miércoles, 19 de agosto de 2026
jueves, 13 de agosto de 2026
Invasiones inglesas: El verdadero nacimiento de la Nación Argentina

A 220 años de la Reconquista de Buenos Aires: los encarnizados combates en la ciudad y el plan para provocar la huida de Beresford
Se cumple la fecha de cuando Santiago de Liniers se consagró como el ídolo de la reconquista, al recuperar la ciudad que durante 49 días estuvo en poder británico. Cómo se peleó calle por calle para acorralar a los ingleses dentro del fuerte
Adrián Pignatelli || Infobae + Addendum
Cuando todo terminó. Beresford se rinde ante Liniers frente al Cabildo (Cuadro de Charles Forqueray, 1910)
Ya en septiembre de 1806 era habitual ver a soldados ingleses caminar con libertad en la ciudad e ir a comer a la fonda de los Tres Reyes, en la esquina del fuerte. Pero como se temía una nueva invasión, el Cabildo propuso llevar a los oficiales y a la tropa al interior y hacerlos juramentar no volver a tomar las armas contra España en sus dominios.
William Beresford, el general británico de 37 años, gobernador de Buenos Aires durante 49 días, después de protestar un poco, accedió a dar su palabra y no servir contra España hasta tanto no se resolviese su situación.
En la tarde del 11 de octubre, los llevaron fuera de la ciudad y, con pesar por las comodidades con las que contaba, Beresford debió dejar la casa donde se alojaba, la de Félix de Casamayor, a quien le obsequió su catalejo de campaña. A las siete de la mañana del día siguiente llegaron a Luján, donde se movieron libremente como si estuvieran en su casa durante unos cuatro meses.
Desde la Banda Oriental, Santiago de Liniers reunió una fuerza para enfrentar, en Buenos Aires, al invasor
El que fue un asiduo visitante de Beresford era Saturnino Rodríguez Peña, integrante de un grupo que perseguía la intención de lograr la independencia de esas tierras bajo el paraguas de un protectorado británico. Ambos hombres compartían la afinidad de ser masones. Para ello, debía fugarse, cosa que se armó la noche del 10 de febrero de 1807. Después de innumerables peripecias y pasos de comedia, Beresford embarcó hacia Montevideo, donde una fuerza británica se había apoderado de la ciudad.
Así había logrado eludir el confinamiento al que había sido sometido junto a sus oficiales luego de la derrota del 12 de agosto del año anterior, día conocido como el de la Reconquista de Buenos Aires.
Mucho había ocurrido desde que ese lunes 4 de agosto Santiago de Liniers, que había partido de Colonia al frente de media docena de sumacas y cañoneras, más una decena de transportes y algunas embarcaciones particulares, desembarcaba en el pago de Las Conchas, actualmente Tigre, luego de capear un temporal de aquellos. Una densa niebla fue su aliada para pasar desapercibido cerca de los barcos ingleses. Liniers se encomendó a la Virgen del Rosario. 176 años después los argentinos volverían a invocarla cuando en medio de un mar embravecido, se dirigían a recuperar las Malvinas.
William Carr Beresford comandó las tropas invasoras y por casi dos meses fue gobernador de Buenos Aires
Había armado, en Montevideo, una fuerza de unos 600 hombres, entre soldados y voluntarios y se reunió con otros centenares que lo esperaban en las inmediaciones. Había comenzado el operativo de reconquista de Buenos Aires.
Ese temporal había destruido seis cañoneras inglesas: dos se hundieron, tres terminaron destrozadas contra las toscas y catorce hombres murieron ahogados. La única defensa fue una goleta, al mando del teniente Herrick.
Muchas cuestiones escapaban a los ingleses de su control. No confiaban tanto de la cordialidad y hospitalidad de muchas familias porteñas, que albergaban a los oficiales. Sabían que había reuniones nocturnas donde se conspiraba y la gente practicaba el uso de armas; era habitual la desaparición de centinelas ingleses y había casos de soldados apuñalados para quitarles sus armas. Hasta se descubrió un túnel ideado por el catalán Felipe de Santenach para hacer volar el cuartel de la Ranchería que ocupaba el Regimiento 71 de Highlanders.
La conspiración se olía en el ambiente, y los invasores estaban convencidos de que no eran hechos aislados, sino que todo obedecía a un plan elaborado por las propias autoridades españolas. Los ingleses reforzaron las guardias en las pulperías y almacenes, donde concurría mucha gente.
Plano de Buenos Aires de los tiempos de las invasiones. Solo un puñado de manzanas pobladas
Tampoco se dejaban engañar por el papel que cumplía el obispo, que exageraba por demás su respeto a Beresford. Los curas se las pasaban cautivando con promesas a soldados británicos, tratando de ganarlos a la causa.
La noche del 31 de julio, Beresford estaba pasando el tiempo en el Teatro de la Comedia cuando le informaron que una fuerza de españoles se encontraba a unos veinte kilómetros al noroeste de la ciudad. Ordenó al coronel Denis Pack alistar al Regimiento 71, para salirles al encuentro.
