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viernes, 5 de junio de 2026

Historia militar: 5 Batallas que cambiaron la guerra moderna (Libro)


En terreno firme



Reseña del libro Margen de victoria: Cinco batallas que cambiaron el rostro de la guerra moderna



Lazarus Berman || Dado Center


Introducción

«Así es como en la guerra, el estratega victorioso solo busca la batalla después de haber obtenido la victoria», escribió el antiguo estratega chino Sun Tzu. Veintiséis siglos después, al otro lado del mundo, el legendario jugador de hockey Wayne Gretsky opinó: «Un buen jugador de hockey juega donde está el disco. Un gran jugador de hockey juega donde va a estar el disco».

Aunque provenían de disciplinas bastante diferentes, compartían una idea similar. En la competición, ya sea deportiva, empresarial o militar, los verdaderos maestros son capaces de anticipar lo que se necesitará para triunfar en el futuro y preparar a su equipo en consecuencia antes de que comience la lucha.

Este es el desafío que los líderes militares han enfrentado desde que el hombre se ha armado contra el hombre. Hoy, los altos mandos de los ejércitos occidentales más avanzados, incluidas las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), luchan por anticipar la naturaleza de los conflictos futuros y transformar sus fuerzas para obtener la mayor ventaja posible sobre sus adversarios potenciales.

Este tema es uno de los debates más candentes en el ámbito militar. Todos reconocen la importancia del aprendizaje y la innovación para prepararse para la próxima batalla, pero ¿cuál es el origen de la innovación militar? ¿Cómo se fomenta? ¿Es una cuestión de dinero, de tecnología o de cambio organizacional?

Una vez que se decide la dirección de la innovación, los líderes deben lidiar con una paradoja persistente. Al asignar recursos a las amenazas futuras, deben garantizar que la fuerza pueda ganar guerras mañana, incluso cuando el adversario sea de un carácter muy diferente al que anticipan dentro de cinco años.

El teórico militar estadounidense y comandante de tanques retirado, Dr. Douglas A. MacGregor, aborda estas apremiantes cuestiones en " Margen de Victoria: Cinco Batallas que Cambiaron el Rostro de la Guerra Moderna". MacGregor se hizo conocido en el ejército por su destacado papel de mando en la Batalla de 73 Easting, durante la Guerra del Golfo de 1991, y posteriormente se consolidó como uno de los principales defensores de la transformación del Ejército con su obra de 1995, " Rompiendo la Falange", que exigía la sustitución de las divisiones del Ejército por unidades conjuntas más pequeñas, desplegadas por aire. Su audaz visión y su apasionada defensa de la causa hicieron que algunos lo consideraran un auténtico innovador, mientras que otros lo consideraron un radical radical y trataron de relegarlo a puestos de estado mayor sin importancia.

Margin of Victory examina cinco batallas terrestres clave del siglo XX (la batalla de Mons, 1914; la batalla de Shanghai, 1937; la destrucción del Grupo de Ejércitos Centro alemán, 1944; el contraataque israelí a través del Suez, 1973; y la batalla de 73 Easting, 1991) para defender la importancia de la transformación del actual Ejército de los EE. UU. en previsión de las próximas guerras convencionales contra adversarios casi iguales.

Desde la Primera Guerra Mundial hasta la Guerra del Golfo

En el primer capítulo, Macgregor explora la historia de Sir Richard Haldane, Secretario de Estado de Guerra británico a partir de 1905. Haldane impulsó reformas cruciales en el Ejército británico en el período previo a la Primera Guerra Mundial, a pesar del predominio de la Marina Real en el pensamiento militar británico. 

Pocos líderes británicos consideraban crucial una fuerza terrestre numerosa y capaz para la defensa del reino insular. Pero Haldane "luchó por un ejército británico regular fuerte, diseñado para la guerra móvil y ofensiva en Europa o Asia". A partir de un ejército diseñado para librar guerras coloniales contra tribus primitivas, Haldane creó la Fuerza Expedicionaria Británica, compuesta por 160.000 hombres y 7 divisiones.

Creó lo que MacGregor denomina una "célula de innovación disruptiva" compuesta por oficiales con ideas afines, con suficiente financiación, autoridad y patrocinio de alto nivel para impulsar las reformas. Las principales innovaciones que Haldane introdujo fueron el establecimiento de un Estado Mayor y estados mayores permanentes de brigada y rangos superiores; una fuerza de ataque de élite de siete divisiones y una fuerza profesional compuesta exclusivamente por voluntarios con entrenamiento regular; una reserva entrenada de catorce divisiones territoriales; un cuerpo de entrenamiento de oficiales en universidades británicas; y la elevación del nivel educativo de los soldados.

La BEF fue la fuerza que Gran Bretaña desplegó en Europa para frenar la ofensiva del ejército alemán en 1914. A pesar de las reformas, la BEF en sí no era especialmente revolucionaria: al igual que los franceses, los comandantes británicos esperaban una guerra de maniobras corta y no le proporcionaron mucho poder de ataque.

A pesar de la incapacidad de la BEF para detener el avance alemán en el Mons en agosto de 1914 y la prolongada retirada a París posterior, MacGregor considera que la tenaz defensa y la retirada ordenada de la BEF impidieron que los alemanes aplastaran el flanco izquierdo francés y se adentraran en Francia. Aunque pasarían años antes de que los británicos pudieran reunir un ejército capaz de contraatacar a los alemanes, MacGregor argumenta que Haldane dio a la BEF el margen suficiente para resistir y, en última instancia, desempeñar un papel significativo en la victoria aliada en Europa. 

El Segundo Capítulo trata de las reformas en el Ejército Imperial Japonés antes de la Segunda Guerra Mundial. 

Las reformas fueron lideradas por el general Ugaki Kazushige, ministro de Guerra de 1924 a 1927 y de 1929 a 1931. El desempeño del Ejército Imperial Japonés en la Guerra Ruso-Japonesa y en la intervención japonesa en Siberia durante la Guerra Civil Rusa convenció a Ugaki de la necesidad de modernizar el Ejército Imperial Japonés (IJA) con movilidad blindada, potencia de fuego y poder aéreo. Frente a los tradicionalistas, Ugaki y sus revisionistas diseñaron un ejército más pequeño y tecnológicamente avanzado, financiado mediante una drástica reducción de efectivos.

Las reformas clave fueron reducir el presupuesto del ejército recortando la mano de obra, obligar a los generales resistentes a retirarse, cambiar la estructura de la fuerza a divisiones triangulares y modernizar el armamento del IJA.

Pero los tradicionalistas lograron bloquear muchas de las reformas de Ugaki durante años, y para la Batalla de Shanghái de 1937, ya era demasiado tarde para implementar muchas de ellas. En última instancia, argumenta MacGregor, a pesar de la victoria en Shanghái, la lucha fue mucho más costosa de lo necesario. La derrota japonesa se debió en parte a la incapacidad del Ejército Imperial Japonés para reformarse de forma que le permitiera obtener un margen de victoria.  

