobarde de Juan Manuel de Rosas escaparía del campo de batalla abandonado a sus esclavos; estaba todo arreglado, el tirano se embarcaría en el Buque de guerra Ingles rumbo a su patria, La Inglaterra, donde morirían toda su cipaya vida.
¡Soldados! ¡Hoy hace 40 días que en el Diamante cruzamos las corrientes del río Paraná y ya estabais cerca de la ciudad de Buenos Aires y al frente de vuestros enemigos, donde combatiréis por la libertad y por la gloria!. ¡Soldados! ¡Si el tirano y sus esclavos os esperan, enseñad al mundo que sois invencibles y si la victoria por un momento es ingrata con alguno de vosotros, buscad a vuestro general en el campo de batalla, porque en el campo de batalla es el punto de reunión de los soldados del ejército aliado, donde debemos todos vencer o morir!. Este es el deber que os impone en nombre de la Patria vuestro general y amigo. Justo José de Urquiza
A comienzos de 1845 va a reanudarse la lucha en el territorio argentino, pero la guerra nunca ha estado interrumpida. En el Uruguay combaten tres ejércitos de la Confederación y en el de Oribe figuran batallones argentinos. También ha habido algún encuentro insignificante en Entre Ríos, promovido por el gobernador de Corrientes. Pero ahora Rosas tendrá frente a él al más notable de nuestros militares, el general Paz, que acaba de ser designado en Corrientes jefe del Ejército Aliado Pacificador, y que ya ha comenzado a organizar sus tropas. Este nombramiento no es la única habilidad del gobierno correntino. Su tratado de comercio con el Paraguay, que Rosas considera una traición, porque una provincia no puede pactar con el extranjero, es el primer paso hacia una colaboración militar.
Manuel Oribe venció a Fructuoso Rivera en Arroyo Grande (6 de diciembre de 1842). Este perdió todo su ejército, y hasta sus pistolas y espada de honor, que arrojó para poder huir. Este hecho de armas significó el fin de la Federación del Uruguay que Rivera presidía. Luego de esa batalla, las tropas rosistas comandadas por el general Oribe atravesaron el Uruguay, mientras que las tropas de Rivera huían hacia Montevideo sin ofrecer resistencia. Después de eso, ya Oribe con casi la totalidad del País en su poder. Se propuso sitiar Montevideo, en un sitio que duraría nueve años y seria recordado por la histografia uruguaya como “Sitio Grande”. Y establecer su sede de Gobierno en lo que hoy se conoce como el barrio del Cerrito de la Victoria, en lo que era para ese entonces las afueras de Montevideo.
Fructuoso Rivera, que no había ejercido actos de gobierno sino al pasar, en los puntos que ocupaba con sus armas, era seguido por el ejército al mando de Urquiza, quien lo alcanzó en la sierra de Malbajar, y lo obligó a traspasar la frontera y asilarse en Río Grande. Rivera se dirigió en nombre del gobierno oriental al marqués de Caxias, comandante en jefe de las fuerzas del Imperio en esa provincia, con quien había tenido negociaciones por intermedio de su secretario don José Luis Bustamante. Allí pudo reorganizarse con los auxilios de armas, vestuarios y caballos que recibió. Los últimos días de enero de 1845 pasó a la frontera oriental. Sus divisiones, al mando de los coroneles Flores, Freire y Silveira, sostuvieron choques sin importancia con las de Urquiza; pero como él pasase a mediados de febrero del norte al sur del río Negro y pusiese asedio a la villa de Melo, Urquiza reunió sus fuerzas y el 21 se movió del Cordobés en dirección a Cerro Largo. Rivera se ocultó en la sierra del Olimar y Cebollatí. Urquiza contramarchó el 23 del Fraile Muerto, y se dirigió por el camino de la cuchilla, con el designio de ponerse al flanco derecho y salirle a vanguardia. Pero fue inútil. Rivera, conocedor del terreno, hacía marchar y contramarchar a Urquiza con el objeto de arruinarle las caballadas y caer sobre él en un momento propicio. Así permanecieron hasta el 31 de marzo en que Urquiza se movió de su campo de Los Chanchos, al saber que Rivera a la cabeza de 3.000 hombres se dirigía a tomar el pueblo de Minas. Urquiza pudo impedírselo llegando a tiempo a la barra de San Francisco, pero tuvo que permanecer en este punto para dar descanso a sus caballadas. El 21 Rivera reunió todo su ejército y se dirigió sobre Urquiza. El 25 se avistaron ambos ejércitos, y el 26 tomó posiciones en los campos de la India Muerta.
Rivera tenía poco más de 4.000 hombres; Urquiza tenía 3.000, en su mayor parte veteranos. Al salir el sol del 27 de marzo, Urquiza hizo pasar dos fuertes guerrillas por el arroyo Sarandí, y tras éstas adelantó sus columnas tendiendo su línea a tiro de cañón de Rivera, y compuesta la derecha: de la división entrerriana al mando del coronel Urdinarrain; centro: tres compañías del batallón Entre Ríos y tres piezas de artillería al mando del mayor Francia; izquierda: ocho escuadrones de caballería, dos compañías de infantería y la división oriental al mando del coronel Galarza. Los escuadrones entrerrianos llevaron una tremenda carga a sable y lanza sobre la izquierda y el centro de Rivera, compuesta la primera de milicias últimamente incorporadas de los departamentos de río Negro, y el segundo de un batallón de infantería y dos piezas de artillería, respectivamente mandados por los coroneles Baez, Luna, Silva y Tavares. Las cargas de los federales fueron irresistibles, y bien pronto quedó reducida la batalla sobre la derecha de Rivera, donde estaban sus mejores fuerzas al mando del general Medina, jefe de vanguardia. Ante el peligro de ser flanqueado y envuelto, Rivera se dirigió personalmente a su izquierda para rehacerla, lo que pudo conseguir trayendo algunos escuadrones al combate. Pero Urquiza lanzó entonces sus reservas, y después de una hora de lucha encarnizada lo derrotó completamente, matándole más de 400 hombres, entre los que había treinta y tantos jefes y oficiales; tomándole como 500 prisioneros, el parque, caballadas, toda su correspondencia, y hasta su espada con tiros y boleadoras.
“Te noticié del suceso malhadado del 27 –le escribe Rivera a su esposa- desgraciadamente volví a sufrir otro contraste que nos obligó a pasar el Yaguarón un poco apurados. Yo perdí parte de la montura y desde ese día estamos bajo la protección de las autoridades imperiales”.
Esta victoria destruyó para siempre la influencia militar del director de la guerra contra Rosas.
En Buenos Aires, donde llega la noticia el último día de marzo, se celebra el triunfo con grandes fiestas: fuegos artificiales, descargas, iluminación, embanderamientos y manifestaciones callejeras con música. Una columna de cuatro a cinco mil personas llega a Palermo. Van diputados, jueces, funcionarios. Rosas no se presenta a recibir su homenaje y son atendidos por Manuelita.
A fines de enero, el almirante Brown, por orden de Rosas, ha restablecido el bloqueo. No ya el bloqueo parcial, como el año anterior, a ciertas mercaderías y la exención para Inglaterra y Francia, sino el absoluto. Pero el almirante Lainé lo desconoce. Convertido desde el año anterior en enemigo de Rosas, en otro Purvis, aplaude a los legionarios y dice no poder disolverlos porque ellos ya no son franceses. Al mismo tiempo, hostiliza a Oribe, desconoce sus derechos y no permite que otros franceses se vayan a Buenos Aires. Ha establecido en Montevideo, una indudable intervención. El es quien ahora manda allí. Muy poco falta para que la ciudad quede ocupada por Francia. Rosas, entonces decreta, con la indignación de los representantes de Francia e Inglaterra, que no entren en Buenos Aires, verdadero puerto de destino, los barcos que hayan tocado en Montevideo.
Después de India Muerta la caída de Montevideo pareció inevitable. El gobierno mismo llegó a declarar que la ciudad no podía sostenerse cuarenta días con sus solos recursos. Oribe a convocado en mayo para la renovación de la asamblea legislativa y elecciones de presidente de la República, y propone la rendición. Rechazada, se prepara a atacar. Lainé e Inglefield declaran que no permitirán la caída de la ciudad. Y es entonces cuando la proveen de armas, municiones y víveres y cuando desembarcan tropas. Y el gobierno de Montevideo escribe al del Brasil unas palabras infames y vergonzosas según las cuales el Uruguay, en casi de tener que entregarse a un poder extranjero, “antes que sucumbir bajo la cuchilla de Rosas” –palabras textuales- “se echaría con preferencia en los brazos de un poder americano”. Es decir, que antes de ser gobernados por su compatriota Oribe, héroe de la independencia uruguaya, uno de los “33” y jefe de Ituzaingó, prefieren ser brasileños esos malos uruguayos, prefieren entregar su patria al Brasil, el único y perpetuo enemigo de su independencia.
