
16 de junio de 1955: bombardeo y masacre
“El pueblo debe estar tranquilo”:
las imágenes de un bombardeo
Matías Izaguirre y Mauro Vázquez
Todo documento visual es de entrada una ficción
Régis Debray
En
sus complejidades, paradojas, dilemas éticos y ambigüedades, las
imágenes se revelan como poderosos instrumentos no sólo para reconocer
el pasado y estudiar representaciones que generan nuevas memorias, sino
también para hacer inteligibles los complicados mecanismos de la memoria
social.
Claudia Feld y Jessica Stites Mor
Es
difícil, incluso (o sobre todo) hoy en día, imaginarse un bombardeo
sobre la Plaza de Mayo. De ahí que revisar las imágenes de los
bombardeos implique, en cierta medida, explorar una realidad
inverosímil, que poco pareciera tener que ver con nuestra historia: una
ciudad en guerra, asediada por un enemigo externo. Sin embargo, es esa
Plaza de Mayo que tan bien conocemos, es ese territorio común,
atravesado por múltiples sentidos e historias, el que está dañado en las
fotografías que vemos de ese trágico día; es ahí donde cayeron las
víctimas de una de las peores masacres perpetradas en suelo argentino.
La extrañeza y la ajenidad inicial ceden al estremecimiento: realmente
sucedió, aunque la masacre no la causó ningún enemigo externo, sino una
facción de la Marina y de la Aeronáutica apoyada por civiles.1 Quizá los largos años de silencio, el retaceo de imágenes, la falta de cifras concluyentes y de nombres,2
hayan colaborado en esa falta de imaginación. Quizá en esa relación
entre las palabras “imaginación” e “imagen” pueda encontrarse pistas
para rastrear la carencia y, a partir de ahí, la poca visibilización que
hubo durante tanto tiempo sobre lo que algunos consideran un “atentado
terrorista a escala gigantesca”.3
Los bombardeos a la Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 nos meten de
lleno en la historia de las mediaciones que velaron las imágenes de la
masacre, de las muertes de cientos de civiles indefensos carbonizados
y/o ametrallados, pero también –y sobre todo– la de los asesinos. Esa
historia de ocultamientos no se limitó, por supuesto, a los días que
siguieron a la fallida “intentona militar”. Siguió, por el contrario,
durante los últimos meses del gobierno peronista (derrocado finalmente
en septiembre de 1955), en la maquinaria cultural de la revolución
libertadora, en la resistencia peronista4 y en las efemérides periódicas de los cincuenta años siguientes.5 Por razones diferentes; con objetivos ideológicos dispares, antagónicos. Pero persistió, como la evasiva sombra de un fantasma.
Este
artículo pretende desentrañar la génesis de esa falta, sus primeras
imágenes. Para ello analizamos diferentes fotografías aparecidas en los
diarios y las revistas de la ciudad de Buenos Aires los días posteriores
al bombardeo y su colocación en el universo discursivo que los
periódicos conforman. Con esa intención, tomamos como corpus los diarios
a partir del 17 de junio, aunque centrándonos en Clarín y La Nación (teniendo en cuenta un problema de fuentes, que no deja de ser un dato),6
para, a partir de allí, intentar dar cuenta de las claves
interpretativas que las distintas series de imágenes acerca de los
bombardeos ponen en movimiento y elucidar qué hilos –si es que los hay–
han estructurado su representación fotográfica, privilegiando ciertos
“repertorios visuales”.7
Un especial fotográfico del periódico El Líder, aparecido
durante esos días, en la bajada titulaba “Documentos de la barbarie” y
señalaba que “ahora que todo ha pasado quedan estos documentos
irrefutables de la barbarie ensañada. Pasará el tiempo pero no podrá
borrarse tanta infamia”.8
Sin embargo, muchos de esos documentos se borraron; otros, ni siquiera
aparecieron. Trabajar sobre estas fotografías implica un doble desafío:
por un lado, establecer cómo operan, dialécticamente, las ausencias y
presencias, y por el otro, reconstruir los conflictos que se articulan
alrededor de la producción de imágenes tan pregnantes, y de cómo esas
imágenes no son a su vez cualquier registro icónico, sino los modos
diferentes, contradictorios y en tensión de poner en escena disputas en
torno a un lugar simbólicamente tan denso para la vida política
argentina como lo es la Plaza de Mayo.
El
complejo lugar de la memoria requiere de esta indagación sobre los
roles que tuvieron las imágenes a la hora de instaurar una determinada
visualidad, que priorizó ciertos itinerarios respecto de los bombardeos
entre otros posibles y que eventualmente abonaron determinados
imaginarios sociales. Como sostienen Claudia Feld y Jessica Stites Mor:
Las
imágenes son consideradas como construcciones: involucran actores y
agente, reglas y lógicas propias, contextos sociales, culturales
precisos, soportes concretos, elecciones y estrategias […] En sus
complejidades, paradojas, dilemas éticos y ambigüedades, las imágenes se
revelan como poderosos instrumentos no sólo para conocer el pasado y
estudiar representaciones que generan nuevas memorias, sino también para
hacer inteligibles los complicados mecanismos de la memoria social.9
Trabajar
las imágenes que se generaron en el momento de los bombardeos nos va a
permitir analizar los puntos de partida que posibilitaron las complejas
sendas de las políticas de (in)visibilización respecto de los bombardeos de junio de 1955.10
Medios gráficos y peronismo: cuadro de situación
Si
bien analizar en profundidad la relación del peronismo con los medios
de comunicación excede largamente el objetivo de este trabajo, es
preciso hacer algunas consideraciones sobre cómo se encontraba en líneas
generales el mapa de medios (sobre todo en cuanto a la prensa escrita)
en el momento en que se producen los bombardeos, ya que nos permitirá
luego echar un poco de luz sobre los posicionamientos de la prensa ante
ellos. En 1955 la relación del peronismo con los medios había
experimentado un cambio tan rotundo que luego a Perón, a la distancia,
le parecería toda una ironía haber podido ganar las elecciones de 1946
con tan sólo unos pocos medios apoyándolo e irse, derrocado tras el
golpe de 1955, con prácticamente la totalidad de los medios a favor.