El tercer capítulo de MacGregor aborda la destrucción del Grupo de Ejércitos Centro alemán por los soviéticos en 1944. Detalla las transformaciones que ambos ejércitos habían experimentado. El Ejército alemán, argumenta, se estructuró para guerras cortas y móviles, no para guerras prolongadas a larga distancia como el Frente Oriental en la Segunda Guerra Mundial. Los primeros éxitos de la Wehrmacht se debieron a una transformación parcial, dice MacGregor, que dejó a la mayor parte del ejército dependiente de la caballería. Fue la debilidad de sus oponentes, tanto como la habilidad de la Wehrmacht, lo que permitió a Hitler conquistar Europa.

Mientras tanto, los soviéticos adoptaron la teoría de las operaciones profundas, atacando mucho más allá de las defensas avanzadas, adentrándose en la retaguardia enemiga. Además, gozaban de unidad de mando y de la capacidad de concentrar fuerzas en tiempo y espacio. Atribuye esta transformación a la victoria soviética definitiva. «La estructura de mando soviética, la organización para el combate y la doctrina de apoyo para la aplicación del poder militar en forma de ataque —artillería, cohetes y poder aéreo—, junto con fuerzas de maniobra operativamente ágiles, crearon un margen de victoria que cambió el curso de la historia europea y mundial».

Pero aquí el análisis de MacGregor empieza a desmoronarse. En el mismo capítulo, admite que no fueron las fuerzas armadas soviéticas, sino las grandes distancias y el severo clima invernal, lo que salvó a los soviéticos en 1941. También escribe que el esfuerzo soviético no habría podido tener éxito con la maquinaria de terror que le permitió concentrar la producción y costar millones de vidas. Además, el desembarco aliado en Normandía en 1944 alejó a más divisiones alemanas del este, otorgando a los soviéticos una ventaja numérica aún más significativa.

Del lado alemán, MacGregor señala la falta de un "propósito operativo definido" y un "objetivo estratégico alcanzable" como la razón de la pérdida de su margen de victoria. Con todos estos otros factores en juego, es difícil determinar la eficacia de las transformaciones militares en cuestión y su papel en el resultado.

El siguiente estudio de caso involucra a Israel y la campaña del Sinaí contra Egipto en 1973. MacGregor cuenta la historia de los preparativos de Sadat para recuperar el Sinaí en una ofensiva limitada, y del desarrollo de las FDI desde las milicias preestatales hasta la víspera de la Guerra del Yom Kippur.

Sin embargo, el punto que MacGregor intenta plantear aquí es un interrogante. La transformación y preparación egipcia para una campaña altamente ensayada son evidentes. Por otro lado, los cambios previos a la guerra en las FDI limitaron considerablemente su capacidad de respuesta eficaz en los primeros días de la guerra. Fueron las adaptaciones tácticas durante el combate, la habilidad de los comandantes subalternos y la agresividad de los oficiales superiores sobre el terreno lo que permitió a Israel absorber el ataque egipcio y pasar a la ofensiva. El margen de victoria, por lo tanto, no se debió a una transformación de las fuerzas terrestres, sino a factores culturales y organizativos.

MacGregor luego pasa a una conversación sobre la evolución de los ejércitos israelí y egipcio desde entonces, y las amenazas futuras que probablemente enfrentarán. Si bien esta discusión es interesante, es descriptiva en lugar de profundizar el argumento de MacGregor.

El último caso práctico aborda la Batalla de 73 Este de la Operación Tormenta del Desierto, un encuentro en el que el propio MacGregor participó personalmente. MacGregor detalla la debilidad del ejército iraquí a pesar de su tamaño y su reciente experiencia en la sangrienta guerra entre Irán e Irak. Más allá de la Guardia Republicana, las fuerzas iraquíes estaban mal entrenadas, desmotivadas y solo tenían acceso a equipo de inferior calidad.

El Ejército de los Estados Unidos se sometió a un intenso programa de modernización tras el trauma de la Guerra de Vietnam, basado en parte en las lecciones de la Guerra de Yom Kipur. Las nuevas plataformas incluían el tanque M1A1 Abrams, el vehículo de combate Bradley, el helicóptero Apache, el sistema de misiles de largo alcance (MLRS) y el sistema de vigilancia y gestión de batalla JSTARS. En 1991, el Ejército de los Estados Unidos, según MacGregor, era una "máquina robusta y bien engrasada" con comandantes subalternos bien entrenados.

La Batalla de 73 Easting tuvo lugar durante la campaña terrestre de 100 horas, en la que los elementos de caballería blindada de vanguardia del VII Cuerpo aniquilaron una brigada de la Guardia Republicana, con solo un Bradley muerto y seis heridos. Fue una victoria táctica total para las fuerzas estadounidenses atacantes.

La guerra convenció a Estados Unidos y a sus aliados occidentales de la eficacia de la revolución tecnológica que desplegó un espectáculo tan dominante en Irak. Sin embargo, ciertas conclusiones extraídas de la guerra, como la posibilidad de victorias incruentas basadas en la tecnología y el fuego cruzado, condujeron a errores evitables en el siglo XXI que solo se han reconocido en los últimos años.   

Aunque no todos los análisis de batalla respaldan sus conclusiones sobre la innovación militar, y juzgar las reformas militares implementadas o no siempre es más fácil en retrospectiva, surgen varias lecciones clave sobre la innovación. Los ejércitos capaces —el británico antes de la Primera Guerra Mundial, el japonés antes de la Segunda Guerra Mundial— suelen subestimar la importancia de unas fuerzas terrestres bien entrenadas y equipadas con una doctrina pertinente. La tecnología y la táctica son importantes, pero el arte operacional innovador puede superar las deficiencias en estas áreas, como demostraron los soviéticos en su inexorable marcha hacia Berlín. La cultura que forma soldados y oficiales también influye profundamente en la capacidad de los ejércitos para innovar e improvisar.   

Macgregor argumenta que Estados Unidos se enfrentará a un conflicto de alta intensidad contra enemigos con importantes capacidades A2/AD en algún lugar del continente euroasiático, una guerra que Estados Unidos no puede permitirse perder. Los ataques aéreos y a distancia no serán suficientes para ganar las guerras venideras. «Las fuerzas de maniobra sobre el terreno siguen siendo necesarias para explotar la profunda, pero temporal, parálisis que inducen los ataques de precisión».

Él ve a la infantería ligera como una capacidad de nicho, mientras que la infantería pesada montada en plataformas blindadas proporcionará la potencia de fuego y la capacidad de supervivencia necesarias para "acercarse al enemigo, sufrir pérdidas, seguir luchando y atacar con decisión" en las guerras del siglo XXI .