Una vez más, los extranjeros impiden la caída de Montevideo. Ahora sólo la defienden cuatrocientos nueve orientales. El resto de las tropas son esclavos, en su mayoría pertenecientes a extranjeros y en número de seiscientos dieciocho; y dos mil quinientos extranjeros, de los cuales mil quinientos cincuenta y cuatro franceses. ¿Qué se han hecho los mil franceses restantes? Los más serios, así como otros que no formaron nunca en la legión, se han refugiado en Buenos Aires. Desde aquí dirigen una petición al gobierno francés, en donde se lee estas palabras significativas: “El señor Lainé, ¿ha sido enviado para proteger al partido agonizante que domina en Montevideo, o para protegernos a nosotros?”. Ese partido agonizante, esos cuatrocientos nueve hombres, ahora que el ejército de Rivera no existe, representan para Francia e Inglaterra el Estado Oriental. Y en nombre de ese puñado de individuos, Francia e Inglaterra vienen a meterse en la política del Plata, a mandar como dueños, a imponerse con sus cañones.
¿Y los emigrados? El número de los argentinos que defienden la plaza es de apenas ciento treinta. Muy pocos más son los que llevan armas. Los demás están en Buenos Aires o en el Brasil. Pero esos pocos argentinos son los dueños del gobierno de Montevideo, principalmente Florencio Varela. Ha de estar alegre Varela, al ver el resultado de su misión a Europa, al ver a su patria próxima a entrar en guerra contra las dos grandes potencias del mundo, en peligro de ser destruida y desolada.
SUMARIO: 1. Introducción – 2. Un
escenario trágico – 3. El marco histórico – 4. Los prolegómenos. La situación
en uno y otro bando – 5. Posicionamiento de las fuerzas – 6. Descripción de la
batalla – 7. La degollatína – 8. Rumbo a Yaguarón – 9. Júbilo en el Cerrito –
10. Celebración en Buenos Aires – 11. Después de India Muerta – 12. Conclusión
– 13. Apéndice documental
1. Introducción.
Solamente por aquello de que “la
Historiala escriben los ganadores” puede explicarse que la segunda batalla de
India Muerta (27 de marzo de 1845), y sus ulterioridades, hayan sido siempre
soslayadas en nuestra historiografía oficial. En el marco dela Guerra Grande,
Fructuoso Rivera, quien gustaba ser tenido por “un oriental liso y llano”,
llega a India Muerta, con su ejército colorado-unitario, urgido de triunfar,
para descomprimir en algo la presencia del ejército de Manuel Oribe en campaña
y para oxigenar al gobierno “dela Defensa”, encerrado en Montevideo desde que
las fuerzas blanco-federales sitiaran la ciudad, en 1843, tras la acción de
Arroyo Grande. Él es consciente de esa presión y por eso sus horas previas a
aquel día nefasto estuvieron impregnadas de dramatismo, aunque se cuidó muy
bien de no transmitirle esa sensación a la tropa. Y pierde, lo que
transitoriamente lo saca del conflicto y va creando condiciones que
repercutirán en el proceso histórico del Uruguay durante largo tiempo.
¿Y por qué dar batalla en India
Muerta y no en otro lugar? Buscando respuestas, porque era un terreno que
conocía muy bien, en proximidades de la estanciaLa Tuna, de su amigo Francisco
de los Santos (no el chasque artiguista, sino el otro, el que fue alcalde
ordinario de la villa de Rocha), donde se sentía como en su propia casa y
donde, cuentan, solía llegar cada tanto. Y, seguramente, por la cercanía de
este territorio con el Brasil, lo que facilitaría las cosas al momento de ser
necesario obtener refugio, atento a la afinidad de Don Frutos con los
imperiales.
2. Un escenario trágico.
General
Justo José de Urquiza
India Muerta es un nombre que se
repite en la geografía y en la historia del departamento de Rocha. En la
vastedad territorial que encierran estas dos palabras, hay lugar para un
arroyo, un bañado, una cuchilla y, en los tiempos modernos, hasta una presa.
Nombre de un pago de leyendas y,
él mismo, de leyenda. Denominación de uso corriente desde los siglos
XVII-XVIII.
De manera singularísima, India
Muerta tuvo dos capítulos, en lo que a batallas se refiere, separados uno del
otro por casi treinta años, en la primera mitad del siglo XIX. El protagonista
común a ambas acciones militares fue Rivera, derrotado una y otra vez.
En el paraje El Higuerón, entre
los arroyos India Muerta y Sarandí deLa Paloma, el entonces teniente de Artigas
resulta vencido por las fuerzas portuguesas invasoras dela Banda Oriental, al
mando del mariscal Pinto, el 19 de noviembre de 1816. Con el camino expedito,
Carlos Federico Lecor avanza sobre Montevideo, aún cuando Juan Antonio
Lavalleja, Fernando Otorgués y el propio Rivera lo hostilizan hasta las propias
puertas de la capital.
Exactamente 28 años y 135 días
después, el 27 de marzo de 1845, el ahora general Rivera sella su destino
militar y deja toda la campaña oriental en manos de su adversario, brigadier
general Manuel Oribe, en el mismo lugar geográfico, cayendo derrotado a manos
del caudillo entrerriano Justo José de Urquiza. Eran tiempos de la llamada
Guerra Grande, período histórico complejo y no siempre entendido.
3. El marco histórico.
Entre los años 1830 y 1890, el
Uruguay vivió en una permanente inestabilidad política y económica. Nuestro
país estuvo caracterizado, hasta los primeros años del siglo XX, por el
enfrentamiento armado entre los dos “bandos” o “divisas”, después partidos
tradicionales, Colorado y Blanco o Nacional.
Estas luchas fueron llamadas,
genéricamente, “guerras civiles”. La más extensa de ellas fuela Guerra Grande,
dividida en dos períodos: 1839-1843 y 1843-1851.
Los primeros gobiernos
constitucionales se enfrentaron con una situación socio-económica no contemplada
por nuestra Constitución primigenia, donde las dicotomías campo-ciudad,
doctor-caudillo, civilización-barbarie, trajeron aparejados enfrentamientos de
índole comercial que aparecían como meras cuestiones personales o caudillescas.
Estos estuvieron determinados, en todo momento, por la presión de Brasil,
Argentina, Francia e Inglaterra. Las respectivas escuadras apostadas en el Río
dela Platatenían como misión sofocar o promover enfrentamientos, de los que
siempre buscaban ventajas comerciales o económicas.
De esta forma, los conflictos
“locales” se transformaban en verdaderas guerras internacionales. A su vez, los
caudillos estaban vinculados con sectores económica e ideológicamente afines de
los países limítrofes: los blancos de Manuel Oribe con los federales de Juan
Manuel de Rosas, los colorados de Fructuoso Rivera con los unitarios
argentinos. Esa diferencia ideológica desencadenóla Guerra Grande, pero podemos
encontrar también como causales de este conflicto, como lo presentan algunos
autores, la lucha del nacionalismo americanista contra el imperialismo
europeizante, o la confrontación de la “civilización” con la “barbarie”. A todo
esto, las dos potencias coloniales del siglo XIX, Francia e Inglaterra, se
introducían en los asuntos internos del Río dela Platay del Brasil, para lograr
el control de la actividad comercial. Los centros industriales europeos
necesitaban materias primas (carne, cuero y lanas) y las tensiones sociales
tenían como válvula de escape la emigración. ¿Dónde se podían satisfacer todas
esas necesidades? En América y, sobre todo, en el Río dela Plata.
Lasoligarquías autóctonas (latifundistas, comerciantes) aceptaban tal estado de
cosas, pues respondía muy bien a la situación, a sus intereses, por ser ellos
también importantes productores agropecuarios. Además, como las incipientes
artesanías nacionales aún no se habían transformado en verdaderas industrias,
resultaba conveniente, para satisfacer las necesidades del consumo, abrir las
puertas del Río dela Platay la navegación hacia el interior (ríos Paraná y
Paraguay).
