4 de las cosas más extrañas que los nazis hicieron
Emma Liem ||
We Are The MightyTodos estamos de acuerdo en que el Partido Nazi fue una banda de psicópatas delirantes y terriblemente crueles. Lo que quizá no todos saben, sin embargo, es que los secuaces de Hitler y las SS también podían ser, a veces, muy pero muy torpes.
Desde campañas de propaganda fallidas hasta intentos de asesinato ridículos, a los alemanes no les faltaron episodios absurdos.
1. Operación Santo Hitler (aka vamos a secuestrar a Pío XXII)

En cierto modo, Hitler podía parecer un tipo austero y discreto. Era vegetariano, no le gustaba fumar y vestía de manera más bien peculiar. Pero, por encima de todo, como bien sabemos, era un maníaco ególatra.
Uno de los mejores ejemplos del amor propio del Führer se dio en la década de 1930, cuando decidió que las escuelas católicas locales tenían una sorprendente escasez de recuerdos de Adolf Hitler en sus paredes.
El problema fue remediado rápidamente: los crucifijos de las aulas fueron reemplazados por fotografías de su rostro. Que a nadie se le haya ocurrido que aquello era una locura dice bastante poco de la inteligencia humana en general, aunque tal vez los chicos ya estaban cansados de pasarse el día mirando a un Cristo demacrado.
Una vez que Hitler se hubo colocado simbólicamente en el lugar de Dios, decidió ir un paso más allá.
Y como arrancar literalmente a Cristo del cielo no era una opción, resolvió ir por lo más parecido: el Papa. ¿Mencionamos ya que todo esto formaba parte de un plan más amplio para abolir todas las religiones y declararse a sí mismo dios de Alemania? Porque eso también estaba sobre la mesa.
Sin embargo, Hitler no quería secuestrar al Papa solo por vanidad. En 1943, el papa Pío XII comenzó a denunciar públicamente las flagrantes violaciones de los derechos humanos cometidas por los nazis. Esas denuncias no se difundieron en Alemania. Finalmente, las condenas apenas disimuladas del Papa contra las actividades de Hitler fueron demasiado lejos y, en ese momento, se puso en marcha un verdadero plan. Hitler hizo llamar a su despacho al general de las SS Karl Wolff, le indicó que se acercara y le dijo: “Quiero que usted y sus tropas ocupen la Ciudad del Vaticano lo antes posible, aseguren sus archivos y tesoros artísticos, y lleven al Papa y a la curia hacia el norte”.
Hasta ahí, el plan suena como algo que podría haber ideado un villano de James Bond: audaz, intrigante, pero no completamente demente. Luego entra en juego la segunda fase, y todo se va por la ventana.
El plan, en pocas palabras, era el siguiente: una vez que los soldados nazis hubieran capturado el Vaticano y al Papa, un segundo grupo se infiltraría en la Santa Sede haciéndose pasar por un equipo de rescate. Pero, en lugar de rescatar al Papa, afirmarían que el primer grupo de nazis era en realidad una banda de asesinos italianos. Entonces matarían a todos y, si el Papa no cooperaba, lo “dispararían accidentalmente” en medio del caos. Si mantenía la cabeza baja, podrían arrastrar a Pío XII de regreso a Alemania y encerrarlo en un castillo. Después, los nazis culparían a los italianos y todo quedaría, en teoría, perfectamente resuelto.
Papa Pío XIIAl menos, ese era el plan. Por suerte, Wolff se dio cuenta de que aquello era completamente psicótico y avisó a los italianos, que se indignaron con toda razón. Tampoco fue demasiado sutil al respecto: llegó incluso a conceder una entrevista a un diario italiano local,
Avvenire, propiedad de la Iglesia católica. Según
The Guardian, en esa entrevista Wolff habría declarado: “Recibí de Hitler en persona la orden de secuestrar a Pío XII”.
Lo más extraño de esta historia, sin embargo, es que, según el historiador Robert Katz, asesinar al papa Pío XII no habría beneficiado en absoluto ni a Alemania ni a las potencias del Eje. Hitler estaba dispuesto a arruinarlo todo por puro despecho. O tal vez, quién sabe, en secreto quería quedarse con el sombrero del Papa.
2. La galería "arte degenerado", que en realidad fue un éxito masivo

Antes de que la cruz gamada sobrevolara Alemania, el país que pronto caería en manos del nazismo atravesaba un extraordinario renacimiento artístico. El dadaísmo y el movimiento Bauhaus estaban sorprendiendo al mundo, y la comunidad artística internacional miraba a Alemania como uno de los grandes centros de vanguardia del arte moderno.
Entonces comenzaron las quemas de libros. El arte tuvo que adaptarse al “ideal nazi”: defender los valores arios y alabar la supuesta grandeza y prestigio del Führer. Películas y obras de teatro fueron censuradas, óperas canceladas y pinturas confiscadas. La escena artística alemana estaba siendo desmantelada por completo, y la gente no estaba precisamente contenta.