El 1 de agosto chocaron en la chacra de Perdriel, en tierras de lo que hoy es Villa Ballester. Un grupo de hombres liderados por Juan Martín de Pueyrredón, mal armados, se enfrentó durante una hora con una columna al mando del propio Beresford, quien estuvo todo el combate lidiando por desenvainar su espada, trabada por la humedad.
Hubo una carga furiosa de un par de jinetes que tuvieron como blanco al propio general. El capitán Arbuthnot paró a uno, y el fuego nutrido de granaderos derribó al otro jinete.
Juan Martín de Pueyrredón fue un actor importante en la lucha contra los británicos
Aun cuando todo estaba perdido, una carga temeraria del propio Pueyrredón alcanzó para arrebatarle al enemigo un carro con municiones. Debió ser auxiliado porque en la refriega le habían matado el caballo.
Los ingleses tomaron a un prisionero, un desertor alemán llamado Shennon, que no quería abandonar el cañón que operaba. Terminó fusilado en Buenos Aires. El invasor se convenció que si quería seguir dueño de la ciudad, debían recibir refuerzos.
Al día siguiente de su desembarco, Liniers marchó hacia San Isidro, donde tenían provisiones frescas y abrigo. Porque entre el 4 y el 8 no paró de llover.
En la mañana del 8, cuando el tiempo mejoró, se puso en marcha y a la tarde del día siguiente llegaron a la Chacarita de los Colegiales. El domingo 10 el capellán Larrañaga celebró una misa al aire libre y continuaron la marcha hacia los Corrales de Miserere. Desde allí Liniers, con fuerzas que se le fueron sumando, envió un mensajero con una intimación de rendición a Beresford. El mensajero esperó quince minutos la respuesta que no llegó y se retiró. Liniers volvió a enviar a otro, recibiendo el mensaje del inglés que resistiría “hasta el caso que la prudencia lo indicara”.
El irlandés Denis Pack, de 34 años, era el jefe del Regimiento 71 Highlanders
A las cinco de la tarde inició la marcha hacia el Retiro. Antes, se habían adelantado el cuerpo de Catalanes con dos obuses. No fue sencilla la marcha, porque los caminos eran malísimos, con pozos y pantanos.
Fueron los Migueletes y la compañía de infantería de Buenos Aires los que llegaron a la carrera a la plaza del Retiro y batieron, a bayoneta calada, a los 200 ingleses que la defendían y que comenzaron a replegarse hacia el fuerte. En el camino, en la calle del Correo (hoy Florida), se encontraron con Beresford, que comandaba a unos 500 efectivos.
Alentados por Liniers, los voluntarios de Montevideo irrumpieron en la plaza mayor, con artillería comandada por Agustini. Su avance fue letal: dispararon un obús cargado con metralla, logrando la dispersión de las fuerzas que las enfrentaban.
Anochecía y las tropas necesitaban descanso. Liniers con su gente acampó en Retiro e hizo custodiar las bocacalles para evitar un ataque sorpresa. Esa noche la tropa no comió.
Fue tal entusiasmo del encuentro de la tarde anterior, que llegaron al campamento muchos hombres dispuestos a engrosar las filas de ese ejército.
Martín Miguel de Güemes era un joven de 21 años cuando al frente de un grupo de jinetes se apoderó de un buque inglés que había quedado varado en el río
El 11 se ocuparon en montar los 18 cañones que trajo la goleta Dolores y otros que encontraron en el cuartel del Parque. Algunos los apuntaron hacia el río por si la escuadra enemiga abría fuego. Liniers mismo los probó: apuntó a una lancha cañonera y a una fragata. Le abrió un boquete a la primera y cortó la pena de la mesana de la segunda y una bandera británica cayó al agua, lo que fue tomado como un buen augurio.
Por las dudas, mandó a Gutiérrez de la Concha a San Isidro y se embarcase en buques para desbaratar un presunto plan inglés de huir del Río de la Plata con los caudales públicos y con el producto de los saqueos a la ciudad.
La noche del 11 los ingleses se inquietaron por el continuo ladrido de perros que venía de la zona del Retiro. Algo se preparaba.
La mañana del martes 12 los británicos comprendieron lo que estaba sucediendo. En las iglesias y otros puntos de la ciudad estaban llenos de gente. Esperaban la llegada de Liniers para lanzarse con todo contra ellos.
Al amanecer, Liniers mandó tocar generala. Se atacaría la plaza, para lo que dividió su ejército en tres columnas. La de izquierda, con él mismo al frente, entraría por la calle de La Merced; la segunda, por la calle de la Catedral y la de la derecha por la del Correo. La artillería del teniente coronel Francisco Agustini iría adelante a despejar el camino.
Luego de la reconquista, la calma en Buenos Aires no duró ni un año. En julio de 1807 se produjo una nueva invasión (Litografía de Madrid Martínez, 1807)
El ataque sería a las 12, pero debió adelantarlo: amparados por la niebla, un grupo de miñones y marineros llegaron a las nueve a dos cuadras de la plaza y, refugiándose en edificios, comenzaron a disparar a los ingleses quienes respondieron con contundencia. Los atacantes pidieron refuerzos y municiones porque no querían dejar la posición. Liniers mandó la caballería de milicias y los dragones de Buenos Aires con artillería volante por la calle de Santo Cristo y él fue por la calle de la Merced. El combate se generalizó.