Entre
los periódicos afines o que el gobierno peronista logró, mediante
allegados, tener directamente bajo su órbita durante esos años, se
encontraban Crítica, La Prensa, Noticias Gráficas, Democracia, La Época, El Laborista y El Líder, entre otros. A este último, vinculado a la CGT, se le sumaría La Prensa, luego de ser expropiado.11
El Líder,
nacido en el seno de la Confederación de Empleados de Comercio, fue
fervorosamente peronista. El principal referente del diario era Emilio
Borlenghi, hermano del secretario general de la Confederación General de
Empleados de Comercio y ministro del Interior durante casi todo el
gobierno peronista, Ángel Borlenghi, quien ocupó el cargo hasta el 17 de
junio de 1955, justo un día después de los bombardeos.
Ángel
Borlenghi, antiguo militante del Partido Socialista, había participado
de la creación del Partido Laborista, que llevaría la candidatura de
Perón. Fue uno de los pocos referentes del sindicalismo de aquel
entonces que se había relacionado con la ascendente figura del entonces
ex secretario de Trabajo. En torno del Partido Laborista comenzó a
publicarse el periódico El Laborista. Democracia y El Laborista fueron dos de los pocos diarios que apoyaron la candidatura de Perón en 1946. Como señala Mirta Varela:
El bloque de la prensa contraria a Perón estaba formado por los grandes matutinos nacionales: La Prensa, La Nación y El Mundo; los vespertinos La Razón, Crítica y Noticias Gráficas y también La Vanguardia […] Sólo algunos diarios de limitada tirada como el matutino Democracia y los vespertinos La Época, Tribuna y El Laborista apoyaban la candidatura de Perón.12
El diario Democracia
comenzó a publicarse el 3 de diciembre de 1945, como un proyecto ideado
para apoyar la candidatura presidencial de Perón. Había sido fundado
por Antonio Manuel Molinari, Mauricio Birabent y Fernando Estrada a
través de la editorial Democracia SA, que también editaba el diario Rosario.
A partir de la iniciativa de quien luego sería gobernador de la
provincia de Buenos Aires, Carlos Vicente Aloé, el Estado adquirió la
editorial en noviembre de 1946.13 Al año siguiente, dicho conglomerado cambiaría el nombre por Alea SA, cuya dirección seguía en manos de Aloé. Ésta sería la base del sistema de medios gráficos de los dos gobiernos peronistas.
En
noviembre de 1948 Orlando Maroglio, el ex presidente del Banco de
Crédito Industrial, compró la mitad de las acciones de la editorial
Haynes Ltda. La presidencia la asumió Miguel Miranda, que había sido
presidente del Consejo Económico-Social, y la vicepresidencia, Aloé.
Tras la muerte de Miranda en 1954, Aloé quedó como presidente de la
editorial. Haynes editaba, entre otros, el diario El Mundo y las revistas Caras y Caretas, PBT, El Hogar, Mundo Deportivo, etc. Luego se agregarían a este conglomerado Crítica, La Época y Noticias Gráficas.
La tercera pata de esta red de medios oficiales la componía La Razón, que había sido adquirida en 1951 por Miguel Miranda, y que también incluía la RADES.
Durante los casi diez años de peronismo, señala Sergio Arribá, la
concentración política de la radiodifusión “condujo a la regulación
ideológica”14 ya que la pluralidad informativa fue más formal que real.15
Fuera de la red de medios oficialistas estaban Clarín y La Nación. Clarín,
si bien había apostado por oponerse a la candidatura de Perón en 1946,
fue cambiando su posición con el correr de los años de gobierno
peronista, optando por una postura moderada. El diario se había visto
beneficiado por la expropiación de La Prensa,
en tanto sumó nuevos lectores y se convirtió en el principal referente
de los avisos clasificados. Apenas derrocado Perón, en septiembre de
1955, se convertiría rápidamente en un diario oficialista más del
gobierno de Eduardo Lonardi. La Nación, en cambio, mantuvo una postura generalmente opositora durante los dos gobiernos peronistas.
Crónica visual de los primeros días
A
menudo suele decirse que los diarios son algo así como la primera
versión de la historia. Y si bien, a diferencia de lo que sucedía en
1955, esa afirmación ha ido perdiendo el peso decisivo de décadas
pasadas –sobre todo a partir de las múltiples variables que ofrecen hoy
las nuevas tecnologías–, no deja de ser significativo que los medios
gráficos aún sean percibidos como uno de los lugares privilegiados donde
quedan fijadas con carácter de urgente y para la posteridad aquellas
primeras impresiones, ideas o posiciones sobre los acontecimientos del
momento. Y la fotografía guarda todavía un poder que tolera la erosión
–o la sufre menos que otros soportes– que implican los avances técnicos;
pues, como sostiene Susan Sontag:
Las
fotografías pueden ser más memorables que las imágenes móviles, pues
son fracciones de tiempo nítidas, que no fluyen. La televisión es un
caudal de imágenes indiscriminadas, y cada cual anula la precedente.
