jueves, 20 de marzo de 2014

SGM: Fotos de Do 26 y FW 190 de reconocimiento


El Dornier Do 26 en la campaña de Noruega; El Nahaufklarungsgruppe 13 de Fw 190 

FalkeEins


Belwo; probablemente un Do 26 V-1, codificado P5 + AH, visto durante la campaña de Noruega, posiblemente, después de desembarcar a Gebirgsjäger (tropas de montaña) para las operaciones de alrededor de Narvik. Para la invasión de Dinamarca y Noruega, lanzada el 9 de abril de 1940, los cinco hidroaviones Do 26 (V-1 a V-5) se reunieron en la llamada Transozeanstaffel incorporado al 9./KGzbV 108. Entre los pilotos que volaban estas máquinas estaban la flor y nata de la flota de Lufthansa: Rudolf «miesi» Mayr, el Graf von Schack Wittenau, y más tarde as del cazador nocturno Ernst -Wilhelm Modrow entre otros. El Staffel tuvo la tarea de transporte de tropas, municiones y correo con la responsabilidad particular de re-abastecimiento del área de Narvik que vio luchando duro entre los Aliados y Gebirgsjäger del general Eduard Dietl.



Este avión particular, fue baleado por los Hurricanes del Escuadrón N° 46 en Rombaksfjord el 28 de mayo de 1940, un ataque en el que el piloto Fw . Ernst -Wilhelm Modrow fue herido. Bien puede ser Modrow pie en la nariz de la aeronave en la foto de arriba . Tenga en cuenta el emblema de la Transozeanstaffel bajo la cabina . Tras la convalecencia Modrow se convirtió en un instructor , pero en abril de 1942 se voló la primera de las más de cien salidas a los mandos de una BV 222. Durante 1943 él estaba en el roster de vuelo en el centro de pruebas de Travemünde antes de unirse al Nachtjagd . Fue ascendido rápidamente a Kapitän de 1./NJG 1 y puso fin a la guerra con 34 victorias confirmadas.

 Wilhelm Küppers, operador de radio en Do 26 V - 2 P5 + BH recordó;

"Durante la campaña de Noruega volamos una ronda casi constante de incursiones para traer armas antitanques, municiones, minas y las tropas de montaña a Narvik. Estos vuelos se combinaron con el reconocimiento a lo largo de la costa noruega. Los momentos más peligrosos de cualquier incursión fueron los aterrizajes en los estrechos fiordos alrededor de Narvik y los subsecuentes despegues. Rodeamos a lo largo del espacio aéreo neutral sueca para evitar el fuego antiaéreo antes de zambullirse abajo casi verticalmente - casi helicóptero -como- para la superficie del agua con nuestros motores estrangulando espalda la aeronave tenía para ser descargado rápidamente, pero fue increíble lo que podría lograrse con la amenaza de la muerte tan cerca - . Esperábamos fuego naval o artillería para derrumbarse a nuestro alrededor en todo momento dos toneladas de equipo podría ser descargados en tales circunstancias - con mucho sudor y maldiciendo - . . en veinte minutos despegues eran tan 'suicida', especialmente en el estrecho Beisfjord con sus altos acantilados rodaje hasta el medio del fiordo se hace a menudo bajo el fuego de los barcos británicos. Nuestras pistas de despegue tenían que ser juzgados finamente para evitar los acantilados. Los motores se ponían a plena potencia y tuvimos la suerte si logramos pasar más de diez metros de largo de los estos obstáculos. Cada despegue exitoso en estas circunstancias representa una hazaña considerable de aptitud para el vuelo de un hidroavión tan grande y pesado peso de hasta veinte toneladas".
Extracto de "Luftwaffe Seaplanes Vol II" ('Hydravions de la Luftwaffe' - Roba, Ledet, sección en idioma Inglés por Neil Page, publicado por LeLa Presse in 2010. El volumen 3 en esta serie es publicada en febrero de 2014)

A continuación, los pilotos de Nahaufklarungsgruppe 13 probablemente en St. Brieuc, Francia celebrando una misión número 500 durante 1943. Tenga en cuenta el emblema Gruppe en la inconfundiblemente marcados carenado de estos Fw 190A-4/U4s equipados con cámaras RB12, 5/7x9.





miércoles, 19 de marzo de 2014

Revolución Libertadora: La guerra llega a Bahía Blanca




Guerra en Bahía Blanca

Por Alberto N. Manfredi (h)


Pieza de artillería pesada del perímetro defensivo de Bahía Blanca (Fotografía: Miguel Ángel Cavallo. Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)


Mientras tanto, en el sur bonaerense, las fuerzas revolucionarias trabajaban aceleradamente para aislar el sector del inminente ataque de las tropas que avanzaban en socorro del Regimiento 5 de Infantería que, hasta el momento resistía valerosamente los ataques.
En la base Espora, comandos de Infantería de Marina dirigidos por los tenientes de navío Osvaldo D’Aragona y Jorge Yódice abordaron aviones de transporte Douglas, helicópteros, aviones de combate e incluso un par de ómnibus para desplazarse hasta una serie de puntos señalados por el comando rebelde para volar los accesos principales, en particular, vías férreas y puentes carreteros. Entre esos objetivos destacaban los puentes sobre el arroyo Napostá y el río Quequén Grande, ambos al noroeste, cerca de Sierra de la Ventana conmformando un semicírculo de unos 100 kilómetros de radio en torno a las bases.
En realidad la tarea había comenzado a las 23.00 horas del día anterior, con la voladura del puente sobre el Quequén Salado y prosiguió en las primeras horas del 17, con las detonaciones mencionadas y las que derribarían el puente que unía Puerto Belgrano con la localidad de Coronel Dorrego, sobre la Ruta Nacional Nº 3, a la altura del río Sauce Grande (50 kilómetros al noreste de la base). Este último objetivo fue volado con cargas de diez kilogramos de trotyl colocadas por el equipo de ingenieros a cargo del oficial especializado Osvaldo D’Aragona, quien se trasladó hasta el lugar junto a bordo de un ómnibus y un camión militar. Inmediatamente después, el mismo pelotón voló 150 metros de vías férreas, sobre el puente ferroviario que atravesaba el mismo brazo de agua, a escasos metros de la mencionada ruta, y siguiendo estrictamente el plan tendiente a aislar las dos bases navales continuó hasta el puente de Sauce Grande, por el que pasaba el camino que unía las localidades de Coronel Falcón y Bajo Hondo. Inmediatamente después, fueron destruidos otros 150 metros de vía férrea en la estación Paso Mayor, ubicada también a 50 kilómetros de Puerto Belgrano.