Liniers ordenó a un joven salteño que junto a un grupo de gauchos neutralizara al buque inglés Justina que, anclado en donde se levanta la Torre de los Ingleses, bombardeaba la ciudad. Aprovechando una bajante del río, el joven Martín Miguel de Güemes capturó la embarcación.
Los pobladores salían de sus casas y ayudaban a arrastrar los cañones y todo era ímpetu y fervor, y así llegaron a la plaza mayor.
Los británicos tenían prohibido disparar contra las iglesias, pero como parte del fuego provenía de esos lugares, respondían. A los sacerdotes se los veía muy activos en manejar armas y ordenar a la gente.
Los británicos hacían fuego desde el Cabildo, la azotea de la Recova y la Catedral, a las columnas que cada vez eran más numerosas.
El regimiento 71 se mantenía formado en la plaza del mercado, con cañones a cada flanco y uno en el centro. Los marineros estaban en el fuerte ocupándose de los cañones y efectivos del cuerpo de Santa Helena controlaban los accesos de las calles de Santo Domingo y Tres Reyes.
Los primeros en rendirse fueron los de la Catedral; los que estaban en el Cabildo fueron a la Recova, desde cuyo arco el propio Beresford comandaba. A su lado había caído muerto su asistente el capitán Kennet y el alférez de navío Fantin.
A lo largo del puente levadizo del fuerte se veía cómo ingresaban soldados ingleses llevando a compañeros heridos.
Estaban rodeados y les disparaban de todos lados. Entonces Beresford, cruzando su sable sobre su brazo izquierdo, dio la señal de retirada. Se refugiaron en el Fuerte y él fue el último en entrar. Se izó la bandera de parlamento justo cuando un grupo de marineros con escaleras pretendía escalar una de las murallas.
El comandante Mordeille, que apenas podía contener a sus marineros enardecidos, habló con Beresford en francés. Este quiso saber si su vida corría peligro, y le respondió que no, siempre que se rindiese. El general inglés revoleó su sable al pie de la muralla pero Mordeille se lo devolvió por medio de pañuelos atados.
Asustó a los ingleses los gritos de la multitud, que llenó la plaza, mezclados con las tropas que habían llegado del Retiro. Colocaron cañones a solo cincuenta pasos del portón de entrada al fuerte.
Gillespie intentó asomarse por el muro para ver qué ocurría, y alcanzó a bajar la cabeza ante el fuego nutrido de mosquetes. El capitán Quintana, ayudante de Liniers, estaba dentro del fuerte acordando los términos de rendición. Al escuchar los disparos, subió al muro, abrió su chaqueta y con los brazos extendidos se mostró a la multitud. Entonces los ánimos se calmaron.
Cuando vieron que se izaba la bandera española, que alcanzó un marinero, la gente estalló de júbilo.
El francés Raymond, junto al teniente de navío Córdoba y Mordeille arreglaron con el general inglés los términos de la rendición. Los vencidos aceptaron una entrega a discreción.
“¡Pena de vida al que insulte al general inglés!” gritó Córdoba cuando Beresford salió del fuerte y lo condujeron a la presencia de Liniers, que lo esperaba en uno de los arcos del Cabildo junto a algunos oficiales. Se adelantó a recibirlo, le devolvió su espada y lo abrazó. Dispuso que fuera alojado en la casa de uno de sus ayudantes y se arregló la seguridad de las tropas inglesas y sus bienes, y su embarque a Europa, por cuenta de los españoles.
Los ingleses tuvieron 412 entre muertos y heridos, incluidos cinco oficiales, mientras que hubo 180 caídos y heridos entre los criollos y españoles. Liniers lamentó la muerte del vecino Diego de Baragaña y del alférez francés Fantin, que moriría víctima del tétanos.
Eran las tres de la tarde cuando menos de un millar de ingleses marcharon hacia el frente del Cabildo, con sus banderas entre dos filas. Debían dejar en la puerta del Cabildo su armamento, algunos estrellaban sus fusiles contra el piso, y eran registrados. Los soldados fueron distribuidos por el Cabildo en distintos cuarteles, mientras que los oficiales fueron alojados en casas de familia. Esa tarde muchos se refugiaron en el fuerte para evitar la ira de los pobladores.
12 de agosto de 1806: Tal día como hoy, los hispanos del Rio de la Plata, liderados por Santiago de Liniers y Martín de Alzaga, expulsaban a los ingleses de Buenos Aires tras la invasión comandada por William Beresford en junio de ese año.
El 14 el Cabildo nombró a Liniers caballero de la orden de San Juan y gobernador interino, hubo un Te Deum en la Catedral. Esa noche y las dos siguientes la ciudad permaneció iluminada en señal de fiesta.
La misma noche de la reconquista, Liniers y Beresford se reunieron para acordar los términos de la rendición. Al día siguiente se encontraron en la casa del primero y luego otra vez en el Fuerte. Se arregló un intercambio de prisioneros y se allanó el camino a los vencidos a retirarse.
