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martes, 16 de junio de 2026

Revolución Libertadora: Recordando la liberación

Argentina: El bombardeo de Buenos Aires del 16 de junio de 1955

16 de junio de 1955: bombardeo y masacre



“El pueblo debe estar tranquilo”:
las imágenes de un bombardeo

Matías Izaguirre y Mauro Vázquez

Todo documento visual es de entrada una ficción
Régis Debray
En sus complejidades, paradojas, dilemas éticos y ambigüedades, las imágenes se revelan como poderosos instrumentos no sólo para reconocer el pasado y estudiar representaciones que generan nuevas memorias, sino también para hacer inteligibles los complicados mecanismos de la memoria social.
Claudia Feld y Jessica Stites Mor

Es difícil, incluso (o sobre todo) hoy en día, imaginarse un bombardeo sobre la Plaza de Mayo. De ahí que revisar las imágenes de los bombardeos implique, en cierta medida, explorar una realidad inverosímil, que poco pareciera tener que ver con nuestra historia: una ciudad en guerra, asediada por un enemigo externo. Sin embargo, es esa Plaza de Mayo que tan bien conocemos, es ese territorio común, atravesado por múltiples sentidos e historias, el que está dañado en las fotografías que vemos de ese trágico día; es ahí donde cayeron las víctimas de una de las peores masacres perpetradas en suelo argentino. La extrañeza y la ajenidad inicial ceden al estremecimiento: realmente sucedió, aunque la masacre no la causó ningún enemigo externo, sino una facción de la Marina y de la Aeronáutica apoyada por civiles.1 Quizá los largos años de silencio, el retaceo de imágenes, la falta de cifras concluyentes y de nombres,2 hayan colaborado en esa falta de imaginación. Quizá en esa relación entre las palabras “imaginación” e “imagen” pueda encontrarse pistas para rastrear la carencia y, a partir de ahí, la poca visibilización que hubo durante tanto tiempo sobre lo que algunos consideran un “atentado terrorista a escala gigantesca”.3 Los bombardeos a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 nos meten de lleno en la historia de las mediaciones que velaron las imágenes de la masacre, de las muertes de cientos de civiles indefensos carbonizados y/o ametrallados, pero también –y sobre todo– la de los asesinos. Esa historia de ocultamientos no se limitó, por supuesto, a los días que siguieron a la fallida “intentona militar”. Siguió, por el contrario, durante los últimos meses del gobierno peronista (derrocado finalmente en septiembre de 1955), en la maquinaria cultural de la revolución libertadora, en la resistencia peronista4 y en las efemérides periódicas de los cincuenta años siguientes.5 Por razones diferentes; con objetivos ideológicos dispares, antagónicos. Pero persistió, como la evasiva sombra de un fantasma.
Este artículo pretende desentrañar la génesis de esa falta, sus primeras imágenes. Para ello analizamos diferentes fotografías aparecidas en los diarios y las revistas de la ciudad de Buenos Aires los días posteriores al bombardeo y su colocación en el universo discursivo que los periódicos conforman. Con esa intención, tomamos como corpus los diarios a partir del 17 de junio, aunque centrándonos en Clarín y La Nación (teniendo en cuenta un problema de fuentes, que no deja de ser un dato),6 para, a partir de allí, intentar dar cuenta de las claves interpretativas que las distintas series de imágenes acerca de los bombardeos ponen en movimiento y elucidar qué hilos –si es que los hay– han estructurado su representación fotográfica, privilegiando ciertos “repertorios visuales”.7
Un especial fotográfico del periódico El Líder, aparecido durante esos días, en la bajada titulaba “Documentos de la barbarie” y señalaba que “ahora que todo ha pasado quedan estos documentos irrefutables de la barbarie ensañada. Pasará el tiempo pero no podrá borrarse tanta infamia”.8 Sin embargo, muchos de esos documentos se borraron; otros, ni siquiera aparecieron. Trabajar sobre estas fotografías implica un doble desafío: por un lado, establecer cómo operan, dialécticamente, las ausencias y presencias, y por el otro, reconstruir los conflictos que se articulan alrededor de la producción de imágenes tan pregnantes, y de cómo esas imágenes no son a su vez cualquier registro icónico, sino los modos diferentes, contradictorios y en tensión de poner en escena disputas en torno a un lugar simbólicamente tan denso para la vida política argentina como lo es la Plaza de Mayo.
El complejo lugar de la memoria requiere de esta indagación sobre los roles que tuvieron las imágenes a la hora de instaurar una determinada visualidad, que priorizó ciertos itinerarios respecto de los bombardeos entre otros posibles y que eventualmente abonaron determinados imaginarios sociales. Como sostienen Claudia Feld y Jessica Stites Mor:

Las imágenes son consideradas como construcciones: involucran actores y agente, reglas y lógicas propias, contextos sociales, culturales precisos, soportes concretos, elecciones y estrategias […] En sus complejidades, paradojas, dilemas éticos y ambigüedades, las imágenes se revelan como poderosos instrumentos no sólo para conocer el pasado y estudiar representaciones que generan nuevas memorias, sino también para hacer inteligibles los complicados mecanismos de la memoria social.9

Trabajar las imágenes que se generaron en el momento de los bombardeos nos va a permitir analizar los puntos de partida que posibilitaron las complejas sendas de las políticas de (in)visibilización respecto de los bombardeos de junio de 1955.10

Medios gráficos y peronismo: cuadro de situación

Si bien analizar en profundidad la relación del peronismo con los medios de comunicación excede largamente el objetivo de este trabajo, es preciso hacer algunas consideraciones sobre cómo se encontraba en líneas generales el mapa de medios (sobre todo en cuanto a la prensa escrita) en el momento en que se producen los bombardeos, ya que nos permitirá luego echar un poco de luz sobre los posicionamientos de la prensa ante ellos. En 1955 la relación del peronismo con los medios había experimentado un cambio tan rotundo que luego a Perón, a la distancia, le parecería toda una ironía haber podido ganar las elecciones de 1946 con tan sólo unos pocos medios apoyándolo e irse, derrocado tras el golpe de 1955, con prácticamente la totalidad de los medios a favor.
Entre los periódicos afines o que el gobierno peronista logró, mediante allegados, tener directamente bajo su órbita durante esos años, se encontraban Crítica, La Prensa, Noticias Gráficas, Democracia, La Época, El Laborista y El Líder, entre otros. A este último, vinculado a la CGT, se le sumaría La Prensa, luego de ser expropiado.11
El Líder, nacido en el seno de la Confederación de Empleados de Comercio, fue fervorosamente peronista. El principal referente del diario era Emilio Borlenghi, hermano del secretario general de la Confederación General de Empleados de Comercio y ministro del Interior durante casi todo el gobierno peronista, Ángel Borlenghi, quien ocupó el cargo hasta el 17 de junio de 1955, justo un día después de los bombardeos.
Ángel Borlenghi, antiguo militante del Partido Socialista, había participado de la creación del Partido Laborista, que llevaría la candidatura de Perón. Fue uno de los pocos referentes del sindicalismo de aquel entonces que se había relacionado con la ascendente figura del entonces ex secretario de Trabajo. En torno del Partido Laborista comenzó a publicarse el periódico El Laborista. Democracia y El Laborista fueron dos de los pocos diarios que apoyaron la candidatura de Perón en 1946. Como señala Mirta Varela:
El bloque de la prensa contraria a Perón estaba formado por los grandes matutinos nacionales: La Prensa, La Nación y El Mundo; los vespertinos La Razón, Crítica y Noticias Gráficas y también La Vanguardia […] Sólo algunos diarios de limitada tirada como el matutino Democracia y los vespertinos La Época, Tribuna y El Laborista apoyaban la candidatura de Perón.12
El diario Democracia comenzó a publicarse el 3 de diciembre de 1945, como un proyecto ideado para apoyar la candidatura presidencial de Perón. Había sido fundado por Antonio Manuel Molinari, Mauricio Birabent y Fernando Estrada a través de la editorial Democracia SA, que también editaba el diario Rosario. A partir de la iniciativa de quien luego sería gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Vicente Aloé, el Estado adquirió la editorial en noviembre de 1946.13 Al año siguiente, dicho conglomerado cambiaría el nombre por Alea SA, cuya dirección seguía en manos de Aloé. Ésta sería la base del sistema de medios gráficos de los dos gobiernos peronistas.
En noviembre de 1948 Orlando Maroglio, el ex presidente del Banco de Crédito Industrial, compró la mitad de las acciones de la editorial Haynes Ltda. La presidencia la asumió Miguel Miranda, que había sido presidente del Consejo Económico-Social, y la vicepresidencia, Aloé. Tras la muerte de Miranda en 1954, Aloé quedó como presidente de la editorial. Haynes editaba, entre otros, el diario El Mundo y las revistas Caras y Caretas, PBT, El Hogar, Mundo Deportivo, etc. Luego se agregarían a este conglomerado Crítica, La Época y Noticias Gráficas.
La tercera pata de esta red de medios oficiales la componía La Razón, que había sido adquirida en 1951 por Miguel Miranda, y que también incluía la RADES. Durante los casi diez años de peronismo, señala Sergio Arribá, la concentración política de la radiodifusión “condujo a la regulación ideológica”14 ya que la pluralidad informativa fue más formal que real.15
Fuera de la red de medios oficialistas estaban Clarín y La Nación. Clarín, si bien había apostado por oponerse a la candidatura de Perón en 1946, fue cambiando su posición con el correr de los años de gobierno peronista, optando por una postura moderada. El diario se había visto beneficiado por la expropiación de La Prensa, en tanto sumó nuevos lectores y se convirtió en el principal referente de los avisos clasificados. Apenas derrocado Perón, en septiembre de 1955, se convertiría rápidamente en un diario oficialista más del gobierno de Eduardo Lonardi. La Nación, en cambio, mantuvo una postura generalmente opositora durante los dos gobiernos peronistas.

