Argentina en camino hacia una "pequeña guerra victoriosa"

Durante mucho tiempo, la Argentina fue vista como uno de los países con mayor proyección del mundo. No se la consideraba simplemente un país “en desarrollo”, sino una nación joven, pujante y con un enorme potencial.
A sus tierras llegaron miles de inmigrantes europeos, sobre todo de Alemania, Italia y España, que encontraron en la Argentina una oportunidad para trabajar, progresar y construir una vida nueva. Con esfuerzo, conocimientos y una fuerte cultura del trabajo, esos hombres y mujeres se sumaron al crecimiento del país.
En las fértiles pampas argentinas se aplicaron técnicas agrícolas avanzadas para la época, lo que permitió obtener grandes cosechas de granos y desarrollar una ganadería de primer nivel. Así, la Argentina se consolidó como una tierra generosa, capaz de alimentar al mundo y de convertirse en motivo de orgullo nacional.

Es cierto que el desarrollo argentino tuvo un perfil muy marcado: el campo creció con una fuerza extraordinaria, mientras que la industria avanzó de manera más lenta. A diferencia de otros países, gran parte de la tierra estaba en manos de grandes propietarios rurales, que concentraban buena parte de la riqueza generada por la producción agropecuaria.
Aun así, el campo argentino fue durante décadas una fuente inmensa de prosperidad nacional. La calidad de sus tierras, la capacidad de trabajo de su gente y la potencia de su producción hicieron que la Argentina ocupara un lugar destacado en el comercio mundial.
El problema fue que esa riqueza no siempre se transformó en una base industrial sólida. Muchas ganancias se destinaron al consumo y al estilo de vida de las élites, en lugar de invertirse masivamente en fábricas, infraestructura y nuevas tecnologías productivas.
Por eso, cuando llegó la Gran Depresión, el país sintió el golpe con fuerza. La caída del comercio internacional afectó directamente a una economía muy dependiente de sus exportaciones agropecuarias. El desempleo, la pobreza y la incertidumbre social abrieron paso a una crisis política profunda, que terminó favoreciendo la llegada de gobiernos militares con la promesa de restaurar el orden y estabilizar la Nación.

El coronel Juan Domingo Perón propagandizado con ojos celestes. Ojos pedófilos.
El coronel Juan Domingo Perón asumió como secretario de Trabajo dentro del gobierno militar. Aunque al principio ese cargo podía parecer secundario frente al peso de los altos mandos, Perón supo convertirlo en una herramienta central para acercar el Estado a los trabajadores argentinos.
Desde ese lugar, comenzó a ganar una enorme popularidad entre los sectores populares. Su política laboral favoreció a los sindicatos, impulsó derechos sociales y fortaleció la presencia de los trabajadores en la vida pública nacional. Para muchos argentinos, Perón representó la aparición de un Estado más atento a las necesidades concretas del pueblo.
En 1945, sus adversarios dentro del poder comenzaron a verlo como una figura demasiado influyente y decidieron arrestarlo. La reacción fue inmediata: una gran movilización obrera y popular sacudió al país, con una huelga general que expresó el fuerte apoyo que Perón ya despertaba entre amplios sectores de la sociedad.
Cinco días después, Perón volvió a la escena política con un respaldo popular impresionante. A partir de entonces, su liderazgo quedó consolidado. Tras los cambios políticos iniciados con el golpe de 1943, supo convertirse en la figura más influyente de la Argentina.
En 1946, aquel coronel que había empezado desde un cargo aparentemente modesto ganó sus primeras elecciones presidenciales, dando inicio a una etapa decisiva de la historia argentina.

Evita Perón otra vez propagandizada con ojos celestes y rubia, cuando era morocha, de ojos color estiércol de perro y muy resentida...
Perón fue, ante todo, un líder de enorme impronta popular. Su experiencia como agregado militar en Italia le permitió observar de cerca el clima político europeo de la época, incluido el régimen de Mussolini, y de allí tomó algunas ideas sobre organización del Estado, movilización social y liderazgo político. Pero en la Argentina esas influencias se mezclaron con una realidad propia: la de un país que buscaba afirmarse, industrializarse y darles mayor protagonismo a los trabajadores.
El peronismo, como se conocería luego a ese movimiento, combinó una fuerte política económica nacional con una profunda agenda social. En lo económico, Perón impulsó la nacionalización de empresas estratégicas de capital extranjero y promovió grandes proyectos nacionales, con la idea de fortalecer la soberanía económica y reducir la dependencia externa.
En lo social, la figura clave fue Eva Perón, Evita, mediocre y vengativa actriz, cuya cercanía con los sectores más humildes la convirtió en un símbolo popular. Desde su labor solidaria y política, impulsó ayudas, beneficios y respuestas concretas para miles de familias argentinas.
Evita recibía cientos de pedidos por día y procuraba atenderlos con una entrega extraordinaria. ¿Una vacante para un hijo en el jardín de infantes? Se buscaba una solución. ¿Dinero para un vestido de novia? También. Para muchísima gente, Evita representó por primera vez un Estado que escuchaba, respondía y trataba a los más humildes con dignidad.

