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jueves, 13 de agosto de 2026

Invasiones inglesas: El verdadero nacimiento de la Nación Argentina


A 220 años de la Reconquista de Buenos Aires: los encarnizados combates en la ciudad y el plan para provocar la huida de Beresford

Se cumple la fecha de cuando Santiago de Liniers se consagró como el ídolo de la reconquista, al recuperar la ciudad que durante 49 días estuvo en poder británico. Cómo se peleó calle por calle para acorralar a los ingleses dentro del fuerte
Adrián Pignatelli || Infobae + Addendum



Cuando todo terminó. Beresford se rinde ante Liniers frente al Cabildo (Cuadro de Charles Forqueray, 1910)

Ya en septiembre de 1806 era habitual ver a soldados ingleses caminar con libertad en la ciudad e ir a comer a la fonda de los Tres Reyes, en la esquina del fuerte. Pero como se temía una nueva invasión, el Cabildo propuso llevar a los oficiales y a la tropa al interior y hacerlos juramentar no volver a tomar las armas contra España en sus dominios.

William Beresford, el general británico de 37 años, gobernador de Buenos Aires durante 49 días, después de protestar un poco, accedió a dar su palabra y no servir contra España hasta tanto no se resolviese su situación.

En la tarde del 11 de octubre, los llevaron fuera de la ciudad y, con pesar por las comodidades con las que contaba, Beresford debió dejar la casa donde se alojaba, la de Félix de Casamayor, a quien le obsequió su catalejo de campaña. A las siete de la mañana del día siguiente llegaron a Luján, donde se movieron libremente como si estuvieran en su casa durante unos cuatro meses.



Desde la Banda Oriental, Santiago de Liniers reunió una fuerza para enfrentar, en Buenos Aires, al invasor

El que fue un asiduo visitante de Beresford era Saturnino Rodríguez Peña, integrante de un grupo que perseguía la intención de lograr la independencia de esas tierras bajo el paraguas de un protectorado británico. Ambos hombres compartían la afinidad de ser masones. Para ello, debía fugarse, cosa que se armó la noche del 10 de febrero de 1807. Después de innumerables peripecias y pasos de comedia, Beresford embarcó hacia Montevideo, donde una fuerza británica se había apoderado de la ciudad.

Así había logrado eludir el confinamiento al que había sido sometido junto a sus oficiales luego de la derrota del 12 de agosto del año anterior, día conocido como el de la Reconquista de Buenos Aires.

Mucho había ocurrido desde que ese lunes 4 de agosto Santiago de Liniers, que había partido de Colonia al frente de media docena de sumacas y cañoneras, más una decena de transportes y algunas embarcaciones particulares, desembarcaba en el pago de Las Conchas, actualmente Tigre, luego de capear un temporal de aquellos. Una densa niebla fue su aliada para pasar desapercibido cerca de los barcos ingleses. Liniers se encomendó a la Virgen del Rosario. 176 años después los argentinos volverían a invocarla cuando en medio de un mar embravecido, se dirigían a recuperar las Malvinas.


William Carr Beresford comandó las tropas invasoras y por casi dos meses fue gobernador de Buenos Aires

Había armado, en Montevideo, una fuerza de unos 600 hombres, entre soldados y voluntarios y se reunió con otros centenares que lo esperaban en las inmediaciones. Había comenzado el operativo de reconquista de Buenos Aires.

Ese temporal había destruido seis cañoneras inglesas: dos se hundieron, tres terminaron destrozadas contra las toscas y catorce hombres murieron ahogados. La única defensa fue una goleta, al mando del teniente Herrick.

Muchas cuestiones escapaban a los ingleses de su control. No confiaban tanto de la cordialidad y hospitalidad de muchas familias porteñas, que albergaban a los oficiales. Sabían que había reuniones nocturnas donde se conspiraba y la gente practicaba el uso de armas; era habitual la desaparición de centinelas ingleses y había casos de soldados apuñalados para quitarles sus armas. Hasta se descubrió un túnel ideado por el catalán Felipe de Santenach para hacer volar el cuartel de la Ranchería que ocupaba el Regimiento 71 de Highlanders.

La conspiración se olía en el ambiente, y los invasores estaban convencidos de que no eran hechos aislados, sino que todo obedecía a un plan elaborado por las propias autoridades españolas. Los ingleses reforzaron las guardias en las pulperías y almacenes, donde concurría mucha gente.


Plano de Buenos Aires de los tiempos de las invasiones. Solo un puñado de manzanas pobladas

Tampoco se dejaban engañar por el papel que cumplía el obispo, que exageraba por demás su respeto a Beresford. Los curas se las pasaban cautivando con promesas a soldados británicos, tratando de ganarlos a la causa.

La noche del 31 de julio, Beresford estaba pasando el tiempo en el Teatro de la Comedia cuando le informaron que una fuerza de españoles se encontraba a unos veinte kilómetros al noroeste de la ciudad. Ordenó al coronel Denis Pack alistar al Regimiento 71, para salirles al encuentro.

El 1 de agosto chocaron en la chacra de Perdriel, en tierras de lo que hoy es Villa Ballester. Un grupo de hombres liderados por Juan Martín de Pueyrredón, mal armados, se enfrentó durante una hora con una columna al mando del propio Beresford, quien estuvo todo el combate lidiando por desenvainar su espada, trabada por la humedad.

Hubo una carga furiosa de un par de jinetes que tuvieron como blanco al propio general. El capitán Arbuthnot paró a uno, y el fuego nutrido de granaderos derribó al otro jinete.



Juan Martín de Pueyrredón fue un actor importante en la lucha contra los británicos

Aun cuando todo estaba perdido, una carga temeraria del propio Pueyrredón alcanzó para arrebatarle al enemigo un carro con municiones. Debió ser auxiliado porque en la refriega le habían matado el caballo.

Los ingleses tomaron a un prisionero, un desertor alemán llamado Shennon, que no quería abandonar el cañón que operaba. Terminó fusilado en Buenos Aires. El invasor se convenció que si quería seguir dueño de la ciudad, debían recibir refuerzos.

Al día siguiente de su desembarco, Liniers marchó hacia San Isidro, donde tenían provisiones frescas y abrigo. Porque entre el 4 y el 8 no paró de llover.

En la mañana del 8, cuando el tiempo mejoró, se puso en marcha y a la tarde del día siguiente llegaron a la Chacarita de los Colegiales. El domingo 10 el capellán Larrañaga celebró una misa al aire libre y continuaron la marcha hacia los Corrales de Miserere. Desde allí Liniers, con fuerzas que se le fueron sumando, envió un mensajero con una intimación de rendición a Beresford. El mensajero esperó quince minutos la respuesta que no llegó y se retiró. Liniers volvió a enviar a otro, recibiendo el mensaje del inglés que resistiría “hasta el caso que la prudencia lo indicara”.


El irlandés Denis Pack, de 34 años, era el jefe del Regimiento 71 Highlanders

A las cinco de la tarde inició la marcha hacia el Retiro. Antes, se habían adelantado el cuerpo de Catalanes con dos obuses. No fue sencilla la marcha, porque los caminos eran malísimos, con pozos y pantanos.

Fueron los Migueletes y la compañía de infantería de Buenos Aires los que llegaron a la carrera a la plaza del Retiro y batieron, a bayoneta calada, a los 200 ingleses que la defendían y que comenzaron a replegarse hacia el fuerte. En el camino, en la calle del Correo (hoy Florida), se encontraron con Beresford, que comandaba a unos 500 efectivos.

Alentados por Liniers, los voluntarios de Montevideo irrumpieron en la plaza mayor, con artillería comandada por Agustini. Su avance fue letal: dispararon un obús cargado con metralla, logrando la dispersión de las fuerzas que las enfrentaban.

Anochecía y las tropas necesitaban descanso. Liniers con su gente acampó en Retiro e hizo custodiar las bocacalles para evitar un ataque sorpresa. Esa noche la tropa no comió.

Fue tal entusiasmo del encuentro de la tarde anterior, que llegaron al campamento muchos hombres dispuestos a engrosar las filas de ese ejército.


Martín Miguel de Güemes era un joven de 21 años cuando al frente de un grupo de jinetes se apoderó de un buque inglés que había quedado varado en el río

El 11 se ocuparon en montar los 18 cañones que trajo la goleta Dolores y otros que encontraron en el cuartel del Parque. Algunos los apuntaron hacia el río por si la escuadra enemiga abría fuego. Liniers mismo los probó: apuntó a una lancha cañonera y a una fragata. Le abrió un boquete a la primera y cortó la pena de la mesana de la segunda y una bandera británica cayó al agua, lo que fue tomado como un buen augurio.

Por las dudas, mandó a Gutiérrez de la Concha a San Isidro y se embarcase en buques para desbaratar un presunto plan inglés de huir del Río de la Plata con los caudales públicos y con el producto de los saqueos a la ciudad.