Cada fotografía fija es un momento privilegiado […] que se puede guardar
y volver a mirar.16
Urge
preguntarse entonces, teniendo en cuenta las posibilidades pero también
las restricciones del dispositivo representacional, ¿qué pasó el día
después del bombardeo, ese 17 de junio de 1955? ¿Qué imágenes
reprodujeron los periódicos de la ciudad de Buenos Aires los días
posteriores al bombardeo? ¿Qué sentidos se pusieron a circular? ¿Y por
qué? Buscar semejanzas en los modos de mostrar, de poner en escena,
implica reconocer, como Sergio Caggiano, que “tratar con lo visual
entraña interrogarse por lo que se muestra y lo que se oculta […] por lo
que unos actores muestran y otros no, o por lo que se muestra en un
determinado momento y ya no posteriormente”.17
Al
analizar los periódicos y los diarios nos encontramos, ese día después,
con una senda visual que va de las personas (sea que se encuentren
socorriendo a los heridos o en su condición de testigos presenciales o
autoridades) a la destrucción, pensada de manera amplia. Las primeras
imágenes que aparecen en los principales diarios, el 17 de junio,
combinan muy hábilmente (ya veremos por qué) esos elementos: personas y
daños materiales. Y, salvo excepciones, no hay imágenes que muestren a
los muertos,18
sí en cambio destrozos de todo tipo (autos carbonizados, cráteres en la
calle y en la Plaza de Mayo, llamas devorando autos, gruesas y oscuras
columnas de humo, etc.) y, por supuesto, algunas figuras públicas,
ligadas al gobierno. Evidentemente, esas personas no son las víctimas,
al menos no tan directamente como aquellos que cayeron bajo las bombas o
la metralla (aunque sí lo son tangencialmente, pues los bombardeos
tenían por objetivo matar a Perón primero y luego tomar el poder) y
menos aún los victimarios, sino el presidente Juan D. Perón y varios de
sus funcionarios.19
En la primera plana del 17 de junio La Nación y Crítica
comparten una imagen en la cual aparece el presidente Perón y el
ministro de Ejército, el general Franklin Lucero, fundidos en un abrazo,
con gestos de emoción. Es la foto de la victoria del gobierno. Y tal
vez por ello circula profusamente en la prensa gráfica. “Lealtad y
emoción”, reza el epígrafe de Crítica. Esta fotografía también aparece en Clarín,
pero en sus páginas interiores. Allí se la utiliza para ilustrar la
crónica del periodista que relató cómo vivió Perón la jornada en el
Ministerio de Guerra, desde donde, precisamente, recibió la noticia, y
la algarabía provocada por la rendición.20 Crítica en
cambio resume en el titular de la tapa: “Después del dolor y el
heroísmo, el orden”. El epígrafe de la fotografía destaca la importancia
de ese momento: “Instante de elevada emoción fue aquel del abrazo del
general Perón al general Lucero”. La media sonrisa de Perón (que no
podría nunca llegar a ser carcajada) parece estar más a tono con la
sensación de alivio, tras largas horas de tensión e incertidumbre. La
única certeza la aportó el Ejército, cuya actuación fue decisiva para
mantener el gobierno en pie y controlar la situación. Luego vendrían las
evaluaciones políticas y las especulaciones. Porque si bien es cierto
que fue “sofocada la intentona subversiva”,21 como llama eufemísticamente La Nación
al plan que incluía matar a Perón y luego instaurar un gobierno de
facto, tras los bombardeos proliferaron todo tipo de versiones sobre el
destino de Perón. Se llegó a decir que estaba considerando renunciar.
Por eso, cuando la revista Mundo Peronista, de Editorial Haynes –que demoró una semana la edición de su ejemplar que debía salir a la venta el 15 de junio–,22
apareció con la imagen del abrazo de los dos generales en su portada,
no hacían falta más pistas. La fotografía contenía un mensaje político
claro: en caso de que Perón renunciase, el sucesor debía ser el ministro
de Guerra, Franklin Lucero, quien supo dirigir eficazmente las
operaciones de defensa.
Clarín,
sin embargo, elige poner en la primera plana una imagen donde Perón
aparece reunido (y rodeado), en “tertulia”, con Lucero, varios generales
y brigadieres, el ministro de Obras Públicas Roberto Dupeyron,23
el secretario de Prensa y Difusión, Raúl Apold, y el gobernador de la
provincia de Buenos Aires, Carlos Aloé. Estos últimos aparecen apenas
mencionados como “los señores Aloé y Apold”, sin nombres de pila ni de
cargos. Clarín
establece una cadena significante que no sólo está centrada en las
personalidades y los funcionarios estatales sino también, y sobre todo,
en enfatizar que las autoridades se están ocupando del asunto, que
accionan todos los resortes del Estado para restablecer el orden y
volver al estado anterior, a la “normalidad”. Aparecen así funcionarios
del más variado rango (militares y también civiles) reunidos,
trabajando, firmando decretos, recorriendo la zona donde impactaron las
bombas, “inutilizando una bomba” (como el personal técnico de la
Aeronáutica),24
y aun Perón hablando a la Nación, etc. Es decir, se intenta por todos
los medios posibles mostrar a la ciudadanía –pero también a los
perpetradores de la masacre– que el gobierno, pese a todo, tiene la
situación bajo control y que aún cuenta con la fortaleza y los reflejos
necesarios para buscar justicia y llevar tranquilidad a la población.
Esa línea la comparten prácticamente todos los diarios relevados, sean
oficialistas u opositores. Por caminos inversos, llegan al mismo sitio:
aplacar los ánimos. Los medios opositores, como La Nación,
no quieren que una enorme cantidad de peronistas enfurecidos tomen
revancha y resuelvan hacer justicia por sus propios medios, que vayan
contra todos aquellos que identifiquen como enemigos o cómplices. Por
eso, no sorprende que tanto Clarín como La Nación publiquen en primera plana el discurso de Perón, en el que se descubre el mismo temor:
Estos
soldados que hoy combatieron por el pueblo argentino son los verdaderos
soldados. Los que tiraron contra el pueblo no son ni han sido jamás los
soldados argentinos: porque los soldados argentinos no son ni traidores
ni cobardes, y los que tiraron contra el pueblo son traidores y
cobardes.