Estos puertos recibían
mercaderías europeas, favorecidas por el liberalismo económico, manifestado a
través de la ausencia de trabas aduaneras y, cuando Juan Manuel de Rosas
insinuó aplicar estas trabas desde su gobierno en provecho de su sector
estanciero-saladeril, los imperialismos promovieron movimientos sediciosos
contra el mismo. En esencia, la Guerra Grandefue la gran lucha de los sectores
económicos para obtener la supremacía de sus intereses. Además de, en expresión
de Juan E. Pivel Devoto, “un drama íntimamente ligado a la configuración de
las nacionalidades de la Cuenca del Plata”.
4. Los prolegómenos. La situación en uno y otro bando.
A comienzos del mes de marzo de
1845, la vanguardia del general Fructuoso Rivera es derrotada en la zona de
Cerros Blancos, lo que obliga al caudillo a una nueva maniobra de repliegue.
Desde esa fecha, el ejército riverista empieza a concentrarse, a partir de una
decisión que respondía a la necesidad de disminuir la presión que las fuerzas
de Manuel Oribe estaban realizando sobre Montevideo, mediante alguna maniobra o
ataque. A los efectos concernientes se procura mejorar el armamento y el
equipaje.
Un oficio del general Justo José
de Urquiza aporta sustanciosa información sobre la forma como se abasteció el
ejército del general Rivera: “Por pasados del Pardejón, se sabe que todo el
cuerambre que aquel pícaro robó, mientras estuvo en el Departamento de
Tacuarembó, fue enviado a Valles (Bagé) en 82 carretas, y que en retorno recibió
en los Corrales, armamento, municiones y ropa”.
El 19 de marzo las fuerzas
riveristas son observadas marchando desde el río Cebollatí en dirección al
Valle del Aiguá. Una vez alcanzada la zona de Aiguá, el general Rivera destacó
efectivos sobre Maldonado, los que sostuvieron algunos tiroteos con fuerzas
oribistas.
Teniendo informes de la
aproximación de la columna del general Urquiza, el día 21, en horas de la noche
y con lluvia, el general Rivera emprende la marcha, retornando en dirección del
Cebollatí. El 22 llegan al arroyo Alférez, cruzándolo por el Paso de Los Talas.
El día 23, los escuadrones del
coronel Camilo Vega, de Méndez y de Brígido Silveira, hostilizan la vanguardia
del general Urquiza, al tiempo que el general Rivera designa al también general
Anacleto Medina para concurrir ala IsladeLa Paloma, junto con los coroneles
Olavarría y Caraballo, a esperar la llegada de un contingente de hombres y
municiones.
El 26 de marzo ocurren dos hechos
significativos en el campo riverista. Por un lado llega un parte del coronel
Camilo Vega, desde la retaguardia, informando que las fuerzas que presentaba la
columna del general Urquiza eran superiores a las propias. La gravedad de esta
noticia requería una nueva evaluación de la situación y el general Rivera
convoca un Consejo de Guerra, el cual se reúne a las 9 de la noche.
El resultado del Consejo fue que,
pese a lo informado por el coronel Vega, se diese batalla. La decisión se
fundaba en que la apreciación de la situación realizada por Vega podría ser
exagerada, en primer lugar, y que el terreno elegido para librar el combate era
favorable, en segundo término.
En horas de la noche una partida
riverista captura un cierto número de caballos del general Urquiza, mientras se
ultiman los detalles para dar la decisiva batalla, al día siguiente.
En la madrugada del día 27 arriba
al campo del general Rivera un ayudante del general Medina, comunicando la
opinión del mismo en el sentido de no apresurarse y comprometer un encuentro
hasta no contar con los refuerzos esperados, en virtud de ser inferiores los
efectivos que se tenían.
Este es el
único retrato auténtico de Fructuoso Rivera, según un daguerrotipo tomado en sus
últimos años de vida. «Don Frutos» murió en 1854, cerca de los 70 años.
A todo esto, luego de haber
derrotado a la vanguardia riverista en Cerros Blancos, el general Urquiza
(quien había ingresado a territorio del Estado Oriental del Uruguay el 11 de marzo
de 1843, tras gestionar el brigadier general Manuel Oribe la presencia de un
segundo ejército blanco-federal en nuestro territorio, frente a la amenaza que
representaba el general Rivera, habiendo mantenido en esos dos años dos
encontronazos con Don Frutos, con suerte dispar: Puntas del Guaviyú y Puntas
del Yí) se mantenía en persecución de las fuerzas enemigas, a dos días de
marcha. En efecto, el 23 de marzo el general Urquiza cruzaba el arroyo Aiguá, a
la altura del Paso de Cortés. Su vanguardia se tirotea en el Valle de Fuentes
con las fuerzas de los escuadrones de los coroneles Vega, Méndez y Silveira.
Para este momento, el general
Urquiza pone en ejecución un plan. El mismo consiste en aparentar un número
menor de fuerzas de las que realmente poseía. Para llevarlo a cabo había tomado
dos precauciones: primero disimular una columna de mil lanceros entrerrianos,
que seguían a la distancia al convoy de carretas que acompañaba al ejército,
marchando de noche y con el máximo de sigilo para no ser descubiertos. La
segunda precaución adoptada fue la de ocultar un considerable número de
soldados de infantería en las carretas, disimulando así la verdadera potencia
que tenía y que escapó de los bomberos del general Rivera.
5. Posicionamiento de las fuerzas
Orestes Araújo confirma que el
choque de las fuerzas se produjo “en el paraje conocido por el Higuerón, entre
el (…) arroyo dela India Muertay el Sarandí deLa Paloma”. Si nos atenemos a la
descripción de la batalla inserta en el Boletín Histórico del Ejército, números
275-278, del año 1989, tenemos que el día 27, Rivera forma su línea de batalla,
adoptando la forma de un martillo, recostando su espalda sobre el arroyo de
India Muerta. El flanco derecho y una parte del centro estaba compuesto de las
Divisiones del coronel Luciano Blanco, de Freire, de Cuadra y del coronel
Costa, jefe del Estado Mayor.
En un espacio entre el centro y
el ala izquierda se ubicó una sección de infantería a órdenes del coronel
Lorenzo Flores, alias “El Chileno”. Junto a esta sección se había colocado una
culebrina de a 8, con su dotación, al mando del capitán Augusto Verger.
Por su parte, el ala izquierda la
formaban las Divisiones de los coroneles Fortunato Silva, que la comandaba, y
Luna, permaneciendo de reservala Divisióndel coronel Bernardino Báez. Consigna
Isidoro de María, en sus “Anales dela Defensade Montevideo (1842-1851)”, que
“el total de esas fuerzas no excedía de 3.200 hombres de caballería,
perfectamente bien montados y decididos, pero medianamente armados y
municionados. Figuraban en ellas jefes experimentados como Viñas, Quintana,
Camacho, Santander, Centurión, Viera, Aguilar, Carrión, Méndez y otros”.
A su vez, el general Urquiza
despliega también sus fuerzas. La derecha estaba formada porla Primera
DivisiónEntrerriana, integrada con seis escuadrones. Sus flancos iban
protegidos por el escuadrón de Dragones Entrerrianos, los lanceros del 1º de
Línea de Buenos Aires, el primer escuadrón dela Novena DivisiónEntrerriana y un
escuadrón de Orientales. Quedaban en la reserva de esta ala, el primer
escuadrón Escolta dela Libertad, así como los números 2 y 3 dela División
Flores.
El centro, estaba integrado por la
2º Compañía y los Volteadores del Escuadrón Entrerriano, así como también un
piquete de artillería. La reserva la conformaban el escuadrón Escolta de
Urquiza y otro escuadrón Oriental.
Mientras tanto la izquierda la
componen la 3º División Entrerriana (con cuatro escuadrones de caballería) más
un escuadrón Oriental. Flanqueaban esta ala izquierda el Batallón Nº 3 de
Buenos Aires, reforzado con una Compañía de Voluntarios dela Colonia, dos
Compañías más de Voluntarios dela Coloniay Soriano, el Batallón Nº 4 de Buenos
Aires y los Dragones de Buenos Aires.