El trabajo implicaba riesgos porque las fuerzas leales ya incursionaban por las inmediaciones y en cualquier momento podían establecer contacto.
Así fue como a las 09.45 del día 17, los 15 efectivos de Infantería de Marina que cubrían a los comandos del teniente Yofre que regresaban a la base tras la voladura del puente sobre el Napostá, se toparon con una columna de cinco vehículos del ejército leal que avanzaban en sentido contrario. Su jefe, el teniente de navío Luis Arigotti la vio venir y sabiendo que solo disponía de una ametralladora pesada y que por esa razón, se hallaba en inferioridad de condiciones, decidió atacar primero, a efectos de confundir a un enemigo varias veces superior en número.
En el cruce del camino que unía la ruta con la localidad de Tornquist, la mencionada columna, integrada por una camioneta, tres camiones y una radioestación móvil en la que viajaban oficiales, vieron gesticular a Arigotti hacia lo que creyeron varias ametralladoras pesadas apostadas en los alrededores. En realidad, el oficial naval disponía de una sola de aquellas armas y con ella ordenó abrir fuego. La camioneta, con los oficiales a bordo, frenó bruscamente, dio la vuelta y se retiró hacia el norte en tanto los 18 suboficiales, 23 conscriptos y dos conductores civiles que componían el grueso de aquella vanguardia, se rindieron. Arigotti regresó a la base con los vehículos capturados conduciendo en ellos a los prisioneros, las municiones y los equipos.


Comandos navales vuelan un puente sobre el arroyo Napostá (Fotografía: Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Tomo II)

Mientras tanto, las tropas del general Molinuevo continuaban desplazándose hacia Bahía Blanca con órdenes precisas de apoderarse de sus bases navales. Las integraban el Regimiento 1 de Caballería con asiento en Azul a las órdenes del teniente coronel Roberto Manuel Barto y el Regimiento 2 de Caballería de Tandil, al mando del teniente coronel Enrique Llambí, quienes desde Juárez, donde se habían unido al comando de la División y otras unidades, prosiguieron su marcha hacia Coronel Pringles, previo paso por Tres Arroyos (el 1 de Caballería), donde arribaron a las 05.30 del día 17, cuando aún era de noche. En esa localidad, las unidades de combate se aprovisionaron de combustible y una hora después continuaron su avance hacia el sur1.
Al medio día de aquella jornada, tuvo lugar un suceso curioso. Cerca de las 12.00 horas, el teniente coronel Barto ordenó a su regimiento detener el avance en Arroyo Chico y esperar. A las 17.00 se presentó en el lugar el propio general Molinuevo, para llamar la atención al mencionado oficial y ordenarle reiniciar la marcha inmediatamente. Así se hizo y a las 18.00 el 1 de Caballería se puso nuevamente en movimiento.
El Comando de Represión, con asiento en Buenos Aires, dispuso el envío a Bahía Blanca del Regimiento 2 de Artillería al mando del teniente coronel Pedro Martí Garro y el experimentado Regimiento 3 de Infantería con asiento en La Tablada, reforzado por una unidad de tanques al comandado del coronel Carlos Quintero y su segundo, el teniente coronel César Camilo Arrechea. La poderosa unidad de combate tenía experiencia bélica que había adquirido el 16 de junio de aquel año, en pleno avance hacia el centro de Buenos Aires cuando fue atacada por la Aviación Naval y combatió con las fuerzas rebeldes inmediatamente después
Ese día, pese a haber emprendido la marcha sin sus cañones antiaéreos Oerlikon que habían quedado apostados en Plaza de Mayo para la defensa del Palacio de Gobierno, sus efectivos manifestaban gran confianza y voluntad de lucha.
El Regimiento salió de sus cuarteles en la tarde del 17 de septiembre, después de la encendida arenga del coronel Quinteros, su comandante, hombre absolutamente leal al gobierno y a la persona de Perón.
La población del sector sudoeste del Gran Buenos Aires fue testigo del paso de una extensa columna de casi 50 kilómetros de largo, integrada por camiones, jeeps y ómnibus militares, que abandonó sus cuarteles en La Tablada y enfiló directamente hacia el sur por la Ruta Nacional Nº 3, a la vista de numerosos curiosos, muchos de los cuales se habían agolpado en las puertas del destacamento para verlos partir. Todo era confianza y decisión, aunque una sola cosa preocupaba a sus jefes, la falta de cobertura antiaérea, asunto que oportunamente comentaron al general Imaz.
La columna motorizada enfiló hacia Tandil para unirse al Regimiento 2 de Artillería del teniente coronel Martí. Llegaron de noche, bajo una intensa lluvia y con mucho frío y una vez allí, tomaron contacto con un móvil policial que se acercó hasta el camión que conducía a Quinteros y Arrechea para transmitirles un mensaje urgente: en la cercana comisaría, el general Imaz aguardaba en el teléfono. Hacia allí se encaminaron ambos y una vez al habla, se enteraron de un nuevo cambio de planes: el avance se interrumpía y la poderosa unidad debía encaminarse hacia Azul con la misión de capturar el arsenal naval “Azopardo” del que se surtían las bases rebeldes Comandante Espora y Puerto Belgrano.
Quinteros y Arrechea se miraron asombrados pero procedieron a obedecer y así, poco antes del amanecer, siempre bajo una persistente lluvia, tomaron el camino del noroeste y se dirigieron hacia la importante ciudad bonaerense, punto de partida de la expedición al Desierto del general Julio Argentino Roca en 1879.
La extensa columna se desplazó hacia su nuevo destino al que llegó una hora después iniciando el despliegue de sus fuerzas en espera del amanecer. La intención era efectuar un reconocimiento del terreno y después atacar. Sin embargo, algo extraño sucedió ya que el arsenal se hallaba en manos leales y sus autoridades no tenían noticias de su llegada. Con asombro e indignación  Quinteros y Arrechea comprendieron que habían caído en una trampa y que habían sido víctimas de una maniobra de sabotaje destinada a distraerlos de su misión y hacerles perder horas cruciales.


