lunes, 12 de enero de 2026
Operación Absolute Resolve: El rol preponderante de la guerra electrónica
La guerra electrónica en la operación Resolución Absoluta

2/30 📉 Al final del hilo te demuestro cómo sabemos que los venezolanos sí se defendieron, porque es muy llamativo que sistemas «avanzados» de defensa aérea no lograran hacer nada. ¿Cómo pudo ocurrir esto?

3/30 📡 Defensa aérea no es solo tecnología: es guerra electrónica, coordinación, adiestramiento y sobre todo, alerta temprana eficaz.

4/30 🚨 Alerta temprana significa tener sensores que detecten un ataque con suficiente antelación para generar una respuesta coordinada. Si no hay detección, no hay defensa.

5/30 📊 Venezuela contaba con sistemas como S-300VM rusos, Buk-M2 y radares chinos JY-27, que en teoría debían formar un paraguas defensivo.

6/30 🤔 Entonces, ¿por qué fallaron?
👉 Parece ser que los radares chinos no se integraban con las defensas rusas… con lo que no servía de nada que los radares detectaran la amenaza. Falta de coordinación.

9/30 ⏳ En defensa aérea, cada segundo cuenta. Nadie se atreve a dispararle a un helicóptero desconocido sin saber que está en guerra. Nadie tiene un MANPAD armado y apuntando al cielo, esperando que aparezca una sombra. En el mundo real, los malos no aparecen rodeados de un halo rojo. Esto no es el Call of Duty.

10/30 🧠 Además de material, se necesita adiestramiento exhaustivo para interpretar la información en tiempo real y tomar decisiones rápidas. ¿Cómo se obtiene? Pues el mejor se obtiene en ejercicios internacionales, preferiblemente con los que tienen experiencia real.


12/30 🔧 Y aquí viene otro punto: material sin mantenimiento adecuado pierde efectividad. Incluso sistemas modernos requieren un mantenimiento intenso para funcionar como se esperaba. No vale comprar los S-300; hay que mantenerlos y un buen mantenimiento es seña de unas FAS modernas. No me quiero ni imaginar como estaban las defensas venezolanas.

13/30 🧰 En Venezuela, las sanciones y dificultades logísticas dificultaron la llegada de repuestos y técnicos especialistas, reduciendo la disponibilidad operativa de muchos equipos.

14/30 🧩 Integrar sistemas de distintas procedencias (rusa y china) también presenta retos: si las capas de defensa no se comunican bien, la imagen del espacio aéreo nunca se consolida adecuadamente.

15/30 🔗 Esto es crucial: la defensa por capas (radar de vigilancia: detección → identificación → radar de control de tiro: seguimiento → enfrentamiento) solo funciona si hay coordinación total.


17/30 🛫 En #AbsoluteResolve, EEUU supo explotar fallos en esa coordinación, abriendo huecos suficientes para sus helicópteros y fuerzas especiales.

18/30 📡 Además, la tecnología rusa (y la china) no está a la altura de la OTAN y aliados. Ucrania lo ha dejado patente. Décadas de experiencia acumulada no se recuperan en unos años de inversión.

19/30 🎯 El resultado fue que muchos sistemas que en teoría podían interceptar aeronaves simplemente no pudieron hacerlo a tiempo.

📍Caracas, #Venezuela (🇻🇪)
— SA Defensa (@SA_Defensa) January 7, 2026
The Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) has identified a component of the AGM-154C-1 JSOW that was utilized in the January 3rd strikes as part of Operation Absolute Resolve. https://t.co/36YrlTOdob pic.twitter.com/C89OVqKpq4

24/30 🤝 En alianzas grandes, los ejércitos comparten doctrinas, entrenamiento, simulaciones conjuntas y procedimientos estandarizados, lo que genera respuestas más rápidas y coherentes.


26/30 🔄 Esa practica repetida crea “memoria operativa” colectiva: todos saben lo que los demás van a hacer incluso antes de que ocurra. Y experiencia.

27/30 🛡️ Otro aspecto: una alianza fuerte permite adquirir y mantener equipos con soporte técnico continuo, alineado a estándares comunes.
28/30 📈 Las defensas aéreas solo funcionan con mantenimiento riguroso, entrenamiento continuo y coordinación.

29/30 🚀 En resumen: no fue solo el material lo que falló, sino la integración, mantenimiento, adiestramiento y alerta temprana los que fueron superados por una operación coordinada y tecnología sofisticada.