La reserva del ala izquierda la
integraban la 6º División Entrerriana (con cuatro escuadrones), así como dos
Compañías de Minas y Maldonado. “El bagaje a retaguardia, dejando a su espalda
el arroyo Sarandí. Los jefes de División eran Urdinarrain, Galarza, Palavecino,
Díaz y Barreto. En el mando de los escuadrones, flanqueadores o de reserva,
figuraban Hermelo, Muñoz, Píriz, Peñarol, (Bernardino dela Cruz) Olid y
Zipitría”. (Isidoro de María, opúsculo citado)
6. Descripción de la batalla.
Son las siete de la mañana. La
batalla principia chocando las guerrillas. Seguimos a De María: “El
ejército de Urquiza tenía necesariamente que salvar obstáculos para poder
batirse. El terreno se los presentaba, por una parte, en la cañada de
vertientes que se interponía a su paso entre los dos ejércitos, y por otra un
fangoso zanjón”.
Con dificultad y bajo un violento
fuego, las fuerzas del general Urquiza, protegidas por sus cuerpos de
infantería, tienden todas sus líneas, descubriendo su número. La batalla
adquiere el ardor que los contendores ponen en pos de la victoria.
En un combate donde priman las
caballerías, la derecha y el centro del general Rivera cargan violentamente,
arrollando por dos veces la caballería del general Urquiza. Mientras tanto, la
izquierda recibe órdenes para que dé frente al enemigo, en virtud que su
posición era oblicua.
El coronel Fortunato Silva
imparte las órdenes pertinentes para efectuar el movimiento. Pero, inexplicablemente,
la Divisiónen vez de girar se envuelve, no pudiendo los jefes y oficiales dar
las órdenes a tiempo o hacerse escuchar, para impedir el desorden, la confusión
y el desbande. El resultado no es otro que la dispersión. El enemigo advierte
la situación y carga impetuosamente, empujando sin contemplaciones y arrojando
la desordenada División sobre su propia reserva, a la que arrastra en el
desorden.
Sólo el coronel Luna, con sus
tiradores, y el respaldo del sargento mayor Timoteo Domínguez, procura
mantenerse a pie firme, haciendo un nutrido fuego, pero no es suficiente y la
derrota del ala sobreviene. Apreciando el general Urquiza la situación en el
centro y la derecha riveristas, que se estaban imponiendo sobre sus efectivos,
ordena poner en juego sus reservas, haciendo él lo propio con su escolta, para
incrementar el poder.
A esta altura el encuentro se
torna muy cruento. Y surge aquí un nuevo factor decididamente favorable a las
fuerzas blanco-federales: nada menos que la infantería, que en el contacto
comienza, con sus descargas cerradas, a diezmar las filas riveristas.
La derrota de Rivera y su gente
es un hecho y el general apenas consigue evitar su muerte. Telmo Manacorda, en
“Fructuoso Rivera, el perpetuo defensor de la República Oriental”, apunta: “Zumbaban
en el aire las bolas arrojadizas y un juego de ellas trabó las patas del
caballo moro que el general montaba. Si Fausto Aguilar no se tira de un golpe y
a tajo de facón corta la trenza, el general cae prisionero”.
La retirada se realiza tomando
varias direcciones. Unos van hacia Santa Teresa, mientras otros siguen al
general Rivera, hacia el río Cebollatí. A corta distancia, Dionisio Coronel y
su gente, reventando caballos, persiguen al caudillo derrotado y algo más de
doscientos hombres que le acompañan.
La batalla había durado unas dos
horas.
7. La degollatina.
Si por algo ha trascendido esta
segunda batalla de India Muerta, en la memoria colectiva nacional y
particularmente de los lugareños, ha sido por el posterior degüello de
prisioneros ordenada por Justo José de Urquiza. El mismo Urquiza que esa mañana
“mira las polvaredas de las caballerías, empinado hacia atrás en su zaino
malacara, flotante al viento suave, en ámbito de otoño, su poncho blanco
sobrelabrado de rojo”, al decir de Alfredo Lepro.
En su “Ensayo de Historia
Patria”, Hermano Damasceno (H. D.) consigna que “al día siguiente Urquiza
manchaba su victoria haciendo degollar a 500 prisioneros. Él mismo quiso darse
el gusto de presenciar la operación, que se hizo a toque de música”.
Los poetas solariegos han dado
testimonios de tinte trágico del asunto. Mientras José Carduz Viera, en “Solar
heroico”, habla de “la epopeya roja de India Muerta”, José A. Ribot,
en “Nuestro blasón”, se refiere a “un reguero de sangre en India Muerta”.
La poco civilizada costumbre de
cortar la garganta de los prisioneros se mantuvo prácticamente durante la
totalidad de las guerras civiles orientales del siglo XIX, hasta la revolución
de Aparicio Saravia, en 1904. En esencia, se trataba de un acto de venganza
propio de un tiempo de pasiones incontroladas, en una sociedad violenta y
altamente primitiva.
Si bien los “dotores” y los
elementos intelectuales de los bandos enfrentados condenaron siempre esta
práctica, muchas veces transaron con ella y hasta hubo ocasiones en que
animaron a los caudillos a practicarla. Muchas veces se pretendió, incluso,
interpretar las degollatinas como una cuestión humanitaria y entonces los soldados
recorrían los campos de batalla y degollaban sin miramientos a los heridos,
según decían para ahorrarles el dolor del sufrimiento. Era la tristemente
célebre acción de “despenar”. Para la sensibilidad de nuestro tiempo, resulta
difícil entender que quienes practicaban el degüello no fueran individuos
sádicos, que gozaban haciendo correr sangre ajena. Simplemente eran hombres de
su tiempo, convencidos de que la guerra era cuestión de matar o morir, y que no
daban ni pedían cuartel. No para justificarlos, pero es bueno tener presente
aquí aquello de que “no deben mirarse los hechos del ayer con los ojos de hoy”.
8. Rumbo a Yaguarón.
Un curioso
y poco conocido retrato de Manuel Oribe hecho por el gran pintor
constructivista uruguayo Joaquín Torres García
A diferencia de lo ocurrido en
1816, cundo a pesar de la derrota hostigó al invasor Lecor hasta las puertas
mismas de Montevideo, en esta ocasión Rivera debe salir precipitadamente del
campo de batalla. En su huida, cuando pasa porLa Mariscalacon él sólo va ocho
personas, de las más de doscientas que le siguieron desde India Muerta,
buscando el Paso de las Piedras del río Yaguarón, para ganar el Brasil.
Informa Lepro
(opúsculo citado) que “Dionisio Coronel lo persigue sin darle alce. Quien
se retrasaba porque se le cansaba el caballo u otra circunstancia cualquiera
era lanceado sin piedad por el enemigo, dispuesto a terminar con Rivera esta
vez. En la madrugada del 6 de abril han podido dormir un poco, junto al ansiado
Paso de las Piedras; hace días que no descansan y que no pegan los ojos.
Todavía no bien aclarado se siente el galope de las gentes de Coronel y es de
tal manera apremiante el trance que han de salir desnudos y corriendo, derecho
al lagunón cerca del paso, y bracear hasta la orilla brasileña donde la guardia
está alerta, alarmada por el tropel, los tiros y los gritos. (…) A medida que
iban saliendo al otro lado estos adanes que tiritan en el fresco de la mañana,
la guardia brasilera los hace formar, de manera desconsiderada. Los milicos
chacotean con la figura de los refugiados al punto que Rivera, sin cuidarse de
su apariencia extraña y cómica, le dice al Oficial: ‘Soy el jefe de esta fuerza
y si no se me respeta pasaré al otro lado a hacerme matar por mis enemigos’. La
natural dignidad de su acento, primero, y alguien que lo identificó, luego, hicieron
cambiar las cosas y a los que antes se reían ‘do velho pelado e arripiado’
sobrecógelos un sentimiento de asombro: ¡estaban en contacto con el famoso
Frutos Rivera!”.
9. Júbilo en el Cerrito.
Francisco Solano Antuña, en
“Diario del Sitio”, edición del 13 de abril de 1845, estampó la breve crónica
que sigue: “Esta noche hubo salva en el Cerrito, cohetes en el Cuartel
General y en todas partes; iluminación general y espontánea en todas las casas.
Y todo por haber llegado chasque de haber sido prisionero el Pardejón. En medio
de este júbilo universal, díjose, y lo dijo el Sr. Presidente (Oribe), que el
Pardejón había sido sorprendido, batido y despojado de todo cuanto tenía; que á
pié, se arrojó con siete hombres al Yaguarón, pero que lo seguían de cerca, al
Brasil, y no se escaparía. (…) Averiguado está que el Pardejón, fue sorprendido
el día 6, sobre el Paso de las Piedras del Yaguarón, que se le tomó cuanto
tenía, y que con 7 hombres, desnudo, pues que dormía, atravesó el río. De aquel
lado lo recibió la guardia brasilera, y se lo llevó, á pié, dicen, a vista del
Comandante Coronel, Don Dionisio”.