La noche del 11 los ingleses se inquietaron por el continuo ladrido de perros que venía de la zona del Retiro. Algo se preparaba.

La mañana del martes 12 los británicos comprendieron lo que estaba sucediendo. En las iglesias y otros puntos de la ciudad estaban llenos de gente. Esperaban la llegada de Liniers para lanzarse con todo contra ellos.

Al amanecer, Liniers mandó tocar generala. Se atacaría la plaza, para lo que dividió su ejército en tres columnas. La de izquierda, con él mismo al frente, entraría por la calle de La Merced; la segunda, por la calle de la Catedral y la de la derecha por la del Correo. La artillería del teniente coronel Francisco Agustini iría adelante a despejar el camino.


Luego de la reconquista, la calma en Buenos Aires no duró ni un año. En julio de 1807 se produjo una nueva invasión (Litografía de Madrid Martínez, 1807)

El ataque sería a las 12, pero debió adelantarlo: amparados por la niebla, un grupo de miñones y marineros llegaron a las nueve a dos cuadras de la plaza y, refugiándose en edificios, comenzaron a disparar a los ingleses quienes respondieron con contundencia. Los atacantes pidieron refuerzos y municiones porque no querían dejar la posición. Liniers mandó la caballería de milicias y los dragones de Buenos Aires con artillería volante por la calle de Santo Cristo y él fue por la calle de la Merced. El combate se generalizó.

Liniers ordenó a un joven salteño que junto a un grupo de gauchos neutralizara al buque inglés Justina que, anclado en donde se levanta la Torre de los Ingleses, bombardeaba la ciudad. Aprovechando una bajante del río, el joven Martín Miguel de Güemes capturó la embarcación.

Los pobladores salían de sus casas y ayudaban a arrastrar los cañones y todo era ímpetu y fervor, y así llegaron a la plaza mayor.

Los británicos tenían prohibido disparar contra las iglesias, pero como parte del fuego provenía de esos lugares, respondían. A los sacerdotes se los veía muy activos en manejar armas y ordenar a la gente.

Los británicos hacían fuego desde el Cabildo, la azotea de la Recova y la Catedral, a las columnas que cada vez eran más numerosas.

El regimiento 71 se mantenía formado en la plaza del mercado, con cañones a cada flanco y uno en el centro. Los marineros estaban en el fuerte ocupándose de los cañones y efectivos del cuerpo de Santa Helena controlaban los accesos de las calles de Santo Domingo y Tres Reyes.

Los primeros en rendirse fueron los de la Catedral; los que estaban en el Cabildo fueron a la Recova, desde cuyo arco el propio Beresford comandaba. A su lado había caído muerto su asistente el capitán Kennet y el alférez de navío Fantin.

A lo largo del puente levadizo del fuerte se veía cómo ingresaban soldados ingleses llevando a compañeros heridos.



Estaban rodeados y les disparaban de todos lados. Entonces Beresford, cruzando su sable sobre su brazo izquierdo, dio la señal de retirada. Se refugiaron en el Fuerte y él fue el último en entrar. Se izó la bandera de parlamento justo cuando un grupo de marineros con escaleras pretendía escalar una de las murallas.

El comandante Mordeille, que apenas podía contener a sus marineros enardecidos, habló con Beresford en francés. Este quiso saber si su vida corría peligro, y le respondió que no, siempre que se rindiese. El general inglés revoleó su sable al pie de la muralla pero Mordeille se lo devolvió por medio de pañuelos atados.

Asustó a los ingleses los gritos de la multitud, que llenó la plaza, mezclados con las tropas que habían llegado del Retiro. Colocaron cañones a solo cincuenta pasos del portón de entrada al fuerte.

Gillespie intentó asomarse por el muro para ver qué ocurría, y alcanzó a bajar la cabeza ante el fuego nutrido de mosquetes. El capitán Quintana, ayudante de Liniers, estaba dentro del fuerte acordando los términos de rendición. Al escuchar los disparos, subió al muro, abrió su chaqueta y con los brazos extendidos se mostró a la multitud. Entonces los ánimos se calmaron.

Cuando vieron que se izaba la bandera española, que alcanzó un marinero, la gente estalló de júbilo.

El francés Raymond, junto al teniente de navío Córdoba y Mordeille arreglaron con el general inglés los términos de la rendición. Los vencidos aceptaron una entrega a discreción.

“¡Pena de vida al que insulte al general inglés!” gritó Córdoba cuando Beresford salió del fuerte y lo condujeron a la presencia de Liniers, que lo esperaba en uno de los arcos del Cabildo junto a algunos oficiales. Se adelantó a recibirlo, le devolvió su espada y lo abrazó. Dispuso que fuera alojado en la casa de uno de sus ayudantes y se arregló la seguridad de las tropas inglesas y sus bienes, y su embarque a Europa, por cuenta de los españoles.

Los ingleses tuvieron 412 entre muertos y heridos, incluidos cinco oficiales, mientras que hubo 180 caídos y heridos entre los criollos y españoles. Liniers lamentó la muerte del vecino Diego de Baragaña y del alférez francés Fantin, que moriría víctima del tétanos.

Eran las tres de la tarde cuando menos de un millar de ingleses marcharon hacia el frente del Cabildo, con sus banderas entre dos filas. Debían dejar en la puerta del Cabildo su armamento, algunos estrellaban sus fusiles contra el piso, y eran registrados. Los soldados fueron distribuidos por el Cabildo en distintos cuarteles, mientras que los oficiales fueron alojados en casas de familia. Esa tarde muchos se refugiaron en el fuerte para evitar la ira de los pobladores.


12 de agosto de 1806: Tal día como hoy, los hispanos del Rio de la Plata, liderados por Santiago de Liniers y Martín de Alzaga, expulsaban a los ingleses de Buenos Aires tras la invasión comandada por William Beresford en junio de ese año.


El 14 el Cabildo nombró a Liniers caballero de la orden de San Juan y gobernador interino, hubo un Te Deum en la Catedral. Esa noche y las dos siguientes la ciudad permaneció iluminada en señal de fiesta.

La misma noche de la reconquista, Liniers y Beresford se reunieron para acordar los términos de la rendición. Al día siguiente se encontraron en la casa del primero y luego otra vez en el Fuerte. Se arregló un intercambio de prisioneros y se allanó el camino a los vencidos a retirarse.

La historia no terminaría allí, solo habría un paréntesis hasta julio del año siguiente cuando se haría frente a una fuerza inglesa, ya que insistían en que Buenos Aires debía ser británica.

Addedum


12 de Agosto de 1806: La Reconquista de Buenos Aires a los británicos gracias al héroe Santiago de Liniers

El 25 de junio de 1806 una escuadra británica al mando del comodoro Home Popham desembarcó en Quilmes a más de 1.500 soldados dirigidos por el general William Carr Beresford. Dos días después, Buenos Aires quedó ocupada. Las autoridades virreinales apenas contaban con medios para defenderla y la bandera británica se izó sobre el Fuerte, sede del poder español en el Río de la Plata.

El capitán de fragata Santiago de Liniers se encontraba en Montevideo cuando llegó la noticia. Con el apoyo de Martín de Alzaga en la ciudad y de Juan Martín de Pueyrredón en los alrededores, empezó a reunir milicias entre la población civil, ya que apenas había tropas regulares disponibles. El 1 de agosto, un primer intento de hostigar a los ingleses fue derrotado en la chacra de Perdriel por la infantería británica, mejor entrenada. Pese al revés, siguieron sumándose voluntarios: comerciantes, artesanos, esclavos liberados para la ocasión, y también ancianos, mujeres y niños que colaboraron acercando armas, municiones y alimentos.

El 10 de agosto, desde los corrales de Miserere, Liniers intimó la rendición a Beresford, que la rechazó confiado en la disciplina de sus tropas regulares. Al amanecer del 12 de agosto, Liniers entró en la ciudad al frente de sus columnas, avanzando hacia la Plaza Mayor por varias calles a la vez. El trazado estrecho del casco antiguo dificultó las maniobras de la infantería inglesa, acostumbrada a combatir en campo abierto, y los combates se libraron calle por calle durante varias horas.

Cercado en el Fuerte y sin posibilidad de recibir auxilio, Beresford solicitó parlamentar. Él y Liniers se reunieron primero en el Fuerte y después en la casa del propio Liniers para acordar los términos de la capitulación, que incluyeron un intercambio de prisioneros. Beresford entregó la plaza y sus tropas depusieron las armas; los vencedores se hicieron con 26 cañones y con las banderas del Regimiento 71 británico. La ocupación había durado 49 días.