El Ejército institucional ha llegado a conclusiones similares sobre sus desafíos futuros. Se ha alejado rápidamente del enfoque en la contrainsurgencia que capturó la atención de sus pensadores desde 2001. Ahora, prepara sus fuerzas para luchar contra Rusia en Europa del Este o contra China en el Lejano Oriente. El concepto de Batalla Multidominio, en desarrollo continuo, busca aprovechar las ventajas de Estados Unidos en un campo de batalla altamente disputado y letal contra un adversario casi igual. Cuando los planificadores del Ejército aplican el concepto para facilitar la maniobra física terrestre, al igual que MacGregor, concluyen que se necesitan brigadas dispersas e independientes con sus propias capacidades de ataque ISR para ganar. Como lo indicaron los investigadores del Centro Dado, Shmuel Shmuel y Lazar Berman (junto con coautores del Ejército de EE. UU.) en " Definiendo la Batalla Multidominio" ( Dado Center Journal, 16-17) , el Ejército y el Estado Mayor Conjunto han intentado ampliar la MDB para abarcar prácticamente todos los desafíos que prevén enfrentar, incluso la competencia en zonas grises no cinéticas, despojándola así de su significado y potencial importancia. En la situación actual, es poco probable que el debate actual en torno a la MDB en EE. UU. conduzca a un mayor margen de victoria en el próximo conflicto.

El futuro de las fuerzas terrestres de las FDI

Aunque MacGregor escribe para el Ejército de EE. UU., existen lecciones importantes para los pensadores y comandantes militares israelíes. Como argumentó el comandante del Centro Dado, Eran Ortal, en Military Review , las fuerzas terrestres de las FDI se han perdido los avances tecnológicos y los presupuestos correspondientes del RMA de ataque de precisión. Ni Israel ni otros ejércitos occidentales pueden ganar la próxima guerra sin fuerzas terrestres que hayan experimentado su propia transformación para superar la creciente letalidad y potencia de fuego de sus enemigos.

El Ejército estadounidense se dedicó por completo a la idea de una contrainsurgencia centrada en la población contra guerrillas con armamento ligero. Ahora lucha por reorientarse hacia una guerra convencional mucho más letal y compleja. Israel pagó el precio en 2006 por su excesivo énfasis en el contraterrorismo contra los palestinos, olvidando cómo llevar a cabo operaciones a gran escala contra un adversario tan capaz como Hezbolá. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) deben garantizar que, en todos los ámbitos (entrenamiento, equipamiento, doctrina, expectativas), puedan librar guerras prolongadas con bajas significativas en el frente y en el propio país.

Un último punto que MacGregor sugiere es otra razón por la que esto podría ser especialmente difícil para las FDI. «Solo la guerra reafirma la verdad inquebrantable de que, para ser eficaces en combate, las fuerzas armadas deben ser cohesionadas, inspiradas, antidemocráticas y de carácter coercitivo; que las fuerzas armadas occidentales, en particular, deben ser independientes y distintas de las sociedades individualistas, ultrademocráticas y materialistas que defienden». Las FDI, en particular, están extremadamente influenciadas por las normas de la sociedad israelí, abierta y democrática, que las rodea. Por supuesto, parte de esta influencia es inevitable dado el reclutamiento obligatorio en Israel y el papel de los reservistas. Pero sin duda hay margen para considerar si demasiadas normas impuestas por la población civil israelí (frecuentes permisos de fin de semana, llamadas telefónicas de los padres a los comandantes, la estructuración de unidades como si fueran empresas emergentes, una disciplina cuestionable) dañan el carácter combativo de las FDI y dejan a sus soldados menos preparados para una guerra sangrienta contra un adversario letal como Hezbolá.

“Se va a la guerra con el ejército que se tiene, no con el que se podría querer o desear tener más adelante”, dijo el exsecretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld. Eso es indudablemente cierto; la labor de los estrategas militares de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) es garantizar que el ejército que Israel tenga la próxima vez que entre en guerra sea lo más parecido posible al que necesitamos.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Guerra del Chaco: La batalla de Campo Vía (1/5)





 

V

BATALLA DE CAMPO VÍA

(Una victoria frustrada)

Zenteno y Campo Vía son la indudable consecuencia de las acciones ofensivas victoriosas de Gondra, primero, y de Pozo Favorito y Pampa Grande después, que tuvieron la virtud de decidir, por fin, en el ánimo del Comandante en Jefe del Ejército que la hora de abandonar la negativa actitud defensiva había llegado.

Como se verá, esta acción de guerra, la batalla de Zenteno, ya estaba planteada en una escala más importante, aunque de ninguna manera representó las características de una auténtica acción que persiguiese proporciones de objetivos de envergadura total como cabía esperar y era altamente deseable, como absolutamente posible. Pero lo más curioso y desconcertante, aunque explicable, como se verá después, reside en la dirección superior del Ejército que, a pesar de encontrarse en situación favorable, dirigió sus esfuerzos iniciales desde puntos y distancias tales que, dada la peculiaridad de esta guerra impuesta por la naturaleza del terreno, jamás podría proporcionar las ventajas de la velocidad, de manera que se pudiese alcanzar la sorpresa, factor decisivo para el éxito. Y este error, francamente injustificable, hizo que la batalla de Zenteno malograse desde sus comienzos, costando al Ejército de campaña, ya bastante debilitado, desviado e inusitado de su objetivo, un elevado número de bajas, entre ellas seis mil muertos y heridos.

En fin, la cuestión importante era la voluntad de abandonar la negativa actitud defensiva, la “psicología del muro” o el espíritu de la línea Maginot, muy peligrosamente desarrollados entonces en la mentalidad de los dirigentes del Ejército, y que, felizmente, fue rota gracias a que nuestra capacidad agresiva, tan indispensable para el éxito en la guerra, no fue vulnerada en el espíritu de los hombres de Gondra, lo que tuvo, por lo demás, evidentes expresiones en las acciones ofensivas victoriosas del mes de julio de 1933, tal como lo hemos comentado anteriormente. Por último, la bestia ya estaba suficientemente sosegada y cuadrada y era ya llegada la hora de que se asestase la estocada final.

Planes del Comandante en Jefe del Ejército

La situación de ambos contendores, en vísperas de la iniciación de la batalla de Zenteno, era la siguiente:

El I Cuerpo de Ejército Paraguayo, que defendía el frente de Arce, incluidos los de Herrera y Falcón y al que correspondía la responsabilidad del esfuerzo principal, fue reforzado por el II Cuerpo de Ejército, menos un Regimiento de Infantería y la División de Reserva General. La IX División Boliviana reforzada, objetivo del ataque paraguayo, ocupaba el frente de Zenteno (Alihuatá) y estaba desplegada desde Pozo Charcas hasta más al Oeste de Puesto J., cubriendo todos los accesos que conducen a las bases de Saavedra y Muñoz desde el Norte.