La
ley caerá inflexiblemente sobre ellos. Yo no he de dar un paso para
atemperar su culpa, ni para atemperar la pena que les ha de
corresponder. Yo he de hacer justicia, pero justicia enérgica. El pueblo no es el encargado de hacer la justicia. Debe confiar en mi palabra de soldado y de gobernante. (Subrayado nuestro)
Cuenta
Silvia Mercado que una vez que Perón tuvo la certeza de que su discurso
fue transmitido sin ningún inconveniente por la cadena de radio y
televisión, recibió en el Ministerio de Guerra a Raúl Apold, hombre de
su entera confianza. Apold quería enseñarle imágenes fílmicas de la
masacre. No tuvo mejor idea que mostrarle las más impactantes.
El
presidente estaba furioso como nunca lo había visto, incluso, algo
desestabilizado. Él [Apold], sin embargo, parecía más frío que nunca. Le
propuso exhibir los cadáveres por la mañana, para enardecer a los
propios.
Al recibir esta propuesta de Apold, Perón lo miró y le contestó:
–¿Usted está loco, Apold?
–¿Qué quiere que haga, general?
–Muestre cómo quedó todo. Convoque a la indignación. Limite las fotos de los muertos. Escriba a los heridos.25
Este
relato bien podría limitarse al terreno de la anécdota si no fuera
porque explica, en buena medida, cuál fue la pauta por la que se
rigieron desde entonces propios y extraños. En esa decisión se funda la
escasez de imágenes, cuando no la ausencia, de muertos o mutilados.
Paradójicamente, las víctimas se convierten en el lugar común
invisibilizado. Sin embargo, esa operación debía ser disimulada.
Norberto Galasso agrega un aspecto que completa el panorama: Perón,
impresionado por la magnitud de las consecuencias de la guerra civil
española, temía que los bombardeos pudieran convertirse en el factor
desencadenante de una guerra fratricida en la Argentina. Por eso,
“después de estos episodios, no se fusiló a los autores y se trató de no
sobredimensionar el hecho”.26
El pasaje supone, como decíamos, una inversión. No vemos a los muertos,
pero sí a las autoridades ocupándose. Así, se multiplican fotografías
en las que se lo ve a Perón ejerciendo su rol de líder (como la
aparecida en las primeras páginas de Clarín).
Se lo muestra en la reunión con jefes militares leales, firmando el
decreto para juzgar a los insurrectos y hablando por cadena nacional. La Nación
acompaña ese repertorio visual: luego de la fotografía del abrazo entre
Perón y Lucero, pone en página también la de la reunión (la misma que
colocó en tapa Clarín)
y luego otra de Perón hablando a través de la radio. De nuevo, se
refuerza la noción de un líder que actúa con celeridad ante una
situación de extrema gravedad.
No obstante, Clarín
también les reserva un espacio a los perpetradores y pone en la segunda
página la imagen de uno de los aviones, ametrallando un edificio del
que sale una oscura columna de humo. Esa imagen es significativa porque
es una de las pocas (diríamos la única) que muestra el acto en sí, el
bombardeo, y no sus consecuencias, sean materiales o políticas. “La
ciudad se alarmó ante los bombardeos”, es el título de la nota que
acompaña la fotografía.27
La nota habla de los muertos, del terror, de aquellos que caían por las
explosiones de los automóviles, de los que recibían fuego de metralla.
Pero aún no es tiempo de víctimas. Ni de destrozos. El cielo es el
protagonista:
A
poco de la hora anunciada para el acto en el cual aviones militares
habrían de sobrevolar la Catedral con el fin de desagraviar la memoria
del Libertador General José de San Martín, se escuchó en lontananza el
rugido de los motores aéreos. Quienes se hallaban en la Plaza de Mayo
consideraron que se iniciaba el homenaje, y, lógicamente, todos los
transeúntes que se encontraban en el lugar miraron hacia el cielo.
Habrían de sufrir una ingrata y cruel sorpresa.
En Clarín,
desde el primer día, ya parecieran quedar planteadas las posibilidades
de registro fotográfico de los acontecimientos. Se vislumbran los trazos
de un régimen de visibilidad que contiene imágenes que, en primer
lugar, identifican e individualizan la acción de gobierno; en segundo
lugar, intentan marcar los bombardeos en sí (colocando aviones o bombas
para los bombardeos; soldados o civiles con armas de fuego para los
tiroteos); en tercer lugar, los destrozos materiales, que al principio
son las menos y conforme pasen los días ocuparán un espacio central, y
finalmente, las de los cadáveres o heridos. Si tomamos las fotografías
de Clarín,
veremos que ese “día después” las imágenes de personas o de acción de
gobierno son ocho, las de combate son siete, las de heridos o víctimas
fatales también siete, y las de destrozos se reducen a una. La Nación
no se permite tal ruptura de su contrato de lectura: apenas cuatro
fotografías de personajes y una sola que pretende conectar con los
bombardeos: una bomba sin explotar, fotografiada con un encuadre tan
cerrado que no deja siquiera ver el contexto, el lugar en el que esa
bomba arrojada quedó sin detonar.
Las
fotografías de bombas que no explotaron fueron un recurso muy utilizado
por la prensa en los días subsiguientes. Eran una evidencia concreta de
los bombardeos y a la vez una trampa, una nueva maniobra para
escamotear a los muertos. Las bombas estuvieron en la plaza durante
varios días, hasta que fueron o desactivadas o bien detonadas por
personal capacitado. En ambos casos, eso también fue noticia.