Liniers fue aclamado como héroe y, meses después, nombrado virrey del Río de la Plata. Pero el mismo hombre que salvó Buenos Aires del ejército inglés acabaría fusilado por sus propios compatriotas. Tras la Revolución de Mayo de 1810, Liniers se negó a acatar a la Primera Junta y encabezó desde Córdoba un intento de resistencia realista, fiel a su juramento a la Corona española. El levantamiento fue sofocado y Liniers, junto a otros cabecillas, fue apresado cuando intentaba dirigirse al Alto Perú.

La Junta, temiendo que su enorme popularidad en Buenos Aires pudiera revertir la situación si lo llevaban a la capital, ordenó su fusilamiento inmediato en el lugar donde fuera hallado. Juan José Castelli, al frente de un destacamento de húsares, alcanzó a los prisioneros en un paraje cordobés llamado Cabeza de Tigre. Allí, el 26 de agosto de 1810, sin juicio formal y por orden directa de la Junta, Liniers fue fusilado junto al gobernador Juan Gutiérrez de la Concha, el coronel Santiago de Allende, el asesor Victorino Rodríguez y el ministro de Real Hacienda Joaquín Moreno. Se negó a que le vendaran los ojos.

El hombre que cuatro años antes había sido llevado en volandas por el pueblo de Buenos Aires como salvador de la ciudad frente a los ingleses, moría así frente a un pelotón de fusilamiento por mantenerse fiel a su rey.


Fuentes: 

  • Buenos Aires y el interior. Observaciones reunidas durante una larga residencia, 1806-1807, de Alejandro Gillespie; 
  • Memorias Curiosas, de Juan Manuel Beruti; 
  • Santiago de Liniers, de Paul Groussac; 
  • Beresford. Gobernador de Buenos Aires, de Bernardo Lozier Almazan


miércoles, 12 de agosto de 2026

Racionalidad de fuego en las guerras napoleónicas

Por qué la columna guardó silencio: La racionalidad bajo fuego






Las normas prescribían el despliegue en línea antes de la batalla decisiva. En realidad, la columna a menudo llegaba al enemigo sin desplegarse. Esto no se debía a imprudencia, sino al juicio sereno del comandante bajo fuego enemigo.



Las normas de 1791 eran claras: antes del enfrentamiento decisivo, la columna se desplegaba en línea y la infantería recibía al enemigo con fuego. Así razonaban los comandantes franceses letrados, y así se veía en el campo de desfiles. Pero en las batallas reales, ocurría una y otra vez algo diferente: la columna llegaba hasta el enemigo, pero nunca formaba una línea. De ahí surgió el mito del «ariete ciego». El ejército que había conquistado media Europa conocía sus normas. Así pues, el problema no era la ignorancia, sino otra cosa. Es esta «otra cosa» la que hay que desentrañar.

Un minuto transcurrió en voleas

La decisión de desplegarse o no la toma un solo hombre en un minuto, no todo el ejército. Para transformar una columna en una línea, hay que detener el movimiento, girar las compañías, reorganizar las filas, restablecer los intervalos y solo entonces avanzar de nuevo en un amplio frente. Para un batallón bien entrenado, todo esto llevaba uno o dos minutos. Para un batallón formado apresuradamente, llevaba mucho más tiempo, y a veces ni siquiera se llegaba a completar.

El problema es que estos minutos no se cuentan con el reloj, sino con las descargas enemigas. A una distancia donde el fuego de mosquete puede alcanzar un objetivo (unos cien metros, y la metralla puede llegar hasta tres veces más lejos), cada segundo de inmovilidad es valioso. Un comandante que levanta la mano para dar la orden de desplegarse lo paga con hombres. Y entonces todo se le viene encima de golpe: el miedo por la línea, la cuenta atrás, los nervios de los nuevos reclutas.




FORMACIONES TÁCTICAS DE LA INFANTERÍA FRANCESA. REGLAMENTO DE 1791

Izquierda

«FORMACIÓN EN LÍNEA»

«BATALLÓN DESPLEGADO EN UNA LÍNEA DE DOS FILAS»

  • Flechas que indican la orientación del frente

  • «LÍNEA»

Derecha

«FORMACIÓN EN COLUMNA»

«BATALLÓN EN COLUMNA POR COMPAÑÍAS»

  • Flechas que indican la dirección del movimiento

  • «COLUMNA»


El esqueleto del sistema que está siendo desmantelado

Las normas describían una geometría casi perfecta: las compañías giraban, se cerraban, se alineaban y ante nosotros se extendía una sólida muralla de mosquetes. En el campo de instrucción, con soldados experimentados y suboficiales competentes, esto funcionaba. Pero tras las primeras campañas, el ejército real de Napoleón se parecía cada vez menos a un regimiento modelo. Pérdidas enormes, reclutamiento constante, una perpetua falta de tiempo: los batallones se formaban con reclutas novatos y se enviaban casi de inmediato a la batalla o a una marcha.

La pérdida de suboficiales y cabos experimentados era especialmente dolorosa. Son la columna vertebral de la formación: mantienen la alineación, recogen las órdenes de los oficiales y las transmiten hacia abajo, impidiendo que las filas se dispersen. Cuando esta capa se ve afectada o está mal entrenada, cualquier formación compleja se convierte en una lotería. Las compañías se amontonan, los intervalos se rompen y, en lugar de una línea, se forma una multitud.

El despliegue bajo fuego es una de las formaciones más difíciles: exige calma y coordinación en un lugar donde las balas de cañón caen sobre la gente. Para una unidad experimentada en combate, esto es rutinario, pero para un batallón de reclutas, es una prueba en la que la formación puede desmoronarse fácilmente. De ahí el primer cálculo del comandante: los hombres mantienen la columna casi instintivamente, pero una línea bajo fuego sigue requiriendo habilidad.


El precio de detenerse y el precio del miedo


Mientras un batallón permanece en formación, se convierte en un blanco ideal. La densa masa apenas se mueve, mientras la metralla y el fuego de mosquete caen metódicamente sobre ella. Las bajas aumentan, el ímpetu ofensivo se desvanece y cuanto más se prolonga la reorganización, peor se vuelve la situación. Esto da lugar a una idea perfectamente razonable: es mejor alcanzar rápidamente la altura de las bayonetas en columna que permanecer bajo fuego enemigo mientras se reorganiza. Si el enemigo está cerca, un ataque decisivo en los últimos metros puede ser más barato que una línea ordenada. Así, resulta que una columna inmóvil es más cara que una rápida.

La presión del fuego se ve agravada por la presión del miedo, y esta es la más subestimada de todas. Un soldado experimenta una columna y una línea de manera diferente. Una columna da una sensación de masa: las espaldas de los camaradas al frente, los amigos detrás y a los lados, un hombre se mueve como parte de un cuerpo grande y denso. Una línea es algo completamente distinto. Es larga y delgada. No hay densidad. Detrás de la retaguardia, casi no hay nada. Y de repente te das cuenta de que estás a la vista de todos.

Intentemos adoptar esta formación. Eres un recluta en una de las primeras filas de la columna. Delante hay una cresta, y detrás, como sabes, está la línea y la batería enemigas. Las balas de cañón ya están impactando la columna, varios hombres caen cerca, y el aire silba con la metralla. Y en ese momento suena la orden: no "adelante", sino "alto, desplázate en línea". Tienes que detenerte bajo fuego, dar un paso al costado, sujetar a tu compañero con el codo, escuchar a través del rugido del suboficial cómo la muerte se lleva a los hombres de la línea. Para un soldado inexperto, esto es casi insoportable. Es mucho más claro simplemente avanzar con todos los demás.

He aquí otra razón para mantenerse en la columna. Cuando una unidad nerviosa se despliega bajo fuego, el riesgo de pánico aumenta drásticamente: el miedo de uno se transmite instantáneamente a sus vecinos, y la línea se desmorona. En una columna densa, el mismo soldado asustado queda atrapado por la masa y continúa moviéndose casi automáticamente. Mantener la columna en este punto resulta ser una forma de preservar la frágil moral de las tropas inexpertas, y no una señal de ceguera táctica.



«COLUMNA DE MARCHA»
  • Infantería francesa (en marcha)

  • Camino

  • Movimiento

COLUMNA DE MARCHA: ESTRECHA, LARGA, PARA EL DESPLAZAMIENTO

(Formación de marcha, organizada por escuadras o pelotones)

COLUMNA DE ATAQUE

(ATTACK COLUMN – COLONNE D’ATTAQUE)

  • Infantería francesa (ataque)

  • Enemigo (formado en línea)

COLUMNA DE ATAQUE: ANCHA, COMPACTA, DE COMBATE

(Organizada por batallones y desplegada en dirección al enemigo)



Fuego e impacto: una lógica diferente


Hasta ahora, nos hemos centrado en por qué el despliegue era peligroso o difícil. Pero existe otro argumento que explica por qué a veces no se consideraba necesario. El historiador Paddy Griffith, en particular, señala lo siguiente: la práctica francesa dividió cada vez más las funciones entre los elementos de la formación de batalla. En este caso, abandonar la línea dejó de ser una concesión a las circunstancias y se convirtió en una acción deliberada.