30/30 🧠 Los marinos llamamos a la defensa aérea guerra antiaérea (AAW) y es uno de los capítulos de mi libro: .
domingo, 11 de enero de 2026
Argentina: Contactos nucleares del ARA San Juan en 2017
Contactos nucleares del 9 y 10 de julio de 2017
Basado en un posteo de Mariano Sciaroni
El 9 y 10 de julio de 2017, en plena inmensidad gris del Atlántico Sur, el ARA San Juan vivió uno de esos episodios que en la guerra antisubmarina quedan grabados más por lo que sugieren que por lo que permiten demostrar. A la altura de Puerto Deseado y a unas 250 millas náuticas de la costa —es decir, ya en un espacio donde el mar se abre y el “ruido de fondo” se vuelve un actor tan importante como cualquier buque—, el submarino argentino obtuvo dos contactos que fueron tratados como submarinos. El del día 9 aparece primero por “registrador” y luego por audio: esa secuencia, para quien conoce la rutina de un sonar, es casi cinematográfica. Primero la huella queda en el registro (la traza, el evento, el patrón que sobresale del ambiente), y luego el operador confirma con el oído entrenado: el sonido característico, el tono estable o el “rumor” mecánico que no se comporta como un buque mercante ni como una perturbación biológica. Que haya pasado de registro a escucha sugiere algo más que un eco distante: implica una situación de geometría viva, con ambos submarinos lo suficientemente cerca como para que la señal fuese útil, explotable, y digna de ser grabada con la expectativa de un análisis fino posterior.
El 10 de julio, el contacto tuvo un rasgo todavía más revelador: una variación rápida en la marcación (bearing). En sonar pasivo, la marcación es la brújula del cazador: no da distancia, pero sí dirección. Y su velocidad de cambio es, muchas veces, el primer indicio de “proximidad táctica”. Un blanco lejano tiende a moverse lentamente en azimut; cuando la marcación gira rápido, algo está pasando: o el contacto está cerca, o uno de los dos (el propio submarino o el contacto) está maniobrando con decisión, o ambas cosas a la vez. La lectura intuitiva es la que señalás: “si gira rápido, estaba muy cerca”, porque a igual velocidad relativa, el ángulo cambia más deprisa cuanto menor es la distancia. Pero en un análisis serio hay que sostener también la alternativa técnica: una maniobra del San Juan (cambio de rumbo o velocidad) puede “hacer correr” la marcación de un blanco a distancia moderada, y un cambio de capa acústica o de propagación puede intensificar o degradar el contacto en pocos minutos. Por eso estos eventos se tratan como piezas de un rompecabezas: no se interpretan por un solo síntoma, sino por el conjunto de síntomas (estabilidad del contacto, continuidad tonal, coherencia del DEMON/blade-rate si se lo trabajó, consistencia con tráfico mercante, etc.).
Que los contactos se tomaran con sonar pasivo era lo esperable y, de hecho, casi inevitable. El activo ilumina, pero también delata: en un escenario donde no se pretende escalar y donde el valor principal es “saber sin ser sabido”, el pasivo es la herramienta natural. Además, el pasivo permite algo crucial: grabar. Cuando se graba un contacto, se conserva el insumo para el trabajo “de laboratorio” que viene después: separación de banda ancha y banda angosta, búsqueda de líneas tonales estables (maquinaria, bombas, generadores), estimación de velocidad a partir de componentes periódicas (si el análisis lo permite), comparación con bibliotecas de firmas, y clasificación (submarino / superficie; militar / mercante; probable tipo). Ese “después” es donde, en condiciones normales, se decide si la hipótesis “submarino nuclear” es sólida o sólo una etiqueta preliminar. Porque conviene ser estrictos: desde lo técnico, pasivo por sí solo rara vez “prueba” nuclearidad; lo que puede dar es un conjunto de indicios (régimen sostenido alto, ciertos patrones mecánicos, calidad de maquinaria, firma tonal) que llevan a un “probable SSN” con mayor o menor confianza.