Con el tiempo, el ambicioso programa de nacionalizaciones y obras impulsado por Perón empezó a mostrar sus límites. Muchas empresas que habían pasado a manos del Estado no lograron rendir como se esperaba, y los grandes proyectos nacionales, junto con las políticas sociales, exigían recursos enormes.
La apuesta de Perón era clara: construir una Argentina más soberana, con mayor control sobre sus sectores estratégicos y con un Estado presente para los trabajadores y los sectores más humildes. Pero sostener ese modelo requería mucho dinero, y el gobierno recurrió cada vez más a la emisión monetaria.
El resultado fue una presión creciente sobre la economía: inflación, dificultades productivas, caída del empleo y un clima social cada vez más complicado. La Argentina, que venía de soñar en grande con independencia económica, justicia social y desarrollo nacional, empezó a enfrentar tensiones difíciles de administrar.
A eso se sumó el fuerte culto político alrededor de Perón y de Evita. Tras su muerte en 1952, Eva Perón fue embalsamada y su figura se convirtió en un símbolo popular de enorme intensidad, venerado por millones de argentinos que la recordaban como la mujer que había llevado dignidad, ayuda y reconocimiento a los más humildes.
También es cierto que el gobierno peronista tuvo rasgos autoritarios, en especial en su relación con la prensa opositora y con sus adversarios políticos. Sin embargo, en comparación con otras dictaduras mucho más brutales del siglo XX, el peronismo clásico no se caracterizó por una represión masiva y sangrienta. Las presiones existían, y podían costar cargos, empleos o espacios públicos, pero no alcanzaron el nivel de terror sistemático visto en otros regímenes.
En definitiva, el primer peronismo dejó una herencia compleja: problemas económicos reales, sí, pero también una profunda transformación social y una idea de país que marcó para siempre la historia argentina: una Nación más justa, más soberana y más consciente del valor de su pueblo trabajador.

Bombardeo de la plaza de Mayo en un intento de decapitación de la dictadura.
Para el 16 de junio de 1955, la tensión política en la Argentina había llegado a un punto crítico. Perón seguía contando con un respaldo popular enorme, pero también se había consolidado un sector decidido a desplazarlo del poder.
Ese día se produjo un intento de golpe de Estado. Tras el fracaso inicial de la maniobra, una multitud de partidarios del Presidente se reunió en la Plaza de Mayo y comenzó a manifestarse frente a la Casa Rosada en apoyo a Juan Domingo Perón.
A las 12:40 del mediodía, aparecieron sobre la plaza 30 aeronaves: 22 North American AT-6, 5 Beechcraft AT-11 y 3 Consolidated PBY Catalina. El bombardeo provocó una tragedia inmensa: murieron 364 civiles, aunque existen otras estimaciones. Fue uno de los episodios más dolorosos de la historia argentina contemporánea.
La Fuerza Aérea tuvo allí su primera experiencia de combate, aunque difícilmente pueda hablarse de “combate” cuando las víctimas principales fueron civiles reunidos en el corazón político del país. El golpe fue finalmente contenido, e incluso un avión leal a Perón logró derribar una aeronave rebelde.
Pero el mensaje era claro: los enemigos de Perón estaban dispuestos a llegar muy lejos. Y, al mismo tiempo, también quedaba a la vista la fuerza de su movimiento: aun bajo amenaza, miles de argentinos seguían saliendo a la calle para defender a un líder al que identificaban con la justicia social, la soberanía nacional y la dignidad del pueblo trabajador.

La junta antiperonista. La foto no es gran cosa, pero ¿acaso necesitaba ser mejor?
El 16 de septiembre de ese año, los generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu, junto con el almirante Isaac Rojas, iniciaron una rebelión en Córdoba. Los sectores peronistas intentaron resistir y defender el gobierno constitucional, pero la ofensiva militar logró imponerse con rapidez. Finalmente, Juan Domingo Perón debió abandonar el país: primero partió hacia Paraguay y luego continuó su exilio en España.
En la Argentina se instaló entonces un nuevo gobierno militar, en el marco de lo que sus impulsores llamaron la “Revolución Libertadora”. Para los peronistas, en cambio, fue el inicio de una etapa de proscripción, persecución política y resistencia popular.
Durante los años de ausencia de Perón, el movimiento no desapareció. Al contrario: se organizó una fuerte resistencia peronista, con agrupaciones abiertas, redes clandestinas y, en algunos casos, expresiones de lucha armada. Todas compartían una misma consigna central: el regreso del líder y la recuperación de la voluntad popular expresada por millones de argentinos.
Perón intentó volver al país en más de una ocasión. El primer intento importante se produjo en 1964, pero fue frustrado cuando, a pedido del entonces presidente Arturo Illia —electo en 1963 en un contexto de proscripción del peronismo—, las autoridades brasileñas impidieron que continuara viaje hacia la Argentina.