En términos sencillos, la división del trabajo se veía así:

  • Los fusileros ( tirailleurs ), en formación dispersa, entablan un tiroteo, neutralizan a oficiales y artilleros, y sondean la posición.
  • La artillería dispara contra la línea enemiga, intentando desorganizar y diezmar sus filas y minar la moral de los soldados.
  • La columna entra en último lugar y asesta el golpe decisivo al enemigo, ya debilitado.

En un sistema así, la columna se convierte en un instrumento de ataque, y no tiene sentido mantenerla enfrascada en un tiroteo prolongado. Desplegarla en línea para un combate significa agotarla, robarle impulso y exponerla al fuego de respuesta. Los tiroteos tienen sus especialistas: líneas y baterías. La columna debe mantener su capacidad de ataque el mayor tiempo posible, arremetiendo contra el enemigo con una bayoneta o una breve descarga a quemarropa justo antes de la carga.

Es tentador establecer un paralelismo con la actual división entre armas de fuego y de ataque, pero no conviene forzarlo demasiado. El principio general es el mismo: algunas unidades están diseñadas para infligir fuego, otras para atacar y consolidar el éxito. Para los franceses, los fusileros y la artillería eran la capa de fuego, mientras que la columna era la capa de choque. Entendida de esta manera, el lento despliegue de la columna ya no es un error, sino parte del diseño. Al menos en teoría.



ESQUEMA TÁCTICO: REGIMIENTO FRANCÉS AL ATAQUE

(Época napoleónica)

  • Aproximación en columna

  • Despliegue en línea

  • Posición hipotética del enemigo

  • Combate de fuego

  • Cima de la colina: 124 m

La sigla FR indica a las fuerzas francesas.



Dónde se justificaba el cálculo y dónde se desmoronaba.


Abandonar la línea, entonces, fue una decisión arriesgada pero sensata. Como toda decisión en la guerra, tuvo diferentes consecuencias.

  • Todo salió bien cuando los fusileros y la artillería lograron neutralizar al enemigo, los atacantes contaban con superioridad moral o numérica, y el terreno permitió que la columna superara rápidamente el último tramo peligroso. Ya debilitado, el enemigo a menudo no podía soportar la visión de una densa masa de bayonetas y se retiraba antes del combate cuerpo a cuerpo.
  • Pero todo se desmoronó donde no hubo preparación, ni apoyo, y donde había un enemigo enfrente que era un buen tirador y se mantuvo firme.

Fue en este último caso donde surgió el mito. Una densa columna avanza hacia el campo de tiro contra una línea rígida, solo para descubrir que casi todos sus mosquetes permanecen en silencio, mientras el enemigo dispara metódicamente contra la cabeza y los flancos de la formación. El instrumento de ataque, privado de entrenamiento y apoyo, se convierte en un blanco fijo.

Desde aquí, un camino directo a la Península Ibérica. Fue en España donde los franceses se enfrentaron con especial frecuencia a un enemigo que era un excelente tirador y luchaba hasta la muerte: la infantería británica, con su fuego denso y disciplinado desde una doble fila, a menudo oculta tras la cima de una colina. Allí, las deficiencias de la lógica de ataque quedaron claramente demostradas. Y allí también, los fracasos de las columnas francesas —y fueron muchos— fueron finalmente elevados por la historiografía británica a casi una regla universal. Hasta qué punto el conocido modelo de "columna gruesa contra línea delgada" se corresponde con lo que se desarrolló en estas batallas se examinará en el próximo artículo de la serie.

domingo, 21 de abril de 2024

Francotirador: 5 disparos increíbles

El arte de disparar a súper larga distancia: 5 disparos increíbles


Por Nhan Vu



VietnamDefence : 5 tiros más largos de tiradores militares.

Rifle de francotirador semiautomático М99 de gran calibre que dispara balas de 12,7х99 de Barrett Firearms Manufacturing Company (militaryparitet.com)

En el pasado, los disparos precisos a distancias ultralargas eran el resultado de la habilidad excepcional del tirador y, a veces, de una coincidencia. Hoy en día, es una combinación de alta tecnología y métodos perfectos de entrenamiento y entrenamiento. A continuación se muestra una clasificación de los 5 mejores disparos de francotiradores de súper largo alcance de todos los tiempos. En la clasificación sólo se incluyen los disparos de largo alcance realizados por francotiradores militares durante los conflictos armados. El disparo récord debe ser único para su época y hacer famoso al tirador. El récord establecido debe mantenerse durante bastante tiempo, o la toma debe batir un récord que no será superado hasta dentro de varias décadas.


5. El disparo de Thomas Plunket




General de brigada francés, barón Auguste de Colbert (1777-1809)

Los nombres de los primeros francotiradores famosos con los disparos más largos entraron en la historia enteramente gracias a sus víctimas: generales de alto rango. El primer tiro super lejano certificado ocurrió durante las guerras napoleónicas: su víctima fue el general de brigada francés, barón Auguste de Colbert (1777-1809). En 1809, fue derribado por el artillero del 95.º regimiento británico de fusileros, un tal Thomas Plunket.

Se dice que Plunket disparó y mató a Colbert desde una distancia entonces increíble de 600 metros. Para demostrar que el disparo que dio en el blanco no fue accidental, también derribó con otro disparo al oficial del séquito del general Latour-Maubourg, pero tal vez esto sea solo una leyenda. No hay información exacta sobre qué tipo de arma utilizó el artillero británico.

Algunas fuentes dicen que el Plunket disparó con un rifle Baker. Pero lo más probable es que el disparo se hiciera con un mosquete que en ese momento aparecía en el ejército británico. Los francotiradores británicos del siglo XIX (soldados, cazadores, deportistas) utilizaban a menudo técnicas de tiro muy inusuales: disparaban en posición supina, con el cañón del arma apoyado sobre la espinilla doblada. Se dice que Plunket derribó a De Colbert desde esta posición. El disparo de Plunket ocupa el puesto 5.

Los húsares franceses, llorando, enterraron a De Colbert en la acera, a pocos pasos de la carretera. Durante dos años, todo el 3.er regimiento de Húsares de su brigada todavía llevaba bandas negras de luto en sus sombreros para conmemorar a su valiente comandante.

Thomas Plunket derribó al general de Colbert desde posición supina

Colbert fue un heroico general pionero, uno de los mejores generales de caballería durante la época de Napoleón Bonaparte. Tenía una combinación de gran talento como comandante, sofisticación en el comportamiento, educación y rara belleza, sus soldados lo amaban como a un padre y sus enemigos lo admiraban. El historiador británico coronel William Napier, autor del libro clásico "La guerra en la Península Pirenaica" escribió: "... el joven general Auguste Colbert, uno de los oficiales de caballería más destacados de toda Europa durante su estancia allí, cayó. Su bella figura guerrera, su voz, sus gestos, pero sobre todo su coraje ilimitado, hicieron que todos los ingleses lo admiraran, y un sentimiento de tristeza se apoderó de todo su ejército. "Cuando este valiente soldado cayó."

Desde el reinado de Luis XIV, Auguste Colbert fue la 27.ª persona de su familia en elegir la carrera militar y la 14.ª persona en morir en el campo de batalla. Sus últimas palabras fueron: “Aún soy demasiado joven para morir, pero mi muerte es la muerte de un soldado de un gran Ejército porque cuando muero todavía veo a la escoria huyendo y ¡Los enemigos de mi Patria están sufriendo!”

4. "A esa distancia ni siquiera a los elefantes pueden acertar"

"A esa distancia ni siquiera los elefantes pueden acertar", - estas fueron las últimas palabras del general estadounidense John Sedgwick (13 de septiembre). .1813-9.5.1864), un segundo después , cayó por la bala del tirador. La historia ocurrió durante la Guerra Civil Estadounidense en 1861-1865.

General estadounidense John Sedgwick (13 de septiembre de 1813-9 de mayo de 1864)




Durante la Batalla de Spotsylvania, Sedgwick luchó del lado de la Unión y dirigió fuego de artillería.
Los pistoleros de los separatistas del sur, al descubrir al comandante enemigo, inmediatamente se lanzaron a buscarlo: los oficiales del Estado Mayor bajo el mando de Sedgwick se tumbaron en el suelo y pidieron a su comandante que se refugiara. Los campos de batalla de los dos bandos estaban a unas 1.000 yardas (900 m) de distancia. Pensando que esa distancia era segura, Sedgwick se sintió avergonzado por la timidez de su subordinado, pero antes de que pudiera terminar su frase, la bala de la sargento anónima Grace lo impactó debajo del ojo izquierdo.