10. Celebración en Buenos Aires.
En Buenos Aires, donde llega la
noticia el último día de marzo, se celebra el triunfo de Urquiza en India
Muerta con grandes fiestas. Proliferan los fuegos artificiales, descargas,
iluminación, embanderamientos y manifestaciones callejeras con música.
Una columna de cuatro a cinco mil
personas llega a Palermo. Van diputados, jueces, funcionarios. Rosas no se
presenta a recibir su homenaje y son atendidos por Manuelita, su hija.
Una publicación afín a don Juan
Manuel subraya: “De esta vuelta creemos que Rivera está definitivamente
liquidado. (…) juntó 4.000 hombres y se vino contra Urquiza -fuerte de 3.000
plazas o menos- y lo atropelló para barrerlo en India Muerta, unas cuarenta y
tantas leguas (…) de Montevideo, el 27 de marzo. El ejército de Operaciones
federal destripó a los riveristas; más de 1.000 hombres dejó muertos en la
batalla. Todo el parque, banderas y desertores quedaron en manos de Urquiza. La
persecución fue famosa y el pardejón tuvo que disparar hacia Brasil, apurado en
tiempo y en pavura. (…) Con esta derrota la situación de los sitiados en
Montevideo se puso más difícil que nunca”.
11. Después de India Muerta.
En el acápite de este artículo se
consigna la importancia histórica de las consecuencias (“ulterioridades”) de
esta segunda batalla de India Muerta. Que, por cierto, no son menores. Veamos:
a) Ocaso militar de Fructuoso
Rivera.
India Muerta apagó para siempre
la estrella rutilante de Rivera en campaña. Aunque retorna en 1846, ya no podrá
reorganizar totalmente sus otrora poderosas fuerzas. Dice Julián Marías que “lo
mismo que una edad significa una cierta altura de la vida, una época no es otra
cosa que una cierta altura de los tiempos”. Apropiándonos del concepto del
pensador español, a esa altura de la vida y de los tiempos llega para el
caudillo la época de su declinación. Aunque, en honor a la verdad, debe
admitirse que la decadencia de su liderazgo nunca llegó a ser total.
b) Destitución y destierro de
Rivera.
El 10 de agosto de 1845,la
Defensade Montevideo declaró cesante a Don Frutos en su cargo de general en
jefe del Ejército Nacional y comunicó al gabinete imperial de Brasil que no
debía dejárselo retornar. El enfrentamiento entre el caudillo y los “dotores”
se concreta y de ahí en adelante, en forma definitiva y más allá de algunos
altibajos, la conducción de la cosa pública la ejercerán los hombres dela
Defensa: Manuel Herrera y Obes, Andrés Lamas, Melchor Pacheco y Obes, Joaquín
Suárez y César Díaz, los más notorios y visibles.
c) Toda la campaña en manos
blanco-federales.
Fuera de acción el general
Rivera, las fuerzas de Oribe pasan a controlar todo el interior, quedando
solamente Montevideo en poder de la alianza colorado-unitaria, con apoyo de las
escuadras de Francia e Inglaterra y la incorporación de los legionarios
italianos al mando de Giusseppe Garibaldi.
d) Acentuación de la
federalización del territorio nacional.
Después, y como consecuencia, de
India Muerta, en el gobierno de Oribe, que desde el llamado Sitio Grande
establecido en el Cerrito (andando el tiempo conocido como “dela Victoria”)
hostigaba a Montevideo, se resuelve agregar la frase “¡Mueran los salvajes
unitarios!” al lema oficial “Defensores de las Leyes”.
e) Ominosos tratados firmados con
Brasil.
Con Montevideo sitiada tras sus
murallas y Rivera derrotado en India Muerta, en su último intento de organizar
un ejército en el interior, la suerte de la capital oriental parecía estar
decidida. Fue, sin embargo, la diplomacia de “La Nueva Troya”, al decir de
Alejandro Dumas, la que dio vuelta el curso de los acontecimientos.
Manuel Herrera y Obes, canciller
del gobierno dela Defensa, ideó un plan que consistía en lograr la intervención
del Brasil y, simultáneamente, provocarle a Juan Manuel de Rosas, El
Restaurador para sus seguidores, una sublevación interior. Para lo primero, el
gobierno montevideano envió a Río de Janeiro a Andrés Lamas, con plena facultad
para negociar. Brasil hizo pagar cara su intervención en el conflicto, obligando
a Lamas a firmar cinco ominosos tratados, todos ellos burdamente favorables al
Imperio.
Tales tratados, firmados
finalmente en la capital carioca el 12 de octubre de 1851 y definidos como una
“vergüenza diplomática”, son los mismos que el presidente Atanasio Aguirre
hiciera quemar, en la plaza pública y delante de todo el pueblo, años más
tarde, en 1864. En el de “Límites” se ceden las Misiones Orientales a Brasil.
Urquiza, por una “garantía de cumplimiento”, del 15 de mayo de 1852,
renunció a los derechos argentinos y se adjudica al Imperio del Brasil la plena
propiedad de la zona Norte del Chuy, la laguna Mirím o Merín y el río Yaguarón.
En el de “Alianza” se “garantiza
la nacionalidad oriental”, con el derecho de intervención militar
brasileña en los conflictos internos uruguayos. En el de “subsidios” se le
entrega dinero al gobierno dela Defensa, que sería reembolsado por el gobierno
constitucional al 6% anual y, mientras no se pagase la deuda, Brasil
intervendría las finanzas uruguayas “para mejor asegurar la reconstrucción del
Estado Oriental”.
Por el de “Comercio y Navegación”
los estancieros brasileños con propiedades en el Estado Oriental no pagarían
impuestos por la explotación de sus haciendas y quedaban exentos de milicias,
contribuciones y requisiciones militares; sería común la navegación de los ríos
dela Platay Uruguay (que no era limítrofe) y no así las aguas limítrofes
(laguna Mirím o Merín y río Yaguarón) que serían exclusivamente brasileñas; la
isla Martín García sería “neutralizada”. Por el tratado de “Extradición”,
además de la devolución de criminales, se hacía la de esclavos brasileños
fugados al territorio oriental, entregados a simple requisición y sin trámites
engorrosos; los esclavos no perdían su condición de tales por el hecho de pisar
territorio oriental, no obstante encontrarse abolida la esclavitud en él, y
podrían los estancieros brasileños tener en sus estancias uruguayas los
esclavos que quisiesen, con régimen servil.
12. Conclusión.
Cuando el viajero recorre el
viboreante trazado de Ruta 15, un par de carteles puestos entre las progresivas
78 y 79, unos cinco kilómetros al Sur de villa Velázquez, Capital Histórica del
departamento de Rocha, le recuerdan el lugar exacto de ocurrencia de las dos
batallas de India Muerta. Si traspone el alambrado y se acerca a la estela
recordatoria allí colocada, en la década de 1950, por una institución riverista
hoy desaparecida, ha de encontrar en el desolado paisaje varios de los
elementos que interpretó Juan Manuel Blanes en el cuadro que sobre la acción
militar del 27 de marzo de 1845 pintó, por encargo de Justo José de Urquiza, en
el Palacio San José, residencia del “Tigre de Montiel”, en proximidades de
Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos. El arroyo, el rancho (hoy
tapera), la cercana sierra deLa Centinela, el bajío.
Si tiene tiempo para recorrer el
campo y paciencia para buscar, seguramente ha de encontrar algún vestigio
tangible de la batalla: una bola, una chuza, piezas óseas, aún cuando hayan
transcurrido ya más de un siglo y medio largos. Allí fue que el entrerriano
topó a Don Frutos Rivera y, hasta que se colocaron tales carteles, pocos lo
sabían, excepción hecha de los vecinos de la zona. Esto da una idea de la
ignorancia generalizada que varias generaciones de uruguayos tuvieron sobre
este episodio bélico y, más aún, sobre su real importancia.
No parece de recibo caer en
lugares comunes. No se debe simplificar las cosas al extremo de señalar que
aquel fue un enfrentamiento de uruguayos (orientales en aquel tiempo) contra
argentinos; en ambos bandos estuvieron unos y otros.