La Nación
del día después, ese 17 de junio, titula que “ha sido sofocada una
intentona subversiva” y el bombardeo es (in)visibilizado con una gran
bomba reposando sobre el suelo en medio de la noche. “Una de las bombas
que no hizo explosión, caída
en la Plaza de Mayo”, enmascara el epígrafe (el subrayado es nuestro)
(imagen 1). No hay humo, no hay muertos, no hay edificios en ruinas;
apenas hay un artefacto explosivo en un lugar en el que no debiera estar
y que, según La Nación, “cayó” en la Plaza de Mayo. La construcción de esa primera plana es interesante porque es el sitio privilegiado desde donde La Nación
estructura su versión de la masacre (a la que, naturalmente, jamás
llama de esa manera), desde donde minimiza, enmascara y vela las causas
y, sobre todo, las consecuencias de un acto criminal sin precedentes. El
olvido comenzó a conjurarse en esos momentos, pocas horas después de la
matanza, con un discurso que, como el de este diario (entre otros),
eludió sistemáticamente mostrar una plaza sembrada de cadáveres y
heridos, y más aún llamar a las cosas por su nombre. A lo largo de los
días son notables las maniobras retóricas y eufemísticas de las que se
sirve La Nación
para evitar aludir a los perpetradores. Así es posible leer en días
sucesivos “intentona subversiva”, “repercusión de los sucesos”, “renace
la tranquilidad”, etcétera.
La fotografía de la bomba en Clarín,
en cambio, agrega varios componentes. En primer lugar, está ubicada en
las últimas páginas de esa edición, como un elemento que no se vincula
con ninguno de los textos que ocupan su página, pues se trata de una
bomba que cayó frente a la Aduana y la nota habla de los ataques aéreos
al Departamento Central de Policía. Asimismo, la bomba no está sola en
medio de la noche sino rodeada de gente, de ocasionales testigos que
posan junto a ella como si de un animal capturado se tratase. La bomba
de La Nación
conservaba, en su solitaria representación, su carácter neutralizado,
esa coqueta forma visual de apartarla de la muerte, de los destrozos y
de los victimarios;28 la de Clarín
es para los testigos algo más que una simple curiosidad, las personas
se agrupan a su alrededor, miran la cámara, posan más preocupados por
salir en la foto que por el artefacto explosivo en sí (imagen 2).
El diario Noticias Gráficas
también incluye una bomba y ya es posible apreciar, en comparación con
las otras dos fotografías, cómo en la medida en que se va agrandando el
encuadre de la imagen también se extienden ciertas cadenas
significantes. Es decir, en esta última imagen, en línea con la de Clarín, hay aún más personas, curiosos y testigos que posan ante el artefacto.29
Se los ve alegres, en movimiento. El epígrafe los describe como “el
pueblo” y, pese a que nos dice que personal técnico del Ejército ya la
desactivó, no vemos a nadie trabajar. Esa bomba aún es parte de los
bombardeos, del acto en sí. Es una prueba más de que el puño del
victimario, ahora rodeado, está, “neutralizado” por el “pueblo” (imagen
3).
El Líder por su parte también muestra a dos hombres en cuclillas, la mirada seria, junto a una bomba “que milagrosamente no explotó” (imagen 4). De hecho, uno de ellos está prácticamente montado encima de ella, la diferencia es que esa foto está junto a otra en la que se observa un enorme “boquete”, hacia el que los testigos señalan. La conexión es axiomática. Ese boquete, esa bomba.
1. La Nación, 17 de junio de 1955, primera plana.
2. Clarín, 17 de junio de 1955, p. 10.
3. Noticias Gráficas, 17 de junio de 1955, p. 9.
4. El Líder, 17 de junio de 1955, p. 2.
A partir del 18 de junio esas bombas entran a formar parte de otras cadenas de sentido. Ese día, El Líder, que durante varias jornadas en su última página realiza especiales fotográficos, muestra una imagen, entre tantas, de una bomba que no había estallado y es revisada por un grupo de uniformados. El título del especial es “Panorama gráfico de la destrucción ocasionada por las bombas”, y aparece en la parte superior izquierda de la página esa fotografía y debajo, en un pequeño texto que parece dar cuenta de todo el conjunto de imágenes, señala que “personal técnico de la Aeronáutica comenzó entonces a localizar las bombas caídas en distintos lugares, que no habían estallado, procediendo a inutilizar su mecanismo a fin de neutralizar definitivamente la posibilidad de su estallido, o haciéndolas estallar ex profeso”.30 Esas bombas que el día anterior aparecían como resto abandonado o como significante que condensaba la muerte, la destrucción y el fuego, vencidas, empiezan a ser objetos de una acción estatal: la reparación. La Razón, en el mismo día, coloca la misma fotografía, agregándole otra donde los mismos uniformados que la observan están intentando llevársela. Crítica es, en última instancia, más contundente en esta transformación significante de un objeto fotografiado: “Ha perdido peligrosidad”,31 titula la fotografía de varios militares llevándose a los hombros una bomba. La relación indiciaria de este objeto ha cambiado: ya no refiere más al bombardeo sino a la pericia técnica de los militares para neutralizar bombas. La causa por la cual las bombas llegaron allí comienza poco a poco a desdibujarse, a perderse tras numerosos velos de sentido, todo parece volver a la “normalidad”. El relato visual se va desarrollando de tal manera que sea posible pasar a la otra etapa, el regreso de la tranquilidad, que será también un denominador común en la prensa.
Cadáveres
Un grupo de hombres se reúne en torno a dos cuerpos de los que sólo se ven con claridad las piernas, los pies descalzos y una de las manos de una de las víctimas. El resto de los cuerpos –ya debidamente tapados presumiblemente con unos sacos o mantas– no son más que dos inquietantes bultos oscuros. Y si bien aquí los muertos son, evidentemente, el centro de atención, el fotógrafo cuidó bien que el encuadre le reserve un lugar a aquellos que, movidos vaya a saber por qué motivación (o necesidad), se acercaron a examinar con detenimiento la situación. Así, entre los hombres que aquí se congregan están quienes se arriman respetuosamente hasta el lugar, mirando, brazos en jarra, la escena y los que tal vez sorprendidos por la presencia del fotógrafo miran a cámara con gesto grave (imagen 5).