Estas son las pos del San Juan en la carta y la derrota posible del submarino de otro país, considerando la información que más o menos tenemos. Si hoy
intentás reconstruir la escena en una carta, la lógica es la de la
geometría de marcaciones: ubicás las posiciones estimadas del San Juan
y trazás líneas de demora (bearing lines) para cada marca relevante del
contacto. Con dos o más marcaciones tomadas desde diferentes posiciones
del propio submarino —idealmente con algo de separación temporal y
espacial— se puede armar un esbozo de “solución de seguimiento” (TMA, target motion analysis)
aunque siempre con ambigüedades: sin distancia directa, muchas
trayectorias pueden calzar con los mismos ángulos. Ahí es donde entra el
dato cualitativo de tu relato: el cambio rápido de marcación del día
10, combinado con la obtención clara por audio, tiende a restringir
soluciones absurdas y empuja hacia escenarios donde hubo cercanía
táctica o maniobras marcadas. En criollo técnico: el contacto dejó de
ser un rumor lejano y pasó a ser un problema de geometría inmediata, lo
bastante “real” como para justificar grabación y posterior explotación. Y
lo más inquietante es justamente lo que queda abierto: si esas
grabaciones existieron y fueron elevadas para análisis, la conclusión
—la verdadera,_toggle de inteligencia— no está en el momento del
contacto, sino en lo que arrojó (o no arrojó) el trabajo posterior de
clasificación. En guerra submarina, a veces el episodio más importante
no es cuando “lo oíste”, sino cuando alguien, días después, te dice qué
era lo que estabas oyendo.
¿De qué país era? Nuclear y en el Atlántico Sur, nos deja básicamente tres opciones. Británico (la más probable): https://elsnorkel.com/2010/05/enemigos-cerca-de-casa-submarinos_739.html ; Estadounidense: https://en.mercopress.com/2021/02/15/falklands-defined-as-british-independent-overseas-territory-by-us-navy-triggers-reaction-in-buenos-aires o Ruso: https://elsnorkel.com/2013/01/submarinos-extranjeros-en-la-patagonia.html . Veamos.
Contactos históricos en la Patagonia
En la Patagonia argentina, el mar tuvo momentos en que dejó de ser “fondo” y se volvió protagonista. Entre el 21 y 22 de mayo de 1958, y luego otra vez entre el 20 y 29 de octubre de 1959, unidades de la Armada Argentina que estaban en ejercitaciones detectaron contactos submarinos en zonas sensibles: primero en el Golfo Nuevo y después frente a Comodoro Rivadavia, con la fragata ARA Heroína y el refuerzo de los recién incorporados aviones Neptune de la Aviación Naval. Pero la secuencia que quedó grabada como una verdadera cacería se extendió del 30 de enero al 26 de febrero de 1960, también en el Golfo Nuevo: un contacto inicial, fortuito, derivó en persecuciones y ataques repetidos desde superficie y aire. Se intentó identificación, no hubo respuesta, y el comportamiento del intruso resultó tan desconcertante como técnicamente elocuente: parecía “ofrecer” el contacto en ciertos momentos, pero con superioridad de maniobra y velocidad buscaba arrastrar a los perseguidores mar afuera; cuando la persecución cruzó el límite de las 12 millas, se ordenó cortar, y aun así esa misma noche reaparecieron nuevos contactos dentro del golfo, alimentando la sospecha de más de un submarino. El patrón operativo terminó describiéndose por fases: una inicial de choque, una etapa evasiva con múltiples contactos breves (como si un submarino distrajera para aliviar a otro potencialmente averiado), un momento de escape hacia zonas menos “cómodas” y, finalmente, una fase de ausencia con rastrillajes metódicos. Hubo instancias de afloramiento parcial —lo suficiente para clasificar “positivo”—, y con el correr de los días se consolidó un perfil técnico: diesel/eléctrico, con snorkel, capaz de sostener 16 a 20 nudos en inmersión, dotado de buen sonar, con medidas de apoyo electrónicas (MAE/ESM) y la necesidad periódica de asomar la vela o parte de ella. En un teatro donde la mayor parte del tiempo se combate contra un eco, esas características no eran un detalle: eran la firma de una intrusión consciente, moderna para su época, que no buscó combatir ni hablar, sino resistir, confundir y desaparecer.
La explicación más inquietante no estaba dentro del golfo, sino en el mundo que lo rodeaba: la Guerra Fría empujaba submarinos oceánicos a mares “periféricos” para medirlo todo —temperaturas, salinidad, corrientes— y, sobre todo, para ensayar rutas y condiciones de operación futura. En ese tablero, los soviéticos ya disponían de submarinos de largo alcance clase Zulu (Proyecto 611), diseñados como oceánicos y capaces de campañas extensas sin reabastecimiento, con velocidades en inmersión del orden de los 16 nudos y equipamientos que calzaban con lo observado en Patagonia. Se registran campañas largas, con apoyos logísticos y misiones de recopilación ambiental y geofísica pensadas para facilitar operaciones posteriores en un Atlántico Sur considerado con defensas antisubmarinas relativamente escasas. Del lado estadounidense, el Atlántico Sur tampoco era ajeno: en 1958 se ejecutó Operación Argus con detonaciones nucleares atmosféricas desde una fuerza naval ubicada aproximadamente entre Malvinas y Ciudad del Cabo (un despliegue que razonablemente habría requerido vigilancia y seguridad submarina), y en 1960 el enorme USS Triton realizó su circunnavegación sumergida, con episodios de búsqueda de contactos y un itinerario que incluyó proximidad operativa al área y posterior navegación hacia el sur bordeando la costa argentina. En el propio Golfo Nuevo, incluso, se sumaron expertos de la U.S. Navy y se aportaron medios de detección y torpedos aéreos guiados, un dato que sugiere que, para Washington, aquello no era una anécdota local sino un evento técnicamente serio. Sin embargo, el enigma nunca se cerró con reconocimiento oficial de ningún país: quedaron croquis nocturnos, mástiles vistos contra la luna —¿periscopio, radar, snorkel?—, una estructura en proa interpretada como carenado sonar o como antenas de comunicaciones, y un detalle técnico casi “de manual” que alimentó hipótesis: ciertos submarinos soviéticos necesitaban aflorar para operar comunicaciones de alta frecuencia sin riesgos en acopladores y aisladores, algo que encajaba con la conducta observada. Por eso, cuando décadas más tarde el Atlántico Sur volvió a llenarse de silencios después de 1982, la sorpresa no fue que hubiera submarinos extranjeros: la verdadera lección era que la Patagonia ya había sido, desde mucho antes, un escenario real del ajedrez submarino global, donde lo único permanente es que casi nada se ve y casi todo se infiere.
Contactos británicos del tercer tipo
Años después de 1982, el Atlántico Sur siguió siendo un tablero con piezas visibles y una pieza invisible (El Snorkel). En la superficie, la presencia británica se sostuvo con un esquema casi permanente: un buque de combate (destructor o fragata), un buque logístico de la Royal Fleet Auxiliary y un patrullero con base en las islas, de modo que nunca faltara una “bandera” naval cerca de Malvinas y, si por rotaciones no estaba en estación, al menos hubiera una unidad lista para llegar en menos de dos semanas de navegación. Pero el verdadero núcleo disuasivo fue menos fotogénico: a intervalos regulares, un submarino de ataque se sumaba al dispositivo. Sus movimientos no se anunciaban; se filtraban lo justo para que el adversario supiera que, en cualquier crisis, podía haber un casco silencioso escuchando, siguiendo o cerrando una derrota. Cada vez que subía la tensión —por ejemplo, cuando se reactivaban polémicas políticas o económicas alrededor de los recursos en aguas circundantes—, la mera posibilidad de un submarino en patrulla funcionaba como mensaje estratégico: no se ve, no se discute, pero condiciona todo.
Corazón delator: El HMS “Sealion” arribando a Gosport, luego de su patrulla en Malvinas en el año 1987. Nótese el “Jolly Roger” con dos dagas –operaciones de comandos - y la bandera chilena, que indica que tocó un puerto de dicha nacionalidad en el camino de regreso. El “Sealion” fue dado de baja ese mismo año (Foto3: Chris Parfitt)
La posguerra inmediata tuvo un clima raro, casi de “alto el fuego imperfecto”: la rendición en las islas no implicó, en términos estrictamente operacionales, que el continente quedara desarmado de un día para el otro, y esa ambigüedad alimentó una vigilancia británica intensa alrededor del archipiélago y también frente al litoral argentino. En ese marco hubo patrullas prolongadas de submarinos convencionales y nucleares, con misiones que rozaban la “semi-guerra”: permanecer cerca, recolectar inteligencia, y estar listos para reaccionar ante cualquier señal de recomposición ofensiva. El nerviosismo llegó a un punto álgido en mayo de 1983, cuando circularon temores de un posible raid argentino para el 25 de mayo y se reforzó el despliegue submarino, aunque el golpe nunca se materializó. Durante los años 80, los submarinos convencionales —especialmente los diesel-eléctricos de gran discreción acústica— fueron instrumentos finos de espionaje: patrullas largas, escucha de emisiones, observación por periscopio y aproximaciones que, para lograr ciertos avistamientos costeros, sólo podían hacerse entrando muy cerca y, en términos prácticos, cruzando límites sensibles de jurisdicción marítima. En paralelo, el submarino ofrecía algo más que sensores: podía ser plataforma para operaciones especiales, insertando o recuperando comandos (SAS/SBS) en litorales remotos; y el viejo lenguaje simbólico naval —el “Jolly Roger” con dagas— insinuaba ese tipo de acciones sin describirlas. Los convencionales, limitados por autonomía, podían apoyar la logística local atracando en instalaciones en las islas; los nucleares, con patrullas mucho más largas, rara vez necesitaban emerger y, cuando lo hacían, solía ser para visitas discretas a puertos “amigos” en la ruta.