No es correcto decir que Urquiza
“invadió” territorio del Estado Oriental; antes bien, cruzó la frontera (esa
frontera difusa propia de los conflictos internacionales), ingresando a Uruguay
por el río homónimo. Pues, de lo contrario, deberá admitirse que, con
anterioridad, Rivera había “invadido” territorio argentino, que fue allí,
poniendo un sólo ejemplo, que cayó derrotado frente a las fuerzas del brigadier
general Oribe, en Arroyo Grande.
El episodio de India Muerta que
nos ocupa ocurrió durantela Guerra Grandey en ese contexto, y no fuera de él,
debe ser estudiado e interpretado. Por eso, la estela colocada en el campo de
batalla, cuyo texto es fuertemente subjetivo, responde a una forma de contarla
Historiaque durante muchas décadas prevaleció entre nosotros y que, por cierto,
no representa a quienes creemos que, siendo éstas gestas humanas, ellas
reflejan luces y sombras y no todo debe verse en blanco y negro, sino con sus
matices y colores, aún cuando estos puedan aparecer poco claros.
La segunda batalla de India
Muerta, como la primera, forman parte del patrimonio histórico de los
rochenses. El tiempo vendrá en que sea revalorizada en su justa medida, tarea
en cuya dirección la comunidad de la cercana población de villa Velázquez ha
dado algunos primeros pasos, reuniendo material y objetos representativos en su
Centro Histórico Regional y patrocinando su recreación, cuya segunda versión
está prevista para este año 2009.
13. APÉNDICE DOCUMENTAL
-San Martín de Tours y
Rivera, “salvajes unitarios”.
“Artículo 1º) El francés
unitario San Martín de Tours, que ha sido hasta hoy el patrón de esta ciudad,
habiendo perdido la confianza del pueblo y del gobierno, abandonado por sus
compatriotas, aliado del traidor Rivera y demás salvajes unitarios, es destituido
para siempre del empleo de patrón de Buenos Aires”.
(Insólito proyecto presentado
en la Legislatura porteña y descartado por Juan Manuel de Rosas)
Ciudad sitiada y
cosmopolita.
“Quien quiera hablar en
francés,
en catalán, en vascongado,
todo idioma arrevesado
y que no sepa quién es
y hallarse en un entremés
o en un extraño museo
vaya hoy a Montevideo”.
(Sátira de un gacetillero
federal, Buenos Aires, 1845)
Montevideo “en sus
manos”.
“El gobierno debe protestar,
como protesta ante Dios y la patria y a su nombre reclama del general don
Fructuoso Rivera que acepte toda la responsabilidad que le toca, si estando en
la esfera de la posibilidad, no llena el objeto que le exige para la salvación
de la capital que queda, en este punto, en sus manos”.
(Fragmento del documento del
gobierno dela Defensa, del que fue portador el comandante Doroteo Pérez y que
decidió a Rivera por dar batalla en India Muerta)
Acta.
“Las circunstancias le ponen
en el caso de volver a tomar la iniciativa sobre las fuerzas que sitian su
capital para buscar la incorporación de ambos ejércitos. (…) Que se hace
imprescindible la ocupación al efecto del departamento de Maldonado, para la
colocación del convoy de familias. (…) Que una fuerza enemiga de dos mil
hombres al mando del General invasor Urquiza, que sigue su marcha a retaguardia
del ejército con el objetivo, sin dudas, de cruzar sus miras (…) No solamente
por los motivos expuestos por el General en Jefe, más también para aprovechar
el estado brillante de moral, disciplina y entusiasmo de todos los Cuerpos del
ejército”.
(Fragmento del acta firmada por
todos los jefes presentes junto a Fructuoso Rivera, al decidirse dar batalla en
India Muerta)
“La vida no es para
negocio”.
“¡A formar, muchachos, que al
que le toque macho este día que se haga delgao y a lo hecho pecho: sacrificarse
por la Patria, que la vida no es para negocio!”.
(Proclama leída por varios
soldados que corrían entre las filas riveristas, antes de aclarar el 27 de
marzo, cuando se mandó ensillar)
“ …pardejón incendiario
…”
“¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los salvajes unitarios!
Excmo. señor Gobernador y
Capitán General de la Provincia de Buenos Aires, Brigadier don Juan Manuel de
Rosas.
Campo de la victoria de la
India Muerta, marzo 27 de 1845.
Mi predilecto amigo:
Con sólo 3.000 valientes del
ejército de operaciones á mis órdenes, me propuse seguir al salvaje unitario
pardejón incendiario Rivera, para con este número obligarlo á la batalla que
mil veces ha rehusado. Alucinado sin duda por la superioridad numérica de sus
hordas (que todas las había reunido), se dispuso á esperarme como con 4.500
bultos; y aún no eran las siete de la mañana cuando se dió principio á la
batalla que acaba de terminar con el más espléndido triunfo para las armas
argentinas y orientales que tan dignamente combaten por las leyes é
instituciones de ambas Repúblicas, contra los salvajes unitarios, nuestros más
encarnizados enemigos. Como 1.000 cadáveres salvajes unitarios y 500
prisioneros, son los timbres de esta jornada de honor, que inmortalizará el
renombre de los valientes que me honro en mandar, y de cuya bravura me ha
cabido la gloria de ser testigo. Nuestra pérdida es tan corta, que sólo por
ahora se notan algunos heridos y pocos muertos. Empeñado en la persecución,
sólo tengo tiempo para dirigirle mis más ardientes felicitaciones, las que se
servirá aceptar á nombre de todos los valientes que han participado de esta
gloria. Se me olvidaba decirle, que entre los prisioneros está toda la
infantería de los salvajes unitarios y un único cañón de á cuatro que éstos
tenían, todas sus caballadas y porción de armamentos. Tengo el placer de
repetirme su fino e invariable amigo.
Justo José de Urquiza”.
(Carta de Urquiza a Rosas tras la
acción de India Muerta)
“Ya sabes pues que
existo”.
“Mi idolatrada Bernardina: Te
escribí el 5 (de abril de 1845) desde el Paso de las Piedras, noticiándote el
suceso malhadado del 27; desgraciadamente volví a sufrir otro pequeño contraste
que nos obligó, el 7, a pasar el Yaguarón, un poco apurados. El General Medina,
Silva, Viñas, Báez y otros jefes, con mil y tantos hombres, están por la
frontera de Río Grande, también emigrados. Se conservan reunidos y armados,
según aviso que tuve ayer; veremos si conseguimos reunirnos y ver lo que puede
hacerse para salir de aquí e irnos al territorio de Entre Ríos, donde ya está
(José María) Paz. Ya sabes pues que existo y donde me hallo”.
(Carta de don Frutos Rivera a su
esposa, Bernardina Fragoso, tras la derrota de India Muerta)
Rivera, el baqueano.
“Rivera era un consumado
baqueano en la Banda Oriental; conocía palmo a palmo todo su territorio, la
calidad de pastos de sus diversas zonas, sus aguadas, los vados de sus ríos, en
una palabra todos los accidentes y detalles de su topografía. Contaba, además,
con la adhesión de las poblaciones de la campaña; y fundamentalmente, con la
alianza (que en mucho era complicidad) de los vecinos fronterizos, los
riograndenses, a cuyo territorio pasaba las tropas de ganado que se arreaban
sin discriminación de los establecimientos del Uruguay y las continuadas
remesas de cueros de los animales que se sacrificaban. En cambio, los
riograndenses ofrecían a Rivera un refugio seguro para las ocasiones en que no
podía sostenerse en su jurisdicción, y lo proveían de armas, municiones y demás
implementos de guerra”.
(Luis B. Calderón,
“Urquiza-Síntesis de su época, su actuación y su obra”, capítulo VIII, página
104. En términos similares, en cuanto a la condición de baqueano de Don Frutos,
se expresa el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento, en su libro “Facundo”,
cuya primera edición apareció en 1845)
Perfil de Urquiza.