5. Clarín, 17 de junio de 1955, p. 9.
Este tipo de fotografías, además, presenta la particularidad de haber sido tomadas cuando los cuerpos ya habían sido acomodados a un costado, a la espera de que las ambulancias –que pese a haber hecho “centenares de viajes […] se vieron superadas por la gran cantidad de víctimas”–32 los sacaran del lugar de los hechos, de la “escena del crimen”. Ese ordenamiento que es, en un principio y sobre todo, el que pueden aportar los voluntarios, descubre, a su vez –quizá por la baja calidad con que se imprimía en aquel tiempo–, una confusión de cuerpos donde a veces cuesta precisar dónde empieza uno y termina el otro. “El caos de las matanzas […] reserva también un lugar en el fondo para los testigos silenciosos del suceso.”33 Es interesante subrayar que en los bombardeos o no hay muertos (en La Nación) o bien son “seres sin rostro” (en Clarín), y quien no tiene rostro no puede tener identidad, no puede tener historia.
Hay
cadáveres en las fotografías, como vemos, pero no están mutilados sino
generalmente cubiertos por algún tipo de ropa. En los dos primeros días,
en las páginas centrales, Clarín
saca especiales fotográficos sobre los bombardeos, y en el primer día
sí aparecen cadáveres. Encontramos allí una suerte de criterio que puede
resumirse en una afirmación del estilo: “Hubo muertos, esto realmente
sucedió, acá están las pruebas”. Es por ello que, al menos el primer
día, esa doble página central a la que recién hacíamos referencia
contiene al menos cinco fotografías (sobre nueve) en la que podemos ver a
los muertos. “Víctimas inocentes” las llama (“Cayeron víctimas
inocentes durante los bombardeos”, es el título del especial fotográfico
del 17 de junio de 1955). Tienen los rostros cubiertos esos cadáveres y
Clarín
lo destaca: en una foto de un cadáver que aparece entre dos automóviles
señala que “manos piadosas, mientras aún proseguían los tiroteos, le
han cubierto el rostro con un diario”. Los muertos son anónimos y
preservar ese anonimato es un acto de piedad. Hay algo que se veda: el
rostro. El anonimato, frente a esa fuerte pulsión referencial en estas
fotografías, se cuida escamoteando los rostros de los cadáveres, la
posible identificación.
Estos
cadáveres aparecen, a su vez, como representando a grupos de personas
y, en ese sentido, si hay algo que se destaca de ellos es su condición
de trabajadores: en una foto donde aparecen seis cadáveres se enfatiza
que “la multitud” estaba integrada en muchos casos por trabajadores que,
sorprendidos por el movimiento revolucionario, retornaban a sus
hogares. El segundo cadáver de la fila tiene a su lado una maleta con
alimentos y ropas. En otra imagen, la del cadáver entre dos automóviles,
se especifica que tiene “ropas de trabajo” (imagen 6).
6. Clarín, 17 de junio de 1955, p. 8.
Estas
fotografías aparecen exclusivamente el día posterior, es decir, el 17
de junio. El 18 ya no queda ninguna imagen de cadáveres, ni en noticias,
ni en especiales, ni en las constantes reposiciones fotográficas
dedicadas a lo sucedido el 16 de junio. Es que ya están interviniendo,
como vimos, un conjunto de estrategias tendientes a enmascarar y
minimizar los hechos. Los cuerpos dejan de ser “los cuerpos” para
convertirse en cuerpos heridos en proceso de sanación. Y allí hay otro
desplazamiento: cada movimiento semántico se articula con el anterior y
así es como se va confeccionando lo (in)visible y lo (in)decible. La
muerte queda así exclusivamente en manos de la escritura y de su
frialdad simbólica y burocrática, que nombra a los muertos, los enumera y
eventualmente los recuerda, pero que de ninguna manera los muestra.
Para desplegar la idea de un retorno a la “normalidad”, es preciso que
las imágenes de cadáveres y mutilados no sean exhibidas.
La excepción la marcan dos periódicos que el 17 de junio publican muertos: Clarín, como ya vimos, y El Laborista. En el resto, nada.34
No obstante, quienes sí empiezan a tener imagen, nombre, apellido y
rostro son los heridos. Los diarios oficialistas, sobre todo, incluso
publican, el primer día, profusas imágenes de los sobrevivientes. Se
elige mostrar la punta del iceberg. Allí nuevamente aparece la idea de
un Estado que actúa con celeridad, que asiste a los heridos, que intenta
reparar, que busca llevar tranquilidad a la población.
El 18 de junio el diario oficialista El Laborista
comienza una sección gráfica diaria, en forma de recuadro, que se
encarga de mostrar heridos. Esa columna acompaña la información de los
partes de los hospitales, y procura identificar, con nombre,
nacionalidad, edad y domicilio, a las personas de las fotografías. En
esas imágenes los heridos aparecen recostados en una cama de hospital,
acompañados generalmente por personal médico. Se los ve en buenas
condiciones, dadas las circunstancias. Sin duda, no son los heridos de
mayor gravedad. Los diarios peronistas en varias oportunidades publican
imágenes que insisten en la idea: un paciente (da igual si es hombre o
mujer), recostado en una cama de hospital (a veces mirando a cámara),
que puede o no estar acompañado. Y en los epígrafes se los nombra, se
los identifica. Crítica y La Época lo hacen desde el 17 de junio. Los heridos están bien, recuperándose. El Estado sabe quiénes son y cómo asistirlos.