Este fue probablemente el disparo de mayor alcance del siglo XIX, aunque es imposible decir si fue accidental o no. Las descripciones de disparos de largo alcance (a partir de 0,5 km) también se encuentran en los anales de la Guerra de Independencia y la Guerra Civil estadounidense. Entre la milicia norteamericana había muchos cazadores expertos, que a menudo utilizaban rifles de caza y mosquetes de gran calibre y cañón largo. Sedgwick fue el general de la Unión de mayor rango que murió en la Guerra Civil estadounidense.

Sedgwick también era un general a quien sus soldados amaban y llamaban cariñosamente "tío John". Su muerte entristeció mucho a todos, incluso el general Robert E. Lee, comandante en jefe del ejército del Sur, también expresó tristeza por la muerte de su viejo amigo. El famoso general estadounidense George G. Meade lloró al escuchar la noticia. Al conocer la noticia de su muerte, el teniente general Ulysses S. Grant, comandante en jefe del ejército federal, preguntó repetidamente: "¿Está realmente muerto?". El general Ulysses S. Grant incluso dijo a su mando que esta pérdida era peor para él que perder una división entera.

"Muerte blanca" . La primera mitad del siglo XIX no trajo nuevos registros de defunción, al menos registros que pasaron a la historia y hicieron famoso al francotirador. Durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, la habilidad de un francotirador no estaba determinada por su capacidad para disparar a distancias extremas sino por la cantidad de enemigos que destruía. Sabemos que uno de los tiradores más consumados de todos los tiempos fue Simo Häyhä (17 de diciembre de 1905 - 1 de abril de 2002), apodado "La Muerte Blanca", este pistolero disparó y mató a 505 personas. -542 soldados del Ejército Rojo soviético (no contando las casi 200 personas abatidas por este pistolero con armas automáticas) durante la guerra soviético-finlandesa (1939-1940) prefirió disparar a una distancia no superior a 400 m.

3. "Pluma blanca"

Para establecer nuevos récords en el campo de tiro, ahora es necesario disponer de armas con características superiores a los rifles de francotirador estándar. Se trata de la Browning M2 (50 BMG) de 12,7×99 mm, desarrollada a principios de la década de 1930. Durante la Guerra de Corea, los soldados estadounidenses comenzaron a utilizarla como rifle de francotirador: esta ametralladora estaba equipada con una mira óptica y podía disparar un tiro.

Carlos Norman Hathcock II estableció un récord de largo alcance de 2.286 m que se mantuvo durante 35 años.


























Con esta arma, el sargento estadounidense Carlos Norman Hathcock II estableció un récord de tiro a larga distancia que se mantuvo durante 35 años.


En febrero de 1967, este artillero derribó a un enemigo desde una distancia de 2286 m. Este es el disparo clasificado en tercer lugar. Usando el rifle de francotirador M2, Hathcock, con cada disparo, pudo destruir de manera confiable un objetivo permanente desde una distancia de 2000 yardas (un poco más de 1800 m), que es aproximadamente el doble de rápido que el objetivo Rifle de francotirador de alta precisión estándar del ejército estadounidense calibre М24 308 Win (7,62 × 51 mm) y 300 Win Mag (7,62 × 67 mm).

Los vietnamitas le dieron a Hathcock el sobrenombre de "Pluma Blanca" porque a menudo ignoraba los requisitos de camuflaje y se metía una pluma en su sombrero de ala ancha. Algunas fuentes estadounidenses confirmaron que el ejército norvietnamita había ofrecido una recompensa de 30.000 dólares por la cabeza de este peligroso tirador. Sin embargo, Hathcock recibió el premio más alto, la medalla de la Estrella de Plata, no por su disparo de francotirador sino por salvar a sus camaradas de un vehículo blindado en llamas.

Animado por los logros de Hathcock, el Departamento de Defensa de Estados Unidos creó un comité especializado para investigar la posibilidad de crear un rifle de francotirador pesado basado en el Browning.

2. El rifle del garaje
.

Al final, los estadounidenses no pudieron fabricar un rifle de francotirador a partir de una ametralladora. Pero en 1982, el ex oficial de policía Ronnie G. Barrett) en un taller ubicado en el garaje diseñó el famoso rifle de francotirador 12.7 llamado Barrett M82.

El inventor presentó su producto a gigantes del mercado de armas de fuego como Winchester y FN, pero después de ser rechazado por ellos, registró la empresa Barrett Firearms y lanzó él mismo la producción en pequeñas series de esta arma.

Los primeros clientes de Barrett fueron cazadores y tiradores civiles interesados ​​en técnicas de tiro de precisión, luego, a finales de los años 1980, el ejército sueco compró un lote de 100 armas М82А1, seguido por Suecia y, a su vez, el ejército estadounidense se interesó por esta arma. Hoy en día, la palabra “Barrett” es prácticamente sinónimo de rifles de francotirador de gran calibre y alta precisión.

Ronnie G. Barrett (americanrifleman.org)

McMillan Bros, una pequeña empresa estadounidense, comenzó a producir un rifle de alta precisión de calibre 12,7х99 mm a mediados de la década de 1980. Este arma se llama McMillan TAC-50 y actualmente está equipada con unidades de las fuerzas especiales estadounidenses y canadienses.

Arma McMillan TAC-50 (fábrica militar)

Las cualidades de los rifles de francotirador de gran calibre y alta precisión quedaron plenamente de manifiesto en Irak y Afganistán. Desde el estallido de las hostilidades en el Cercano Oriente, los francotiradores de la alianza occidental comenzaron a batir nuevos récords casi todos los años. En 2002, en Afganistán, el artillero canadiense Arron Perry desde un McMillan TAC-50 mató a un insurgente afgano a una distancia de 2.526 yardas (un poco más de 2.300 m) y rompió el récord de muchos años de Hathcock.

El mismo año, su compañero de tiro Rob Furlong realizó un tiro efectivo a una distancia de 2657 yardas (un poco más de 2400 m). Estos dos disparos ocupan el segundo lugar:

el tirador estadounidense Brian Kremer en marzo de 2004 en Irak se acercó al logro de los pistoleros canadienses al derribar el objetivo con el Barrett М82А1 desde una distancia de 2.300 m. Se dice que durante dos años de combates en Irak, Kremer realizó dos disparos exitosos a una distancia de más de 2.100 m.

Craig Harrison ostenta el récord de 2.470 m

1. Récord de 2.470 m

El primer puesto lo ocupa el récord aún insuperable del tirador británico Craig Harrison. Durante la operación en Afganistán, en noviembre de 2009, a una distancia de 2.470 m, destruyó dos ametralladores talibanes y su ametralladora. Según admitió el propio Craig, antes de realizar 3 tiros efectivos, tuvo que realizar 9 tiros correctos.

Fuente: Lenta, 16 de junio de 2016

lunes, 23 de septiembre de 2019

El mosquete Brown Bess


El mosquete Brown Bess

Weapons and Warfare





En el momento de la Revolución Americana, la cabeza de mosquete Land Pattern Mosket de calibre .75 de Gran Bretaña se ganó el apodo no oficial de "Brown Bess". Incluso el Diccionario de la Lengua Vulgar del siglo XVIII describió la expresión popular "abrazar a Brown Bess" como argot para alistarse en el ejercito

En el momento de las Guerras Napoleónicas, el mosquete Brown Bess de Gran Bretaña había entregado casi un siglo de servicio. La táctica de la época era que las tropas de mosquetes dispararan tantas voleas como fuera posible hacia una formación enemiga que avanza. El Brown Bess de 10.5 libras podría impulsar un tiro de plomo de una onza a un alcance efectivo máximo de 175 yardas. Dado que el arma era prácticamente imposible de apuntar con cierto grado de precisión a tales distancias, la mayoría de los enfrentamientos tuvieron lugar en el rango de 50 yardas o menos. Aún así, un tirador experimentado podría descargar tres disparos por minuto.


El mosquete Long Brown Pattern "Brown Bess" fue el arma básico del soldado de infantería británico desde aproximadamente 1740 hasta la década de 1830.

 

Brown Bess es un patrón Long Land de 1742. El patrón de 1742 agregó una brida de sartén a la cerradura Bess del primer modelo. Equipada con una baqueta de madera correcta, emitida con un acabado brillante de armería, esta pistola debe tener un cañón brillante y cerradura pulida.

Durante la era del mosquete Brown Bess, el ejército británico participó en cinco grandes guerras: la Guerra de los Siete Años (1756-63), la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos (1775-83), las Guerras Revolucionarias Francesas (1792-1802), Las Guerras Napoleónicas (1803-1815) y la Guerra de Crimea (1853-56). Luchó en la Guerra de los Siete Años como aliado de Federico el Grande de Prusia. Las operaciones contra los franceses y sus aliados indios en América del Norte comenzaron en 1754, absorbieron gran parte del esfuerzo militar de Gran Bretaña y ayudaron a iniciar un cambio táctico de gran alcance. Las posesiones francesas en Canadá fueron destruidas, con la captura de Quebec de Wolfe en 1759 como la estrella más brillante en un año de victorias que aún se recuerda en la marcha naval "Heart of Oak", que se escuchó por primera vez en la obra de David Garrick Invasión de Harlequin

Ven a animar a mis muchachos, es a la gloria que dirigimos

para agregar algo más a este maravilloso año ...