HMS “Sceptre” en Simonstown, principios de abril de 2010. Nótese el pésimo estado del recubrimiento anecoico de la vela – similar estado al de su gemelo HMS “Spartan” en su visita a Río de Janeiro en 2005 (Foto1: The People’s Navy – South Africa)
En ese juego, la Armada Argentina buscó aprovechar las pocas oportunidades en que el velo se levantaba: cuando un submarino aparecía en superficie o transitaba por corredores previsibles hacia un puerto regional, se abría una ventana para “tocar” al intruso con medios antisubmarinos y, sobre todo, para medirlo. El objetivo técnico clave era capturar su firma: su huella acústica (tonales de hélices, maquinaria, ritmos característicos) y parámetros observables que alimentan una biblioteca de inteligencia naval y mejoran la detección y clasificación futuras. Hubo al menos un caso paradigmático: al conocerse que un submarino británico ingresaría en superficie a aguas territoriales argentinas en tránsito hacia Punta Arenas, se planificó una intercepción con aeronaves S-2 Tracker de la aviación naval antisubmarina, precisamente para registrar datos y firma acústica. Ese tipo de “contacto” no implica combate; implica ganar información en un dominio donde casi todo es negación y silencio. Con la baja de los últimos submarinos convencionales británicos, el problema tendió a concentrarse en unidades nucleares —más persistentes, más difíciles de forzar a exponerse— y el costado estratégico se volvió más serio: un submarino de ese tipo, además de vigilar, puede portar armamento de largo alcance, y su mera presencia cerca del litoral altera el cálculo político-militar. La conclusión operativa es directa: sin sensores, plataformas y doctrina antisubmarina sostenidas, el mar propio se vuelve un lugar donde el adversario entra, escucha y se va; con capacidades adecuadas, al menos se lo incomoda, se lo mide y se eleva el costo de cada patrulla.
Contactos norteamericanos en el Atlántico Sur
En el Atlántico Sur, donde la geografía parece fija pero la señal política cambia con un solo mensaje, un episodio reciente volvió a encender alarmas en Buenos Aires: desde la cuenta oficial del Comandante de la Fuerza de Submarinos del Atlántico de la Marina de EE.UU. (Comsublant), se informó que un submarino nuclear estadounidense —el USS Greenville (SSN-772)— había operado en mar abierto “con apoyo británico” y con colaboración de una aeronave asociada a Malvinas, mencionadas en ese mismo marco como “British Independent Overseas Territory”. En términos operacionales, el cuadro es claro: un SSN (submarino de ataque de propulsión nuclear) que patrulla en aguas internacionales y coordina con un medio aéreo —típicamente empleado para enlace, vigilancia, reconocimiento y apoyo a operaciones antisubmarinas— proyecta alcance, interoperabilidad y control del dominio submarino; en términos estratégicos, el gesto es aún más elocuente porque toma como punto de apoyo una base militar británica instalada en territorio cuya soberanía la Argentina disputa y que, además, se ubica en una región que el país reivindica como “zona de paz”. Esa combinación —submarino nuclear + soporte desde el enclave militar británico en Malvinas + lenguaje de “alcance global” y “dominación” del espacio submarino— fue leída en Argentina no como un hecho aislado, sino como una demostración de geoestrategia que trasciende lo bilateral y reubica el Atlántico Sur en el mapa de las grandes potencias.