Quema de libros por parte de nazisLos nazis sabían que la gente estaba enojada por esas nuevas “restricciones creativas”, pero estaban convencidos de que todo se debía a un simple malentendido.
Después de todo, la gente no sabe realmente lo que quiere hasta que alguien se lo muestra, ¿no? Esa fue, básicamente, la estrategia nazi.
Para reeducar a los pobres y confundidos amantes del arte de Múnich, decidieron mostrarles primero lo que no debían querer. Para eso organizaron una exposición llamada
Entartete Kunst, o “Arte degenerado”. La muestra pretendía demostrar que el arte moderno era, en realidad, algo horrible, decadente y nada admirable.
Más de 650 esculturas, pinturas, grabados y libros fueron confiscados de museos públicos alemanes para ser exhibidos “vergonzosamente” en aquella galería. Los nazis dispusieron las obras de manera caótica, para que resultaran menos atractivas, y redactaron explicaciones destinadas a demostrar por qué esas piezas eran, según ellos, aportes inferiores e indeseables para el mundo del arte y para el régimen nazi en general.
Al mismo tiempo, abrieron su propia exposición: la “Gran Exposición de Arte Alemán”, integrada únicamente por obras aprobadas según el ideal ario. De ese modo, pensaban, quedaría claro para el público cuál era el género artístico superior, y el asunto se resolvería de una vez y para siempre.

Pero no fue así.
Lejos de impresionarse con los desnudos de bronce, perfectamente esculpidos y de supuesto buen gusto que llenaban la galería “superior”, los amantes del arte alemanes abandonaron aquella exposición oficialista y se dirigieron —sí, exactamente— a la galería de arte degenerado. Al final, cinco veces más personas visitaron la muestra Entartete Kunst, entusiasmadas por poder ver, al fin, arte moderno legítimo en exhibición. En un solo día, 36.000 visitantes inundaron aquella galería tabú, ignorando casi por completo la “Gran Exposición de Arte Alemán”, que se encontraba apenas a unos minutos de distancia.
Después del cierre de la exposición de arte degenerado, las obras exhibidas fueron quemadas, confiscadas por oficiales nazis o vendidas a museos en una subasta. Las piezas que lograron salvarse pueden encontrarse hoy en museos de todo el mundo, y Entartete Kunst es considerada por muchos como una de las exposiciones de arte más importantes desde el punto de vista cultural de todos los tiempos.
3. La vez que la "bebé perfecta aria" de Hitler terminó siendo judía
Hessy Taft sostiene un cartel de propaganda nazi con su foto de bebé en ella.Cuando uno se instala como un régimen extremista y belicista, necesita asegurarse de tener alguna campaña tierna y simpática para convencer a la gente de que, en realidad, no es un régimen extremista y belicista.
Joseph Goebbels, jefe de la propaganda nazi, aprendió esto bastante pronto. Así que, con el objetivo de hacer que el Tercer Reich pareciera un poco más amable —lo cual resulta irónico, teniendo en cuenta que el tipo parecía Drácula—, en 1935 lanzó una campaña nacional para encontrar al “bebé ario perfecto”: un niño tan pálido y germánico que pudiera convertirse en la vara con la que medir toda belleza infantil.
Uno podría pensar que el bebé nazi elegido encajaría con el ideal blanco, rubio y de ojos azules. Pero, por alguna razón, Goebbels seleccionó a una bebé morena y de ojos marrones. Primer error, si uno es el jefe de propaganda nazi.

Goebbels se dedicó entonces a empapelar Alemania con la foto de aquel bebé nazi estilo Gerber. La imagen apareció en folletos, periódicos, postales y todo tipo de carteles de propaganda.
La mayoría de la gente no se inmutó demasiado ante aquella carita de muñeca que, de pronto, empezaba a aparecer por todas partes. La aceptaron como una incorporación inusualmente tierna al paisaje militarista de la Alemania nazi.
Jacob y Pauline Levinson, en cambio, se asustaron al ver aquella foto, pronto destinada a hacerse famosa, en la portada de Sonne ins Haus, una revista familiar nazi. ¿Por qué? Porque la supuesta bebé de la raza superior era su hija. Y era judía.
Retrocedamos seis meses. Los Levinson habían llevado a su pequeña hija, Hessy, a que le tomara una foto Hans Ballin, un reconocido fotógrafo de Berlín.
Después de la breve sesión fotográfica, le agradecieron a Ballin, pagaron las copias y volvieron a su casa, pensando que el asunto terminaba allí. Para Ballin, en cambio, aquello era apenas el comienzo.
Lo que los Levinson no sabían era que aquel talentoso fotógrafo odiaba secretamente a los nazis. Y los odiaba mucho. Algo así como Brad Pitt en Bastardos sin gloria.
Así que, cuando Ballin se enteró de que Goebbels había organizado un concurso fotográfico destinado a encontrar al niño ario perfecto —un niño que el propio Goebbels seleccionaría personalmente—, no pudo resistir la oportunidad de sabotear todo el asunto.