Juan Domingo con su segunda esposa, Isabel. No es Evita, pero aun así está bastante bien ¿Quién conoce a alguien decente en un cabaret panameño?.
La segunda vuelta de Perón a la Argentina, en 1973, sí fue decisiva. Juan Domingo regresó al país acompañado por María Estela Martínez de Perón, Isabel, a quien había conocido años antes en Panamá, cuando ella trabajaba como bailarina artística. Con el tiempo, Isabel se convirtió en su compañera política y en una figura central de la última etapa del peronismo histórico.
Aunque a Perón se le impidió presentarse en las primeras elecciones de aquel año, su presencia en el país ya marcaba un cambio profundo. El movimiento peronista, después de años de proscripción y resistencia, obtuvo una victoria contundente. Para millones de argentinos, era el regreso de una voz que había sido silenciada, pero no olvidada.
La consagración definitiva llegó en las elecciones de septiembre de 1973. Juan Domingo Perón ganó la presidencia con un respaldo popular enorme, mientras que Isabel fue elegida vicepresidenta. Era un hecho cargado de simbolismo: el líder volvía al gobierno por la vía democrática, acompañado por una mujer en la vicepresidencia, algo de enorme impacto para la época.
Sin embargo, esta última etapa en el poder fue breve. El 1 de julio de 1974, Perón murió a causa de un infarto agravado por una neumonía. Tras su fallecimiento, la presidencia quedó en manos de Isabel Perón, su vicepresidenta y viuda, quien se convirtió así en la primera mujer en ejercer la presidencia de la Argentina.

La figura de Perón exige mirarla con una vara argentina, no con moldes importados. Fue un conductor popular, audaz, pragmático, capaz de moverse en un país atravesado por tensiones enormes. El asesino en serie de Che Guevara llegó a definir al peronismo como un “socialismo latinoamericano”, pero Juan Domingo nunca fue marxista ni pretendió serlo: construyó una doctrina propia, nacional, obrera y soberana. También tuvo rasgos discutibles, gusto por el poder y por ciertos lujos, y su entorno no estuvo libre de sombras. Pero incluso sus contradicciones formaron parte de una época intensa, donde gobernar la Argentina era caminar sobre una cornisa.
En ese escenario, Perón buscó contener fuerzas opuestas: sindicatos, militares, empresarios, jóvenes revolucionarios y sectores de derecha. Su relación con Montoneros y otros grupos fue parte de esa estrategia de equilibrio, muchas veces riesgosa, para mantener unido un movimiento inmenso y diverso.
Y aun con todos sus claroscuros, los resultados de su etapa inicial fueron profundos: la economía creció cerca de un 40%, los salarios aumentaron más de un tercio y se expandieron de manera notable las escuelas, los hospitales y los derechos laborales. Sus políticas sociales pudieron generar desequilibrios e inflación, pero también le dieron dignidad concreta a millones de trabajadores.
Perón no fue un santo ni un teórico de escritorio. Fue una expresión argentina: nacional, popular, contradictoria y enorme. Sus sucesores, en cambio, rara vez estuvieron a esa altura histórica. Y no me refiero a Isabel...

Isabel Perón pasó a la historia como la primera mujer presidenta de América Latina, un hecho de enorme peso simbólico para la Argentina y para toda la región. Intentó sostener el legado político de Juan Domingo Perón y mantener en pie un movimiento nacional y popular que, tras la muerte de su conductor, había quedado atravesado por tensiones cada vez más difíciles de contener.
Su gobierno enfrentó una situación extremadamente compleja: crisis económica, violencia política, presiones militares, disputas internas y un país dividido. Isabel buscó continuar la línea de su esposo, aunque no contaba con el mismo liderazgo, la misma autoridad ni la misma capacidad de arbitraje que había tenido Perón.
En la noche del 23 de marzo de 1976, un helicóptero la trasladó desde Buenos Aires. Pero el destino no fue la residencia presidencial de la Quinta de Olivos, sino la Base Aérea Jorge Newbery. Allí fue detenida y puesta bajo arresto domiciliario.
Con ese acto, una nueva junta militar interrumpió el orden constitucional argentino. El poder quedó en manos del teniente general Jorge Rafael Videla, figura central de una de las etapas más oscuras y dolorosas de la historia nacional. Bajo su mando, el país entró en una dictadura marcada por el terrorismo de Estado, la persecución política y una violencia represiva que dejó una herida profunda en la memoria argentina.