También en India hubo éxitos, con la derrota de Robert Clive del gobernante pro-francés de Bengala en Plassey en 1757 y la victoria del teniente general Sir Eyre Coote en Wandeswash en 1759, lo que puso a gran parte de India bajo el control de la Compañía Británica de las Indias Orientales. En el continente de Europa, donde los británicos siempre lucharon como parte de una fuerza de coalición, sus fortunas eran más variadas. El duque de Cumberland, hijo de George II, fue golpeado gravemente en Hastenbeck en 1757, pero una fuerza británica desempeñó un papel notable en la victoria de Minden en el annus mirabilis de 1759.

Vale la pena hacer una pausa para considerar cómo fueron estas batallas para los hombres que lucharon en ellas. En Minden, el Príncipe Fernando de Brunswick con 41,000 soldados anglo-alemanes se enfrentó al Mariscal Contades con 51,000 franceses. Lo que hizo que la batalla fuera inusual fue que fue decidida por un ataque contra una fuerza enormemente superior de la caballería francesa por seis regimientos británicos, lanzada como resultado de un malentendido lingüístico. El asistente del hospital William Fellowes del regimiento a pie 37 escribió que:
Los soldados y otros, esta mañana, que no estaban empleados en este momento, comenzaron a desnudarse y lavar sus camisas, y yo tan ansiosamente como el resto. Pero mientras estábamos en este estado, de repente los tambores comenzaron a tocar: y la llamada fue tan insistente que sin más preámbulos nos deslizamos sobre la ropa mojada y abrochamos las chaquetas sobre las camisas empapadas, apresurándonos a formar una línea para que no los camaradas deberían partir sin nosotros. Soplaba un fuerte viento en ese momento, y con mi camisa mojada y mi abrigo empapado, pasó una hora o más antes de que pudiera encontrar algo de calor en mí. Pero los franceses nos calentaron a tiempo; aunque no, puede estar seguro, ¡tanto como los calentamos!

El teniente Montgomery, del pie 12, describió el avance, con los abrigos rojos saliendo al rub-a-dub-dub-dub de los tambores, y a través de:

el fuego más furioso de una batería más infernal de 18 18 libras ... Se podría imaginar que este cañón haría que el Regt sea incapaz de soportar el impacto de las tropas ilesas preparadas mucho antes en el terreno de su propia elección, pero la firmeza y la resolución lo harán Superar cualquier dificultad. Cuando nos acercamos a unos 100 metros del enemigo, un gran cuerpo de caballería francesa galopaba audazmente sobre nosotros; estos nuestros Hombres al reservar su fuego se arruinaron de inmediato ... Estos visitantes siendo así despedidos ... cayeron sobre nosotros como un rayo de la gloria de Francia en las Personas de los Gens d´Armes. Estos se dispersaron casi de inmediato ... ahora descubrimos un gran cuerpo de infantería ... moviéndose directamente sobre nuestro flanco en la columna ... Nos enfrentamos a este cuerpo durante unos 10 minutos, los matamos a muchos, y como dice la canción, el resto corrió lejos.

Los siguientes que hicieron su aparición fueron algunos Regt de los Granaderos de Francia, y unos tipos tan bonitos y terribles como los que he visto. Nos dejaron en un tirón a pesar de que los golpeamos a distancia ... avanzamos, captaron la indirecta y huyeron.

Montgomery agregó una posdata. El ruido de la batalla asustó a la esposa embarazada del regidor Sutler en un parto prematuro: "Fue llevada a la cama de A Son, y lo hemos bautizado con el nombre de Fernando".

La Guerra de los Siete Años terminó con el Tratado de París, un triunfo para Gran Bretaña, que ganó territorio a expensas de Francia. Pero Francia pronto se vengaría. Una disputa constitucional, centrada en el derecho a los impuestos, llevó a la guerra entre Gran Bretaña y sus colonias norteamericanas en 1775. Aunque los británicos obtuvieron una victoria costosa ese año en Bunker Hill, a las afueras de Boston, y, de hecho, ganaron la mayoría de los En las batallas campales de la guerra, no pudieron infligir una derrota decisiva al ejército continental de George Washington, y su fuerza fue erosionada por pequeñas acciones repetidas en un paisaje que a menudo era decididamente hostil. Francia, alentada por la rendición de un ejército bajo el mando del teniente general John Burgoyne en Saratoga en octubre de 1777, se unió a la guerra. En 1781, el teniente general Lord Cornwallis, al mando de las fuerzas británicas en los estados del sur, fue asediado en Yorktown por Washington y sus aliados franceses. La flota del almirante de Grasse impidió que la Royal Navy interviniera, y en octubre Cornwallis se rindió en lo que fue la mayor humillación militar británica hasta la caída de Singapur en 1942. La paz de Versalles puso fin al conflicto, privando a Gran Bretaña de muchos de los logros alcanzados en el Guerra de los siete años.

La victoria de Francia fue muy comprada, porque sus finanzas colapsaron bajo la tensión de la guerra. El intento de reforma de su gobierno llevó a la convocatoria de los Estados Generales en 1789 y comenzó la caída hacia la revolución. Estalló la guerra entre la Francia revolucionaria y la vieja Europa monárquica en 1792, y Gran Bretaña se vio arrastrada al año siguiente. Las Guerras Revolucionarias Francesas vieron al Primer Ministro de Gran Bretaña, William Pitt, reunir dos coaliciones anti-francesas sucesivas, pero con poco éxito. En general, el patrón de la guerra fue lo suficientemente claro. Había poco para controlar a los franceses en tierra, y invadieron los Países Bajos, apenas molestados por la intervención en 1793-95 de una fuerza británica bajo el duque de York, aunque una expedición francesa a Egipto terminó en fracaso. En el mar, sin embargo, la Royal Navy era suprema, y ​​en 1801 la guerra había seguido su curso, sin que ninguno de los bandos pudiera causar daños graves al otro, y la paz fue ratificada en Amiens en 1802.

No duró mucho y la guerra estalló nuevamente al año siguiente. Napoleón Bonaparte, un oficial de artillería que había alcanzado la eminencia por una mezcla de asombroso éxito militar y hábil oportunismo político, se había convertido en gobernante de Francia, y en mayo de 1804 asumió el título imperial, obteniendo la aprobación popular para una nueva constitución por un plebiscito. Para 1812 había derrotado a todas las grandes potencias continentales excepto Gran Bretaña, imponiendo el "Sistema Continental" diseñado para evitar el comercio británico con Europa. Pero ese año se sobrepasó al invadir Rusia. Sus antiguos enemigos, sintiendo que la situación había cambiado, tomaron el campo contra él, y en 1814 fue golpeado y obligado a abdicar. Al año siguiente organizó el dramático renacimiento de los Cien Días, pero fue derrotado decisivamente por los británicos y los prusianos en Waterloo, y abdicó una vez más, esta vez para siempre.

Durante las guerras napoleónicas, el principal teatro de operaciones de Gran Bretaña fue la Península Ibérica, donde una fuerza británica, desde 1809 bajo el mando del general Sir Arthur Wellesley, luego creó al duque de Wellington, operaba desde su base en Portugal contra los ejércitos franceses, que siempre superaban en número a los británicos, pero estaban limitados por un conflicto más amplio contra una población hostil. El ejército británico libró una docena de batallas importantes y soportó varios asedios dolorosos. La batalla de Albuera, el 16 de mayo de 1811, se produjo cuando un ejército británico, español y portugués bajo el mando del teniente general Sir William Beresford bloqueó el intento del mariscal Nicolas Soult de interrumpir su asedio a la fortaleza de Badajoz, controlada por los franceses.

Fue uno de los concursos de infantería más difíciles de todo el período. Soult fijó la atención de Beresford fintando en el pueblo de Albuera, en el centro aliado. Luego desató un ataque masivo contra el flanco derecho de Beresford, donde una división española giró para enfrentar la amenaza y luchó galantemente, ganando tiempo valioso. Una brigada de infantería británica al mando del teniente coronel John Colborne, una de las estrellas de la época, que se convertiría en un mariscal de campo y un compañero, subió para apoyar a los españoles. Fue encerrado en un tiroteo con la infantería enemiga cuando los húsares franceses y los lanceros polacos cayeron sobre su flanco abierto, en el mismo momento en que una repentina explosión de nubes empapó los mosquetes de los hombres para que no dispararan. El teniente George Crompton del 66º Regimiento le contó a su madre la catástrofe que siguió. Era:

la primera vez (y Dios sabe que espero la última) vi las espaldas de los soldados ingleses dirigidos a los franceses ... Oh, qué día fue ese. Lo peor de la historia que no he contado. Nuestros colores fueron tomados. Te dije antes que los 2 Ensigns fueron fusilados debajo de ellos; 2 sargentos compartieron el mismo destino. Un teniente agarró un mosquete para defenderlos y recibió un disparo al corazón: ¿qué se podía hacer contra la caballería?