La reacción argentina se articuló en capas, todas apuntando al mismo núcleo: presencia militar extrarregional y normalización del dispositivo británico en Malvinas. Cancillería expresó preocupación por la navegación de unidades “susceptibles de portar o emplear” armamento nuclear en el Atlántico Sur, invocando la Resolución 41/11 de la Asamblea General de la ONU sobre la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur (con su llamado a reducir y eventualmente eliminar la presencia militar externa y evitar la introducción de armas nucleares u otras de destrucción masiva), y recordó también el espíritu de la Resolución 31/49, que insta a Argentina y al Reino Unido a acelerar negociaciones por la disputa de soberanía y a abstenerse de adoptar medidas unilaterales que alteren la situación mientras dure el proceso. En paralelo, se reforzó el encuadre regional: se convocó a los Estados parte del Tratado de Tlatelolco y sus protocolos a preservar el estatus de desnuclearización militar en América Latina y el Caribe. Del lado estadounidense, la embajada en Buenos Aires buscó “enfriar” la lectura política: sostuvo que el Greenville realizaba una navegación rutinaria en aguas internacionales, sin escalas logísticas en la región, y que sólo colaboró con una aeronave británica mientras transitaba mar abierto. Aun así, la discusión interna escaló: el gobernador fueguino Gustavo Melella calificó el hecho como extremadamente grave —sobre todo por la denominación de Malvinas—, y el senador Jorge Taiana lo enmarcó como una violación de la Zona de Paz y Cooperación y como un acto que tiende a legitimar la ocupación, subrayando además el trasfondo antártico y la proyección global de poder naval. En la lectura de analistas, el episodio se acopló a una fricción previa: la visita frustrada del guardacostas estadounidense Stone durante una gira “Southern Cross” orientada a cooperación marítima e IUU fishing, cancelada por “problemas logísticos”, que dejó la sensación de una relación bilateral atravesada por señales operativas en el mar y respuestas políticas en tierra, con Malvinas siempre en el centro del encuadre.
sábado, 10 de enero de 2026
¿Qué se aprende de la experiencia rusa en artillería de sitio?
Cañones de cristal desde Grozny hasta Mariupol: ¿Qué debe aprender el ejército estadounidense del uso de artillería por parte de Rusia en asedios urbanos prolongados?
Alexander Grinberg | Institute for Modern Warfare