La historia no terminaría allí, solo habría un paréntesis hasta julio del año siguiente cuando se haría frente a una fuerza inglesa, ya que insistían en que Buenos Aires debía ser británica.
Addedum
12 de Agosto de 1806: La Reconquista de Buenos Aires a los británicos gracias al héroe Santiago de Liniers
El 25 de junio de 1806 una escuadra británica al mando del comodoro Home Popham desembarcó en Quilmes a más de 1.500 soldados dirigidos por el general William Carr Beresford. Dos días después, Buenos Aires quedó ocupada. Las autoridades virreinales apenas contaban con medios para defenderla y la bandera británica se izó sobre el Fuerte, sede del poder español en el Río de la Plata.
El capitán de fragata Santiago de Liniers se encontraba en Montevideo cuando llegó la noticia. Con el apoyo de Martín de Alzaga en la ciudad y de Juan Martín de Pueyrredón en los alrededores, empezó a reunir milicias entre la población civil, ya que apenas había tropas regulares disponibles. El 1 de agosto, un primer intento de hostigar a los ingleses fue derrotado en la chacra de Perdriel por la infantería británica, mejor entrenada. Pese al revés, siguieron sumándose voluntarios: comerciantes, artesanos, esclavos liberados para la ocasión, y también ancianos, mujeres y niños que colaboraron acercando armas, municiones y alimentos.
El 10 de agosto, desde los corrales de Miserere, Liniers intimó la rendición a Beresford, que la rechazó confiado en la disciplina de sus tropas regulares. Al amanecer del 12 de agosto, Liniers entró en la ciudad al frente de sus columnas, avanzando hacia la Plaza Mayor por varias calles a la vez. El trazado estrecho del casco antiguo dificultó las maniobras de la infantería inglesa, acostumbrada a combatir en campo abierto, y los combates se libraron calle por calle durante varias horas.
Cercado en el Fuerte y sin posibilidad de recibir auxilio, Beresford solicitó parlamentar. Él y Liniers se reunieron primero en el Fuerte y después en la casa del propio Liniers para acordar los términos de la capitulación, que incluyeron un intercambio de prisioneros. Beresford entregó la plaza y sus tropas depusieron las armas; los vencedores se hicieron con 26 cañones y con las banderas del Regimiento 71 británico. La ocupación había durado 49 días.
Liniers fue aclamado como héroe y, meses después, nombrado virrey del Río de la Plata. Pero el mismo hombre que salvó Buenos Aires del ejército inglés acabaría fusilado por sus propios compatriotas. Tras la Revolución de Mayo de 1810, Liniers se negó a acatar a la Primera Junta y encabezó desde Córdoba un intento de resistencia realista, fiel a su juramento a la Corona española. El levantamiento fue sofocado y Liniers, junto a otros cabecillas, fue apresado cuando intentaba dirigirse al Alto Perú.
La Junta, temiendo que su enorme popularidad en Buenos Aires pudiera revertir la situación si lo llevaban a la capital, ordenó su fusilamiento inmediato en el lugar donde fuera hallado. Juan José Castelli, al frente de un destacamento de húsares, alcanzó a los prisioneros en un paraje cordobés llamado Cabeza de Tigre. Allí, el 26 de agosto de 1810, sin juicio formal y por orden directa de la Junta, Liniers fue fusilado junto al gobernador Juan Gutiérrez de la Concha, el coronel Santiago de Allende, el asesor Victorino Rodríguez y el ministro de Real Hacienda Joaquín Moreno. Se negó a que le vendaran los ojos.
El hombre que cuatro años antes había sido llevado en volandas por el pueblo de Buenos Aires como salvador de la ciudad frente a los ingleses, moría así frente a un pelotón de fusilamiento por mantenerse fiel a su rey.
Fuentes:
- Buenos Aires y el interior. Observaciones reunidas durante una larga residencia, 1806-1807, de Alejandro Gillespie;
- Memorias Curiosas, de Juan Manuel Beruti;
- Santiago de Liniers, de Paul Groussac;
- Beresford. Gobernador de Buenos Aires, de Bernardo Lozier Almazan
jueves, 6 de agosto de 2026
Invasiones inglesas: Los prisioneros que se enamoraron de tucumanas
La curiosa historia que une a Tucumán con Inglaterra y sorprendió en la previa de la final
La periodista e historiadora Alba Barbeito dialogó con LV12 y contó la curiosa historia de 13 soldados británicos que decidieron quedarse en Tucumán tras las Invasiones Inglesas al enamorarse de mujeres tucumanas.
LV12
En la previa de la final del Mundial, la periodista, locutora y profesora de Historia Alba Barbeito conversó con LV12 Radio Independencia sobre una llamativa historia vinculada a Tucumán y las Invasiones Inglesas. La investigadora explicó que utilizó la frase "les hicieron té de bombacha a los ingleses" como un recurso para captar la atención en redes sociales y contar un hecho documentado por historiadores tucumanos.