Teatro de Operaciones Sur (Imagen: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. la Marina se subleva)

Tras reagrupar nuevamente sus tropas, Quinteros enfiló hacia Puerto Belgrano, furioso por el tiempo que había desperdiciado y por el hecho de haber caído tan fácilmente en la trampa. Poco después se supo que la maniobra había sido obra del mismo general Imaz que se había volcado secretamente a la revolución y se hallaba infiltrado en el Comando de Represión.
Mientras tanto, en la Base Naval Comandante Espora se encontraban desde el día anterior, dos pilotos de gran experiencia, los capitanes de corbeta Justiniano Martínez Achával, a quien pusieron al mando de la Escuadrilla de Patrullaje de aviones Catalina y Eduardo Estivariz a quien se solicitó se hiciese cargo de la Escuadrilla de aviones Grumman subordinado al teniente de navío José María Vasallo, que la había sublevado oportunamente.
Cuando Estivariz se hizo presente, Vasallo se apresuró a entregarle el mando por tratarse, no solamente de un superior sino de un individuo de reconocida trayectoria profesional. Sin embargo, aquel, sumamente apegado al reglamento, rechazó el ofrecimiento por hallarse en situación de retiro, solicitando en cambio, integrar la escuadrilla como un piloto más. Así fue como quedó establecido aunque a partir de ese momento, la autoridad y las decisiones emanarían de su persona pues todo el mundo sabía que el teniente Vasallo lo consultaba permanentemente. Lo que todos ignoraban era que en pocas horas protagonizaría uno de los episodios más sangrientos del conflicto.
Quien ideó un plan inteligente fue otro de los recién llegados, el teniente de navío (RE) Mario Escudero, que a efectos de contrarrestar los comunicados oficialistas que daban por desbaratada la revolución, ideó cortar el suministro de gas a Buenos Aires, razón por la cual, se encaminó a la cercana planta de YPF para sabotearla.
Una vez en el lugar, contactó a su encargado que, munido de la llave maestra, cerró el gasoducto. Los resultados no fueron inmediatos porque las tuberías disponían de válvulas y depósitos adicionales que impedían un inmediato corte de la fluctuación y por esa razón, los efectos recién se harían sentir el 18 por la noche, obligando al gobierno a solicitar a la población porteña la reducción del consumo2.



Durante todo el día 17, las patrullas aéreas rebeldes vigilaron los caminos de acceso a Bahía Blanca, llevando a cabo numerosas salidas. A eso de las 06.00 los radares de la Base Naval detectaron un avión que volaba lejos de la costa, sobre el mar, aparentemente en dirección a la Flota. El hecho alarmó a los jefes sublevados que media hora después despacharon los primeros vuelos de exploración hacia Tres Arroyos, Azul, Olavarría, Tandil, Viedma, Carmen de Patagones, Río Colorado y Neuquén.
Uno de esos aviones detectó cinco camiones del Ejército detenidos sobre la Ruta 3, muy cerca de Azul. Poco después el mismo piloto informó haber visto a personal del Regimiento 2 formado en la plaza de armas y casi al mismo tiempo, un helicóptero piloteado del teniente Raúl Fitte observó a la altura de Pringles, más camiones camuflados detenidos bajo un grupo de árboles (120 kilómetros al norte de Puerto Belgrano), en lo que parecía una actitud de espera.
A las 08.30 Comandante Espora despachó una primer escuadrilla de ataque con la misión de bombardear nuevamente al Regimiento 5 de Infantería.
Uno tras otro los bombarderos Beechcraft AT-11 despegaron hacia el objetivo, para arrojar sus bombas con efectividad. De nada sirvieron los esfuerzos de los artilleros por contrarrestarlos. Las constantes incursiones, más intimidatorias que otra cosa, llevaron al teniente coronel Albrizzi a establecer contacto con el comando rebelde para deponer las armas con la sola condición de hacerlo ante el capitán de corbeta, aviador naval Justiniano Martínez Achaval, por quien sentía profundo respeto. Tres efectivos del Regimiento resultaron heridos, un suboficial y dos conscriptos, que fueron alcanzados por las esquirlas cuando se dirigían desde sus trincheras a los depósitos.
La petición de Albrizzi fue aceptada y mientras los aviones navales sobrevolaban los cuarteles, los oficiales mencionados acordaron los términos de la rendición. A las 11.00, la Infantería de Marina ocupó las instalaciones mientras oficiales y suboficiales del Ejército eran conducidos a la cercana Base Naval en calidad de detenidos. Solo 30 de ellos (5 oficiales y 25 suboficiales) permanecerían en los cuarteles junto a los 570 conscriptos que cumplían allí el servicio militar.
Por disposición del capitán Jorge Perren los prisioneros fueron tratados de acuerdo a las normas que establecía la Convención de la Haya y en consecuencia, quedaron alojados sobre la base de su jerarquía, previo registro de grados, nombres, apellidos y categorías, confeccionándose para ello, listas por unidades. Los prisioneros no podrían recibir visitas y por lo menos, una hora al día, deberían salir al aire libre.
Los oficiales prisioneros fueron alojados en los acorazados “Moreno” y “25 de Mayo”, así como también, en baterías, en tanto los suboficiales fueron destinados al “Rivadavia” y a los cuarteles del Regimiento Antiaéreo Nº 1. El capitán Perren fue sumamente atento con sus pares, saludando con cortesía tanto al teniente coronel Albrizzi como a su segundo, cuando aquellos arribaron a la base. Mientras tanto, utilizando vehículos del mismo regimiento, se trasladó el armamento capturado para ser inventariado y depositado en custodia hasta el momento de ser utilizado.


Las tropas de Infantería de Marina se desplazan en las inmediaciones de Bahía Blanca (Fotografía: Miguel Ángel Cavallo. Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