Cuando todo parecía indicar la inminencia de la batalla, por razones de servicio, y sobre todo, porque deseaba conocer los lineamientos e intención de las operaciones que esbozaba el Mando, me trasladé a Fortín Galpón, asiento adelantado del Cuartel General del Ejército, en ausencia del general Estigarribia, que se encontraba en Asunción en misión de servicio, así como del general Franco, quien accidentalmente había sufrido una herida en la pierna.

La confirmación de la inminencia de la operación, sin embargo, no me fue difícil obtenerla, pues me lo anunció el propio jefe de Estado Mayor general, coronel Garay.

En esa oportunidad me hizo saber el plan proyectado, el cual consistía en que: EL CUERPO DE EJÉRCITO PARAGUAYO, CON SUS DOS DIVISIONES PRINCIPALES, INTERCEPTARA EL CAMINO ZENTENO–SAAVEDRA, DESDE EL SUR DE FALCÓN, Y DESDE EL NORTE LAS ENEMIGAS DE POZO CHARCAS. Y COMO VARIANTE, POR SI FALLABA ESTE PLAN, RESERVABA UNA MANIOBRA ENVOLVENTE CON OTRA DIVISIÓN POR EL OESTE, CON IDÉNTICO OBJETIVO.

Le manifesté:

a) Que conocía personalmente el sector defensivo del enemigo desde Gondra hasta la altura de Zenteno por haberlo reconocido minuciosamente y que era muy potente y casi inexpugnable por una selva y maleza de las más enmarañadas del Chaco.

b) Que siendo imposible ejecutar las acciones preliminares en silencio y desde tan lejos del punto crítico, camino Zenteno–Saavedra, circunstancia que denunciaría nuestra acción, el factor decisivo de la sorpresa podría considerarse descartado.

c) Que esa operación, de ninguna manera podría alcanzar el objetivo de aislar a la IX División Boliviana, por la razón de que la misma contaba con otra ruta —Alihuatá Viejo–Puesto Moreno— que era objeto de preferente atención según informes de patrullas y era tan eficiente como el antiguo camino a Saavedra.

En cuanto a la variante, maniobra envolvente por el ala occidental, aunque más racional, resultaba más intrincada aún, pues si alcanzaba el buen éxito, interceptaría las dos comunicaciones con que contaba el enemigo para conectarse con sus bases. No obstante, entonces, que disponía de otra, que corría por detrás del sector de la IV División boliviana hacia Saavedra. Se expuso el siguiente razonamiento:

a) Porque tropezaría con las mismas dificultades puntualizadas anteriormente, agravadas por la circunstancia de que se resolvería en un espacio mucho más prolongado, unos 70 kilómetros, para alcanzar su objetivo.

b) Que en esa dirección, lógicamente, la vigilancia del enemigo sería mucho más activa, como consecuencia de nuestras recientes acciones ofensivas y por el interés puesto en la defensa de Puesto Sosa, más vulnerable a nuestra acción y estratégicamente más importante, pues su captura nos abriría la posibilidad de flanquear y aislar a la totalidad del frente del I Cuerpo Boliviano.

La falta de experiencia y pragmatismo en el planteo de esta batalla era evidente. Consistía, como ha ocurrido muchas veces en esa guerra, en una de esas concepciones de determinadas academias, desprovistas de los factores elementales indispensables, determinantes del éxito: la SORPRESA.

Pregunté finalmente al Comandante en Jefe qué razones le obligaban a empeñarse en operaciones tan difíciles y complicadas, teniendo virtualmente cortado al enemigo en el objetivo y solamente a pocos kilómetros más al sud del punto elegido en su Plan.

Efectivamente, mi División estaba, entonces, situada a espaldas mismas del enemigo, a nada más que cinco kilómetros del objetivo, en Campo Vía, a raíz de las afortunadas operaciones de julio, y sin exagerar, casi todos los días ocupaba con patrullas el camino Zenteno–Saavedra a la altura del Km. 19, poco más o menos.

La operación, además de que el objetivo de la misma era ampliado, persiguiendo el mismo objetivo de la destrucción de la D.I.4 enemiga, consistiría, pues, en una incursión sorpresiva sobre dicho camino, en el sitio precisamente indefenso y controlado por nosotros. Atacar las espaldas de las posiciones enemigas de Zenteno, asegurándose convenientemente del lado de Saavedra, o viceversa, que sería más efectivo. Sintetizando, dejar cortados a los bolivianos en Zenteno y operar directamente sobre Saavedra, en pos de una operación de escala total.

Este proyecto permitía, por lo demás, contar desde el principio de la batalla con una División más, la Primera, circunstancia que hubiera gravitado extraordinariamente sobre la brevedad, simplicidad y eficacia del esfuerzo, con las consiguientes ventajas de economía de vidas, de material y de energía, que fueron dilapidadas en un terco y largo empeño desde la misma iniciación de las operaciones sin la posibilidad de ningún éxito.

Tampoco estas últimas consideraciones encontraron acogida favorable en las resoluciones del General. Al parecer, ya todo estaba dispuesto para la operación proyectada y el amor propio o la fe en la propia concepción influyeron para que desapareciese la posibilidad de su modificación. Es la única explicación que podía encontrarse desde el punto de vista de la benevolencia para que fuesen desechadas razones tan precisas y que demostraban, de una manera innegable, los errores cometidos en la realización de una empresa semejante en las exigencias de lugar y tiempo, condiciones elementales para lograr un resultado militar favorable.

Así terminó aquella entrevista. No obstante, me retiré confiado, esperanzado en que el Comandante en Jefe meditaría, en último término, sobre mis observaciones que me parecían, más que nunca, justas.

Sin embargo, sería harto superficial considerar el problema con tan simples reflexiones. La cuestión era mucho más seria de fondo de lo que pudiera presumirse, pues caía dentro de los dominios de la aplicación de una determinada escuela y respondía decididamente al carácter de nuestro Comandante en Jefe.

Es por todos conocidos que, particularmente, como experiencia de la primera guerra mundial y otras causas, había surgido con renovada fuerza, especialmente en el sentido francés, la teoría de la guerra de desgaste, sustentada en la idea de la imposibilidad de alcanzar la victoria en el tradicional estilo de la batalla de aniquilamiento, dada la circunstancia del advenimiento de la guerra total, con su secuela de la entrada en acción de ejércitos de millones de hombres dotados de equipos y organizaciones defensivas invulnerables, frentes extensísimos, con profundidades de decenas de kilómetros, carentes de flancos, etc.

En otros términos, en la teoría de la guerra de desgaste, el objetivo general único es considerado imposible en razón de que la maniobra necesariamente se contrae y escapa fatalmente a ella gran parte de las fuerzas enemigas. Y entonces, la guerra se concreta, como la misma denominación sugiere, en la ejecución de acciones de objetivos limitados, que gradualmente, van quebrando la moral a las fuerzas enemigas, hasta que llega un momento en que éstas, en presencia de la crisis provocada por el desequilibrio y la desarticulación, comprendan que la prosecución de la lucha resulta inútil, se consideren vencidas, y pidan la paz.