En este contexto, LV12 dialogó con Alba Barbeito, quien relató que, tras la primera invasión inglesa de 1806, cerca de un centenar de prisioneros británicos fueron trasladados a Tucumán bajo custodia. Cuando en 1807 Inglaterra pidió la devolución de esos soldados, 13 de ellos ya habían decidido quedarse en la provincia tras enamorarse de mujeres tucumanas. Para poder casarse, renunciaron a su lealtad al rey de Inglaterra y juraron fidelidad a la Corona española. "Quizás ese haya sido el origen de los primeros británicos que se asentaron en estas tierras", explicó.
Barbeito también destacó que las Invasiones Inglesas fueron un punto de inflexión para el futuro del país. Señaló que la escasa respuesta de las autoridades españolas llevó a la organización de milicias criollas, que luego tendrían un rol central en la Revolución de Mayo. "Empieza a surgir de manera muy incipiente un sentimiento de pertenencia y la idea de que estas tierras podían ser algo distinto a una colonia española", sostuvo.
Finalmente, la historiadora relacionó el contexto histórico con la actualidad futbolística y expresó su confianza en la Selección Argentina. Además, participó de un juego en el que comparó a figuras del equipo nacional con personajes históricos, asociando a Lionel Messi con José de San Martín, a Lionel Scaloni con Manuel Belgrano y a Leandro Paredes con el Sargento Cabral. Antes de despedirse, dejó un mensaje de aliento: "Yo espero el partido con mucha fe".
sábado, 28 de junio de 2025
Argentina: Infraestructura para entrenamiento en MOUT

Entrenamiento MOUT (combate de localidad) en ejércitos modernos y aplicación a Argentina
Introducción
En la historia militar argentina, pocos episodios fueron tan decisivos y formativos como las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. A menudo vistas como un mero antecedente colonial, estos enfrentamientos dejaron una huella mucho más profunda: en las calles de Buenos Aires —entre sus casas, conventos y callejones— se libraron combates que, sin pretenderlo, forjaron una experiencia fundacional en el arte de la guerra urbana. No existía aún un ejército nacional, pero fue precisamente esa resistencia organizada, en pleno entorno urbano, la que sentó las bases tácticas, humanas y simbólicas de lo que más tarde sería el Ejército Argentino.
Aquella defensa improvisada reveló de forma dramática la complejidad del combate en ciudad: emboscadas entre paredes de adobe, disparos desde balcones, repliegues por pasajes angostos, y la necesidad de coordinar milicias civiles en medio del caos urbano. Más de dos siglos después, ese tipo de escenario ha vuelto a convertirse en el foco de atención de los ejércitos del mundo, bajo una nueva denominación: MOUT (Military Operations on Urban Terrain).
Lejos de ser un fenómeno lejano o exclusivo de los conflictos internacionales, el combate urbano plantea desafíos inmediatos también para Argentina, tanto por su participación en operaciones de paz como por la evolución del propio entorno doméstico. Este trabajo busca analizar el estado actual del entrenamiento MOUT en ejércitos modernos y evaluar su aplicación concreta en el contexto argentino, proponiendo soluciones realistas y estratégicamente viables.
1. ¿Qué es el MOUT?
Las siglas MOUT hacen referencia a Military Operations on Urban Terrain, es decir, operaciones militares desarrolladas en entornos urbanos. Este tipo de escenarios plantea desafíos tácticos y logísticos que difieren completamente de los del combate convencional en espacios abiertos. El combate urbano exige habilidades específicas: control de edificaciones, combate en espacios cerrados, manejo de la población civil, respuesta a amenazas asimétricas, emboscadas, francotiradores y navegación por espacios densamente construidos. En los conflictos contemporáneos —como en Irak, Siria o Ucrania— las operaciones en ciudades han demostrado ser no sólo inevitables, sino también determinantes para el desenlace de las guerras. Esto ha llevado a las fuerzas armadas modernas a repensar sus métodos de entrenamiento, priorizando la práctica en escenarios urbanos realistas.
2. Tendencias actuales en los ejércitos modernos
-
Construcción de "urban training villages" (pueblos de entrenamiento): estructuras permanentes o semi-permanentes simulando barrios urbanos.
-
Uso de tecnología mixta: escenarios físicos combinados con simuladores virtuales (realidad aumentada, sensores, cámaras).
Reciclaje de espacios reales: reutilización de barrios abandonados, bases desactivadas o zonas urbanas degradadas con bajo valor inmobiliario.
Sin embargo, una tendencia cada vez más común —y más económica— es la reutilización de espacios reales. Barrios abandonados, zonas degradadas con baja densidad poblacional o antiguas instalaciones industriales en desuso están siendo recicladas como espacios de entrenamiento militar. Estos entornos, además de proveer un realismo difícil de replicar en estructuras artificiales, permiten un uso eficiente del suelo y del presupuesto estatal.
3. Necesidad de espacios MOUT en Argentina
3.1. Justificación
-
Modernización doctrinaria: el Ejército Argentino ha incorporado nociones de combate urbano en ejercicios conjuntos y en UNPROFOR.
-
Escenario realista local: con urbanización creciente, cualquier conflicto interno o externo implicaría zonas densamente pobladas (Gran Buenos Aires, Rosario, Córdoba).