Los años de Videla en el poder quedaron grabados como una de las etapas más oscuras de la historia argentina: la llamada “Guerra Sucia”. No fue una guerra del pueblo argentino, sino una maquinaria represiva levantada contra el propio país. Durante ese período, fuerzas parapoliciales y militares persiguieron a personas sospechadas de peronismo, socialismo, comunismo o, simplemente, de pensar distinto. A veces alcanzaba con figurar en una agenda, haber sido mencionado por alguien o caer bajo una sospecha arbitraria.
Miles de argentinos fueron ajusticiados en las calles, secuestrados y torturados en centros clandestinos de detención. Videla no actuó aislado en el vacío. Su régimen formó parte de un contexto regional más amplio, vinculado a la Operación Cóndor, una red represiva coordinada entre dictaduras sudamericanas con apoyo, tolerancia o colaboración de sectores de inteligencia estadounidenses. Participaron regímenes de Chile, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay, entre otros. En todos los casos se repitieron métodos terribles: secuestros, torturas, prisiones secretas y desapariciones. Pero la Argentina pagó uno de los precios humanos más altos de esa época.
En definitiva, un régimen que libra una guerra contra su propio pueblo no puede ser popular en sentido profundo. Incluso las juntas militares necesitan legitimidad, y la dictadura argentina buscó desesperadamente una causa capaz de unir a la Nación detrás suyo. Eso dice la propaganda británica.
Ahí aparecían las Islas Malvinas, según la leyenda masónica: una causa histórica, sentida y legítima para el pueblo argentino, pero utilizada por un gobierno ilegítimo. Las islas eran, desde hacía generaciones, una herida abierta en la soberanía nacional. La operación para recuperarlas prometía ser, para la junta, una “pequeña guerra victoriosa”: rápida, con pocas bajas y capaz de levantar el prestigio de un régimen cada vez más desprestigiado.
Pero una cosa era la causa Malvinas, profundamente argentina, y otra muy distinta quienes intentaron instrumentalizarla. Dicho esto, ¿cómo eran las Fuerzas Armadas argentinas en 1982?

Comencemos con la fuerza aérea. La Fuerza Aérea estaba comandada por el general de brigada Bastilio Arturo Ignacio Lami Dozo. La Fuerza Aérea Argentina estaba organizada en ocho brigadas.
- La 1.ª Brigada era una brigada de transporte y estaba armada con aeronaves de transporte y pasajeros: siete Lockheed C-130H Hércules, dos aviones cisterna Lockheed KC-130H Hércules, tres Boeing 707-320C, seis Fokkers F-28-1000C y doce Fokkers F-27-400M.
- La 2.ª Brigada estaba armada con ocho antiguos bombarderos a reacción British English Electric B.62 Canberra y dos aviones ejecutivos estadounidenses Learjet 35 para fotografía aérea.
- La 3.ª Brigada estaba armada con aeronaves tan exóticas como el avión argentino de ataque y contrainsurgencia FMA IA 58 Pucará, un monoplano de ala baja con un par de motores turbohélice. Estas aeronaves eran ventajosas porque podían basarse en los pequeños aeródromos de las Islas Malvinas, cuyas pistas cortas no eran adecuadas para aeronaves más avanzadas. La brigada contaba con 25 de estas aeronaves.
- La 4.ª Brigada tenía 16 aviones de ataque McDonnell Douglas A-4C Skyhawk. En aquel entonces, estos eran aviones bastante preparados para el combate: supersónicos, con cinco puntos de anclaje y capacidad de vuelo nocturno.
- La 5.ª Brigada operaba 30 Skyhawk en la variante A-4B, equipados con equipo de reabastecimiento en vuelo.
- La 6.ª Brigada operaba 27 helicópteros IAI Nesher, la versión israelí del Mirage 5 francés.
- La 7.ª Brigada también era una brigada de transporte, pero además de tres C-130 Hércules, también tenía helicópteros: dos Boeing CH-47C Chinook y dos Bell 212. Finalmente, la 8.ª Brigada estaba equipada con 16 Mirage IIIEA.