¿Cómo se gana un asedio cuando el enemigo se extiende y destruye tu preciada artillería? Durante la Batalla de Minas Tirith en la tercera película de El Señor de los Anillos , El Retorno del Rey , el Rey Brujo se enfrentó a un desafío único: tomar una ciudad con múltiples capas de defensa que incluían anillos de murallas armados con trabuquetes. Los defensores de la ciudad lanzaron trozos gigantes de piedra, destruyendo las torres de asedio y retirando del combate las rudimentarias catapultas de la fuerza asediadora. El Rey Brujo sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que Gondor destruyera su artillería. También sabía lo que tal pérdida significaría para las perspectivas del asedio. Respondió volando con su Nazgûl para suprimir y destruir las posiciones de trabuquetes de Gondor, lo que permitió a sus fuerzas realizar su propio contraataque.Aunque ficticio, el asedio pone de relieve los problemas reales que pueden afrontar los comandantes al asediar un centro urbano controlado por el enemigo. Dados los patrones de urbanización global, las ciudades tendrán cada vez más probabilidades de desempeñar un papel importante en las operaciones de combate a gran escala (OCAE). Las zonas urbanas son las murallas y fortalezas modernas del mundo de J. R. R. Tolkien, capaces de detener los avances y empantanar a las fuerzas atacantes. Las ciudades también actúan como multiplicadores de fuerza para los defensores. Si bien los fuegos pueden reducir una fortaleza, la artillería de campaña se expone a un riesgo significativo al realizar operaciones de asedio; las lecciones de la guerra en curso en Ucrania destacan vulnerabilidades críticas en la capacidad de supervivencia y sostenibilidad de la artillería. Además, desde una perspectiva militar estadounidense, deben romperse los hábitos desarrollados en entornos comparativamente más permisivos y con la ventaja de la superioridad de la artillería. En su lugar, los comandantes deberían fomentar una selección de objetivos sensata que preserve la potencia de combate de los fuegos y maximice los efectos sobre el defensor en un asedio prolongado.
Un cuento de dos asedios
Aunque Rusia contaba con una ventaja abrumadora en equipamiento y personal sobre los chechenos durante la Segunda Guerra Chechena, las fuerzas rusas tuvieron que llevar a cabo un asedio de meses antes de capturar la capital, Grozni, en febrero de 2000. El ejército ruso dependía de la artillería para preparar el campo de batalla antes de avanzar. La maniobra se mantuvo en reserva mientras la ciudad era bombardeada durante semanas. A pesar de este bombardeo preparatorio, las fuerzas de maniobra rusas que entraban en Grozni se encontraron con un intenso combate por parte de defensores acérrimos que opusieron una férrea resistencia. Las fuerzas rusas arrasaron gran parte de la ciudad, lo que indicaba que estaban cada vez más frustradas por su lento avance. Si bien la ciudad finalmente cayó, el asedio demostró cómo una fuerza menor podía resistir a un ejército mayor en un entorno urbano.
En noviembre de 2004, durante la Segunda Batalla de Faluya, la artillería de campaña estadounidense ofreció a los comandantes de maniobra soluciones tácticas para superar los cuellos de botella urbanos que mantenían a sus fuerzas bajo control. Durante la batalla, los marines estadounidenses dispararon 5685 proyectiles de artillería de 155 milímetros en apoyo de la maniobra terrestre de la coalición. Los comandantes de unidad observaron que los marines dependían de ataques de artillería planificados para liderar sus incursiones en los bastiones urbanos de los insurgentes. La artillería precedió a las unidades que avanzaban de un bloque a otro. Finalmente, tras un mes de combate, las fuerzas de la coalición lograron el éxito, pero con un coste significativo en vidas, municiones y tiempo.
Tanto en Grozni como en Faluya, poderosas fuerzas militares se enfrentaron a un oponente más débil con capacidades inferiores y disfrutaron de varias ventajas operativas que no estarán presentes en un entorno de LSCO. Para prepararse mejor para las operaciones urbanas, especialmente los asedios prolongados, los comandantes y los estados mayores deberán ajustar su enfoque del uso táctico de los fuegos.
La amenaza de la contrabatería
Ni las fuerzas rusas ni las estadounidenses se enfrentaron a amenazas de contrabatería modernas o creíbles durante estos asaltos urbanos. El contrafuego indirecto inicial se volvió omnipresente en el campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial, donde los ejércitos intentaban encontrar el punto de origen de un ataque de artillería y contraatacar a esas posiciones. En la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos utilizó observadores terrestres y aéreos de avanzada para detectar la artillería. Cuando Alemania intentó impedir el avance aliado en Europa Occidental a finales de 1944, los observadores aéreos estadounidenses se coordinaron con los centros de dirección de fuego terrestre para silenciar las baterías de artillería alemanas. Los comandantes de artillería de ambos bandos se adaptaron a la amenaza de la contrabatería desarrollando procedimientos para desplazar sus cañones con mayor rapidez y ocultar mejor sus fuerzas. Durante la Guerra Fría, las capacidades de contrabatería evolucionaron aún más a medida que los ejércitos integraban sistemas de radar para localizar la artillería enemiga mediante el seguimiento de la trayectoria de los proyectiles entrantes.