El ideal del Gral. Estigarribia estaba totalmente dentro de esta tendencia moderna de la guerra. En el teatro del Chaco, y al servicio de pueblos que no disponían de millares de hombres ni de recursos materiales ni técnicos, era estéril y en cierto modo perjudicial, por cuanto la situación moral del enemigo superaba los efectos del desgaste y nuestro poder, por circunstancias geográficas, era inferior al del adversario a esa altura de la guerra.

Tanto el ejército paraguayo como el boliviano, ni en sus mejores momentos, contaron nunca con efectivos de primera línea superiores a los cuarenta mil hombres desplegados en cientos de kilómetros. La profundidad de los frentes era nula, reduciéndose a posiciones o velos debilísimos de una sola línea y casi sin reservas por la enormidad de los espacios que obligadamente debían ser cubiertos. Muchas veces, flancos descubiertos de decenas de kilómetros dejaban virtualmente en el aire vitales puntos estratégicos.

En consecuencia, ¿era lógico que en tales condiciones fuese adoptado el método de la guerra de desgaste? Es evidente que no; pero siendo difícil alterar la invariable ley de la vida que nos enseña que la conducta es el reflejo del carácter, el método empleado conciliaba muy bien con el espíritu eminentemente cauteloso y la tozuda disposición negativa del Conductor de asumir los grandes riesgos.

Y, uno se preguntará, ¿a qué condujo todo esto? El osario del Chaco, y el sacrificio estéril de tantos heroicos esfuerzos del pueblo en armas, y, ningún mérito extraordinario para el General Estigarribia, porque el estilo no daba para más. Como acontece a los que han elegido este método de conducción, no llegaron a protagonizar el acontecimiento esencial, el fin capital de la estrategia, la victoria decisiva. Consiguientemente, se le esfumó para siempre el insigne honor de figurar en la ambicionada galería de conductores militares sobresalientes.

En vísperas ya de la iniciación de la batalla, con miras a realizar una efectiva acción de colaboración en cumplimiento de la acción de maniobras tácticas de aferramiento y fijación del enemigo que me había sido asignada, me trasladé nuevamente a Campo Aceval, y ordené la inmediata ejecución de los preparativos para asegurar la supremacía de mi misión, sobre las posiciones de Gondra.

La I División, a mi mando, desplegada en un extenso sector de más de treinta kilómetros, aislada del resto del Ejército, virtualmente ya no disponía de los efectivos indispensables para la ejecución de operaciones ofensivas, por insignificantes que fueran sus alcances.

Mi intención era que al ocupar un sector mucho más reducido, quedase liberado el mayor número posible de efectivos —por lo menos un Regimiento— con el cual pasar al ataque en momentos en que el enemigo tomase nuevamente contacto con nuestras nuevas posiciones, y, en caso de éxito, nuestros inquebrantables deseos y esperanzas que la batalla fuese conducida por el lógico y sensato camino del de Gondra, por la fuerza de las circunstancias impuestas por los efectos de la nueva situación creada.

Fui autorizado para ejecutar esta maniobra y la cumplimos con todo éxito, adoptando mediante todas las medidas y recursos, de modo que el adversario quedase confundido acerca de nuestra real intención y nos presionase en las nuevas posiciones, oportunidad en que la unidad de maniobra, situada en posición favorable y elegida de antemano, desencadenaría su ataque envolvente.

Desafortunadamente, nuestras previsiones no fueron cumplidas. El enemigo procedió con extrema cautela y no tomó contacto con nosotros, sino después de mucho tiempo. La verdad es que nuestra maniobra coincidió con otra del enemigo que partía del Sudeste de Zenteno y estaba encaminada a cortar la ruta Nanawa–Falcón en Campo Aceval amenazando la espalda de la I División. Frente a ella tuvimos que contramarcharnos desde Gondra y al fin empleamos nuestras reservas, desapareciendo con ello la posibilidad de llevar adelante nuestro plan de ataque. Con estas maniobras, perdimos también para siempre la favorabilísima situación con que contábamos en Campo Vía, desde que teníamos íntegramente la posición a operar por detrás del enemigo de Zenteno y Saavedra.

Se inician las operaciones sobre Zenteno

(17 de octubre de 1933)

En las primeras horas del día 17 de octubre, y luego de frecuentes y prolongadas postergaciones, fueron iniciadas las operaciones con un potente ataque por parte de la División de Reserva General arrancando de Falcón en dirección general de Km. 7 del camino Zenteno–Saavedra. Dicha operación fue un fracaso rotundo, frenado en seco, y estrellándose contra las posiciones inexpugnables del enemigo que estando en antecedentes, lo estaba aguardando. Luego, no operó más, para ser abandonado definitivamente este aspecto del Plan.

Posteriormente, y ya a mediados de noviembre, es reiniciada la operación envolvente con la 7ª División de Infantería por el lado Oeste, acompañada de una presión general en todo el frente del I Cuerpo, con diversas alternativas para llegar a su objetivo en cerca de dos meses de esfuerzos y sacrificios inenarrables, que el soldado paraguayo venció con heroísmo y abnegación dignos de su estirpe. Esta operación envolvente fue concebida y realizada con el convencimiento de que el camino Zenteno–Saavedra constituía la única ruta de comunicación enemiga con sus respectivas bases. Resultó, sin embargo, que el enemigo disponía de otras, con lo que el corte de aquel camino, por ese lado, resultaba inútil, y de ninguna manera podía provocar la ruptura del equilibrio a nuestro favor.

Se puede asegurar, pues, que la operación empeñada por el I Cuerpo de Ejército, reforzado por el II Cuerpo, menos un Regimiento, en contra del enemigo situado en Zenteno, fue un esfuerzo verdaderamente heroico, pero mal dirigido y peor concebido, que solo trajo como resultado la pérdida de millares de vidas paraguayas. En la historia de la guerra del Chaco, la batalla del 17 de octubre de 1933 sobre Zenteno, quedará como un ejemplo de lo que no debe hacerse en la conducción de una batalla. Estigarribia, de quien tanto esperábamos, no supo aprovechar el momento de nuestra supremacía moral y material para asestar el golpe definitivo que habría significado el fin de la guerra.




jueves, 22 de enero de 2026

Guerra Mexicano-Estadounidense: La batalla de Monterrey

La importancia de la Batalla de Monterrey

War on the Rocks


Nota del editor: Esta es parte de una nueva serie de ensayos titulada “Estudios de batalla”, que busca, a través del estudio de la historia militar, demostrar cómo las lecciones pasadas sobre estrategia, operaciones y tácticas se aplican a los desafíos de defensa actuales.