-
Participación en misiones ONU: requiere habilidades MOUT, en especial para operaciones de estabilización y control civil.
Entrenamiento en seguridad interior y apoyo a Fuerzas Federales en situaciones de crisis (disturbios urbanos, toma de rehenes, terrorismo, narcotráfico).
Además, la participación recurrente de tropas argentinas en misiones de paz de las Naciones Unidas demanda una preparación específica para actuar en entornos urbanos densos, muchas veces en situaciones de gran tensión social o política. A esto se suma la potencial colaboración de las Fuerzas Armadas con fuerzas de seguridad federales ante situaciones de extrema gravedad, como terrorismo, narcotráfico o disturbios urbanos, donde el entrenamiento MOUT se vuelve indispensable.

4. Opciones de entrenamiento urbano en Argentina
4.1. Actualidad
-
Existen instalaciones militares tradicionales (campos abiertos, polígonos, zonas boscosas) pero carecen de complejidad urbana realista.
-
Ejercicios en espacios civiles reales son limitados por riesgos y logística (traslados, permisos, incomodidad pública).
4.2. Alternativas viables
a) Reutilización de pueblos abandonados o en retroceso demográfico
-
Ejemplos: pueblos rurales semiabandonados en Buenos Aires, La Pampa, Córdoba o Santa Fe.
-
Ventajas: bajo costo de adquisición, ya poseen infraestructura básica (casas, calles, almacenes).
-
Desventajas: alejados de grandes centros militares, inversión inicial en reacondicionamiento.
b) Zonas urbanas marginales o deshabitadas del Gran Buenos Aires
-
Ejemplos posibles: predios fiscales o ferroviarios abandonados, villas deshabitadas tras relocalización, ex fábricas.
-
Ventajas: cercanía a guarniciones importantes (Campo de Mayo, La Plata, etc.), menor costo logístico, acceso inmediato.
-
Desventajas: posible rechazo social, necesidad de controles estrictos de seguridad.
c) Construcción de pueblo MOUT artificial dedicado
-
Requiere financiamiento estatal específico.
-
Diseño controlado, escalable y modular.
Costo estimado: alto (infraestructura, mantenimiento, control)
5. Análisis
El uso de espacios marginales del Gran Buenos Aires puede ser aún más económico en términos logísticos, pero plantea mayores desafíos en cuanto a seguridad, interacción con la comunidad y aceptación política. Por su parte, la construcción de una instalación artificial específica, aunque óptima en diseño, resulta poco viable bajo el actual contexto presupuestario nacional.
En síntesis, la alternativa de reciclar un pueblo semiabandonado con infraestructura básica disponible, buena conectividad y posibilidad de acceso vehicular, emerge como la opción más rentable y estratégica para desarrollar un centro de entrenamiento MOUT en Argentina.
| Alternativa | Costo inicial | Mantenimiento | Accesibilidad | Realismo | Recomendación |
|---|---|---|---|---|---|
| Reutilizar pueblo abandonado | Bajo | Medio | Bajo | Alto | ✔✔✔✔ |
| Usar áreas marginales del GBA | Muy bajo | Bajo | Alto | Medio | ✔✔✔ |
| Construcción artificial nueva | Alto | Alto | Variable | Alto | ✔✔ |
6. Potencialidades estratégicas
La creación de un espacio dedicado al combate urbano abriría un abanico de oportunidades para las Fuerzas Armadas. En primer lugar, permitiría la formación sistemática de tropas en un entorno adaptado a los desafíos reales que impone la urbanización moderna. En segundo lugar, habilitaría el desarrollo de doctrina propia, pensada para el entorno argentino y sus características sociales, demográficas y geográficas. Además, el centro podría funcionar como ámbito de entrenamiento conjunto con fuerzas de seguridad federales o provinciales, fortaleciendo la interoperabilidad entre agencias.
A largo plazo, un centro nacional de entrenamiento urbano podría posicionar a la Argentina como un referente regional en la materia, ofreciendo capacitación para fuerzas de países vecinos o incluso misiones internacionales. También podría integrarse con simuladores virtuales y programas de cooperación académica y tecnológica.
7. Conclusión
El entrenamiento en operaciones urbanas se ha vuelto una prioridad para los ejércitos del siglo XXI. Argentina no es la excepción. La falta de espacios adecuados para este tipo de instrucción constituye una brecha estratégica que debe ser abordada con urgencia. La reutilización de pueblos abandonados como centros MOUT representa una solución pragmática, de bajo costo, con alto potencial táctico y bajo impacto social.
Avanzar en esta dirección no sólo permitiría a las Fuerzas Armadas adaptarse a las demandas del entorno moderno, sino que también sentaría las bases para una doctrina nacional robusta y orientada al futuro.
Pueblos abandonados en Argentina
T


Lista de pueblos abandonados
martes, 29 de agosto de 2023
sábado, 19 de agosto de 2023
sábado, 2 de abril de 2022
Malvinas 40: ¿Por qué se nombró a la operación Virgen del Rosario?