La guerra urbana crea un entorno donde un defensor con armamento insuficiente puede atacar y destruir desproporcionadamente la artillería del atacante. Un asedio incita al defensor a provocar el fuego de apoyo del atacante. Los defensores pueden establecer zonas de sensores, como " zonas amigas críticas ", sobre áreas donde los comandantes defensores esperan que el atacante dispare. Una vez que un sensor detecta las unidades enemigas que disparan, las células de puntería del defensor pueden dirigir fuego de contrabatería. El comandante atacante podría entonces enfrentarse a una decisión: intercambiar piezas de artillería y personal por bloques de la ciudad.
En Grozni, las fuerzas rusas no se enfrentaron a sistemas sofisticados capaces de detectar su artillería. El bajo riesgo de fuego de contrabatería enemigo animó al ejército ruso a priorizar la supervivencia. Las fotografías de la artillería rusa operando en Chechenia muestran piezas dispuestas muy cerca unas de otras, a veces en línea recta , lo que recuerda al uso soviético de la Segunda Guerra Mundial . La indiferencia del ejército ruso en cuanto a las tácticas de supervivencia persistieron debido a la falta de paridad con el enemigo, el deficiente entrenamiento ruso y la obsoleta doctrina soviética . Las tácticas empleadas en Chechenia fomentaron la complacencia y los malos hábitos que aún se observan en Ucrania .
Si bien Mariúpol se consideró una victoria táctica rusa, fomentó el análisis erróneo de que el uso de la artillería por parte de Rusia era táctica y operativamente sólido, lo cual no era cierto. La experiencia rusa en Mariúpol fue similar en aspectos clave a la de Grozni. Su artillería de campaña no se enfrentó a una amenaza sustancial de radar de contrabatería local en ese momento. Como resultado, las baterías, los puestos de mando y los puntos de abastecimiento no priorizaban la movilidad ni la capacidad de supervivencia.
En
otros lugares, sin embargo, las consecuencias de la continua
dependencia de Rusia de las mismas tácticas de artillería empleadas en
Chechenia, especialmente en los primeros meses de la guerra, fueron
mucho más claras. Esto ha sido especialmente cierto cuando las fuerzas
rusas se enfrentaron a defensores ucranianos con capacidades para
encontrar y destruir la artillería del atacante. La decisión de Rusia de
luchar como si fuera un asedio expuso su artillería al contraataque ucraniano
. Y la decisión de saturar el área de operaciones con objetivos, sin
una cuidadosa consideración por la capacidad de supervivencia de su
artillería, dio oportunidades a Ucrania para montar ataques localizados para desgastar los fuegos rusos
. El ejército ucraniano explotó el ataque indiscriminado de las fuerzas
rusas para encontrar y destruir su artillería. En contraste con el
derroche de municiones de Rusia, Ucrania comprendió rápidamente que la proporción de la fuerza de
artillería al comienzo de la guerra estaba desequilibrada, casi cinco a
uno a favor de Rusia, por lo que tuvo que ser juiciosa en su empleo de
artillería.
Objetivos estacionarios
La supervivencia de la artillería disminuye drásticamente cuanto más se prolonga el asedio. Al asignar fuerzas para asediar un objetivo urbano, el atacante debe aislarlo al máximo y mantener la presión sobre los defensores. Dado que las fuerzas atacantes tienden a canalizarse al despejar una ciudad, revelan sus vías de acceso. Una vez que un atacante inicia un asedio, sus fuerzas también se limitan a un área de operaciones más pequeña, a menos que decida rodearla o retirarse.
Si bien la artillería de campaña proporciona fuego de apoyo a una distancia mucho mayor, también es fija para apoyar la maniobra de su fuerza. Los planificadores, tanto del atacante como del defensor, tienen una comprensión general de los alcances y capacidades efectivos máximos. Una batería de 155 milímetros, por ejemplo, aunque potencialmente se encuentre a más de veinte kilómetros de distancia, debe estar dentro de cierta distancia para apoyar eficazmente la maniobra. Por lo tanto, los planificadores pueden trazar anillos de amenaza y realizar análisis de amenazas para deducir la probable ubicación de las posiciones de la artillería enemiga. Si bien los comandantes de artillería de campaña trabajan con elementos de maniobra para establecer áreas de posición para la artillería, el número de áreas que una unidad puede ocupar antes de tener que reutilizar ubicaciones es limitado. Además, no todos los tipos de terreno son propicios para la artillería, lo que limita aún más las opciones de emplazamiento de una batería. Si el enemigo puede determinar dónde posicionar su artillería, se facilita el combate de contrabatería enemigo.
La expansión masiva, impulsada por la tecnología, de la inteligencia de código abierto crea nuevos desafíos para la supervivencia de las formaciones de artillería en un entorno LSCO. Las imágenes del movimiento, despliegue y destrucción de la artillería rusa son comunes en redes sociales . Para la artillería, el movimiento y el desplazamiento son la mejor defensa en un entorno tan rico en información. Las unidades estacionarias se exponen a un mayor riesgo donde las imágenes satelitales pueden encontrar y rastrear huellas de vehículos y localizar posiciones de artillería. En un asedio, las unidades de artillería de campaña quedan atrapadas con espacio limitado para reubicarse, a la vez que tienen que atender objetivos para el comandante de maniobra.
Los profesionales hablan de logística