Werner Goldberg: Soldado mitad judío que se volvió el muchacho de propaganda nazi.“Quería dejar a los nazis en ridículo”, confesó Ballin, según The Telegraph.
Así, como el artista rebelde que era, Ballin presentó la foto de la pequeña Hessy al concurso, con la esperanza de que Goebbels mordiera el anzuelo. Y, por suerte —o por pura ironía histórica—, eso fue exactamente lo que ocurrió.
Lamentablemente, aquello puso a los Levinson en grave peligro, hasta el punto de que tuvieron que huir a Letonia.
Más tarde, los nazis descubrieron su error, pero nunca llegaron a saber quién era Hessy ni dónde estaba escondida su familia.
En una entrevista concedida el año pasado a la revista Death and Taxes, Hessy, ya de 80 años y residente en Estados Unidos, confesó: “Ahora puedo reírme de eso. Pero si los nazis hubieran sabido quién era yo realmente, no estaría viva”.
¿Y quién no se reiría? Con la foto de Hessy, Ballin había logrado ridiculizar a los nazis a escala internacional.
El Tercer Reich tampoco aprendió demasiado de su error: más tarde elegiría a un hombre de ascendencia parcialmente judía como ejemplo perfecto de lo que debía ser un soldado ario de pura sangre.
4. El "Lebensborn" fábrica de bebés nazi
Dos enfermeras nazis pesan a los niños en una casa Lebensborn.Los nazis tenían una fijación verdaderamente extraña con los bebés.
Durante el ascenso de Hitler al poder, miles de niños nacieron dentro de los programas Lebensborn, que eran, básicamente, centros nazis de reproducción creados bajo la supervisión de Heinrich Himmler.
Los niños eran criados para alcanzar el supuesto ideal físico nazi y moldeados para ajustarse a sus estándares de belleza.
Recibían una dieta estricta, eran adoctrinados en el pensamiento nazi e incluso se les trataba el cabello con luz ultravioleta si las enfermeras sospechaban que empezaba a adquirir un tono que no fuera el rubio blanco aprobado por el régimen. En serio.
¿De dónde salían exactamente esos bebés?, podría preguntarse uno. De varios lugares. Muchos de ellos eran producto de una política estatal que alentaba a los soldados de las SS a “relacionarse” con las mujeres consideradas más atractivas de las naciones europeas conquistadas durante la expansión alemana. Si esas mujeres quedaban embarazadas, eran enviadas a una casa Lebensborn, término que literalmente significa “fuente de vida”.
La idea era que esos bebés fueran la “fuente” que impulsaría el crecimiento de la población aria en Alemania y en los territorios ocupados, asegurando una supuesta superraza sonriente, rubia y de ojos azules. Las madres solteras podían quedarse a vivir con sus hijos, siempre que aceptaran las normas de la casa y adoptaran un estilo de vida acorde con el nazismo. Los niños huérfanos, por su parte, eran dados en adopción a familias alemanas consideradas ejemplares.
También hubo bebés y niños secuestrados en países vecinos, siempre que fueran considerados lo bastante “bellos” según los criterios raciales nazis. Polonia estima que perdió alrededor de 100.000 niños durante la guerra.
Los niños de rasgos más oscuros o considerados “menos deseables” eran enviados a campos de concentración junto con sus padres. Lo mismo podía ocurrir con los nacidos en los propios hogares Lebensborn: si un niño tenía un aspecto considerado demasiado poco germánico, o si al crecer se resistía a las enseñanzas nazis, podía ser enviado a morir gaseado en un campo de exterminio. Los bebés que sí superaban esa selección crecieron como parte de los aproximadamente 250.000 niños que fueron nazificados bajo el programa Lebensborn durante la guerra.
Enfermeras de bebé la factoría nazi usan gafas, ya que administran el tratamiento de la luz.Trágicamente, muchos padres entregaban a sus hijos al programa Lebensborn con la esperanza de protegerlos de los horrores de los campos de concentración. Sin embargo, la mayoría de esos niños simplemente eran arrebatados a sus familias, incluso cuando tenían origen judío.
Al parecer, para el programa bastaba con “parecer” ario, siempre y cuando el niño creciera amando a Hitler y despreciando a los judíos, tal como le enseñaban las enfermeras nazis encargadas de criarlo.
Cuando la guerra terminó y los Aliados avanzaron sobre Alemania, encontraron varias casas Lebensborn todavía llenas de niños.
De los cientos de miles de menores que se estima formaron parte del programa, solo alrededor de 25.000 lograron reencontrarse con sus familias de origen.
Muchos padres habían sido asesinados durante la guerra. Pero, en otros casos, fueron los propios niños quienes se negaron a reunirse con sus verdaderas familias, convencidos de su supuesta superioridad y pureza racial después del lavado de cerebro al que habían sido sometidos por los nazis.