Sin embargo, en los diarios oficialistas encontramos la imagen de un cadáver. En El Laborista
aparece un cuerpo inerte, de espaldas, entre automóviles, y que, dentro
de la línea editorial del diario, no necesita aclarar que se trata de
un trabajador (imagen 7). El epígrafe marca que ese hombre solitario es
pura y desbordada metonimia:
La
sangre de los trabajadores y del heroico Ejército Argentino ha escrito
una nueva página en la historia de la Patria. Aquí vemos a un joven
obrero que dejó su herramienta de trabajo para acudir a la plaza
histórica. La canalla cobarde y traidora no reparó en medio. Numerosas
bombas cayeron sobre el pueblo indefenso y valiente que supo acudir a la
cita del coraje y una vez más supo decir presente al Conductor y Guía
del Justicialismo. Llore el pueblo de la Patria a los mártires y
mientras tanto reclamemos el condigno castigo de los culpables.35
Esa fotografía es la única en la que la prensa oficialista muestra un muerto.36
El cadáver es parte del pueblo trabajador, y a la vez “indefenso y
valiente”, que, al contrario de los anteriores cuerpos de trabajadores
de Clarín, dejó atrás sus herramientas (pues no necesita identificación) y fue pura expresión del pueblo caído en la plaza.
7. El Laborista, 17 de junio de 1955, p. 3.
Luego, como decíamos, estos cuerpos sin vida dejan de aparecer, porque comienza a intervenir una serie de operaciones que desplazan el sentido y conforman un régimen de visibilidad. Así, la idea de víctima nuevamente se transforma. En este caso, se pasa de las personas muertas, de los heridos, a la ciudad como escenario de una tragedia, como un paisaje completamente destrozado por los bombardeos. Con el correr de los días este tipo de imágenes, de daños materiales, se multiplican y obtienen cada vez un mayor espacio en la prensa, y por consiguiente también en el terreno simbólico. El círculo comienza a cerrarse. De hecho, se puede establecer la idea de la ciudad como un cuerpo herido, doliente, lastimado. El título del segundo especial fotográfico de Clarín, aparecido el 18 de junio de 1955, señala: “Las heridas tras cuatro horas de bombardeo”. En este especial, otra vez en las páginas centrales del cuerpo del diario, no aparecen cadáveres sino edificios y automóviles destrozados, la plaza y el Ministerio de Marina también destruidos, así como una imagen con personas heridas y un mapa de la Casa Rosada en el que se dibuja dónde impactaron las bombas, con su correspondiente fotografía. Las heridas entonces son, con este giro, principalmente de la ciudad. Y si la ciudad es patrimonio de todos, las heridas son, en alguna medida, diluidas entre todos los porteños, o entre todos los argentinos. Ese juego de espejos refleja a todos pero no enfoca a nadie y es ahí donde una vez más los nombres de los muertos, los heridos y los mutilados se pierden en la niebla. Y ni hablar de la criminalidad de la masacre y sus autores.
8. El Laborista, 17 de junio de 1955.
Ésa es la línea, diríamos, hegemónica del reportaje gráfico a partir del 18 de junio.
7. El Laborista, 17 de junio de 1955, p. 3.
Luego, como decíamos, estos cuerpos sin vida dejan de aparecer, porque comienza a intervenir una serie de operaciones que desplazan el sentido y conforman un régimen de visibilidad. Así, la idea de víctima nuevamente se transforma. En este caso, se pasa de las personas muertas, de los heridos, a la ciudad como escenario de una tragedia, como un paisaje completamente destrozado por los bombardeos. Con el correr de los días este tipo de imágenes, de daños materiales, se multiplican y obtienen cada vez un mayor espacio en la prensa, y por consiguiente también en el terreno simbólico. El círculo comienza a cerrarse. De hecho, se puede establecer la idea de la ciudad como un cuerpo herido, doliente, lastimado. El título del segundo especial fotográfico de Clarín, aparecido el 18 de junio de 1955, señala: “Las heridas tras cuatro horas de bombardeo”. En este especial, otra vez en las páginas centrales del cuerpo del diario, no aparecen cadáveres sino edificios y automóviles destrozados, la plaza y el Ministerio de Marina también destruidos, así como una imagen con personas heridas y un mapa de la Casa Rosada en el que se dibuja dónde impactaron las bombas, con su correspondiente fotografía. Las heridas entonces son, con este giro, principalmente de la ciudad. Y si la ciudad es patrimonio de todos, las heridas son, en alguna medida, diluidas entre todos los porteños, o entre todos los argentinos. Ese juego de espejos refleja a todos pero no enfoca a nadie y es ahí donde una vez más los nombres de los muertos, los heridos y los mutilados se pierden en la niebla. Y ni hablar de la criminalidad de la masacre y sus autores.
8. El Laborista, 17 de junio de 1955.
Ésa es la línea, diríamos, hegemónica del reportaje gráfico a partir del 18 de junio.
Pueblo
Si
hay algo que diferencia a los diarios oficialistas del resto es la
construcción exaltada de uno de los actores de dichas jornadas: el
pueblo. Para eso hay un símbolo que condensa la acción: los camiones
repletos de gente. Todos los periódicos oficialistas pusieron en escena
ese avance hacia la plaza en vehículos de gran porte (imagen 8). Las
imágenes bien pueden evocar otras representaciones de la época pero de
otras latitudes donde los civiles huían de la guerra o, por el
contrario, los soldados marchaban al frente.
Noticias Gráficas retoca ese esquema al jugar con la densidad significante de la Plaza de Mayo. La fotografía de los camiones llevando pueblo
es acompañada con un titular que particulariza a ese pueblo:
“Dispuestos a defender a la Patria y a su Líder, los trabajadores
invadieron la Plaza de Mayo”.37
La plaza todavía está en disputa y los ecos del 17 de octubre de 1945,
presentes. Federico Neiburg señala que el 17 de octubre de 1945 la gran
movilización que llegó a la Plaza de Mayo pidiendo la libertad de Perón
había logrado hacer algo novedoso: ocupar un espacio prohibido. “Al
invadir aquel espacio y al realizar lo que nadie había osado realizar
hasta entonces, la multitud proclamó una nueva soberanía sobre la
ciudad”,38
convirtiendo la plaza “en un verdadero centro de la vida política del
país”. Diez años después, la plaza era el centro de esas batallas y los
trabajadores todavía, en plena disputa, la invadían. La historia,
descripta, parecía repetirse: “De todos los ángulos de la ciudad y sus
alrededores, nutridos grupos de civiles, obreros en su mayor parte,
avanzaron inmediatamente sobre la Plaza de Mayo apenas oído el
llamamiento radiotelefónico de la Confederación General del Trabajo”,
decía el epígrafe. Volvía a estar, retomando a Neiburg, “la ciudad como
escenario y objeto de lucha”,39 la invasión y el avance sobre el centro. Centro que, al parecer, todavía permanecía en disputa.