Crónica visual de los primeros días

A menudo suele decirse que los diarios son algo así como la primera versión de la historia. Y si bien, a diferencia de lo que sucedía en 1955, esa afirmación ha ido perdiendo el peso decisivo de décadas pasadas –sobre todo a partir de las múltiples variables que ofrecen hoy las nuevas tecnologías–, no deja de ser significativo que los medios gráficos aún sean percibidos como uno de los lugares privilegiados donde quedan fijadas con carácter de urgente y para la posteridad aquellas primeras impresiones, ideas o posiciones sobre los acontecimientos del momento. Y la fotografía guarda todavía un poder que tolera la erosión –o la sufre menos que otros soportes– que implican los avances técnicos; pues, como sostiene Susan Sontag:
Las fotografías pueden ser más memorables que las imágenes móviles, pues son fracciones de tiempo nítidas, que no fluyen. La televisión es un caudal de imágenes indiscriminadas, y cada cual anula la precedente. Cada fotografía fija es un momento privilegiado […] que se puede guardar y volver a mirar.16
Urge preguntarse entonces, teniendo en cuenta las posibilidades pero también las restricciones del dispositivo representacional, ¿qué pasó el día después del bombardeo, ese 17 de junio de 1955? ¿Qué imágenes reprodujeron los periódicos de la ciudad de Buenos Aires los días posteriores al bombardeo? ¿Qué sentidos se pusieron a circular? ¿Y por qué? Buscar semejanzas en los modos de mostrar, de poner en escena, implica reconocer, como Sergio Caggiano, que “tratar con lo visual entraña interrogarse por lo que se muestra y lo que se oculta […] por lo que unos actores muestran y otros no, o por lo que se muestra en un determinado momento y ya no posteriormente”.17
Al analizar los periódicos y los diarios nos encontramos, ese día después, con una senda visual que va de las personas (sea que se encuentren socorriendo a los heridos o en su condición de testigos presenciales o autoridades) a la destrucción, pensada de manera amplia. Las primeras imágenes que aparecen en los principales diarios, el 17 de junio, combinan muy hábilmente (ya veremos por qué) esos elementos: personas y daños materiales. Y, salvo excepciones, no hay imágenes que muestren a los muertos,18 sí en cambio destrozos de todo tipo (autos carbonizados, cráteres en la calle y en la Plaza de Mayo, llamas devorando autos, gruesas y oscuras columnas de humo, etc.) y, por supuesto, algunas figuras públicas, ligadas al gobierno. Evidentemente, esas personas no son las víctimas, al menos no tan directamente como aquellos que cayeron bajo las bombas o la metralla (aunque sí lo son tangencialmente, pues los bombardeos tenían por objetivo matar a Perón primero y luego tomar el poder) y menos aún los victimarios, sino el presidente Juan D. Perón y varios de sus funcionarios.19
En la primera plana del 17 de junio La Nación y Crítica comparten una imagen en la cual aparece el presidente Perón y el ministro de Ejército, el general Franklin Lucero, fundidos en un abrazo, con gestos de emoción. Es la foto de la victoria del gobierno. Y tal vez por ello circula profusamente en la prensa gráfica. “Lealtad y emoción”, reza el epígrafe de Crítica. Esta fotografía también aparece en Clarín, pero en sus páginas interiores. Allí se la utiliza para ilustrar la crónica del periodista que relató cómo vivió Perón la jornada en el Ministerio de Guerra, desde donde, precisamente, recibió la noticia, y la algarabía provocada por la rendición.20 Crítica en cambio resume en el titular de la tapa: “Después del dolor y el heroísmo, el orden”. El epígrafe de la fotografía destaca la importancia de ese momento: “Instante de elevada emoción fue aquel del abrazo del general Perón al general Lucero”. La media sonrisa de Perón (que no podría nunca llegar a ser carcajada) parece estar más a tono con la sensación de alivio, tras largas horas de tensión e incertidumbre. La única certeza la aportó el Ejército, cuya actuación fue decisiva para mantener el gobierno en pie y controlar la situación. Luego vendrían las evaluaciones políticas y las especulaciones. Porque si bien es cierto que fue “sofocada la intentona subversiva”,21 como llama eufemísticamente La Nación al plan que incluía matar a Perón y luego instaurar un gobierno de facto, tras los bombardeos proliferaron todo tipo de versiones sobre el destino de Perón. Se llegó a decir que estaba considerando renunciar. Por eso, cuando la revista Mundo Peronista, de Editorial Haynes –que demoró una semana la edición de su ejemplar que debía salir a la venta el 15 de junio–,22 apareció con la imagen del abrazo de los dos generales en su portada, no hacían falta más pistas. La fotografía contenía un mensaje político claro: en caso de que Perón renunciase, el sucesor debía ser el ministro de Guerra, Franklin Lucero, quien supo dirigir eficazmente las operaciones de defensa.
Clarín, sin embargo, elige poner en la primera plana una imagen donde Perón aparece reunido (y rodeado), en “tertulia”, con Lucero, varios generales y brigadieres, el ministro de Obras Públicas Roberto Dupeyron,23 el secretario de Prensa y Difusión, Raúl Apold, y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Aloé. Estos últimos aparecen apenas mencionados como “los señores Aloé y Apold”, sin nombres de pila ni de cargos. Clarín establece una cadena significante que no sólo está centrada en las personalidades y los funcionarios estatales sino también, y sobre todo, en enfatizar que las autoridades se están ocupando del asunto, que accionan todos los resortes del Estado para restablecer el orden y volver al estado anterior, a la “normalidad”. Aparecen así funcionarios del más variado rango (militares y también civiles) reunidos, trabajando, firmando decretos, recorriendo la zona donde impactaron las bombas, “inutilizando una bomba” (como el personal técnico de la Aeronáutica),24 y aun Perón hablando a la Nación, etc. Es decir, se intenta por todos los medios posibles mostrar a la ciudadanía –pero también a los perpetradores de la masacre– que el gobierno, pese a todo, tiene la situación bajo control y que aún cuenta con la fortaleza y los reflejos necesarios para buscar justicia y llevar tranquilidad a la población. Esa línea la comparten prácticamente todos los diarios relevados, sean oficialistas u opositores. Por caminos inversos, llegan al mismo sitio: aplacar los ánimos. Los medios opositores, como La Nación, no quieren que una enorme cantidad de peronistas enfurecidos tomen revancha y resuelvan hacer justicia por sus propios medios, que vayan contra todos aquellos que identifiquen como enemigos o cómplices. Por eso, no sorprende que tanto Clarín como La Nación publiquen en primera plana el discurso de Perón, en el que se descubre el mismo temor:
Estos soldados que hoy combatieron por el pueblo argentino son los verdaderos soldados. Los que tiraron contra el pueblo no son ni han sido jamás los soldados argentinos: porque los soldados argentinos no son ni traidores ni cobardes, y los que tiraron contra el pueblo son traidores y cobardes.
La ley caerá inflexiblemente sobre ellos. Yo no he de dar un paso para atemperar su culpa, ni para atemperar la pena que les ha de corresponder. Yo he de hacer justicia, pero justicia enérgica. El pueblo no es el encargado de hacer la justicia. Debe confiar en mi palabra de soldado y de gobernante. (Subrayado nuestro)
Cuenta Silvia Mercado que una vez que Perón tuvo la certeza de que su discurso fue transmitido sin ningún inconveniente por la cadena de radio y televisión, recibió en el Ministerio de Guerra a Raúl Apold, hombre de su entera confianza. Apold quería enseñarle imágenes fílmicas de la masacre. No tuvo mejor idea que mostrarle las más impactantes.
El presidente estaba furioso como nunca lo había visto, incluso, algo desestabilizado. Él [Apold], sin embargo, parecía más frío que nunca. Le propuso exhibir los cadáveres por la mañana, para enardecer a los propios.