Durante el traslado, ocurrió un típico incidente de guerra, que pudo haber desencadenado una verdadera tragedia. Cuando la columna de camiones avanzaba por la carretera, en dirección a la base, tropas adelantadas que constituían el perímetro de defensa rebelde las confundieron con efectivos leales y abrieron fuego, provocando el vuelco de un camión cargado con proyectiles para morteros de 88 mm y la dispersión del resto en distintas direcciones. La decidida intervención del oficial naval que comandaba la columna evitó un mal mayor. Afortunadamente no se registraron bajas de ninguna índole.
A las 15.00 horas un avión de Aerolíneas Argentinas que se había plegado al movimiento el día anterior, detectó una columna de vehículos del Ejército avanzando por la ruta en dirección a Tres Arroyos. El aparato, carente de todo armamento, descendió varios metros para permitir a su tripulación arrojar bombas de pequeñas dimensiones por sus ventanillas y a poco de radiar su mensaje informando los resultados de su misión, volvió a elevarse y se retiró hacia su base de operaciones. El ataque surtió efecto porque las tropas se dispersaron y uno de sus camiones también volcó.
Detrás de aquel avión llegó un Beechcraft que, pese al bajo plafond y la escasa visibilidad, bombardeó la columna y le arrojó panfletos, aunque debió elevarse presurosamente porque fue repelido por fuego reunido de armas automáticas.
Un segundo aparato de iguales características que sobrevolaba el área de Tres Arroyos, detectó a otra columna motorizada avanzando en dirección a Bahía Blanca, razón por la cual, su piloto decidió atacarla. El avión arrojó sus bombas y mientras recibía disparos de fuego reunido (fusiles y ametralladoras), levantó vuelo y se alejó arrojando también volantes revolucionarios. Pero esa fue una de las últimas salidas de la aviación rebelde por ese día porque a partir de las 15.30 el clima comenzó a empeorar y los aviones no pudieron volar.



A pesar de las malas condiciones meteorológicas, cerca de las 16.10 llegaron desde Buenos Aires dos Avro Lincoln que generaron tal incertidumbre en la Base Espora, que comenzaron a sonar las alarmas. A raíz de ello, el personal fue dispersado y los aviones estacionados en tierra, retirados. Sin embargo, las aeronaves se mantuvieron a cierta distancia volando en círculos, demostrando con ello que se plegaban al alzamiento.
Desconfiando todavía, la torre de control ordenó a los pilotos bajar las ruedas e iniciar su aproximación a velocidad reducida, cosa que aquellos cumplieron al pie de la letra, seguidos pocos minutos después, por aviones Calquin procedentes de Tandil al mando del capitán Jorge Costa Peuser. Increíblemente, el arma creada por Perón en 1945 abandonaba sus filas y entrgaba sus mejores unidades al bando enemigo, dotándolo de un armamento formidable y privando a la causa gubernamental de un elemento indispensable.
Pero no todo eran noticias alentadoras. Por la tarde, radioaficionados civiles de Bahía Blanca y Punta Alta, entre ellos Ignacio Fernández (LU 7 DV) y Enrique Queijeiro Bustillo (LU 2 DJX), dieron cuenta de que tropas destacadas desde Zapala, San Martín de los Andes y Covunco perteneciente a la Agrupación de Montaña que mandaba el general Ramón Boucherie, avanzaban en tren hacia la estación de Río Colorado, provenientes de Neuquén y Río Negro.
El comando rebelde comprendió que esas fuerzas debían ser detenidas y por esa razón, los capitanes Perren y Rial decidieron la voladura de todas las vías férreas y rutas de acceso entre Bahía Blanca, Viedma y Río Colorado, misión que se programó para las primeras horas del día siguiente. Comandante Espora se despachó un nuevo pelotón al mando del teniente D’Aragona, con la misión de volar los puentes ferroviarios y la carretera cercana a la localidad de Ascasubi, junto al paso a nivel del cercano pueblo de Buratovich.
D’Aragona y su grupo partieron a las 22.00 conformando un convoy integrado por una locomotora y tres vagones que una hora después llegó a los objetivos, instaló sus cargas de demolición y los destruyó. Fue un brillante operativo comando en el que incluso fue volcado un vagón de carga dentro del cráter que la detonación había abierto en aquella última población.
Paralelamente, el teniente Yódice se dirigió hacia el sur, a bordo de dos locomotoras enganchadas, con órdenes de volar 50 metros de trayecto en la estación Nicolás Levalle. Una vez allí, sus hombres saltaron a tierra, volcaron una de las locomotoras de 110 toneladas de peso, derribaron postes de telégrafo y cortaron los cables de comunicación. Cuando el pelotón de D’Aragona regresaba de su misión, fue atacado por tropa propia, es decir, efectivos de la Marina que se hallaban apostados en las inmediaciones de Spurr, sin provocarles bajas.
Como la Aviación Naval no podía operar de noche, se montó un dispositivo de vigilancia a cargo de los comandos civiles revolucionarios a quienes se les encomendó recorridos en torno al perímetro de defensa y las localidades cercanas. Al mismo tiempo se dispuso poner en alerta a la artillería de tierra, reforzada por cañones Krupp de 88 mm y Bofors de 40 mm además de las piezas con las que contaba el Batallón Nº 1 y la artillería de los buques surtos en las radas de la base naval, entre ellos el crucero “9 de Julio” y los acorazados “Moreno” y “Almirante Brown”.
El dispositivo defensivo dejaba el área próxima a Bahía Blanca a resguardo y permitía lanzar ataques aéreos sin mayores sobresaltos. Con las luces del nuevo día, la Aviación Naval se disponía a operar sin inconvenientes sobre el enemigo que avanzaba amenazadoramente.
Un hecho que llenó de orgullo y emoción a jefes y oficiales rebeldes fue la llegada, por propia voluntad, de los conscriptos del Batallón 4 de Infantería de Marina que habían sido dados de baja antes del comienzo de las acciones. Los soldados llegaron a pie, en medio de la noche, siguiendo las vías del ferrocarril para no extraviarse y con ellos venían civiles procedentes de las ciudades y pueblos cercanos, como así también trabajadores y pobladores de los campos circundantes, quienes solicitaron armas para luchar.
Como refiere el capitán Perren en “Puerto Belgrano y la Revolución Libertadora”, los defensores del sector rebelde contaban con 1300 efectivos en Espora y Bahía Blanca, con los que cubrían los accesos por el sur y el norte. Otros 1000 hacían lo propio en los caminos que conducían a Puerto Belgrano, por el nordeste y a través de la Ruta 3 y por el Bajo Hondo en tanto150 efectivos de artillería, ubicados en un radio distante a 15 kilómetros al este de la base, protegían el camino de Pehuén-có, manteniendo cerrado, de ese modo, el semicírculo en torno a ambas posiciones. Esas fuerzas estaban unidas entre sí por la línea Bahía Blanca-Base Naval-Baterías, muy cerca de la costa y eso les permitía estrechar el dispositivo. Los acorazados “Moreno” y “Almirante Brown” se posicionaron en la ría, no así el “9 de Julio” que se alistaba para unirse a la Flota de Mar. Automotores particulares, vehículos militares e incluso formaciones ferroviarias mantuvieron contacto con las fuerzas defensoras durante toda la noche en previsión e posibles ataques.