De Santiago de Liniers a Seineldín: por qué se llamó Virgen del Rosario la operación para recuperar Malvinas
La acción militar del 2 de abril debe su nombre a la Virgen cuya imagen se encuentra en el Convento de Santo Domingo desde las invasiones inglesas a Buenos Aires. La tormenta que unió ambos momentos históricos. Y la posición de la Iglesia Católica frente al conflicto bélico
Desde los primeros momentos del siglo XIX, la Iglesia Católica argentina se fue fundiendo con la ideología de crear un ser nacional. El ideal último, para ellos, era que ser reconocido católico y argentino fuese una sola amalgama. Por supuesto que este ideal fue plenamente compartido con las Fuerzas Armadas: durante las batallas de la guerra de independencia, muchas victorias fueron atribuidas a la intercesión de la Virgen María. Por lo tanto, si Dios estaba del lado de los independentistas esta alianza no podría romperse nunca. Y así, cuando se fue consolidando una entidad del ser nacional, se ubicó al catolicismo romano en el centro, como fusión de un todo.
Esta unidad indivisa se mantuvo por mucho tiempo dentro de la mentalidad Argentina. Y a partir del primer gobierno del presidente Juan Domingo Perón, la imagen de la Virgen de Luján se volvió un icono omnipresente en todo el país, comenzó a formar parte del ideario argentino y fue nombrada patrona de casi todo.
Más adelante hubo gobiernos de todos colores y tendencias, aunque la mayor parte de la segunda mitad del S. XX fueron gobiernos militares de facto, los que debido a su formación crearon fuertes lazos con la jerarquía católica, sobre todo con el alto clero: los obispos.
El gobierno militar de facto que derrocó a la presidente María Estela Martínez de Perón el 24 de marzo de 1976 fue en un principio, para la gran mayoría de los argentinos, otro más en la cadena de interrupciones a la Democracia. Pero no fue así.

En los primeros años de la dictadura, la gran mayoría de la alta jerarquía católica aplaudió el desempeño de la Fuerzas Armadas en su lucha contra “los eternos enemigos de la nación argentina” que por carácter transitivo, eran enemigos de la Iglesia Católica. El pro vicario castrense, Mons. Bomanín, consideraba que el acciones represivas de las fuerza armadas estaban “en los planes de Dios” y la lucha contra los subversivos era, pues, una especie de “guerra santa”. Por supuesto no toda la jerarquía católica lo sostenía. A muchos les costó la vida.
Para 1981 el gobierno de la dictadura era insostenible, ya se sabía de las torturas y de las desapariciones. La economía y el desempleo estaban haciendo mella. Para el 30 de marzo de 1982 se realizó una gran movilización como hacía muchos años no se veía por las calles.
Los militares no comprendían porque cada vez perdían más apoyo a su cruzada. Creían que debían mantenerse en el gobierno a perpetuidad y así poder salvaguardar la moral y la santa religión de los avatares y desórdenes del mundo. Al fin y al cabo Francisco Franco había gobernado España desde 1939 hasta 1975 ¿Por qué ellos no?
En medio de este contexto de agotamiento de la ciudadanía se decidió la ocupación de las islas Malvinas, algo que se venía pensando desde hacía tiempo. Levantando la bandera de la soberanía sobre el archipiélago, los militares buscarían recuperar la legitimidad perdida ante la sociedad civil.

El mismo día de la ocupación de las islas, el episcopado católico emitió un comunicado que llevaba la firma del cardenal Primatesta, que por aquellos tiempos era presidente de la Conferencia Episcopal Argentina: “En este momento crucial en que la patria, guiada por sus autoridades, ha afirmado sus derechos, buscando asegurar su mantenimiento, la conferencia episcopal Argentina exhorta vivamente a todo el pueblo de Dios a expresar su unión en una permanente y constante súplica, para que el Señor abra muy pronto aquellos caminos de Paz que, asegurando el derecho de cada uno, ahorren los males de cualquier conflicto”.
Pero esta gesta tuvo un nombre: “Operación Rosario”. Para muchos obispos se luchaba contra herejes cismáticos anglicanos, que se habían apartado de la verdadera y única fe gracias a Enrique VIII. No solo sería una guerra por cuestiones territoriales sino una verdadera cruzada de fe. ¿De quién fue la idea del nombre? Del teniente coronel Mohamed Alí Seineldin.
En la etapa de planeamiento la operación se denominó “Carlos”. Luego la acción militar se rebautizó como “Operación Azul”. Fue en medio del fuerte temporal que el entonces teniente coronel Mohamed Alí Seineldín, embarcado en el buque “Cabo San Antonio”, recordó que cuando ocurrieron las invasiones inglesas al Río de la Plata, Santiago de Liniers había enfrentado inclemencias climáticas que cesaron cuando invocó a la Virgen del Rosario. Por esa sugerencia el contraalmirante Büsser, Jefe de la fuerza de desembarco, rebautizó la operación como “Operación Rosario”. El cambio en las condiciones climáticas fue “milagroso” y posibilitó el inicio de las acciones desde horas antes del 2 de abril, por tanto quedó para siempre adjudicado dicha mudanza meteorológica y el éxito del desembarco a la intercesión de la Virgen.