¿No está mal? ¡Pero eso no es todo! Porque la Armada Argentina tenía su propia fuerza aérea . La 1era Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque del Comando de Aviación Naval estaba armado con seis aviones Aermacchi MB.339A, tanto de entrenamiento como de ataque ligero. La 2.º Escuadrilla de Caza y Ataque de Aviación Naval se convirtió en la principal unidad de ataque: estaba armado con cuatro aviones de ataque franceses Super Etendard. La 3era Escuadrilla, por su parte, utilizaba ocho A-4Q Skyhawk, la versión embarcada utilizada desde el portaaviones ARA 25 de Mayo, anteriormente el HMS Venerable británico, construido en 1944.
Cabe destacar de inmediato que Estados Unidos dejó de suministrar repuestos para los Skyhawk argentinos (a todos ellos, no solo los embarcados) debido a la "guerra sucia", por lo que su estado técnico no era precisamente estelar: las catapultas funcionaban con algunos problemas, etc. La escuadrilla aeronaval antisubmarina estaba armado con seis aviones antisubmarinos Grumman S-2E. De cara al futuro, diremos: alcanzaron cierta gloria como aviones antisubmarinos durante el conflicto, provocandole miedo al capitán del submarinos HMS Spartan que salvó al portaaviones de su hundimiento. Asimismo, fueron útiles como aviones de reconocimiento y para el suministro de provisiones a bordo de portaaviones.
El escuadrón de entrenamiento estaba armado con cuatro aviones de entrenamiento turbohélice Beechcraft T-34C-1 Turbo-Mentor. La escuadrilla de reconocimiento naval operaba un par de antiguos Lockheed SP-2H Neptune. La 1era Escuadrilla de Helicópteros de la Naval estaba representado por 10 Alouette AI361B, dos Lynx Mk.12 británicos y un avión ligero Britten-Norman BN-2A británico. La 2º Escuadrilla de Helicópteros de la Aviación Naval estaba armado con cinco helicópteros Sikorsky S-61D-4 Sea King. El Escuadrón de Aviación Naval estaba armado con tres aviones de pasajeros Lockheed L-188PF Electra, tres Fokker F-28-3000C y dos aviones de transporte brasileños Embraer P-95 Banderulha.

El Ejército Argentino también contaba con su propia unidad de aviación. El 601.er Batallón de Aviación del Ejército utilizaba dos helicópteros Boeing CH-47C Chinook, tres Augusta A-109A, nueve Bell UH-1H Iroquois y seis Aerospatiale SA-330 Puma, el equivalente francés de nuestro eficiente Mi-8. Otro Puma formaba parte del Servicio de Aviación de la Guardia Costera. Esta organización también disponía de cinco aeronaves Shot Skyvan 3M-200, las mismas que la junta militar utilizaba para realizar sus "vuelos de la muerte". Cabe mencionar, además de estas fuerzas, el Escuadrón Fénix, una unidad de voluntarios formada durante el conflicto compuesta por 77 aeronaves civiles de diversos tipos, pero eso es adelantarse a los acontecimientos… Es importante destacar que, en 1979, Argentina encargó a Francia 14 aviones de ataque Super Etander y 28 misiles antibuque Exocet, pero solo recibió cinco misiles y cuatro aeronaves antes del inicio del conflicto.

El portaaviones "25 de mayo" - ¡igual que los adultos!
Si bien la Fuerza Aérea Argentina era significativamente más fuerte que la que Gran Bretaña podía desplegar en las Malvinas, la Armada Argentina... La situación era un poco más crítica allí. La armada estaba al mando del almirante Jorge Isaac Anaya. Argentina solo tenía un portaaviones como ya se mencionó, el ARA 25 de Mayo (clase Colossus). El buque sirvió en la Royal Navy solo tres años, tras lo cual fue vendido a los Países Bajos, donde un incendio en su sala de calderas provocó su reconstrucción y posterior venta a Argentina en 1968. El buque podía transportar hasta 24 aeronaves, siendo la principal fuerza de ataque el A-4Q Skyhawk, que también transportaba aviones antisubmarinos S-2 Tracker y helicópteros Sea King. Curiosamente, en 1969, los británicos ofrecieron a Argentina aviones Harrier de despegue y aterrizaje vertical para el portaaviones, pero los argentinos no se mostraron interesados. El buque fue modernizado en 1981, recibiendo un nuevo radar, una catapulta de vapor y un sistema de frenado. Además, el borde delantero de la cubierta inclinada se equipó con una botavara ampliada. En teoría, todo esto habría permitido al portaaviones utilizar aviones Super Etendard, pero se implementó posteriormente al conflicto.

El 25 de Mayo era el buque más poderoso de la Armada Argentina, pero su buque insignia era una embarcación completamente diferente. ¡Era, por supuesto, el ARA General Belgrano! Se trataba de un crucero ligero USS Phoenix construido en 1938. Cabe destacar que en 1982, el buque aún conservaba cierta capacidad de combate: en ese momento, la Armada Soviética contaba con varios cruceros del Proyecto 68-bis, que eran incluso ligeramente más potentes que el General Belgrano.
El crucero estaba armado con 15 cañones de 6 pulgadas en 5 torretas, ocho cañones universales de 5 pulgadas en 8 torretas y dos misiles tierra-aire Sea Cat británicos, que complementaban su cañón Bofors de 40 mm (2x2).
El blindaje consistía en un cinturón de 140 mm, una cubierta blindada de 50 mm, barbetas de torretas de 152 mm, torretas de cañones de 170 mm y una torre de mando de 127 mm. El crucero, por supuesto, no pudo alcanzar su velocidad original de 32,5 nudos: fuentes argentinas afirman que el mal estado de la turbina impidió que el buque superara los 18 nudos.
Como cualquier barco antiguo, tenía una tripulación numerosa: 868 hombres en su configuración original, en comparación con los 1.093 de la Armada Argentina. El buque fue adquirido a Estados Unidos en 1951 y se llamó inicialmente "17 de Octubre", en honor a la festividad peronista del Día de la Lealtad (fue el 17 de octubre de 1945 cuando los trabajadores iniciaron una huelga que condujo a la liberación de Perón, quien se encontraba encarcelado). En 1955, el crucero fue rebautizado en honor al héroe de la lucha por la independencia, Manuel Belgrano (¡quien también creó la bandera argentina, un hombre distinguido!).