Luego, dos nuevas brigadas británicas se pusieron en línea, y el Capitán Moyle Sherer del 34º Regimiento relata cómo el humo de pólvora, tan característico de estas batallas, fue arrebatado por un momento para revelar:

los gorros de granaderos franceses, sus brazos y todo el aspecto de sus ceñudas masas. Fue un momento momentáneo, pero una gran vista: una atmósfera pesada de humo nuevamente nos envolvió, y pocos objetos se pudieron discernir, ninguno claramente ... Esta competencia asesina de mosquetería duró mucho. Estuvimos todo el tiempo avanzando y sacudiendo progresivamente al enemigo. A una distancia de unos veinte metros de ellos, recibimos órdenes de cargar; Habíamos dejado de disparar, vitoreado y teníamos nuestras bayonetas en la posición de carga, cuando un cuerpo del caballo del enemigo fue descubierto bajo tierra, listo para aprovechar nuestra impetuosidad. Sin embargo, ya la infantería francesa, alarmada por nuestros vítores preparatorios, que siempre indican la carga, se había quebrado y había huido.

Quizás quinientos metros a la derecha de Sherer estaba el Alférez Benjamin Hobhouse del 57º Regimiento, que participó en un prodigioso tiroteo a corta distancia.

En este momento, nuestros pobres compañeros cayeron a nuestro alrededor en todas las direcciones. En la actividad de los oficiales para mantener firmes a los hombres y suministrarles municiones a los caídos, apenas se puede evitar pisotear a los moribundos y los muertos. Pero todo estaba firme ... Aunque solo, nuestro fuego nunca disminuyó, ni tampoco los hombres se sintieron desanimados ... Nuestro Coronel, comandante, cada capitán y once subalternos cayeron; los colores de nuestro Rey se cortaron en dos, nuestros regimientos tenían 17 bolas a través de ellos, muchas compañías no tenían oficiales ...

El teniente coronel William Inglis, golpeado en el pecho por una uva, se colocó frente a los colores y alentó a sus hombres gritando "Muere duro, 57, muere duro". El 57º Regimiento y su sucesor posterior a 1881, el Regimiento Middlesex, debían ser orgullosamente conocidos como Diehards.

Finalmente, la brigada Fusilier, dos batallones de séptimo Royal Fusiliers y uno de 23º Royal Welch Fusiliers, llegó para hacerse con la victoria. En las filas de 1/7 estaba el soldado John Spencer Cooper, un ávido estudiante de historia militar que se había alistado en los Voluntarios en 1803 a la edad de quince años y transferido a los clientes habituales en 1806. Su libro Rough Notes of Seven Campaigns, escrito cuando Cooper tenía 81 años, da la visión de un soldado de la batalla.

Bajo el tremendo fuego del enemigo, nuestra línea se tambalea, los hombres son golpeados como bolos, pero no se da un paso atrás. Aquí nuestro coronel y todos los oficiales de campo de la brigada cayeron muertos o heridos, pero no se produjo ninguna confusión. Las órdenes fueron "de cerca"; 'acercarse'; "Disparar"; 'adelante'. Esto esta hecho. Estamos cerca de las columnas del enemigo; se rompen y corren hacia el otro lado de la colina en la mayor confusión de moblike.

La palabra "moblike" va al meollo del asunto. A medida que las columnas francesas se desintegraron, el ejército de Soult volvió al banco de individuos en el que todos los ejércitos tienen su origen y a los cuales, pero por los esfuerzos de los maestros de perforación, líderes y camaradas firmes, regresan con demasiada facilidad. Soult le dijo a Napoleón que le habían robado la victoria. "Los británicos fueron derrotados por completo y el día fue mío, pero no lo sabían y no querían correr". Bien podría Sir William Napier, veterano peninsular, celebrar "esa infantería asombrosa".

El dominio británico del mar, enfatizado nuevamente en Trafalgar en 1805, le permitió montar expediciones más pequeñas. Algunas veces fueron éxitos, como el descenso a Copenhague en 1807, y otras fracasos, como la desastrosa expedición a Buenos Aires de 1806–187. La época tuvo un trágico complemento. Un conflicto angloamericano - 'La guerra de 1812' - había comenzado prometedoramente para Gran Bretaña con el rechazo de un ataque estadounidense contra Canadá y la toma temporal de Washington, pero terminó en la derrota británica en Nueva Orleans en enero de 1815, una batalla librada antes La noticia de una paz negociada llegó a América del Norte.

No fue sino hasta 1854 que el ejército británico se enfrentó a su primer gran juicio post-napoleónico, y a la gran guerra final de nuestro período, cuando una fuerza anglo-francesa, con su contingente británico bajo el mando del general Lord Raglan, invadió Crimea en un esfuerzo por tomar la base naval rusa de Sebastopol. Los aliados obtuvieron una victoria temprana en el río Alma en septiembre y vencieron a dos ataques rusos en sus líneas de asedio en Balaclava e Inkerman. Después de un terrible invierno en las heladas tierras altas, tomaron las obras que dominaron Sebastopol y obligaron a los rusos a retirarse el verano siguiente.

Hubo combates esporádicos en la India durante todo el período. En 1764, los británicos fortalecieron su control sobre Bengala en la batalla de Buxar, y en 1799, Tipoo Sultan, gobernante de Mysore, fue asesinado cuando los británicos asaltaron su capital, Seringapatam. Hubo tres guerras contra los feroces Mahrattas, cuya confederación se extendió por el centro de la India, y en la segunda (1803–5) fueron golpeados, con el futuro duque de Wellington dando el golpe decisivo a Assaye (1803). Los Pindaris, piratas piratas que vivían al margen de los ejércitos de Mahratta, fueron golpeados en 1812–17, y una tercera guerra de Mahratta en 1817–19 vio a los británicos extender su poder a las fronteras de Punjab y Sind.

En 1838, el gobernador general de la India, Lord Auckland, decidió instalar un gobernante pro-británico, Shah Shujah, en el trono de Afganistán para proporcionar un baluarte contra la amenaza de la expansión rusa. El avance a Kabul fue bien, pero en el invierno de 1841-1842 se alzó contra Shah Shujah. La fuerza británica e india, débilmente ordenada, se retiró de Kabul hacia Jellalabad, pero fue hecha pedazos al hacerlo: solo un hombre, el Dr. Bryden, logró llegar a un lugar seguro.

Mejor fortuna asistió al siguiente paso expansionista, y en 1843 los británicos anexaron Sind. Esto los puso en conflicto con los sijs marciales, gobernantes del Punjab. En la primera Guerra Sikh (1845-1846), los británicos ganaron batallas duras en Mudki, Ferozeshah, Aliwal y Sobraon. Cuando las hostilidades estallaron de nuevo en 1848, los británicos tuvieron una batalla tremenda en Chilian wallah y un enfrentamiento decisivo en Gujerat, y luego anexaron el Punjab.

Brown Bess ahora era casi una cosa del pasado, reemplazado desde 1842 por un mosquete encendido por un gorro de percusión, que era mucho más confiable que el flintlock, y desde 1853 por un rifle de percusión. Irónicamente, fue la introducción de este rifle en el ejército indio lo que ayudó a producir el último conflicto de la época. El cartucho de papel del rifle estaba lubricado con grasa, y los rumores de que se trataba de la grasa del cerdo (inmundo para los musulmanes) o del ganado (sagrado para los hindúes) indujeron a algunos soldados del ejército de Bengala a rechazar los cartuchos y precipitaron el motín indio en marzo de 1857. Los amotinados tomaron Delhi y abrumaron a una fuerza británica en Cawnpore, donde los sobrevivientes fueron masacrados. Lucknow, capital del estado principesco de Oudh, resistió y finalmente se sintió aliviado después de que los británicos tomaran por asalto a Delhi en septiembre de 1857.

El motín fue la última vez que Brown Bess fue llevado en batalla por soldados británicos. El teniente Richard Barter, ayudante del pie 75, "el Regimiento de Stirlingshire, hombres buenos y verdaderos como siempre tuvieron el honor de servir a su Reina y País", describe cómo un centenar de hombres de su batallón recibieron el nuevo rifle, "todos El resto del regimiento conserva el viejo Brown Bess '. Pero la nueva arma no se consideró un éxito, y "los hombres, con pocas excepciones, lograron deshacerse de sus rifles y en su lugar recogieron las viejas armas de sus camaradas muertos". Hobden seguramente lo habría aprobado.