En 1846, tras la anexión de Texas, Estados Unidos declaró la guerra a México por territorios en disputa en el suroeste y para hacer cumplir su límite sur declarado con México: el Río Grande. El presidente estadounidense, James K. Polk, había hecho campaña con una plataforma política de expansión territorial y buscaba establecer a Estados Unidos como una potencia hemisférica. Polk codiciaba California y sus puertos naturales de aguas profundas, especialmente San Francisco .

Un comando inicialmente formado para reforzar la frontera sur de Estados Unidos con México, que incluía a casi todo el Ejército profesional estadounidense y estaba liderado por el mayor general Zachary Taylor, marchó hacia el sur desde el Río Grande hasta las colinas de la Sierra Madre Oriental. Taylor era un veterano experimentado de la Guerra de 1812 y la Segunda Guerra Seminola, pero nunca había liderado un ejército en campaña. Carecía de experiencia bélica como comandante superior que le permitiera tomar decisiones informadas. La orientación estratégica que recibió eclipsaba sus recursos disponibles. Su ejército poseía una educación, experiencia y pericia notables: cuatro quintas partes de sus oficiales subalternos se entrenaron en la Academia Militar de Estados Unidos o lucharon contra los indios seminolas en Florida. Inicialmente enviado al Río Grande para defender la recién anexada Texas, el ejército de Taylor pasó en agosto a una campaña ofensiva para derrotar a México y así asegurar la conquista final de los actuales Arizona, California, Nevada, Utah, Colorado, Nuevo México y Wyoming —todo el norte de México— que otras fuerzas estadounidenses habían tomado. A pesar de las muchas dificultades, el ejército de Taylor triunfó.

La Batalla de Monterrey de septiembre de 1846, durante mucho tiempo un hito en la campaña norteña de Zachary Taylor, fue una victoria estadounidense en estrategia, operaciones y tácticas. Recordada en la literatura histórica como una incursión mortal en el combate urbano y por sus errores tácticos , la batalla tiene implicaciones más importantes para la conducción de campañas bélicas exitosas y la formulación de una estrategia sólida. La incapacidad de la campaña de Taylor para lograr resultados decisivos en una guerra limitada y posicional, y la adaptación de la planificación estadounidense que resultó en la campaña de la Ciudad de México de 1847 , perduran como ejemplos ilustrativos de cómo los militares profesionales pueden emplear la fuerza violenta para someter a sus enemigos.

 

Una trifecta estratégica

La topografía peligrosa , la información insuficiente sobre las carreteras en el teatro de operaciones y las extensas líneas de comunicación marítimas hicieron que la guerra terrestre fuera especialmente difícil en México. Dichos desafíos exigieron que las fuerzas estadounidenses realizaran campañas ofensivas primero para avanzar y tomar la vasta periferia norte del país, derrotar en combate a las fuerzas enemigas numéricamente superiores y luego penetrar el interior del país para capturar la Ciudad de México. Este enfoque, que las fuerzas estadounidenses ejecutaron en tres campañas sucesivas en 1846 y 1847, se ajustaba a los principios estratégicos predominantes en la teoría militar del siglo XIX: apoderarse del territorio como moneda de cambio para las negociaciones diplomáticas, derrotar a los ejércitos y capturar capitales.

Sin embargo, en 1846, para el presidente Polk, el secretario de Guerra William Marcy y el comandante general del Ejército Winfield Scott no era evidente que la derrota de los ejércitos mexicanos, la toma del norte de México y la captura de la Ciudad de México fueran necesarias para ganar la guerra. Con inferioridad numérica, logística limitada y la prevalencia de enfermedades en la zona costera baja, los estadounidenses preferían una estrategia limitada que implicaba derrotar a las fuerzas mexicanas y consolidar las conquistas territoriales en la periferia norte. La estrategia desarrollada en Washington para la guerra era sencilla: tomar puertos de aguas profundas en el océano Pacífico y bloquear las costas mexicanas, avanzar hacia el norte de México con tres fuerzas de campaña independientes para ocupar el territorio ocupado por México y consolidar las conquistas, obligando así a México a pedir la paz.

El Movimiento a Monterrey

Las fuerzas de Taylor sumaban unos 3.354 soldados regulares del Ejército de los EE. UU. cuando comenzaron las hostilidades con México el 25 de abril de 1846. De abril a mayo, el ejército de Taylor libró una serie de batallas en Fort Brown, Palo Alto y Resaca de la Palma antes de tomar Matamoros y luego, en agosto, extender su avance a Camargo. Allí estableció una base para suministros. Taylor consolidó sus fuerzas, ya que el campo alrededor de Camargo proporcionaba agua y madera . A lo largo de la costa del Golfo de México, Point Isabel conectaba la cola logística del ejército de Taylor con el mar, donde los estadounidenses recibían suministros transportados por buques oceánicos. Desde Point Isabel, barcazas y vapores transportaban suministros río arriba. La ruta a lo largo de ambas orillas del Río Grande resultó útil para mover carros y artillería.

Más que involucrarse en batallas que carecían de propósito estratégico, Taylor movió su ejército a lo largo del Río Grande y a las colinas de la Sierra Madre de una manera que reflejaba un diseño claro . Taylor buscó primero controlar la línea del Río Grande, y luego la principal carretera de norte a sur desde Monterrey que corría desde las faldas de la Sierra Madre a través de Saltillo y Buena Vista hasta San Luis Potosí, y luego a la Ciudad de México. Su movimiento de Punta Isabel a Camargo reflejó un buen instinto para mover el suministro transportado por el río a lo largo del Río Grande en vapores, mientras usaba la ruta terrestre más corta posible para mover su ejército con cualquier mula o carreta que pudiera obtener. Desde Camargo, Taylor podría avanzar hacia Monterrey, la capital de Nuevo León, y desde allí continuar su campaña más adentro del país. Para organizar los suministros, Taylor mostró una iniciativa considerable dado el mal estado del sistema logístico existente: no dispuesto a esperar los procesos de adquisición fiscalmente limitados y glaciales de tiempos de guerra del Departamento del Intendente, por ejemplo, envió agentes desde México a todo Estados Unidos, pasando por Nueva Orleans hasta Louisville y Pittsburgh, para asegurar embarcaciones. Aunque anticipó muchos requisitos logísticos involucrados y realizó requisiciones oportunas , Taylor luchó para asegurar un transporte rápido para su ejército. Después de ordenar a una división que avanzara para establecer una base intermedia en Cerralvo, Taylor marchó con su ejército hacia Monterrey. Mediante el empleo efectivo de acciones de caballería de vanguardia que aseguraron sus movimientos y proporcionaron inteligencia, el ejército de Taylor llegó a Walnut Springs el 19 de septiembre y acampó a tres millas de Monterrey.