Dispositivo de defensa en torno a Bahía Blanca (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo. Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva)

Notas


  1. Fueron sus vanguardias las que protagonizaron la escaramuza con los infantes de Marina del teniente Arigotti.
  2. El gobierno llegó a pedir el uso de una sola hornalla en las cocinas y prescindir de los hornos “…debido a que los inconscientes rebeldes habían dañado el Gasoducto Presidente Perón en la zona de Bahía Blanca…”. Eso y los comunicados emitidos por la radio de Puerto Belgrano, a cargo del capitán de corbeta Hugo Soria, surtieron notable efecto.
1955 Guerra Civil. La Revolucion Libertadora y la caída de Perón

Autoprotección: Elbit C-MUSIC instalado en aviones de pasajeros



Israel tiene la aerolínea más segura del mundo - y es punto de ser aún más seguro
Rich Smith, The Motley Fool
Reproducido por Business Insider



"¿Cuál es la línea aérea más segura del mundo ? No hay duda . Es El Al, la aerolínea nacional de Israel."
- CBS
Así afirma la revista de noticias de televisión 60 Minutes, en una cláusula inequívoca de la aerolínea nacional de Israel. Hay muchos factores que hacen de El Al la aerolínea No. 1 para volar si no quiere preocuparse por el terrorismo- Medidas de seguridad rigurosas para todos los pasajeros, agentes de seguridad aérea a bordo de todos los aviones, puertas de acero que sujetan la cabina. Todos ellos reducen el riesgo de que los terroristas haciendo de las suyas en el interior de un avión.

Y ahora , Israel está tomando la delantera en la adición de un nuevo nivel de seguridad para eliminar el riesgo de que los terroristas tratan de tomar un avión hacia abajo desde el exterior.

La amenaza

En 2002 , terroristas armados con misiles tierra-aire (MANPADS) rusos Strela-2, intentaron derribar un avión de pasajeros israelí que despegaba del aeropuerto de Mombasa, Kenia. Erraron, pero Israel no es de confiar en la mala puntería de los terroristas para mantener sus aviones seguros en el futuro. Durante años, el contratista de defensa israelí Elbit Systems ha estado desarrollando un sistema de defensa antimisiles en el avión que ofrece protección al alcance de cualquier avión civil.

La solución

Apodado C-MUSIC, el sistema de Elbit detecta y advierte la tripulación aérea de un avión de una SAM entrante, sigue al misil con una cámara infrarroja con visión delantera, y arremete con un láser de gran alcance para desactivar el misil - haciendo que se detone a una distancia segura. Configurado en una "vaina" que se puede conectar al fuselaje de un avión, todo el sistema mide aproximadamente 2.74 metros por 61cm por 61cm, y pesa alrededor de 170 kilos.

Israel ha estado probando C-MUSIC desde hace varios años, y recientemente dio luz verde al sistema para la implementación. Los 38 aviones de la flota aérea de El Al con pronto estarán equipados con C-MUSIC. Entonces, todos los aviones operados por todas las líneas aéreas israelíes.


El costo

¿Cuánto va a costar y cuánto podría C-MUSIC va a valer a Elbit ? Según informes de prensa, el sistema tendrá un costo de alrededor de $ 3 millones de dólares por unidad. A ese precio, el equipamiento de todos los 100 y pico aviones civiles en Israel con C-MUSIC debe generar suficientes ingresos para compensar el 10% de las ventas anuales de Elbit.

A nivel internacional, el mayor cliente extranjero de Elbit es Brasil, que ordenó a los sistemas C-MUSIC a instalar a bordo de sus aviones cisterna de reabastecimiento en vuelo militares KC-390. Lo qué sería una noticia realmente excelente para Elbit, sin embargo, se firmará un importante aerolínea comercial EE.UU. para comprar C-MUSIC. Los cerca de 1.000 aviones en American Airlines Group de la flota, por ejemplo, tendría un valor de ventas de un año a Elbit , mientras que los aviones 700 y pico en las flotas de Delta o United Continental serían casi tan lucrativo.

La competencia

Ganar un cliente de una aerolínea de EE.UU. puede ser difícil para Elbit, sin embargo. Por un lado, las compañías aéreas estarían poco dispuestos a incurrir en el gasto de C-MUSIC en ausencia de una amenaza convincente. Por otra parte, hay un EE.UU. pesca contratista de defensa por el mismo mercado.

El rival de C-MUSIC es el sistema anti-misil "Guardian", fabricado por Northrop Grumman. Guardián se asemeja C-MUSIC en forma, función y precio - salvo por un detalle. Aunque Northrop dice que su sistema costaría $ 3 millones por avión a instalar inicialmente, la compañía cree que si se ordena en escala, eficiencias de producción podrían permitir que empujar el precio del Guardián a $ 1 millón por unidad. A ese precio, las compañías aéreas americanas podrían sufragar el costo del sistema, y proporcionar tranquilidad a los viajantes, por el costo de tal vez $ 1 adicional por boleto.

Y la gran pregunta: ¿Cuándo los estadounidenses llegar a sintonizar con C-MUSIC?

Eso no parece ser un alto precio a pagar por la paz de la mente - no en una época en que los viajeros tenedor rutinariamente más de $ 5 a las compañías aéreas para una comida a bordo que solía ser gratis. Sin embargo, hasta la fecha, no hay aerolíneas de Estados Unidos han expresado su interés en el equipamiento de aviones, ya sea con C -MUSIC o Guardian. Si quiere viajar a salvo de los misiles terroristas, y no se puede reservar un vuelo de El Al, la mejor opción es ir a Alemania, Omán, Qatar o - y se consigue presidente electo, sultán o emir, respectivamente.

¿Por qué? Debido a que los tres países han ordenado según los informes la versión militarizada del sistema Northrop Guardian para sus jefes de Estado. En cuanto al resto de nosotros, que tendremos que tomar nuestras riesgos.

Cine militar: Impactante final para el mayor acorazado de la historia

Film "Otokotachi no Yamato"
Acorazado YAMATO 大和

Impresionante recreación digital del final del mayor acorazado de la Historia.