Brown Bess había dominado durante más de un siglo. Pero en una década era tan obsoleta como el arco largo, reemplazada primero por armas de percusión y finalmente por rifles de carga en un proceso de aceleración de la innovación técnica. También hubo otros cambios importantes: la compra de comisiones se abolió en 1871, y el sistema del regimiento se reformó poco después para producir regimientos del condado, con dos batallones regulares (el 37º se unió al 67º Regimiento (South Hampshire) para producir el Regimiento de Hampshire) vinculado para formar un nuevo regimiento que normalmente tendría un batallón en casa y otro en el extranjero. El proceso no fue popular, y los tradicionalistas exigieron el regreso de "nuestros números envueltos en gloria". En 1884 el coronel Arthur Poole declaró enojado que no podía asistir a una cena del regimiento de Hampshire. "Malditos nombres", escribió, "no significan nada". Desde tiempos inmemoriales, los regimientos han sido numerados de acuerdo con su precedencia en la Línea ... No iré a nada llamado cena Regimental de Hampshire. Mis felicitaciones, señor, y sea condenado ".


Nota del administrador:
Los Brown Bess capturados a las tropas inglesas en las fallidas invasiones a Buenos Aires y Montevideo entre 1806 y 1807 sirvieron en el Ejército Nacional Argentino hasta la Guerra del Paraguay en 1860.

domingo, 6 de mayo de 2018

PGM: Las precuelas del conflicto

Desde el surgimiento de Napoleón hasta la Guerra Civil estadounidense, estos tres conflictos allanaron el camino para la Primera Guerra Mundial

Andrew Knighton | War History Online




La Primera Guerra Mundial fue devastadora en su alcance y completamente diferente de lo que los líderes nacionales esperaban. Como tal, fue visto por muchos como un evento de horror impredecible y sin precedentes.

Pero, en realidad, muchas de las cosas que diferenciaron a la Primera Guerra Mundial, tanto en sus horrores como en sus innovaciones, ya habían sucedido antes. Tres guerras, en particular, mostraron lo que venía.

Las Guerras Revolucionarias y Napoleónicas Francesas - 1792-1815

La conexión más obvia entre la Primera Guerra Mundial y las Guerras Napoleónicas radica en su escala y las redes de tratados involucrados. Desde el Océano Atlántico hasta las estepas rusas, estas guerras atrajeron a casi todas las naciones de Europa. Aunque hubo precedentes en la Guerra de los Siete Años y la Guerra de los Treinta Años, las guerras contra Napoleón y sus predecesores llegaron más lejos que nunca.

La lista de naciones involucradas es reveladora. Francia, Rusia, Austria, Gran Bretaña y Rusia fueron los principales jugadores. El papel prominente de Prusia en la guerra fue un importante punto de inflexión para esa nación, lo que provocó su ascenso a la dominación y la eventual aparición de Alemania.

Pero la innovación más importante de estas guerras no vino en las naciones involucradas, sino en los hombres que lucharon. El 23 de agosto de 1793, una fecha que pocos recuerdan, fue una de las más importantes en la historia militar. En esa fecha, la Convención Nacional Francesa, enfrentada a enemigos inmensamente superiores en su puerta, votó para introducir el levée en masse, la primera conscripción masiva en la historia.


Jacques-Louis David - El emperador Napoleón en su estudio en las Tullerías

A partir de ahora, las guerras de los estados naciones de Europa no serían combatidas por soldados profesionales sino por poblaciones enteras de reclutas forzados. Las conscripciones masivas que vieron morir a una generación en las trincheras de la Primera Guerra Mundial comenzaron con un voto único en agosto de 1793.

Otras naciones seguirían más tarde el modelo francés, en parte para contrarrestar los números franceses. Con más naciones y más hombres armados que nunca, la guerra europea alcanzó una escala nueva y devastadora.

La Guerra Civil Americana - 1861-1865


Carga de bayonetas de Winslow Homer, Harpers Weekly 1862

En la década de 1860, muchas de las tecnologías con las que se libraría la Gran Guerra estaban en su lugar. La artillería devastadora, los rifles de carga de nalgas y las líneas de suministro ferroviario habían sido utilizados en la guerra. La revolución industrial estaba en pleno apogeo, y una base industrial fuerte era de vital importancia para sostener una guerra.

Desde 1861 hasta 1865, el mundo vería lo que sucedió cuando dos fuerzas decididas lucharon con todas las fuerzas de una máquina de guerra industrial.

Los campos de batalla de la Guerra Civil eran más parecidos a los de Napoleón que los de la Gran Guerra. El uso continuado de cargas de caballería y líneas de infantería dio un ejemplo que engañaría a los comandantes de 1914. Pero los grandes asedios de las últimas etapas de la guerra, como los de Atlanta y Richmond, mostraron lo que estaba por venir. Los hombres se agacharon durante semanas enteras en profundas líneas de trincheras excavadas, mientras que las bombas bombardeaban ambos lados de la línea. Los ataques fracasaron frente a estas obras defensivas y el poder de fuego oculto dentro de ellos. La guerra de trincheras había llegado.

La Guerra Civil también introdujo la idea de que la guerra tenía que ser total. No fue suficiente para superar al enemigo en algunos lugares. La guerra entre las naciones industrializadas significaba reducir el ejército y la base económica del enemigo, reduciéndolos hasta que no les quedaba nada con qué luchar. Esta fue la estrategia del General Ulysses S. Grant durante la Campaña Overland y más allá. Aunque los civiles no fueron atacados, todo lo demás fue. Los ferrocarriles fueron arrancados y sus pistas retorcidas más allá del uso; granjas y fábricas fueron destruidas. El tipo de ruina económica que obligaría a Alemania a rendirse en 1918 también puso de rodillas a la Confederación cincuenta años antes.

A pesar de sus profundas y dolorosas divisiones, la Guerra Civil también forjó un poderoso sentido del nacionalismo estadounidense, especialmente en el norte. La importancia relativa del espíritu nacional, en oposición a la identificación con un solo estado, creó un patriotismo que respaldaría la intervención de Estados Unidos en Europa en 1917-18.

La guerra franco-prusiana - 1870-1871



Proclamación del Imperio alemán, pintado por Anton von Werner

La guerra franco-prusiana fue la tercera y última de una serie de guerras que condujeron a la unificación alemana. En lugar de unir a Alemania al conquistar a sus vecinos, los prusianos buscaron unir los territorios alemanes fracturados a través de una causa común.

Aunque gobernado por el rey Wilhelm I, el verdadero cerebro de Prusia era el principal ministro del rey, Otto von Bismarck, uno de los políticos más notables del siglo XIX. Bismarck creó crisis diplomáticas que desencadenaron guerras contra Dinamarca (1864) y Austria (1866). Estos dieron a la alianza de estados alemanes separados un sentido de poder y un propósito unificado.

Finalmente vino la guerra franco-prusiana.


Soldados franceses con cañón de carga en la guerra franco-prusiana

Al igual que la Guerra Civil Estadounidense, la Guerra Franco-Prusiana vio el uso de la tecnología militar que tendría un mayor efecto durante la Primera Guerra Mundial. En particular, se vieron devastadores bombardeos de artillería de largo alcance. Los intentos franceses de colocar una ametralladora temprana fueron mucho menos efectivos, debido a su uso incorrecto táctico y la falta de capacitación adecuada antes de su despliegue.

Los prusianos hicieron un uso efectivo de los ferrocarriles para movilizar rápidamente a sus tropas y superar a los franceses. El plan Schlieffen utilizado en 1914 suponía que podrían hacer esto de nuevo. La rápida derrota de los franceses también dio forma a ese plan, dejando a los alemanes seguros de una fácil victoria en el oeste. Pero esto no tuvo en cuenta las mejoras francesas en los años intermedios, por lo que 1870 dejó a los alemanes con una confianza excesiva que sería su perdición en 1914.

Sin embargo, lo más importante es que la Guerra Franco-Prusiana sentó las bases diplomáticamente para la Primera Guerra Mundial. El estado nación de Alemania nació oficialmente el 18 de enero de 1871, en medio de la grandeza del Salón de los Espejos en la Versalles ocupada. Se había creado una nación fuerte, poderosa y segura que trastornaba el equilibrio de poder en Europa. El Tratado de Frankfurt, que puso fin a la guerra el 10 de mayo de 1871, tomó la mayor parte de Alsacia y partes de Lorena de los franceses y se los dio a los alemanes. Esto, junto con el aguijón de la derrota, despertó el resentimiento francés y aseguró la tensión entre las dos naciones. Fue esa tensión la que convirtió el conflicto balcánico de una guerra en Europa oriental en una que envolvió a todo el continente.