Gibraltar mexicano

Monterrey se elevaba 1626 pies sobre el nivel del mar , rebosaba de defensores —aproximadamente 7300 hombres y 42 cañones bajo el mando del general mexicano Pedro de Ampudia— y presentaba un difícil dilema táctico. Enclavada en una llanura entre las altas colinas y crestas de la Sierra Madre, la ciudad se encontraba en una curva del río Santa Catarina y estaba flanqueada por fortificaciones a lo largo de sus accesos norte y oeste. Al norte se extendía una extensa llanura, dominada por una fortaleza —el “ Fuerte Negro ”— con cañones que dominaban el terreno circundante . Para capturar la ciudad, Taylor necesitaba aislar Monterrey controlando los caminos que conducían a ella, cortar sus comunicaciones, reducir sus formidables defensas y avanzar hacia la plaza central, que un joven teniente Ulysses S. Grant identificó como su “ciudadela”. Los ingenieros de Taylor marcaron el terreno clave, reconocieron las rutas de ataque para la infantería y colocaron artillería .

En vísperas de la batalla —el 20 de septiembre—, el mando de Taylor, reforzado por voluntarios, constaba de 6500 hombres organizados en tres divisiones. Su plan de batalla se ajustaba al problema táctico. Una división de soldados regulares —la principal— avanzaría contra el camino a Saltillo, el acceso occidental que atravesaba un paso de montaña crucial hacia Saltillo, bloqueando así cualquier avance de las fuerzas enemigas desde el sur y el oeste. Esto aislaría a Monterrey de los suministros militares y permitiría a los estadounidenses rodear la ciudad. La posesión del camino a Saltillo y dos accidentes geográficos clave al oeste y al sur de la ciudad —los cerros Independence y Federation— también proporcionarían a los estadounidenses una ruta de acceso a Monterrey. En el centro, la artillería de asedio reduciría el Fuerte Negro. Dos divisiones, una de soldados regulares y otra de voluntarios, avanzarían sobre posiciones enemigas desde el norte y el este , capturarían las fortificaciones defensivas mexicanas, desviarían y concentrarían a las fuerzas enemigas y, de ser posible, entrarían en la ciudad. Estos ataques apoyarían así el esfuerzo principal , el ataque envolvente, en el extremo oeste de Monterrey.

Las fuerzas estadounidenses soportaron duros combates del 21 al 23 de septiembre. Napoleon Jackson Tecumseh Dana , teniente de infantería comisionado por la Academia Militar de los Estados Unidos en la promoción de 1842, describió Monterrey como "un segundo West Point" y destacó "la inmensa fortaleza" de la ciudad, y con "el buen juicio militar con el que había sido fortificada por el enemigo". Era, remarcó, "un Gibraltar perfecto". Los comandantes estadounidenses intensificaron sus ataques contra este Gibraltar con resultados dispares. En las alturas al oeste y al sur, las tropas regulares estadounidenses y los Rangers de Texas tuvieron éxitos más rápidos y sufrieron menos bajas. Al este, los avances fueron lentos y las bajas cuantiosas. Al avanzar para unirse al 4.º Regimiento de Infantería en su ataque contra las defensas mexicanas en el extremo oriental de la ciudad, Grant presenció la caída de un tercio de su regimiento en minutos. Lamentó la deficiente planificación táctica, o ejecución, a nivel de brigada. Desde los accesos norte y este a la ciudad, los estadounidenses se enfrentaron a casas de adobe repletas de defensores que disparaban desde portales y tejados. Los estadounidenses se mantuvieron firmes y lucharon en las calles, sufriendo enormemente. Una batería de artillería ligera de campaña, liderada por el capitán Braxton Bragg, con los tenientes Samuel French y John Reynolds al mando de las armas, " penetró ... cierta distancia en la ciudad ", pero perdió numerosos caballos. Sin embargo, los estadounidenses presionaron su avance y " tomaron un trabajo tras otro, hasta que estuvieron en posesión de todo excepto la ciudadela ". Luchando hacia la plaza desde el oeste, las fuerzas estadounidenses, notando las fuertes bajas sufridas por sus contrapartes el día anterior en ataques callejeros frontales en el lado este de la ciudad, abrieron agujeros a través de los edificios y se abrieron paso a través de Monterrey. En la tarde del 23, la artillería de asedio estadounidense lanzó rondas explosivas a la plaza. Los proyectiles " estallaron hermosamente ... dispersando muerte y devastación por todos lados ". Al día siguiente, las fuerzas mexicanas se rindieron.


Imagen: Guerra de México: Campaña de Taylor, 1846-1847 (West Point, NY: Departamento de Arte e Ingeniería Militar, Academia Militar de los Estados Unidos, 1956).

Análisis e impactos

¿Cómo se desempeñaron las fuerzas estadounidenses en la campaña? Contra las antiguas críticas de amateurismo y titubeos tácticos que permean la historiografía, Taylor dirigió metódicamente las acciones tácticas y los recursos militares hacia el logro de ambiciosos objetivos políticos. La orientación estratégica que recibió, que lo obligó primero a defender Texas y luego a realizar operaciones ofensivas , impuso exigencias únicas al comandante. En el teatro de operaciones, Taylor comprendió un plan de campaña con un propósito definido y se esforzó por ejecutarlo. Al igual que Scott en Washington, Taylor percibió correctamente la importancia de Monterrey para abastecer a un ejército, ampliar el alcance operativo, mantener un poder de combate flexible y protegerlo. Taylor " empujó la campaña con tanta fuerza, rapidez y alcance como lo permitieron sus medios ". En Monterrey, su plan de batalla fue adecuado, aunque la coordinación se resintió y la cohesión en el ataque se disipó. Al final, a pesar de la deficiente coordinación táctica de unidades pequeñas, las fuerzas estadounidenses contaron con suficiente potencia de fuego y competencia para ganar una batalla en un terreno difícil con información e inteligencia imperfectas.

La captura de Monterrey resultó indecisa y obligó a Estados Unidos a reevaluar su estrategia . Al llegar a Saltillo con su ejército en noviembre, Taylor advirtió a la administración en Washington y a su comandante que avanzar a la Ciudad de México desde Saltillo y por tierra conllevaba un riesgo excesivo e inaceptable: su posición resultaría demasiado difícil, su línea de operaciones demasiado larga y carecía de los medios para mantener la fuerza de combate de su ejército en el interior, una distancia de más de 480 kilómetros a través del desierto. Taylor, sabiamente, aconsejó una campaña para capturar la Ciudad de México desde una base de operaciones en la costa del Golfo y, después de Buena Vista , mantuvo a su ejército en Monterrey, donde podría beneficiarse de un clima favorable y de la abundancia de víveres y agua potable.