SGM: El fin del Yamato

Mi última guardia en el “Yamato” 
por el Oficial Mitsuru Yoshida 

 

El acorazado «Yamato» comenzó a construirse en 1937. Fue botado el 8 de Agosto de 1940. Sus dimensiones eran de 263 metros de eslora; 36,90 metros de manga y 10,90 metros de calado. Tenía una dotación de 2.750 hombres aproximadamente. Su armamento consistía en 9 cañones de 460 mm.; 12 de 155 mm.; 12 de 127 mm.; 24 de 25 mm. antiaéreos; 4 de 13 mm. antiaéreos y 150 ametralladoras. Contaba con 12 calderas Kampon que le proporcionaban una potencia de unos 150.000 HP. Su motor era de turbina con 4 hélices. Su velocidad máxima era de 26 nudos y tenía una autonomía de 7.200 millas a una media de 16 nudos. Su desplazamiento estándar era de unas 63.700 toneladas y con plena carga de unas 73.000 toneladas. Este acorazado era, con mucho, más grande que los dos acorazados alemanes más famosos: el «Tirpitz» y el «Bismarck». Podía disparar un proyectil a 41 km. de distancia y realizar dos disparos por minuto. 

 
El Yamato durante su construcción 

El 1º de Abril de 1945 el superacorazado «Yamato», de la Armada Imperial Japonesa, se hallaba anclado en el puerto naval de Kure, aguardando reparaciones y mejoras. El gigante buque de guerra, pintado de plata y gris, surgía del mar como una inmensa roca, dominando todo lo que le rodeaba. Yo era el oficial de radar, el de menor graduación a bordo. 
Súbitamente, el altavoz rompió la calma matinal: -«Comenzar operaciones de navegación a partir de las 8,15 hs.; levamos anclas a las 10,00 hs.»- ¡Tropas norteamericanas habían desembarcado en Okinawa! ¿Iríamos a atacarlas, en lo que acaso pudiera resultar la batalla decisiva del área del Mar del Sur? A las 10,00 hs. en punto, el «Yamato» partió. Al caer la noche anclamos en la playa Mitajiri, lugar de reunión de la flota. 
Todo el personal fue llamado a cubierta. Metidos en nuestros uniformes caquis de batalla, y en posición de firmes, 3.000 marinos escuchamos una breve arenga del Capitán Kosaku Ariga, en la que expresaba la ardiente esperanza de que todos nos comportáramos ejemplarmente. Luego, el segundo oficial, Capitán Nomura, gritó: -«¡Qué el “Yamato” (“Japón”, nombre sentimental), como el “Kamikaze” (“Viento Divino”), honren debidamente su nombre!»- 

 
 
 

A la mañana siguiente, divisamos un bombardero norteamericano B-29. Nos lanzó una bomba mediana que no causó daños, pero que desvaneció toda esperanza de guardar el secreto de nuestra navegación. Alcancé a oír decir a mis superiores, que nuestro ataque estaría combinado con ataques de aviones kamikaze contra el enemigo, en el área de Okinawa. Los contraataques de cazas enemigos superiores, contra nuestra pobre aviación suicida, sobrecargada de explosivos, habrían sido paralizantes. Ahora se hacía necesario atraer con engaño a los aviones enemigos, de suerte que nuestros kamikaze pudieran operar con mayor efectividad. 

 


Esto requería algo que atrajera al mayor número de aviones y resistiera sus ataques el mayor tiempo posible. El «Yamato», con su escolta, resultaba la mejor carnada. Y así, mientras nuestra flota atraía sobre sí el peso de la presión de las fuerzas aéreas enemigas, quedaría despejado el camino para que nuestros aviones suicidas se apuntaran grandes éxitos en sus ataques. Si sobrevivíamos a esta fase de la operación, nuestro objetivo sería avanzar por el centro de las posiciones del adversario y realizar el máximo de destrucción posible. A este fin el «Yamato» estaba cargado a plena capacidad de municiones, para todas las armas que llevaba. ¡Sus tanques, sin embargo, sólo llevaban el combustible necesario para el viaje de ida a Okinawa! Lo que era un suicidio, dictado por la desesperación. Bien entrada la tarde del 5 de Abril, el altavoz anunció: -«Listos para una ración de sake... ¡Cantina abierta!»- Se invitó a los guardiamarinas para el brindis final. Pero cuando el oficial navegante levantó su copa, esta se le escapó de su mano temblorosa y se rompió contra la cubierta: todos comprendimos que la muerte era el destino inevitable y probablemente cercano. Y que, cuando llegara, cada uno de nosotros tendría que saludarla con valor y corazón resuelto. 
A la tarde siguiente la insignia de combate del «Yamato» batía el aire. Armas y equipos estaban listos. A las 16,00 hs., el resto de lo que fue la gran flota japonesa, navegaba hacia Okinawa. El crucero ligero «Yahagi» y ocho destructores servían de escolta. A las 18,00 hs. tocaron a asamblea y el segundo oficial leyó las solemnes palabras que nos dirigía el comandante en jefe de la flota unida: -«¡Haced de esta operación el punto decisivo de la guerra!»- Seguidamente se tocaron el himno nacional del Japón y otros aires marciales. Por último, se dieron tres vivas a Su Majestad Imperial. Yo tenía el encargo, en el puente, de recoger los informes de los vigías y retransmitirlos al Capitán Ariga y sus ayudantes. A mi izquierda estaba el vicealmirante Seiichi Ito, comandante de las fuerzas navales; su jefe de estado mayor, el contralmirante Nobuei Morishita, se hallaba a mi derecha. Yo me sentía afortunado y muy orgulloso. Al romper el alba del 7 de Abril, interceptamos mensajes enemigos que daban nuestro rumbo y velocidad con exactitud. Seguían nuestra posición minuto a minuto. A poco aparecieron dos aviones Martin de patrullaje. Volaron en círculo fuera del alcance de nuestros antiaéreos y continuaron siguiéndonos. El almuerzo fue simple y mísero: arroz acompañado de un té negro caliente, que bebimos hasta llenar el estómago. 

 
Antes del ataque 

A las 12,20 hs. el radar advirtió la presencia de una formación aérea. La tensión aumentó, y cada vigía forzó la vista buscando los aviones que se anunciaban. Súbitamente, una gran formación irrumpió estrepitosamente de entre las nubes y giró en amplio círculo de izquierda a derecha. -«¡Más de cien aviones!»- gritó el oficial navegante. La orden de «¡Fuego»! dada por el capitán, fue seguida de un vivo estruendo producido por 24 cañones antiaéreos y 150 ametralladoras, a las cuales se sumaron las principales baterías de los buques de escolta. Un hombre que estaba cerca de mí, cayó abatido por un fragmento de bomba. En nuestro flanco derecho, el destructor «Hamakaze» había sido alcanzado y empezaba a hundirse. Su popa sobresalía, alta, en el aire. En treinta segundos desapareció bajo las aguas, dejando solamente un círculo de arremolinada espuma. Sobre nosotros, convergían torpedos desde todas las direcciones. Marchando a la velocidad máxima de 26 nudos, zigzagueábamos desesperadamente. El balanceo y la vibración eran terribles. Balas de ametralladoras, disparadas por los aviones, barrían el puente. Una y otra vez escapamos de los torpedos, a menudo por milímetros, pero al fin, a las 12,45 hs., nos alcanzó uno por la parte delantera, a babor. Luego recibimos dos impactos de bombas a popa. En ese momento, la primera oleada enemiga se retiró. 

 
 
El Yamato evadiendo el destino 

Se me entregó una orden: «El cuarto de radar a popa dañado por las bombas. Inspecciónelo inmediatamente». Penetré la cortina de humo hacia la cubierta de popa. A pesar de los fuertes mamparos de acero, el cuarto de radar había sido partido en dos y su mitad superior volada en pedazos. ¡Restos de lo que habían sido ocho seres humanos se hallaban esparcidos aquí y allá! Y habría estado entre ellos, de no haber sido por mi turno de guardia en el puente. Un ruido estremecedor se nos iba acercando. Miré hacia arriba y vi aparecer la segunda oleada de aviones enemigos. En ese instante, pensé: «No es este el lugar donde debo morir». Corrí a mi puesto en el puente. Y cuando ya iba a trepar la escalera, una explosión me obligó a entrecerrar los ojos. Cuando los abrí, una nube de humo blanco se alzaba del sitio donde había estado la torre de control de incendios. Trepé la escalera oyendo rebotar las balas de las ametralladoras sobre las planchas de acero, cerca de mí. 
En este segundo ataque, tres torpedos alcanzaron el costado de babor, cerca de la arboladura de popa. Aún el poderoso «Yamato» resultaba incapaz de resistir golpes tan duros, y nuestra tremenda capacidad de fuego parecía inútil. Tan pronto lanzaban sus mortales cargas, los aviones giraban evitando nuestro fuego y barrían nuevamente el puente con sus ametralladoras. De vez en cuando, caía al mar un avión incendiado, pero ya su misión había sido cumplida. La precisión y serenidad con que esos pilotos repetían sus ataques, eran buena prueba de la fortaleza del enemigo. Una tras otra las torres de los cañones del «Yamato» fueron volando por el aire, bajo el impacto de las bombas. Las que erraban el blanco, estallaban elevando grandes columnas de agua a través de las cuales pasábamos lentamente. La segunda oleada de ataque se retiró; pero en cuestión de segundos ya estaba encima la tercera que hizo cinco impactos en el costado de babor. El clinómetro comenzó a registrar una leve inclinación a la banda. -«¡Todo el mundo a equilibrar el buque!»-, ordenó el capitán por el altavoz. Teníamos que corregir la escora a cualquier precio, y se ordenó bombear agua del mar en los cuartos de máquinas y calderas de estribor. Telefoneé apresuradamente para prevenir a estos compartimientos, pero ya era demasiado tarde. Por las brechas que abrieron los torpedos y las válvulas de inundación, el agua penetró impetuosamente, segando la vida de los hombres que estaban en sus puestos, cientos de ellos en total. A unos 3.000 metros adelante, el crucero «Yahagi» yacía inerte en el agua. Un grupo de aviones que se preparaban para picar sobre el «Yamato», invirtieron la marcha y acribillaron al «Yahagi» con más de diez torpedos. Un torbellino de espumas grises giró en torno suyo al hundirse. El destructor «Isokaze», también detenido, emitía bocanadas de humo negro. Lo único que quedaba intacto de la escolta de nueve buques eran los destructores «Fuyutzuki» y «Yukikaze». Los otro siete yacían escorados o hundidos. 
La cuarta oleada de ataque venía ahora por la proa, a babor. ¡Y eran más de 150 aviones! Los torpedos abrieron nuevas brechas en la banda de babor, mientras que las bombas caían sobre el palo de mesana y el alcázar. Los grandes cañones quedaron reducidos a silencio y sólo unas pocas ametralladoras permanecían intactas. Un grupo de hombres trataba desesperadamente de extinguir un violento incendio en el alcázar. Súbitamente el teléfono transmitió un alarmante informe: «¡Inundación inminente!» Una detonación que se produjo a popa reverberó a través del buque: terminaron los informes. Dejando escapar columnas de llamas, la popa pareció elevarse considerablemente en el aire durante un momento. Grandes nubes de humo negro emergían de un punto próximo a la chimenea. Hubo un repentino aumento de 35 grados en nuestra inclinación y la velocidad se redujo a sólo siete nudos. El enemigo surgió de las nubes para darnos el golpe de gracia. Tendido sobre la cubierta, me aseguré para resistir los efectos del estallido de las bombas. La aguja del clinómetro seguramente continuaba avanzando, porque oí que el segundo oficial informaba: -«Es imposible corregir la escora»- Los hombres se mezclaban desordenadamente en la cubierta inclinada, pero un grupo de oficiales de estado mayor salieron del tumulto y treparon hasta donde se hallaba el comandante en jefe. El jefe de estado mayor los saludó. Luego el comandante cambió significativamente apretones de mano con los oficiales y entró en su camarote. Fue esta la última vez que vimos al comandante de la segunda flota, el vicealmirante Seiichi Ito. Del personal del puente quedábamos menos de tres supervivientes. Vimos al oficial navegante y a su ayudante atarse a la bitácora para evitar la vergüenza de sobrevivir cuando el buque se hundiera. Nosotros comenzamos a hacer lo mismo. Pero el jefe de estado mayor nos ordenó que nos lanzáramos al agua, y acompañó la orden con un buen puñetazo a cada uno para obligarnos a obedecer. Yo me escurrí por la portañola del vigía, cuando el barco herido alcanzaba una increíble inclinación de 80 grados. 
El «Yamato» comenzaba a hundirse. Boqueando en busca de aire yo era succionado hacia abajo, lanzado hacia arriba, sacudido de un lado a otro, restregado contra todo. Sofocado y tirando puntapiés, me abrí paso hacia la única luz que podía ver: un resplandor gris verdoso hacia arriba. Luego, de modo sorprendente, me hallé en la luz del día. Cuando el buque se sumergió, enormes columnas de llamas se alzaron relampagueantes y se oyó el ruido terrible de municiones que estallaban y de compartimientos que reventaban por presión de aire. El aceite derramado me produjo escozor en los ojos. Me enjuagué la cara y tragué aire. Cerca de mí había grupos de nadadores, cuerpos inertes flotando, residuos astillados y carbonizados: era todo lo que quedaba del buque de guerra más poderoso del mundo. Caía una lluvia densa. La batalla contra el «Yamato» había terminado, pero comenzaba otra: esta vez contra las heridas, el aire y el agua fría. Algunos enloquecieron y se ahogaron. Otros, con heridas profundas, gemían de dolor, aunque el aceite negro derramado servía para evitar que se desangrasen.

De pronto, el «Fuyutzuki» se dirigió hacia nosotros; viró de popa hacia la izquierda y se quedó inerte, como a 200 metros de distancia, mientras sus cañones continuaban disparando inútilmente contra los aviones enemigos. En el esfuerzo prolongado por llegar al buque, el aceite se hacía sentir por lo espeso como caramelo derretido. Pocos llegaron hasta el barco. Desde la cubierta gritaban algunas voces: «¡Apresúrense!» Yo me abalancé sobre una escala de cuerdas. Chorreando sangre y aceite, me bamboleaba precariamente mientras izaban con lentitud la escala. Dos hombres de a bordo me tomaron por las manos. Me eché sobre la cubierta, extenuado. Me quitaron el uniforme y me metieron los dedos hasta la garganta para hacerme vomitar el aceite que había ingerido. Alguien dijo: -«Está herido en la cabeza, señor»- No me había dado cuenta de que tenía un corte en el cuero cabelludo. Tambaleándome, me abrí paso hasta la enfermería, llena de cadáveres. 

 
 

El «Yamato» hundiéndose por popa: 
 

Cuando desperté, en la mañana del 8 de Abril, el sueño me había restaurado las fuerzas. Sobre cubierta, el sol de primavera me inundó los ojos. La inútil salida del «Yamato» había terminado. Íbamos de regreso al hogar. Pronto estuvieron a la vista las montañas del Japón. Su belleza me hizo contener el aliento y, por fin, suspiré de alegría. Después de todo, ¡qué maravilla es vivir! 

Fuente: Historias Secretas de la Última Guerra ("Actas del Instituto Naval de los Estados Unidos")
Transcripción: Psicólogo Eduardo Macri 




martes, 18 de marzo de 2014

Israel: El 100º Escuadrón de Inteligencia Aérea

La inteligencia israelí estaría indefensa sin su escuadrón de "Camellos Voladores"
David Cenciotti, The Aviationist
Reproducido por Business Insider



El 100º Escuadrón no sólo es la más antigua unidad de la fuerza aérea israelí.
El Escuadrón de los "Camellos voladores" es también una de las de mayor actividad de la IAF en términos de horas de vuelo.
Ha tomado parte en cada guerra librada por Israel desde Guerra de la Independencia de 1948, y sus aviones espías casi constantemente sobrevuelan la frontera entre Israel y Líbano, cerca de Gaza, o donde quiera que se solicitan para recolectar imágenes, observar blancos terrestres y detectar cualquier actividad de Hamas o de Hezbollah.
De hecho, su tarea consiste en proporcionar inteligencia visual y la orientación para hacer los ataques aéreos quirúrgicos (y eficaces)  de Israel.
El escuadrón está equipado con el "Tzufit", un muy modificados Beech 200 Super King Air que se ha embalado con sistemas de vigilancia electro-ópticos avanzados (y en su mayoría secretos) que actúa como un avión espía, así como un puesto de mando en el aire.
Durante sus vuelos de rutina de vigilancia, la aeronave reúne los datos que se utiliza para construir y actualizar una base de datos de objetivos en tierra: si se reporta una actividad sospechosa o un ataque real cohete dentro de la Franja de Gaza, uno de los aviones se demora revueltos de detectar la objetivo (si no está ya volando en las cercanías), identificar y seleccionarlo "limpiarlo" (lo que confirma que no hay civiles cercanas), y luego la emisión en directo las imágenes de los terroristas a una amplia variedad de "clientes", los aviones de ataque, helicóptero, aviones no tripulados, las patrullas terrestres, que tendrán la tarea de destruir realmente.
En otras palabras, el modificado, aparentemente inofensivo avión bimotor turbopropulsado es fundamental para todo el proceso que va desde la selección a la destrucción del objetivo.



El comandante del 100º Escuadrón, el teniente coronel Yoav (apellido no puede revelarse) fue entrevistado recientemente por el Jerusalem Post en la sede de la unidad en el aeropuerto de Sde Dov en Tel Aviv.
Lo que él dijo es interesante bajo varios puntos de vista.
En primer lugar, explicó que la aeronave Beech de su escuadrón brinda apoyo a fuerzas militares  en Judea y Samaria, en la frontera con Gaza, y también han volado en el extranjero, cuando han tomado parte en un ejercicio conjunto con la Fuerza Aérea Helénica en Creta.
A continuación, destacó la importancia de las plataformas de inteligencia tripulados contra drones, revelando una competencia sutil con las tripulaciones de los UAV (Unmanned Aerial Vehicle): los aviones pilotados pueden observar blancos terrestres desde una mayor distancia, y de mayor altura, permaneciendo fuera de la envolvente de los misiles superficie-aire. Además, los turbohélice "Tzufit" son más rápidos que los drones (de ahí que rápidamente se puede desviar a seguir un "blanco de oportunidad") y se ve menos afectada por el mal tiempo.
Una vez que el objetivo ha sido entregado a una plataforma de ataque, el ataque subsiguiente se puede abortar, incluso cuando un misil ya está en el aire en su camino hacia el objetivo.
"Estamos en contacto con todo lo que ocurre en el Medio Oriente", dijo Yoav al JP. "Si pasa algo, nos involucramos", y podemos entender la razón.

Turquía: Granadero pesado nocturno

Un MKE T-50 (HK-33) turco muy tuneado, pesado y desbalanceado

El granadero turco porta 5 cargadores de 30 tiros, un visor nocturno y un lanzagranadas M203 montado en su T-50 (HK-33 producido bajo licencia). Sin dudas es un arma que debe requerir mucho entrenamiento para lograr usarse apropiadamente dado que fácilmente supera los 7 kilos de peso.