“Para el general Urquiza la
campaña que termina con el triunfo de India Muerta fue muy importante. En el
transcurso de la misma hubo de enfrentar un enemigo que era comandado por el
hombre más conocedor de la geografía de lo que entonces era el Estado Oriental
del Uruguay, así como de la idiosincrasia de sus habitantes. Con facilidad el
general Urquiza asimila la forma de combatir utilizada por el enemigo y logra
superar tales dificultades. Se trata de la primera campaña donde el general
asume la total responsabilidad de su conducción. Pondrá en evidencia sus
condiciones de conductor de hombres, logrando mantener la cohesión y la moral
de un ejército que durante más de dos años se bate en constante lucha, fuera de
su territorio. Realiza un muy buen manejo de las fuerzas a sus órdenes,
combinando adecuadamente el empleo de las mismas. Efectúa acertadas
apreciaciones de la situación, pudiendo en función de ellas resolver los pasos
a seguir, sin perder de vista el objetivo fundamental de su misión. Durante
esta campaña hubo de superar dificultades de orden político (en Entre Ríos) y
pérdidas familiares, que pudieron interferir con el cumplimiento de sus órdenes,
pero fue capaz de sobreponerse y mantener la serenidad necesaria para continuar
adelante. Supo, como buen estratega, analizar y pensar cual era la idea de
maniobra de su enemigo, para luego adoptar sus medidas y contrarrestarlo. Así
se explica la aplicación en la marcha previa al encuentro decisivo de un ardid,
donde cuidó al mínimo los detalles tales como el ocultamiento de la infantería
en carretas y el cuidado con que marchó la columna de caballería, que iba a
retaguardia y marchaba sólo de noche. El juicio apasionado de algunos
historiadores pretende arrojar sombras sobre su conducta para con los
prisioneros. En este sentido, debe dejarse constancia que el fragor del
combate, el acaloramiento en la defensa de una causa, no son patrimonio de un
hombre; fue el signo de todo ese período. Aún más: en muchas situaciones el
grupo desinhibe al individuo y lo vuelve agresivo, y no siempre los líderes
están allí en el lugar, justo a tiempo para hacer regresar la razón y el
equilibrio. Diríamos que la historia rioplatense tiene muchísimos ejemplos
donde el hombre, enceguecido por las pasiones, no ha dudado en segar la vida de
su enemigo”.
(Boletín Histórico del Ejército,
números 275-278, Montevideo, 1989)
Leonardo Olivera en India
Muerta.
“(…) posteriormente pasé a
prestar mis servicios de Ayudante bajo las inmediatas órdenes del General don
Ignacio Oribe, hasta que recibí orden de pasar a ponerme bajo las órdenes del
General Urquiza, el cual, al darse la batalla de India Muerta, me nombró
segundo Jefe de la vanguardia, poniendo bajo mis órdenes varios cuerpos de
línea; terminada la batalla, a pocos días me nombró Jefe de la frontera,
separándome de la vanguardia y poniendo bajo mis órdenes las Divisiones de
Pires y Silveyra, y otra compuesta de los presentados, mandada por el entonces
Capitán don Bernardino Olid; hallándome gravemente enfermo llegó el Coronel don
Juan Barrios a Rocha, y yo me retiré a mi casa a atender mi quebrantada salud
(…)”.
(Fragmento de la relación de
servicios prestados por Leonardo Olivera, presentada por él mismo al Estado
Mayor del Ejército, en 1852, con objeto de acogerse a la pasividad)
Santiago Artigas en India
Muerta.
“Interviene en las
operaciones y batallas de la Guerra Grande, entre ellas India Muerta, hasta el
año 1847, en que encontrándose en la guarnición de Salto, ya como Tte, Cnel., a
órdenes del Cnel. Blanco, dicha Unidad fue tomada por el Gral. Servando Gómez,
y pudo salvarse a nado, atravesando el Uruguay, cayendo en la jurisdicción de
Urquiza, quien no lo trató como prisionero, sino como su protegido”.
(Fragmento de la “Hoja de
servicios de Santiago Artigas”, Comando General del Ejército. Santiago Artigas
era hijo de José Artigas y Melchora Cuenca, habiendo nacido en Purificación)
Un protagonista olvidado,
a la postre decisivo en India Muerta.
“(El Coronel) Fortunato Silva
fue uno de los oficiales de mayor prestigio que acompañó al General Rivera,
siendo distinguido por éste con un especial afecto, resultado de innumerables
jornadas compartidas. (…) Personaje casi desconocido, Fortunato Silva cruzó por
la Historia Oriental, en un largo galope iniciado en las fuerzas que junto a
Rivera se batieron en los campos de Rincón y no supo de treguas hasta su
muerte, acaecida en 1846. (…) Y en el año 1845, comparte la suerte del General
Fructuoso Rivera en India Muerta, y por una falla, producto del desorden y
apresuramiento, típico de los momentos previos al comienzo de un combate, la
División bajo su comando no se despliega cambiando el frente, para embestir al
enemigo, quedando enredada de tal forma, que cada intento de corregir esa
situación provocaba mayor desorden primero y la inevitable dispersión después”.
(Boletín Histórico del Ejército,
números 275-278, Montevideo, 1989)
La dispersión.
“(La derecha y el centro de
las fuerzas riveristas) se pronunciaron en completa derrota con el General
Rivera á la cabeza, siendo perseguidos y lanceados hasta el paso de las Piedras
del río Yaguarón, en cuya frontera se detuvieron el General Rivera, los
coroneles Blanco, Mendoza, Centurión y Vidal, y los comandantes Fausto Aguilar,
Paunero, Caraballo y otros muchos jefes, oficiales y tropa que fueron después
sorprendidos. Los restos de la izquierda, perseguidos activamente, tomaron la
frontera de Santa Teresa. El General Medina iba al frente de aquellos restos, y
con él los coroneles Olavarría, Céspedes, Luna, Viñas, Santander, Ramos, Costa,
Mieres, Báez, Silva, Tabares, 140 tenientes coroneles, mayores y oficiales
subalternos. Cerraba la marcha de estos restos un inmenso convoy de familias á
caballo, en carretas y á pie. (…) Después de esto, el coronel Camacho fué
desarmado por los brasileros legales del otro lado del paso de la Laguna en el
Cuareim, con 80 hombres que le seguían, los cuales se dispersaron conchabándose
en las estancias de aquel territorio. Los hermanos Francisco y Manuel
Caraballo, oficiales de caballería del departamento de Canelones, pasaron á
Corrientes con 42 hombres, por el paso de los Libres, frente á la Uruguayana.
El General Rivera con los otros jefes que lo acompañaban fué internado á San
Francisco de Paula. En la frontera del Cuareim se situó una fuerza brasilera
como de 500 hombres, colocando guardias sobre los pasos del río, y como 1.000
en Santa Ana del Livramento. Aquellas guardias desarmaban á todos los emigrados
que caían á los pasos del Cuareim y los largaban luego para que fuesen á
trabajar donde quisiesen”.
(Antonio Díaz, “Historia política
y militar de las Repúblicas del Plata”)
“Cosas de llorar”.
“Más de dos mil viejos,
mujeres y niños llegaron al río (…) aquí, una mujer montada en un caballo flaco
y escuálido, llevaba un niño de delante y dos en ancas, y otro atado a la cola
con los utensilios de su hogar. Allí, una muchachita de nueve o diez años, descalza
y en camisa marchando a pie conduciendo de la brida el caballo en que iba la
madre, o la abuela enferma … acá otro que apenas podía moverse, acompañado de
un hijo mozo que lo llevaba del brazo, con un chiquito a la espalda y el atado
de ropa a la cabeza …”
(Narración del testigo José
Gabriel Palomeque de la huida de las familias del ejército riverista derrotado
en India Muerta, escoltadas por las pocas fuerzas que habían logrado
reorganizar, para la emergencia, Anacleto Medina, Bernardino Báez, Estivao y
Flores. “Cosas de llorar”, dirá Don Frutos, como en Arroyo Grande, el 6 de
diciembre de 1842)
Relato épico.
“Cuenta una tradición
guerrera que en la batalla de India Muerta, durante la cual el general Rivera
fue perseguido, un grupo de gauchos lanceros, sus más fieles soldados, iba a la
carrera formándole detrás un círculo con las lanzas de a rastro para irle
atajando todos los tiros de bolas que los enemigos le venían haciendo en la
persecución. Esta que les narro es una hermosa escena guerrera, que debía ser
pintada por los pintores y cantada por los poetas”.
(Fernán Silva Valdés)
Los cadáveres llegan a
Rocha.
“(Relato de) una persona que,
siendo niña, en el año 1845, dice haber visto desde su casa, situada frente a
la Capilla de la villa de Rocha, una carreta llena de cadáveres, hijos del
pueblo, oficiales y soldados, provenientes de la batalla de India Muerta, los
cuales descargaban en el camposanto ubicado más o menos en el fondo de la
Capilla, actualmente el sitio donde se ubica la Escuela José Pedro Ramírez”.
(Revista dela Sociedad Amigosdela
Arqueología, Tomo III, páginas 222 y 223, Montevideo, edición de 1929)
De ‘padrejón’ a
‘pardejón’.