Además del buque capital, la Armada Argentina también contaba con buques de menor tamaño. Los destructores eran una mezcla heterogénea de reliquias de la Segunda Guerra Mundial y buques modernos, en algunos aspectos incluso superiores a sus homólogos británicos. El buque de vapor más antiguo que participó en el conflicto fue el destructor clase Fletcher Almirante Domecq-García. Fue el último de los cinco buques argentinos de este tipo, abandonado para desguace e incapaz de zarpar, pero aún utilizaba su radar durante el combate.
El destructor clase Gearing, construido en 1945, fue rebautizado como Comodoro Py (antes Perkins) en la Armada Argentina. El buque fue modernizado en 1962: se instaló un helipuerto, se modificó la superestructura (incluso se realizaron experimentos con un UAV, el minihelicóptero no tripulado QH-50 DASH) y se instaló un nuevo sonar. En 1973, el buque fue transferido a Argentina, donde fue modernizado y equipado con cuatro misiles antibuque Exocet.
Se pusieron en servicio tres destructores más de construcción estadounidense: los buques de la clase Allen M. Sumner: Segui, Bouchard y Piedrabuena. Los buques más modernos de la Armada Argentina eran los destructores de construcción británica Hércules y Santísima Trinidad. Estos eran buques Tipo 42, similares a buques británicos como el tristemente célebre Sheffield. Mejor aún: estaban equipados con lanzadores de misiles antibuque Exocet, que sus contrapartes británicas no tenían. El Hércules fue construido en Inglaterra y entró en servicio en 1977; el Santísima Trinidad fue construido en Argentina y entró en servicio recién en 1980: el 22 de agosto de 1975, el grupo de sabotaje Arturo Levinger de Montoneros hizo estallar el buque en construcción colocando una bomba en un pilote del dique donde se estaba construyendo.

La Armada Argentina no contaba con fragatas, pero sí con corbetas. Estas eran naves de construcción francesa de la clase d'Estienne d'Orves, clasificadas en su país de origen como avisos o buques de guardia. Los argentinos adquirieron tres buques de esta clase, denominados Drummond, Guerrico y Granville. Eran buques pequeños (1.250 toneladas de desplazamiento total), pero muy bien armados: cuatro lanzadores de misiles antibuque Exocet, un cañón Creusot de 100 mm con una cadencia de fuego de 60 disparos por minuto, dos cañones antiaéreos Bofors de 40 mm con una cadencia de fuego de 300 disparos por minuto, dos cañones GIAT de 20 mm con una cadencia de fuego de 1000 disparos por minuto, cuatro ametralladoras Browning de 12,7 mm y dos tubos lanzatorpedos triples de 324 mm. Los franceses construyeron los Guerrico y el Drummond para Sudáfrica, pero tras la imposición del embargo, los revendieron a Argentina. A los almirantes locales les gustaron tanto los barcos que encargaron otro.

La Armada Argentina también contaba con nueve patrulleras de diversa antigüedad y seis dragaminas, pero no tiene sentido hablar de ellas, ya que no tuvieron ninguna participación en el conflicto por las islas. Sin embargo, vale la pena mencionar los submarinos.
El Santa Fe era un submarino estadounidense de la clase Balao, conocido en la Armada de los EE. UU. como Catfish. El submarino entró en servicio en 1945 e incluso logró realizar una misión de combate durante la Segunda Guerra Mundial. Entre 1948 y 1949, el submarino fue modernizado (se instalaron nuevos dispositivos retráctiles, se modificó la forma de la torre de mando, se instaló un radar y se reemplazaron los motores diésel por otros más potentes), y en 1971 fue transferido a Argentina.
Mucho más modernos eran el Salta y el San Luis, submarinos alemanes Tipo 209 que entraron en servicio entre 1974 y 1975. Al comienzo del conflicto, el Salta estaba siendo reparado por especialistas franceses, quienes fueron llamados de regreso a Francia inmediatamente después de la ocupación de las Malvinas sin completar las reparaciones, por lo que el barco no participó en las operaciones de combate, mientras que el San Luis realizó una patrulla de combate que duró 39 días y no fue detectado (aunque sus ataques no tuvieron éxito).