Crítica
dedica una página entera, plagada de imágenes, a la llegada de los
trabajadores a la Plaza de Mayo. Se trata de seis grandes fotografías,
tres sobre grupos de personas con pancartas y gritando, y tres sobre
camiones repletos de personas, llegando a la plaza. Dos de los títulos
que acompañan esas imágenes son citas de los cantos y los gritos en la
plaza: “¡A defenderlo!”, “Perón… Perón”. “Entusiasmo popular”, dice el
título de una fotografía de un camión repleto circulando por una
avenida. Y agrega:
Portando
insignias de su sindicato, con auténtico entusiasmo y heroísmo, estos
obreros marchan hacia el lugar en donde caen las bombas y silban las
balas, con compacto desprecio por sus vidas y decididos a librar
batalla, si fuera necesario, contra las fuerzas que se han levantado
contra las instituciones y el gobierno del pueblo.40
El
epígrafe marca un tiempo y un lugar, un presente y un espacio concreto:
el mediodía del 16 de junio y la Plaza de Mayo. Las bombas están
cayendo mientras el camión avanza hacia “ese lugar”. Y son trabajadores,
como los de la imagen de un grupo con una pancarta de la UOM,
al costado de la Catedral de Buenos Aires, que parecen disputar la
Plaza de Mayo a ese ícono de la argentina católica. “Los obreros de la
construcción ostentan con orgullo su galón sindical y avanzan a la
altura de la Catedral, en la Plaza de Mayo”, dice el epígrafe. El
pueblo, en este caso los obreros, es un grupo de personas que avanza
sobre la plaza, y sobre una plaza que está siendo bombardeada. No por
nada aparece el cielo en esta fotografía, casi como apertura visual del
campo de batalla, como si la presencia de un avión fuera pura potencia,
posibilidad. “Ya han caído en el lugar dos bombas, ya se alzan los
primeros heridos, ya se cuentan las primeras víctimas. Ellos prosiguen
su marcha y, como todo el pueblo trabajador, demuestran valor”, cierra. Clarín y La Nación
parecen desconocer ese avance hacia la plaza y esas luchas por el
espacio. En ellos, o todo se reduce al gobierno, en el caso de La Nación, o lo que hay son víctimas pasivas, muertos o heridos, como en Clarín.
Ciudad herida
A
esta altura es posible afirmar que entre el 17 y el 18 de junio, como
hemos visto, los diferentes periódicos, respondan al interés que sea,
adoptan en conjunto (aunque no podríamos afirmar que de común acuerdo)
todos los pasajes y los desplazamientos que culminarán con un cambio
drástico: la reaparición del orden. “El primer magistrado hizo un
llamado a la cordura y al trabajo reparador” y “Recupérase la actividad
ciudadana”, titula El Líder
en su tapa, la que decora con las fotografías, tipo retrato, de Perón y
Lucero, y en la parte inferior coloca tres imágenes: una central que
muestra a Lucero reuniéndose con militares y, a los costados, y como
vimos anteriormente, las imágenes de una bomba sin estallar y la de dos
técnicos intentando desactivar uno de esos tantos artefactos que
quedaron en la plaza. Las bombas, que ya no representan el terror del
bombardeo. empiezan a significar el trabajo, la limpieza y la
recuperación de un espacio público destruido. Clarín
utiliza incluso dos días seguidos, el 17 y el 18 de junio, el recurso
de la doble página central con fotografías de las secuelas de los
bombardeos (“Cayeron víctimas inocentes durante los bombardeos de los
aviones”41 (imagen 9) y “Las heridas tras cuatro horas de bombardeo”42
son los títulos enmarcados en rojo; en este último caso también se
utiliza un gráfico, suerte de mapa donde se precisa el punto de impacto
de cada una de las bombas que cayeron sobre la Casa Rosada) y tres
contratapas para ilustrar mejor las consecuencias de los acontecimientos
(“En un frente de guerra se convirtió todo el sector de la Casa de
Gobierno”, “Hicieron estallar las bombas en Plaza de Mayo” y “La Casa de
Gobierno muestra los efectos del bombardeo”).43
Ya hemos señalado que en ninguna de estas contratapas aparecen los
muertos. Sólo vemos los daños materiales y las tareas tendientes a
ilustrar, sobre todo, la reconstrucción, la “vuelta a la normalidad” y que las autoridades están ocupándose del tema.
9. Clarín, 1 de junio de 1955, pp. 8-9.
En La Nación esta última característica es recurrente. Desde sus páginas enfatiza que “ha renacido la tranquilidad en todo el país”,44 que “la intentona subversiva que se produjo ayer ha sido dominada”,45 en definitiva, que el gobierno se ocupa. El 18 de junio publican dos fotografías en las que sólo hay m...
9. Clarín, 1 de junio de 1955, pp. 8-9.
En La Nación esta última característica es recurrente. Desde sus páginas enfatiza que “ha renacido la tranquilidad en todo el país”,44 que “la intentona subversiva que se produjo ayer ha sido dominada”,45 en definitiva, que el gobierno se ocupa. El 18 de junio publican dos fotografías en las que sólo hay m...


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