Aunque indecisa, la campaña de Taylor en el norte de México reflejó acontecimientos importantes. En primer lugar, sin una comunicación oportuna, con escasos suministros y lejos de las ciudades estadounidenses, Taylor ganó una serie de batallas que inspiraron gran confianza en sus hombres y despertaron la imaginación del público. Estos éxitos finalmente catapultaron a Taylor a la presidencia. En segundo lugar, los acontecimientos en el norte de México, a instancias de Taylor , obligaron al gobierno estadounidense a modificar su enfoque bélico, fortalecer el Ejército estadounidense e incrementar la adquisición de suministros para la guerra. La campaña de Taylor, por lo tanto, marcó un punto de inflexión para el desarrollo nacional de la logística y el abastecimiento para las operaciones conjuntas de expedición. En tercer lugar, la victoria en Monterrey reveló que Estados Unidos necesitaba una victoria más decisiva sobre México para forzar su rendición. Una pequeña guerra en una zona remota del país no era suficiente: la derrota del enemigo solo se lograría ocupando su capital. Esto requería una campaña rápida dirigida al corazón de México sin interrupciones en las operaciones ofensivas. La reorientación estratégica impuso cambios significativos en el teatro de operaciones y convenció a los estadounidenses de emprender una nueva campaña en una zona de operaciones diferente, con un despliegue logístico más corto. En noviembre de 1846, el general Scott partió de Washington para comandar el asalto anfibio y la invasión de Veracruz.

A nivel de tácticas, la victoria estadounidense demostró el valor de la artillería de campaña altamente móvil, una innovación de preguerra . Aunque en México los artilleros a veces luchaban como infantería , aún así el empleo de la naciente artillería ligera estadounidense ofrecía lecciones para el estudio. Escribiendo cerca del cambio de siglo XX en el Journal of the Military Service Institution of the United States , un lugar líder para el pensamiento profesional de la época, un oficial señaló que la autosuficiencia y la supremacía en el campo de batalla de la artillería en la guerra moderna eran lecciones derivadas no de los rifles de retrocarga de tiro rápido en los campos de batalla de la guerra franco-prusiana, sino de Monterrey y Buena Vista. En la guerra, escribió el teniente GW Van Deusen, "especialmente durante las campañas de Taylor, la artillería parecía casi invencible y, por sus esfuerzos prácticamente sin ayuda, cambió el curso de la batalla y ganó el día para nuestras tropas". Los combates en Monterrey y más allá mostraron el "alto estado de eficiencia" de los soldados estadounidenses. Un artillero escribió en la edición inaugural de 1892 del Journal of the United States Artillery , haciéndose eco del tema, "aunque los ejércitos eran pequeños, el servicio peculiar, [y] las operaciones como nada comparadas con las de días posteriores, sin embargo, el espíritu estaba allí, y por primera vez en nuestra historia la artillería de campaña se destacó como una fuerza de combate indispensable". Continuó , "aquí quizás primero que nada en este continente la artillería ligera demostró... que su propio fuego, incluso a corta distancia era suficiente para su propia preservación, y suficiente para derrotar el ataque y salvar el día".


Las lecciones de Monterrey

Con razón, los profesionales del Ejército estadounidense recuerdan Monterrey como su primera batalla urbana. Sin embargo, las interpretaciones de Monterrey y su importancia para las operaciones urbanas en la guerra estadounidense requieren moderación. Los soldados en Monterrey consideraron la batalla intensa, pero sus sucesores en la profesión rara vez destacaron su importancia para la evolución de la doctrina de infantería o la conducción de la guerra urbana. Como era de esperar, la versión de junio de 1944 del Manual de Campaña 100-5 , Operaciones , no incluyó viñetas históricas de Monterrey, pero al detallar los ataques a pueblos y aldeas, prescribió tácticas —incluyendo la fijación del enemigo con una fuerza y ​​el envolvimiento con otra— que perduran en la doctrina actual y se alinean con el enfoque de Taylor.

Por supuesto, las diferencias tecnológicas distinguen los combates en Monterrey de la guerra moderna. La artillería de campaña en 1846 carecía de la potencia de fuego necesaria para demoler edificios. A pesar de las ventajas que ofrecía a los defensores luchar desde casas y azoteas con parapetos, la iniciativa recaía en el atacante, quien, si contaba con suficientes efectivos y una disciplina superior en el punto de ataque, y presionaba con vigor, podía arrasar las posiciones defensivas con la bayoneta más rápido de lo que los defensores podían apuntar, disparar y recargar sus mosquetes de ánima lisa. No fue hasta los avances en armas pequeñas y ametralladoras de fuego rápido que las ciudades modernas se transformaron en minifortalezas con grupos de edificios, en profundidad, que funcionaban como " redes defensivas que se apoyaban mutuamente ", convirtiéndose en obstáculos para los vehículos blindados, anulando las ventajas de movilidad y maniobrabilidad, y otorgando ventajas de potencia de fuego a los defensores. Los combates en las aldeas europeas obligaron al Ejército de los EE. UU. a publicar en enero de 1944 el Manual de Campo 31-50, Ataque a una posición fortificada y combate en las ciudades , que ordenaba a los escuadrones de fusileros evitar las calles y excavar a través de los edificios y de casa en casa: lecciones duraderas de Monterrey, pero evidencia, más contemporáneamente, de la guerra europea del siglo XX.

No obstante, la experiencia estadounidense en el norte de México ofrece lecciones útiles. En primer lugar, Estados Unidos tiene una tendencia histórica a diseñar su política exterior para asegurar sus grandes intereses estratégicos inmediatos. Esto incluye la realización de campañas ofensivas conjuntas para fortalecer el poder material de la nación. En el futuro, el liderazgo civil podría ordenar a las fuerzas estadounidenses que lo hagan de nuevo.

En segundo lugar, los ejemplos de Zachary Taylor y Winfield Scott sugieren que la estrategia y el diseño de campañas necesitan refinarse hasta sus elementos más puros. La estrategia implica una reflexión clara sobre cómo la nación, pero especialmente las fuerzas armadas, “ pretenden prevalecer en un escenario de guerra ”. El éxito de la campaña de Taylor, su culminación y la hábil conceptualización, planificación y ejecución de la campaña de Scott de 1847 evocan una definición más antigua e instructiva del arte operacional en la doctrina del Ejército de los Estados Unidos: “la búsqueda de objetivos estratégicos… mediante la organización de acciones tácticas en tiempo, espacio y propósito”. La claridad y simplicidad de la formulación de la estrategia y el diseño de campañas en México deberían evocar admiración e inspirar emulación.

Finalmente, en el futuro, como en 1846, cuando los estadounidenses lucharon en inferioridad numérica lejos de Estados Unidos, una disciplina superior y una competencia táctica superior probablemente resultarán cruciales. Esta superioridad debería tener su origen en la educación y el entrenamiento antes del inicio de las hostilidades. En consideraciones estratégicas más elevadas, los militares profesionales nunca deben dar por sentadas las competencias fundamentales, y debería decirse de los estadounidenses en guerras futuras, como escribió el General de los Ejércitos, el general Grant , sobre los soldados que lucharon con el general Taylor: «Los hombres que participaron en la guerra con México fueron valientes, y los oficiales del ejército regular, desde el más alto hasta el más bajo, eran instruidos en su profesión. No creo que un ejército más eficiente, considerando su número y armamento, haya librado jamás una batalla…».