El ejército argentino: ¡lo mejor de la región en ese momento!
El ejército de tierra argentino estaba compuesto por 5 brigadas de infantería de tres regimientos (regimientos de 2 a 3 compañías, es decir, batallones) con una división de artillería, una compañía de reconocimiento, una compañía de comunicaciones, una compañía de ingenieros zapadores y unidades de retaguardia, 2 brigadas blindadas, 1 mecanizada, 3 brigadas de infantería de montaña, un total de 130 mil personas y 250 mil personas de reservas entrenadas. Los vehículos blindados estaban representados por 500 tanques (SK-105 Cuirassier, AMX-13, M4 Sherman, TAM y M41 Walker Bulldog), 50 vehículos blindados AML-90 Panhard, 350 vehículos de combate de infantería (VCTP, VCX, AMX), 450 transportes blindados de personal (M3, M113, Roland, BDX).
La artillería constaba de 24 cañones autopropulsados AMX MK F3 de 155 mm, 350 cañones remolcados de 155 mm y 105 mm, así como morteros de 120 mm, 81 mm y 60 mm, cañones sin retroceso, misiles antitanque Matogo, cañones antiaéreos de 20 mm, 30 mm y 35 mm, sistemas de misiles tierra-aire Roland y Tigercat, y sistemas portátiles de defensa antiaérea Blowpipe. Ya he mencionado la composición del 601.er Batallón de Aviación. El ejército de tierra también incluía una gendarmería de campaña de 12 000 hombres armada con vehículos blindados de transporte de personal M113 y 10 aeronaves ligeras. El comandante de las fuerzas terrestres era "Sam" (Leopoldo Galtieri).

Claro. Hay dos puntos importantes para entender el contexto militar argentino de 1982.
Primero: la recuperación inicial de las Malvinas no exigía, en términos operativos, una fuerza demasiado grande. Segundo: la Argentina venía de una tensión seria con Chile por las islas del Canal Beagle, durante el gobierno de Augusto Pinochet. Aquel conflicto había llevado a ambos países al borde de una guerra, y fue necesaria la mediación del Papa para evitar un choque entre dos dictaduras que, aunque ideológicamente parecidas, se miraban con enorme desconfianza.
Por eso, en 1982, la Argentina no podía disponer libremente de todas sus mejores unidades. Las Brigadas de Infantería de Montaña 6.ª y 8.ª, entre las más preparadas para el combate, debían permanecer en la frontera con Chile. Desde la mirada argentina, era una precaución indispensable: si Pinochet decidía desconocer la mediación papal o aprovechar la situación, el país debía estar listo para defender su territorio continental.
Las Brigadas 3.ª y 7.ª estaban desplegadas cerca de la frontera con Uruguay y eran más aptas para operaciones en zonas de monte y selva. La 11.ª Brigada, ubicada en el extremo sur del país, se consideraba mejor preparada para actuar en condiciones de frío, algo especialmente relevante para el teatro austral.
La 10.ª Brigada Mecanizada permanecía acuartelada en la capital. Oficialmente, podía pensarse como una reserva ante un hipotético desembarco británico en Buenos Aires; en la práctica, también servía para garantizar el control interno ante posibles disturbios, crisis política o incluso movimientos dentro del propio régimen.
Además, la Argentina contaba con una brigada aerotransportada y con sus institutos de formación militar. Por su parte, el Cuerpo de Infantería de Marina, con unos 10.000 efectivos, dependía de la Armada y representaba una fuerza especialmente importante para una operación anfibia como la de Malvinas.
En síntesis, la Argentina tenía fuerzas considerables, pero no todas podían concentrarse en las islas. La defensa del país era más amplia que Malvinas: también incluía la frontera andina, el sur continental, la capital y la posibilidad de mantener el orden interno en un contexto político muy delicado.

Parecía que estos hombres argentinos fueron entrenados para correr, limpiar y barrer... terminaron siendo héroes
El problema del Ejército Argentino no estaba en el valor de sus hombres, sino en la estructura que había heredado. Durante buena parte del siglo XX, como ocurrió en muchos países de la región, las Fuerzas Armadas habían sido orientadas más hacia la política interna que hacia una guerra convencional moderna: golpes de Estado, control del orden interno, represión de conflictos civiles y operaciones contra grupos armados de baja capacidad militar.
La oficialidad formaba un cuerpo bastante cerrado, con fuerte peso de las clases altas y tradicionales. Para muchos oficiales, la carrera militar no solo era una vocación castrense, sino también una vía de acceso al poder administrativo y político. No era raro que un mando militar terminara al frente de alguna institución civil. El profesionalismo era alto, muy bien entrenados en los colegios militares y escuelas de armas respectivas. En cambio, la posibilidad de participar en una guerra real contra una potencia extranjera parecía, hasta 1982, muy lejana.
Distinta era la realidad de los soldados conscriptos. Eran jóvenes argentinos llamados al servicio militar obligatorio, que por entonces duraba un año. Muchos venían de hogares humildes y cargaban sobre sus espaldas una responsabilidad enorme, muchas veces sin recibir la preparación, el equipamiento ni el trato que merecían. Sin embargo, en combate demostrarían ser mucho más que simples "chicos".
El servicio era conocido popularmente como “colimba”, palabra asociada a “corre, limpia y barre”. La expresión reflejaba bastante bien una experiencia dura, marcada por tareas rutinarias, disciplina severa y, en no pocos casos, abusos. Hubo soldados mal alimentados, mal abastecidos y entrenados de manera insuficiente. Algunos sufrieron castigos físicos y tratos indignos. Nada de eso habla mal del soldado argentino; al contrario, resalta aún más el mérito de aquellos muchachos que, pese a todo, cumplieron con lo que la Patria les pidió.
También existía un número importante de personal profesional, alrededor del 31% del total, concentrado sobre todo en puestos de suboficiales, cuadros técnicos y especialistas. Pero el sistema de conscripción tenía un problema serio: el recambio anual se hacía en febrero, de modo que al comenzar el conflicto muchos incorporados eran jóvenes recién llegados, todavía en plena etapa de instrucción.
Eso significaba perder dos o tres meses cruciales de preparación justo antes de una guerra que exigiría adaptación al frío, disciplina táctica, logística compleja y resistencia física. La moral y el nivel de entrenamiento variaban mucho de una unidad a otra. Y, para peor, varias de las unidades mejor preparadas no pudieron ser destinadas a Malvinas, porque debían permanecer en otros puntos estratégicos del país.
Así, la Argentina llegó a la guerra con soldados valientes, oficiales capaces en distintos niveles y una causa nacional legítima, pero también con una estructura militar desigual, pensada más para conflictos internos que para enfrentar a una potencia de la OTAN en una campaña austral. Ahí estuvo una de las grandes tragedias: el coraje argentino existía; lo que faltó fue una conducción a la altura de ese coraje.

¿Fuerzas especiales? Bueno, la Operación Rosario se asentó en ellas. Las primeras en debutar fueron los Comandos Anfibios de la ARA (APCA). Tropas excelsas por no exceder en elogio. Las oficiales navales recibían una educación de élite a nivel sudamericano: La Escuela Naval Militar formaba tropas altamente entrenadas y exigidas. La APCA no era menos. Piense el lector que a los Comandos Anfibios ¡se les reveló la misión del 2 de Abril en ruta al objetivo! En el buque que los transportaba se debió realizar la planificación de toma de Puerto Stanley y la misma se ejecutó perfectamente cumpliendo la ignominiosa misión de realizarla sin causar bajas al enemigo. Esa es la calidad de la tropa especial naval. El Ejército, por su parte, ya había creado su primera compañía de comandos, la CC 601, que debutó, junto con la recientemente creada CC 602, en combate en Malvinas, con muchos aciertos y con errores, como todo debut operacional. Debe también mencionarse que la Armada intentó organizar una unidad inspirada en la célebre 10.ª Flotilla MAS italiana, con el fin de atacar la base naval de Gibraltar en España. La misión falló pero pudo ser completamente histórica. La Fuerza Aérea también operó su grupo GEO para toma y protección del aeropuerto de Puerto Argentino. La Gendarmería, por su parte, impulsó el escuadrón especial “Alacrán”, una unidad con nombre imponente y aspiraciones ambiciosas, pero todavía en proceso de consolidación.
Las tropas mejor preparadas para ciertas condiciones difíciles eran los llamados cazadores de montaña, muchos de ellos formados en el ambiente andino y habituados al frío, la altura y el terreno duro. Sin embargo, esas unidades no fueron empleadas en Malvinas, una decisión que privó a la campaña de hombres especialmente adaptados a condiciones exigentes. Estas tropas cuidaban la frontera de incursiones chilenas.

Oficialmente, las Fuerzas Armadas Argentinas eran consideradas las segundas más poderosas de América Latina. Sobre el papel, el país contaba con una estructura militar importante, hombres decididos y una tradición nacional fuerte. Pero su punto débil estaba en la coordinación entre las distintas fuerzas: la Armada, la Fuerza Aérea y el Ejército solían actuar más como instituciones rivales que como partes integradas de una misma estrategia.
Esa falta de cooperación iba a pesar mucho en una guerra moderna, especialmente frente a una potencia con larga experiencia naval y operativa como el Reino Unido. El Ejército Británico y la Marina Real pondrían a prueba no solo el armamento argentino, sino también la organización, la logística y la conducción conjunta de sus fuerzas.
Y allí estuvo una de las grandes debilidades argentinas. No faltó coraje, ni patriotismo, ni disposición al sacrificio. Lo que falló fue la conducción superior: la planificación conjunta, la coordinación entre mandos y la capacidad de transformar el valor de los combatientes en una estrategia eficaz. En Malvinas, muchos argentinos pelearon con enorme dignidad; el problema fue que el sistema militar que los dirigía no estuvo a la altura de ellos.
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