Al recibir esta propuesta de Apold, Perón lo miró y le contestó:
–¿Usted está loco, Apold?
–¿Qué quiere que haga, general?
–Muestre cómo quedó todo. Convoque a la indignación. Limite las fotos de los muertos. Escriba a los heridos.25
Este relato bien podría limitarse al terreno de la anécdota si no fuera porque explica, en buena medida, cuál fue la pauta por la que se rigieron desde entonces propios y extraños. En esa decisión se funda la escasez de imágenes, cuando no la ausencia, de muertos o mutilados. Paradójicamente, las víctimas se convierten en el lugar común invisibilizado. Sin embargo, esa operación debía ser disimulada. Norberto Galasso agrega un aspecto que completa el panorama: Perón, impresionado por la magnitud de las consecuencias de la guerra civil española, temía que los bombardeos pudieran convertirse en el factor desencadenante de una guerra fratricida en la Argentina. Por eso, “después de estos episodios, no se fusiló a los autores y se trató de no sobredimensionar el hecho”.26 El pasaje supone, como decíamos, una inversión. No vemos a los muertos, pero sí a las autoridades ocupándose. Así, se multiplican fotografías en las que se lo ve a Perón ejerciendo su rol de líder (como la aparecida en las primeras páginas de Clarín). Se lo muestra en la reunión con jefes militares leales, firmando el decreto para juzgar a los insurrectos y hablando por cadena nacional. La Nación acompaña ese repertorio visual: luego de la fotografía del abrazo entre Perón y Lucero, pone en página también la de la reunión (la misma que colocó en tapa Clarín) y luego otra de Perón hablando a través de la radio. De nuevo, se refuerza la noción de un líder que actúa con celeridad ante una situación de extrema gravedad.
No obstante, Clarín también les reserva un espacio a los perpetradores y pone en la segunda página la imagen de uno de los aviones, ametrallando un edificio del que sale una oscura columna de humo. Esa imagen es significativa porque es una de las pocas (diríamos la única) que muestra el acto en sí, el bombardeo, y no sus consecuencias, sean materiales o políticas. “La ciudad se alarmó ante los bombardeos”, es el título de la nota que acompaña la fotografía.27 La nota habla de los muertos, del terror, de aquellos que caían por las explosiones de los automóviles, de los que recibían fuego de metralla. Pero aún no es tiempo de víctimas. Ni de destrozos. El cielo es el protagonista:
A poco de la hora anunciada para el acto en el cual aviones militares habrían de sobrevolar la Catedral con el fin de desagraviar la memoria del Libertador General José de San Martín, se escuchó en lontananza el rugido de los motores aéreos. Quienes se hallaban en la Plaza de Mayo consideraron que se iniciaba el homenaje, y, lógicamente, todos los transeúntes que se encontraban en el lugar miraron hacia el cielo.
Habrían de sufrir una ingrata y cruel sorpresa.
En Clarín, desde el primer día, ya parecieran quedar planteadas las posibilidades de registro fotográfico de los acontecimientos. Se vislumbran los trazos de un régimen de visibilidad que contiene imágenes que, en primer lugar, identifican e individualizan la acción de gobierno; en segundo lugar, intentan marcar los bombardeos en sí (colocando aviones o bombas para los bombardeos; soldados o civiles con armas de fuego para los tiroteos); en tercer lugar, los destrozos materiales, que al principio son las menos y conforme pasen los días ocuparán un espacio central, y finalmente, las de los cadáveres o heridos. Si tomamos las fotografías de Clarín, veremos que ese “día después” las imágenes de personas o de acción de gobierno son ocho, las de combate son siete, las de heridos o víctimas fatales también siete, y las de destrozos se reducen a una. La Nación no se permite tal ruptura de su contrato de lectura: apenas cuatro fotografías de personajes y una sola que pretende conectar con los bombardeos: una bomba sin explotar, fotografiada con un encuadre tan cerrado que no deja siquiera ver el contexto, el lugar en el que esa bomba arrojada quedó sin detonar.
Las fotografías de bombas que no explotaron fueron un recurso muy utilizado por la prensa en los días subsiguientes. Eran una evidencia concreta de los bombardeos y a la vez una trampa, una nueva maniobra para escamotear a los muertos. Las bombas estuvieron en la plaza durante varios días, hasta que fueron o desactivadas o bien detonadas por personal capacitado. En ambos casos, eso también fue noticia.
La Nación del día después, ese 17 de junio, titula que “ha sido sofocada una intentona subversiva” y el bombardeo es (in)visibilizado con una gran bomba reposando sobre el suelo en medio de la noche. “Una de las bombas que no hizo explosión, caída en la Plaza de Mayo”, enmascara el epígrafe (el subrayado es nuestro) (imagen 1). No hay humo, no hay muertos, no hay edificios en ruinas; apenas hay un artefacto explosivo en un lugar en el que no debiera estar y que, según La Nación, “cayó” en la Plaza de Mayo. La construcción de esa primera plana es interesante porque es el sitio privilegiado desde donde La Nación estructura su versión de la masacre (a la que, naturalmente, jamás llama de esa manera), desde donde minimiza, enmascara y vela las causas y, sobre todo, las consecuencias de un acto criminal sin precedentes. El olvido comenzó a conjurarse en esos momentos, pocas horas después de la matanza, con un discurso que, como el de este diario (entre otros), eludió sistemáticamente mostrar una plaza sembrada de cadáveres y heridos, y más aún llamar a las cosas por su nombre. A lo largo de los días son notables las maniobras retóricas y eufemísticas de las que se sirve La Nación para evitar aludir a los perpetradores. Así es posible leer en días sucesivos “intentona subversiva”, “repercusión de los sucesos”, “renace la tranquilidad”, etcétera.
La fotografía de la bomba en Clarín, en cambio, agrega varios componentes. En primer lugar, está ubicada en las últimas páginas de esa edición, como un elemento que no se vincula con ninguno de los textos que ocupan su página, pues se trata de una bomba que cayó frente a la Aduana y la nota habla de los ataques aéreos al Departamento Central de Policía. Asimismo, la bomba no está sola en medio de la noche sino rodeada de gente, de ocasionales testigos que posan junto a ella como si de un animal capturado se tratase. La bomba de La Nación conservaba, en su solitaria representación, su carácter neutralizado, esa coqueta forma visual de apartarla de la muerte, de los destrozos y de los victimarios;28 la de Clarín es para los testigos algo más que una simple curiosidad, las personas se agrupan a su alrededor, miran la cámara, posan más preocupados por salir en la foto que por el artefacto explosivo en sí (imagen 2).
El diario Noticias Gráficas también incluye una bomba y ya es posible apreciar, en comparación con las otras dos fotografías, cómo en la medida en que se va agrandando el encuadre de la imagen también se extienden ciertas cadenas significantes. Es decir, en esta última imagen, en línea con la de Clarín, hay aún más personas, curiosos y testigos que posan ante el artefacto.29 Se los ve alegres, en movimiento. El epígrafe los describe como “el pueblo” y, pese a que nos dice que personal técnico del Ejército ya la desactivó, no vemos a nadie trabajar. Esa bomba aún es parte de los bombardeos, del acto en sí. Es una prueba más de que el puño del victimario, ahora rodeado, está, “neutralizado” por el “pueblo” (imagen 3).
El Líder por su parte también muestra a dos hombres en cuclillas, la mirada seria, junto a una bomba “que milagrosamente no explotó” (imagen 4). De hecho, uno de ellos está prácticamente montado encima de ella, la diferencia es que esa foto está junto a otra en la que se observa un enorme “boquete”, hacia el que los testigos señalan. La conexión es axiomática. Ese boquete, esa bomba.



1. La Nación, 17 de junio de 1955, primera plana.



2. Clarín, 17 de junio de 1955, p. 10.



3. Noticias Gráficas, 17 de junio de 1955, p. 9.



4. El Líder, 17 de junio de 1955, p. 2.

A partir del 18 de junio esas bombas entran a formar parte de otras cadenas de sentido. Ese día, El Líder, que durante varias jornadas en su última página realiza especiales fotográficos, muestra una imagen, entre tantas, de una bomba que no había estallado y es revisada por un grupo de uniformados. El título del especial es “Panorama gráfico de la destrucción ocasionada por las bombas”, y aparece en la parte superior izquierda de la página esa fotografía y debajo, en un pequeño texto que parece dar cuenta de todo el conjunto de imágenes, señala que “personal técnico de la Aeronáutica comenzó entonces a localizar las bombas caídas en distintos lugares, que no habían estallado, procediendo a inutilizar su mecanismo a fin de neutralizar definitivamente la posibilidad de su estallido, o haciéndolas estallar ex profeso”.30 Esas bombas que el día anterior aparecían como resto abandonado o como significante que condensaba la muerte, la destrucción y el fuego, vencidas, empiezan a ser objetos de una acción estatal: la reparación. La Razón, en el mismo día, coloca la misma fotografía, agregándole otra donde los mismos uniformados que la observan están intentando llevársela. Crítica es, en última instancia, más contundente en esta transformación significante de un objeto fotografiado: “Ha perdido peligrosidad”,31 titula la fotografía de varios militares llevándose a los hombros una bomba. La relación indiciaria de este objeto ha cambiado: ya no refiere más al bombardeo sino a la pericia técnica de los militares para neutralizar bombas. La causa por la cual las bombas llegaron allí comienza poco a poco a desdibujarse, a perderse tras numerosos velos de sentido, todo parece volver a la “normalidad”. El relato visual se va desarrollando de tal manera que sea posible pasar a la otra etapa, el regreso de la tranquilidad, que será también un denominador común en la prensa.

Cadáveres

Un grupo de hombres se reúne en torno a dos cuerpos de los que sólo se ven con claridad las piernas, los pies descalzos y una de las manos de una de las víctimas. El resto de los cuerpos –ya debidamente tapados presumiblemente con unos sacos o mantas– no son más que dos inquietantes bultos oscuros. Y si bien aquí los muertos son, evidentemente, el centro de atención, el fotógrafo cuidó bien que el encuadre le reserve un lugar a aquellos que, movidos vaya a saber por qué motivación (o necesidad), se acercaron a examinar con detenimiento la situación. Así, entre los hombres que aquí se congregan están quienes se arriman respetuosamente hasta el lugar, mirando, brazos en jarra, la escena y los que tal vez sorprendidos por la presencia del fotógrafo miran a cámara con gesto grave (imagen 5).



5. Clarín, 17 de junio de 1955, p. 9. 

Este tipo de fotografías, además, presenta la particularidad de haber sido tomadas cuando los cuerpos ya habían sido acomodados a un costado, a la espera de que las ambulancias –que pese a haber hecho “centenares de viajes […] se vieron superadas por la gran cantidad de víctimas”–32 los sacaran del lugar de los hechos, de la “escena del crimen”. Ese ordenamiento que es, en un principio y sobre todo, el que pueden aportar los voluntarios, descubre, a su vez –quizá por la baja calidad con que se imprimía en aquel tiempo–, una confusión de cuerpos donde a veces cuesta precisar dónde empieza uno y termina el otro. “El caos de las matanzas […] reserva también un lugar en el fondo para los testigos silenciosos del suceso.”33 Es interesante subrayar que en los bombardeos o no hay muertos (en La Nación) o bien son “seres sin rostro” (en Clarín), y quien no tiene rostro no puede tener identidad, no puede tener historia.
Hay cadáveres en las fotografías, como vemos, pero no están mutilados sino generalmente cubiertos por algún tipo de ropa. En los dos primeros días, en las páginas centrales, Clarín saca especiales fotográficos sobre los bombardeos, y en el primer día sí aparecen cadáveres. Encontramos allí una suerte de criterio que puede resumirse en una afirmación del estilo: “Hubo muertos, esto realmente sucedió, acá están las pruebas”. Es por ello que, al menos el primer día, esa doble página central a la que recién hacíamos referencia contiene al menos cinco fotografías (sobre nueve) en la que podemos ver a los muertos. “Víctimas inocentes” las llama (“Cayeron víctimas inocentes durante los bombardeos”, es el título del especial fotográfico del 17 de junio de 1955). Tienen los rostros cubiertos esos cadáveres y Clarín lo destaca: en una foto de un cadáver que aparece entre dos automóviles señala que “manos piadosas, mientras aún proseguían los tiroteos, le han cubierto el rostro con un diario”. Los muertos son anónimos y preservar ese anonimato es un acto de piedad. Hay algo que se veda: el rostro. El anonimato, frente a esa fuerte pulsión referencial en estas fotografías, se cuida escamoteando los rostros de los cadáveres, la posible identificación.
Estos cadáveres aparecen, a su vez, como representando a grupos de personas y, en ese sentido, si hay algo que se destaca de ellos es su condición de trabajadores: en una foto donde aparecen seis cadáveres se enfatiza que “la multitud” estaba integrada en muchos casos por trabajadores que, sorprendidos por el movimiento revolucionario, retornaban a sus hogares. El segundo cadáver de la fila tiene a su lado una maleta con alimentos y ropas. En otra imagen, la del cadáver entre dos automóviles, se especifica que tiene “ropas de trabajo” (imagen 6).

6. Clarín, 17 de junio de 1955, p. 8.
Estas fotografías aparecen exclusivamente el día posterior, es decir, el 17 de junio. El 18 ya no queda ninguna imagen de cadáveres, ni en noticias, ni en especiales, ni en las constantes reposiciones fotográficas dedicadas a lo sucedido el 16 de junio. Es que ya están interviniendo, como vimos, un conjunto de estrategias tendientes a enmascarar y minimizar los hechos. Los cuerpos dejan de ser “los cuerpos” para convertirse en cuerpos heridos en proceso de sanación. Y allí hay otro desplazamiento: cada movimiento semántico se articula con el anterior y así es como se va confeccionando lo (in)visible y lo (in)decible. La muerte queda así exclusivamente en manos de la escritura y de su frialdad simbólica y burocrática, que nombra a los muertos, los enumera y eventualmente los recuerda, pero que de ninguna manera los muestra. Para desplegar la idea de un retorno a la “normalidad”, es preciso que las imágenes de cadáveres y mutilados no sean exhibidas.
La excepción la marcan dos periódicos que el 17 de junio publican muertos: Clarín, como ya vimos, y El Laborista. En el resto, nada.34 No obstante, quienes sí empiezan a tener imagen, nombre, apellido y rostro son los heridos. Los diarios oficialistas, sobre todo, incluso publican, el primer día, profusas imágenes de los sobrevivientes. Se elige mostrar la punta del iceberg. Allí nuevamente aparece la idea de un Estado que actúa con celeridad, que asiste a los heridos, que intenta reparar, que busca llevar tranquilidad a la población.
El 18 de junio el diario oficialista El Laborista comienza una sección gráfica diaria, en forma de recuadro, que se encarga de mostrar heridos. Esa columna acompaña la información de los partes de los hospitales, y procura identificar, con nombre, nacionalidad, edad y domicilio, a las personas de las fotografías. En esas imágenes los heridos aparecen recostados en una cama de hospital, acompañados generalmente por personal médico. Se los ve en buenas condiciones, dadas las circunstancias. Sin duda, no son los heridos de mayor gravedad. Los diarios peronistas en varias oportunidades publican imágenes que insisten en la idea: un paciente (da igual si es hombre o mujer), recostado en una cama de hospital (a veces mirando a cámara), que puede o no estar acompañado. Y en los epígrafes se los nombra, se los identifica. Crítica y La Época lo hacen desde el 17 de junio. Los heridos están bien, recuperándose. El Estado sabe quiénes son y cómo asistirlos.
Sin embargo, en los diarios oficialistas encontramos la imagen de un cadáver. En El Laborista aparece un cuerpo inerte, de espaldas, entre automóviles, y que, dentro de la línea editorial del diario, no necesita aclarar que se trata de un trabajador (imagen 7). El epígrafe marca que ese hombre solitario es pura y desbordada metonimia:
La sangre de los trabajadores y del heroico Ejército Argentino ha escrito una nueva página en la historia de la Patria. Aquí vemos a un joven obrero que dejó su herramienta de trabajo para acudir a la plaza histórica. La canalla cobarde y traidora no reparó en medio. Numerosas bombas cayeron sobre el pueblo indefenso y valiente que supo acudir a la cita del coraje y una vez más supo decir presente al Conductor y Guía del Justicialismo. Llore el pueblo de la Patria a los mártires y mientras tanto reclamemos el condigno castigo de los culpables.35
Esa fotografía es la única en la que la prensa oficialista muestra un muerto.36 El cadáver es parte del pueblo trabajador, y a la vez “indefenso y valiente”, que, al contrario de los anteriores cuerpos de trabajadores de Clarín, dejó atrás sus herramientas (pues no necesita identificación) y fue pura expresión del pueblo caído en la plaza.


7. El Laborista, 17 de junio de 1955, p. 3. 

Luego, como decíamos, estos cuerpos sin vida dejan de aparecer, porque comienza a intervenir una serie de operaciones que desplazan el sentido y conforman un régimen de visibilidad. Así, la idea de víctima nuevamente se transforma. En este caso, se pasa de las personas muertas, de los heridos, a la ciudad como escenario de una tragedia, como un paisaje completamente destrozado por los bombardeos. Con el correr de los días este tipo de imágenes, de daños materiales, se multiplican y obtienen cada vez un mayor espacio en la prensa, y por consiguiente también en el terreno simbólico. El círculo comienza a cerrarse. De hecho, se puede establecer la idea de la ciudad como un cuerpo herido, doliente, lastimado. El título del segundo especial fotográfico de Clarín, aparecido el 18 de junio de 1955, señala: “Las heridas tras cuatro horas de bombardeo”. En este especial, otra vez en las páginas centrales del cuerpo del diario, no aparecen cadáveres sino edificios y automóviles destrozados, la plaza y el Ministerio de Marina también destruidos, así como una imagen con personas heridas y un mapa de la Casa Rosada en el que se dibuja dónde impactaron las bombas, con su correspondiente fotografía. Las heridas entonces son, con este giro, principalmente de la ciudad. Y si la ciudad es patrimonio de todos, las heridas son, en alguna medida, diluidas entre todos los porteños, o entre todos los argentinos. Ese juego de espejos refleja a todos pero no enfoca a nadie y es ahí donde una vez más los nombres de los muertos, los heridos y los mutilados se pierden en la niebla. Y ni hablar de la criminalidad de la masacre y sus autores.


8. El Laborista, 17 de junio de 1955. 

Ésa es la línea, diríamos, hegemónica del reportaje gráfico a partir del 18 de junio.

Pueblo

Si hay algo que diferencia a los diarios oficialistas del resto es la construcción exaltada de uno de los actores de dichas jornadas: el pueblo. Para eso hay un símbolo que condensa la acción: los camiones repletos de gente. Todos los periódicos oficialistas pusieron en escena ese avance hacia la plaza en vehículos de gran porte (imagen 8). Las imágenes bien pueden evocar otras representaciones de la época pero de otras latitudes donde los civiles huían de la guerra o, por el contrario, los soldados marchaban al frente.
Noticias Gráficas retoca ese esquema al jugar con la densidad significante de la Plaza de Mayo. La fotografía de los camiones llevando pueblo es acompañada con un titular que particulariza a ese pueblo: “Dispuestos a defender a la Patria y a su Líder, los trabajadores invadieron la Plaza de Mayo”.37 La plaza todavía está en disputa y los ecos del 17 de octubre de 1945, presentes. Federico Neiburg señala que el 17 de octubre de 1945 la gran movilización que llegó a la Plaza de Mayo pidiendo la libertad de Perón había logrado hacer algo novedoso: ocupar un espacio prohibido. “Al invadir aquel espacio y al realizar lo que nadie había osado realizar hasta entonces, la multitud proclamó una nueva soberanía sobre la ciudad”,38 convirtiendo la plaza “en un verdadero centro de la vida política del país”. Diez años después, la plaza era el centro de esas batallas y los trabajadores todavía, en plena disputa, la invadían. La historia, descripta, parecía repetirse: “De todos los ángulos de la ciudad y sus alrededores, nutridos grupos de civiles, obreros en su mayor parte, avanzaron inmediatamente sobre la Plaza de Mayo apenas oído el llamamiento radiotelefónico de la Confederación General del Trabajo”, decía el epígrafe. Volvía a estar, retomando a Neiburg, “la ciudad como escenario y objeto de lucha”,39 la invasión y el avance sobre el centro. Centro que, al parecer, todavía permanecía en disputa.
Crítica dedica una página entera, plagada de imágenes, a la llegada de los trabajadores a la Plaza de Mayo. Se trata de seis grandes fotografías, tres sobre grupos de personas con pancartas y gritando, y tres sobre camiones repletos de personas, llegando a la plaza. Dos de los títulos que acompañan esas imágenes son citas de los cantos y los gritos en la plaza: “¡A defenderlo!”, “Perón… Perón”. “Entusiasmo popular”, dice el título de una fotografía de un camión repleto circulando por una avenida. Y agrega: 
Portando insignias de su sindicato, con auténtico entusiasmo y heroísmo, estos obreros marchan hacia el lugar en donde caen las bombas y silban las balas, con compacto desprecio por sus vidas y decididos a librar batalla, si fuera necesario, contra las fuerzas que se han levantado contra las instituciones y el gobierno del pueblo.40 

El epígrafe marca un tiempo y un lugar, un presente y un espacio concreto: el mediodía del 16 de junio y la Plaza de Mayo. Las bombas están cayendo mientras el camión avanza hacia “ese lugar”. Y son trabajadores, como los de la imagen de un grupo con una pancarta de la UOM, al costado de la Catedral de Buenos Aires, que parecen disputar la Plaza de Mayo a ese ícono de la argentina católica. “Los obreros de la construcción ostentan con orgullo su galón sindical y avanzan a la altura de la Catedral, en la Plaza de Mayo”, dice el epígrafe. El pueblo, en este caso los obreros, es un grupo de personas que avanza sobre la plaza, y sobre una plaza que está siendo bombardeada. No por nada aparece el cielo en esta fotografía, casi como apertura visual del campo de batalla, como si la presencia de un avión fuera pura potencia, posibilidad. “Ya han caído en el lugar dos bombas, ya se alzan los primeros heridos, ya se cuentan las primeras víctimas. Ellos prosiguen su marcha y, como todo el pueblo trabajador, demuestran valor”, cierra. Clarín y La Nación parecen desconocer ese avance hacia la plaza y esas luchas por el espacio. En ellos, o todo se reduce al gobierno, en el caso de La Nación, o lo que hay son víctimas pasivas, muertos o heridos, como en Clarín.

Ciudad herida

A esta altura es posible afirmar que entre el 17 y el 18 de junio, como hemos visto, los diferentes periódicos, respondan al interés que sea, adoptan en conjunto (aunque no podríamos afirmar que de común acuerdo) todos los pasajes y los desplazamientos que culminarán con un cambio drástico: la reaparición del orden. “El primer magistrado hizo un llamado a la cordura y al trabajo reparador” y “Recupérase la actividad ciudadana”, titula El Líder en su tapa, la que decora con las fotografías, tipo retrato, de Perón y Lucero, y en la parte inferior coloca tres imágenes: una central que muestra a Lucero reuniéndose con militares y, a los costados, y como vimos anteriormente, las imágenes de una bomba sin estallar y la de dos técnicos intentando desactivar uno de esos tantos artefactos que quedaron en la plaza. Las bombas, que ya no representan el terror del bombardeo. empiezan a significar el trabajo, la limpieza y la recuperación de un espacio público destruido. Clarín utiliza incluso dos días seguidos, el 17 y el 18 de junio, el recurso de la doble página central con fotografías de las secuelas de los bombardeos (“Cayeron víctimas inocentes durante los bombardeos de los aviones”41 (imagen 9) y “Las heridas tras cuatro horas de bombardeo”42 son los títulos enmarcados en rojo; en este último caso también se utiliza un gráfico, suerte de mapa donde se precisa el punto de impacto de cada una de las bombas que cayeron sobre la Casa Rosada) y tres contratapas para ilustrar mejor las consecuencias de los acontecimientos (“En un frente de guerra se convirtió todo el sector de la Casa de Gobierno”, “Hicieron estallar las bombas en Plaza de Mayo” y “La Casa de Gobierno muestra los efectos del bombardeo”).43 Ya hemos señalado que en ninguna de estas contratapas aparecen los muertos. Sólo vemos los daños materiales y las tareas tendientes a ilustrar, sobre todo, la reconstrucción, la “vuelta a la normalidad” y que las autoridades están ocupándose del tema.


9. Clarín, 1 de junio de 1955, pp. 8-9. 

En La Nación esta última característica es recurrente. Desde sus páginas enfatiza que “ha renacido la tranquilidad en todo el país”,44 que “la intentona subversiva que se produjo ayer ha sido dominada”,45 en definitiva, que el gobierno se ocupa. El 18 de junio publican dos fotografías en las que sólo hay m...







sábado, 18 de abril de 2026

Revolución Libertadora ¿Se debió impedir que escapara Perón en 1955?

Historia alternativa: La revolución decapitadora






Introducción – Argentina, 1955: un país al borde del abismo

A mediados de 1955, la Argentina era un país profundamente fracturado. La figura de Juan Domingo Perón dominaba la escena desde hacía casi una década, con un gobierno que había transformado radicalmente el país desde su llegada al poder en 1946. Desde el punto de vista de los sectores populares y del movimiento obrero, el país vivía una etapa de inédita inclusión social. Perón había institucionalizado los derechos laborales o, mejor presentado, había logrado hacer creer a la población que las leyes laborales provenían de su mano y obra. Así, se había creado una red de seguridad social robusta y empoderado a los trabajadores como actores políticos fundamentales. La Fundación Eva Perón, aún tras la muerte de Evita, mantenía su impronta asistencial en los sectores más humildes. La economía, sin embargo, atravesaba turbulencias: el agotamiento del modelo industrialista de sustitución de importaciones, las restricciones externas, la galopante inflación y la caída de las reservas comenzaban a generar tensiones. Aun así, el aparato sindical y la maquinaria peronista mantenían una fuerte capacidad de movilización y resistencia. Para millones, Perón era el líder legítimo que había dignificado al pueblo y encarnaba una nueva forma de justicia social.

En el otro extremo del escenario, una parte significativa de la sociedad —compuesta por sectores de las clases medias, la cúpula empresarial, amplios sectores de la Iglesia, la intelectualidad liberal y buena parte de las Fuerzas Armadas— consideraba al peronismo un régimen autoritario, populista y corrupto. Acusaban al gobierno de haber cooptado el aparato del Estado para consolidar un culto personalista, perseguir a opositores, controlar la prensa y degradar las instituciones republicanas. La educación había sido subvertida para convertirse desde el jardín de infantes hasta la escuela secundaria en un culto pleno la personalidad del líder. Los únicos que resistían era la universidad, la intelectualidad y los científicos. Las tensiones con la Iglesia, particularmente tras la supresión de feriados religiosos y la legalización del divorcio, escalaron al punto de romper una relación que había sido aliada en los primeros años. El clima político se tornó asfixiante: clausuras de diarios, censura, proscripción de partidos y creciente militarización del discurso. Para la oposición, la defensa de la "República" justificaba el uso de medios extremos, y los sectores más conservadores veían con creciente simpatía la idea de un golpe militar como única salida al “atropello peronista”.

En ese contexto crispado y polarizado, el bombardeo del 16 de junio de 1955 marcó un punto de no retorno. El fallido intento de magnicidio, que dejó más de 300 civiles muertos en Plaza de Mayo, evidenció que la lucha política había cruzado el umbral hacia la violencia. Tres meses más tarde, con una sublevación militar consolidándose desde Córdoba y el país al borde de una guerra civil, Perón entendió que la continuidad de su figura solo significaría más sangre. El 19 de septiembre presentó su renuncia y partió al exilio, dejando un vacío de poder que la Revolución Libertadora se apuraría en llenar con proscripciones, persecuciones en forma de búsqueda de justicia por los abusos y una promesa incierta de “republicanismo recuperado”.

La huida y después

La huida de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955 fue tan dramática como reveladora del colapso político que vivía el país. Tras semanas de creciente inestabilidad, con alzamientos militares desde el interior y un respaldo cada vez más debilitado dentro de las propias Fuerzas Armadas, Perón comprendió que su permanencia en el poder podía desencadenar una guerra civil abierta. El 19 de septiembre, presentó su renuncia en una carta dirigida al general Franklin Lucero, ministro de Ejército, invocando su deseo de evitar una “catástrofe fratricida”. A partir de ese momento, comenzó una retirada silenciosa pero cuidadosamente ejecutada.


El general fusilador al final era Perón, como lo dice claramente acá.

Perón pasó esa noche en el Palacio Unzué, su residencia oficial, desde donde partió en secreto al amanecer del 20 de septiembre. En otra carta, a su edecán, le pide traer una lista de objetos de su casa, incluyendo fotos de su amante de 15 años. Fue trasladado al arsenal de la Marina en Río Santiago, donde permaneció oculto bajo protección naval, disfrazado con uniforme de marinero para no ser reconocido. Desde allí, fue llevado en una lancha hasta un buque paraguayo anclado en el Río de la Plata —el Paraguay, una cañonera diplomática— que lo trasladó bajo asilo político a Asunción, con el visto bueno del presidente paraguayo Alfredo Stroessner.
Paraguay fue apenas una escala. Perón pasó unos días allí en condiciones precarias y con la permanente amenaza de ser entregado a los nuevos mandos militares argentinos. Decidido a evitar esa posibilidad, buscó rápidamente un destino más seguro. Viajó primero a Panamá, país que tradicionalmente ofrecía asilo a exiliados latinoamericanos, y desde allí comenzaría un largo periplo que lo llevaría luego a Nicaragua, Venezuela, y finalmente a su exilio más duradero en España, bajo el régimen franquista.
En esos primeros días, sin embargo, el exilio de Perón no fue ni cómodo ni seguro. Viajaba con documentación provisoria, sin garantías de protección diplomática estable, y en muchos casos debió depender del auxilio de amigos personales, contactos del movimiento peronista y gobiernos latinoamericanos afines. En paralelo, en Argentina comenzaba la llamada Revolución Libertadora, que prometía restaurar la “república” pero que rápidamente adoptó una política sistemática de proscripción, persecución y represión contra el peronismo, lo que sellaría la fractura política del país por décadas.

sábado, 19 de octubre de 2024

Argentina: Sobre cómo la Revolución Libertadora moldeó el pensamiento militar

Bajo la égida de Aries


Por Esteban McLaren



Durante la Segunda Guerra Mundial, al igual que en la Primera Guerra Mundial, Argentina mantuvo una postura oficial de neutralidad durante gran parte del conflicto. Sin embargo, en el interior de las fuerzas armadas, especialmente en el Ejército, se desarrollaron tensiones entre distintas facciones que debatían cuál debería ser la verdadera posición del país en la contienda. Una de estas facciones se articuló en torno al Grupo de Oficiales Unidos (GOU), un sector que simpatizaba con el régimen nazi y que, hasta 1943, promovía la entrada de Argentina en la guerra... ¡del lado del Eje! Tras el exitoso golpe de Estado de ese mismo año, esta facción tomó el control del gobierno y preparó el terreno para que su candidato, Juan Domingo Perón, asumiera la presidencia en las elecciones de 1946.

Perón, hijo de inmigrantes italianos, asumió la presidencia inicialmente como un mandatario constitucional. No obstante, pronto comenzó a implementar una serie de reformas destinadas a silenciar a la oposición y consolidar su permanencia en el poder. Aprovechó los fondos acumulados durante la favorable balanza comercial de la guerra para ganar apoyos mediante sobornos, subsidios y otros mecanismos corruptos que le permitieron manipular las instituciones a su favor. El uso indebido de fondos públicos fue notorio: individuos sin recursos se convirtieron en millonarios, medios de comunicación opositores fueron cerrados o comprados, y las voces disidentes fueron sistemáticamente perseguidas y, en algunos casos, torturadas.

En este contexto, la facción de las fuerzas armadas que había sido marginada tras el golpe de 1943, simpatizante de los Aliados, comenzó a reorganizarse lentamente. El objetivo de este trabajo es analizar los patrones recurrentes en las fuerzas antiperonistas o constitucionalistas que influyeron en la actividad político-militar interna de Argentina, especialmente durante el periodo de 1955 a 1988, cuando estas fuerzas jugaron un rol clave en la política del país.

La facción pro-Aliada

Las primeras manifestaciones de esta facción del ejército probablemente se hicieron evidentes en el fallido intento de golpe de Estado de 1951. Lo que caracterizó a este grupo dentro de las fuerzas armadas fue su enfoque en la acción. Eran hombres formados en la profesión militar, y como tales, tendían a interpretar los problemas bajo la lógica de la dicotomía amigo-enemigo. Su respuesta ante cualquier desafío fue siempre de naturaleza militar: una vez identificada la amenaza, se delimitaba al enemigo concreto y se actuaba militarmente para atacarlo, perseguirlo y, si era posible, destruirlo.

Un ejemplo temprano de esta conducta lo representa el almirante Benjamín Gargiulo, fundador de la Infantería de Marina de la Armada de la República Argentina (IMARA), quien incorporó el espíritu de los marines estadounidenses en la preparación y alistamiento de sus tropas. Durante el fallido golpe del 16 de junio de 1955, y tras ver frustrados sus esfuerzos, Gargiulo decidió suicidarse, un acto que sorprendió a muchos. Este tipo de coraje y honor militar se reflejaría 27 años después en la batalla de Monte Tumbledown, donde la infantería de marina demostró un valor excepcional en la defensa de Puerto Argentino durante la Guerra de Malvinas.

Esta conducta contrasta radicalmente con la de Juan Domingo Perón, quien, en medio de la Revolución Libertadora de 1955, dudó en atacar a los insurgentes. Durante ese levantamiento, una minoría rebelde se enfrentó a una mayoría leal y no se rindió. Sólo el 18% de las tropas se rebelan contra Perón. Lonardi, líder de la rebelión, mantenía la firme postura de no ceder ni negociar con Perón. En ese contexto, aunque nunca quedó claro qué pensaba exactamente Perón —ni lo aclaró en entrevistas o memorias—, se puede asumir que creyó que los rebeldes querían negociar con él algún reparto del poder, acostumbrado como estaba de negociar en la política. Esta suposición lo llevó a ordenar la retirada de sus fuerzas o, por lo menos, a no ejecutar un asalto final una vez rodeadas las mismas. La consecuencia de ello fue que permitió a los insurgentes reagruparse y continuar la ofensiva. Apenas reacomodadas sus tropas, la primera medida de Lonardi fue decretar el arresto de Perón, de lo que naturalmente sobrevendría su juzgamiento y, nunca podemos descartar, su ajusticiamiento. Ello puso fin a su gobierno y Perón cayó en la cuenta que estaba frente a militares en serio, no en chantas como él.


La Revolución Libertadora y la formación de oficiales

Esta Revolución Libertadora, que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón en 1955, dejó una huella profunda en la composición de los oficiales del Ejército Argentino. Este proceso comenzó con purgas masivas de oficiales considerados leales al peronismo y la reincorporación de aquellos que se identificaban con las fuerzas antiperonistas. Este movimiento, liderado por la Revolución Libertadora entre 1955 y 1956, tuvo efectos disruptivos en el escalafón del Ejército, alterando de manera significativa su estructura de mando y afectando profundamente la carrera de numerosos oficiales​ (Mazzei, 2013).

La purga de los oficiales peronistas implicó la retirada forzosa de aproximadamente 500 oficiales, muchos de los cuales pertenecían a las promociones 60 a 74 del Colegio Militar. Este proceso incluyó tanto a oficiales de infantería (53%) como de caballería y artillería​. Estas vacantes fueron llenadas por oficiales que, en muchos casos, no estaban tan actualizados o eran menos capacitados, lo que generó un efecto de debilitamiento en los cuadros superiores del Ejército​.

Además, la Revolución Libertadora reincorporó a alrededor de 180 oficiales antiperonistas que habían sido separados previamente, muchos de los cuales alcanzaron altos grados dentro de la estructura militar, incluso llegando a generales​. La restauración de estos oficiales consolidó la influencia de una facción militar con una visión conservadora y antiperonista, que jugaría un rol crucial en los años venideros.


Los "azules" y la consolidación del poder militar

Tras el golpe, la facción conocida como los "azules" emergió como la predominante dentro del Ejército, consolidando su control durante las décadas de 1960 y 1970. Esta facción, bajo el liderazgo de figuras como Alejandro Lanusse y Alcides López Aufranc, impuso una visión militarista y conservadora que influenció tanto la política interna como la participación de Argentina en conflictos territoriales y la guerra antisubversiva. Esta facción logró mantenerse en el poder mediante una red de lealtades internas y a través del control de los ascensos y retiros dentro de la institución militar.

La herencia ideológica y operativa

El impacto de la Revolución Libertadora no solo se limitó a una reconfiguración del escalafón militar, sino que estableció una doctrina que influiría en eventos clave de la historia argentina, como la lucha antisubversiva y el conflicto en las Islas Malvinas en 1982. La obra subraya cómo esta ideología militarista promovía la intervención violenta tanto en conflictos internos como externos, en defensa de la "soberanía nacional" y la estabilidad del orden interno.

Este cambio en la composición y perfil de los oficiales influyó notablemente en las decisiones militares que se tomaron en los años siguientes, particularmente en la manera en que el Ejército enfrentó la guerra antisubversiva y los conflictos territoriales. La formación de estos cuadros durante la Revolución Libertadora y su posterior consolidación en el poder imprimió una marcada agresividad en la toma de decisiones, reflejada en el enfoque duro hacia la lucha antisubversiva durante la dictadura militar, que vio el surgimiento de una estrategia de represión violenta contra cualquier amenaza percibida al orden establecido.

Además, la configuración de un alto mando que favorecía el uso de la fuerza y una perspectiva nacionalista influyó en la decisión de involucrarse en el conflicto por el Canal de Beagle con Chile en los años 70, y más tarde, en la invasión de las Islas Malvinas en 1982. La ideología dominante en estos cuadros militares, forjada en la Revolución Libertadora y consolidada en las décadas siguientes, promovía una visión del Ejército como defensor de la soberanía nacional frente a enemigos externos y de orden interno frente a las subversiones percibidas​​.

Los militares profesionales formados bajo esta doctrina operaban bajo una única premisa: todos los problemas se resolvían militarmente. Sin ambigüedades. Observaban la situación, identificaban al enemigo, planificaban el ataque y lo ejecutaban sin titubeos, utilizando la fuerza o la amenaza de ésta. El primer gran enemigo de esta corriente fue el némesis de esta filosofía: el dictador Juan Domingo Perón. Después, las pugnas internas entre facciones no tardaron en emerger: Azules contra Colorados, las revueltas y los enfrentamientos militares que se sucedieron durante décadas.


M4 Sherman Firefly del RCT 8 de Magdalena sobre la pista de la Base Aeronaval de Punta Indio en 1965.

La resolución de los conflictos siempre fue llevada al extremo. El intento de golpe de 1951, el bombardeo del 16 de junio de 1955 sobre Plaza de Mayo, el golpe definitivo del 13 de septiembre de 1955, los fusilamientos de León Suárez y los golpes a lo largo de los años 60 no dejaron lugar a dudas sobre el enfoque de esta facción. El 3 de abril de 1965, el Regimiento de Caballería de Tanques n.º 8 de Magdalena atacó con brutalidad la Base Aeronaval de Punta Indio tras ser bombardeado por aviones navales con cohetes y napalm. Este nivel de agresión desenfrenada era la norma. Esta mentalidad, influenciada por un espíritu del blitzkrieg, dominó la escena durante la guerra contra la subversión, los conflictos limítrofes con Chile que llegaron al borde de una guerra total en 1978, y finalmente el desenlace épico de la recuperación de las Islas Malvinas. La planificación de la operación Soberanía y la operación Tronador fueron obras de arte: llenas de creatividad en la estrategia, anticipación cinco pasos la respuesta de las fuerzas chilenas, un compendio de todo lo que la oficialidad había aprendido al pie de la letra en la doctrina más moderna del momento.

El camino de la respuesta militar no se detuvo ahí. Las rebeliones carapintadas y la brutal recuperación del Regimiento de Infantería Mecanizada n° 3 en La Tablada marcaron el epílogo de una generación de militares que había nacido para la guerra y que, muchas veces incapaz de resolver cualquier cuestión de otra manera, optó siempre por el empleo de la fuerza militar como su principal respuesta.

Los efectos negativos de esta manera de resolver los conflictos fueron evidentes en la condena social hacia los métodos utilizados durante la guerra antisubversiva. La derrota en Malvinas fue el golpe final para este enfoque. No solo se lamentó la pérdida de vidas, sino también la herida profunda al orgullo nacional.

Desde una perspectiva positiva, los militares argentinos ejercían su profesión como el eje rector de su toma de decisiones, con una coherencia implacable. A pesar de los errores, indecisiones y excesos, e incluso de las brutalidades cometidas, sus acciones se alineaban con una estricta planificación militar. Hubo también momentos de gran destreza, como la Operación Rosario, un asalto anfibio ejecutado con brillantez sobre una guarnición enemiga, cumpliendo el objetivo estricto de no causar bajas al adversario. Asimismo, Argentina fue el primer país en erradicar dos movimientos terroristas, uno urbano y otro rural, en una sola operación: un ataque simultáneo, descentralizado y audaz que involucró a todas las unidades policiales y militares en la neutralización de los escondites insurgentes. Sin embargo, esta guerra fue posteriormente juzgada por la justicia civil argentina mediante un proceso plagado de irregularidades, incluyendo la aplicación retroactiva de leyes, juzgamiento irregular que aún permanece impune. El único error de este método fue deshacerse del cuerpo de los terroristas y no entregarlos a su familia aparentemente.

Y aquí agrego una reflexión personal. Uno espera de los militares una respuesta militar, sino no se los convoca. Cuando emerge un problema, llamar a la milicia es llamar a que ese problema se resuelve obviamente manu militari. Y ahí va el asalto frontal, el flanqueo, el fuego de precisión, la saturación de las defensas y búsqueda de la rendición del enemigo. Esta generación de Aries, regida por el Dios romano de la guerra, respondió así, con enormes errores pero coherentes a cómo los había formado la Nación. Personalmente detesto, y con una profundidad muy grande, cuando un militar analiza, "opina", planifica e implementa una acción política sobre un problema real. Cuando un táctico opina geopolíticamente sobre por qué no tomar una colina ordena por su superioridad, es un claro ejemplo de falta de profesionalidad. Los ha habido, los hay y los habrá: cuando el buque oceanográfico HMS Shackleton afrentó la soberanía argentina navegando por aguas del Mar Argentino, fue interceptado por el buque ARA Rosales la cual pidió instrucciones al edificio Libertad sobre cómo proceder. La orden fue clara: "¡húndalo!"; sin embargo, el oficial naval decidió ir a tomar un café un gesto que no solo deshonra su uniforme, autoimponiéndose funciones del estado mayor. 

En 1982, el gobernador militar argentino, General Luciano Benjamín Menéndez, fue responsable de diseñar el plan defensivo de las Islas Malvinas ante una posible re-invasión británica. Lo que presentó no fue más que un dispositivo defensivo estático, completamente falto de imaginación y estrategia. Era como si el plan hubiera sido ideado por un general chileno por su falta de creatividad, más preocupado por mantener buenas relaciones con los kelpers —la población británica implantada— que por defender el territorio. Cuando finalmente se detectó el desembarco enemigo en San Carlos, las decisiones de Menéndez fueron lamentablemente reactivas, si es que siquiera llegaron a ese nivel. Desde ese momento, todo fue un descenso en espiral, con un comandante incapaz de adaptarse a las circunstancias cambiantes del avance británico. No se diseñaron emboscadas, no hubo maniobras de reagrupamiento ni intentos de envolvimiento o flanqueo. El general simplemente dejó que cada comandante en las posiciones decidiera qué hacer, sin ofrecer una coordinación centralizada desde la gobernación. Lo que se vio fue a un general con poco cerebro y menos coraje, atrapado en su mediocridad, esperando el final sin intentar, siquiera, sacar lo mejor de los recursos disponibles, fueran pocos o muchos. En lugar de liderar, Menéndez se rindió a la pasividad, demostrando una falta absoluta de visión estratégica y liderazgo. Ese fue el costo de pagarle con nepotismo a una familia que había provisto de oficiales asociados a la Revolución Libertadora y Guerra Antisubversiva. Un general obnubilado por la geopolítica de llevarse bien con gente que lo despreciaba y no con sus tropas a las que debía cuidar diseñando el mejor plan militar posible.

Dentro del trágico contexto latinoamericano, esta generación de Aries también dejó una lección de patriotismo que trasciende las generaciones. Los bochornosos ejemplos de Cuba, Venezuela y Nicaragua, donde los altos mandos militares, carentes de ética, moral y disciplina, entregaron sus naciones a dictadores de poca monta, son testimonio de lo que pudo haber sido Argentina. Pero aquí, en nuestra tierra, se formó una camada de oficiales patriotas. Cuando un dictador como Perón intentó perpetuarse en el poder, fue ese 18% de tropas valientes las que se rebelaron y lo derrocaron. Aquí no estamos en el maldito Caribe, estamos en Argentina. Y en Argentina, los militares —cuando actúan con honor— no entregan su Patria a tiranos.

En resumen, la Revolución Libertadora no solo reestructuró el Ejército Argentino y a todas las fuerzas armadas en términos de su composición, sino que también estableció las bases ideológicas y operativas para las decisiones que marcarían la historia militar del país en las décadas siguientes. De ese ejemplo surgen lecciones positivas y aprendizajes de errores. Somos la generación que debe tomar ambos a conformar la doctrina que nos lleve a ser el poder militar que siempre fuimos.