El mantenimiento de la artillería de campaña se vuelve especialmente problemático en un asedio prolongado. Además del combustible, las piezas de repuesto, los alimentos y el agua, el suministro de munición sigue siendo un problema enorme. Mientras el Ejército de los EE. UU. envía unidades a probar sus capacidades en las rotaciones de los centros de entrenamiento de combate, el mantenimiento de la munición de artillería se convierte casi inevitablemente en un punto de fricción. Las unidades se dan cuenta de que nunca tienen suficiente munición ni la capacidad física para mantener el ritmo de gasto deseado. Los comandantes deben decidir si utilizan sus recursos logísticos para transportar munición u otros tipos de suministros. Los dilemas que surgen en los centros de entrenamiento de combate muestran una brecha entre lo que las unidades pueden mantener y lo que idealmente desearían disparar.
De igual manera, la escasez de municiones para el mantenimiento de la paz es evidente en Ucrania, donde la intensidad de las operaciones de combate supera la oferta. Ucrania solicita regularmente a Estados Unidos más munición, especialmente para sus obuses de la serie M777 recién recibidos. En junio de 2022, Estados Unidos ofreció un paquete de asistencia en materia de seguridad con 260.000 cartuchos de artillería completos de 155 milímetros y 126 obuses M777. Aun con este apoyo, Ucrania argumenta que necesita urgentemente más para mantener las operaciones de combate contra Rusia.
El uso actual de artillería por parte de Rusia en sus asedios es insostenible. Basándose en los informes diarios del Ministerio de Defensa ruso, el RUSI determinó que las fuerzas rusas realizaban aproximadamente 585 misiones de fuego diarias a finales de mayo de 2022. El RUSI asumió que cada ataque de artillería era realizado por una batería de cuatro cañones y cuatro proyectiles por cañón. Considerando el desperdicio estimado, la artillería de cañón rusa dispara más de siete mil proyectiles al día . En definitiva, el dilema de munición de las fuerzas rusas radica en cuánto tiempo su tasa de suministro controlada podrá satisfacer la demanda . La evidencia sugiere que el ejército ruso no ha satisfecho dichas necesidades .
Además, la artillería de cañón solo puede disparar una cantidad limitada de munición antes de que un obús necesite un nuevo cañón debido al desgaste y la erosión. Por ejemplo, un M777 puede disparar aproximadamente 2500 proyectiles antes de tener que reemplazar el cañón. En un asedio prolongado, es posible que una batería de artillería pierda efectividad en combate simplemente quemando sus cañones. Incluso antes de necesitar reemplazo, los cañones desgastados reducen la precisión, limitando la efectividad de cada descarga. En un entorno de combate, puede resultar difícil conseguir piezas de repuesto, lo que ralentiza aún más el proceso de reemplazo de un cañón.
Preparación para incendios urbanos en LSCO
La artillería, a pesar de toda su capacidad y potencia de fuego, será vulnerable si se utiliza como en Grozni o Faluya. A medida que avanzamos hacia la LSCO, el uso generalizado de la artillería en combate cuerpo a cuerpo durante un asedio prolongado es una táctica arcaica que, a la larga, resulta más perjudicial que beneficiosa. Si bien Rusia pudo haber obtenido algunas victorias iniciales utilizando la artillería como arma de fuerza bruta, las operaciones de combate prolongadas contra un enemigo abastecido y decidido con capacidades comparables generarán costos insostenibles a largo plazo .
La artillería de campaña desempeña un papel importante en el desarrollo de las fases iniciales de una operación urbana. Conforma la fase inicial de un asedio, permitiendo a las fuerzas atacantes aislar y convertir la ciudad en una zona de operaciones no contigua para el defensor. Los comandantes deben considerar esa zona no contigua en su totalidad como el combate cuerpo a cuerpo. La artillería de campaña desempeña entonces un papel de apoyo, atendiendo objetivos esenciales decisivos para maniobrar según la lista de objetivos prioritarios del comandante.
En un asedio prolongado, una vez aislada la zona urbana objetivo, el objetivo principal de la artillería en el campo de batalla es ganar la lucha en profundidad. Los comandantes de maniobra deben emplear la artillería para debilitar a las fuerzas enemigas que intentan relevar a los defensores asediados, neutralizar los nodos de suministro enemigos, minar las vías de aproximación para desviar o fijar los refuerzos del defensor y neutralizar las defensas aéreas enemigas para brindar mayor flexibilidad a la aviación amiga. La prioridad del componente de maniobra es finalizar el asedio lo antes posible. El empleo de artillería contra los intentos enemigos de romper el asedio evita que el defensor refuerce las fuerzas aisladas y prolongue el asedio, y, por lo tanto, apoya la maniobra en general .
Mientras Ucrania continúa brindando lecciones sobre una gama extraordinariamente amplia de aspectos de la guerra moderna, es importante que observadores como el ejército estadounidense evalúen qué cambios deberían fomentar dichas lecciones, incluyendo, por ejemplo, cómo apoyar la maniobra en operaciones urbanas prolongadas. Las fuerzas rusas no anticiparon ni adaptaron su artillería para el combate de la LSCO. El continuo mal posicionamiento de su artillería, fijada para apoyar el avance de la maniobra a través de cada centro urbano, sigue perjudicando su capacidad de supervivencia. El uso juicioso del fuego por parte de Ucrania, en cambio, ofrece sus propias lecciones a los comandantes de maniobra sobre cómo emplear la artillería de campaña en una lucha urbana contra un enemigo similar. Pero ya sean modelos a seguir o advertencias sobre lo que no se debe hacer, no podemos permitirnos ignorar ninguna de estas lecciones.