“A don Fructuoso Rivera,
aludiendo a que era muy libidinoso, (Rosas) le pone el ‘padrejón’. El gaucho
entiende, así le llaman al padrillo. Y es la gente sabihonda la que corrompe el
vocablo, sustituyéndolo por ‘pardejón’, aumentativo de pardo; y de ahí proviene
el error de creer que era mulato, y que subsiguientemente le dijeran el ‘mulato
pardejón’, lo que era, un pleonasmo”.
(Rozas, Ensayo
Histórico-Psicológico, Lucio V. Mansilla, 1898)
Un médico portugués al servicio
de Rivera.
El Dr. Antonio Pereira, médico
portugués natural de Oporto, autorizado el 13 de marzo de 1832, en Buenos
Aires, a ejercer todos los ramos de la Medicina Práctica: cirugía, sangrías y
partos, fue amigo del general Fructuoso Rivera, a quien acompañó a través de
largos itinerarios, en circunstancias muy difíciles, compartiendo las
adversidades de la Guerra Grande.Cuenta su nieto, Hulicer Pereira: “Se
encontró en la batalla de India Muerta (…) y cae prisionero. Pero era compadre
de Urquiza y le había salvado mucha gente. Y cuando lo vio, dicen que Urquiza
le dijo: ‘¡Tú por aquí!’; y mi abuelo le contestó: ‘¿Y qué quiere?’. Entonces
Urquiza lo mandó para Entre Ríos. Pero mi abuelo retornó al Uruguay y se
incorporó al ejército (…) que estaba bajo el mando de Servando Gómez”.
(En base a información contenida
en “Estampas de mi pueblo-Hechos históricos, relatos y anécdotas”, Carlos Julio
Sánchez Pereyra y Víctor Larrosa Moreira, 1999)
Tónico.
Por los salvajes unitarios,
tan hambrientos como rotosos, que se hallan encerrados en la infeliz plaza de
Montevideo.
Dos años y un poco más
de Intervención esperada
de escuadra y de fuerza
armada
que no llegarán más;
a esto vos le aumentarás
del Pardejón la derrota;
su ida al Brasil en pelota
con cerote jabonado,
llorando todo asustado,
y atacado de la gota.
De osamentas salvajunas
podridas y agusanadas
tomarás diez cucharadas
para saciar las hambrunas;
beberéis luego en ayunas
el agua del Yaguarón
por donde huyó el Pardejón
chorreando hasta los talones,
dejando ahí los calzones
a la triple intervención.
De la cerrilla de Luna
formarás una infusión
y te darás una unción
en la boca, a eso de la una;
y si tienes por fortuna
de Vázquez el Peluquín,
cernirás en él hollín
y harás de esto pildorillas,
que tomará cual pastillas
el imbécil D. Joaquín.
A Varela el azufrado
pondrás en destilación
y en alguna Comisión
lo mandarás enfrascado;
ese diablo entisicado
decembrista y vil ladrón
es mezcla de Pardejón
y mestizo en nacimiento:
la cara es de zorro
hambriento
¡¡¡pero las uñas!!! de
Halcón.
La dentadura postiza
de Vázquez boca podrida
antes de que se ponga roída
la fregarás con ceniza
después con vinagre y tiza
pasado por un tamiz
le lavarás la nariz
a Suárez rudo vejete
salvaje, inmundo pebete
lechuzón de la Matriz.
Todo esto lo tomarás
con polvos de la India Muerta
que aunque pasarle te cuesta
a la fuerza tragarás:
de Bloqueo le pondrás
la necesaria porción
mezclando una ración
de cerillas pardejunas
que chuparéis en ayunas,
a las doce, y la oración.
Después de haberte aplicado
esta Receta admirable
de renuncia irrevocable
harás un condimentado:
luego con un Plan chingado
del sabio y sagaz Rivera
te emplastarás la mollera
para aliviar el dolor
y no sentir el calor
de la furiosa carrera.
Licenciado besuguero
Vasco-agarras Maniquí
(Poesía anónima que apareció en
1845, incluida en “Los cantos del payador”, edición de bolsillo)
“Salvajes unitarios”
embargados.
Pancho Cabral.
Francisco Prieto.
Carlos de los Santos.
Pedro Méndez.
Joaquín Puñales.
Marcos Puñales.
Miguel Gabino de los Santos.
Melitón de los Santos.
(Lista de “salvajes unitarios”
cuyos bienes se embargan, partido de India Muerta al Este, año 1845, Juzgado
Letrado de Rocha, Legajo número 17, recogido por Eduardo Martínez Rovira,
“Entre el olvido y la memoria. Apuntes de Rocha y Maldonado”)
Juicio.
“La batalla de India Muerta,
en marzo 27 de 1845, pacificó y unificó definitivamente la campaña oriental,
que quedó desde entonces totalmente sometida a la autoridad del Gobierno del
Cerrito. Pero esta batalla, decisiva en cuanto a la guerra civil y en cuanto a
sus proyecciones internacionales (tuvo gran importancia en la actitud del
Brasil), no significó la tranquilidad del país en cuanto al orden público.
Mucho tenían aún que sufrir los particulares y vecindario pacífico, y aunque no
podemos aquí reseñar la historia militar de la Guerra Grande, digamos, a
grandes rasgos, que quedaba todavía, después de India Muerta, la campaña del
Litoral de Rivera de 1846, la de Garibaldi, y las luchas fronterizas que
arrancando de 1849 duraron hasta el fin de aquella, contando las campañas de
Brígido Silveira y otros jefes que respondían a las autoridades de Montevideo.
El año culminante de la guerra, del punto de vista de la pacificación del país,
es sin duda el año 48, en que se retira vencida la intervención británica, y
vuelven al dominio del Gobierno las plazas de Colonia y Maldonado, defendidas
por las escuadras europeas”.
(“El Gobierno del Cerrito”, Mateo
J. Magariños de Mello, Tomo I, Montevideo, 1948)
El “nunca más” a Don
Frutos.
“Cerrito de la Victoria, abril
14 de 1845.
Nos, el Presidente de la
República Oriental del Uruguay, General en Gefe del Ejército Unido Libertador
de Argentinos y Orientales, en aquella
Por cuanto las circunstancias
actuales resultantes dela derrota y fuga al territorio limitrofe del Brasil del
rebelde Fructuoso Rivera, hacen indispensable, la necesidad de procurar,
conforme álos usos y leyes delas Naciones la promocion delos medios justos, que
aseguren p.ª en lo sucesivo la tranquilidad de esta República conservando
ilesas sus buenas relaciones con los países vecinos, como obgeto del primer
interes, para el bien delas Naciones, lo que solo puede lograrse impidiendo que
aquel caudillo inmoral y sus secuaces queden ni aun remotamente, en actitud de
poder turbar de nuevo la Paz y bien estar de estos Paises.
Por tanto, hemos venido en
nombrar á nuestro Ministro de Relaciones Esteriores, Dr. D. Carlos G.
Villademoros, Comisionado Especial p.ª / que representando lo conveniente, ante
el Ecsmo. Sr. Presidente y General en Gefe delos Ejercitos dela Provincia del
Rio Grande promueva trate y concluya los espresados obgetos conforme al uso y
Leyes delas Naciones y al interes bien entendido de ambos paises, para lo cual
le damos esta, en nuestro Cuartel General del Cerrito dela Victoria firmada p.r
nuestra mano, sellada con el sello del Poder Ejecutivo y refrendada p.r nuestro
Secretario Interino, álos catorce dias del mes de abril de mil ochocientos
cuarenta y cinco.
MAN.l ORIBE.
Por orden deSu Ecselencia
José Agustín Iturriaga”.
(Hay un sello)
(Nombramiento y poder del
ministro de Relaciones Exteriores, Carlos G. Villademoros, como Comisionado
Especial ante el presidente de la provincia de Río Grande, con el fin de
ajustar un acuerdo que asegurara las buenas relaciones entre ambos territorios limítrofes,
mediante la adopción de medidas que impidieran al “rebelde” Fructuoso Rivera,
refugiado en aquella provincia, perturbar la tranquilidad del Estado Oriental
del Uruguay. Se respetó el texto original. “El Gobierno del Cerrito”, Mateo J.
Magariños de Mello, Tomo I, Montevideo, 1948
Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado (2008).
Gálvez, Manuel – Vida de Don Juan Manuel de Rosas – Ed. Tor – Buenos Aires (1954).
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina.