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miércoles, 4 de marzo de 2026

Guerra del Chaco: La batalla de Campo Vía (1/5)





 

V

BATALLA DE CAMPO VÍA

(Una victoria frustrada)

Zenteno y Campo Vía son la indudable consecuencia de las acciones ofensivas victoriosas de Gondra, primero, y de Pozo Favorito y Pampa Grande después, que tuvieron la virtud de decidir, por fin, en el ánimo del Comandante en Jefe del Ejército que la hora de abandonar la negativa actitud defensiva había llegado.

Como se verá, esta acción de guerra, la batalla de Zenteno, ya estaba planteada en una escala más importante, aunque de ninguna manera representó las características de una auténtica acción que persiguiese proporciones de objetivos de envergadura total como cabía esperar y era altamente deseable, como absolutamente posible. Pero lo más curioso y desconcertante, aunque explicable, como se verá después, reside en la dirección superior del Ejército que, a pesar de encontrarse en situación favorable, dirigió sus esfuerzos iniciales desde puntos y distancias tales que, dada la peculiaridad de esta guerra impuesta por la naturaleza del terreno, jamás podría proporcionar las ventajas de la velocidad, de manera que se pudiese alcanzar la sorpresa, factor decisivo para el éxito. Y este error, francamente injustificable, hizo que la batalla de Zenteno malograse desde sus comienzos, costando al Ejército de campaña, ya bastante debilitado, desviado e inusitado de su objetivo, un elevado número de bajas, entre ellas seis mil muertos y heridos.

En fin, la cuestión importante era la voluntad de abandonar la negativa actitud defensiva, la “psicología del muro” o el espíritu de la línea Maginot, muy peligrosamente desarrollados entonces en la mentalidad de los dirigentes del Ejército, y que, felizmente, fue rota gracias a que nuestra capacidad agresiva, tan indispensable para el éxito en la guerra, no fue vulnerada en el espíritu de los hombres de Gondra, lo que tuvo, por lo demás, evidentes expresiones en las acciones ofensivas victoriosas del mes de julio de 1933, tal como lo hemos comentado anteriormente. Por último, la bestia ya estaba suficientemente sosegada y cuadrada y era ya llegada la hora de que se asestase la estocada final.

Planes del Comandante en Jefe del Ejército

La situación de ambos contendores, en vísperas de la iniciación de la batalla de Zenteno, era la siguiente:

El I Cuerpo de Ejército Paraguayo, que defendía el frente de Arce, incluidos los de Herrera y Falcón y al que correspondía la responsabilidad del esfuerzo principal, fue reforzado por el II Cuerpo de Ejército, menos un Regimiento de Infantería y la División de Reserva General. La IX División Boliviana reforzada, objetivo del ataque paraguayo, ocupaba el frente de Zenteno (Alihuatá) y estaba desplegada desde Pozo Charcas hasta más al Oeste de Puesto J., cubriendo todos los accesos que conducen a las bases de Saavedra y Muñoz desde el Norte.

Cuando todo parecía indicar la inminencia de la batalla, por razones de servicio, y sobre todo, porque deseaba conocer los lineamientos e intención de las operaciones que esbozaba el Mando, me trasladé a Fortín Galpón, asiento adelantado del Cuartel General del Ejército, en ausencia del general Estigarribia, que se encontraba en Asunción en misión de servicio, así como del general Franco, quien accidentalmente había sufrido una herida en la pierna.

La confirmación de la inminencia de la operación, sin embargo, no me fue difícil obtenerla, pues me lo anunció el propio jefe de Estado Mayor general, coronel Garay.

En esa oportunidad me hizo saber el plan proyectado, el cual consistía en que: EL CUERPO DE EJÉRCITO PARAGUAYO, CON SUS DOS DIVISIONES PRINCIPALES, INTERCEPTARA EL CAMINO ZENTENO–SAAVEDRA, DESDE EL SUR DE FALCÓN, Y DESDE EL NORTE LAS ENEMIGAS DE POZO CHARCAS. Y COMO VARIANTE, POR SI FALLABA ESTE PLAN, RESERVABA UNA MANIOBRA ENVOLVENTE CON OTRA DIVISIÓN POR EL OESTE, CON IDÉNTICO OBJETIVO.

Le manifesté:

a) Que conocía personalmente el sector defensivo del enemigo desde Gondra hasta la altura de Zenteno por haberlo reconocido minuciosamente y que era muy potente y casi inexpugnable por una selva y maleza de las más enmarañadas del Chaco.

b) Que siendo imposible ejecutar las acciones preliminares en silencio y desde tan lejos del punto crítico, camino Zenteno–Saavedra, circunstancia que denunciaría nuestra acción, el factor decisivo de la sorpresa podría considerarse descartado.

c) Que esa operación, de ninguna manera podría alcanzar el objetivo de aislar a la IX División Boliviana, por la razón de que la misma contaba con otra ruta —Alihuatá Viejo–Puesto Moreno— que era objeto de preferente atención según informes de patrullas y era tan eficiente como el antiguo camino a Saavedra.

En cuanto a la variante, maniobra envolvente por el ala occidental, aunque más racional, resultaba más intrincada aún, pues si alcanzaba el buen éxito, interceptaría las dos comunicaciones con que contaba el enemigo para conectarse con sus bases. No obstante, entonces, que disponía de otra, que corría por detrás del sector de la IV División boliviana hacia Saavedra. Se expuso el siguiente razonamiento:

a) Porque tropezaría con las mismas dificultades puntualizadas anteriormente, agravadas por la circunstancia de que se resolvería en un espacio mucho más prolongado, unos 70 kilómetros, para alcanzar su objetivo.

b) Que en esa dirección, lógicamente, la vigilancia del enemigo sería mucho más activa, como consecuencia de nuestras recientes acciones ofensivas y por el interés puesto en la defensa de Puesto Sosa, más vulnerable a nuestra acción y estratégicamente más importante, pues su captura nos abriría la posibilidad de flanquear y aislar a la totalidad del frente del I Cuerpo Boliviano.

La falta de experiencia y pragmatismo en el planteo de esta batalla era evidente. Consistía, como ha ocurrido muchas veces en esa guerra, en una de esas concepciones de determinadas academias, desprovistas de los factores elementales indispensables, determinantes del éxito: la SORPRESA.

Pregunté finalmente al Comandante en Jefe qué razones le obligaban a empeñarse en operaciones tan difíciles y complicadas, teniendo virtualmente cortado al enemigo en el objetivo y solamente a pocos kilómetros más al sud del punto elegido en su Plan.

Efectivamente, mi División estaba, entonces, situada a espaldas mismas del enemigo, a nada más que cinco kilómetros del objetivo, en Campo Vía, a raíz de las afortunadas operaciones de julio, y sin exagerar, casi todos los días ocupaba con patrullas el camino Zenteno–Saavedra a la altura del Km. 19, poco más o menos.

La operación, además de que el objetivo de la misma era ampliado, persiguiendo el mismo objetivo de la destrucción de la D.I.4 enemiga, consistiría, pues, en una incursión sorpresiva sobre dicho camino, en el sitio precisamente indefenso y controlado por nosotros. Atacar las espaldas de las posiciones enemigas de Zenteno, asegurándose convenientemente del lado de Saavedra, o viceversa, que sería más efectivo. Sintetizando, dejar cortados a los bolivianos en Zenteno y operar directamente sobre Saavedra, en pos de una operación de escala total.

Este proyecto permitía, por lo demás, contar desde el principio de la batalla con una División más, la Primera, circunstancia que hubiera gravitado extraordinariamente sobre la brevedad, simplicidad y eficacia del esfuerzo, con las consiguientes ventajas de economía de vidas, de material y de energía, que fueron dilapidadas en un terco y largo empeño desde la misma iniciación de las operaciones sin la posibilidad de ningún éxito.

Tampoco estas últimas consideraciones encontraron acogida favorable en las resoluciones del General. Al parecer, ya todo estaba dispuesto para la operación proyectada y el amor propio o la fe en la propia concepción influyeron para que desapareciese la posibilidad de su modificación. Es la única explicación que podía encontrarse desde el punto de vista de la benevolencia para que fuesen desechadas razones tan precisas y que demostraban, de una manera innegable, los errores cometidos en la realización de una empresa semejante en las exigencias de lugar y tiempo, condiciones elementales para lograr un resultado militar favorable.

Así terminó aquella entrevista. No obstante, me retiré confiado, esperanzado en que el Comandante en Jefe meditaría, en último término, sobre mis observaciones que me parecían, más que nunca, justas.

Sin embargo, sería harto superficial considerar el problema con tan simples reflexiones. La cuestión era mucho más seria de fondo de lo que pudiera presumirse, pues caía dentro de los dominios de la aplicación de una determinada escuela y respondía decididamente al carácter de nuestro Comandante en Jefe.

Es por todos conocidos que, particularmente, como experiencia de la primera guerra mundial y otras causas, había surgido con renovada fuerza, especialmente en el sentido francés, la teoría de la guerra de desgaste, sustentada en la idea de la imposibilidad de alcanzar la victoria en el tradicional estilo de la batalla de aniquilamiento, dada la circunstancia del advenimiento de la guerra total, con su secuela de la entrada en acción de ejércitos de millones de hombres dotados de equipos y organizaciones defensivas invulnerables, frentes extensísimos, con profundidades de decenas de kilómetros, carentes de flancos, etc.

En otros términos, en la teoría de la guerra de desgaste, el objetivo general único es considerado imposible en razón de que la maniobra necesariamente se contrae y escapa fatalmente a ella gran parte de las fuerzas enemigas. Y entonces, la guerra se concreta, como la misma denominación sugiere, en la ejecución de acciones de objetivos limitados, que gradualmente, van quebrando la moral a las fuerzas enemigas, hasta que llega un momento en que éstas, en presencia de la crisis provocada por el desequilibrio y la desarticulación, comprendan que la prosecución de la lucha resulta inútil, se consideren vencidas, y pidan la paz.

El ideal del Gral. Estigarribia estaba totalmente dentro de esta tendencia moderna de la guerra. En el teatro del Chaco, y al servicio de pueblos que no disponían de millares de hombres ni de recursos materiales ni técnicos, era estéril y en cierto modo perjudicial, por cuanto la situación moral del enemigo superaba los efectos del desgaste y nuestro poder, por circunstancias geográficas, era inferior al del adversario a esa altura de la guerra.

Tanto el ejército paraguayo como el boliviano, ni en sus mejores momentos, contaron nunca con efectivos de primera línea superiores a los cuarenta mil hombres desplegados en cientos de kilómetros. La profundidad de los frentes era nula, reduciéndose a posiciones o velos debilísimos de una sola línea y casi sin reservas por la enormidad de los espacios que obligadamente debían ser cubiertos. Muchas veces, flancos descubiertos de decenas de kilómetros dejaban virtualmente en el aire vitales puntos estratégicos.

En consecuencia, ¿era lógico que en tales condiciones fuese adoptado el método de la guerra de desgaste? Es evidente que no; pero siendo difícil alterar la invariable ley de la vida que nos enseña que la conducta es el reflejo del carácter, el método empleado conciliaba muy bien con el espíritu eminentemente cauteloso y la tozuda disposición negativa del Conductor de asumir los grandes riesgos.

Y, uno se preguntará, ¿a qué condujo todo esto? El osario del Chaco, y el sacrificio estéril de tantos heroicos esfuerzos del pueblo en armas, y, ningún mérito extraordinario para el General Estigarribia, porque el estilo no daba para más. Como acontece a los que han elegido este método de conducción, no llegaron a protagonizar el acontecimiento esencial, el fin capital de la estrategia, la victoria decisiva. Consiguientemente, se le esfumó para siempre el insigne honor de figurar en la ambicionada galería de conductores militares sobresalientes.

En vísperas ya de la iniciación de la batalla, con miras a realizar una efectiva acción de colaboración en cumplimiento de la acción de maniobras tácticas de aferramiento y fijación del enemigo que me había sido asignada, me trasladé nuevamente a Campo Aceval, y ordené la inmediata ejecución de los preparativos para asegurar la supremacía de mi misión, sobre las posiciones de Gondra.

La I División, a mi mando, desplegada en un extenso sector de más de treinta kilómetros, aislada del resto del Ejército, virtualmente ya no disponía de los efectivos indispensables para la ejecución de operaciones ofensivas, por insignificantes que fueran sus alcances.

Mi intención era que al ocupar un sector mucho más reducido, quedase liberado el mayor número posible de efectivos —por lo menos un Regimiento— con el cual pasar al ataque en momentos en que el enemigo tomase nuevamente contacto con nuestras nuevas posiciones, y, en caso de éxito, nuestros inquebrantables deseos y esperanzas que la batalla fuese conducida por el lógico y sensato camino del de Gondra, por la fuerza de las circunstancias impuestas por los efectos de la nueva situación creada.

Fui autorizado para ejecutar esta maniobra y la cumplimos con todo éxito, adoptando mediante todas las medidas y recursos, de modo que el adversario quedase confundido acerca de nuestra real intención y nos presionase en las nuevas posiciones, oportunidad en que la unidad de maniobra, situada en posición favorable y elegida de antemano, desencadenaría su ataque envolvente.

Desafortunadamente, nuestras previsiones no fueron cumplidas. El enemigo procedió con extrema cautela y no tomó contacto con nosotros, sino después de mucho tiempo. La verdad es que nuestra maniobra coincidió con otra del enemigo que partía del Sudeste de Zenteno y estaba encaminada a cortar la ruta Nanawa–Falcón en Campo Aceval amenazando la espalda de la I División. Frente a ella tuvimos que contramarcharnos desde Gondra y al fin empleamos nuestras reservas, desapareciendo con ello la posibilidad de llevar adelante nuestro plan de ataque. Con estas maniobras, perdimos también para siempre la favorabilísima situación con que contábamos en Campo Vía, desde que teníamos íntegramente la posición a operar por detrás del enemigo de Zenteno y Saavedra.

Se inician las operaciones sobre Zenteno

(17 de octubre de 1933)

En las primeras horas del día 17 de octubre, y luego de frecuentes y prolongadas postergaciones, fueron iniciadas las operaciones con un potente ataque por parte de la División de Reserva General arrancando de Falcón en dirección general de Km. 7 del camino Zenteno–Saavedra. Dicha operación fue un fracaso rotundo, frenado en seco, y estrellándose contra las posiciones inexpugnables del enemigo que estando en antecedentes, lo estaba aguardando. Luego, no operó más, para ser abandonado definitivamente este aspecto del Plan.

Posteriormente, y ya a mediados de noviembre, es reiniciada la operación envolvente con la 7ª División de Infantería por el lado Oeste, acompañada de una presión general en todo el frente del I Cuerpo, con diversas alternativas para llegar a su objetivo en cerca de dos meses de esfuerzos y sacrificios inenarrables, que el soldado paraguayo venció con heroísmo y abnegación dignos de su estirpe. Esta operación envolvente fue concebida y realizada con el convencimiento de que el camino Zenteno–Saavedra constituía la única ruta de comunicación enemiga con sus respectivas bases. Resultó, sin embargo, que el enemigo disponía de otras, con lo que el corte de aquel camino, por ese lado, resultaba inútil, y de ninguna manera podía provocar la ruptura del equilibrio a nuestro favor.

Se puede asegurar, pues, que la operación empeñada por el I Cuerpo de Ejército, reforzado por el II Cuerpo, menos un Regimiento, en contra del enemigo situado en Zenteno, fue un esfuerzo verdaderamente heroico, pero mal dirigido y peor concebido, que solo trajo como resultado la pérdida de millares de vidas paraguayas. En la historia de la guerra del Chaco, la batalla del 17 de octubre de 1933 sobre Zenteno, quedará como un ejemplo de lo que no debe hacerse en la conducción de una batalla. Estigarribia, de quien tanto esperábamos, no supo aprovechar el momento de nuestra supremacía moral y material para asestar el golpe definitivo que habría significado el fin de la guerra.




jueves, 22 de enero de 2026

Guerra Mexicano-Estadounidense: La batalla de Monterrey

La importancia de la Batalla de Monterrey

War on the Rocks


Nota del editor: Esta es parte de una nueva serie de ensayos titulada “Estudios de batalla”, que busca, a través del estudio de la historia militar, demostrar cómo las lecciones pasadas sobre estrategia, operaciones y tácticas se aplican a los desafíos de defensa actuales.

En 1846, tras la anexión de Texas, Estados Unidos declaró la guerra a México por territorios en disputa en el suroeste y para hacer cumplir su límite sur declarado con México: el Río Grande. El presidente estadounidense, James K. Polk, había hecho campaña con una plataforma política de expansión territorial y buscaba establecer a Estados Unidos como una potencia hemisférica. Polk codiciaba California y sus puertos naturales de aguas profundas, especialmente San Francisco .

Un comando inicialmente formado para reforzar la frontera sur de Estados Unidos con México, que incluía a casi todo el Ejército profesional estadounidense y estaba liderado por el mayor general Zachary Taylor, marchó hacia el sur desde el Río Grande hasta las colinas de la Sierra Madre Oriental. Taylor era un veterano experimentado de la Guerra de 1812 y la Segunda Guerra Seminola, pero nunca había liderado un ejército en campaña. Carecía de experiencia bélica como comandante superior que le permitiera tomar decisiones informadas. La orientación estratégica que recibió eclipsaba sus recursos disponibles. Su ejército poseía una educación, experiencia y pericia notables: cuatro quintas partes de sus oficiales subalternos se entrenaron en la Academia Militar de Estados Unidos o lucharon contra los indios seminolas en Florida. Inicialmente enviado al Río Grande para defender la recién anexada Texas, el ejército de Taylor pasó en agosto a una campaña ofensiva para derrotar a México y así asegurar la conquista final de los actuales Arizona, California, Nevada, Utah, Colorado, Nuevo México y Wyoming —todo el norte de México— que otras fuerzas estadounidenses habían tomado. A pesar de las muchas dificultades, el ejército de Taylor triunfó.

La Batalla de Monterrey de septiembre de 1846, durante mucho tiempo un hito en la campaña norteña de Zachary Taylor, fue una victoria estadounidense en estrategia, operaciones y tácticas. Recordada en la literatura histórica como una incursión mortal en el combate urbano y por sus errores tácticos , la batalla tiene implicaciones más importantes para la conducción de campañas bélicas exitosas y la formulación de una estrategia sólida. La incapacidad de la campaña de Taylor para lograr resultados decisivos en una guerra limitada y posicional, y la adaptación de la planificación estadounidense que resultó en la campaña de la Ciudad de México de 1847 , perduran como ejemplos ilustrativos de cómo los militares profesionales pueden emplear la fuerza violenta para someter a sus enemigos.

 

Una trifecta estratégica

La topografía peligrosa , la información insuficiente sobre las carreteras en el teatro de operaciones y las extensas líneas de comunicación marítimas hicieron que la guerra terrestre fuera especialmente difícil en México. Dichos desafíos exigieron que las fuerzas estadounidenses realizaran campañas ofensivas primero para avanzar y tomar la vasta periferia norte del país, derrotar en combate a las fuerzas enemigas numéricamente superiores y luego penetrar el interior del país para capturar la Ciudad de México. Este enfoque, que las fuerzas estadounidenses ejecutaron en tres campañas sucesivas en 1846 y 1847, se ajustaba a los principios estratégicos predominantes en la teoría militar del siglo XIX: apoderarse del territorio como moneda de cambio para las negociaciones diplomáticas, derrotar a los ejércitos y capturar capitales.

Sin embargo, en 1846, para el presidente Polk, el secretario de Guerra William Marcy y el comandante general del Ejército Winfield Scott no era evidente que la derrota de los ejércitos mexicanos, la toma del norte de México y la captura de la Ciudad de México fueran necesarias para ganar la guerra. Con inferioridad numérica, logística limitada y la prevalencia de enfermedades en la zona costera baja, los estadounidenses preferían una estrategia limitada que implicaba derrotar a las fuerzas mexicanas y consolidar las conquistas territoriales en la periferia norte. La estrategia desarrollada en Washington para la guerra era sencilla: tomar puertos de aguas profundas en el océano Pacífico y bloquear las costas mexicanas, avanzar hacia el norte de México con tres fuerzas de campaña independientes para ocupar el territorio ocupado por México y consolidar las conquistas, obligando así a México a pedir la paz.

El Movimiento a Monterrey

Las fuerzas de Taylor sumaban unos 3.354 soldados regulares del Ejército de los EE. UU. cuando comenzaron las hostilidades con México el 25 de abril de 1846. De abril a mayo, el ejército de Taylor libró una serie de batallas en Fort Brown, Palo Alto y Resaca de la Palma antes de tomar Matamoros y luego, en agosto, extender su avance a Camargo. Allí estableció una base para suministros. Taylor consolidó sus fuerzas, ya que el campo alrededor de Camargo proporcionaba agua y madera . A lo largo de la costa del Golfo de México, Point Isabel conectaba la cola logística del ejército de Taylor con el mar, donde los estadounidenses recibían suministros transportados por buques oceánicos. Desde Point Isabel, barcazas y vapores transportaban suministros río arriba. La ruta a lo largo de ambas orillas del Río Grande resultó útil para mover carros y artillería.

Más que involucrarse en batallas que carecían de propósito estratégico, Taylor movió su ejército a lo largo del Río Grande y a las colinas de la Sierra Madre de una manera que reflejaba un diseño claro . Taylor buscó primero controlar la línea del Río Grande, y luego la principal carretera de norte a sur desde Monterrey que corría desde las faldas de la Sierra Madre a través de Saltillo y Buena Vista hasta San Luis Potosí, y luego a la Ciudad de México. Su movimiento de Punta Isabel a Camargo reflejó un buen instinto para mover el suministro transportado por el río a lo largo del Río Grande en vapores, mientras usaba la ruta terrestre más corta posible para mover su ejército con cualquier mula o carreta que pudiera obtener. Desde Camargo, Taylor podría avanzar hacia Monterrey, la capital de Nuevo León, y desde allí continuar su campaña más adentro del país. Para organizar los suministros, Taylor mostró una iniciativa considerable dado el mal estado del sistema logístico existente: no dispuesto a esperar los procesos de adquisición fiscalmente limitados y glaciales de tiempos de guerra del Departamento del Intendente, por ejemplo, envió agentes desde México a todo Estados Unidos, pasando por Nueva Orleans hasta Louisville y Pittsburgh, para asegurar embarcaciones. Aunque anticipó muchos requisitos logísticos involucrados y realizó requisiciones oportunas , Taylor luchó para asegurar un transporte rápido para su ejército. Después de ordenar a una división que avanzara para establecer una base intermedia en Cerralvo, Taylor marchó con su ejército hacia Monterrey. Mediante el empleo efectivo de acciones de caballería de vanguardia que aseguraron sus movimientos y proporcionaron inteligencia, el ejército de Taylor llegó a Walnut Springs el 19 de septiembre y acampó a tres millas de Monterrey.

Gibraltar mexicano

Monterrey se elevaba 1626 pies sobre el nivel del mar , rebosaba de defensores —aproximadamente 7300 hombres y 42 cañones bajo el mando del general mexicano Pedro de Ampudia— y presentaba un difícil dilema táctico. Enclavada en una llanura entre las altas colinas y crestas de la Sierra Madre, la ciudad se encontraba en una curva del río Santa Catarina y estaba flanqueada por fortificaciones a lo largo de sus accesos norte y oeste. Al norte se extendía una extensa llanura, dominada por una fortaleza —el “ Fuerte Negro ”— con cañones que dominaban el terreno circundante . Para capturar la ciudad, Taylor necesitaba aislar Monterrey controlando los caminos que conducían a ella, cortar sus comunicaciones, reducir sus formidables defensas y avanzar hacia la plaza central, que un joven teniente Ulysses S. Grant identificó como su “ciudadela”. Los ingenieros de Taylor marcaron el terreno clave, reconocieron las rutas de ataque para la infantería y colocaron artillería .

En vísperas de la batalla —el 20 de septiembre—, el mando de Taylor, reforzado por voluntarios, constaba de 6500 hombres organizados en tres divisiones. Su plan de batalla se ajustaba al problema táctico. Una división de soldados regulares —la principal— avanzaría contra el camino a Saltillo, el acceso occidental que atravesaba un paso de montaña crucial hacia Saltillo, bloqueando así cualquier avance de las fuerzas enemigas desde el sur y el oeste. Esto aislaría a Monterrey de los suministros militares y permitiría a los estadounidenses rodear la ciudad. La posesión del camino a Saltillo y dos accidentes geográficos clave al oeste y al sur de la ciudad —los cerros Independence y Federation— también proporcionarían a los estadounidenses una ruta de acceso a Monterrey. En el centro, la artillería de asedio reduciría el Fuerte Negro. Dos divisiones, una de soldados regulares y otra de voluntarios, avanzarían sobre posiciones enemigas desde el norte y el este , capturarían las fortificaciones defensivas mexicanas, desviarían y concentrarían a las fuerzas enemigas y, de ser posible, entrarían en la ciudad. Estos ataques apoyarían así el esfuerzo principal , el ataque envolvente, en el extremo oeste de Monterrey.

Las fuerzas estadounidenses soportaron duros combates del 21 al 23 de septiembre. Napoleon Jackson Tecumseh Dana , teniente de infantería comisionado por la Academia Militar de los Estados Unidos en la promoción de 1842, describió Monterrey como "un segundo West Point" y destacó "la inmensa fortaleza" de la ciudad, y con "el buen juicio militar con el que había sido fortificada por el enemigo". Era, remarcó, "un Gibraltar perfecto". Los comandantes estadounidenses intensificaron sus ataques contra este Gibraltar con resultados dispares. En las alturas al oeste y al sur, las tropas regulares estadounidenses y los Rangers de Texas tuvieron éxitos más rápidos y sufrieron menos bajas. Al este, los avances fueron lentos y las bajas cuantiosas. Al avanzar para unirse al 4.º Regimiento de Infantería en su ataque contra las defensas mexicanas en el extremo oriental de la ciudad, Grant presenció la caída de un tercio de su regimiento en minutos. Lamentó la deficiente planificación táctica, o ejecución, a nivel de brigada. Desde los accesos norte y este a la ciudad, los estadounidenses se enfrentaron a casas de adobe repletas de defensores que disparaban desde portales y tejados. Los estadounidenses se mantuvieron firmes y lucharon en las calles, sufriendo enormemente. Una batería de artillería ligera de campaña, liderada por el capitán Braxton Bragg, con los tenientes Samuel French y John Reynolds al mando de las armas, " penetró ... cierta distancia en la ciudad ", pero perdió numerosos caballos. Sin embargo, los estadounidenses presionaron su avance y " tomaron un trabajo tras otro, hasta que estuvieron en posesión de todo excepto la ciudadela ". Luchando hacia la plaza desde el oeste, las fuerzas estadounidenses, notando las fuertes bajas sufridas por sus contrapartes el día anterior en ataques callejeros frontales en el lado este de la ciudad, abrieron agujeros a través de los edificios y se abrieron paso a través de Monterrey. En la tarde del 23, la artillería de asedio estadounidense lanzó rondas explosivas a la plaza. Los proyectiles " estallaron hermosamente ... dispersando muerte y devastación por todos lados ". Al día siguiente, las fuerzas mexicanas se rindieron.


Imagen: Guerra de México: Campaña de Taylor, 1846-1847 (West Point, NY: Departamento de Arte e Ingeniería Militar, Academia Militar de los Estados Unidos, 1956).

Análisis e impactos

¿Cómo se desempeñaron las fuerzas estadounidenses en la campaña? Contra las antiguas críticas de amateurismo y titubeos tácticos que permean la historiografía, Taylor dirigió metódicamente las acciones tácticas y los recursos militares hacia el logro de ambiciosos objetivos políticos. La orientación estratégica que recibió, que lo obligó primero a defender Texas y luego a realizar operaciones ofensivas , impuso exigencias únicas al comandante. En el teatro de operaciones, Taylor comprendió un plan de campaña con un propósito definido y se esforzó por ejecutarlo. Al igual que Scott en Washington, Taylor percibió correctamente la importancia de Monterrey para abastecer a un ejército, ampliar el alcance operativo, mantener un poder de combate flexible y protegerlo. Taylor " empujó la campaña con tanta fuerza, rapidez y alcance como lo permitieron sus medios ". En Monterrey, su plan de batalla fue adecuado, aunque la coordinación se resintió y la cohesión en el ataque se disipó. Al final, a pesar de la deficiente coordinación táctica de unidades pequeñas, las fuerzas estadounidenses contaron con suficiente potencia de fuego y competencia para ganar una batalla en un terreno difícil con información e inteligencia imperfectas.

La captura de Monterrey resultó indecisa y obligó a Estados Unidos a reevaluar su estrategia . Al llegar a Saltillo con su ejército en noviembre, Taylor advirtió a la administración en Washington y a su comandante que avanzar a la Ciudad de México desde Saltillo y por tierra conllevaba un riesgo excesivo e inaceptable: su posición resultaría demasiado difícil, su línea de operaciones demasiado larga y carecía de los medios para mantener la fuerza de combate de su ejército en el interior, una distancia de más de 480 kilómetros a través del desierto. Taylor, sabiamente, aconsejó una campaña para capturar la Ciudad de México desde una base de operaciones en la costa del Golfo y, después de Buena Vista , mantuvo a su ejército en Monterrey, donde podría beneficiarse de un clima favorable y de la abundancia de víveres y agua potable.

Aunque indecisa, la campaña de Taylor en el norte de México reflejó acontecimientos importantes. En primer lugar, sin una comunicación oportuna, con escasos suministros y lejos de las ciudades estadounidenses, Taylor ganó una serie de batallas que inspiraron gran confianza en sus hombres y despertaron la imaginación del público. Estos éxitos finalmente catapultaron a Taylor a la presidencia. En segundo lugar, los acontecimientos en el norte de México, a instancias de Taylor , obligaron al gobierno estadounidense a modificar su enfoque bélico, fortalecer el Ejército estadounidense e incrementar la adquisición de suministros para la guerra. La campaña de Taylor, por lo tanto, marcó un punto de inflexión para el desarrollo nacional de la logística y el abastecimiento para las operaciones conjuntas de expedición. En tercer lugar, la victoria en Monterrey reveló que Estados Unidos necesitaba una victoria más decisiva sobre México para forzar su rendición. Una pequeña guerra en una zona remota del país no era suficiente: la derrota del enemigo solo se lograría ocupando su capital. Esto requería una campaña rápida dirigida al corazón de México sin interrupciones en las operaciones ofensivas. La reorientación estratégica impuso cambios significativos en el teatro de operaciones y convenció a los estadounidenses de emprender una nueva campaña en una zona de operaciones diferente, con un despliegue logístico más corto. En noviembre de 1846, el general Scott partió de Washington para comandar el asalto anfibio y la invasión de Veracruz.

A nivel de tácticas, la victoria estadounidense demostró el valor de la artillería de campaña altamente móvil, una innovación de preguerra . Aunque en México los artilleros a veces luchaban como infantería , aún así el empleo de la naciente artillería ligera estadounidense ofrecía lecciones para el estudio. Escribiendo cerca del cambio de siglo XX en el Journal of the Military Service Institution of the United States , un lugar líder para el pensamiento profesional de la época, un oficial señaló que la autosuficiencia y la supremacía en el campo de batalla de la artillería en la guerra moderna eran lecciones derivadas no de los rifles de retrocarga de tiro rápido en los campos de batalla de la guerra franco-prusiana, sino de Monterrey y Buena Vista. En la guerra, escribió el teniente GW Van Deusen, "especialmente durante las campañas de Taylor, la artillería parecía casi invencible y, por sus esfuerzos prácticamente sin ayuda, cambió el curso de la batalla y ganó el día para nuestras tropas". Los combates en Monterrey y más allá mostraron el "alto estado de eficiencia" de los soldados estadounidenses. Un artillero escribió en la edición inaugural de 1892 del Journal of the United States Artillery , haciéndose eco del tema, "aunque los ejércitos eran pequeños, el servicio peculiar, [y] las operaciones como nada comparadas con las de días posteriores, sin embargo, el espíritu estaba allí, y por primera vez en nuestra historia la artillería de campaña se destacó como una fuerza de combate indispensable". Continuó , "aquí quizás primero que nada en este continente la artillería ligera demostró... que su propio fuego, incluso a corta distancia era suficiente para su propia preservación, y suficiente para derrotar el ataque y salvar el día".


Las lecciones de Monterrey

Con razón, los profesionales del Ejército estadounidense recuerdan Monterrey como su primera batalla urbana. Sin embargo, las interpretaciones de Monterrey y su importancia para las operaciones urbanas en la guerra estadounidense requieren moderación. Los soldados en Monterrey consideraron la batalla intensa, pero sus sucesores en la profesión rara vez destacaron su importancia para la evolución de la doctrina de infantería o la conducción de la guerra urbana. Como era de esperar, la versión de junio de 1944 del Manual de Campaña 100-5 , Operaciones , no incluyó viñetas históricas de Monterrey, pero al detallar los ataques a pueblos y aldeas, prescribió tácticas —incluyendo la fijación del enemigo con una fuerza y ​​el envolvimiento con otra— que perduran en la doctrina actual y se alinean con el enfoque de Taylor.

Por supuesto, las diferencias tecnológicas distinguen los combates en Monterrey de la guerra moderna. La artillería de campaña en 1846 carecía de la potencia de fuego necesaria para demoler edificios. A pesar de las ventajas que ofrecía a los defensores luchar desde casas y azoteas con parapetos, la iniciativa recaía en el atacante, quien, si contaba con suficientes efectivos y una disciplina superior en el punto de ataque, y presionaba con vigor, podía arrasar las posiciones defensivas con la bayoneta más rápido de lo que los defensores podían apuntar, disparar y recargar sus mosquetes de ánima lisa. No fue hasta los avances en armas pequeñas y ametralladoras de fuego rápido que las ciudades modernas se transformaron en minifortalezas con grupos de edificios, en profundidad, que funcionaban como " redes defensivas que se apoyaban mutuamente ", convirtiéndose en obstáculos para los vehículos blindados, anulando las ventajas de movilidad y maniobrabilidad, y otorgando ventajas de potencia de fuego a los defensores. Los combates en las aldeas europeas obligaron al Ejército de los EE. UU. a publicar en enero de 1944 el Manual de Campo 31-50, Ataque a una posición fortificada y combate en las ciudades , que ordenaba a los escuadrones de fusileros evitar las calles y excavar a través de los edificios y de casa en casa: lecciones duraderas de Monterrey, pero evidencia, más contemporáneamente, de la guerra europea del siglo XX.

No obstante, la experiencia estadounidense en el norte de México ofrece lecciones útiles. En primer lugar, Estados Unidos tiene una tendencia histórica a diseñar su política exterior para asegurar sus grandes intereses estratégicos inmediatos. Esto incluye la realización de campañas ofensivas conjuntas para fortalecer el poder material de la nación. En el futuro, el liderazgo civil podría ordenar a las fuerzas estadounidenses que lo hagan de nuevo.

En segundo lugar, los ejemplos de Zachary Taylor y Winfield Scott sugieren que la estrategia y el diseño de campañas necesitan refinarse hasta sus elementos más puros. La estrategia implica una reflexión clara sobre cómo la nación, pero especialmente las fuerzas armadas, “ pretenden prevalecer en un escenario de guerra ”. El éxito de la campaña de Taylor, su culminación y la hábil conceptualización, planificación y ejecución de la campaña de Scott de 1847 evocan una definición más antigua e instructiva del arte operacional en la doctrina del Ejército de los Estados Unidos: “la búsqueda de objetivos estratégicos… mediante la organización de acciones tácticas en tiempo, espacio y propósito”. La claridad y simplicidad de la formulación de la estrategia y el diseño de campañas en México deberían evocar admiración e inspirar emulación.

Finalmente, en el futuro, como en 1846, cuando los estadounidenses lucharon en inferioridad numérica lejos de Estados Unidos, una disciplina superior y una competencia táctica superior probablemente resultarán cruciales. Esta superioridad debería tener su origen en la educación y el entrenamiento antes del inicio de las hostilidades. En consideraciones estratégicas más elevadas, los militares profesionales nunca deben dar por sentadas las competencias fundamentales, y debería decirse de los estadounidenses en guerras futuras, como escribió el General de los Ejércitos, el general Grant , sobre los soldados que lucharon con el general Taylor: «Los hombres que participaron en la guerra con México fueron valientes, y los oficiales del ejército regular, desde el más alto hasta el más bajo, eran instruidos en su profesión. No creo que un ejército más eficiente, considerando su número y armamento, haya librado jamás una batalla…».

sábado, 11 de octubre de 2025

Malvinas: Una revisión de la cronología de la guerra

Soldados argentinos vigilan las trincheras poco después de invadir las Islas Malvinas el 2 de abril de 1982.

Enfrentamiento sangriento en Puerto Argentino


Las tropas de élite británicas lanzaron una serie de audaces asaltos a mediados de junio de 1982 contra los puestos de avanzada argentinos que protegían Puerto Argentino en la fase final de la Guerra de las Malvinas.


Por Christopher Miskimon || Historical Warfare Network

Una masa rocosa y desordenada de rocas conocida como Monte Harriet, justo al oeste de la ciudad de Puerto Argentino en las Islas Malvinas, no tenía fama antes de la noche del 11 al 12 de junio de 1982, pero alcanzó renombre después de un enfrentamiento desgarrador que tuvo lugar entre las fuerzas británicas y argentinas esa noche.

Después del anochecer, los Royal Marines británicos avanzaron con cautela ladera arriba contra los soldados argentinos que los defendían. Cuando el cabo Steven Newland se enteró de que su pelotón estaba inmovilizado por un francotirador más arriba en la colina, decidió hacer algo al respecto. Newland y un compañero, Chris Shepherd, avanzaron a rastras para flanquear al francotirador. Mientras avanzaban, el fuego enemigo se estrellaba contra las rocas que los rodeaban. Newland tenía una buena cobertura, así que siguió adelante. Shepherd no tenía esa protección y se vio obligado a permanecer tendido boca abajo.

Gateando entre las rocas, Newland encontró al francotirador, pero el argentino no estaba solo. Un escuadrón entero estaba al acecho, 10 hombres con rifles y una ametralladora. Uno de ellos disparaba de vez en cuando. Newland pensó que el escuadrón enemigo esperaba que los británicos intentaran atacar al francotirador, pero que la ametralladora y los fusileros que lo apoyaban los abatieron. Decidió hacer algo, pero se dio cuenta de que Shepherd no estaba allí; estaba solo. Sin embargo, Newland tomó medidas.

El joven cabo puso un cargador nuevo en su rifle, quitó el seguro y sacó dos granadas de sus bolsas. Arrojó las granadas a la posición de la ametralladora enemiga. Una cayó justo sobre la ametralladora y la otra entre los soldados enemigos. Newland se agachó detrás de una roca y esperó hasta que escuchó dos explosiones. “Tan pronto como se fueron, entré y todo lo que se movió recibió tres balazos… No sé a cuántos disparé, pero les dispararon un cargador entero”, escribió. Recargó y estaba a punto de ver si alguien seguía con vida cuando un compañero de escuadrón llamó por radio y le dijo que iban a disparar dos cohetes de 66 mm a la posición. Newland rápidamente se puso a cubierto.

Los cohetes impactaron en la posición enemiga y Newland recogió a los prisioneros para evitar que escaparan. Tomó un camino diferente de regreso y vio a un argentino al que había disparado antes. El hombre había caído, pero solo estaba herido. Cuando Newland se acercó, el soldado enemigo disparó una ráfaga, alcanzando al cabo en ambas piernas. Sintió que las balas golpeaban sus piernas y se enfureció. Antes de que el soldado pudiera acabar con él, Newland le había disparado al hombre 15 veces en la cabeza.

Las batallas finales de la Guerra de las Malvinas fueron a menudo confusas, remolinos de combate cuerpo a cuerpo desesperado. La fuerza británica, que intentaba liberar las islas de una toma argentina, no tenía una ventaja particular en número o potencia de fuego. Lo que marcó la diferencia fue el nivel de entrenamiento, ímpetu y disciplina que ha caracterizado al soldado británico a lo largo del siglo XX. Este factor llevó a los blindados británicos al éxito en el Atlántico Sur.

La disputa entre Argentina y Gran Bretaña por la posesión de las islas llegó a un punto crítico en 1982. Argentina, bajo un nuevo gobierno después de un golpe de estado, percibió varias acciones británicas como señales de que su deseo de mantener las islas se estaba desvaneciendo. El Ministerio del Interior decidió que los habitantes de las Islas Malvinas ya no tenían garantizada la ciudadanía británica automática según la Ley de Nacionalidad de 1981. El gobierno también estaba retirando el buque de protección ártica Endurance de la zona sin reemplazo. Además, el Reino Unido anunció que estaba considerando desguazar o vender gran parte de su flota de superficie. En conjunto, estos acontecimientos parecían indicar que el Reino Unido se estaba retirando de la región y, con una flota reducida, no podría defender las Malvinas de todos modos. Una fuerza de tarea argentina zarpó para tomar las Malvinas el 28 de marzo de 1982, tomando rápidamente el control. Gran Bretaña decidió retomar las islas y respondió con una flota y una fuerza anfibia. El 21 de mayo, las tropas británicas estaban en tierra y luchando hacia Puerto Argentino/Stanley, el asentamiento más grande de las Malvinas.


El 10 de junio, las tropas británicas estaban en posición para asaltar las defensas argentinas que rodeaban Puerto Argentino. 

Los defensores colocaron una mezcla de infantes de marina y tropas del ejército en varias colinas al oeste de la ciudad. Fueron apoyados por artillería y equipados con ametralladoras pesadas y armas antiaéreas. Se desplegó un número menor de tropas alrededor de la península que ocupaba Puerto Argentino/Stanley para protegerse contra los ataques anfibios y de las fuerzas especiales.

Los británicos desplegaron sus fuerzas en las colinas al oeste de las posiciones argentinas, atrapándolas alrededor de Puerto Argentino/Stanley. De un prisionero, los británicos obtuvieron un mapa que delineaba las defensas argentinas. Treinta cañones de 105 mm de la Artillería Real se colocaron cuidadosamente dentro del alcance y se almacenaron 500 balas por cañón. En la noche del 10 de junio, la 3.ª Brigada de Comandos británica, compuesta por los 40, 42 y 45.º Comandos de la Marina Real y reforzada por los 2.º y 3.º Regimientos de Paracaidistas, atacaría desde el oeste. En la noche siguiente, la 5.ª Brigada de Infantería, compuesta por los 2.º Guardias Escoceses, 1.º Guardias Galeses y el 1.º Batallón, 7.º Fusileros Gurkha, atacaría hacia Puerto Argentino/Stanley desde el sudoeste, una ruta de ataque más obvia dado el terreno.
El 10 de junio, las tropas británicas estaban en su lugar en una línea de colinas al oeste de las defensas argentinas que rodeaban Puerto Argentino/Stanley. El 3.º Regimiento de Paracaidistas, que se muestra desembarcando de una lancha de desembarco en San Carlos, atacó desde el oeste.
El 10 de junio, las tropas británicas estaban en posición sobre una línea de colinas al oeste de las defensas argentinas que rodeaban Puerto Argentino/Stanley. El Regimiento Paracaidista N° 3, que aparece desembarcando de una lancha de desembarco en San Carlos, atacó desde el oeste.

El comandante argentino, el general de brigada Mario B. Menéndez, esperaba que los británicos vinieran por la ruta sudoeste. El alto mando argentino quería que atacara, pero dado que el ejército estaba compuesto en gran parte por reclutas, Menéndez sabiamente decidió permanecer a la defensiva. Había alrededor de 9.000 tropas argentinas alrededor de Puerto Argentino. De ellos, 5.000 eran tropas de combate reales. Menéndez colocó los Regimientos 3.º, 6.º y 25.º a lo largo de la costa. En el interior, el 5.º Regimiento de Marines estaba atrincherado en Sapper Hill, Mount Wilson y Mount Tumbledown. El 4.º Regimiento estaba centrado en Mount Harriet y Two Sisters. Estos puntos de terreno elevado cubrían los accesos desde el sudoeste. El 7.º Regimiento, en Wireless Ridge y Mount Longdon, protegía las líneas oeste y noroeste. Estas tropas estaban expuestas al frío y la humedad, mientras que las tropas de apoyo en Puerto Argentino/Stanley vivían más cómodamente. Su sistema logístico funcionaba mal; muchas tropas de retaguardia ganaban dinero vendiendo raciones y artículos de primera necesidad a la infantería cuando la red de transporte no lograba entregarlos.

Mientras ambos bandos se preparaban para la lucha que se avecinaba, los británicos mantenían un acoso constante a las posiciones argentinas. Los buques de guerra de la Marina Real se unieron a la Artillería Real en bombardeos nocturnos por todas las posiciones enemigas, causando pocas bajas pero con un costo psicológico. Cada noche, las patrullas británicas se deslizaban entre las unidades argentinas, recogiendo información y tendiendo emboscadas a cualquier soldado argentino que se atreviera a moverse en la oscuridad. Aun así, la moral se mantuvo y los reclutas permanecieron en sus posiciones.

La artillería y la aviación británicas mantuvieron un bombardeo constante. Los barcos en alta mar continuaron disparando todas las noches, pero los argentinos consideraron que el fuego naval era menos efectivo que la artillería de campaña.

Las tropas argentinas en Mount Harriet vieron cómo los helicópteros británicos lanzaban obuses a sus puestos de tiro. Una vez en posición, los cañones comenzaron a disparar durante el día, algo a lo que los defensores no se habían enfrentado anteriormente.

En el aire, los aviones Harrier llevaron a cabo ataques aéreos que aterrorizaron a los reclutas argentinos. Se les entregaron apresuradamente misiles antiaéreos SAM-7 soviéticos recién adquiridos para contrarrestar la amenaza. Las tropas inmediatamente pusieron en uso estas nuevas armas, pero tuvieron poco éxito porque no hubo tiempo para entrenarlas. Un oficial argentino en la colina Two Sisters recordó haber visto a dos Harriers atacar el 5 de junio. Ambos escaparon porque los operadores de los SAM-7 no habían apuntado correctamente. Cuatro días después, un cabo disparó contra otro Harrier, pero el misil aterrizó junto a una de sus posiciones de combate. El oficial notó que el sargento a cargo de los SAM parecía tener "dificultades psicológicas", por lo que se hizo cargo de la sección él mismo. Si bien esperaba que los Harriers hicieran otro ataque, el oficial notó que sus tropas parecían inestables. "Espero que no haya grandes fallas cuando tengamos que luchar", escribió.

En los días previos a la Batalla de Puerto Argentino/Stanley, 17 soldados argentinos murieron por ataques de artillería y aéreos. Muchos heridos fueron enviados para recibir tratamiento a bordo de barcos hospitalarios reconvertidos atracados en el puerto de Puerto Argentino/Stanley. Un marinero a bordo de uno de ellos recordó que la mayoría de las heridas fueron causadas por fuego de artillería. El número de heridos no hizo mella en la moral argentina, que todavía era buena. Aunque las tropas en las colinas sufrieron privaciones, se sentían preparadas para el ataque británico. Los argentinos estaban atrincherados detrás de campos minados y estaban preparados para usar artillería y ametralladoras en el terreno abierto frente a sus posiciones. Menéndez emitió una declaración instando a sus tropas a destruir a los británicos, vengar el sacrificio de sus caídos y derrotar al enemigo para que "nunca más tengan la impertinencia de invadir nuestra tierra". Al oeste, los británicos se las arreglaron para que las palabras de Menéndez sonaran huecas.
Artilleros británicos cargan un cañón de 105 mm en Sapper Hill, ubicado a dos kilómetros al oeste de Puerto Argentino/Stanley.


Artilleros británicos cargan un cañón de 105 mm en Sapper Hill, a dos kilómetros al oeste de Puerto Argentino/Stanley.

El 11 de junio comenzaron los ataques británicos. El primero fue un intento de matar a Menéndez. Celebraba una conferencia en el ayuntamiento de Puerto Argentino/Stanley todas las mañanas. Ese día, un helicóptero Wessex a tres millas al norte del edificio disparó dos misiles AS-12 con la esperanza de decapitar a los líderes enemigos. El primer misil falló; el segundo pasó volando por encima del objetivo y alcanzó la estación de policía cercana. Afortunadamente, no hubo víctimas; un mensaje que advertía a los lugareños de que se mantuvieran alejados no les llegó. Después del anochecer, comenzó la primera fase del asalto terrestre. Mount Longdon sería atacado primero por el 3.º Paracaidista, poco tiempo después el 45.º Comando atacaría Two Sisters y el 42.º Comando tomaría Mount Harriet.

Mount Longdon es una colina de este a oeste de una milla de largo con pendientes pronunciadas de un promedio de 300 pies sobre el suelo circundante. El área estaba ocupada por el 7.º Regimiento argentino, que mantenía la mayor parte de la línea en el lado norte que se extendía hacia Puerto Argentino/Stanley. La Compañía B estaba sentada en la cima de Mount Longdon junto con un pelotón de ingenieros adjuntos. Varias ametralladoras de calibre .50 completaban la defensa. La posición argentina formaba el ángulo noroeste de toda la defensa de Puerto Argentino/Stanley, con dos pelotones orientados al norte y uno al oeste, con ingenieros en reserva.

El plan británico exigía que una compañía del 3.º Regimiento de Paracaidistas tomara una colina a 500 yardas al norte del Monte Longdon y la utilizara como base de fuego mientras una segunda compañía atacaba desde el oeste y acorralaba al enemigo moviéndose hacia el este. Para ello, tenían que cruzar cinco millas de terreno abierto contra defensas que sólo podían discernir parcialmente. Sin embargo, a las 9:15 pm las dos compañías atacantes estaban en su punto de partida, un arroyo a media milla del pie de la colina. No habría preparación de artillería; acortarían la distancia en silencio. Afortunadamente, el radar argentino capaz de detectar tropas en tierra no estaba funcionando. Un oficial ordenó que lo apagaran esa noche, preocupado de que sus emisiones atrajeran fuego de artillería. Se esperaba que los ataques británicos ocurrieran durante el día o justo antes del amanecer.

La Compañía A se trasladó a ocupar la colina mientras la Compañía B atacaba el propio Monte Longdon. Llegaron a la mitad de su objetivo cuando un desafortunado soldado británico pisó una mina terrestre. La explosión provocó un intenso fuego mientras los británicos se apresuraban a cerrar la distancia restante. La Compañía A encontró su objetivo en la cima de la colina bien cubierto por ametralladoras y morteros enemigos, y fue rechazada. La Compañía B rápidamente quedó atrapada en varios barrancos en la ladera oeste de la colina. Durante varias horas, la lucha se prolongó mientras las tropas paracaidistas avanzaban lentamente en pequeñas ráfagas y ráfagas de fuego. Los argentinos manejaron bien sus ametralladoras, lo que causó un terrible daño a los británicos. Los morteros argentinos dispararon constantemente hasta que la artillería británica bombardeó el extremo oriental de la colina, silenciándolos permanentemente. En un momento dado, las tropas paracaidistas retrocedieron y ordenaron a la artillería que dirigiera su fuego hacia el oeste, suavizando las posiciones enemigas para otro asalto.

El sargento de color Brian Faulkner, un médico, se apresuró a avanzar con armas y municiones adicionales antes de regresar a sus tareas médicas. Cuando un hombre resultó herido, sus compañeros le dieron los primeros auxilios y clavaron su fusil en el suelo para marcarlo para los médicos. Faulkner ayudó a un cabo que había perdido una pierna y parte de otra. Incluso en la oscuridad, pudo ver la palidez del paracaidista por la pérdida de sangre. A pesar de sus heridas, el hombre estaba concentrado en su misión. “Traigan el mapa… marca todas las posiciones”.


Los Harriers del HMS Intrepid llevaron a cabo ataques terrestres durante la batalla por el Monte Tumbledown.

El cabo primero Dominic Gray recibió un golpe en la cabeza mientras evacuaba a los heridos. Simplemente envolvió un vendaje en la herida y continuó, llevando a más hombres heridos para que los trataran. Solo cuando terminó la batalla, el joven aceptó ser evacuado. Otro soldado británico, inmovilizado e incapaz de moverse, se tumbó junto a un argentino muerto y preparó té. Mientras el fuego de las ametralladoras argentinas inmovilizaba a muchos de los paracaidistas, el sargento Ian McKay vio que su comandante de pelotón había muerto y decidió hacer algo. Llamó a sus soldados para que lo siguieran y subió la colina. Los tres hombres que iban con él fueron alcanzados, dejándolo solo. McKay siguió adelante de todos modos y silenció varios nidos de ametralladoras enemigas con unas cuantas granadas. En el proceso, fue asesinado por el fuego enemigo. Su valentía permitió que el ataque continuara a costa de su vida. McKay sería galardonado con una Cruz Victoria póstuma, la única que se otorga por los combates cerca de Puerto Argentino/Stanley.

El suboficial John Weeks avanzó con la Compañía B, despejando posiciones con los elementos de vanguardia. Entró en un búnker que alguien más ya había despejado. Dentro había un cuerpo cubierto por una manta. Weeks lo encontró extraño. ¿Quién cubriría un cuerpo con una manta en medio de una pelea? Le dio su metralleta a un cabo y le dijo que hiciera guardia. Cuando Weeks apartó la manta, el argentino que estaba debajo intentó lanzar una granada de fósforo. El cabo le disparó.

El resto de la noche los suboficiales no lo vieron con claridad. Despojó los cuerpos de munición para abastecer a las tropas que seguían luchando. También vio al capitán William McCracken disparar un cohete de 66 mm a una posición defensiva enemiga particularmente tenaz y también dirigir el fuego de artillería a una distancia de hasta 25 metros.

McCracken era un observador avanzado asignado a la Compañía B. Él y su señalero avanzaron sigilosamente mientras la infantería solicitaba bombardeos, ayudando al avance. Las tropas argentinas les dispararon mientras pedían por radio fuego de artillería. La artillería silenció una ametralladora y varios francotiradores.

Incapaz de ocupar la colina al norte, la Compañía A se unió al ataque al Monte Longdon alrededor del amanecer. La dura resistencia se aflojó y la defensa argentina simplemente se derrumbó. Los británicos ocuparon rápidamente toda la colina y se atrincheraron. Durante toda la mañana, la artillería argentina atacó a las tropas paracaidistas, pero se mantuvieron obstinadamente. La lucha por el Monte Longdon fue el combate más duro de la batalla por Puerto Argentino/Stanley. Las tropas paracaidistas sufrieron 19 muertos y 35 heridos en 10 horas de combate. No se conocen las bajas argentinas exactas, pero al menos 29 murieron y 50 fueron capturados. Aunque fue lo peor de la lucha, otras batallas se libraron esa noche en las colinas cercanas.

Two Sisters fue el segundo objetivo del asalto británico. De dos millas de largo con dos picos gemelos que le dan su nombre, el pico oeste estaba a 700 pies sobre el terreno circundante, el pico este un poco más bajo. Cada uno estaba defendido por una compañía de soldados argentinos. La colina oeste tenía 170 hombres atrincherados con morteros y ametralladoras. La última colina tenía quizás 120 tropas. En general, era una posición defensiva impresionante a una milla al suroeste del Monte Longdon.


General Leopoldo Galtieri (izquierda), presidente de Argentina, y el general Mario B. Menéndez.

El 45.º Comando británico recibió la misión de tomar las colinas. El plan era que la Compañía X tomara la colina occidental, emplazara armas pesadas y luego apoyara a dos compañías más en su ataque desde el norte. Esas compañías tomarían la colina (el punto bajo entre las dos colinas), girarían hacia el este y tomarían la cima de la colina oriental. Resultó que la Compañía X se retrasó dos horas en ponerse en posición, muy sobrecargada con armas y municiones adicionales. Esto significaba que los dos ataques tenían que realizarse juntos en lugar de que uno apoyara al otro.

El capitán Ian Gardiner comandaba a los 150 hombres de la Compañía X. Pasó horas reorganizando a sus marines para el ataque después de que se dispersaran durante el movimiento nocturno. Sus pesados ​​misiles guiados por cable MILAN y municiones hicieron que el terreno accidentado fuera aún más difícil de cruzar. Para su alivio, su coronel comprendió la situación y le dijo con calma que continuara. Gardiner ordenó a sus comandantes de tropa (una tropa es el equivalente a un pelotón de los Royal Marines) que terminaran sus preparativos. Cuando todos estuvieran listos, irían juntos. Diez minutos después, toda la compañía estaba lista para avanzar.

Los soldados se pusieron en marcha con la 1.ª Tropa a la cabeza, la 3.ª Tropa detrás y la 2.ª Tropa en reserva. A diferencia del monte Longdon, la situación era algo mejor. La tropa líder llegó a la mitad de la colina antes de encontrar resistencia. Dos ametralladoras enemigas con buena puntería abrieron fuego. Cada vez que los marines intentaban avanzar por un barranco, las ametralladoras vibraban o un soldado argentino les disparaba. El resto de la compañía no podía avanzar sin recibir un fuego intenso, por lo que Gardiner hizo retroceder a la 1.ª Tropa una corta distancia y pidió fuego de apoyo. Desafortunadamente, como el avance había comenzado tarde, la artillería estaba ahora ocupada en otra parte. Los morteros de apoyo cesaron el fuego después de ocho rondas; sus placas base habían desaparecido en el suelo blando. Gardiner ordenó a sus hombres que utilizaran los misiles MILAN, que resultaron eficaces.

Incluso sin apoyo, el ataque tenía que continuar, por lo que la 2.ª Tropa avanzó. A Gardiner le pareció que se movían entre los escombros de una ciudad. Había rocas y peñascos por todas partes. Llegaron a la cima, pero la artillería argentina los bombardeó. Esto hirió a un hombre, la única baja de la Compañía X de la noche. Dos ametralladoras argentinas fueron rápidamente inutilizadas, dejando a los Marines en control de la colina. La compañía se atrincheró, esperando el amanecer. Quedaron algunos francotiradores, pero los británicos decidieron esperar al amanecer antes de erradicarlos.

En la colina oriental, las Compañías Y y Z estaban realizando sus ataques. El segundo teniente Augusto La Madrid de la Compañía B argentina, 6.º Regimiento, estaba en esta colina. Observó la lucha en el Monte Longdon a través de binoculares. Mientras lo hacía, un arma pesada británica comenzó a disparar contra Longdon desde 400 metros de distancia. La Madrid movió una de sus ametralladoras de su posición principal y ordenó a su tripulación que disparara contra el enemigo.


Los británicos tuvieron que reducir metódicamente las posiciones argentinas en una serie de colinas al oeste de Puerto Argentino para reconquistar el pueblo.

Después de esto, los británicos atacaron su posición en Two Sisters. Los Royal Marines flanquearon a los argentinos; La Madrid no tenía idea de lo que estaba sucediendo hasta que estuvieron detrás de él. Una ametralladora calibre .50 intercambió fuego con los Marines durante un largo tiempo. Después, La Madrid escuchó a alguien gritar órdenes en inglés. Llegaron órdenes de retroceder a una posición detrás de Two Sisters. Los marines británicos tomaron las cimas de las colinas pero no avanzaron más, contentos con disparar a los argentinos. La Madrid recibió otra orden de retroceder al Monte Tumbledown porque la artillería argentina en Puerto Argentino/Stanley estaba a punto de bombardear Two Sisters. Esto dejó a los británicos en posesión de toda la posición.

La batalla por Two Sisters fue más rápida y menos sangrienta que la de Mount Longdon. Los Royal Marines perdieron cuatro muertos y 10 heridos. Sus oponentes perdieron 420 muertos y otros 54 hechos prisioneros con un número desconocido de heridos. El comandante argentino de Two Sisters fue destituido después del conflicto por su mal manejo de la batalla. A los británicos les quedaba una acción más esa noche.

Más de 300 soldados argentinos estaban apostados en el monte Harriet, una cresta de una milla de largo situada a una milla al sur de Two Sisters.

El 42.º Comando británico había pasado muchos días atrincherado en el cercano monte Kent, y sus líderes habían utilizado el tiempo sabiamente, elaborando un plan audaz para eludir las defensas occidentales. En lugar de un asalto frontal, dos compañías se infiltrarían a través de un campo minado argentino, avanzarían al sur de la colina y flanquearían a los argentinos desde el sur-sudeste.

La parte inicial del plan salió bien. Una fuerza de 250 marines marchó cuatro millas a través de la oscuridad, evitó las minas y llegó al punto de partida del ataque sin ser descubierto. Moviéndose en silencio, la Compañía K, la fuerza británica líder, llegó a las posiciones de la fuerza de reserva argentina antes de ser detectada. Un solo disparo en la oscuridad desencadenó la batalla. Durante más de una hora, los marines lucharon contra los reclutas de un pelotón de infantería de reserva y un pelotón de morteros. En el proceso, los marines perdieron alrededor de media docena de hombres.

Mientras tanto, la segunda unidad británica, la Compañía L, atacó desde el sur mientras la Compañía K giraba hacia la izquierda y atacaba las posiciones argentinas desde la retaguardia. Pronto, los argentinos que ocupaban las trincheras del pelotón de defensa del cuartel general, la 3.ª Brigada argentina, fueron superados. La batalla, que había durado unas cuatro horas, dejó las defensas argentinas en ruinas. Los argentinos se rindieron.


Las tropas argentinas se ponen a cubierto durante un ataque de los Harriers a su posición cerca de Puerto Argentino. Los soldados tuvieron poca suerte contra los Harriers con misiles antiaéreos SAM-7 de fabricación rusa disparados desde el hombro.

Al mismo tiempo, el cabo Newland de la Compañía K estaba realizando su propio ataque. Herido en ambas piernas, se sentó e intentó usar su vendaje de campaña para detener la hemorragia. Al darse cuenta de que nadie sabía dónde estaba, Newland comenzó a caminar colina abajo. Finalmente se topó con la Compañía L y fue interceptado por un centinela. Se identificó y fue conducido. Newland esperó bajo el frío y la lluvia durante seis horas antes de que un helicóptero lo llevara al barco hospital Uganda.

Al igual que en las otras colinas, la batalla estaba llegando a su fin al amanecer. Un francotirador argentino solitario resistió un rato, hiriendo a varios hombres. Finalmente murió cuando los británicos dispararon un misil contra su posición. Algunos argentinos lograron escapar, pero alrededor de 250 fueron hechos prisioneros y 10 murieron. Los británicos perdieron a un hombre y otros 10 resultaron heridos. Se advirtió a todas las tropas británicas que estuvieran listas para avanzar nuevamente, pero esto era una ilusión y nunca llegó ninguna orden. La primera fase de la Batalla de Puerto Argentino/Stanley había terminado.

La noche del 11 al 12 de junio fue difícil para la infantería británica y desastrosa para los argentinos. Todo el cinturón exterior de las defensas de Puerto Argentino/Stanley estaba en manos británicas. De los 850 soldados argentinos que ocupaban esas defensas, 50 murieron y 420 fueron capturados. El resto se retiró hacia Puerto Argentino/Stanley. Las pérdidas británicas ascendieron a la mitad de esa cantidad de muertos y 65 heridos.

De regreso en Puerto Argentino/Stanley, tres civiles murieron cuando su refugio fue alcanzado por un proyectil errante de un buque de guerra británico. Un bombardeo de la RAF en el aeródromo de Puerto Argentino/Stanley causó pocos daños y ninguna víctima. Esa noche, un grupo de tropas argentinas que utilizaban una rampa de lanzamiento improvisada dispararon un misil Exocet contra la fragata Glamorgan, impactando la popa del barco y matando a 13 marineros. Era la última oportunidad que tendrían de disparar contra un buque de guerra británico.

En lugar de continuar inmediatamente el ataque, los británicos decidieron hacer una pausa de un día y reanudar la ofensiva la noche del domingo 13 de junio. La artillería se había reducido a solo unas pocas balas, y se necesitaría un día para reabastecerse a un mínimo de 300 balas por cañón. Durante el día, los aviones argentinos Skyhawk realizaron varios ataques ineficaces. El último ataque aéreo argentino de la guerra estuvo a cargo de un par de bombarderos. Lanzaron sus cargas alrededor del Monte Kent, pero no causaron daños. Un bombardero fue derribado por un misil del destructor Exeter.


El tanque ligero Scorpion era uno de los pocos vehículos militares que tenían los británicos capaces de operar en el accidentado terreno de las Islas Malvinas. Los tanques no solo proporcionaban la potencia de fuego que tanto necesitaban, sino que también desviaban la atención de la infantería británica que intentaba infiltrarse en las líneas argentinas.

Después del anochecer, se llevaron a cabo los movimientos finales de la Guerra de las Malvinas. Los objetivos británicos eran tres colinas: Wireless Ridge, Mount Tumbledown y Mount William. Los soldados de la 5.ª Brigada de Infantería entraron en acción. Tumbledown sería atacado primero por 2 Guardias Escoceses. Después, el 1/7 de los Gurkhas se apoderaría del Monte William. Simultáneamente con el ataque de Tumbledown, el 2.º Regimiento de Paracaidistas tomaría Wireless Ridge. Tumbledown y el Monte William estaban protegidos por el 5.º Batallón de Marines argentino. Wireless Ridge estaba defendida por 500 tropas del 12.º Regimiento, que luchaban en el Monte Longdon. Estas colinas eran vitales para la defensa de Puerto Argentino/Stanley, y sin ellas sería difícil defender el último bastión de Argentina en las Islas Malvinas.

Tumbledown, otra cresta sembrada de rocas, fue el primer objetivo. La cresta es estrecha, de 1,5 millas de largo, con picos de 750 pies de altura. Era un punto clave en la defensa, ya que dominaba terreno abierto. El Monte William era casi una característica de Tumbledown, justo al sur del extremo oriental de la cresta. La Compañía N del 5.º de Marines se encontraba en Tumbledown y el Monte William. La Compañía M se encontraba en Sapper Hill aproximadamente a mitad de camino de regreso a Puerto Argentino/Stanley, mientras que la Compañía O formaba la reserva del batallón. Se trasladó a una nueva posición al suroeste del Monte William en espera de un ataque británico desde esa dirección. El comandante del batallón Carlos Robacio y el teniente comandante Antonio Pernias, su oficial de operaciones, también reforzaron la Compañía N y trasladaron sus morteros pesados, creyendo que los británicos los habían localizado. La táctica funcionó porque la artillería británica atacó posiciones vacías.

Los británicos planearon lanzar un ataque de distracción desde el suroeste, justo donde los argentinos habían situado a la Compañía O. Esto sería llevado a cabo por 30 guardias escoceses reunidos a partir del personal excedente. El grupo ad hoc fue apoyado por ingenieros para limpiar minas y cuatro tanques ligeros de la 4.ª Tropa de los Blues and Royals. Mientras esta distracción mantenía la atención del enemigo, la Compañía G de Guardias Escoceses se infiltraría silenciosamente en el extremo oeste de Tumbledown.

La distracción captó la atención argentina mientras se desarrollaba un intenso tiroteo. La artillería pesada y el fuego de ametralladora cayeron sobre el pelotón. Algunos combates fueron lo suficientemente cercanos como para arrojar granadas. Uno de los tanques británicos, evitando un cráter en el camino, chocó contra una mina y tuvo que ser abandonado. El resto de la tropa se alineó en el camino sin poder moverse por miedo a más minas. Sólo un tanque pudo utilizar sus armas de manera efectiva. El comandante del pelotón, el teniente Mark Coreth, perdió su tanque en la mina. Se enfrentó al fuego de artillería y dirigió un tanque y luego otro a la posición de tiro frontal subiéndose al casco de un tanque y dirigiéndolo hacia adelante. Los tanques siguieron disparando hasta que toda la fuerza se retiró, creyendo que su misión había sido completada. El fuego de mortero y artillería cayó cerca, y dos hombres resultaron heridos cuando chocaron contra otra mina. Aunque el ataque no atrajo a ninguna reserva argentina, Pernias estaba convencido de que este era el principal esfuerzo británico.

En el extremo oeste de Tumbledown, el asalto silencioso de la Compañía G dio sus frutos. Ocupó un tercio de la cresta sin que el enemigo se diera cuenta. La siguiente unidad, designada Compañía del Flanco Izquierdo, pasó por la Compañía G para tomar el siguiente tercio de la cresta. Durante 30 minutos avanzaron sin oposición, pero cuando los británicos se acercaron a la mitad de la cresta, un intenso fuego cayó sobre ellos. Estuvieron inmovilizados durante casi tres horas.
Las fuerzas británicas utilizaron pliegues en el paisaje para cubrirse en el terreno desolado durante el ataque a Puerto Argentino/Stanley. Aquí, soldados del 2.º Batallón de la Guardia Escocesa se ponen a cubierto debajo de Goat Ridge mientras un proyectil argentino enciende una granada de fósforo británica.


Las fuerzas británicas utilizaron pliegues en el paisaje para cubrirse en el terreno desolado durante el ataque a Puerto Argentino/Stanley. Aquí, soldados del 2.º Batallón de la Guardia Escocesa se ponen a cubierto debajo de Goat Ridge mientras un proyectil argentino enciende una granada de fósforo británica.

El comandante del flanco izquierdo, el mayor John Kiszley, recordó haber tenido que acostarse junto a su señalero debido al empeoramiento del frío. El joven le preguntó al oficial qué pensaría la gente si los mataran y los encontraran tendidos juntos de esa manera. Kiszley se preguntó cuántos de sus hombres sucumbirían al frío si se quedaban donde estaban. Ordenó a uno de sus pelotones que recogiera a los soldados británicos y, utilizando lanzacohetes y ametralladoras, avanzaron por el flanco izquierdo. Lanzaron un fuerte bombardeo y Kiszley dirigió a sus otros dos pelotones en un ataque. Llegaron a la cima de la cresta solo para descubrir que era una cresta falsa porque había otro pico más allá. Con apoyo de artillería, avanzaron 800 yardas.

En el lado argentino, el pelotón del subteniente Carlos Vásquez se enfrentaba a los británicos en el centro de la cresta. Corrió a ayudar a un soldado herido, dejando atrás su rifle. Mientras administraba ayuda, una metralleta británica comenzó a disparar fuera de la trinchera. Sacando su pistola y una granada, Vásquez corrió de regreso a su posición. Los soldados británicos cercanos le dispararon y él respondió, pero nadie fue alcanzado. Un proyectil de estrella explotó en lo alto, por lo que fingió ser alcanzado y cayó. Los británicos pasaron por encima de él y siguieron adelante. Después de pasar, corrió al puesto de mando. Los soldados británicos parecían estar por todas partes, así que se metió en su agujero y pidió morteros en su posición, con la esperanza de dañar al enemigo más que a sus tropas. El fuego hizo retroceder a los británicos. Vásquez recibió autorización para retirarse, pero decidió quedarse y luchar.

Otro ataque se produjo esta vez con ametralladoras británicas en terreno elevado sobre los argentinos. Vásquez gritó órdenes a lo largo de su línea, pero se vio obligado a detenerse cuando esto atrajo el fuego enemigo. Volvió a pedir fuego sobre su posición, pero esta vez los británicos se quedaron y comenzaron a disparar de nuevo después de que se detuvo. Vásquez vio a las tropas británicas tomando las trincheras de su pelotón una por una, atacando desde numerosas direcciones y abrumando a los argentinos. Esto continuó hasta aproximadamente las 7 am cuando solo quedaban dos trincheras. Vio a cuatro soldados británicos arrojar una granada de fósforo en una. Un hombre resultó herido y el otro abatido mientras salía corriendo. El teniente pidió ayuda por radio, pero le dijeron que no había nada disponible. Miró hacia arriba y vio soldados británicos a solo siete pies de distancia, apuntando con sus armas. "Ese fue el final para mí", dijo.

Cuando llegó a la última cima, Kiszley vio las luces de Puerto Argentino/Stanley a lo lejos. Tenía una bala alojada en su brújula, lo que le salvó la vida. Un soldado que estaba cerca había recibido una bala en el pecho, pero fue detenida por uno de sus cargadores. Solo había seis hombres con Kiszley en su último objetivo. De repente, una ráfaga de ametralladora hirió a tres de ellos. Kiszley comenzó a brindar primeros auxilios y le dijo a un soldado llamado Mackenzie que hiciera guardia. El joven guardia le dijo al oficial que se había quedado sin municiones y que había estado allí desde la última cima de la colina. Kiszley le preguntó al hombre por qué había venido. El joven respondió: "Usted me lo pidió, señor". El mayor le dio al soldado su rifle y le dijo: "¡Eres un valiente bastardo!". MacKenzie sonrió ampliamente y se quedó de centinela.

La Compañía del Flanco Derecho del Mayor Simon Price tomó el control en ese momento. La Compañía del Flanco Derecho utilizó los mismos métodos que la Compañía del Flanco Izquierdo. Un pelotón flanqueaba para brindar apoyo de fuego mientras que los demás usaban cohetes y granadas para destruir las posiciones de combate. El teniente Robert Lawrence, comandante del pelotón, dirigió a sus hombres hacia adelante, disparando mientras avanzaban. Una ametralladora enemiga disparó de vuelta y el pelotón quedó inmovilizado. Lawrence avanzó a rastras con una granada de fósforo, con sus hombres cubriéndolo. Se acercó lo suficiente para lanzar la granada, pero el seguro no salía. Frustrado, se arrastró hacia atrás y un cabo sostuvo la granada mientras él sacaba el seguro con fuerza bruta. Se arrastró de regreso al nido de la ametralladora, se escondió detrás de una roca con balas rebotando en ella y arrojó su granada. Después de que explotó, gritó a sus hombres que avanzaran y todos lo hicieron. Después, se lanzaron contra los francotiradores casi como si estuvieran en un campo de tiro en Gales. Un hombre disparaba; otro saltaba y corría una corta distancia, se cubría y comenzaba a disparar mientras el siguiente avanzaba. Cuando la Compañía del Flanco Derecho terminó su combate en Tumbledown, Lawrence recibió un golpe en la cabeza y fue evacuado para recibir tratamiento. Perdió el uso de su brazo izquierdo y parte de su pierna izquierda. Su valentía le valió una Cruz Militar.


Los soldados británicos condujeron a prisioneros argentinos por las calles de Puerto Argentino/Stanley después de la rendición argentina el 14 de junio de 1982. Para los argentinos, que habían calculado mal la determinación británica, la guerra fue una derrota.

Se necesitaron 11 horas para capturar Tumbledown, tiempo suficiente para alterar el cronograma británico y retrasar el avance de los gurkhas contra Mount William. Los guardias escoceses habían sufrido siete muertos y 40 heridos, mientras que los argentinos perdieron alrededor de 30 muertos, un número desconocido de heridos y 14 capturados.

El último gran obstáculo fue Wireless Ridge, una milla al norte de Tumbledown. La característica son dos crestas paralelas de este a oeste, la cresta sur más alta a 300 pies. Tres pelotones de argentinos defendían la cresta norte, mientras que la cresta sur estaba ocupada por unas pocas tropas de apoyo junto con algunos morteros. Se enfrentarían a un ataque del 2.º Regimiento de Paracaidistas, apoyado por cuatro tanques ligeros, así como por artillería de campaña y fuego naval. Un reflector detectó un ataque secundario del SAS contra el puerto de Puerto Argentino/Stanley y disparó contra él. El asalto se vio obligado a retirarse con tres heridos. Al igual que la distracción en Tumbledown, este evento hizo que muchos argentinos pensaran que habían rechazado un ataque importante. El ataque terrestre real contó con un amplio apoyo de fuego; se dispararon 6.600 proyectiles de artillería y navales. Los cuatro tanques utilizaron cañones y ametralladoras hasta que se quedaron sin munición. Los morteros del 3.º Regimiento de Paracaidistas se unieron a los morteros del 2.º Regimiento para aumentar su potencia de fuego a 16 tubos. Un pelotón de ametralladoras que apoyaba el ataque disparó más de 40.000 rondas. Tres de sus ametralladoras casi se quemaron por el volumen del fuego. El bombardeo comenzó a las 12:15 am, cuando las Compañías A y B abandonaron sus líneas de partida. Media hora después, la Compañía D partió desde una línea más al oeste. Mientras avanzaban, cayeron fuego de mortero argentino, lo que obligó a un desafortunado paracaidista a refugiarse en lo que resultó ser un pozo de letrina. Aun así, los británicos siguieron avanzando y comenzaron a limpiar las trincheras mientras los proyectiles argentinos de 155 mm estallaban en el aire. Varios soldados cayeron en charcos helados que salpicaban la zona y tuvieron que ser rescatados. Mientras tanto, los tanquistas utilizaron su equipo de visión nocturna para localizar las posiciones enemigas.

A la luz difusa de los proyectiles estelares, se vio a soldados argentinos huyendo de las crestas. Algunos fueron alcanzados y cayeron, pero la mayoría corrió hacia Stanley. Rápidamente, los tanques y las armas pesadas de la infantería se instalaron en la cresta norte y dispararon sobre las cabezas de los paracaidistas que avanzaban mientras tomaban la parte sur. Pronto, toda la formación del terreno estaba en manos británicas, aunque los argentinos respondieron con considerable artillería y fuego de armas pequeñas. Más sucesos extraños apuntaban a los caprichos de la suerte bajo fuego. Un oficial británico fue alcanzado por una bala que se coló entre dos granadas que llevaba en el cinturón y se alojó en el cargador de un fusil. Un soldado escuchó a los argentinos gritar mientras preparaban un contraataque. Oyó a uno gritar: “¡Granada!”. Decidiendo que era una buena idea, lanzó una de las suyas hacia las voces en la oscuridad, que luego se silenciaron.

Los contraataques que los argentinos realizaron durante los combates de Wireless Ridge fueron los más enérgicos de la guerra. Una fuerza improvisada de 70 tripulantes de vehículos blindados fue rechazada por las tropas paracaidistas, lo que resultó en la muerte de seis soldados enemigos. Una compañía de infantería argentina también lo intentó. Su comandante, el mayor Guillermo Berazay, observó cómo se desarrollaba el ataque británico. Se le ordenó que fuera a un punto de partida donde algunas tripulaciones de vehículos blindados lo guiarían. Cuando llegaron, no había ninguna tripulación allí. Informó de ello y le dijeron que subiera la colina. Berazay avanzó para colocar sus ametralladoras, pero las tropas británicas abrieron fuego. Ordenó a su infantería que subiera. Avanzaron bajo fuego de ametralladoras y cohetes, que los detuvo en seco. Muchos soldados argentinos entraron en pánico y huyeron. Los 20 hombres que quedaban se levantaron y avanzaron de nuevo, llegando a la cima de una colina. Después de que les dispararan las ametralladoras, empezaron a caer granadas. Un argentino resultó herido por una granada de fragmentación y una granada de fósforo le prendió fuego a la ropa. El contraataque terminó pronto, un esfuerzo valiente pero insuficiente para cambiar el curso de la situación. Se perdió Wireless Ridge, junto con 14 bajas británicas (11 heridos y tres muertos), 100 argentinos muertos y docenas de capturados.

Con la captura de Wireless Ridge, la batalla de Stanley terminó de manera efectiva. Los gurkas avanzaron hacia Mount William, pero lo encontraron abandonado; Sapper Hill fue tomada sin disparar un solo tiro. Los argentinos que se retiraban fueron atacados con artillería mientras huían a Stanley. Un capitán británico hispanohablante habló por radio ofreciendo un alto el fuego para discutir la rendición. En pocas horas, todo terminó. Los soldados argentinos depusieron las armas y esperaron la repatriación. Las tropas británicas y los civiles de las Malvinas, exultantes, abrieron fuego y celebraron la victoria.

La guerra había sido muy reñida. Los británicos sufrieron deficiencias logísticas al final de una larga línea de suministro. El ejército argentino era una buena fuerza en comparación con muchos otros ejércitos, pero simplemente no estaba a la altura de luchar contra el ejército británico, una fuerza profesional con mejor entrenamiento y disciplina. Las dos fuerzas estaban equipadas de manera similar y los argentinos tenían ventajas en algunas áreas clave. Sin embargo, la moral británica superior se mantuvo y finalmente quebró la voluntad de luchar de su oponente.

Para los argentinos, la guerra fue una derrota vergonzosa. Gran parte de la jefatura militar fue eliminada. Los oficiales con rangos superiores a los de mayor tuvieron suerte de no ser sometidos a un consejo de guerra. Los líderes de la nación habían calculado mal y habían pagado un precio terrible. En cuestión de días, el presidente Leopoldo Gattieri fue destituido. La victoria reforzó el orgullo nacional en el Reino Unido. El león británico todavía podía morder.