La advocación de la Virgen del Rosario por la cual Seineldin solicitó que se cambiara el nombre de la operación bélica, se refiere a la imagen que se venera en el Convento de Santo Domingo, la basílica de Ntra. Sra. del Rosario de Buenos Aires. Dicha imagen es una talla de vestir o de candelero, de 1,20 cm de altura, la cual sostiene un niño en sus brazos, que también es de vestir, con cabello natural y corona.

Esta imagen posee su historia: en la noche anterior a la reconquista de la ciudad de la Santa Trinidad (actual Buenos Aires), que había sido invadida por las tropas británicas el 25 de junio de 1806, Santiago de Liniers realizó ante dicha imagen de la virgen una vigilia y le prometió a ella que si lo ayudaba a defender la ciudad de los invasores, entregaría sus banderas como ofrenda por el triunfo. Así fue: la ciudad resistió el embate de las fuerzas británicas y Santiago de Liniers cumplió con su voto, ofreciendo a la virgen dos banderas del Regimiento nº 71 Highlanders, y dos estandartes de la marina real británica.
Dichos trofeos de guerra permanecen, hasta hoy, en exhibición en el templo. En el convento de Santo Domingo también se atesoran dos banderas realistas que donó Manuel Belgrano a dicha imagen. Pero fue por la gracia concedida en defensa de la ciudad de la santa Trinidad (actual Buenos Aires) que la imagen tomó el nombre de “Nuestra Señora del Rosario de la Defensa y Reconquista”.
Debido a que la acción militar se denominó “Operación Rosario”, desde el lunes 12 de abril se convocó a los fieles al “Operativo Espiritual Rosario”, que consistió en oraciones que se sucedían sin interrupción a lo largo de toda la jornada, y que tomaba ese nombre porque no era otra cosa que “una colaboración religiosa a la acción militar” según expresó el padre Daniel Zaffaroni, uno de sus organizadores, quien agregaba que dicho operativo duraría hasta “obtener la victoria en esta causa justa y noble de defender a nuestra patria”.
Asimismo se instó a que los católicos porteños llevaran claves rojos para cubrir la capilla en donde se venera la imagen de la Virgen. Tal fue el entusiasmo que se decidió que una copia más pequeña de la Virgen venerada en ese templo fuera hacia Malvinas, para ser entronizada en la futura catedral de la diócesis que se crearía. La imagen nunca llegó a Malvinas, pero se trajo para el templo un cofre con tierra del archipiélago. El tema Malvinas no era solo la recuperación de las islas, sino también la lucha de la verdadera y única fe católica por parte de los militares argentinos sino también una cruzada contra los anglicanos.
Volviendo a las islas, pocos recuerdan que durante la jura del general Mario Benjamín Menéndez como gobernador del archipiélago concurrieron el nuncio apostólico y ocho obispos: el cardenal Aramburu y el pro vicario del ejército monseñor Bonamín, los obispos Collino, Galán, Menéndez, Villena, Canale y Di Monte, quien envió 10.000 rosarios para los soldados.
El decidido apoyo a la “Operación Rosario” por cierta parte del episcopado era notorio. El cardenal Aramburu, en su homilía del viernes santo dijo: “ha surgido en el país entero una histórica hora de unanimidad de sentimientos, de objetivos y de adhesión a nuestras Fuerzas Armadas (...) Nuestro país se encuentra en este momento conmocionado por un hecho que está basado en sólidos fundamentos jurídicos, pero que no deja de ser actualmente serio y grave: es el hecho de la integridad de su soberanía territorial”.
Este evento bélico era providencial para la jerarquía católica, en el cual vislumbraba una inmejorable oportunidad para presentarse como símbolo de la unidad nacional, como amalgama total y general, misión y cargo que hacía ya tiempo que comenzaba a menguar.

Entre las voces discordantes de la mayoría de la conferencia episcopal, la del obispo de Neuquén Jaime de Nevares sostuvo: “que las islas Argentinas del Atlántico Sur hayan vuelto al dominio de nuestra Patria es un gesto de reparación histórica, pero que este hecho de justicia y las negociaciones posteriores sean conducidas por ambos países con tal cordura política que impida una guerra”. Sostenía que el hecho de la recuperación de las islas no debía ser usado para excitar en el pueblo ánimos belicista o como “una pantalla para sofocar, olvidar y desviar la atención de los graves problemas internos de desocupación y hambre”. El documento no sólo fue firmado por el obispo, sino por todo el clero de la diócesis.
Mientras tanto en la nueva capital del archipiélago, llamada Puerto Argentino después del 2 de abril, el general Menéndez juró sobre una Biblia que le dedicara especialmente monseñor Collino, obispo de Lomas de Zamora, quien bendijo para la ocasión ocho crucifijos y una imagen de la Virgen de Luján.
Fuentes: “La Iglesia católica durante la guerra del Atlántico Sur” (Martín Obregón, Universidad Nacional de La Plata) y Documentos de la Conferencia Episcopal Argentina




%20-%20Wikipedia%20la%20enciclopedia%20libre.png)














